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Full text of "Mis memorias"

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MIS MEMORIAS 



JOAQUÍN MARÍA SANROMÁ 



MIS MEMORIAS 



TOMO I 



1828-18S2 




MADRID 

TIPOGRAFÍA DE MANUEL G. HERNÁNDEZ 

IMPRESOR DE LA REAL CASA 

Libertad, 16 duplicado 
I887 



MIS MEMORIAS 



AL LECTOR 




emorias yo? ¿Es posible? 

Conviene estar en el secreto. Estas que 
llamo mis Memorias, no son, en realidad, 
las Memorias mías. Son un poquito ó un mucho las 
Memorias de todo el mundo. 

Mis Memorias son producto de todo aquello que 
he ido encontrando al paso en el ya largo curso de 
mi existencia; oro, plata, cobre, fortunas ó desdi- 
chas, ilusiones ó desencantos, lágrimas ó sonrisas, 
flores ó espinas; cuantas corrientes he ido yo arras- 
trando, cuantas corrientes á mí me han arrastrado, 
Mis Memorias son las de las personas con quienes 
he estado más en contacto; las de los sucesos im- 
portantes que he presenciado; todo lo que he visto, 
todo asunto serio en que he intervenido, todo lo 
que ha pasado dentro de mi espíritu, fuera de mi 
espíritu, á mi vista, á corta distancia ó en cualquiera 
de los augustos santuarios que por nuestra dicha 



poseemos; la conciencia, la familia, la patria, la po- 
sición social, honras propias y honras ajenas. 

En resumen y para condensar mi pensamiento. 
Mis Memorias no son tales Memorias; son un mal 
trozo de Historia contemporánea, cogido al vuelo y 
por mí humildemente presentado bajo el punto de 
vista de mis impresiones personales. 

Como dirían mis amigos Salmerón, Azcárate y 
Giner de los Ríos: mis Memorias, si tal nombre me- 
recen, son más objetivas que subjetivas. 

Los que no tenemos talla para escribir verdaderas 
Memorias, tenemos el derecho indisputable de cer- 
tificar la talla de los demás. Tanto mejor para ellos, 
si acertamos; tanto peor para nosotros, si no lo he- 
mos conseguido. 

Aquí la gran dificultad es la siguiente: manera de 
acercar entre sí los dos períodos más opuestos de la 
vida. Manera de traducir fielmente hoy las impre- 
siones recibidas á una distancia de treinta ó cuaren- 
ta años. En la edad seria, en la edad fría, en la edad 
de los desmoronamientos, de los desfallecimientos y 
de las sombras, pintar aquella otra edad del fuego, 
de los resplandores, de las energías, de los entusias- 
mos y de los horizontes. Pintarla como estando en 
ella, con su verdad, con sus colores propios. 

Convengamos en que la empresa es muy difícil, 
casi imposible. Sin embargo, la he intentado. ¿Habré 
logrado mi objeto? 

El lector juzgará. 



Madrid 20 de Mayo de 1886. 



1828-1835 



Mi familia. — Primeras impresiones. — Fuego, sangre y cólera morbo. — Del 
vandalismo y sus especies. — Mi instrucción primaria. — Cincuenta años en 
fila.— Una romántica de abecedario. — Destrezas de catequista. — Constitu- 
ción 6 muerte. 



Nací en Barcelona el día 13 de Setiembre de 1828, de una 
antigua familia de Argentona, pueblo situado cerca de la 
costa de Levante, á corta distancia de la ciudad de Mataró. 

Por espacio de treinta años estuvo mi Padre dirigiendo la 
secretaría del Real Acuerdo de Barcelona, puesto muy consi- 
derado y de grande importancia en aquellos tiempos; porque 
el Real Acuerdo, ó sea la Audiencia territorial en pleno, asu- 
mía la mayor parte de las funciones gubernativas para todo 
el Principado de Cataluña. Algo por el estilo de los Parla- 
mentos en Francia, toutes chambres réunies. En este concep- 
to, pasaban por el tamiz de aquellas oficinas casi todos los 
asuntos que, según la moderna organización administrativa, 
corresponderían hoy á los Gobiernos civiles de las cuatro pro- 
vincias catalanas, con más lo relativo á Ayuntamientos, cu- 
yos Alcaldes y Regidores eran nombrados por la Secretaría 
del Real Acuerdo, desde que Felipe V había acabado con los 
antiguos fueros del Municipio catalán, en venganza de las 
simpatías del Principado por la casa de Austria. 



4 

Con tal cúmulo de negocios de índole tan varia, repetidos 
ó continuados por tanto número de años, había llegado á ad- 
quirir mi Padre un tacto delicadísimo y consumada expe- 
riencia en el expedienteo, contribuyendo no poco esta cir- 
cunstancia á desarrollar el gran sentido práctico que natu- 
ralmente le distinguía. Dábale todo ello mucha autoridad 
entre sus amigos y conocidos, los cuales acudían presurosos 
á pedirle consejos y pareceres, como pudieran hacerlo con 
un abogado de fama; y á veces iban á Barcelona, de los pue- 
blos más distantes de Cataluña, con el solo propósito de es- 
trechar su mano, en prueba de antiguo agradecimiento. Por- 
que entre las gentes acomodadas de las poblaciones rurales, 
y sobre todo entre los labradores ricos, había muchos, y mu- 
chísimos, que debían á mi Padre señalados favores: quién 
haber obtenido, por su mediación, una vara de Alcalde; quién 
la banda de Regidor, y otros el beneficio insigne de haber es- 
capado á la emigración ó á peores desdichas, cuando las fa- 
mosas purificaciones de Calomarde. 

Había tenido muy buena presencia y gentil apostura en 
sus mocedades, y aun en la vejez conservaba bastante gallar- 
día: que sólo entrado en años le conocí yo por haberse ca- 
sado en edad provecta. Recogía sus canas en tupé, á la 
manera de su tiempo; y la nariz, ligeramente aguileña, daba 
á su fisonomía ciertos perfiles de medalla antigua. Paréceme 
estarle viendo tan pulcro, tan correcto, tan atildado, tan er- 
guido de cabeza y tan ágil á los setenta años, como si fuera 
un muchacho: luciendo en visita el frac azul con botón do- 
rado, corbata y chaleco blancos, guantes anchísimos de ante 
y pantalón de paño negro ó de nankín, según las estaciones; 
á lo cual añadía para la calle, en invierno, una capa azul de 
esclavina, y en verano, el indispensable bastón de caña de 
Filipinas, con puño chato de marfil tostado. 

Era, en lo moral, intachable: de honradez cabal y de una 
severidad de costumbres á toda prueba. Siempre alegre, deci- 
dor siempre, de fácil palabra y de amenísimo trato, era im- 
posible tener á su lado un momento triste: en términos tales 
que, aun en los trances amargos de la vida, ni perdía la se- 
renidad de espíritu, ni solía desmentir la jovialidad de su ca- 



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rácter. Escribía con gran corrección, y hasta con elegancia. 
Muy mañoso para labores delicadas en cera, papel y ma- 
deras finas: no menos diestro en el manejo del lápiz, que si 
con más frecuencia lo hubiese ejercitado, seguro estoy de que 
llegara á ser un buen artista , como lo demuestran algunos 
dibujos suyos que conservo religiosamente. 

Nunca fué de fácil acomodamiento en materias religiosas. 
Católico de chapa, sincero, ferviente y un tanto ladeado á la 
devoción, más de una vez le vi seriamente preocupado cuan- 
do, después de algún discreto tanteo, creía descubrir la esto- 
fa de un libre-pensador en mis conversaciones. No obstante, 
distaba mucho de rayar en el fanatismo de varios amigos y 
contemporáneos suyos, con quienes reñía grandes batallas 
apropósito de intolerancias, que siempre hallaba destempla- 
das. En política, eso sí, era de una intransigencia manifies- 
ta. Del 20 al 23 había tenido sus veleidades de liberalismo, 
empuñando el chafarote y endosándose el uniforme de mili- 
ciano, como un cumplido patriota. Mas, después, sea por ha- 
ber perdido las ilusiones, ó por efecto de crueles desengaños, 
ó por falta de confianza en los ideales del progreso, vino á 
caer definitivamente en el absolutismo neto y descarnado. Su 
fórmula política era la virga férrea, ó como él decía, un buen 
Rey con un buen garrote para hacer entrar á todo el mundo 
en vereda. Moderados y progresistas, á todos los medía por 
el mismo rasero. Tan alta era la tessitura que, en 1833, á la 
muerte del Rey Fernando, tuvo que abandonar el destino; y 
desde entonces pudo dedicarse sola y exclusivamente á mi 
educación, concentrando en este único hijo que le quedaba, 
toda la flor de su actividad y el rico tesoro de sus mejores 
afectos. 



II 



En mi familia materna dominaban de antiguo los letrados. 
Huérfana de ambos padres, desde muy temprana edad, quedó 
mi Madre al cuidado y bajo la tutela de uno de sus tíos, Al- 



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calde del crimen en Barcelona y de lo más reputado en la 
magistratura, por su ilustración y probidad. Casóse aquella 
señora en 1819 con un distinguido coronel, de quien tuvo un 
hijo que murió en mantillas; falleciendo poco después el ma- 
rido, víctima de la fiebre amarilla que tantos estragos hizo en 
Barcelona en 1821, pues se llevó más de 8.800 personas y, 
según cálculo de algunos médicos, á razón de dos por cada 
tres atacados. 

En 1824 contrajo la joven viuda segundas nupcias con mi 
Padre; de cuyo matrimonio nacieron seis hijos, cuatro hem- 
bras y dos varones, siendo yo el penúltimo de todos y único 
que ha sobrevivido, porque un destino fatal iba arrebatando á 
mis hermanos antes de salir de la infancia. Quien alcanzó 
más larga vida, fué mi hermana mayor, agraciada morenita, 
de una precocidad extraordinaria á los seis años. Como éra- 
mos muy traviesos, recuerdo vagamente las broncas que ar- 
mábamos los dos, y en que ella, como más talludita, llevaba 
la mejor parte. 

Tan rudos golpes y tan repetidos á la muerte de cada hijo, 
dieron un tinte de suave melancolía al carácter de mi pobre 
Madre, ya de suyo algo retraído. Desde que murió su hija 
mayor, renunció para siempre á diversiones, á galas y casi, 
casi á toda clase de vida que no fuese de rigorosa intimidad 
de familia. Encerróse en una especie de misticismo que esta- 
ba en perfecta armonía con la seriedad habitual de su porte 
y el negro color de sus vestidos. Dedicaba la mayor parte de 
la existencia á prácticas de devoción; limitada su literatura 
al P. Kempis, al Año cristiano, de Croisset, y á la Vida devota, 
de San Francisco de Sales. Mas no por esto desatendía los 
cuidados de la casa, que llevaba y dirigía con extrema dili- 
gencia hasta en los más insignificantes pormenores; pues era 
de aquellas personas que lo hacen todo, ó todo lo hacen 
andar sin enojos, ni ruido, ni descompasadas voces. Bastába- 
la una mirada para meter á los criados en cintura; y yo mis : 
mo, siendo grandullón, más temía á sus ojos que á un ser- 
moneo de dos horas, para quedarme clavado como un poste. 

Apesar de su retraimiento, era inflexible en materia de 
buen tono, y por todo extremo rigorista en punto á conve- 



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niencias sociales. Fumar en sus habitaciones, no quitarse el 
sombrero á tiempo, vestir con desaliño, entrar en la sala con 
el abrigo puesto, hablar muy recio ó manotear en la # conver- 
sación: otros tantos crímenes para ella imperdonables. En 
cambio, toda persona de corte distinguido, de modales finos 
y todo hombre atento con las damas, podía contar de seguro 
con sus simpatías. Cuando yo estudiaba leyes, un condiscí- 
pulo mío de ideas muy avanzadas consiguió, apesar de es- 
to, merecer su estimación, viéndole muy cortés y cumplido 
caballero y para con ella tan respetuoso. Y si, en casa, re- 
caía la conversación sobre los principios religiosos y políti- 
cos del joven estudiante, mi Madre añadía siempre por vía 
de epílogo: «¡Lástima de ideas en un muchacho tan fino!» 

A maravilla cuadraban aquellas delicadezas con todo el 
exterior de la persona. Si mi Madre tenía poca estatura, de- 
bió compensarlo de joven con una belleza poco común, de la 
cual conservaba algunos rasgos: el brillo de los ojos, lo son- 
rosado de la tez, un talle inverosímil para su avanzada edad, 
la mano pequeñita y chico también el pie, siempre primoro- 
somente calzado. En fin: había en toda ella cierto dejo aris- 
tocrático, fruto de la educación y de las tradiciones, ó, mejor 
dicho, preocupaciones de clase, tan poderosas en aquellos 
tiempos en que mi respetable Abuelo materno no se hubiera 
atrevido á ir al Tribunal y á recorrer á pie el cortísimo trecho 
desde su casa al palacio de la Audiencia, sin llevar puesta la 
toga, los vuelillos, peluca empolvada y sin un paje detrás 
con los papeles metidos en una bolsa de terciopelo. 

De los muchos hermanos de mi Madre no llegué á alcanzar 
más que tres: el mayor, que murió casi octogenario; el menor, 
que quedó de jefe de la familia, y mi bondadosa tía, que pasó 
largos años retirada en un convento. Allí la visitaba yo ame- 
j nudo, no acertando á comprender cómo, con aquel régimen 
semi-claustral, había conservado tan entero el instinto de la 
mundología^ Me tenía un cariño extraordinario, que aprove- 
chaba para darme sabios consejos que ahora mismo me ad- 
miran por su profundidad, y todavía los encuentro oportuní- 
simos con la larga experiencia que llevo en la vida. 

El más joven de mis tíos, de quien era yo además ahijado 



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y fui heredero, ordenóse de sacerdote á los cuarenta años, 
cuya resolución tomó de súbito, después de haber desempe- 
ñado mucho tiempo una plaza del ministerio fiscal en la Au- 
diencia de Barcelona. Estos antecedentes de vida laica, uni- 
dos á una figura distinguida, á la pulcritud de sus hábitos 
talares gallardamente llevados, á sus maneras elegantes y á 
su finísimo trato, contrastaban á la simple vista con el pela- 
je de los clérigos de mi pueblo , gente, por lo común, tosca y 
adocenada. Vivía con suma modestia en un cuarto segundo 
de la magnífica casa que había heredado de mi Abuelo. Ni 
era fácil adivinar su posición de hombre acaudalado sino por 
lo dadivoso y por las cuantiosas limosnas que repartía: aten- 
to sólo á la máxima de dar á todo aquel que se le presenta- 
ba, aun á riesgo de fomentar el vicio y la miseria, en vez de 
remediarlos. 

Podía achacársele quizás alguna estrechez de espíritu, 
empequeñecido, á mi ver, con la práctica del confesonario, 
donde se pasaba las horas muertas, y á veces, aun en in- 
vierno, desde las cinco de la mañana. Quiso ensayarse en 
la predicación, que hubiera tenido la ventaja de abrirle los 
vastos horizontes de la palabra; pero no siendo afortunado 
en aquella tentativa, entregó toda su actividad á un reduci- 
do círculo de personas timoratas, entre las cuales lucía sus 
eminentes dotes de casuista, fortalecidas con el estudio de la 
famosa Llave de Oro del P. Claret y con la asidua meditación 
de las obras de San Alfonso de Ligorio. 



III 

Las primeras impresiones de mi vida se remontan á fe- 
cha muy antigua. Cuatro años próximamente terudría, cuan- 
do de resultas de una grave enfermedad, que me puso á las 
puertas de la muerte, se decidió trasladarme al pueblo de 
Sarriá, por consejo de mi médico el Dr. Llacayo. La casa 
donde fuimos á parar la tengo tan presente como si la estu- 



9 

viera viendo. Ni un detalle, ni la más insignificante particu- 
laridad se han borrado de mi memoria: los dos patios, el jar- 
dín, la extensa huerta, teatro de mis hazañas, con multitud 
de árboles frutales que yo devastaba á toda conciencia; y 
además los conocidos aditamentos de subirme por las tapias, 
ensartar lagartijas, asaltar nidos, cazar pajarillos, cegar 
las fuentes, arrancar plantas, pisar el sembrado, deshojar 
las flores y otras monadas mil, dignas de mis tiernísi- 
mos años de encantadora barbarie. Y aconteció que un día 
estando sólo, por haberse distraído la niñera, caíme de pati- 
tas en un estanque; y allí terminarían estas Memorias, si la 
Providencia, en forma de jardinero, no hubiese acudido á 
sacarme de tal apuro; el cual por cierto dejó en mí tan pro- 
funda huella, que siempre, desde entonces, me han inspirado 
saludable respeto lo mismo las aguas corrientes que las 
mansas. 

Trágico pudo ser el lance; pero más lo fueron otros ocu- 
rridos tres años más tarde, afortunadamente sin riesgo de 
mi pellejo. El día 25 de Julio de 1835 estaba yo en uno de 
los balcones de mi casa arreglando ó desarreglando unas 
macetas, cuando veo venir por la calle de los Baños gran 
tropel de gente que, arrastrando por las astas un toro 
muerto, gritaba desaforadamente: ¡el bou gros! ¡el bou gros! 
El toro muerto era el último de la corrida de aquella tarde, 
que no había gustado á los aficionados; y por bou gros en- 
tendían referirse á D. Manuel Llauder, Marqués del Valle de 
Rivas, Capitán general del Principado, y por más señas, 
casado con la pobilleta Bransí, parienta muy cercana de mi 
Madre. 

Era Llauder hombre de complexión recia, enjuto de car- 
nes, de dura condición y poco amigo de contemplaciones. 
Unos días antes había estado en casa á despedirse para las 
aguas de la Puda. Cogiónos de sobremesa, y aunque tan pe- 
queño yo, chocóme la vehemencia con que el General se ex- 
presaba y el empeño que ponía en declinar cierta clase de 
responsabilidades. Culpósele más tarde de haber provocado 
con su ausencia la excitación popular: cargo ciertamente in- 
justo, porque, de todas maneras, el motín iniciado en la 



10 



Plaza de Toros no fué más que un pretexto para soliviantar 
al populacho; el cual, ya frenético y desatado, asaltó aquella 
misma noche los conventos, los entregó á las llamas, pasó á 
cuchillo á un gran número de frailes, otros perecieron en el 
incendio, y los más debieron su salvación á la fuga, á un dis- 
fraz ó á la cariñosa solicitud de algún amigo. 

Considere el compasivo lector cómo se pasaría la noche en 
aquella casa mía , de gente tan pacata, extraña á las tra- 
mas políticas y, por todos títulos, tan opuesta al sanguina- 
rio desbordamiento de las muchedumbres. Cómo se pasaría 
la tremenda noche con el incesante rebato de las campanas, 
el estruendo de los edificios al desplomarse, el correr de las 
víctimas, los ayes de los heridos, el clamoreo de las turbas 
agitando ensangrentadas antorchas con los desnudos brazos; 
todo esto iluminado por la rojiza luz de los incendios que de 
los cuatro ángulos de la población brotaban, tiñendo el azu- 
lado cielo con sus siniestros resplandores. 

Yo, cuitado de mí, no vi, ni oí nada, ni era capaz de en- 
tenderlo. Habíanme acostado, como de costumbre, á las ocho, 
durmiendo tranquilamente el sueño de mi inocencia, sin cu- 
rarme, en poco ni en mucho, de aquella Saint Barthélémy á 
la inversa. Mas, á la mañana siguiente, mientras me estaba 
vistiendo la doncella, entra mi Padre en la habitación, demu- 
dado el semblante y con señales evidentes de haber pasado 
una noche agitadísima. Preguntéle lo que tenía: «Una friole- 
ra, hijo mío; esta noche han quemado los conventos y han 
matado á los frailes.» « ¿Tan malos son los frailes?» repuse yo 
vivamente. 

Mi Padre se sonrió: ¿qué había de hacer? Esta réplica pun- 
zante hubiera sido un epigrama, á no salir de los labios de 
un niño de siete años. Era, sin embargo, la síntesis de lo que 
yo había de pensar después sobre las comunidades religiosas. 
No es que aplauda, líbreme Dios, ni los excesos popula- 
res, ni actos de salvajería de ninguna especie. Todos los 
detesto, todos por igual los abomino, entiéndase bien, bajo 
cualquier lema á que pretendan acogerse. Pero las órdenes 
monásticas, que durante siglos y siglos realizaron un fin his- 
tóricamente razonable, habían llegado á ser, y más en Espa- 



II 



ña, la rémora del progreso y el mayor peligro para las liber- 
tades. Odiaba el país liberal á los frailes, viendo en ellos la 
encarnación viva del absolutismo, que creía bien enterrado 
desde la muerte de Fernando VII. Y en verdad que los que 
así discurrían no iban tan descaminados. En 1835, ahí esta- 
ba el enemigo con hábito monacal en el claustro y en la plaza 
pública, en el monte y en el valle, en la ciudad y en el inte- 
rior de las familias; audaz, airado, provocativo, con la tea 
de la discordia en la mano. Si el Pretendiente levanta ban- 
dera de rebelión, el convento se convierte en antro de sus 
conspiraciones; sus predicadores, en energúmenos sedientos 
de sangre de liberales; sus rosarios, en apretado dogal; en pu- 
ñales sus crucifijos; sus novicios, en reclutas, y algunos re- 
verendos, en jefes de gavilla entregados al más feroz y re- 
pugnante vandalismo. Esto se sentía, esto se veía, esto no 
se ocultaba; de ahí que, mientras en Barcelona el pueblo no 
dió tregua ni cuartel á los frailes, en cambio, no se permitió 
el más mínimo desmán contra los conventos de monjas, y los 
individuos del clero secular fueron igualmente respetados. 

¡Ah! mucha sangre se ha derramado en el mundo por 
mano de ese terrible anónimo llamado muchedumbre, es de- 
cir, por la mano del instinto ciego, de la pasión brutal y de 
la ignorancia. Pero ¡cuánta y cuantísima no ha derramado 
también la mano sabia de los escogidos, es decir, el frío cálcu- 
lo, la ambición, el principio de autoridad y la razón de Es- 
tado! Cierto que en aquellos tristísimos días las turbas des- 
atentadas, rotos ya los frenos de la tradición, cometieron 
enormes desafueros; robaron, talaron, incendiaron, mataron 
sacerdotes, fusilaron misioneros, asesinaron y arrastraron 
Generales y Gobernadores, á Bassa, á Camacho, á Quesada. 
Mas no echemos en olvido que, durante largos años, el Con- 
de de España estuvo en Barcelona ahorcando, casi diaria- 
mente, liberales, por meras sospechas ó por crímenes imagi- 
narios; que Elío hizo lo propio en Valencia; que Cabrera y 
otros jefes carlistas pusieron su Dios, Patria y Rey de lema 
para encubrir horrores propios de los hotentotes; que tam- 
poco se quedaron cortos Zurbano el progresista y Villalonga 
el moderado. Y luego lo de Alicante, y lo de Galicia, y lo de 



12 



Cuba, y ejecuciones en Madrid, y ejecuciones en Barcelona, 
y hecatombes de gobierno en todas partes y tantas providen- 
cias de uniforme ó de frac prendiendo, desterrando, arcabu- 
ceando á montones, llevando el terror á los pueblos, cubrien- 
do de luto á las familias y haciéndose instrumento de unas 
leyes insensatas que penaban con el martirio el crimen de 
pedir un poco más de independencia, acaso una ligera modi- 
ficación política... ¡tal vez un simple cambio de Ministerio! 

Seamos sinceros é imparciales. El furor de las masas no 
tiene disculpa; pero menos la tienen los arrebatos de un Go- 
bierno constituido. Las tropelías de un populacho salvaje y 
soez, siquiera se explican como todas las borracheras, .por- 
que, ó no se tiene cabeza, ó se ha perdido. Un Gobierno se- 
rio y sus agentes, están en el deber de no perderla nunca. 
Más culpable es aquel que comete fechorías alardeando de 
formas jurídicas, que el que se desmanda á pecho descubier- 
to sin escudarse con la ley. 

El año anterior al de 1835, tan calamitoso para Barcelona 
á causa de estos desórdenes, habíalo sido á su vez por la 
primera invasión del cólera morbo- asiático. Padeciéronlo mis 
Padres, aunque benigno: en el ínterin, me enviaron al lado de 
mi excelente madrina la Sra. de Elorza, que habitaba en una 
casa, cerca de las afueras, con jardín espacioso. Allí nos re- 
uníamos un sin fin de chiquillos del todo indiferentes á la 
marcha del cruel azote; jugábamos, retozábamos y nos atra- 
caban de golosinas. Al corro asistían alguna vez unas cuantas 
niñas de nuestra misma edad, que tomaban parte en las in- 
fantiles travesuras. Entre ellas, no se me han olvidado la 
señorita de Parrella, después Baronesa de Senelles, víctima, 
veinte años más tarde, de un vil asesinato, y las niñitas de 
Lluch, hermanas del que fué Cardenal del mismo nombre y 
penúltimo Arzobispo de Sevilla. 



13 



IV 



A la sazón ya estaba yo en plena primera enseñanza, que 
seguí sucesivamente en dos colegios. Del primero no conser- 
vo más que un recuerdo, pero vivo: mi condiscípulo Mariano 
Borrell, á quien volveremos á encontrar más adelante y es 
Profesor de Dibujo lineal en la Escuela de Artes y 'Oficios de 
Madrid. ¡Pobre Mariano! Entonces padecía una tos crónica 
y cavernosa que tenía grandemente alarmados á sus padres, 
creyéndola síntoma de muy escasa vida en el muchacho. 
Cada vez que me encuentro á Mariano Borrell, se me figura 
ver desfilar en masa, delante de mí, cincuenta años enteros 
de mi existencia; pues, apesar de nuestras respectivas peripe- 
cias, nunca nos hemos perdido de vista y siempre ha sido él 
consecuente conmigo, lo mismo en la prosperidad que en la 
desgracia. Y ahora me apena verle tan quebrantado de salud, 
gimiendo bajo el poder de un oculista eminente que le lleva 
y le trae todos los años de París á Biárritz y de Biárritz á 
París, haciéndole mil diabluras en la vista. Víctima en la 
vejez de su celo y laboriosidad, porque los ojos se le han ido 
consumiendo lentamente con la publicación de una obra 
monumental de Dibujo, en la cual ha ido enterrando salud, 
paciencia y los recursos de una modesta fortuna. 

En realidad lo más fuerte de las primeras letras , lo pasé 
en el segundo colegio, cuyo director no tenía ciertamente cor- 
te de maestro de escuela. Más bien trascendía á persona 
de calidad, con grandes bigotes, las canas envainadas en 
tinte , panza saliente, cogote tieso y cierto frac tirando á 
verde , por cuya prenda solíamos llamarle el caballero del 
verde casacón; frase que me valió una solemne reprimenda 
por habérsela espetado un día en sus propias barbas. Cuando 
hacíamos ruido con los pies, ó marcábamos el compás con los 
tinteros, nos largaba sermones de media hora; y tales voces 
daba y tan atronadoras, que , al fin secándosele la garganta, 



H 

tenía que pedir agua, servida siempre en una bandeja con azu- 
carillos, de los cuales, con otras golosinejas, se aprovechaban 
los del banco inmediato, timándoselos con suma destreza. 
Fumador sempiterno, y de tan mal tabaco , que todavía me 
da en las narices el olor de las bocanadas que á quema ropa 
me soltaba cuando se venía á mi banqueta, y con unos dedos 
culotados, más negros que un tizón, se ponía á ajustar mi fal- 
silla, á cortar la pluma de ave ó á enmendarme los palotes. 
No empleaba como correctivo los azotitos, resabio indecente 
de la antigua educación clerical que otros colegios no habían 
abandonado; pero sabía administrar sendos palmetazos que po- 
nían las manos como tomates. De mí, debo decir que nun- 
ca me castigó de esta suerte, sin saber áqué atribuirlo; pues 
las más de las veces me lo tenía bien merecido por mis picar- 
digüelas. 

Era el buen señor muy petulante, y tenía la pretensión de 
hablar con toda pureza el castellano; lo cual no obstaba para 
que á cada paso le cogiéramos gazapos, como vigilia por vís- 
pera, ropa por tela, vengo por voy, mal de ctiello por dolor de gar- 
ganta, y otras catalanadas ; y también se la echaba de eru- 
dito, sin perjuicio de decir en cierta ocasión, ante un tribunal 
de examen, que todas las causas de la caída del Imperio roma- 
no, procedían del lujo de la Corte. Su mujer, á quien llamá- 
bamos respetuosamente doña Dolores, era de bastante menos 
edad que el marido; gran aficionada á ^os melodramas y al 
romanticismo, que entonces estaba en plena moda. A veces, 
cuando salíamos de clase en tropel, colgados al hombro los 
cartapacios ó carteras, y armando un zipizape de los diablos, 
la veíamos sentada junto á uno de los balcones del patio, 
rebujada en blanco peinador, pálida y ojerosa, suelto el ca- 
bello, la barba apoyada en el hueco de la mano y alzada á 
los espacios la melancólica mirada, buscando sin duda, entre 
los celajes, al dulce trovador que de la tiranía del A, B, C, ha- 
bía de bajar á redimirla. Malas lenguas dijeron después, que 
mi señora doña Dolorcitas era un si es no es cascabelera, 
cosa muy en los términos de lo posible; pues, muchísimos 
años más tarde, cuando yo había perdido totalmente de vista 
al maestro, á la maestra y á los maestricos, oí hablar vaga- 



i5 

mente de no sé qué aventuras conyugales que, de ser ciertas, 
debieron descomponer algún tanto las respetables canas de 
nuestro director egregio. 

No se daba entonces á la instrucción primaria la latitud 
que después fué tomando, por la sencilla razón de que la 
monopolizaba el clero casi en absoluto. Ni éste hubiera roto 
jamás los antiguos moldes, á no mediar la ingerencia del 
elemento laico, que la ajustó paulatinamente á las modernas 
necesidades. Tan opuesto era el absolutismo á la idea de dar 
vuelos á la inteligencia juvenil, que del 30 al 35, cualquier 
proyecto de reformar el vetusto régimen de nuestras Escuelas 
primarias, hubiera pasado por un mito. Baste decir que 
hasta el 1 5 de Marzo de 1836 no se instaló en Barcelona la 
primera Escuela de niñas, y fué bajo el patronato de la Jun- 
ta de Damas; que hasta el 2 de Setiembre de 1841 no se 
abrieron las Escuelas gratuitas del Ayuntamiento, y que 
hasta el 1 6 de Agosto de 1845 no vimos allí una verdadera 
Escuela de párvulos. 

Colegios no escaseaban; el mío era uno de los mejores de 
la capital y de los más frecuentados. Nos daban las enseñan- 
zas de cajón: lectura, escritura, gramática castellana, las 
cuatro reglas y mucho catecismo. Ni por asomo cosa que 
oliese á objetivo. Ni gimnasia, ni asignaturas de adorno. La 
lectura, como dirigida por catalanes, nos dejaba aquel fuerte 
acento provincial de que- no conseguimos desprendernos, ni 
aun aquellos que hemos pasado muchos años por la lima 
madrileña. En escritura, Iturzaeta y carácter inglés. Yo, en 
este punto, me declaré partida suelta, hasta la rebeldía; no 
quise ser pendolista, ni sujetarme á otro carácter que al mío, 
á mis garrapatillos microscópicos, que para mi uso particular 
me han bastado y rebastado. En lo que sí hice notabilísimos 
progresos fué en Gramática castellana, apesar del anticuado 
método del Dr. Ballot, que todavía firmaba Don JosefBallot. 
De tal manera logré captarme el aprecio del maestro, que me 
hizo repetidor de su clase para conjugación y sintaxis. Tal 
vez era este el secreto de librarme de la palmeta; porque allí 
me tenían, con otros chiquillos, á un ladito de la mesa, ensa- 
yándome gravemente de Profesor á los seis ó siete años. 



16 . 

Nuestro catecismo, aparte el Fleury, estaba en catalán, y 
en un catalán, si cabe, más simplote que el castellano del 
P. Ripalda. 

Una pregunta: «¿Qué es el matrimonio? — El sacramento 
que contraen un hombre y una mujer cuando se casan.» Lo 
cual, como adivinará el lector, nos dejaba plenamente satis- 
fechos. Otra pregunta: «Cristo, en el sacramento, ¿está de 
pie, sentado ó echado? — No, padre. — ¿Pues de qué manera 
está allí? — De una manera milagrosa.)) Con lo cual dicho se 
está que, á fuerza de echarle galgos, nos quedábamos ente- 
radísimos. 

Yo tomaba estas cosas por profundos arcanos, y sólo pen- 
sar en discutirlos, me hubiera puesto de carne de gallina. No 
así otros muchachos ya picardeados, que se permitían cuchu- 
fletas y aderezaban con salsa picante el delicioso texto. Dis- 
tinguíase en este género un tal Mayólas, bastante más mocito 
que yo y muy corrido para sus años. El era quien armaba en 
clase las grandes culebras; él nos traía noticias de sensación, 
teniéndonos al tanto de las últimas novedades políticas. Con 
el casquete derribado sobre la oreja izquierda, pelo á la 
romana, la perpetua colilla sobre el labio requemado y las 
manos en los bolsillos del pantalón, parecía un traidor de 
melodrama. La echaba de patriotero, comentando las prime- 
ras hazañas de los carlistas y las condescendencias de los mo- 
derados ó madurs, como él decía. Anunciaba pronunciamien- 
tos y fieras matanzas que me espeluznaban, sazonándolo 
todo con aquel famoso estribillo de los liberales de antaño: 

< Constitución ó muerte 
será nuestra divisa: 
si algún servil la pisa, 
la muerte sufrirá.» 

Con estos y otros entretenimientos, íbamos entrando en la 
época de empezar mis latines. Pero como éstas eran ya pala- 
bras mayores, bien merecen que les consagremos capítulo 
separado. 



1835-1840 



Mis latines. — Un ciego con mucha vista. — El pro y el contra del latín. — Cómo 
aprendíamos la Retórica y Poética. — El fénix de los fámulos. — Distribución 
del día á los diez años. — Orgías espirituales. — Can Pabana. — Idilios — 
Santa Susana. — Nuestra Corniche. — La fiesta mayor de Molins de Rey. 
— Les habituís de la maison. — Víctima propiciatoria. 



I 

Cúpome en suerte cursar toda la segunda enseñanza por 
los antiguos planes, reducidos á tres años de Latín, dos de 
Retórica, uno de Psicología y Lógica, otro de Física expe- 
rimental y Matemáticas y el último de Filosofía moral y Li- 
teratura. Digo reducidos, por el número de asignaturas, no 
por el de años: ocho cabales que apuré hasta el último 
minuto. 

En Febrero de 1835 empecé el Latín, que, con la Retóri- 
ca, estudié en el Colegio de D. Francisco de P. Mas y Arti- 
gas, acreditado humanista, conocido en Barcelona por el 
Ciego. 

No cabe prodigio de constancia igual al de aquel hombre; 
pues, con estar privado de la vista desde la niñez, había con- 
seguido, á fuerza de paciencia y de auxiliares, ser tan versa- 
do en la lengua de Cicerón, que, como á su oráculo, le con- 
sultaban los más afamados latinistas. Manejaba los clásicos 
con incomparable destreza, conocía al dedillo los últimos 
perfiles de la lengua; y, en materia de composición y de im- 

2 



i8 

provisación latinas, no había seguramente en España otro 
que le aventajara. Era en lo físico la estampa de la desdicha: 
gorrito negro de punto, calado hasta las cejas; ojos verdosos 
sin pupilas; cara trabajosa y, más que salpicada, magullada 
de un ataque de viruelas; grueso el labio inferior y un tanto 
caído; enorme chaquetón de paño pardo forrado de bayeta 
encarnada; calzones oscuros, y para casa, unas holgadísi- 
mas zapatillas bordadas, delicado presente de sus sobrinas, 
todos los años, al caer el Santo. Pero le daban mucho atrac- 
tivo su habla melosa, los extremos de su afabilidad y cierto 
tic en la conversación, que consistía en aplicarse con la mano 
derecha golpecitos y frotaditas en la palma de la izquierda, 
que tenía levantada á la altura de la barba. Desde las ocho 
de la mañana hasta la hora de comer, y luego desde las dos 
hasta las cinco de la tarde, en invierno, ó hasta las seis, en 
verano, no se meneaba de su vetusto sillón de baqueta, al cual 
añadía, para alivio de las asentaderas, un almohadón de plu- 
ma forrado de piel; y allí estuvo viviendo cerca de cuarenta 
años, haciendo declinar los mismos nombres y conjugar los 
mismos verbos, dictando las mismas oraciones, comentando 
ó explicando los mismos trozos selectos y calentando los mo- 
fletes de los chicos con las mismas sopapinas: que sabía ad- 
ministrarlas y muy recias, cuando le picaba la mosca con 
las travesuras de algún rapazuelo. 

Más que enseñarnos el Ciego la Gramática latina, nos la 
embutía en la mollera á puro repetir y repetir y hacer gimna- 
sia del cerebro. No sé lo que dirán, á propósito de esto, los 
gramáticos y filólogos de hoy con sus características, mor- 
fologías, fonéticas y otras novedades lingüísticas de in- 
disputable mérito. Mas es lo cierto que con aquel método 
rancio, rudo y machacón, salíamos unos caballeritos más 
fuertes en latinidad que los mejores de ahora. Tan sólo diré, 
por lo que á mí interesa, que ninguna de las enseñanzas de 
la primera edad me dejó tanta huella como el Latín; y eso 
que nunca pasé del segundo puesto en sintaxis y Retórica; 
porque en el principal no hubo medio, en cinco cursos, de 
echarle el pie delante á un malogrado amigo, muerto en 
la flor de sus años , al principiar una brillante^carrera. 



*9 

Cómo se las gobernaba mi excelente dómine, falto de un 
sentido tan esencial, para mover aquel teclado del Colegio, 
era cosa que la estaba viendo todos los días, y todavía no 
acierto á comprenderla. El lo dirigía todo, á todo atendía y 
en todo estaba: él premiaba, él castigaba, él infundía respe- 
to, él conseguía que, en una clase tan numerosa, no se oye- 
ra ni el vuelo de una mosca; sin otro aliciente que cuatro es- 
tampicas, ni más freno que la mutua vigilancia de los mis- 
mos muchachos. Tocante á compostura, había un rigor ex- 
tremado. No se toleraban cuchicheos, ni bruscos ademanes, 
ni posturas inconvenientes, tampoco cruzar una pierna sobre 
otra, ni confusión ni atropello á la salida. Llegada la hora, 
todos íbamos desfilando por orden de lista, diciendo adsum 
cuando nos tocaba el turno; y el Maestro, frotándose las ma- 
nos y dando sus palmaditas de rúbrica, á cada nombre que 
sonaba contestaba invariablemente: adiós, querido. 

En aquellos tiempos la enseñanza del Latín no se ponía tan 
en tela de juicio como ahora. No aprender latín, no saber la- 
tín, ¿había mayor vergüenza? Una segunda enseñanza sin la 
base del Latín, ¿era esto siquiera concebible? Después entró la 
rebeldía: viniéronlos innovadores. ¡Latín! ¿Por qué latín? Pri- 
mero se le hizo una guerra sorda: se atacó el método, no el 
fondo de la cosa. Venga el Latín, dijeron en Francia Miguel 
Bréal y Julio Simón; pero reducidlo á la lectura y estudio de 
los clásicos: nada de componer en latín, nada de hacer versos 
latinos, nada de discursear en latín parodiando las Catilina- 
rias ó la oración pro lege Manilla. Ya preparado el terreno, 
entraron los radicales, los intransigentes, los ultras: ¡abajo el 
Latín, gritaron Mr. Frary y consortes, abajo el Latín en toda 
la línea! Necesitamos enseñanza viva, no enseñanzas muer- 
tas. Vivimos de la Geografía que nos lleva á Oriente, á Amé- 
rica, al interior del África: de la Sociología que nos enseña el 
arte de fabricar códigos, Gobiernos, Estados y colonias: de la 
Química, la Mecánica y la Economía política, que nos pueblan 
de talleres y nos echan á reñir con los obreros. Es la evolu- 
ción del siglo: ¿qué tienen que ver con ella la Eneida de Vir- 
gilio, las comedias de Plauto, la moral de Séneca, ó la Insti- 
tuía de Gayo? 



20 



Macaulay y Herbert Spencer intervienen en el debate: me- 
nos apasionados, más razonadores. Sustituid, dicen, por los 
clásicos nacionales, los clásicos latinos: son tan puros y tan 
castizos como los de Roma, llevándoles, para la cultura gene- 
ral, la ventaja de una mayor experiencia y del gran caudal de 
riqueza arrastrado por los siglos. 

A Monseñor Dupanloup y á otros amantes de lo antiguo, 
no satisfacen estas razones. Quieren el Latín: latín sin con- 
diciones. ¿Quién ha dicho á Vds., preguntan, que el Latín es 
una lengua muerta? Se habla todavía en Hungría y en la Bos- 
nia: lo usa el Vaticano con todas sus infinitas dependencias; 
hay sabios ingleses y alemanes que en latín publican sus pro- 
gramas y en latín sus enormes infolio. Cogidos os tenemos, 
añaden los latinistas. ¿No buscáis una lengua universal, antes 
la tentativa de Sotos Ochando, ahora el Volapük? Pues ahí la 
tenéis esa lengua, sin andaros en combinaciones estrambóti- 
cas: el Latín, nuestro latín de marras. Si formulaseis y pusie- 
seis en latín el lenguaje científico, no tendríais necesidad de 
hacer políglotas al médico ni al ingeniero para entenderse 
mutuamente. 

Concluyen citando, en son de triunfo, el ejemplo de las na- 
ciones cultas. Que los alemanes no han parado hasta introdu- 
cir el Latín en las realschulen ó Escuelas generales de aplica- 
ción: que cada día lo extienden más en los gimnasios: que los 
ingleses lo han adoptado como base en Harrow, en Rugby, 
en Eton: que los anglo-americanos, los de la patria del por- 
venir, lo tienen en gran estima en sus Colegios y Universida- 
des, y con el Latín llegan á marear á los chicos en la clásica 
institución de Harvard. 

No prosigo. Dejemos, si os parece, en tal estado esta larga 
polémica, y volvamos á mi inolvidable maestro D. Francisco 
el Ciego que, tan singular como era en la enseñanza de la 
Gramática, tanto pecaba de estrecho y anticuado en Retó- 
rica y Poética. Este era paño harto delicado para tijeras ma- 
nejadas por toscas manos. De aquello en que consistía la Re- 
tórica de entonces, todos nos acordamos: conjunto de reglas 
artificiosas, absurdas para los ingenios, embarazosas para el 
hombre de talento, y útiles á lo sumo para los pedantes. Co- 



21 

menzaban con algunas consideraciones, generalmente insul- 
sas, sobre el lenguaje y el estilo: á renglón seguido se hacía 
gran hincapié en los tropos y figuras, y ceñíase la oratoria á 
encasillar el discurso en las cinco partes descritas por Quin- 
tiliano. La Poética, desnuda de todo concepto superior del 
arte, simbólico ó realista, ó bien se encerraba en las angostu- 
ras de la métrica, ó se iba arrastrando perezosamente entre 
aquellas clasificaciones convencionales que pretendían llevar 
al poeta, de la mano y como á compás, desde el sencillo gé- 
nero bucólico hasta la inspiración de la epopeya. 

Nuestros textos de Retórica sólo rezaban con el Latín, co- 
mo si no viviéramos en España ó careciésemos de lengua 
patria ó se hubiese extinguido la española. Lo único que nos 
era dable paladear en el género nacional, era la colección de 
un jesuíta, el P. Losada, que yo había puesto' de azul y verde 
pintando de estos colores el lomo y las cubiertas de la obra. 
Era el tal librejo una insípida ensalada de retazos de no sé 
qué tragedias, amén de un largo extracto del Café de Moratín; 
con lo cual y con recitar de memoria algunas octavas de Er- 
cilla, tal cual égloga de Garcilaso, las fábulas de Samaniego 
y tres ó cuatro de Iriarte, salíamos los jóvenes amables airosa- 
mente del paso. De primores y atavíos de lenguaje no se de- 
cía una palabra, como tampoco nadie cuidaba de acostum- 
brarnos al fraseo de nuestros buenos hablistas; de Granada, 
por ejemplo, ya que los autores profanos no privasen. Poetas, 
sólo de nombre conocíamos á los más ilustres. Ni una cita 
de Lope ó de Calderón, de León ó de Herrera, de Rioja ó 
de Valdés, de Gallego ó Martínez de la Rosa. Y nada digo de 
los románticos, como Espronceda y el duque de Rivas; por- 
que aquella sola calidad hacía á estos preclaros ingenios per 
se vitandos en el Colegio. 

Había, pues, que pedir amparo á los clásicos latinos, y no 
servidos al natural, sino aderezados á gusto de jesuítas y es- 
colapios. Aun no había salido á luz, para asombro de los na- 
cidos, el famoso Ver rongeur del P. Gaume, pretendiendo (y 
ya lo ha logrado en algún Instituto que yo me sé) deste- 
rrar de las aulas la pura latinidad de los autores profa- 
nos, so pretexto de que inficionan á la juventud con las 



22 



torpezas del paganismo, y tratando de alimentarla con el la- 
tín pedestre de la Vulgata ó con el otro erizado de barbaris- 
mos de la Patrología. En el colegio nos limitaban la ración 
á Marco Tulio, encanto de mi Maestro, por lo sonoro y ca- 
dencioso, á los Tristes, de Ovidio, églogas y Eneida de Virgi- 
lio, excepto el cuarto libro, y todo el Horacio, cuyas Odas se 
nos entregaban truncadas ó alteradas por mano de piadosos 
expurgadores. Un solo ejemplo. En la oda sáfica Integer vita, 
aquellos fluidísimos versos del final que dedica el poeta á su 
amada Lálage: 

Dulce ridentem Lálagen amabo 
Dulce loquentem 

estaban sustituidos, en mi colección, por estos otros de la 
más genuina sacristía: 

Sola me virtus fecit usque tutum 
Sola beatum. 

Peregrina pretensión la de los gaumistas. ¡Ah! ¡Si quisié- 
ramos tomar el desquite! Ellos tachan de paganistas á los 
que sostienen la integridad de los verdaderos clásicos. ¿Qué 
dirían si, echando mano á la liturgia, nos diera la gana de ha- 
cer comparaciones, señalando analogías entre ritos, ceremo- 
nias, prácticas y formas generales de unos y otros cultos? Si, 
por ejemplo, se le antojase á un arqueólogo ó á un erudito 
extraer con delicado pulso encada cosa su respectivo elemento 
pagano: lo pagano de los ornamentos; lo pagano de los vasos 
sagrados; lo pagano del incienso; lo pagano del agua lustrad- 
lo pagano de la iconolatría, y hasta lo pagano del uso á todo 
pasto de la misma lengua de la paganísima Roma. Y enton- 
ces sí que habría que alquilar balcones para presenciar este 
curiosísimo espectáculo: unos pobres diablos purgando el de- 
lito de simple paganismo por sentencia de un tribunal con- 
victo y confeso de archipaganisrno. 

De vez en cuando nos permitían hacer pinitos de compo- 
sición; pero ¡qué composición, Dios bendito! En lugar de en- 
sayos graduales, desde el estilo epistolar hasta el oratorio, 



23 

todo el afán del Maestro consistía en hacernos inventar ale- 
gorías, forjar prosopopeyas, salpicar de metáforas un texto ó 
ribetearlo con un similiter cadens ó un similiter desinens. Nues- 
tro número uno y yo sobresalíamos en el arte de medir ver- 
sos latinos. Yámbicos, hexámetros, pentámetros, de todos 
géneros los ajustábamos á medida, verificando la opera- 
ción antes de entrar en clase ó formando corrillo con otros 
rapaces; y, sobre si era coreo ó yambo ó espondeo, se arma- 
ba diariamente la tremenda. Ambos, de tarde en tarde, nos 
arriesgábamos á sacar del magín versos originales. Hacíalos 
excelentes mi compañero, y más de un dístico suyo podía 
figurar dignamente al lado de los mejores de Ovidio ó de 
Tibulo. Los míos eran medianillos; y para muestra, me 
arriesgo á reproducir los que dediqué al propio amigo con 
ocasión de un certamen público: 

<Dum cupidé eximia insequeris vestigia, care, 

Dum tenerum pectus nobilis ardor aiit; 
Magnam dum fervens tollit fiducia mentem; 

Candida prcecinctus témpora fronde, nites. 
Nec nihil officiet quin artis intima lustres 

Si modo sit tantus sollicitusque labor. 
jQuam vario studio propenden? abdita rerum! 

jQuantaque vulgatis fama superstes eritl 
Nam decet in placida mentem coluisse juventá: 

Clarum cetas studio tradita, nomen habet. 
Fallax robur erit: nummorum gloria fallax: 

Dat sola perpetuum ars generosa decus. 
Tu modo (tempus adest, dabit et fortuna vigorem) 

Celsa teñe, própera, ne referasque pedem. 
Tune te lenimen dicet pia turba parentutn: 
. Tune cupiet fcedus et sibi quisque tuum.» 

En composición castellana, la inspiración estaba de sobra 
con temas como la biografía de San Pablo el ermitaño, la 
descripción del Paraíso terrenal ó el cuadro de las Bienaven- 
turanzas. Y para el verso, de tal manera nos atiborraban de 
mitología, que, mejor que por su casa, podía uno pasearse 
por el Olimpo, sacándole los trapillos á Júpiter, coqueteando 
con Venus, platicando con Mercurio y pegándosela al mis- 
mísimo Momo, doctor en travesuras. 



2 4 



II 



Para llevar los chicos al Colegio y repasar las lecciones, 
había la costumbre de tener en las casas un sujeto, entre fá- 
mulo y dómine, que ayudaba al servicio mientras iba siguien- 
do su carrera. Tres conocí yo; pero con quien tuve más se- 
guido trato, fué con el tercero, de nombre Mossén José, ente 
bastante original y un tanto estrafalario, que reclama su pa- 
rrafillo. Entró en mi casa, con la sotana de seminarista, no 
siendo más que estudiante de Teología; y aunque buen re- 
petidor, porque sabía el latín de veras, tenía el pobre muy 
poquito seso, y en todo lo que no fuese latín era de una igno- 
rancia supina. Como decían antiguamente en las escuelas: 
purus theologus, punes asinus. No hacía cosa á derechas: era 
tan distraído, que nunca se acordaba de un recado, ni de lo 
que acababa de leer, ni de lo que había comido minutos an- 
tes, y tan destrozón de manteos como del idioma, que acu- 
chillaba sin piedad con su atropellada lengua. Pronunciaba 
mentecato por mantecado, decía osté por usted, y aderezaba el 
castellano á la catalana con singular desenfado, como cuando 
decía, hablando de lo que le costaba el pupilaje á un amigo 
suyo: solamente de la dispesa se hace diez reales. Blasonaba de 
acento andaluz, con sólo suprimir las eses, imaginando pa- 
sar por saladísimo jerezano si acertaba á soltar en la conver- 
sación un etd oté ó etamo freco. En fin, tales cosas decía y re- 
fería, que hacían desternillar de risa álos que se preciaban 
de más serios. Reprendíale mi Padre, pero en vano; mas 
como, al fin y al cabo, mi cleriguillo era dócil, de buenas 
costumbres y apto para el oficio que desempeñaba en casa, 
todo fácilmente se le perdonaba. 

A los diez años, mi método de vida difería poco del de un 
colegial interno. Invierno y verano levantábame á las seis de 
la mañana, no porque á ello me obligaran, sino por mi pro- 



25 



pió impulso. Repasaba mis libros, asistía á clase, comía á 
las dos, por la tarde otra vez á la tarea, estudio por la noche, 
cena y cama. Paseo jueves, domingos y fiestas de guardar; 
teatros, ni mentarlos. Esto último me cosquilleaba mucho la 
imaginación y me daba grandes pesadumbres, porque cabal- 
mente por entonces se acababan de abrir dos nuevos teatros en 
Barcelona: el de Capuchinos, que daba el primer repertorio 
de Verdi, y el de Montesión, dirigido por Valero, que explota- 
ba el género melenudo de papá Dumas, con Catalina Howard, 
La Torre de Nesle, Ricardo Dávlington y otros engendros de 
los cuales se contaban maravillas. Yo abría tanto ojo al 
oírlas, contentándome con los olores, como hubiera hecho 
con el garbanzo huérfano tras del cual se echaban á na- 
do los macilentos dedos del licenciado Cabra; y, lo confieso 
sin rubor, más atento me tenían aquellos lejanos rumores de 
la escena, que los rezos y devociones de que era tan pródigo 
el régimen severo de mi casa. Todas las mañanas misa oída 
ó ayudada en la capilla de San Severo: por las tardes, rosario 
y oración mental con las reflexiones del P. Nepueu: salpicon- 
cillo de Cuarenta Horas entre semana: los días de fiesta, misa 
mayor con sermón, en la Catedral, y los primeros de mes so- 
lemne comunión general en la iglesia de Santa Marta, para los 
Humildes Esclavos de Jesús Sacramentado, á cuya noble Congre- 
gación, fundada por el Caballero de Grattis, me habían hecho 
el obsequio de agregarme. En fiestas señaladas, como de Jue- 
ves ó Viernes Santo, aquello ya no era devoción, eran orgías 
espirituales; pues de punta á punta del día no quedaba claro 
disponible entre confesar y comulgar al rayar el alba, y lue- 
go el sermón del Mandato, y asistir á los Oficios y visitar los 
Sagrarios, y dos horas de vela al Santísimo, amén de los re- 
zos de ordenanza. Ni faltaban el correspondiente trisagio cuan- 
do amagaba tormenta, ni el Mes de María, ni en Julio la no- 
vena del Carmen, cuya imagen traída de Roma y bendecida 
por el Papa campeaba en el oratorio de la familia; ni otra 
novena á San José, dechado toda ella de buena dicción y de 
frescura literaria, como lo prueban los siguientes versos pues- 
tos á guisa de portada: 



26 



De este novenario asunto 
Será: José desposado, 
De dolores traspasado, 
De gozos lleno, y difunto. 

Ó esta estrofa de los gozos: 

No tengáis, José, espanto, 
El Paraninfo decía, 
Que el preñado de María 
Es del Espíritu Santo. 
Vuestro consuelo fué tanto 
Cual pedía caso tal. 



III 



Este místico programa, comunísimo entonces y casi olvi- 
dado hoy en las poblaciones grandes, tenía su compensación 
los veranos'cuando salíamos al campo para fortalecer el cuer- 
po y dar ensanche al espíritu. De ordinario sentábamos nues- 
tros reales en Sarriá, en la torre ó quinta denominada Can 
Pabana. Can Pabana, menos el gusto moderno, podría pasar 
hoy por una excelente Villa con todas las comodidades y 
atractivos de la vida campestre. Tres magníficas terrazas, 
hermoso salón, vastos dormitorios, soberbio comedor y gran 
cocina digna de un convento: con más una dilatadísima 
huerta y ancho estanque poblado de pececillos que criába- 
mos á la mano con el agasajo de unas miguitas de pan, todas 
las tardes después de la siesta. Situación encantadora, tem- 
peratura primaveral, espléndido paisaje. A espaldas de la ca- 
sa, y como cerrando el horizonte, una cadena de montañas, 
formando media luna desde San Pedro Mártir al Tibidabo: 
por los contornos sembradas otras blancas torres y alquerías 
como bandadas de palomas picoteando entre la yerba: dando 
frente á la heredad, el llano de Barcelona, en una extensión 
de más de diez kilómetros; y allá en los últimos linderos el 



27 

marque, vigilado por Monjuich, se destacaba de un azul vi- 
vísimo los días muy serenos, permitiéndonos ver, con ayuda 
del catalejo, la entrada y salida de las embarcaciones en el 
puerto. 

Como buenos andarines, mi Padre y yo no nos contentába- 
mos con las dulces brisas de Can Pabana. Nos dábamos sendos 
madrugones y echábamos á andar por aquellos vericuetos, 
aprovechando el fresquito de la mañana. Dos, tres, cuatro 
horas duraba el paseo, sin perjuicio de otro repeloncillo por 
las cercanías á la caída de la tarde. A veces lo tomábamos 
más por lo serio, y se improvisaba lo que allí llamábamos 
truitadaSy aquí llaman giras, y pique-niques en moderna jerigon- 
za. Nos levantábamos con el alba: se alquilaban borriquillos: 
montaban las señoras en unos, otro cargaba con la vitualla; 
y, como al descuido, se hacía deslizar hasta el fondo de la al- 
forja una cantarica del tinto del Papiol y otra del rancio de Ale- 
11a. Con cuyo tentador avío emprendíamos la marcha camino 
de Vallvidrera por la ladera de San Pedro Mártir, hasta dar 
con nuestros cuerpos al otro lado de la sierra en un frondoso 
sotillo llamado la Bodallera. Allí tendíamos el mantel en el 
suelo, hacíamos la rueda y tragábamos á conciencia, sirvién- 
donos y escanciándonos la Agrieta, doncella predilecta de mi 
Madre, que, por haberme visto nacer y servido de ama seca, 
mandaba y despotricaba en mí de tal manera que, más que 
criada de servicio , parecía la señora de mi casa y hacienda. 

A muchas giras campestres he asistido de entonces acá, 
algunas de pretensiones con todo el aparato de la elegante 
francachela: breaks, paniers, champagne, lindos palmitos y 
la mar de pshutt. Pues lo digo con toda sinceridad: jamás 
ninguna de ellas me dio tanto regocijo como aquellas prosai- 
cas merendonas de mis benditísimos tiempos. ¡Qué mucho si 
entonces poseía un elemento que no se recobra, la juventud 
primera! Artista rico en colores es la juventud, y pródigo 
siempre de uno favorito: el color de cielo. Saciaos de él mien- 
tras estáis á tiempo: embriagaos, extasíaos en aquel purísimo 
azul: que de sobra vendrán tintas oscuras, aun en medio de 
la existencia más feliz y bien hallada. ¡Tendréis pasado! 
¿Habrá quedado en el fondo del vaso alguna gota amarga?... 



28 



Un verano (si no me es infiel la memoria, debió ser el de 
1841) antojósenos ensanchar el horizonte de la villeggiatura, 
y fuimos á Santa Susana, pintoresca aldehuela distante como 
legua y media del pueblo de Pineda, en la costa de Levante, 
á unos 5o kilómetros de Barcelona. Brindónos la suerte con 
un extenso cortijo, ó masía en lengua del país, y un antiguo 
castillo señorial donde recibimos alojamiento; y contigua á él 
una gran casa de labor, tesoro para mí de encantos y acci- 
dentes de la vida rústica. Allí me pasaba entretenidamente 
las horas curioseándolo todo: pormenores de la labranza, ape- 
ros, lagares, vivir de los mozos, corral, pocilga, colmenar, 
cría de conejos, herraje de las muías, la cabrita, las ovejue- 
las, el envase de la leche y, en la panadería de la granja, dos 
robustas aldeanas amasando la harina y sacando el pan de 
payés crugiente y humeante en las anchas palas. Yo retozaba 
por las eras, yo me subía á los pajares, yo registraba el gra- 
nero, yo me arreglaba largos bigotes con el flequillo de las 
mazorcas del maíz; y, en los establos, tales familiaridades me 
permitía con el ganado, que estuve mn día á punto de ser en- 
sartado por los cuernos de una vaca, celosa de verme enredar 
con el ternerillo. Era mi mayor afán irme del lado de las 
montañas de Orsaviñá, para pasarme el día entero, entre aque- 
llas asperezas, con mozos y leñadores. En lo más fragoso de 
la selva veía cortar la leña ó segar el heno: regalábame con 
los perfumes del romero y del tomillo: echábamos un trago 
de lo añejo con sus rebanaditas de pan moreno, y caminába- 
• mos la vuelta de la granja atravesados en mulos ó montados 
en la carreta sobrejnullidos lechos de fresca yerba. Un idilio, 
un perfectísimo idilio, de Teócrito, de Gessner ó de mi buen 
amigo Núñez de Arce. 

Solamente dos hombres había en la aldea con cara de per- 
sonaje: el capellán de la ermita y el doctor: rústicos ambos, y 
más el segundo que, habiendo casualmente asistido una vez 
en Pineda á dos cantantes italianos, de paso para Barcelona, 
decía que hablaban en gringo, y que aquello no era lengua de 
cristianos. 

A menudo, desde Santa Susana, hacíamos alguna escapato- 
ria por los pueblos de la costa: Arenys de Mar, Canet, San 



2 9 

Pol, Calella, Pineda, Malgrat y Blanes, deliciosos sitios, con 
extensa playa bañada por el Mediterráneo; en mi sentir, me- 
jores si fueran más atendidos, que los famosos de la Comiche, 
hoy tan frecuentados por la gente granada. Tiene San Pol 
unas calitas, unos recodos, unos grupos de rocas, unas len- 
guas de tierra y unos tonos de agua tan limpios, suaves y 
trasparentes, que mejor no lo idearía el talento de Monleón 
ó de otro cualquiera de nuestros más afamados pintores de 
marinas. Ibamos á Canet con ocasión de visitar un antiguo 
santuario, atestado de reliquias, medallas, rosarios, muletas, 
retablos, ex-votos de cera y otras devotas preseas, dejadas 
por testimonio de la insigne piedad de los marineros que, con 
sus cuantiosas larguezas, sostenían aquella obra; mientras 
que por fuera, junto á la capilla y en mesas dispuestas al 
efecto, se despachaban ricas lonjas de jamón y algunas bote- 
llas del mosto más exquisito. Veinte años después, volví á 
Canet en compañía de mis dos excelentes amigos Mariano 
Vergara y el pobre Paco Canalejas. Lo hallé todo trasforma- 
do: el primitivo santuario había desaparecido, y con él, la 
poesía de aquellos lugares. A un ricachón del pueblo se le 
había ocurrido hacer construir una capilla nueva de estilo 
ojival y de labor prolija, como esos templetes de repostería, 
que prueban la decadencia de nuestra arquitectura religiosa. 

Cerrábamos los veranos con la fiesta mayor de Molins de 
Rey, que por caer á fines de Setiembre, día de San Miguel, 
coincidía con el santo de mi Padre. Tres días duraba el jol- 
gorio; los más suspirados en todo el año. Dábanos espléndi- 
da hospitalidad una de las principales familias del pueblo por 
su riqueza y condición; porque el padre, además déla mucha 
hacienda que tenía, comerciaba al por mayor en vinos, sien- 
do el proveedor de nuestra casa. Era el tal sujeto un vejete 
muy ladino, malicioso, charlatán y tan chapado á la antigua 
que no hubo medio de hacerle abandonar el traje de payés 
rancio; ¡y no iba él poco satisfecho con su barretina morada, 
faja del propio color, chaleco rayado, chaqueta y calzón cor- 
to de pana aceitunada, grandes alpargatas y medias de lana 
azul, cubiertas en invierno con polainas de cuero avella- 
na! El hijo, un carácter angelical, vestía á la moderna: así 



30 

como la nuera, arrogante moza de diez y ocho á veinte abri- 
les, que á muchos tendría sorbido el seso antes de cumplir 
los catorce. Porque era imposible que la Providencia no se 
tomase algún descanso apenas hubo dado cima á obra tan 
consumada: que lo era de la cabeza á los pies la tal Antonie- 
ta, desde la abundante y negra cabellera, aquellos ojos ras- 
gados y aquel airoso talle, hasta la delicada tez, la* blan- 
quísima mano y aquel aire de princesa, y desde el dulce 
mirar, hechizo de los hombres, hasta el exquisito garbo 
con que se ponía algunas prendas de payesa, el pañuelo 
blanco de seda en la cabeza y la cestita al brazo, que varias 
veces al año ofrecía llena de flores á mi Madre. 

Aquellas buenas gentes se despepitaban por nosotros y sa- 
caban el fondo del arca. Cubríanse de esterilla fina los apo- 
sentos que nos destinaban : se colgaba de blanco camas y bal- 
cones, saliendo á relucir, para colchas y sillería, el rojo da- 
masco de los abuelos. Nos llevaban tempranito á la viña, 
donde nosotros. mismos cogíamos las uvas empapadas en el 
rocío de la mañana; y dejo suponer lo que serían las comi- 
das, verdaderas bodas de Camacho, que se prolongaban has- 
ta horas avanzadas de tarde y noche. 

Molins de Rey me atraía doblemente per lo ruidoso de la 
fiesta y por las simpáticas tolerancias con que me veía honra- 
do. Como allí el baile no era artículo prohibido, aprovechaba 
la Real licencia para correr á los envelats ó salones entoldados 
que se instalaban en dos plazas del pueblo. Allí, con la polle- 
ría, me entregaba al bullicio de la danza, luciendo las leccio- 
nes coreográficas que había recibido en Barcelona del maes- 
tro Biosca ó de cierto baroncito amigo mío, un bendito á 
quien se le había descolgado el entendimiento, cayéndosele 
á los pies, donde tenía puestas todas sus habilidades. 



31 



IV 



Entre las muchísimas personas que frecuentaban 'nuestro 
trato, me limitaré á citar dos eclesiásticos, el Padre Gil, rec- 
tor del Seminario conciliar, y el canónigo Bertrán; el General 
Saquetti, subinspector de Artillería, gran jugador de tresi- 
llo; dos ricos hacendados muy dados á viajar, uno de los 
cuales me enseñó el francés y el otro el italiano; un señor vie- 
jísimo, el Conde de Solterra, y el Dr. Vieta, que ejercía las 
funciones de médico de la casa. Vieta y mi Padre habían sido 
toda la vida compañeros inseparables. Distinguíase el doctor 
por una gran severidad. Su habla sentenciosa, su pelo blan^ 
co como la nieve, su patillita recta y el eterno jugar con las 
borlas del bastón, le daban aire de hombre de Estado en- 
golfado en una negociación diplomática. Yo le comparaba 
con el Marqués de Viluma cuando después conocí á este per- 
sonaje. Desempeñaba* con gran aplauso las cátedras de Físi- 
ca en la Universidad y en la Lonja, y era tan escogido su 
auditorio, que no se desdeñaban de formar parte de él perso- 
nas de alta categoría, como D. Manuel de la Concha, que 
asistió cursos enteros á su clase. Habiendo estado al frente 
del Cuerpo de Sanidad Militar durante la guerra civil, fué 
uno de los hombres de más confianza de todos los Gene- 
rales en jefe del ejército liberal: Espartero, Oráa, Seoane, el 
Conde de Peracamps y el Barón de Meer, honraron más de 
una vez los salones de la casa que poseía Vieta en la calle 
del Pino. 

Algo relacionado con Vieta estaba un muchacho, que era 
también del círculo de nuestros íntimos y en quien se hacían 
notar los más extraños contrastes de carácter. Por un lado, 
hombre formal y reposado: buen estudiante primero, buen 
abogado después, académico de la de Buenas Letras de Bar- 
celona, diputado á Cortes y escritor distinguido sobre cues- 



32 

tiones sociales. Mas por otro lado, tan maniático en punto á 
vestir y tan extremado que daba quince y raya á los más 
apuestos liones y dandíes , que así se llamaban entonces 
los que hoy corren con nombre de gomosos. No se ponía un 
calzado, ni se ajustaba una corbata, ni se encapillaba un frac 
sin que precediese á estas operaciones una larga serie de aná- 
lisis y estudios comparativos. Sabía el momento crítico de 
renunciar á la bata: si era de rigor la levita abierta ó la abro- 
chada; cuándo el buen tono exigía en la bota la punta estre- 
cha ó la lengua de vaca; la nuance del guante ó del. pantalón, 
según la clase de visitas. «Esto está perdido,» me decía una 
vez, viendo en escaparates elegantes varias corbatas anti- 
cuadas. Cuando, antes de casarse, vino una semana entera á 
visitarnos, aquello fué una colección de estampas del Parfait 
tailleur, revista favorita de los sastres. Nunca se me ha des- 
pintado el traje que llevaba puesto el día en que, por hallar- 
se ausente su familia, vino á rogar á mi Padre que pidiese, 
en nombre de ella, la mano de la chica. Larga, lustrosa y 
bien peinada melena: corbata cruzada de raso negro con do- 
ble alfiler de perlas sujetas con cadenilla de oro: pechera 
abullonada: chaleco cachemir canario, con escote, y bordado 
de seda del mismo color en las solapas: frac de faldón largo 
y redondo: pantalón de medio botín, matiz hoja seca, y tan 
ajustado, que al sentarse estuvo á punto de abrírsele por las 
rodillas, como que, para evitarlo, tenía que ponerse de costa- 
do; la bota de charol con caña encarnada: guante paja: en 
una mano el sombrero de ala ancha y en la otra un alto bas- 
tón de caña de indias con grueso puño de plata labrada. Sos- 
peché el secreto de la cosa y fuíme corriendo á los escapara- 
tes. Con efecto: era, en carne y hueso, el último figurín lle- 
gado de París la última semana del último mes del año de gra- 
cia de 1840. 

Al Obispo Martínez de San Martín, Prelado á la sazón de 
la diócesis, le veíamos poco en nuestra casa, porque su avan- 
zada edad, de setenta años, no le permitía salir más que á 
tomar el sol algunas tardes y siempre en carruaje. Pero 
nosotros le visitábamos á menudo en su palacio. Hombre 
más bendito no ha pisado la tierra; y con los años y con 



33 

los achaques iba volviendo á la infancia á todo escape. Hol- 
gábase de mostrarme sus anillos y pectorales, sus placas y 
sus bandas, todo muy guardadito ,en bonitos estuches de piel 
de Rusia. Cuando se cansaba de echar bendiciones, dedicaba 
sus manos apostólicas á dar nueces y avellanas á un mono 
que tenía en mucha estima. Cascábalas el mono con unas 
peladillas; y luego, el muy bellaco, largándose de un salto á la 
ventana, empezaba, por toda gracia, á disparar piedras sobre 
la cabeza de S. E. L, sin miedo de incurrir en las censuras 
eclesiásticas. 

De parientes nombraré una respetable prima, viuda de un 
brigadier de Ingenieros que la había dejado mucho caudal. 
Era de las personas amables de profesión: toda cuidaditos 
y con la costumbre de prodigar el diminutivo. De vida ocu- 
padísima en cosas tocantes á la religión; y, entre ella y 
sus hijas, el más selecto repertorio de novenas, triduos, ro- 
sarios cantados, sermones, trisagios, funciones, honras fúne- 
bres y oficios solemnes. No había locutorio que no frecuen- 
tara, ni monjita que no conociera, ni predicador ó confesor 
de viso que no recibiera agasajo en su casa, ni imagen de la 
Virgen que no vistiera, ni rincón de camarín que no se su- 
piera de memoria. Asidua suscritora á La Esperanza, el pe- 
riódico de D. Pedro de la Hoz, cuyos artículos leía con avi- 
dez, apostillándolos de su puño y letra. Y con efecto, esperó* 
sentada toda su vida el santo advenimiento del Pretendiente, 
en lo cual la ayudaba su mayordomo, el fiel Ceferino, madri- 
leño ingerto en catalán y antiguo ayuda de cámara del mari- 
do. Entretanto se contentaban con los desahogos de la Posdata 
que sacudía de firme á los progresistas y por despecho ha- 
cía coro, en más de una ocasión, con los carcundas de aquella 
época. 

Con otros primitos me intimaba yo, más proporcionados á 
mi edad y á mis gustos. Hermano y hermana: aquél, muer- 
to hace pocos años, dejando numerosa prole: ésta, en la 
actualidad viuda del brigadier Apellaniz, de quien hablare- 
mos largamente á su tiempo. Iban á comer y á pasar la tar- 
de conmigo muchos domingos, siendo teatro de nuestras 
hazañas una gran terraza donde mi Padre tenía- instaladas 

3 



34 

largas hileras de macetas y una inmensa pajarera con cría 
de canarios. ¡Si entonces se hubieran conocido los bengalís 
y otras monísimas procedencias de la India y de la Austra- 
lia! Pero nuestros ideales eran bien distintos, y, una vez al 
año, todas las ilusiones se cifraban en cierta solemnidad que 
duraba tres días consecutivos: tres días, durante los cuales 
no se trabajaba, ni se estudiaba, ni se iba á clase, ni á pa- 
seo. Esta solemnidad, de rigor en toda familia acomodada; 
esta solemnidad extraña y acaso ridicula para los que no co- 
nozcan las antiguas costumbres de Barcelona, esta solemni- 
dad era... ¿á qué más rodeos? la matanza del cerdo. 

Por lo común, se compraba la victima á últimos de Octu- 
bre ó principios de Noviembre, en una gran feria dispuesta 
al efecto cerca del glasis de la Ciudadela. Para una familia 
regular, un marrano bien cebado costaba de 70 á 80 duros. 
Atábanle una pata, entregaban la cuerda al camdlich, y arre 
con el bicho al lugar del sacrificio, donde le tenían en capi- 
lla hasta la madrugada del día siguiente. Si había patio en 
la casa, en el patio se le despachaba; y si no, en la calle ó 
en cualquiera otra parte, con ó sin permiso de la higiene pú- 
blica. Degollado el animal, chamuscado, pelado, abierto, 
limpio del mondongo, descuartizado y descarnadas las pen- 
cas, se le iba trasladando á trozos á la casa, preparada de 
' antemano con un aparato escénico que merece describirse. 
En un vasto local, junto á la despensa, colocábase una es- 
pecie de camastro en plano inclinado con varios cacharros 
en el suelo para recoger la humedad y allí las pencas se ex- 
tendían, allí se salaban, allí se rezumaban, hasta que llegase 
el momento oportuno de colgarlas. En tanto, el comedor ha- 
bía sufrido una transformación completa: la mesa de diario 
desaparecía, poniendo en su lugar otras de pino, con finísimo 
mantel, y en derredor sentados grandes y chicos, la señora 
ó señoras de la casa , las vecinas y las íntimas, con blanco 
delantal; los hombres, sepultados en anchas hopalandas, y 
todos, cuchillo en mano, esperando la solemne entrada de 
las carnes que, trocadas ert picadillo, habían de entregar 
aquellos delicados artífices. Cual picaba grueso, cual menu- 
do; cual descarnaba huesos ó con prodigioso ingenio y saga- 



35 

cidad extraía la piltrafa; cual, tirando á enredar, esgrimía la 
cuchilla, amenazando con ella á las simpáticas operarías. 
Terminada la faena, se salpimentaba la masa, según las 
reglas del arte culinario: un más ó un menos de pimienta, 
podía dar lugar á escenas desastrosas. Luego se sacaba una 
muestra, se freía y procedíamos al tast ó cata, para averiguar 
si la cosa estaba ó no en su punto. Por supuesto, este trámi- 
te del procedimiento era el más popular y codiciado entre 
los muchachos, sobre todo si el tast venía ya preparado en 
forma de butifarró ó pequeña salchicha. Y allá en la cocina, la 
mondonguera, sentada en silla baja, embudo en mano y á los 
pies una cubeta con las tripas del cerdo esmeradamente la- 
vadas, cogía á destajo, de unos grandes barreños, la carne 
picada, y empuja que te empuja con el pulgar derecho, veíais 
culebrear por entre sus ágiles dedos la sabrosa butifarra blan- 
ca, ó la de sangre, ó la longaniza, ó el redondo bisbe ó mor- 
tadela. Junto á la lumbre un gran perol para los chicharro- 
nes y dar el punto á los embutidos. 

Destinábase el último día á preparar los jamones y al ra- 
millete final, ó sea la comida con la clásica cassola, especie 
de paella catalana, hecha con ingredientes de circunstancia 
y cubierta de una sólida capa de leche, huevo y azúcar cui- 
dadosamente tostada. Y los convidados se despedían con el 
presente ó agasajo: lomo, unas salchichas, un trozo de ca- 
beza, por de contado á título de reciprocidad, según le fuese 
tocando á cada quisque el turno de la sanguinaria fiesta. 



1840 — 1843 



SECCIÓN PRIMERA 



En el Instituto. — Memorias del abate Barruel, ó el tiro por la culata. — Los 
cartones de un estudiante. — A geps. — Un futuro Mestre en gay saber. — 
^Precedentes de 1840. — El entierro de Mina. — Bullangas. — Dos Majestades. 
— El motín de las levitas. — ¡Pobre Balmas! — Políticos de botica. 

Dejemos este vuelo bajo de la bucólica, y, desde el estó- 
mago, trepemos á la cabeza, ó como si dijéramos, á los estu- 
dios de Instituto, que empecé en 1840. Famoso año, preñado 
de maravillas: pronunciamiento de Setiembre, Espartero 
triunfante, progresistas en candelero. Todo cerca de mi casa: 
en la del Marqués de Castellvell, Plaza de Santa Ana, donde 
estaba alojado el ilustre Duque. ¿Cómo resistir á la tentación 
de ver al héroe de Luchana? Le vi, por supuesto, le vi y muy 
á mi sabor y varias veces. La primera, cruzando la plaza con 
su brillante Estado Mayor: morenote él, con patillas, perilla 
y bigote negros como el azabache: uniforme de húsares de 
la Princesa y el célebre chascás tan traído y llevado en ga- 
cetillas y caricaturas. 

Y aconteció, viniendo á mi propósito, que aquel pronun- 
ciamiento de Setiembre que, en razón á mis cortos años, 
me cogía perfectamente impronunciable^ vino á ejercer una 
influencia decisiva en mi carrera y en mis direcciones cientí- 
ficas. Sin él, me veía condenado á estudiar Filosofía en el Se- 
minario conciliar, donde me hubiera enranciado con los mé- 



3§ 

todos de aquellos santos varones. Una Lógica de puro silogis- 
mo, una Física trasnochada y sin aparatos, y por Ética ó Mo- 
ral la ampliación del catecismo, todo en latín y aderezado á 
la escolástica; tal era el bagaje que se me preparaba para em- 
prender la gran viajata por el mundo de las ideas. Pero los 
progresistas decretaron no dar validez académica á los estu- 
dios hechos en Seminario; y héteme ahí obligado á hocicar y 
á pasar al Instituto, donde si las enseñanzas no eran mu- 
chas, estaban siquiera ajustadas al espíritu moderno. ¡Arca- 
nos de la Providencia! Todo por un chascás. 

De 1840 á 1841 cursé Psicología y Lógica con D. Juan 
de Zafont, Abad mitrado de la Orden de Benedictinos antes 
de la expulsión de los frailes. Algo tocado de liberalismo, el 
Abad de San Pablo: por esto le habían confiado en la Univer- 
sidad una cátedra tan importante. Alto, cercenado de car- 
nes, el habla recia, teja de dos varas y largo balandrán, 
era, en su exterior, mezcla del D. Basilio y del Ingenioso Hi- 
dalgo. Diariamente nos soltaba, sin tomar aliento, una lec- 
ción de hora y media sobre el texto del P. Guevara. A los 
discípulos predilectos nos llevaba algunas tardes á su anti- 
gua residencia abadial para enseñarnos Geografía, con ayuda 
de unos grandes mapas murales y una esfera armilar muy 
ingeniosa, de su invención. También en otra sálanos mos- 
traba una reproducción exacta en miniatura del jardín del 
Laberinto, que poseía el Marqués de Alfarrás en el término 
de Horta. Todo era de verdad en aquella copia liliputiense: 
escalentas de mármol, estatuas de bronce, jarrones de biscuit, 
alamedas, parterres, arrayanes; en fin, uná monada que le 
habría costado un dineral. 

Fué nuestro profesor de Física D. Agustín Yáñez, padre de 
mi amigo Teodoro, el actual y distinguido catedrático de Me- 
dicina legal en la Facultad de Madrid; y estudié Matemáticas 
y Astronomía con D. Lorenzo Presas, genio matemático tan 
extraordinario, que algunos le comparaban con Víctor Man- 
giamele. Asombraba ver cómo manejaba Presas el encerado, 
y cómo resolvía instantáneamente los más difíciles proble- 
mas. Tenía un sustituto muy patriotero, que solía presentar- 
se á dar lección con uniforme de miliciano. Cuando faltaba 



39 

un alumno, bastaba decirle que estaba de guardia, para que 
le dispensara la asistencia, aunque se tratase de un chico de 
doce años. Tan entusiasta por la enseñanza, que á veces nos 
llamaba á su casa para darnos aparte conferencias sin retri- 
bución alguna. A lo mejor, durante la lección, saltaba un co- 
nejo, oíase el arrullo de una paloma ó salía á picotear una 
gallina. No había allí cosa con cosa: en las paredes, perrillos 
bordados de realce, jaulas de gorriones, tablillas con papaga- 
yos disecados y varias muestras de caligrafía. Entre éstas so- 
bresalía un cuadro en que el Maestro, hábil pendolista, había 
vertido todos los tesoros de su ternura conyugal. Fué, en su 
tiempo, regalo de boda; y en medio de un laberinto de atre- 
vidísimos trazos, destacábase una hermosa leyenda que de- 
cía así: 

Ensayo poli-caligráfico 
dedicado á su cara y amada prenda 

Fulanita 
por su amante y fiel esposo 
Menganito . 

En el último curso de Instituto, el Dr. Monlau nos expli- 
caba, con grande acierto, la Literatura sobre su propio libro, 
una de las mejores obras didácticas que conozco. Nada de 
Estética: las generalidades de Blair y Hermosilla: tampoco 
muy prolijo en lo histórico, que suplíamos con una excelente 
colección de clásicos dispuesta por D. Pablo Piferrer. En cam- 
bio la parte preceptiva nada dejaba que desear en punto á pre- 
cisión y en la elección de ejemplos. Y es que el doctor Mon- 
lau, más adelante catedrático de Madrid y tan conocido como 
higienista, gozaba ya, en aquellos tiempos, merecida fama de 
literato: fama dignamente coronada con- su Diccionario etimo- 
lógico de la lengua castellana, que le abrió las puertas de la 
Academia española. 



4 o 



II 

Las lecciones que explicaba el catedrático de Filosofía mo- 
ral, D. José Martí y Pradell, aunque rudas en la forma y al- 
go deshilachadas, vinieron á producir una revolución comple- 
ta en mi espíritu y en mis tendencias. Voy á decir cómo. 

Había yo leído en las Memorias para la historia del Jacobi- 
nismo, escritas por el abate Barruel, una violenta diatriba 
contra los enciclopedistas, empezando por el Barón d'Hol- 
bach, á quien ponía el Autor como chupa de dómine. Y asi 
como suele decirse que algo tiene el agua cuando la bendi- 
cen, así también comencé á sospechar que algo tendrían 
aquellas otras aguas cuando con tal saña las maldecía el bue- 
no del abate. Compré las obras del Barón; fijéme en la Mo- 
ral universal, por corresponder su título á una de mis asigna- 
turas; y en pocos días devoré el libro con aquel ardor de que 
debe hallarse poseído el codicioso que araña la tierra, sintien- 
do palpitar, entre sus uñas, una abundante mina de oro. Leí, 
releí: primero en conjunto, luego por capítulos, después por 
párrafos, por páginas, por líneas; y á cada instante me de- 
leitaba más aquella lectura, á cada instante veía ensancharse 
el horizonte, á cada instante sentía brotar nuevos problemas, 
más vitales ó más pavorosos. 

Si á muchos de los lectores de las Memorias sobre el Jaco- 
binismo les hubiera sucedido lo que á mí, bien podría decirse 
que al diligentísimo abate le había salido el tiro por la cula- 
ta. Queriendo denigrar á d'Holbach, le había sublimado 
hasta el quinto cielo. A mí me había transformado. Acaba- 
ba de iniciarme en una nueva vida. 

¡Cuántas veces, al comenzar la primavera de 1843, subien- 
do á la Font del ferro del pueblecillo de Moneada, con el libro 
de la Moral universal en la mano, me perdía insensiblemente 
por los matorrales, buscaba los sitios más agrestes, y allí, á 
la sombra, tendido á la larga, fijos los ojos en el azul del 



4* 

cielo, dejaba vagar las horas, sin echar de ver que me apre- 
miaba el tiempo! Y empezaba á meditar, y volaba la imagi- 
nación, y el pensamiento cavaba, cavaba hasta tocar las in- 
visibles honduras, é iba comprendiendo que en clase no 
habíamos aprendido nada, que de nada habían tomado pose- 
sión nuestras inteligencias con tanto disertar y tanto texto, 
que todo se había reducido á ligeros roces de las ideas sobre 
la piel de la frente. Y detrás de la frente, me decía yo, es 
donde existe el gran vacío que es preciso llenar con el es- 
fuerzo propio: debajo de los huesos del cráneo es donde está 
el hueco invisible, pero más profundo que los mares inson- 
dables, pero más vasto que los mayores espacios, pero más 
sin medida que todos los tiempos. 

Dábame á veces por llorar... como los niños, sin saber 
por qué. Sentía como una especie de extremecimiento febril, 
unas como punzadas de alfiler que corrían desde la nuca á 
perderse en las extremidades del cuerpo, una inquietud sor- 
da, vaga, indefinible, afanes misteriosos de algo que no en- 
contraba ni en las prácticas mecánicas del culto, ni en el 
otro mecanismo de los programas, ni en los desahogos pro- 
pios de la edad, ni en los cariños, ni en las amistades. Algo 
que de lejanas tierras parecía venir avanzando hacia mí, 
como grandes corrientes de aire, no sé si helado ó caliente, 
no sé si sano ó pestilencial, no sé si en son de tormenta ó en 
son de bonanza. Sólo una cosa sabía: que tenía ansia de co- 
nocer y era fuerza conocer: que tenía en mis manos el agente, 
y este agente era la razón: que tenía á mi servicio el pensa- 
miento, tirano ó esclavo, dócil ó rebelde, demonio, según 
Byron, ó ángel, según Lamartine. Eran aquellos afanes mis 
primeros amores: dulces, deliciosos, pero crueles, inflexibles, 
delirantes como todo amor primero. 

Mi ímpetu fué tal, que á fin de calmar aquella sed rabiosa, 
faltóme tiempo para acudir al único manantial que teníamos 
en Barcelona: á las trece salas con los 40.000 volúmenes 
de la Biblioteca provincial de San Juan. Regíala Martí y 
Pradell, y con él me entendía á las mil maravillas. Le pedía 
libros y más libros; y hacinaba las ideas en mi cerebro, como 
en casa vacía se van hacinando los muebles antes de instalar- 



42 

/ 

se. Todo lo leía, todo lo revolvía: ciencias, filosofía, artes, 
historia, literatura, el drama, la novela: todo me lo iba sor- 
biendo sin plan ni concierto: lo más serio, lo más frivolo, lo 
más inconexo, lo más opuesto, lo clásico, lo adocenado, lo 
sagrado, lo profano, lo antiguo, lo moderno: Chateaubriand 
y Víctor Hugo, Mad. de Staél y Boccacio, San Agustín y 
Rabelais, De Gerando y Wálter Scott, Bonald y Voltaire, 
artículos del Diccionario de la Conversación y artículos de La- 
rra. No me contentaba con leer: anotaba, señalaba, extrac- 
taba en español, en francés, en italiano, á fin de ejercitarme 
en varios idiomas. Tenía osadías espantosas. Censuraba y 
enmendaba la plana á los mayores ingenios con frivolos co- 
mentarios. A veces me río yo al tropezar en un rincón de 
mi biblioteca con un Cervantes, un Horacio y un Milton ano- 
tados con mi lápiz. ¡Hasta me atrevía con Descartes! Y si 
me apuran, creo que hubiera sido capaz de decir, como cierto 
profesor de Metafísica: «Platón y yo pensamos de otra ma- 
nera.» 



III 



Fué desdicha para mí no haber alcanzado el Plan de 1845 
en el período de Instituto. Hubiera aprendido nociones de 
Química y de Historia natural, que me han hecho mucha 
falta; mientras que otras asignaturas, como la Geografía, la 
Historia universal y la de España, que tuve que estudiar só- 
lo, las hubiera seguido en una cátedra con cierto método y 
dirección que no logré obtener hasta entrado en estudios 
mayores. 

Dióme á temporadas por ensayarme en la composición, y 
algo de esto conservo en mis primeros cartones. Un trabaji- 
11o en latín sobre el Sentido común. Todo lo demás en caste- 
llano. Un Discurso sobre las propiedades de los cuerpos, otro so- 
bre los Cometas, un estudio sobre la Tragedia y varios borra- 
dores en que parecía despuntar cierta inclinación á materias 



43 

del orden moral y político; pujillos infantiles sobre la familia, 
la educación, fomento del trabajo, filosofía de la guerra, el 
egoísmo y el desafío. 

Dadas mis inclinaciones, no había forma de entenderme 
con los compañeros de clase, que, por lo general, seguían 
otros rumbos. Habíalos de todas castas y condiciones: hijos 
de capitalistas, que en su casa no oían hablar más que del 
tanto por ciento; de hacendados, diestros en calcular á cómo 
saldría la cosecha del aceite, y en cuál de las ferias le tendría 
á Papá mejor cuenta comprar un buen par de muías ó una 
yunta de bueyes. Salomones de mostrador ó de escritorio; 
poetas en agraz que nos apestaban con sus versitos, y po- 
llastres que hacían caracolear su caballo por calles y paseos, 
como esos mocitos del día que clavetean la lección de Dere- 
cho, guiando una elegante charvette en el Retiro ó en la Cas- 
tellana. Esto, por lo que atañe á algunas individualidades; 
porque la mayoría, la masa, era una patulea de muchachos 
mal hablados, que en clase armaban un estrépito infernal, y 
había que echarlos por bandadas. Antes de entrar y á la sa- 
lida, se daban en los claustros de la Universidad una atra- 
quina feroz de jugar á la pelota, á lo cual llamaban en caló 
estudiantil jugar á geps (á jorobas), emprendiéndola con las 
espaldas del prójimo. De cuyas refriegas se originaban con- 
tinuas reyertas, con gran espanto de la gente y desespera- 
ción de los porteros. El bedel Ayuso, que era un mantequilla, 
se contentaba con reprender suavemente á los troneras; no 
así el conserje, que se enfurecía y arremetía con ellos á trom- 
pazos, bofetadas y hasta á palo limpio. 

Seis ó siete chicos había de punta, entre los cuales desco- 
llaba Luis Pons y Gallarza, sin disputa el mejor alumno que 
he conocido. Tendría ya, á la sazón, sus diez y ocho años bien 
cumplidos; formal, circunspecto, afable y en todo correctísi- 
mo. Tomaba notas de lo que se explicaba, raro prodigio en- 
tonces en un estudiante español; y lo hacía en unos cuader- 
nitos muy perfilados, con letra clara y hermosa, con admi- 
rable precisión, en dicción castiza, empuñando el tinterillo 
de asta, sin mancharse jamás los dedos; todo ello sin chistar 
y sin distraer su atención ni un solo minuto. Tachábasele de 



44 

poco comunicativo, debido acaso á que, como yo, se había, 
criado solo y siempre pegado á las faldas de su Madre. Con 
ella tenía atenciones que encantaban. Fuera de las horas 
de clase, raras veces se le veía sino acompañándola del 
brazo. 

Había en el joven Pons la madera de un grande hombre. 
Tal vez algo apocado: por esto hizo poca carrera. Creo que 
está de catedrático en uno. de los Institutos de las Baleares. 
También le he visto figurar como Mestre en gay saber en algu- 
nos Juegos florales. Pons: si algún día tropiezas con estas 
líneas, busca en el fondo de ellas el cariñoso saludo de tu 
viejo amigo. 



IV 



Desde la muerte del General Bassa, arrastrado por las 
turbas después de la expulsión de los frailes, hasta el año 
de 1843, no hubo en Barcelona punto de reposo. Tantas y 
tan continuas fueron las escenas de sangre y tantos y tan 
violentos los desmanes á que se entregó la furia de los parti- 
dos. Era el primer momento de nuestra educación política: 
terrible momento para un pueblo que nunca había en reali- 
dad dispuesto de sus destinos. No todo lo vi yo: unas veces 
por estar metido en casa, otras porque las cosas pasaron á 
distancia, otras, en fin, porque nos vimos en la necesidad 
triste de emigrar. Conformándome con el tono general de 
estas Memorias, iré pellizcando de aquello que yo mismo 
presencié, y referiré los sucesos en que nos tocó hacer el poco 
envidiable papel de víctimas. 

Tomemos la arrancada de algo lejos, aunque sea á cos- 
ta de retroceder un poco, y sea nuestro punto de partida el 
entierro del General Mina, t que falleció en Barcelona, devora- 
do por un cáncer del estómago, el día 24 de Diciembre de 
1836. En la calle Ancha vi el cortejo fúnebre que le acom- 
pañó con una pompa inusitada. El clero con cruz y ciria- 



4 5 

les: soberbio catafalco de tres altos, llevado en andas por 
doce hombres (no se conocían entonces los carros fúne- 
bres) y cubierto de rico paño de terciopelo negro con franja 
de plata. Iba el General en caja descubierta y de grande uni- 
forme: espada, bastón, sombrero. Seis personas de distin- 
ción cercaban el féretro, llevando las cintas, y junto á él 
el capellán de la casa, con gasa y manto de cola, en señal 
de luto. Presidía el Ayuntamiento la comitiva, compuesta 
de comisiones de todas clases, civiles y militares; fajas, ban- 
das, bordados, severas togas y vistosos uniformes. Cerra- 
ba la marcha la guarnición entera; toda la Milicia nacio- 
nal, toda la tropa: coches; el caballo de batalla, con gual- 
drapa negra galoneada de oro, y llevado del diestro por un 
asistente. También de negro colgados los balcones, cuaja- 
dos de gente; el pueblo apiñado en las calles del tránsito; las 
tiendas cerradas; marchas fúnebres, tambores á la sordina, 
armas á la funerala, toque de ánimas en las parroquias, un 
cañonazo cada veinte minutos en las fortalezas; voceando los 
granujas y vendiendo, ya el retrato del difunto, en litogra- 
fía, ya la reproducción de su estómago, con los estragos del 
cáncer, en tintas de colores. En el lenguaje común, un due- 
lo universal: en lenguaje de la Gaceta, honores de Capitán 
general de Ejército: en el lenguaje de un niño, uno de aque- 
llos espectáculos teatrales que quedan perpetuamente estam- 
pados en las imaginaciones. 

Mina dejó trasparentar alguna vez su primitiva condición 
de guerrillero. ¡Castellfullit! Pero era probo; fué consecuen- 
te, arriesgó cien veces el pellejo y murió de buena edad to- 
davía, destruida la salud con los sacrificios que se impuso 
por la causa liberal. Su prestigio era inmenso en toda Espa- 
ña; tal, en Barcelona, que, una vez, poco antes de morir, ha- 
bía contenido, en la Plaza de Palacio, á las muchedumbres, 
con su sola presencia. Lloraron todos la pérdida como irrepa- 
rable. Fué aquel un llanto muy autorizado ; sus exequias, 
señal de simpatía entre los indiferentes; para los patriotas, 
señal de luto sincero. 

Merecían serlo. ¡Cuántos disgustos nos hubiéramos ahorra- 
do, á no haber desaparecido tan pronto de la escena el Gene- 



4 6 

ral Mina? No hubo cerrado los ojos cuando ya pudimos com- 
prender por qué secreto instinto los pueblos se ocupan in- 
cesantemente en fabricarse héroes y leyendas. La leyenda 
quedó, pero faltó el héroe. De ello no tardamos en aperci- 
birnos. 

Cuatro meses, punto por punto, después de la muerte de 
Mina, en Enero de 1837, con ocasión de un bando publicado 
por el Ayuntamiento en que se transcribía la ley de 30 de 
Noviembre anterior, concediendo al Gobierno facultades ex- 
traordinarias, se amotinaron al grito de ¡abajo el bando! dos 
batallones de la Milicia, el de Zapadores y el llamado de la 
Blusa. Hiciéronse fuertes en el ex convento de San Agustín, 
sito en la calle del Hospital; y dando rienda á su encono, 
amenazaron con hacer pagar caras sus vidas si por ventura 
se les atacaba. No sé cómo aquello pudo arreglarse sin estra- 
go ni efusión de sangre. Aun así, la alarma fué soberana. 
Hubo carreras, tiendas cerradas, fusiles apuntados, empello- 
nes, revolcones, arañazos y crueles ansiedades. Yo, por aque- 
lla vez, tuve que contentarme con ver los toros desde la ba- 
rrera. Asomado á una de las ventanas de mi cuarto, presen- 
cié parte del lance: soldados que venían aceleradamente de 
Atarazanas, valientes que les hacían cara, tímidos que se 
encomendaban á la fuga, pelotones de tropa que tomaban las 
aceras y otros que despejaban la calle á culatazos. 

Pronto volvió á enredarse la madeja, y esta vez con menos 
fortuna para todos. Sabedores los hombres de empuje de que 
las Autoridades de Barcelona se oponían á la elección de 
nuevo Ayuntamiento y á la reorganización de la Milicia, se 
levantaron en armas el día 4 de Mayo del propio año de 
1837, apiñándose en el primer recinto de la Ciudad, al cual 
cabalmente correspondía nuestra calle. Hicieron luego una 
salida á la Rambla por la calle de Fernando VII, donde to- 
paron con los Mozos de la Escuadra que les saludaron con 
dos terribles descargas, lo cual les obligó á replegarse hacia 
sus primeras posiciones. Allí estrechados, se mantuvieron lar- 
gas horas batiéndose como leones; y como los dos extremos 
de mi calle estaban respectivamente ocupados por los opues- 
tos bandos, los exaltados en ei ángulo de San Severo, los 



47 

moderados frente al Palacio de Almenara (casa Villel), fué 
toda la tarde una de tiros, de vocinglería y de gritos de fuego 
y á la bayoneta, que no son para descritos. Por fin cedió el 
tumulto, quedando envueltos y dominados los revoltosos, 
con lo cual pudimos pasar la noche sosegadamente. 



V 



Aquellos repetidos chispazos no eran sino el preludio de la 
gran marejada que iba á levantarse en 1840, cuando las per- 
sonas Reales fueron á Barcelona y allí se dejó Cristina regen- 
cia y tutoría. La presencia de la Corte en una ciudad de pro- 
vincia es siempre un gran acontecimiento: para mí, que tenía 
tan pocos años, fué un prodigio de hechicería. Peinadito de 
peluquero, traje flamante y ancho cuello á la valona cuidado- 
samente planchado, presencié el día 30 de Junio la entrada 
de la Reina Gobernadora y sus Hijas, desde un balcón bajo 
de la casa que habitaba la modista de mi Madre en la calle 
del Carme, Iban los regios personajes en carretela abierta: la 
Reina Isabel y su Madre en la testera: al vidrio, la Infanta 
Luisa Fernanda. Chocóme el movimiento mecánico de las 
cabezas al saludar al público. Detrás mucho carruaje. En el 
más inmediato la Duquesa de la Victoria con el Mayordomo 
mayor de Palacio, Conde de Santa Coloma. Había entonces 
bastante entusiasmo por la Monarquía; y aunque el papel 
Cristina había bajado mucho para los avanzados, quedaba 
Isabel, la inocente Isabel, como la llamaban, en quien veía 
el instinto general la mejor garantía contra las ambiciones 
del Pretendiente. Por esto la Corte fué recibida con grandí- 
simo agasajo. 

Engolosinado con aquellas vistas, quise disfrutarlas más 
de cerca, y brindóme á ello un canónigo de la Catedral cierto 
día en que las Reinas asistían á la capilla del Cristo de Le- 
panto, que, según es fama, figuró en la capitana de D. Juan 



4 8 

de Austria. Las dos Reinas y la Infanta ocupaban sus respec- 
tivos reclinatorios: de pie, detrás de Isabel, un gentilhombre 
de pernetas, setentón, encorvado y tremblequeando. Yo, pe- 
gadito á su casaca, perdida la nariz entre las bordadas carteras 
del uniforme: al alcance de mi mano las olas de seda de las 
regias faldas: muchísima gente por todos lados. De repente, 
en medio de un silencio sepulcral, vuelve Isabel la cabeza y di- 
ce secamente al gentilhombre: «el pañuelo.» Mi ilustre veci- 
no desenvaina del bolsillo uno muy cuco de batista con escu- 
do Real y lo entrega á su Ama, no sin besarla antes respe- 
tuosamente la mano. Pásalo y repásalo la Reina por sus nari- 
ces, y esta vez, sin volver siquiera la cabeza, alarga el brazo 
por detrás y lo devuelve. El gentilhombre lo recoge sin aten- 
der á las señales de un reciente uso, y se apresura á sepul- 
tarlo en el fondo del casacón. Otra nota, otra sorpresa y otra 
serie de puntos de admiración para nosotros los paletos de 
provincia. 

Por última vez en Barcelona vi á la Reina Isabel, en los 
primeros años que siguieron á su declaración de mayoría; y lo 
cito aquí, fuera de tiempo, por ser detalle extraño á la marcha 
general de este relato. Fué en el antepatio del Convento de 
Nuestra Señora de la Enseñanza, sobre el cual daban unas 
ventanas de la casa que acabábamos de alquilar en la Cuesta de 
San Miguel. Para los quince ó diez y seis abriles que tendría 
entonces D. a Isabel, era ya de una corpulencia extraordinaria. 
Llevaba á su derecha ai Obispo de la diócesis y á su izquier- 
da al P. Lezo. Lucía mantilla blanca, vestido rosa y guante 
caña; y como hacía un calor sofocante (era el mes de Agos- 
to), se iba dando aire con el abanico, así, como acongojada 
por lo subido de la temperatura. Recibiéronla bajo palio y 
tuvimos que aguantar, ella á boca de jarro y yo de refilón 
desde mi escondite, una larga y gangosa arenga del Dr. Sa- 
gués, capellán de las monjas. Recuerdo vagamente una por- 
ción de contrastes que hirieron mi imaginación en aquella 
escena; el brillo de la Corte y el mate de las religiosas: el 
rosa del regio atavío y el negro ó gris del atavío monacal: ca- 
ras floridas en la servidumbre y caras macilentas en la co- 
munidad: canutillo de oro en las charreteras y cordel de cá- 



49 

ñamo en los hábitos: un maridaje singular de cielo y tierra: 
carne y espíritu. 

Pues volviendo á mi año de 1840 y á su interrumpida 
historia, diré que los acontecimientos políticos marchaban 
en Barcelona á paso de carga. Crecía diariamente el presti- 
gio de Espartero, bandera de los progresistas, al paso que 
iba palideciendo la estrella de Cristina, notoriamente entre- 
gada á los moderados. Irritaba á los primeros la constante 
preferencia de la Gobernadora por los segundos, y la gente 
liberal no ocultaba su despecho al ver la frescura con que 
las Autoridades manejaban la Constitución de 1837 y las le- 
yes progresistas, amén de la dureza draconiana con que se 
reprimía toda tentativa enderezada á que aquéllas se respe- 
tasen. Hervía la sangre; buscábase por entre las nieblas de 
aquel presente un astro salvador que parecía despuntar en la 
figura de Espartero, el cual, por su parte, acentuaba cada 
vez más su actitud hostil á los moderados. Sintiéndose éstos 
flacos y sin desmayar por ello, trataron de probar fortuna por 
medio de lo que hoy llamaríamos una expresiva manifesta- 
ción pública. Concertáronse, y el día 22 de Julio por la 
tarde, en el momento de salir á paseo la Real Familia, se 
presentan en tropel á las puertas del Palacio, rodean el 
coche de la Reina, y uno de los más autorizados grita con 
estentórea voz: «Señora, este es el verdadero pueblo de Barce- 
lona.» A fin de distinguirse de aquellos á quienes daban el 
nombre de descamisados, muchos de los del motín iban de 
frac, todos de guante y los más de levita, por cuyo motivo 
fué denominada aquella algarada el motín de las levitas. Ce- 
rraron, como era de suponer, los descamisados contra aque- 
lla perfilada caterva de pulquérrimos; hubo palos, chichones, 
sombreros apabullados, guantes hechos trizas y trajes hechos 
girones. Logróse apaciguar el tumulto, no sin la prudente 
intervención de la guardia de Palacio. 

Aquel día sí que estuve á punto de verme envuelto en la 
refriega. Ignorantes de lo que pasaba, porque no se había 
publicado programa , pero atraídos por la mucha gente 
que se dirigía hacia el Palacio del General, íbamos Mossén 
José y yo muy sosegadamente por los arcos de los En- 

4 



5o 



cantes, cuando de repente nos vemos sorprendidos por un 
tropel inmenso que se dejaba caer sobre nosotros á manera 
de raudal impetuoso. Vernos arrollados y volver grupas, todo 
fué uno; mas si bien sacamos el pellejo ileso, gracias á esta 
maniobra, no fué sin algún riesgo, por querer librar á un 
amigo de mi Padre, el Arcediano P*** ? que con un carrillo 
hinchado y sangrando de un ojo, huía desalado de un grupo 
de furiosos dispuestos á acogotarle. Ya se ve: el dichoso Ar- 
cediano había tenido el insigne mal gusto de meterse á pen- 
denciero, vestido de sacerdote y gritando como un ener- 
gúmeno. 

Hasta aquí la cosa no había pasado de saínete: al día si- 
guiente fué á parar en tragedia. Un abogado, D. Francisco 
Balmas, que había estado con las levitas, tuvo la flaqueza 
de blasonar de valiente recordando hazañas de la víspera. 
Lo cual, oído por los contrarios, trabóse con ellos de pala- 
bras, y, viéndose acorralado, se abrió camino pbr medio de 
la gente y apeló á la fuga. Busca refugio en su casa; síguen- 
le, en son de amenaza, hasta la calle de San Pablo, donde 
vivía, y algunos tratan de forzar la puerta para entrar en 
la habitación, sin duda con intento de asesinarle. Balmas 
aparece en el balcón; no ve otro arbitrio para salvarse que 
coger un fusil; suenan tiros, responde á ellos, derriba á tres 
ó cuatro, pero por fin cae él mismo acribillado á balazos. Y 
entonces (vergüenza da decirlo) empieza una de las escenas 
de caníbales tan frecuentes en aquellos tiempos. Las turbas 
invaden la casa, tiran á Balmas por el balcón y arrastran el 
cadáver por las calles hasta Atarazanas. Allí acertábamos 
á encontrarnos de vuelta de nuestro ordinario paseo por la 
Muralla del mar. Vi que llevaban al extremo de una cuerda 
una masa informe que al principio tomé por un saco de paja; 
cuando me apercibí de la sangre y de la forma humana, 
me entró un terror tan grande, que hubo que meterme en 
una botica. Varios Jefes y Oficiales salieron de la fortaleza y 
dispersaron á sablazos aquellos foragidos; uno de los Jefes 
era D. José de la Concha. * 



VI 



En tal estado de los ánimos y tal situación de las cosas, 
llegó el año de 1841, y, estando con la familia en el pueblo 
de Arenys de Mar, fuimos teniendo conocimiento de los gra- 
ves sucesos acaecidos durante la primera quincena de Octu- 
• bre: el bombardeo # de Pamplona por O'Donnell, las subleva- 
ciones de Piquero en Vitoria, de la Rocha en Bilbao, de Ur- 
biztondo en Vergara; y el 7 de Octubre, el ataque al Palacio 
Real de Madrid por los Generales moderados, intentona ter- 
minada con el fusilamiento de León y otros caudillos. 

No había entonces casinos en los pueblos de corto vecin- 
dario. La gente principal solía reunirse en casa de los botica- 
rios , y allí pasaban la noche hablando de política ó de asun- 
tos locales. Teníamos en Arenys un farmacéutico que había 
servido á las órdenes de Oráa y era por sus cuatro costados 
genuino moderado: con él comulgaban el Cura y un escribano, 
aunque éstos más inclinados al partido de D. Carlos. Hacía- 
les la contra un abogadillo recién salido de la Universidad de 
Barcelona, progresista leal, idólatra de Espartero, en quien no 
reconocía dote que no fuese superior, ni acto que no llevara el 
sello del acierto. Raro era el punto sobre el cual unos y otro 
no estuvieran discordes. Siempre apercibidos á la pelea, ape- 
nas llegó la noticia de la muerte de León y de sus compañe- 
ros, pusiéronse todos á punto de batalla. El abogado sostenía 
que las ejecuciones decretadas por Espartero estaban estric- 
tamente ajustadas á la Ordenanza militar, y que atacar un 
Palacio Real, aunque sea á título de poner en salvo la perso- 
na del Monarca, es, ha sido y*será siempre delito de lesa ma- 
jestad. Y, entrando cada vez más en calor, afirmaba que si 
un crimen de aquella enormidad es imperdonable tratándose 
de cualquier ciudadano, debía serlo mucho más en personas 



52 



afiliadas á un partido que pretendía ser defensor nato de los 
Reyes y firmísimo baluarte de sus derechos y prerrogativas. 

Soltábase el farmacéutico y no se mordía la lengua. Con 
tono desabrido replicaba al abogado. «¿Cómo se entiende? 
decía. ¿Tratamos aquí de un delito común, de delitos milita- 
res, ó bien de un acto esencialmente político? ¿Juzgamos, en 
esta ocasión, á Espartero como Jefe superior del Ejército, ó 
mejor dicho, como Regente del Reino y encargado, en tal 
concepto, de la alta gobernación del Estado? Sepa V., aña- 
día, que una cosa es obrar como soldado y otra como hombre 
de gobierno. Si Espartero se ha acreditado hasta ahora de 
experto y esforzado General, en este momento acaba de dar 
claras muestras de torpe y desdichado político.» 

Revolvíase furioso el abogado contra ese* estigma lanzado 
sobre su ídolo. Al contrario, según él, la resolución de Es- 
partero había sido una sabia lección de energía destinada á 
prevenir y á contener toda clase de rebeldías. El boticario lo 
veía por distinto prisma: creía que el Conde Duque se dejaba 
aprisionar en las redes de sus contrarios; que se había conse- 
guido el propósito de empujarle por el camino de la violen- 
cia, anegándole en la sangre de sus propios compañeros de 
ármas. 

Tantos años han pasado, que ya estamos en el caso de 
examinar fríamente las cosas. Recordemos la frase de Fou- 
cbé, á propósito del fusilamiento del Duque de Enghien. 
«Esto ha sido peor que un crimen, ha sido una falta.» ¿Quién 
se atreverá á negar que lo del 7 de Octubre fué uno de los 
mayores ' atentados que pueden cometerse contra las ins- 
tituciones y las leyes? Pero cuando un Gobierno, perdidos 
los estribos, se deja deslizar por la pendiente de las violen- 
cias, cuando trata de vengarse, más bien que de castigar, 
todo se le vuelve ponzoña, se quebrantan los mayores pres- 
tigios y es como si se le abriera un cáncer en las entrañas. 
Dirán que, si en vez de Generales hubieran sido soldados ó 
sargentos, no discutiríamos aquellos rigores de Espartero. 
Conmigo no reza este argumento: para mí la sangre no ad- 
mite graduaciones. El hecho es, que desde el punto y hora 
en que corrió la de León y sus amigos, empezó á padecer la 



53 



fama del invicto Duque. Tendría razón; no se la dieron; ha- 
ría uso de su derecho, pero hay derechos de muy peligroso 
ejercicio. Recorred las páginas de aquellos tiempos, y veréis 
ya al pacificador de Vergara alardeando, trompicando, repar- 
tiendo palo de ciego y entrando, como político, en una larga 
agonía que vino á dar al traste con el partido, con el héroe 
y con los brillantes laureles de Luchana. 



SECCIÓN SEGUNDA 

Jornada del 15 de Noviembre de 1842. — Un hospital de sangre. — Usted per- 
done. — El bombardeo de Barcelona. — Espartero y Garibaldi. — Cómo se 
fué hacinando la leña. — El tribuno Serrano y el general González Brabo. 
— La palabra de un Ministro. — ¡Voluntarios, la Patria peligral — 54 días de 
Jamancia. — Lo que me costó emigrar. — Recreaciones casuísticas. — ]Oh, 
barbas adorables! — El amigo Cólom. 



I 

Todo el año de 1842, hasta llegado el mes de Noviembre, 
lo pasamos en Barcelona entre sordas inquietudes, temores 
vagos, recriminaciones y conatos de rebelión contra el Go- 
bierno de Espartero. Todos los males se desataban á un 
tiempo. Daban materia á ello las noticias que se propalaban; 
anunciando unos que se iba á imponer una contribución para 
reparar la Ciudadela, diciendo otros que se trataba de estable- 
cer las quintas, no conocidas entonces en el Principado; y para 
más enardecer los ánimos, corría válida la voz de que se per- 
mitiría la entrada á los algodones ingleses; gran motivo de 
alarma entre los fabricantes acaudalados, y primera oca- 
sión de manifestarse aquel espíritu proteccionista tan fu- 
nesto, en mi sentir, para los mismos intereses catalanes. Por 
un ligero incidente reventó la' mina en Noviembre. Fué la 
señal de ello una insignificante escaramuza entre los depen- 
dientes de consumos y los matuteros, que después, el i5, se 



54 

trocó en choque terrible, más que choque, en descomunal 
batalla entre el pueblo armado y las tropas de la guarnición 
mandadas por Van Halen y Zurbano. Por la especial situa- 
ción de nuestra nueva casa de la Cuesta de San Miguel, es- 
tábamos aquel día entre dos fuegos: el de la tropa, del lado 
de la Rambla: el de la Milicia, por la plaza de San Jaime. 
Cercanos nosotros á aquella plaza, foco principal de la in- 
surrección, los tiros de los Fuertes nos venían tan enfilados 
que, hallándome, al principiar la danza, en la azotea, una 
bala de cañón pasó á media vara de mi cabeza, yendo á dar 
contra un palomar de madera, que dejó hecho pimienta. Re- 
cibí en la cara un golpe como de bofetada, zumbáronme los 
oídos, di un traspiés y caí rodando por el suelo. No me que- 
dó otro arbitrio que coger á escape la escalera: ya se com- 
prenderá que no volví á subirla. 

Ni dentro de casa estábamos tranquilos. Continuaba por 
fuera el combate, cada vez con mayores bríos. Nutridas des- 
cargas de fusilería acribillaban á balazos nuestros balcones y 
ventanas, yendo los proyectiles á empotrarse en el quicio de 
las puertas, en paredes, maderas y muebles. Probamos fortu- 
na refugiándonos en una habitación oscura que daba á un patio 
interior; aun allí nos alcanzaban de rebote las balas muertas 
ó dormidas, y calientes las recogíamos del suelo. A cada mo- 
mento temíamos ser invadidos por las turbas, ó saqueados 
por la tropa, ó que nos incendiasen la casa. No se respiraba 
más que pólvora; un humo densísimo ofuscaba la vista; es- 
tallaban los oídos con el estampido de los cañones, el reven- 
tar de las granadas, las descargas por compañías, las chillo- 
nas cornetas tocando ataque, los ayes y lamentaciones de 
los heridos que, en brazos ó en camilla, iban entrando en el 
patio de la Enseñanza, provisionalmente convertido en hos- 
pital de sangre 

Por la tarde, y ya entre dos luces, dióme la tentación de 
asomarme á aquel patio. ¡Siniestra mescolanza de estrago y 
desolación! En el portal del Convento, un rimero de cadáve- 
res, dos de ellos en cueros, otros con un trozo de pantalón 
azul atado á la cintura: brazos amoratados, manos negras, 
piernas amarillentas, caras jaspeadas, un cráneo partido de 



55 



un sablazo en dos mitades, derramando los sesos; los cuer- 
pos ennegrecidos, chamuscados, envarados, ensangrentados, 
anegados en lodo. Luego, sobre haces de paja empapada en 
sangre, pilas de heridos destrozados, inmóviles, aguardando 
la primera cura ó la muerte, con el estertor de la agonía. Un 
corneta, un niño, con un ancho boquete abierto á la bayone- 
ta en el costado derecho, implorando asistencia con desga- 
rradores alaridos, taponando con su faja la herida para rete- 
ner el aliento que, con la sangre, por aquella abertura se esca- 
paba. La Unción, el Viático,, el copón con las Sagradas For- 
mas rodando entre inmundas charcas: el capellán recibiendo 
la última confesión de un oficial y con ella una medalla sa- 
cada del pecho, recuerdo quizás de una madre desventurada; 
el cirujano (no había más que uno) atendiendo á la ligadura 
de una pierna recién cortada: él de rodillas, erizado el cabe- 
llo, chorreándole el sudor por la frente, sangre en las manos, 
sangre en la pechera, sangre en los brazos; desatada la cor- 
bata, desabrochado el uniforme, á su alcance un gran estu- 
che, vendas, hilas, compresas por el suelo, una sonda, un 
bisturí, una sierra. Trajeron un sargento que acababa de re- 
cibir un balazo en la cabeza. No había muerto, no quería 
tenderse, daba vueltas sobre sí mismo como una peonza, con 
los brazos caídos, los ojos espantados, la lengua fuera de la 
boca, la baba destilándole pecho abajo. 

Las tropas del Gobierno quedaron véncidas en aquella tris- 
te jornada. Corrieron rumores infames: un saqueo en regla 
consentido en la Argentería. Obligada la guarnición á salir de 
la Ciudad, se derramó por los contornos. Todos los Fuertes, 
menos el de Monjuich, cayeron en poder de los sublevados. 



II 



Aquellas escenas del patio de la Enseñanza no me dejaron 
dormir en muchos días. Durante tres consecutivos, no pudi- 
mos salir á la calle; reducido el vecindario á la mayor extre- 



56 



midad y nosotros sometidos á régimen de arroz, tocino y 
garbanzos; porque no había medio de llevar á las casas ni 
pan, ni carne, ni verduras, ni pescado. Por fin, allá, sobre el 
18, nos aventuramos á sacar la cabeza de la concha y dimos 
unas vueltas por la población, convertida en campamento» 
Toda comunicación cesaba al llegar á las murallas: trocado 
en sitiador el ejército expulsado, nos puso riguroso cerco. 
Habían los sublevados creado una Junta, como es rancia cos- 
tumbre en nuestra tierra de pronunciamientos; diariamente 
íbamos al palacio de la Diputación provincial, donde aquélla 
se hallaba instalada, á preguntar, á inquirir, á ver lo que se 
decía, lo que se susurraba, lo que temían, lo que esperaban. 
Lo que se sabía era que Espartero había llegado de Madrid ó 
iba á llegar, en compañía de Rodil, para ponerse al frente 
del ejército sitiador, y que traía tropas de refresco, mensaje- 
ras de muerte. 

Presidía la Junta un sujeto á quien suponían emisario de 
D. a María Cristina de Borbón: lo cual creído después como 
cierto, hizo dar con la clave de aquel extraño movimiento. Las 
fuerzas insurgentes las mandaba en jefe Miguel Durando, ofi- 
cial extranjero, que después hizo gran papel en la guerra de 
Italia y obtuvo señalados favores en la Corte de Víctor Ma- 
nuel. El grueso de aquella hueste revolucionaria lo componía 
el batallón de Tiradores de Ja Patria, llamado de sobrenombre 
patuleas; gente desalmada, pero que cometió pocos excesos 
por su bien ordenada disciplina. Procedente de patuleas era 
el famoso Peixeter, rústico mozetón de playa que estuvo á 
punto de ser el Masaniello de aquellas jornadas. Citábanse 
de él bizarros hechos en la batalla del i5. Había tomada 
cañones, arrancado banderas, abierto á puñetazos las filas 
enemigas, hundido la mollera á más de un oficial de Zurba- 
no. No era muy pródigo de palabras, y á cada tres ó cuatro 
soltaba un usted perdone, creyéndolo obligada cortesía. Un 
día que corrió la voz de que Espartero respetaría la vida de 
los patuleas si deponían las armas, lleguéme al Peixeter y le 
dije: «Peixeter, ¿por qué no te entregas ya que te conceden la 
vida?» — aUsted perdone, me contestó, porque, y usted perdone, 
no quiero ir, y usted perdone, á Filipinas, y usted perdone.» 



57 

Trece días nos pasamos de esta manera vagando por la 
Ciudad, perezoso el paso, traspasada el alma y á la husma 
de la suerte que Espartero nos tenía reservada; y era, para un 
breve plazo, nada menos que el bombardeo desde el castillo 
de Monjuich. No hubo medio de disuadir de tan bárbaro in- 
tento ni al Regente ni á su Ministro de la Guerra: súplicas 
del Obispo, comisiones de damas, influencias progresistas, 
ruegos de los Cónsules, todo fué vana diligencia. Ya hubo 
que pensar, como todo el mundo, en abandonar la población: 
no era cosa de morir destrozado por un casco de bomba y de 
que lo pagásemos justos por pecadores. Sin embargo, no pa- 
recía tan fácil la empresa, porque tanto sitiados como sitia- 
dores se oponían á aquella desbandada. Hubo con tal motivo 
lances muy grotescos: hombre que huyó revuelto entre unos 
sacos de paja; pancista que logró escabullirse en ademán de 
pedir limosna; el anciano Nadal del Born, opulento capita- 
lista, salió disfrazado de vieja; mi Padre de labriego, yo de 
zagal arreando unas muías. 

En tal disposición, llegamos el i.° de Diciembre á la casa 
de nuestro refugio, situada en término de Horta. Puestos en 
un alto, vimos el bombardeo del 3, que duró doce horas, ca- 
yendo sobre Barcelona 1.014 proyectiles, de ellos 780 bom- 
bas, 96 granadas y 138 balas de diferentes calibres. Cuatro- 
cientas sesenta y dos casas sufrieron daño: muchas incendia- 
das, arrasadas otras. 

No son para descritas las impresiones de tan insensato es- 
trago. Todas las aflicciones y todo linaje de amarguras entra- 
ban de tropel en nuestro ánimo: odio, rabia, dolor, vergüenza 
por España y por el siglo en que vivíamos. Cada fogonazo de 
Monjuich, cada bomba que se cernía en el espacio, cada lla- 
marada que brotaba de un edificio eran nuevo motivo de 
asombro é indignación entre los hombres; de lágrimas y so- 
llozos en las señoras. Nadie pensó siquiera en tomar descanso 
ó refrigerio. 

El 8, cuando regresamos á la Capital, ya las tropas del 
Gobierno habían entrado y la ocupaban toda militarmente. 
Todavía ardían muchas casas. En la nuestra, una bomba 
había atravesado el salón yendo á perderse en los sótanos, 



58 



donde todo lo hizo añicos. Gracias á que no estalló arriba, 
pudimos salvar una parte del mobiliario. 

¿No lo dije? Aquel Gobierno andaba á tontas y á locas 
desde que se dejó arrastrar por la pendiente de las violencias. 
Que también O'Donnell había bombardeado á Pamplona. 
¡Bonito achaque ese de escudarse con el mal ejemplo de 
otros! El bombardeo de Barcelona no aumentó las simpatías 
en favor de Espartero. Ni un solo barcelonés le miró entonces 
con buenos ojos. Europa le juzgó severamente. Por aquel 
acto, el historiador Cantú le califica de inconcebible mezcla 
de ferocidad é indecisión. El hecho desnudo era haber sacrifi- 
cado vidas y haciendas de millares de inofensivos ciudadanos 
para castigar á unos cuantos sublevados. Así lo vi yo con mis 
cortos años, y así he visto después (y dicho sea con el poquí- 
simo respeto que me inspiran los mandarines políticos, sean 
civiles ó militares), así he visto después que es insigne locu- 
ra fiar á espadones la suerte de los partidos liberales. ¿Qué 
queréis que hagan en el Gobierno los hombres de sable, si no 
tienen más que un registro? 

Espartero y Garibaldi. ¡Cuántas veces hemos visto mezcla- 
das y aun confundidas estas dos figuras! Hay error: son dos 
tipos enteramente distintos. Nadie pondrá en duda las bri- 
llantes cualidades de Espartero: su esfuerzo, su honradez, su 
sencillez de costumbres, su consecuencia dentro del criterio 
dinástico. Pero el último condottieve vive en otra clase de le- 
yendas. Garibaldi tenía iniciativa propia: hasta en sus procla- 
mas era dechado de originalidad. Lenguas de fuego que en- 
cendían el alma de los patriotas. Aquella camisa roja, aquel 
gran sable de combate eran el avío del hijo del pueblo que 
jamás desmintió su origen. Ni mercedes, ni títulos, ni el bas- 
tón de mariscal de Francia que con gran empeño le ofrecie- 
ron. Avanzó con los tiempos, tolerando las prudencias del 
presente, pero abrazado siempre á los ideales del porvenir 
para su hermosa Italia. Por esto pudo morir envuelto en el 
mejor sudario de los héroes: la bandera de la Patriá. 



5 9 



III 

j Sino cruel! El paso de Espartero por el Gobierno había de 
ser funesto para los barceloneses; la caída de Espartero ha- 
bía de sernos funestísima. Lo primero nos valió un bombar- 
deo de doce horas; lo segundo un cañoneo de tres meses. 
Reseñemos brevemente los hechos: 

Todos los que mediaron en la Península desde Enero á Ju- 
nio de 1843 son harto conocidos: atrevimientos moderados, 
disidencia progresista, formación del Ministerio López, retira- 
da de este Ministerio y triunfo del bando Ayacucho, la Salve 
de Olózaga, sediciones en Málaga y Granada, pronunciamien- 
to de Reus con Prim y Milans del Bosch ála cabeza. 

Todo se volvía contra. Espartero, y era natural que Barce- 
lona no fuese extraña á aquella polvareda. Brotaba todavía 
la sangre de sus heridas de Diciembre; añadiéndose al ultra- 
je del bombardeo la contribución, ó como se dijo, erogación 
de 12 millones que el Regente, no satisfecho su enojo, impu- 
so á la Ciudad á manera de castigo. 

Con tanta torpeza y tanta imprevisión, pronto volvimos á 
las andadas. Noticioso el pueblo de que Zurbano se encon- 
traba de paso en Barcelona para ir á sofocar la rebelión de 
Reus, fué siguiéndole la pista un grupo de jóvenes de buen 
humor, que le administraron una tremenda silba. Volvióse 
airado el General, hizo disparar algunos tiros y mandó una 
carga á su escolta. El pavor que causó aquel barrido repenti- 
no me cogió de rechazo, porque estaba, como de costum- 
bre, entre los curiosos, y fui á dar, sin saber de qué manera, 
contra el esquinazo de la calle del Asalto; allí vi pasar pocos 
instantes después una numerosa chusma, que llevaba, como 
en triunfo, media docena de baúles. Era el equipaje del Ge- 
neral, que iban conduciendo hacia la Muralla del mar para 
arrojarlo al agua. Aquel día la tropa fraternizó con el pueblo; 
tan trabajado estaba el Ejército contra Espartero. 



6o 



Esto pasaba el día 5 de Junio, y la cosa iba tomando tales 
vuelos, que ya el 6 se constituyó una comisión del pueblo, 
que luego trocó este nombre por el de Junta Suprema provi- 
sional de Gobierno de la Provincia de Barcelona. Temerosa de las 
caricias de Monjuich, fijó primero su residencia en Sabadell, 
luego en Manresa, y últimamente se instaló ya en la Capital 
para ser alma y vida del futuro movimiento centralista. 

A pocos días triunfó Zurbano de Reus; mas entretanto se 
adherían al pronunciamiento de Barcelona muchos pueblos 
de Cataluña. Pronuncióse Valencia: lo hizo también Corti- 
nes, Capitán general interino del Principado. Quien se negó 
obstinadamente á pronunciarse fué Echalecu, el Gobernador 
de Monjuich, el hombre de las bombas; y por supuesto se 
negó también á ser relevado por el coronel Pujol, á quien 
aclamamos por Gobernador todos los que estábamos en la 
Plaza de San Jaime» ¿No habíamos de hacer Gobernadores 
si nos sentíamos Suprema? Esta actitud de Echalecu era muy 
seria; tener Monjuich era dominar Barcelona. Creció la alar- 
ma el 22 de Junio, cuando se supo que Zurbano había dicho 
en Igualada á un corro de oficiales: «Vamos allá, y ya verán 
ustedes cómo ponemos á los barceloneses más blandos que 
un guante.» Otra vez empezó la emigración, recelando un 
segundo bombardeo. Nosotros no pudimos emigrar entonces; 
los negocios, los malditos negocios. De todas maneras, la 
emigración hubiera sido inútil. Zurbano se retiró, en virtud 
de órdenes superiores. Sin duda Espartero no se atrevió con 
otra hombrada. Hizo bien: non bis in idem. Bastante quebran- 
tado quedó con la primera. 

Retirábase Zurbano, á tiempo que Espartero salía de Ma- 
drid, camino de Valencia, quedándose clavado en Albacete. 
No así su adversario D. Francisco Serrano, que, rápido como 
el pensamiento, fué á Barcelona, llegó, arengó á las turbas, 
se concertó con la Junta, obtuvo de ella la destitución del 
Regente y la reposición del Ministerio López, se hizo nom- 
brar interinamente Ministro universal y empezó á hacer mu- 
chas y grandes mercedes á sus amigos y allegados. Con Se- 
rrano iba en aquel viaje D. Luis González Brabo. Llegué á 
tiempo de ver entrar á ambos personajes en la Fonda, donde 



éi 

tenían preparado alojamiento. Al principio, troqué los pape- 
les: el fiero mostacho de González Brabo me lo hizo tomar por 
el General; y creí ver el tribuno en el aire apaisanado de Serra- 
no. Oí los discursos que pronunciaron desde uno de los balco- 
nes. Gustóme la palabra de González Brabo por lo espontá- 
nea, lo fogosa y lo accidentada: gustóme también el Gene- 
ral, que, aunque distaba de ser un buen mozo, justificaba con 
sus treinta años y su gentileza el lisonjero mote con que 
después le decoraron. Fueron los dos viajeros extraordina- 
riamente agasajados, y la gente se desvivía por acompañar- 
les en todas sus excursiones; y de tal manera llegamos á fa- 
miliarizarnos con su presencia, que un día en que los encon- 
tré del brazo en la calle de la Boquería, á punto estuve de sa- 
ludarles con la mano como un antiguo amigo de confianza. 
Hay quien asegura que, en aquel discurso de la Fonda, Se- 
rrano no prometió nada . Tendrán que dispensarme: yo fui 
uno de los que le oyeron decir clara y distintamente que dentro 
de breves días se establecería en Madrid una Junta Central. 
Si después no se pudo cumplir esta promesa, ó no se quiso, ó 
no se creyó conveniente cumplirla, estas son otras cuentas. 
Lo dicho, dicho queda; y la verdad'siempre en su lugar. 

Muchas veces ha de sonar, en estas Memorias, el nombre 
del General Serrano. ¿Cómo no, cuando este nombre está 
vinculado con nuestra Historia durante cerca de medio si- 
glo? Años después de los acontecimientos que estoy refi- 
riendo, honróme el General con su amistad; y aunque 
no le debí favores, porque nunca estuve dentro del círcu- 
lo de su política, tales muestras de afecto me dió y tales 
consideraciones tuvo á bien dispensarme, que bastarían para 
sellar mis labios si á ello no me obligase también el res- 
peto á su memoria. Otros le censurarán, que no ha de 
faltar quien le censure: yo me atengo á la máxima discreta 
de que los defectos délos amigos, cuando no hay medio de 
callarlos ó de disimularlos, por lo menos no deben predicar- 
se. Es sabido que, en el trato particular, todo el mundo salía 
prendado de las dotes de carácter del General Serrano: efec- 
to quizás de aquella misma flexibilidad que llevaba á la vida 
pública y le hacía ser un político de circunstancias, un opor- 



62 



tunista de esos que miden la palabra por sus deseos y miden 
la acción por las fuerzas que preponderan. Seguro estoy de 
que cuando prometió á los barceloneses la Junta Central, lo 
hizo con la mejor buena fe del mundo: después se vió com- 
prometido y atado, como todos los progresistas de aquella 
disidencia, al carro de los moderados. Vino Torrejón de Ar- 
doz, vino el embarque de Espartero en el Malabar; y el Mi- 
nisterio López-Serrano ni pudo cumplir sus compromisos, 
ni en su precaria existencia logró otra cosa que servir de 
escabel para encaramar en el Poder á sus propios enemigos. 



IV 



No satisfacían á la Junta de Barcelona los propósitos del 
Gobierno de Madrid. Querían Junta Central á todo trance, 
según la promesa de Serrano. Negáronse á todo concierto, y 
nada fué capaz de torcer su intento: ni el anuncio de que se 
convocarían nuevas Cortes, ni el de que se propondría en 
ellas la declaración de mayor edad de la Reina, ni el nom- 
bramiento de Prim para el cargo de Gobernador militar de 
Barcelona. Creyóse este nombramiento simpático para los 
catalanes; pero en seguida se le pusieron en frente á Prim el 
batallón de la Blusa y los Voluntarios, por más que trató de 
reducirlos á la obediencia, arengándoles en la esplanada de 
Atarazanas. Fui testigo de aquella escena desde la Muralla 
del mar. Eran las cinco de la tarde del i.° de Setiembre. Los 
batallones estaban formados en masa, dando frente al sitio 
donde nos hallábamos los espectadores. No se oía ni una 
mosca. Prim, recién ascendido á brigadier, se presentó con 
uniforme de diario; levita cerrada, entorchadlos de plata y 
bastón de mando. Da un par de vueltas entre filas, y se en- 
cara con los Voluntarios. Estaba pálido, convulso, pero se- 
reno, firme la mirada. De repente levanta el bastón en alto y 
dice con voz solemne: ¡Voluntarios! ¡la Patria peligra! No pu- 
dimos oír más. Se armó un gran estrépito; las filas se rom- 



63 

pieron, las culatas hirieron el suelo, los cañones de los fusiles 
brillaron movidos en varias direcciones. Temimos una des- 
carga, que por fortuna no vino. La muralla quedó despejada 
y Prim desapareció, de nuestra vista. Supe después que á du- 
ras penas había conseguido, á favor del tumulto, salir de Ata- 
razanas para trasladarse á la Ciudadela con las demás Auto- 
ridades que de Madrid dependían. Desde aquel punto la Ciu- 
dad quedó abandonada á la Junta, que se renovó con elemen- 
tos más acentuados. 

Ensoberbecidos con aquel triunfo, lograron afirmar su do- 
minación los de la Junta, y entonces empezó para Barcelona 
aquel desastrado período de desdichas y anarquía que duró 
hasta últimos de Noviembre de 1843: bien cerca de tres 
meses. 

Las dos terceras partes de la población emigraron en el 
acto. Nosotros tuvimos que aguantar la mecha por bastan- 
te tiempo, durante cincuenta y cuatro días. Fué en un prin- 
cipio para arreglar algunos asuntos; después porque mi Ma- 
dre cayó enferma, postrada por una dolencia, efecto de tanto 
disgusto, de tanto sobresalto, que acabaron por quebrantar 
su espíritu y su cuerpo. De los cincuenta y cuatro días, ni 
uno solo pasó sin que oyésemos un vivo cañoneo desde el 
alba hasta anochecer, ni uno solo en que no llevaran por mi 
calle docenas de camillas con muertos y heridos. Pero algu- 
nos se señalaron más especialmente por el estrago y las ma- 
tanzas. Tales fueron el 7 de Octubre, en que los sublevados 
intentaron tomar la Ciudadela, y tales, sin interrupción, 
desde el 20 al 24 del propio mes, cuando todos los Fuertes 
ocupados por tropas del Gobierno vomitaron á porfía sobre 
la plaza bombas, granadas y metralla. Entonces las parihue- 
las no pasaban por docenas, sino á centenares. 

Había que tomar un partido para matar el tiempo, y ese 
fué salir todas las tardes á brujulear un rato por las calles; 
acompañábame mi Padre ó un amigo, el cónsul de Prusia, 
joven alemán muy instruido, que chapurreaba el castellano, 
y cada vez que silbaba una bala de cañón, decía, dando una 
patada en el suelo: es un silbido infame. En estos paseos 
nos arriesgábamos bastante, porque ya nos íbamos acostum- 



6 4 

brando al peligro y no nos dejábamos vencer del miedo. Un 
día, pasito á paso, fuimos llegando hasta un camino cubier- 
to que habían practicado los insurgentes en la primera ram- 
pa de la Muralla del mar. En el momento de pasar nosotros, 
un proyectil de la Ciudadela vino á derribar parte del muro 
de contención, sepultando entre las ruinas á un joven de la 
Blusa, que estaba de centinela. Sólo un pie quedó fuera. 
Lastimados de este espectáculo nos retiramos; pero otro día 
diónos la humorada de deslizamos por los Cambios, hasta 
las callejuelas contiguas á la plaza de San Sebastián; allí las 
tropas, desde el Muelle viejo, se tiroteaban con los Volun- 
tarios colocados en las ventanas. En cada bocacalle había 
un pelotón dispuesto á hacer fuego. No me explico cómo pu- 
dimos librarnos de ua balazo, y aun tuvimos la santa calma 
de pararnos en una esquina para preguntarle á un arrapiezo 
de fusil y canana si tenía miedo. Naturalmente, de estás co- 
sas no chistábamos palabra á mi Madre, que, á saberlo, hu- 
biera salido á disgusto diario, Pero, ¿qué había que hacer? 
¡Es tan aburrido vivir en una plaza sitiada! 

En honor de la verdad, tales calaveradas se repitieron po- 
cas veces. Lo más común era sentarnos en alguna tienda, 
de nuestra calle ó de las vecinas, y esperar el desfile de las 
camillas, por si había alguien á quien socorrer en el barrio. 
Si queríamos estirar las piernas, avanzábamos hasta la Ram- 
bla, en traje de toda confianza, zapatillas, bata y creo que 
en mangas de camisa, porque, á la verdad, la sociedad que 
habíamos de encontrar, sin distinción de aliados y enemigos, 
no exigía mayores etiquetas. La Ciudad desierta; únicamente, 
y á todas horas, circulaban patrullas, retenes ó pelotones 
sueltos de ciudadanos de la *Blusa, con aire matón, torva 
mirada y caras de vinagre. Habían tomado estas fuerzas el 
nombre de Camancios ó de la Jamancia, según dicen, del 
verbo jamar , que equivale á comer, en germanía. Sobre la 
blusa azul, que era la prenda reglamentaria, Jefes y Oficiales 
ostentaban los distintivos é insignias militares. Los rasos usa- 
ban fusil, ó carabina ó trabuco, y en el cinto la canana, un 
par de pistolas y un puñal bien afilado. Pantalón gris, dejan- 
do al desnudo media pierna; alpargatas, gorro encarnado con 



65 



borla negra, y casi todos barba Lucharía, ó sea bigote caído 
y unido á la perilla. Burlábanse de los proyectiles, haciendo 
diario alarde de arrancar las espoletas. En el Fuerte del Me- 
diodía y en el ataque de la Ciudadela se acreditaron de vale- 
rosos hasta la temeridad y, en ciertos momentos, hasta el 
heroísmo. A modo de condecoración, muchos de ellos lucían 
en el pecho una. paella ó sartencita de plomo, que correspon- 
día á su terrible grito de guerra: madurs á la paella (mode- 
rados á la sartén). Era el trágala ó el ca ira de aquellos al- 
borotadores. También cantaban himnos patrióticos de su 
invención. El más popular era el que terminaba con, el si- 
guiente estribillo: 

Chim, chim, chim, 
Viva la Junta, viva la Junta; 

Chim, chim, chim, 
Viva la Junta y mori en Prim. 

Yo, que estaba leyendo entonces, con más interés que 
nunca, la historia de la Revolución francesa, encontraba en 
aquellas escenas algo como una pequeña reproducción de la 
época del Terror, afortunadamente sin la guillotina. Algunos 
furiosos corrían sueltos por las calles, blandiendo enormes 
sables y dando á discreción vivas y mueras; y entre ellos se 
distinguía un locatis que campeaba de valiente y se cosió en 
las mangas los galones de teniente coronel, no sé si dados 
por la Junta ó improvisados á capricho. Holgábame yo mu- 
cho con hacerle charlar, y cualquiera que me hubiese visto 
mano á mano con tan extraño personaje, creyera de fijo que 
me estaba ensayando en el oficio de descamisado, para el 
cual, y Dios me lo perdone, me he sentido siempre con po- 
quísima vocación, apesar de mis ideas avanzadas. 

Entre tantas miserias, lo que más de cerca nos afligía era 
la escasez de víveres. Pagábamos 30 reales por una gallina; 
la vaca y la ternera andaban por las nubes; el vino lo acapa- 
raban los de la Blusa. Estábamos á ración de pan, porque 
no había provisión de harinas; 



5 



66 



V 



Con qué ansia esperaríamos el día posible de nuestra salida, 
no es para contado, sino para presumido. Al fin llegó, ya 
restablecida mi Madre de sus dolencias; y era urgentísimo 
abandonar la Ciudad, porque, desde el nutrido fuego del 20, 
todo hacía temer un próximo y horroroso asalto. Primero, 
para salir, necesitábamos un pase, que nos dió, de su puño 
y letra, D. Rafael Degollada, el Presidente de la Junta. Con 
cuyo interesante documento nos pusimos en marcha todos 
los de la familia y un par de criados hacia la puerta del Ángel, 
el día 25 de Octubre á las diez de la mañana. Allí nos espe- 
raba una sorpresa cruel. Montaba la guardia una sección de 
la Blusa, con un oficial de malísima traza, pecoso, mal carado 
y ojos á la sombra. Tomó el papel escrito por Degollada, 
dióle cien vueltas, y mirándonos con aire despreciativo, nos 
dijo que era un papel mojado. «Mirad cómo habláis,» le con 
testamos; mas él 3 sin inmutarse, replicó que Degollada era un 
mentecato; y que yo no podía marcharme, porque, como ma- 
yor de diez y siete años, debía estar incluido en el alistamien- 
to. Aquí fué mi enojo: no tenía yo diez y siete años, sino 
quince; y, aunque hubiera tenido veinte, me sonreía poquísi- 
mo la idea de ponerme á las órdenes de la Blusa. Tuvimos 
que escurrir el bulto, y encomendándome á mis pies, busqué 
la salida por la puerta de San Antonio al otro lado de la po- 
blación; donde reunidos tropezamos con un Jefe fino, atento 
y como súbdito de la Junta, menos autonómico que el capitán 
de gorro colorado. 

Ya hemos cruzado la puerta: ya vamos atravesando el 
puente levadizo: ya tocamos al segundo rastrillo, al foso, al 
contrafoso, al glasis: ya estamos en campo raso. ¿Somos li- 
bres? Todavía no: aquí es cabalmente donde Cristo empieza 
á padecer. Para llegar á Sans tenemos que recorrer, á pie y 
á pecho descubierto, una distancia de más de seis kilómetros. 



6 7 

No se ve un alma. En la Cruz cubierta, á unos cuatro kiló- 
metros, están las avanzadas del ejército sitiador, mandado 
por el General D. Laureano Sanz. Detrás hemos dejado las 
murallas coronadas de voluntarios que suelen matar el tiem- 
po andando á tiritos con la tropa. ¿Nos mandarán algún con- 
fite esos bárbaros? ¿nos tomarán por blanco de sus carabinas? 
Adelante, pero sin correr: entonces nos cazarían creyéndonos 
desertores. Entre mi Padre y yo vamos, no llevando, sino 
arrastrando á mi Madre. Se le doblan las piernas: hay que 
sostenerla, hay que animarla, hay que distraerla. Si silba al- 
guna bala, hagámonos los desentendidos para no alarmar á 
la pobre señora. Los criados tienen ya bastante con el peso 
del equipaje. 

Hemos llegado á las avanzadas de Sanz. ¿Quién vive? Es- 
paña. ¿Qué gente? Paisanos. Nos destacan cuatro soldados y 
un cabo. ¡Maldición! Ahora recuerdo que Degollada ha dado 
á mi Padre, con el pase, una carta para un individuo de la fa- 
milia del Presidente. ¡Si registran á mi Padre y le encuentran 
la carta de Degollada! No nos registran: nos hemos salvado: 
acabó la amarga serie de desventuras. 

Encontramos el pueblo de Sans atestado de gente. Nos re- 
ciben con una verdadera ovación: nos abrazan, nos besan, nos 
matan á mimos. 

Todo el mundo quiere tenernos á comer. Eran las cinco 
de la tarde y desde las seis de la mañana no había entrado 
en nuestro estómago más que una jicara de chocolate. Co- 
mimos ¿qué digo? devoramos. Recuerdo que me di tal atra- 
cón de higos que llegué á perderles la afición. 

Era nuestro intento irnos en derechura á la costa de Le- 
vante. Antes de poner por obra este designio, necesitábamos 
un carruaje. ¿Carruaje? Imposible. Coches, carros, caballe- 
rías, todo lo tenía embargado la tropa. En tal conflicto, á 
duras penas pudimos pescar un mal tartanucho que nos lle- 
vó al Masnou por la módica suma de 120 duros. 

En el Masnou diónos cordial hospitalidad el Cura párroco, 
en cuya casa vinimos á juntarnos algunos amigos y deudos, 
en todos una docena. Tenía el P. Maresma, que así se lla- 
maba el cura, una escogida biblioteca de obras teológicas y 



68 



de polémica religiosa: la Suma, de Santo Tomás; el Evange- 
lio en triunfo; los Sermones del abate Frayssinous, y otras 
ciento del mismo corte. No me daba manos á registrar aque- 
llos libros, y buenos ratos me pasé con ellos. Pero, á falta 
de novelas, mi principal deleite era la Teología moral del 
P. Lárraga, casuista amenísimo, oráculo de nuestros cléri- 
gos de misa y olla, y gran rebuscador de picardías y picardi- 
güelas que me tenían embelesado. Gustaba yo mucho de sus 
sutilezas; y allí supe muchas cosas que tal vez ignorarían 
toda la vida los vulgarísimos mortales, si no hubiera acer- 
tado á dar con ellas la lozana imaginación de los Sánchez 
y Escobares antiguos y modernos. 

Una familia había en aquella emigración, con la cual hice 
las mejores migas. Era un matrimonio americano recién lle- 
gado de Cuba con buena provisión de peluconas. Decían en 
el pueblo que el marido había sido boticario; y no tenía trazas 
de tal, sino de persona de mucho rango, según era de cere- 
monioso y de acaramelado en su trato. Otros le hubieran 
creído tambor mayor por su alta estatura y por haberle dota- 
do la Providencia con una espléndida barba que le llegaba 
hasta la cintura. Aquella barba era su pasión: la peinaba, la 
rizaba, la perfumaba con delicadísimo esmero; y añadían que 
todas las noches al acostarse la enfundaba en un bolsón im- 
pregnado de ricos olores. Cosa que, en verdad, no me hubie- 
ra causado maravilla: que esto y mucho más había de pare- 
cer poco para sustentar la frondosidad y la lozanía de aque- 
lla fábrica atrevida. 

Josefita, su mujer, era una hermosa criolla, una ma- 
cambita del género flojo, agraciada de rostro, aunque ti- 
rando á obesa. No se le conocía más que un defecto, muy 
común entre sus compatriotas. Detrás de cada comida y 
después de cada cena, desenvainaba un veguero colosal 
digno de que se lo fumara un bigotudo coronel de coraceros. 

Aquel matrimonio tenía la honra de poseer un legítimo 
Terranova, comprado en América: primer ejemplar que cono- 
cí de la casta. Soberbio animal, de negras y sedosas lanas, 
manso, inteligente, retozón y tragonazo, que de un simple 
lametón se merendaba un par de perdices al menor descuido 



6g 

de la cocinera. Cólom y yo nos queríamos mucho. A la más 
pequeña insinuación venía flechado sobre mí, dando brincos á 
derecha é izquierda, meneando todo el cuerpo, haciendo mos- 
queador de su ancho plumero, centelleándole los ojos más 
amarillos que el oro, jadeante de placer con la lengua fuera, 
sobre la fresca encía una herramienta más blanca que el mar- 
fil y echándome las patazas en la falda ó sobre el hombro. 
Hartábale yo de golosinas: razón de presupuesto que le obliga- 
ba á hacer grandes extremos y á ser conmigo muy ministerial, 
de esos que se agarran al grupo sin más condición que la pi- 
tanza. Pero Cólom era consecuente, según es razón y costum- 
bre entre canes bien educados: su adhesión á mi persona no 
fué una de aquellas amistades de verano tan usuales entre 
esos seres inferiores que se llaman hombres en general, ó 
entre aquellos otros seres, no sé si inferiores ó superiores, 
pero dotados de grandísimo olfato que se llaman hombres 
políticos. Siguióme á Calella; y cuando, un mes más tarde, 
volvimos á Barcelona á reponernos de los pasados sustos, 
raro fué el día, durante muchos años, en que el amigo Có- 
lom no viniese á saludarme en mi propia casa, para hacerme 
la visita de estómago agradecido. 



1843 — 1846 



SECCIÓN PRIMERA 

Por qué fui. — Manos regias. — Un Derecho muy torcido. — Lo que llegó á ser 
el espíritu universitario. — ¿Para alumnos ó para cuartel? — Sopistas y boti- 
carios. — Los figurones del cuadro. — Del uso de armas prohibidas. — Vieni 
meco, sol di rose. — Figuras correctas. — Las eminencias: Martí de Eixalá, 
Permanyer, Figuerola. 

I 

Un pecadillo. El día 5 de Marzo de 1844 formé parte de 
la Juventud dorada, que, bajo la dirección del gallardo Abaría, 
ilustró la entrada en Barcelona de la ex-Reina Gobernadora, al 
volver de su destierro. Sírvanme dos cosas de disculpa: por 
de pronto, mis quince años con el piquillo, edad dispensada 
de tener criterio político; y luego el hambre natural de tomar- 
me algún desquite por los pasados sustos, que no me salían 
del cuerpo. Esto traen consigo excesos como el de la Jaman- 
cia. Los moderados no cabían en el pellejo al ver aquel re- 
cibimiento incomparable y el vuelco que las cosas iban dando. 

La población acudió en masa: banderas, gallardetes, col- 
gaduras, salvas, campaneo, Te-Deum en la Catedral, arcos 
triunfales y un clamoreo inmenso. ¡Viva la Madre de los 
españoles! — voceaban los más ardientes. 

La carrera fué larga. Desde el apeadero de la Puerta Nue- 
va, siguió la comitiva por la calle Alta de San Pedro, plaza 
de Junqueras, calles Condal y de Santa Ana, Rambla en toda 



72 

su prolongación, desde Canaletas á Atarazanas, Dormitorio 
de San Francisco, calle Ancha y plaza de San Sebastián, 
hasta Palacio. íbamos á quién se llevaba la prez del luci- 
miento y bizarría, tiesos, en dos filas, sombrero en mano, 
de frac ó levita negra, despejada la conciencia y con plena 
seguridad de que el acto de conmovedora virtud que estába- 
mos perpetrando, era uno de los más dignos de figurar en los 
anales de la Patria. Llegados á la regia morada, nos admi- 
tieron, á lo que suele llamarse en lengua cortesana, el ho- 
nor de besar la Real mano. Fueron las primeras manos sobe- 
ranas que besé: probablemente serán las últimas. 



II 



Acababa de matricularme en primero de Leyes, cuya carre- 
ra, que seguí completa en aquella Universidad, duraba siete 
años: dos cursos de Romano, dos de Civil español con Mer- 
cantil y Penal, uno de Cánones, otro de Disciplina eclesiásti- 
ca y otro de Procedimientos con la Práctica; ítem más: las 
asignaturas auxiliares de Economía política, Derecho consti- 
tucional, Administración y Oratoria forense. 

Durante larguísimos años, nuestras Facultades de Derecho 
no han conocido otros moldes. Así los confeccionaron los 
doctrinarios^ y así los han dejado pasar, hasta hace poco, los 
hombres de la cáscara amarga, cada vez que les ha caído el 
lote del mangoneo. Mangoneo: otros dirán el Poder: no re- 
ñiremos. Ya llegará día en que aquí mismo ventilemos, á 
nuestras anchas, esos tiquis miquis de lenguaje. 

Ocupados en sus eternos cabildeos, no tenían tiempo 
nuestros políticos para pensar en asunto tan baladí como el 
arreglo de los cuadros de enseñanza. Verbi gracia: un Mi- 
nistro de Fomento de los más rapados — y cuidado si los ha 
habido á navaja — hubiera podido preguntarse, entre dos ci- 
garrillos: Derecho romano, ¿por qué dos añazos? ¿Hay mu- 
cha, mucha necesidad de sorberse toda la sustancia del Có- 



73 

digo, Pandectas y Novelas? Admitido en que una parte de 
nuestra legislación tiene por base el Derecho romano. No 
es menos cierto que, para la vida moderna, el romanismo 
sólo representa ya un interés histórico. ¿Cómo no llevarle á 
la historia general del Derecho? Y ya que se considerase ne- 
cesario como estudio preliminar, ¿por qué no haberlo reduci- 
do á un curso de lección diaria, si no de lección alterna? 

Sin ser Ministro de Fomento, ó como se llamase entonces 
el del ramo, estas preguntas me asaltaban en 44 y 45 cada 
vez que cogía los bártulos; pareciéndome muy extraño que 
un aprendiz de abogado perdiese lastimosamente el tiempo 
averiguando de qué manera se casaban las romanas, qué 
clase de caricias se hacían allí á los esclavos, cómo y con 
qué donoso desenfado permitía la ley al Padre tratar á hijos 
y á esposa, en qué consistía el derecho quiritario, qué liber- 
tades se iban tomando los pretores y qué genero de embolis- 
mos usaban aquellos ciudadanos para hacer testamento, ó 
para contratar y obligarse. 

No despertar, por Dios, á los rancios de borla magna, 
porque entrarían tirando piedras. Pues hay todavía que oír; 
y vamos á la Disciplina eclesiástica. Pase, me decía yo, que 
nos forzaran á estudiar un año de Cánones, á lo más con lec- 
ción alterna. Al cabo el abogado encuentra allí todo lo rela- 
tivo al matrimonio católico; y es muy probable que, en mu- 
chísimos años, no logremos aquí sobreponer, como es de- 
bido, el matrimonio civil al religioso. Digo en las costum- 
bres, en el seno de las familias: que en leyes y decretos no 
hay cosa más fácil. 

Ya me resignaba, pues, á tragarme mis tomitas de Canó- 
nico. Pero Disciplina eclesiástica/ ¿á santo de qué? O era un 
pretexto para añadir otro curso de Cánones al oficial, ó era 
el mismo, Canónico presentado bajo otro aspecto: examen 
más detenido de la Jerarquía, estudio empalagoso de los 
Concilios, análisis de las Colecciones canónicas. Además, 
para que se luciera el Profesor, agregaban un resumen de la 
Historia de la Iglesia, asignatura inútil bajo el punto de vista 
profesional, deficiente si no se combinaba con la Historia ge- 
neral de las Religiones. 



74 

Con lo cual queda demostrado que, en tratándose de lo 
histórico y de lo pertinente á la Iglesia, nuestros programas 
de Derecho tiraban siempre de largo. No así en la parte sus- 
tancial de la carrera de Leyes, donde todo era media ración y 
cicatería. Derecho civil español — el plato de resistencia — dos 
cursos, uno elemental , otro de ampliación . ¿Qué quería 
decir ampliación? Ellos lo sabrían: yo nunca ló he compren- 
dido. Derecho foral, omitido; Derecho mercantil, lección al- 
terna; Derecho penal, lección alterna. Un cuarto de curso 
para el Político: otro cuarto para el Administrativo: Procedi- 
mientos á escape, con media docena de academias, en el 
último año, para la Práctica forense. 

Tanta esplendidez para unos, tanta miseria para otros, ¿á 
qué razones obedecerían? Empezaba entonces á sospecharlas; 
después claramente las he visto. Y, pues, razones hubo, per- 
mítame el lector que las exponga, vertiendo aquí todo mi 
pensamiento. 

III 



¿Cómo se fundaron las Universidades? A la sombra de la 
Iglesia; por la iniciativa ó con la cooperación ó bajo el pa- 
tronato de la Santa Sede. Ella las hizo, como diría el arrepen- 
tido Taine. A ella acudían ó con ella contaban los Poderes 
civiles para dar forma á sus estudios. 

¿Sobre qué base se concertaron estos estudios? Sobre la 
Teología y sobre entrambos Derechos: canónico y romano. 
Representaba el canónico la omnipotencia del Sacerdocio, 
acaso mejor la pontificia, con la ingerencia de las falsas De- 
cretales. A su vez, el Derecho romano, merced á las argucias 
de los jurisconsultos de Bolonia, iba, desde el siglo XIII, 
introduciendo en el Estado político las notas del antiguo im- 
perialismo, con la doctrina del quidquid Principi placuit . 

Mas, poco después, cuando empezó con Bonifacio VIII, 
la ya no interrumpida decadencia del Poder pontificio, y sobre 
él se fueron levantando y á sus expensas se fortalecieron los 



75 

Poderes temporales, sobrevino la lucha entre el regalismo y el 
ultramonianismo, segunda forma de la más antigua entre el 
Imperio y el Sacerdocio; y ambas tendencias se expresaron 
científicamente en las Universidades pontificias y reales. La 
doctrina de las regalías buscó su apoyo en el romanismo, 
mientras que los ultramontanos instintivamente se refugia- 
ban en el mare magnum de las colecciones canónicas. 

Cruel y empeñada fué la guerra entre ambas parcialidades; 
sorda en ocasiones, en otras abierta y declarada, como en la 
Sorbona, cuyas reyertas teológico-políticas turbaron más de 
una vez la plácida calma de los praestantissimi. Para una sola 
cosa se reservaron tregua perpetua; para defender en común, 
con uñas y dientes, la prioridad de posesión que habían ob- 
tenido en los dominios del magisterio. La jugada era con- 
tinuar unos y otros siendo dueños absolutos del campo uni- 
versitario y señores indiscutibles del Gremio y Claustro. 
Habían decretado que Santo Tomás, Graciano y Justiniano, 
representaban los únicos estudios serios, únicos superiores y 
únicos fundamentales. Gracias que se dignasen tolerar, en 
un rinconcito de las aulas, algún curso oscuro de Medicina ó 
de otra ciencia antropológica, si el progreso de los tiempos 
lo exigía. Alternar un Doctor en sagrada Teología ó in utro~ 
que con un simple Maestro en Artes, era exceso de modestia 
que repugnaba á las costumbres admitidas; y ya sabemos 
que, con el título de Maestro en Artes, solían coronarse los 
estudios filosóficos y literarios, y tal vez alguno científico, 
barajado entonces con la alquimia y otros ocultos prodigios 
de la Hermética. 

Así se fueron perpetuando, en fuerza de la tradición, las 
preeminencias reservadas á algunas Facultades en los Cuerpos 
universitarios, y esas otras preeminencias, todavía más ex - 
trañas, de ciertos y determinados estudios dentro de la Facul- 
tad de Derecho. De la propia suerte que nos habían hecho 
creer en la imposibilidad de dar un paso científico sin el au- 
xilio del Latín, así habíamos convenido en que no era dable 
adelantar en el estudio del Derecho sin el más profundo y 
cabal conocimiento de la jurisprudencia romana. Primero, 
Cuyacio, después Vinio, Heineccio y Domat se habían hecho 



7 6 

indiscutibles. Aureas llaves para abrirlo todo, las cabezas es- 
trechas y las inteligencias de vuelo. 

En vano iban cambiando de aspecto los conceptos científi- 
cos desde la Revolución francesa y á medida que avanzaba el 
presente siglo. En vano la invasión del racionalismo iba mi- 
nando el derecho divino de los Reyes y el predominio de la 
Iglesia. En vano aparecía cada vez con mayor claridad el 
sentido puramente arqueológico de las instituciones civiles y 
políticas de la antigüedad clásica. En vano se iban descu- 
briendo en la sociedad moderna formas y necesidades antes 
desconocidas que con urgencia reclamaban entrada y admi- 
sión en la vida del Derecho; un Derecho político enteramente 
nuevo, engendrado bajo la acción del espíritu democrático; 
un Derecho administrativo calcado sobre los múltiples organis- 
mos y las variadísimas funciones del complicado Estado mo- 
derno; un Derecho penal severo pero humanitario, restaura- 
dor de la ley, regenerador, reparador, correccional sin esté- 
riles venganzas ni bárbaras expiaciones; un Derecho mercan- 
til é industrial, reflejo del movimiento económico de nues- 
tros tiempos, cambios, manufactura, luchas y superiores 
armonías entre el capital y el trabajo, empresas, Bancos, Com- 
pañías y Bolsas; un Derecho procesal como lógica judiciaria 
destinada á garantizar las demás formas del Derecho con la 
buena organización de tribunales, con la simplicación del 
procedimiento, con la publicidad, con el Jurado. Y en vano, 
también, estaba ahí la Historia demostrando que, para una 
gran parte de nuestro país, el Derecho romano fué una im- 
portación exótica favorecida por las especiales aficiones del 
Rey Sabio-, y que, cuanto tiene nuestro Derecho patrio de 
original, de espontáneo, de característico y de nacional, so- 
bre todo en tierras de Castilla, arranca propiamente del Fue- 
ro Juzgo, se elabora en los Fueros municipales, continúa en 
el Fuero Real, pasa por el Ordenamiento de Alcalá, toma pre- 
cisión y claro concepto en las Leyes de Toro, y va á terminar 
en las antiguas cédulas y ordenanzas ó en las modernas le- 
yes constitucionales. 

Todo esto era y será, para los rutinarios, predicar en de- 
sierto. ¿A qué extrañarlo? Aun ahora, en las reformas de que 



77 

recientemente han sido objeto nuestras Facultades de Dere- 
cho, todavía se dejan sentir las influencias romanistas y otras 
no menos arcaicas. 



IV 



En mi época, los estudiantes de Leyes no habíamos tenido 
la suerte de alcanzar el soberbio edificio que después se le- 
vantó de planta en Barcelona, con destino á Universidad. Nos 
trataban con más llaneza; alojados entre las venerandas rui- 
nas del ex-convento del Carmen, en la calle del mismo nom- 
bre. Dos claustros con reminiscencias góticas y una escalera 
monumental; lo demás, un cuartel de caballería. Aulas con 
traza de pabellones; otras, en la planta baja, tirando y has- 
ta oliendo á cuadra; algún balcón, mucha ventana grande, 
mucha ventana chica, rejas con fuertes barrotes, gruesos si- 
llares de antaño combinados con obra reciente de maniposte- 
ría; cuchitriles y largas crujías. El mismo salón de grados, 
aunque espacioso, parecía un cuarto de banderas. 

Lo de dentro tan ruin como lo de fuera. Ni una sala de 
descanso, ni una clase dispuesta en anfiteatro ó en gradería. 
Muy serio el catedrático, de toga, en una estrecha tarima, 
. sillón danzarín, mesa de rico pino pintada de negro, y en 
ella el prehistórico tintero chato, de plomo, erizado de plu- 
mas de ganso. A lo largo de la clase un par de docenas de 
bancos carcomidos, tocados de cojera inveterada, con grecas 
de mugre y festones á varios tintes, algunos enriquecidos con 
edificantes leyendas, desahogo de una bilis mal contenida, de 
un capricho licencioso ó tal vez de amorosas cuitas. Di- 
choso el que podía pillar asiento con respaldo, pues con y sin 
los había: el sin padecí yo durante cursos enteros, encorvado, 
en amable consorcio con una pared pringosa y tan húmeda, 
que me regaló en el costado derecho un simpático reuma, del 
cual no me vi libre en muchos años. Algunos muchachos, 
poseídos de la manía de los carvers norteamericanos, se en- 



7» 

tretenían grabando en hueco con navajitas sobre bancos y 
banquetas: cortaban, recortaban, rajaban, sajaban y tallaban 
con un primor artístico digno de mejor teatro. De ahí una 
continua pendencia con la gente de la casa, que nos juntaba 
á escote para pagar los desperfectos; porque, como es fácil 
de adivinar, nunca parecían los autores del delito. Un día 
nos encajaron cuatro duros de multa por barba; entramos en 
consejo, y en son de protesta decidimos emprenderla de un 
golpe con todos los bancos, á fin, decíamos , de restablecer 
el equilibrio entre lo roto y lo pagado. Pocas aulas tenían 
puerta grande: las más eran angustiosas y tan aprovechadi- 
tas, que entrábamos á codazos y salíamos á empujones. 

Así nos trataban á los escolares aquellas Administraciones. 
Pero nos quedaba un consuelo: que todo lo relativo á servi- 
cios públicos estaba de la misma manera, con una sola ex- 
cepción, el elemento militar. ¿Cómo no, si los de tropa tenían 
el padre alcalde? Imperaba Narváez. 

Realmente, en aquella Universidad no había más que cua- 
tro cosas medianamente decentes: los ya mencionados claus- 
tros, la sala rectoral, el jardín botánico y un alero de nueva 
fábrica destinado á cátedras de Farmacia. Los claustros eran 
un gran recurso para pasearse los viejos en días lluviosos. Nos- 
otros íbamos allí media hora antes de clase, con el libro en 
la mano, vuelta á derecha, vuelta á izquierda, apuntalando 
el último párrafo de la lección: la fecha del Concilio, la cita 
legal, el trozo enrevesado del Digesto ó de las Partidas. Los 
alegres traían novelitas de sensación: Féval, Sue, Dumas, 
Soulié y otros variados entremeses. Pasábanse días enteros 
discutiendo temas de esta profundidad: si el trabajo de toda la 
jomada es ó no frase castellana. 

No hubiera aconsejado que frecuentasen aquellos claustros 
ni las personas muy serias, ni los devotos, ni mucho menos 
las señoras. ¡Qué museo en las paredes, debido al lápiz de 
exclarecidos ingenios! Lo más raro era que nadie cuidaba de 
hacer borrar aquellas abominaciones. Allí quedaban para per- 
petua memoria contra el decoro público ó la intachable hon- 
ra de beneméritos profesores. Uno principalmente había que 
era blanco de todos los epigramas, en caricatura y en leyen- 



79 

da: llamábanle el Frare Magí, por lo rubicundo, lo frondoso 
de megillas y lo carnosico del cerviguillo. Entre otros infini- 
tos caprichos que le dedicaron, recuerdo el siguiente estribi- 
llo, que tuvo que tragarse durante dos ó tres años, en letras 
gordas, y en uno de los sitios más visibles. 

€¿Per qué lo frare Magí 
sembla un gall ben enllardat? 
Perqué carrega de vi 
y té lo clatell pelat. > 

Los ilustrísimos Jefes de la casa se habían propinado una 
Rectoral con todo el atavío moderno; mobiliario de palo san- 
to, mullida alfombra, cómodos sillones de damasco, cortina- 
jes de ídem y la consabida escribanía de plata que campeaba 
en el centro de la mesa de despacho. 

Sólo tres Rectores conocí en los siete años: D. Domingo 
María Vila, antiguo progresista, D. Joaquín Rey, antiquísi- 
simo moderado, á quien Fernando VII había hecho magis- 
trado, porque en las Cortes del 20 ai 23 se mostró algo pro- 
picio á los señoríos; y el último, otro caballero ya entrado en 
años, procedente también de la magistratura; plantadete, ele- 
gantón y tan aprisionado en sus botinas que parecía andar 
sobre ballestas. No soltaba el puro de la boca; y cuando fui- 
mos á felicitarle en comisión por haber tomado posesión 
del Rectorado, creyó oportuno obsequiarnos con una bandeja 
de habanos. A cuyo galante ofrecimiento, el alumno encarga- 
do del speech contestó á nombre de todos, con esta solemní- 
sima pitada: «Gracias, no tenemos ese vicio.)) 

¡Anomalías españolas! El Secretario general no fué remo- 
vido en muchos años. ¡Siempre el mismo nuestro excelente 
plumífero! Peluquín entre castaño y bermejo, gafas verdes 
con gruesa montura de oro, caladas unas veces, otras levan- 
tadas sobre la frente, levita parduzca de manga semi-ajamo- 
nada. Coquetón en el andar, arrastrando la punta del pie de- 
recho, y arrastrándola más cada vez que os saludaba. Era el 
hombre de las reverencias y de las sonrisitas amables; braga- 
dito con los chicos, pero de buena pasta si le sabían tomar 
el aire. 



8o 



Del jardín botánico, que había sido huerta del Convento, 
se tomó en 1846 un gran solar para instalar la Facultad de 
Farmacia con aulas, laboratorio, gabinete y biblioteca. De 
manera que los caballeros boticarios consiguieron con facili- 
dad lo que no logramos obtener los pobres legistas, que á 
medirnos por lo mísero del local, bien podíamos ser incluí- 
dos en la categoría del sopista, terciado el manteo y rascan- 
do la guitarrilla. 



V 



Mas ¿qué importaban las estrecheces del material, si de 
sobra con el personal se compensaba? 

No diré que todos nuestros Profesores de Derecho tuvie- 
ran igual talento ni la misma entereza para gobernar con ma- 
durez una cátedra; pero todos sabían y sabían mucho; los jó- 
venes en estudios modernos, los viejos como erudición y pro- 
fundidad, si bien con algunos resabios de Cervera. 

Dos había de estos cerverinos que eran un pozo de ciencia; 
ergotístas de afición, glosadores de oficio, buscadores y re- 
buscadores de toda clase de rarezas que iban á sorprender en 
las últimas rinconadas de los Códigos. Grandes amigos de 
chascarrillos, paradojas, picantes anécdotas y palabrillas de 
doble sentido. Tipo conocidísimo en el profesorado de hace me 
dio siglo. Solazábase en extremo uno de ellos con tenernos en 
perpetua risa; como cuando después de haber hablado de los 
derechos y obligaciones del marido, y al pasar á la esposa, de- 
cía señalando á la puerta: «ahora entran las mujeres.» Y todo 
el mundo volvía instantáneamente la cabeza, creyendo ver 
penetrar por aquellos umbrales una legión de diablillos con 
faldas. En los exámenes gustaba mucho de desconcertar á 
los mejores alumnos soltándoles, por ejemplo, preguntas 
de este calibre: «Diga V., ¿qué hay de particular en el ma- 
trimonio?» 

El otro era un acérrimo catalanista, nacido, como decía 



8i 

Voltaire de Pascal, un siglo antes de lo debido, á juzgar por 
el imperio que va tomando en nuestros días aquella variedad 
del separatismo. Hacía gala de no conocer más que el latín y 
el catalán; menospreciaba el francés y se burlaba del caste- 
llano. Cierto día quiso asistir á su cátedra un alemán que 
andaba viajando por España, y aunque la entrada era pública, 
creyó del caso el infeliz pedir cortesmente permiso. Expresó 
su deseo en no sé cuántos idiomas; pero el profesor no enten- 
día ninguno ó aparentaba no entenderlo; hasta que ya cansa- 
do de tanta gerigonza, vuélvese airado al extranjero y le dice 
con la mayor secatura: «Hable V. en catalán y nos enten- 
deremos. » 

Tenía nuestro incomparable Maestro cierto adlátere que 
le sustituía en ausencias y enfermedades y aun solía danzar 
por otras cátedras cuando la necesidad lo requería. Sabiéndo- 
le flojillo de carácter y de medianos alcances, no había bella- 
quería que no inventaran para mortificar al santo varón. Por 
aquellos tiempos vivía Barcelona en constante estado de si- 
tio, con penas severísimas contra los que se permitiesen usar 
cualquiera clase de armas. Hubo una temporada en que la 
policía desplegó en este punto un rigor extremado, y cabal- 
mente en aquella ocasión, tocóle al desdichado sustituir la 
cátedra de Derecho penal. El día en que calcularon que se 
hablaría del uso de armas prohibidas, convinieron en llevar 
todos, debajo la capa, alguno de aquellos apéndices de con- 
trabando: quien puñal, quien daga, quien pistola, quien un 
cacho de florete y hasta apareció un trabuco recortado, que 
sabe Dios de dónde lo sacarían. Concluida la explicación, 
en el momento en que el Profesor acababa de preguntar á un 
alumno: — «¿Cuáles son las armas prohibidas?» — «Estas,» 
dijeron todos á un tiempo sacando de improviso á relucir la 
colección de herramientas. No he visto otro prójimo en tan 
amargo apuro. «VV. me comprometen y empiezan por com- 
prometerse á sí mismos; vendrá la guardia; dejen VV. esas 
armas en la portería.» Explicáronle la broma; el hombre se 
tranquilizó, y el lance no tuvo consecuencias. 

Dábame pesadumbre ver cómo abusaban de aquel bendito, 
que era el colmo de la blandura. Con tal franqueza nos tra- 

6 



82 



taba, que llegaba á confiarnos los asuntos más íntimos de su 
familia; nos explicaba el arte de hacer testamento en toda re- 
gla, cosa que, por no haber de qué, nos tenía á los chicos sin 
cuidado, y nos decía el modo de gobernarnos con la clientela 
cuando concluyésemos la carrera. Porque los clientes — eran 
sus palabras — son muy pillos y siempre están discurriendo la 
manera de pegársela al abogado. Por eso confesaba que 
siempre les apretaba las clavijas, sin el menor escrúpulo de 
conciencia, y nunca subía á estrados sin ponerles cuarenta 
durejos de gabela por el trabajo de aprenderse los informes de 
memoria. 

Otra víctima contra quien soplaban los gateras la llama 
de la sedición, era el primer Profesor que tuvimos de Eco- 
nomía. Hombre de prendas allá en sus verdes años. Pero 
entonces estaba en plena Villavieja, cegato, tardón en la pa- 
labra, y en su aula nos reuníamos cerca de 300 alumnos 
procedentes de varios cursos; efecto de aquel continuo zaran- 
deo á que perpetuamente viven condenadas las asignaturas 
llamadas auxiliares. Era la época en que hacía furor el Her- 
nani en el teatro de Capuchinos. Todos nos lo sabíamos de 
memoria. Cuando más engolfado estaba el Profesor en la solu- 
ción de un problema económico, toda la banda de la derecha 
salía entonando á la sordina la famosa romanza del barítono. 

Vieni meco, sol di rose 
Intrecciar ti vo'la vita. 

— ¡Silencio! — gritaba el Profesor volviéndose á la derecha 
y dando fuertes puñetazos en la mesa. Entonces los de la iz- 
quierda, aprovechando la distracción, cogían á su vez la es- 
trofa, y continuaban con brío: 

Vieni meco, ore penóse 
Per te il tempo 

— ¡Fuera! ¡Fuera! — vociferaba el hombre, ya descompues- 
to, levantado del sillón, batiendo el aire y en un estado de ex- 
citación indescriptible. Y como ya él nada oía, ni veía, ni en- 
tendía, la clase entera, como movida por un resorte, se. ponía 



83 

de pie, y en medio de una espantosa grita repetía setenta ve- 
ces la conclusión de la frase: 

no, no, no, no, non avrá. 

Avisaba al Rector, echaba á los cabezas de motín, llo- 
vían suspensiones, pero en vano. No hubo medio de corregir 
su mala estrella haciéndonos entrar en caja. 

Nótese bien una cosa. La mayor parte de estos desórdenes 
escolares no tienen su origen en los alumnos: vienen de más 
arriba. Sobre que la Economía política, tal como se explica- 
ba antes de Bastiat, era de un género absolutamente secante, 
lo monótono de aquellas explicaciones bastaba para retraer 
á los más celosos. Pues ¿y el texto? ¡La obra de D. Eusebio 
María del Valle! Además^ nos habían acostumbrado á una 
muletilla para salir del paso en cualquier apuro. Con decir: 
«Esto depende de las circunstancias,» estábamos al cabo de 
la calle. — «¿Cuáles son los elementos del precio? — Esto de- 
pende de las circunstancias. — ¿Cuál es la ley de los salarios? 
— Esto depende de las circunstancias. — La renta de la tierra, 

la formación del capital — Diré á V.... depende de las 

circunstancias.» 

Forma de dar atractivo á una asignatura, con manjar tan 
esquisito. Así se espaciaba el espíritu cuando, al dejar aquel 
tócame Roque, entraba uno en la cátedra de Feixó, distingui- 
do profesor de Romano. Todo hacía simpático á Feixó, hasta 
su quebrantada salud. Joven, rubio, pequeñito, tisiquillo, de- 
vorado por los estudios y los trabajos de bufete, que abre- 
viaron sus días. Tenía una elocuencia dulce, persuasiva y 
correctísima. Siempre serio, siempre digno, siempre levan- 
tado. Espíritu enteramente moderno, que á fuerza de talento 
y asiduidad, iba siguiendo el paso á las últimas evolucio- 
nes de la ciencia con Hugo, con Savigny, con Niebuhr, con 
Ortolán. 

Por otro estilo, eran también muy estimados los Dres. Ver- 
gés y Sivilla: ambos canonistas. D. Tomás Sivilla, hoy Obis- 
po de Gerona, era entonces seglar: sencillo de maneras, com- 
postura grave y mesurada, palabra insinuante, empapado en 



8 4 

su Disciplina eclesiástica, que exponía con claridad, muy me- 
tódicamente y sin arranques. Los arranques quedaban para 
su compañero Vergés, también seglar entonces y viudo con 
siete hijos. Del género tremebundo: largo, moreno, señalado 
de huesos, formidable acento y unos brazos y unos puños, 
que en su caso podían emplearse á guisa de argumentos. Di- 
ficulto que haya en España quien, como canonista, le haya 
superado. Eso sí, rabioso ultramontano. No digo Van Espén 
ó Aguirre: ni Cavallario, ni Selvaggio, ni el infeliz Devoti le 
satisfacían. Cuando tropezaba, en la explicación, con algún 
personaje de la Reforma, con Lutero, Cal vino, Zwinglio ó con 
Melanchton, daba unas voces tan cañoneras que se oían des- 
de la calle. Y como al mismo tiempo era buen orador, y tenía 
robusta y cadenciosa frase, y, al hablar de los enemigos de 
la Iglesia, le centelleaban los ojos y la boca le espumaba, nos 
tenía atónitos, inmóviles, casi aterrados; y, más que por lo 
que decía, llegaba á convencernos por lo que espantaba. Si 
hubiese vivido en el siglo XVI y al alcance de su mano hu- 
biera pillado á los héroes del protestantismo, quizás, quizás 
estaría de más el Concilio de Trento con sus definiciones y 
anatemas. Un buen tirón de orejas de Vergés hubiera bastado 
para imponer perpetuo silencio á aquellos demoledores. 



VI 



Había tres hombres superiores: Martí de Eixalá, Perma- 
nyer y Figuerola: el primero, menos conocido en Madrid que 
sus dos colegas. Martí de Eixalá explicaba Derecho civil es- 
pañol, pero ante todo era un filósofo: pertenecía á la escuela 
escocesa, cuyas doctrinas habían penetrado en España por 
conducto de Cousín y de Jouffroy. Por consiguiente, partida- 
rio decidido del método de observación, preconizado para las 
ciencias morales por Tomás Reid y Dugald Stewart: como 
ellos, enemigo de la conjetura y de la hipótesis: como ellos, 
encerrado en el estudio de los hechos, de sus caracteres y de 



85 



sus relaciones; es decir, de lo fenomenal para llegar á la cer- 
tidumbre. Rara coincidencia entre la filosofía escocesa y la de 
los modernos positivistas. Pero, para seguir en todo á sus 
maestros, Martí se separaba en una cosa de lo que hoy llama- 
mos positivismo: en admitir verdades a priori, simples, espon- 
táneas, universales y, á su modo de ver, irreductibles é inde- 
mostrables, que llamaban verdades de sentido común, él y 
todos los hombres de su escuela. Nosotros somos los defen- 
sores del sentido común, me decía Javier Lloréns, su herma- 
no en Filosofía. 

No me encantaba esta doctrina, porque el criterio del sen- 
tido común es de lo más arbitrario que haya podido inven- 
tarse como fuente racional del conocimiento; pero el método 
salvaba á los adeptos de la escuela escocesa. Los análisis de 
Martí eran incomparables: sus libros todo sustancia, todo 
realidad, todo precisión de juicio. Parecían como las obras 
de Bluntschli; apuntes extractados de un trabajo magistral 
guardado en la cabeza. Y aquella severidad en el escrito y 
aquel rigorismo de la pluma se retrataban en todo el exterior 
de la persona. Caminaba muy derecho, con paso firme, la 
mirada alta; y cuando le veíamos cruzar los claustros tan 
erguido, con largas tirillas, la mano derecha metida, á lo 
Guizot, en el chaleco, y colgado del antebrazo izquierdo el 
bastón en forma de cayado, decíamos todos que aquel grave 
personaje no era un simple mortal, sino una institución, y en 
vez de Martí, le llamábamos la Martinidad. Nunca decaía en 
la conservación; y tan absorto estaba y tan poseído de lo que 
decía, que si por ventura os paraba en la calle, empezaba 
distraídamente á desabrocharos uno á uno los botones de la 
pechera y os marcaba el compás de las palabras sobre la mis- 
mísima tabla del pecho, con unos dedos muy descarnados y 
puntiagudos. 

La cátedra era su escenario. Allí se crecía, allí imperaba, 
allí triunfaba. Aunque de palabra premiosa y con la manía 
de remedar el acento andaluz, era la admiración de todos 
apenas abría la boca. ¡Qué lógica! ¡qué claridad de exposi- 
ción! ¡qué elevación y qué novedad en las ideas! No exponía 
las doctrinas, las esculpía en el fondo de las inteligencias. 



86 



Aquel buril, aquel cincel me embelesaban. Mas satisfecho sa- 
lía yo de una árida lección suya que de oír un delicioso con- 
cierto. A aquel hombre debí seguramente la segunda tras- 
formación de mi espíritu. Si Martí de Eixalá hubiese expli- 
cado en Francia ó en Alemania, su nombre hubiera alcanza- 
do fama europea. Túvola más modesta y no escasa sin salir 
de España; varias obras suyas, entre ellas los Elementos de 
Derecho Mercantil, gozan de grande autoridad en nuestras es- 
cuelas. Dos ó tres veces fué diputado á Cortes, pero con poca 
fortuna. Sus discursos no gustaron. Pidal, padre, le trató 
una vez de visionario, á propósito de la ley de vagos. Prue- 
ba, en mi concepto, de que los hombres dados á la alta es- 
peculativa no se ajustan fácilmente á los trotes parlamenta- 
rios ni logran acostumbrarse al teje maneje de la vida po- 
lítica. 

Con menos talla científica que Martí de Eixalá, Perma- 
nyer alcanzó mayores triunfos; porque era mejor orador, de 
genio más comunicativo y con más talento práctico. Cuando 
cogió nuestro curso, acababa de hacer oposición á la cátedra 
de Códigos españoles, que desempeñó largos años. Hombre 
de horizontes. Sus programas revelaban un profundo conoci- 
miento de nuestras instituciones jurídicas. Faltábale tiempo 
entonces para redactar una obra de texto; hubiera llenado un 
gran vacío que no cubrieron después los siete tomos de don 
Benito Gutiérrez. Pero, al contrario de Martí, sepultado en su 
gabinete de estudio, Permanyer era hombre de bufete abierto, 
lumbrera del foro catalán. Tenían que marchar juntos en él, el 
jurisconsulto y el abogado, la ciencia y el pedimento: tarea 
muy difícil. También vino á Madrid de diputado á Cortes, 
haciéndose aplaudir en el Congreso por su fácil palabra. 
Fué aquella una época de grandes abogados parlamentarios: 
Permanyer, de Barcelona, Bedmar, de Sevilla, y Alonso Mar- 
tínez. 

A Permanyer llevóle Concha al Ministerio de Ultramar. 
Desgracióse como Ministro; tanto había que hacer allí, que 
el pobre no hizo nada. En lo poco que quiso hacer, ayu- 
dáronle sus dos amigos, Juan Mañé y Estanislao Reynals, 
director el primero, y el segundo redactor del Diario de 



8 7 

Barcelona. Ante la magnitud de la empresa, los tres estaban 
descorazonados. — ¿Sabes — me decía Reynals — cómo tomo yo 
mi paso por las oficinas del Ministerio de Ultramar? Pues, 
como si me dijeran: vaya V. á Fernando Póo y conquiste V. 
aquello. — ¡Lástima de país donde así se esterilizan los hom- 
bres sacándolos de su verdadero centro! 

Alcanzónos Figuerola, con gran fortuna nuestra, para en- 
derezar, en unas cuantas lecciones bien aprovechadas, la tor- 
cida é indigesta Economía política que habíamos estado pa- 
deciendo; y al siguiente año, nos dió el curso completo de 
Derecho político y administrativo. 

Ya llegarán los tiempos en que hablaremos del Figuerola 
político y hombre de Administración; juzguémosle ahora co- 
mo Profesor. Rondaría entonces por los treinta ó treinta y dos 
años, tan enjuto de carnes y tan paquetito de nervios como 
ahora; espíritu grande, de aquellos que, según una frase feliz 
de Víctor Hugo, toman un cuerpecillo de pretexto para poder 
pasearse por la tierra. Cuando se encargó de nuestra cátedra, 
recientes estaban en la memoria las brillantes oposiciones que 
acababa de hacer á la de Derecho político y administrativo 
de Madrid, ocupando el primer lugar de la terna. Le es- 
camotearon la plaza y tuvo que contentarse con la Cátedra 
de Barcelona, á la cual iba aneja la otra asignatura de Eco- 
nomía política. 

Acaso el mismo Figuerola, con su conocida modestia, no 
se habrá fijado en los graves perjuicios que ocasionó á la en- 
señanza aquella su postergación para la cátedra de Madrid. 
Madrid es el gran laboratorio de hombres políticos. Será for- 
tuna, será desgracia, no lo discuto: es un hecho. Tampoco 
discutiré si la cátedra de aquella especialidad en la Central es 
ó no capaz de formar la opinión general de la juventud; por 
lo menos, contribuye, en cierta medida, á formarla, dejando 
en el espíritu de los chicos aprovechados aquel pliegue que no 
se quita ya, ni con el deterioro de los años, ni con las mu- 
danzas de la fortuna. Presidentes del Consejo, Ministros de 
todos ramos, oradores de primera talla, raro es el que no ha 
pasado por el tamiz de la Central antes de salir á gobernar- 
nos. Muchos de los que bullen desde el 54, estudiaron Po- 



88 



lítico en aquella época. ¡Quién sabe lo que hubiera logrado 
de ellos la causa liberal si, ocupando Figuerola el puesto que 
legítimamente le correspondía, hubiese podido dirigir, desde 
un principio, aquellas ricas inteligencias! Otros vinieron que 
las hartaron de justo medio: así han seguido luego y en estado 
de absoluta impenitencia. Deplorémoslo, ya que no hay otro 
remedio; deplorémoslo los que todavía creemos en la in- 
fluencia de los maestros. 

En cambio, lo que fué dura contrariedad para la juventud 
de Madrid, fué soberana dicha para la de Barcelona. Dándo- 
nos á conocer las Armonías, de Bastiat, que empezaban á me- 
ter ruido, Figuerola nos hizo cobrar gran afición á los estu- 
dios económicos. Lo mismo sucedió con los políticos, ensan- 
chándonos la vista con el sistema de Ahrens y trazándonos 
las grandes líneas de la ciencia administrativa. Su palabra no 
era rica: su concepto, opulentísimo. ¿Qué diré de aquella en- 
vidiable originalidad que tanto resplandecía en sus explica- 
ciones? Chispitas de ingenio que iba sembrando en los más 
menudos detalles de una exposición científica. Era inútil acu- 
dir á los libros que citaba ó que le suponíamos de consulta. 
Siempre había en él algo nuevo, algo que no se había dicho 
ni escrito, algo en que se destacaba su personalidad vigorosa. 
Nos dominaba, nos avasallaba, nos absorbía, y como dóciles 
borregos manejaba á aquellos mismos que tantas pesadum- 
bres habían dado á su antecesor en la cátedra. 

Figuerola es de los pocos hombres que han hecho discípu- 
los en España. No de los discípulos que ganan notas en 
examen ó se habilitan para el grado, sino de aquellos otros 
que toman en brazos una doctrina, que la contornean, la en- 
sanchan, la propagan y llevan su contigente personal de luz 
al perfeccionamiento de las ideas. 



8 9 



SECCIÓN SEGUNDA 

Una vuelta por los bancos. — Sí, creo que sí. — Sección americana. — Ojo al 
uniforme. — Fantasmones y excéntricos. — La pléyade de los futuros. — Mon- 
casi: los hermanos Ríos. — Tsan-tsai-tsu. — | Apunten! — La política del mie- 
do. — Cursos complementarios. — En qué se ocupaba Horacio. — D. Antonio 
Bergnes de las Casas. — El inglés. — Cornología. — Ensayos de Profesor. — 
¿Qué entiende V. por cuerpos flotantes? — La mano del Clero. — Tres estre- 
nos. — Quod erat demonstrandum. 



I 

Ahora será bien que nos demos una vuelta por los bancos, 
diciendo algo de mis condiscípulos de Derecho, tan dignos 
de honrosa mención como los ya citados de Instituto. Con 
esto, quedará redondeada la parte relativa á mis estudios 
de Facultad; lo cual, agregando otras menudencias, nos 
obliga á traspasar, por breves instantes, los límites de tiem- 
po asignados á este capítulo. Pero así lo exige la unidad de 
plan, á reserva luego de retroceder, emprendiéndola con el 
año de 1846, como punto de partida de otro género de cu- 
riosidades. 

No he de citar muchos nomores propios. En toda colecti- 
vidad existe el montón anónimo que oscuro nace, oscuro vive 
y oscuro morirá. Excusaos de pensar en dar á esos prójimos 
relieve y colorido. Son cantidades negativas, simples vege- 
taciones para las cuales se inventaron aquellos conocidos 
versos: 

c Nació, vivió, casóse con Victoria, 
tuvo un hijo, murió, se fué á la Gloria. > 

Nuestra cátedra era una ensalada de mallorquines, valen- 
cianos, aragoneses , americanos , algún castellano, tres ó 
cuatro andaluces, y naturalmente, la mayoría catalanes. Toda 



go 

era gente bien dispuesta para la faena: raro el alumno que 
no tomaba notas; y tan general el aprovechamiento, que, 
años y años después, todavía me citaba Permanyer aquel 
curso con grande elogio, diciendo que no había conocido otro 
igual, ni era fácil tenerlo. 

Había en el grupo andaluz un jembro rondeño de primera 
caliá y de lo más echado para adelante. Siempre embozado 
en su pañosa verde con vistas de terciopelo carmesí: espesas 
patillas unidas al bigote, á lo Zumalacárregui: camorrista, 
torero, caballista, invencionero, muy preciado de bandurria y 
guitarra, que andaba rascando por las tertulias de confianza: 
único para el cante flamenco, que, si ahora tuviera que exa- 
minarle Juan Breva, como entonces le examinaron los seño- 
res del Claustro, no nos dejaba para un diente una nota aven- 
tajada. Era la pesadilla del catedrático catalanista con quien 
sostenía, en clase, diálogos saladísimos, tomándole el pelo: 
envolvíale á lo mejor en un culebreo por lo crúo, de que el 
otro no entendía una palabra; al contrario, muy sentido de 
los potajes que le hacían; y al final, y como por vía de epílo- 
go, condensaba todas sus respuestas en un zi, creo que zí, ó 
en un no, creo que no, por supuesto, con mucha sandunga, y 
toa la grasia e Dió. 

Nuestra sección americana se componía de cuatro ó cinco 
muchachos antillanos, entre ellos los hermanos Juan y San- 
tiago Vidarte, y Pablo Saez, después famoso abogado de 
Puerto Rico y una de las más sólidas cabezas de la clase. El 
menor de los Vidarte se nos murió durante la carrera. Todos 
le llevamos con lágrimas á la última morada, no sólo por 
compañerismo, sino porque se había sabido granjear las vo- 
luntades con sus bellísimas dotes personales. Dejó un tomito 
de poesías que prometían. Delicados estos versos de su «Oda 
á Belisa:» 

< Duerme, sí, linda Belisa, 
y en tus ensueños de amores, 
conságrame una sonrisa, 
dulce y pura cual la brisa 
que mece blanda las flores. > 

Notable en los versos del género inconexo. 



9* 



<Un día de gran calor 
que en Cuba estaba nevando, 
vi á Luis Felipe cantando 
la jota y el Trovador. > 



«Estaba César Augusto 
dando de mamar á un guante ; 
y Colón, el Almirante, 
le quiso pegar un susto; 
mandó llamar á San Justo 
y le vistió de doctor: 
cuando un lindo ruiseñor 
vió á Moisés salir de misa 
cantando, más que de prisa, 
la jota y el Trovador. > 



«Un paraguas y un reló 
arrodillados estaban 
en una iglesia, y rogaban 
envueltos en un paltó: 
entretanto, al dominó 
jugaban en un taller 
un ómnibus de alquiler 
y un severo magistrado, 
mientras yo corría asustado 
viniéndote á socorrer.» 

Paisanito suyo era un sujeto, no me atrevo á decir mucha- 
cho, que tenía una de nuestras primeras sombras. Corte in- 
glés: planchado, replanchado, foques, chaleco blanco, boca 
de piñón, ancha patilla y afeitado el bigote. En lo demás, 
americano de ley: brillantes en los dedos, brillantes en la pe- 
chera, brillantes en los gemelos, brillantes en la cadena, y en 
el puño del bastón un gruesísimo topacio. Un merenguito en 
el trato. Solía entrar en cátedra media hora después de lo 
regular, cuando ya estaba todo ocupado. Iba á dejar el som- 
brero en un ángulo del salón, y luego cruzaba por entre las 
filas con una carita de Pascua Florida, los ojos vivos y bulli- 
ciosos, saludos á un lado y á otro, y una mueca de las más 
gitanas; taconeando, haciendo crujir las botas, el bastón de 
rico carey danzando entre los dedos de la mano derecha, y 
jugando con sus diges de sonajilla, como una jaquita jerezana 



9 2 

armada de cascabeles. Un acontecimiento diario aquella en- 
trada triunfal: hilaridad general en la galería. 

No era nuestro americano el único tipo entre los excéntri- 
cos. Hacíale coro un joven mahonés de ilustre prosapia, ami- 
go del relumbrón y dado á la bisutería: almacén ambulante 
de sortijas, muestrario de relojes, con leontinas como cables, 
solapas de chaleco á lo Robespierre, muy lácio, tan escaso de 
ojos como de entendimiento, y perdido en las alas del som- 
brero un rostro macilento y menudo que parecía que á chu- 
pones lo habían ido secando. Con él alternaba mucho otro 
galancete de los que toman el espejo por perpetuo confidente. 
Mirábase en todos los cristales de las tiendas, pasándose á sí 
propio unas revistas que ni las de comisario; y según se me- 
recía aplauso ó vituperio, así se decretaba una amable sonri- 
sita ó una geta de á palmo. Por él supe esta noticia intere- 
sante: que el sastre Fábrega, de la calle de Escudillers, no te- 
nía rival para los fraques de cartera y las levitas abrochadas. 

Otro que pertenecía á la nobleza, como decían todavía en 
mi tierra, tenía la manía de los uniformes, en cuyo impor- 
tantísimo capítulo lucía una erudición prodigiosa. Sabíase al 
dedillo la aplicación de cada entorchado, el de ojillos, la barra 
de oro, la barra de plata, la palma entrelazada, cuál convenía 
al diplomático, cuál al covachuelista, al gentil-hombre, al ma- 
yordomo de semana, al secretario de S. M. con ejercicio de 
decretos. Mostrábase inflexible en punto á uniformes milita- 
res: la pluma blanca en el sombrero de un Teniente General, 
aun siendo Grande de España, debía, según él, figurar entre 
los mayores delitos previstos por el Código. Era maestrante 
de la Real de Ronda, cuyo atavío de oro y azul, con peto en- 
carnado, ostentaba gallardamente en Semana Santa y en las 
procesiones del Corpus; muy quejoso de que en esto le hubiesen 
hecho desgraciado las consideraciones 'de familia. Ronda le 
parecía mejor que el blanco y azul de la maestranza de Grana- 
da; pero hubiera preferido cien veces el rojo y plata de la de Se- 
villa. Rojo, rojo vivo, vivísimo: esto era lo de sensación: esto 
lo que os planteaba un hombre; lo que le daba viso á los ojos 
de la mitad bella. El pobre buscó á sus penas un ligero alivio. 
Cruzóse de San Juan; y así medio de ocultis, iba zanqueando 



93 

en ciertas ceremonias con la casaca colorada y el lloroncito 
blanco: triste recurso, decía él, para los de su clase, porque, 
en concepto suyo, aun esto mismo lo iban encanallando. 

Para que no faltase el contraste, rondaba por claustros y 
rincones, solitario e pensoso, un original de traje lampiño, ceño 
descontento y cara emboscada en su barba. Buen alumno, 
pero con puntas de maniático, á juzgar por sus greñas, su 
poca intimidad con el lavabo, su vista extraviada, sus raros 
ademanes, su palabra tempestuosa y los extraños discursos 
que espetaba al catedrático cuando le preguntaban. Justo 
con él, emparejaba otro cofrade de su talle, un mocito de 
Granollers, que, en los siete años de carrera, no logró soltar 
el pelo de la dehesa. Este, además de lo rústico y estrafala- 
rio, se hacía notar porque nunca acertaba con las definicio- 
nes, ni con el recto sentido de las palabras. Preguntado de 
dónde sacaba ciertsaideas muy originales: — «de las ancas,» — 
contestó, queriendo decir del apéndice del texto. 

Menos santo que todos ellos era un muchacho aragonés de 
muy ancha y rasgada conciencia, que tuvo un día la extrava- 
gancia de ir al paseo de la Rambla en mangas de camisa. 
Jactábase de tener á su Madre á régimen de disgusto perpe- 
tuo, y así debía de suceder, según era de maniroto , plagado 
de vicios, traginador de mentiras y embeleco vivo. No escri- 
bía más que una vez al mes, y sus cartas se reducían á estas 
palabras: «Querida mamá: dinero, dinero, dinero. Su hijo que 
la quiere: Ta/.» 

II 



Pocos de los jóvenes de mi curso han llegado á grandes 
alturas. En mis tiempos, la Universidad de Barcelona daba 
escaso contingente á la política. Todo el mundo tomaba la 
carrera por el lado prosaico. Cogido el título de Licenciado, 
cada chorlito á su olivo: quién se dedicaba á cuidar sus ha- 
ciendas, quién á matar el piojillo, como pasante de abogado, 
quién á desplumar clientes en toda regla, pedimento en ristre. 



94 

No se estilaba todavía lo de encaramarse al oficio de 
mandón, casi con el destete de la licenciatura: hoy mamón- 
cilio, mañana al frente de una ínsula: hoy calabaceado en 
Cánones, mañana mano á mano con el Nuncio, queriéndose- 
la jugar de puño á la Curia romana. 

Aun entre aquellos mismos que han hecho después algún 
papel, no sacaríamos media docena de catalanes. Los demás, 
tenían otra procedencia: Mariano Aguiló, Ocón, Manolo Mon- 
casi, Rufo del Negro y los hermanos Ríos Acuña. 

Mariano Aguiló pasaba en clase por el literato de la com- 
pañía. Mallorquín de gran provecho y excelente poeta. Vivía 
de asiento en la biblioteca de San Juan, desenterrando trovas 
y cantares lemosines. Así, arañando de acá y de acullá, fué 
como tomó comienzo esa brillante escuela de los felibves, que 
tiene hoy por principales mantenedores al francés Federico 
Mistral y á nuestro Víctor Balaguer. 

Juan Domingo Ocón ha figurado mucho en el partido fe- 
deral y desempeñó la Subsecretaría de la Presidencia del 
Consejo de Ministros en tiempos de Pi y Margall. De mucho 
antes era conocido Rufo del Negro, amigo y confidente de 
Vega Armijo cuando los acontecimientos del 54. Secretario 
suyo en el Gobierno de Madrid, después abogado fiscal en el 
Supremo de la Guerra. Murió en edad temprana, y con su 
simpática viuda se casó en segundas nupcias D. Cándido No- 
cedal. 

¿Quién no conocía en Madrid á Manuel Moncasi? Todo 
contribuía á ello: su gran figura, su notoriedad en el partido 
progresista, su enlace con mi inolvidable amiga la Condesa 
de San Félix, y hasta el punzante mote con que le calificaba 
cierta dama que nunca se preció de muy agradecida á los 
servicios de los liberales. 

No revelaba de estudiante el pobre Manolo las dotes de ca- 
rácter y expedición que acreditó después en la vida pública: de 
carácter por los peligros que supo arrostrar en críticos mo- 
mentos: de expedición por la discreta manera como supo go- 
bernarse en los mandos y otros destinos que se le confiaron. 
Siempre le tuve en mucha estima, apesar de que su modo 
de vivir difería bastante del mío cuando cursábamos juntos. 



95 

Tenía esa noble franquezota y ese cordial coram vobis que 
tanto me encanta en la gente aragonesa. Solía juntarse, antes 
de clase, con un muchacho catalán agudísimo, y ambos se 
entregaban á un chispeante discreteo que nos traía embelesa- 
dos; y como Moncasi era tan grandón y el otro un hombre- 
cillo menudo, todo chillido, el contraste de las figuras hacía 
el cuadro más ameno y divertido. 

Los Ríos Acuña eran sobrinos de D. Antonio de los Ríos 
y Rosas é hijos de D. Francisco, entonces Presidente de 
Sala en Barcelona y después compañero mío en el Consejo 
de Estado. Gallardos mancebos los dos hermanos; el mayor, 
Eduardo, regentó después varias Audiencias; el menor ha 
desempeñado Gobiernos de provincia y altos puestos en las 
oficinas centrales. 

III 



Lo natural: en cátedra cada cuál se forma su círculo ínti- 
mo. Yo lo reduje á solos dos amigos de idénticas aficiones á 
las mías. Unos nos llamaban el triunvirato; otros. la Trinidad; 
nosotros nos dimos un monograma chinesco: Tsan-tsat-tsu, 
con las primeras sílabas de nuestros respectivos apellidos: 
Sanromá, Satorras, Suris. La verdad es que nos completá- 
bamos. Poco podía aportar yo á la masa social, pero lo que nos 
daba Satorras en viveza, penetración y grandes facultades 
perceptivas, lo aumentaba Suris con su aplomo, su espíritu 
analítico y la profundidad de su talento. 

En mi vida he conocido otro compañerismo más cordial 
ni más seguido. Juntos nos sentábamos en clase; juntos re- 
dactábamos nuestros apuntes; juntos nos encontrábamos en 
mi casa una vez al día para cambiar impresiones; juntos nos 
preparábamos para los exámenes. Aquella sociedad de soco- 
rros mutuos nos daba una fuerza incontrastable. Cuanto 
nuevo se escribía sobre la asignatura, caía inmediatamente 
bajo nuestra jurisdicción, á fuerza de pesquisas. Librerías, 
baratillos, bibliotecas, coleccionadores, todo lo poníamos á 



96 

contribución durante el curso. De esta manera sorprendía- 
mos el secreto de los Profesores más ladinos. Ya lo he dicho: 
sólo Figuerola se nos escapaba. Hacíamos largos extractos 
de lo que leíamos, poniéndolos al margen de nuestras notas 
de cátedra. ¡VayaV. á competir con una policía científica 
de esta especie! Por esto nos tenían alguna envidieja cuando 
nos presentábamos en Junio ante los tribunales de examen. 
Claro: íbamos perfectamente blindados, pertrechados como 
nadie para resistir los más fuertes embates. 

¡Cómo recuerdo al pobre Miguel Suris! Uno de aquellos 
seres extraños, cuya vida parece ser el pasatiempo de una 
muerte. Casi cadáveres los arrojan del claustro materno á un 
mundo que no es el suyo, al mundo de la materia, y la ma- 
teria los rechaza en seguida á la región de los espíritus, siem- 
pre con las garras del dolor clavadas en las entrañas. Lucha 
formidable de algunos años en que el espíritu forcejea con la 
carne y la carne forcejea con el espíritu, y cede la carne al 
fin como afligida como avergonzada de aquella su mayor mi- 
seria y flojedad ante las inmensidades del alma. 

Diez años duró mi amistad con Suris. Era como verle por 
un resquicio de su sepulcro. Verdoso, demacrado, mortecino 
el labio, la voz apagada, hundidos los ojos, aliento fatigoso, 
una tosecilla denunciadora. La batalla se daba en los pul- 
mones. La culebra estaba en el pecho. Pero, ¡qué voluntad 
y qué ricas energías, y qué decisión por la vida! Carácter 
eminentemente subjetivo, se abstraía horas enteras de toda 
realidad, y navegaba por los espacios creyendo matar las 
dolencias del quebradizo cuerpo con lo sano y robusto del 
espíritu. Aquella inteligencia había entrado en pleno vigor á 
los diez y ocho años. Su fuerte eran los estudios filosóficos. 
Pasmaba oír á aquel niño hablar del panteísmo oriental, del 
de Spinoza ó del hegeliano, de la doctrina socrática, de Aris- 
tóteles, de los escolásticos, del idealismo de Kant, de las úl- 
timas evoluciones alemanas. Dos obras tenía ya en proyecto: 
una titulada Panteón español , que empezamos á borronear 
juntos: otra sobre la Escuela de Alejandría. 

Todavía tuvo tiempo para darse á conocer en Madrid. 
Vino de Diputado á Cortes en las Constituyentes del 54, y 



97 

llamó la atención con una enmienda y varios discursos sobre 
la soberanía nacional, declarándose partidario de las ideas 
más avanzadas. Ya le quedaban pocos días de vida. Soste- 
níase artificialmente con ayuda de tónicos, y haciendo de la 
comida un puro sinapismo á fuerza de mostaza y pimienta. 

Antonio Satorras, por fortuna vive. Hijo de un antiguo 
y respetable Senador moderado, ha seguido las huellas de 
su Padre. Pasó también rápidamente por las Cortes, pero 
por punto general no se ha movido de Tarragona, donde 
ha ejercido varias veces algún cargo político, como uno 
de los jefes más autorizados de aquel partido conservador. 
Después de veinte años de separación, tuve hace poco tiem- 
po el gusto de estrechar su mano. Ambos nos quedamos 
hechos una pieza de vernos tan trocados: yo, sin aquel buen 
humor que de muchacho gastaba: él, sin aquella movilidad, 
aquella animación, aquella risa franca y natural, que ha- 
cían de su amenísimo trato una continua fiesta. Sí: ambos 
pudimos medir en un solo y cordial abrazo las largas distan- 
cias recorridas. Sí: ambos nos encontramos. ¿Volveremos á 
encontrarnos antes de la eterna despedida?... 



IV 

Aunque los catalanes tenemos fama de revoltosos, la estu- 
diantina de mi país ha dado pocos disgustos álos Gobiernos. 
En un aprieto pusimos, sin embargo, nosotros al de nuestra 
época, del cual tuvo en gran parte la culpa la misma Autori- 
dad por lo atropellada y lo falta de mesura. 

La ocasión de la pendencia fué una niñería. Dos chicue- 
las, que vivían frente á la Universidad, andaban, en galan- 
teos con unos alumnos: apercibióse el hermano, que era 
hombre de agallas, y anunció una soberbia paliza á todo pa- 
rroquiano que se atreviera á rondarle la casa. Puesta esta 
suave admonición en conocimiento del ilustre gremio esco- 
lar, convínose en que cada hijo de vecino se presentaría al 

7 ' 



98 

día siguiente con un descomunal garrote. Los rolins estaban 
en mayoría. Empezaron á llover palos y pedradas; mas ya el 
tumulto se iba apaciguando, cuando de súbito vemos desem- 
bocar por la calle del Carmen una partida de Mozos de la 
Escuadra, mandados por su Coronel en persona. Sin más acá 
ni más allá, la primera intimación fué apuntar los fusiles; no 
corrió la sangre, gracias á la prudente intervención del digno 
Jefe político. 

La salvaje actitud de aquella fuerza acabó con las pocas 
simpatías que conservaban los Mozos de la Escuadra desde la 
época del Conde de España. La casa de Veciana había crea- 
do aquel instituto á fin de limpiar de malhechores el monte y 
los caminos. D'Espagne, y tras él los moderados, lo distraje- 
ron de su objeto, empleando muchas veces á los Mozos en 
perseguir y atropellar á ciudadanos pacíficos y honrados. En 
vez de la salvaguardia del país, iban siendo su pesadilla. Más 
que pesadilla, pudieron ser aquel día motivo de grandes amar- 
guras para un centenar de familias barcelonesas. 

Mas no paró aquí el lance. Hubo quien se propuso hacer 
algo más sonado que el Coronel de los Mozos, y fué el Exce 
lentísimo Sr. Capitán general del Principado. No bien, á la 
voz del Jefe de la Provincia, acabábamos de replegarnos en 
pacífico ademán dentro del recinto universitario, cuando em- 
piezan á descolgarse de todas direcciones fuerzas y más fuer- 
zas de infantería y caballería con algunos cañones de grueso 
calibre. Un caramelito de estos en cada bocacalle: un par 
de regimientos desplegados en orden de batalla: húsares y 
lanceros en la Rambla de Estudios y en la de San José; hasta 
camillas: repartido por la población el resto de la tropa. S. E. 
no había calculado mal; para contener á un par de docenas de 
chiquillos levantados de cascos, bien era menester enviar, con 
pie de ejército, seis ó siete mil soldados armados hasta los 
dientes. ¡Qué ocurrencias tan divinas suele tener la política 
del miedo! 

¿Cómo, sin nota de insensatez, ponerse á luchar con tanta 
gente? Hubo que escurrir el bulto, y empezó el desfile de los 
sublevados por la puerta del Botánico. Sobre los que nos aven- 
turamos por la principal, vinieron á caer los jinetes con sa- 



99 

ble de plano. Yo, al torcer por la calle den Xnclá, di conmi- 
go en el suelo de un soberbio empellón, y á duras penas pu- 
de levantarme, no sin crugido del costillaje. Prendieron á va- 
rios, probablemente no de los más culpables, sino de los más 
regazados, y los llevaron á la Ciudadela, donde, para no des 
mentir lo ruso del procedimiento, por suma gracia les con- 
cedieron trabajar ocho días con los presidiarios. - 



V 



Poco antes de estos acontecimientos había yo tomado el 
título de Doctor en Letras apro\ echando las facilidades del 
plan del 45. Aquel año me lo pasé como bozal en trabajo; 
curso de Literatura latina, curso de Filosofía y su Historia, 
curso de Griego, curso de Inglés: ainda mais, mis cátedras 
de Derecho. Un reventón. 

Era una delicia la clase de Literatura latina, con cuatro 
biografías mal aderezadas, dispuestas en forma de diálogo y 
preguntas del tenor siguiente: — «¿Qué dicen de esta obra los 
periódicos? — Que es un libro excelente, metódico, etc. — ¿En 
qué se pasaba Horacio los ratos de ocio? — Tocando la flauta,» 
— contestaron una vez, y el Profesor, con mucha sorna: — 
«Déjese de flautas y de pitos y vaya derecho á la cuestión.» 

Mi profesor de Griego, D. Antonio Bergnes de las Casas, 
pasaba, y con razón, por poseer como nadie el don de len- 
guas. Camus decía de él que sabía todos los idiomas menos 
el español, en lo cual, y sin hacerle agravio, se equivocaba 
de medio á medio el docto é ingeniosísimo catedrático de la 
Central. Bergnes conocía el español literario tan á fondo co- 
mo el mejor hablista; lo que no conocía bien era el familiar, 
y no era extraño viviendo, como vivía, en un centro donde 
se habla el catalán á todo pasto. Toma: los de Madrid tienen 
en este punto algunas exigencias que no son de ley. Preten- 
den hacer pasar por buen castellano el uso de ciertos voca- 
blos, giros y modismos, más de provincia que rigorosamente 



100 

nacionales; y contra esto nos rebelaremos siempre los que no 
hemos nacido castellanos ó andaluces. Ya se quejaba de ello 
el mismo Bergnes. Cuando emprendió la publicación de su 
gran «Biblioteca de Autores alemanes,» en traducción caste- 
llana, creyó conveniente dar á la colección el título de Ger- 
mania. Germania era un nombre acreditado para el caso en 
la propia Alemania, en Inglaterra y en Francia , y si no me 
engaño, Savoie acababa de ponerlo al ¡Frente de su Crestoma- 
tía. ¿Cómo lo tomaron nuestros académicos? Benavides dijo 
que entre Germania y Gemianía no hay, á simple vista, más 
diferencia que el acento, y que cualquiera podría creer que la 
colección de Bergnes se refería á la gente brava descrita por 
Cervantes, Quevedo y el licenciado Chaves. 

Lo que nadie negaba á Bergnes era la condición de emi- 
nente helenista. Conocía el griego antiguo con todos sus dia- 
lectos y con todas sus trasformaciones hasta llegar al moder- 
no, á cuya pronunciación, con el texto de Burnouf, nos 
sujetaba. Homero, Píndaro y Demóstenes eran sus autores 
favoritos. Pero á lo mejor, si cogía á Esquilo, traducía sus 
trozos más intrincados, con tanta facilidad como la sencilla 
prosa: si daba con Tucídides ó Jenofonte, con Herodoto ó 
Hesiodo, causaba maravilla la inmensa erudición que des- 
plegaba sobre la historia, la política ó la mitología de aque- 
llas tan hermosas y espléndidas edades. Repentizaba en puro 
griego, como el más diestro filólogo de Hala ó de Heidel- 
berg, y hasta en el porte parecía un doctor alemán: rubio, 
grueso, gafas de oro, cabellos largos y recogidos detrás de la 
oreja, una flema inalterable y una paciencia de Job para bre- 
gar con los alumnos. 

Un irlandés, Mr. Wílliam Casey, que se titulaba Philo- 
math, ó individuo de la Sociedad filomática, estaba desempe- 
ñando, desde tiempo inmemorial, la cátedra de Inglés, esta- 
blecida en el Consulado bajo los auspicios de la Junta de Co- 
mercio. Nada se aprendía ya con aquel buen viejo, por cuyo 
motivo me pasé con armas y bagajes á la otra cátedra del 
Instituto, dirigida por Antonio Prat, que la ha estado regen- 
tando hasta su muerte, ocurrida recientemente. Prat no era 
de nacionalidad inglesa, pero resultaba inglés por los cua- 



101 

tro costados : de su larga residencia en Inglaterra no sólo 
había sacado un purísimo acento, sino hasta la costum- 
bre de hablar con los dientes apretados. Aunque enton- 
ces no conocíamos en Barcelona los métodos prácticos de 
Ahn, de Robertson ni de Ollendorf, Prat en cierto modo los 
adivinaba, haciéndonos graduar los ejercicios de pronuncia- 
ción, sintaxis y composición sobre las mismas cartillas y 
gramáticas de los ingleses, desde las palabras monosilábicas 
hasta los ultra-esdrújulos, y desde las oraciones más fáciles 
á las más complejas. Con semejante Maestro hubiera yo lle- 
gado á hablar el inglés con toda perfección, si las circuns- 
tancias no me hubiesen limitado la ración de Inglaterra á 
algunas raras apariciones en Londres. 

No había muchachería en la cátedra de Prat. Toda era 
gente formal que iba á estudiar de veras: Figuerola, Pepe 
Dusay, hoy Marqués de Monistrol, algún abogado, algún 
literato, algún comerciante; y entre otros varios aficionados, 
un viejo templadísimo que hacía nuestras delicias. Frisaría 
entonces con los 75 años; extraña edad para meterse á apren- 
der idiomas. Más verde que un cebollino: siempre con el 
equívoco á cuestas. En soltando la tarabilla, era cosa de ta- 
parse con cera los oídos. Ocho ó diez años antes se había 
casado con una muchacha de veinte. Resultaron tres hijas, que 
fueron después tres reales mozas. El nos enteró de una cla- 
sificación singular que nunca se les había ocurrido á los natu- 
ralistas: la clasificación de los cuernos. De cuatro especies los 
hay, según él decía: cuernos que se tocan y se ven, los de los 
cornúpetos; cuernos que se tocan y no se ven, los de las crías; 
cuernos que se ven pero que no se tocan, los de la Luna. Los 
cuernos que ni se tocan ni se ven 



VI 



Simultáneamente con los estudios complementarios, em- 
pecé desde 1846 á ensayarme en el Profesorado, ya sustitu- 
yendo algunas cátedras en la Facultad de Letras y en el Ins- 



102 

tituto de Barcelona, ya explicando Literatura é Historia uni- 
versal en otros Establecimientos. Apesar de mis cortos años, 
dábanme para ello cierta respetabilidad mi estatura, mis gafas, 
y unas patillotas á la inglesa que todavía debían parecerle 
poco á un compañero mío, porque siempre me llamaba el 
joven de la patillita. No salí desairado en aquellos ensayos: 
díganlo las atenciones que se me dispensaban, y los 6o á 70 
duros que me embolsaba de sueldo todos los meses. 

Explicaba con gusto en el Instituto y en la Facultad, pero 
el papel de examinador me era insoportable. Hubo un año en 
que todos los graduandos en Filosofía parecían llevar pujo de 
decir necedades. Uno de ellos, celebérrimo por sus respuestas 
estupendas, con un par de fórmulas desprovistas de sentido 
despachaba todas las preguntas. Para definiciones de Lógica: 
«aquello que nos hace venir en conocimiento de la cosa.» Para 
Física: «aquello que es capaz de producir estados mayores y 
menores.» Y torcía la cabeza. Preguntáronle: «¿Qué entien- 
de V. por cuerpos flotantes?» Y volviendo hacia la derecha 
unos ojos espantados, dijo: «La pared.» Dióle la mano la 
fortuna. Aquel estúpido sacó 30.000 duros á la lotería primi- 
tiva. Con ellos montó en Barcelona una magnífica barbería. 
Creo que fué un golpe de talento. Ya que hubieran peligrado 
en sus manos los pleiteantes ó los enfermos, el instinto le 
llevó á cosa más inofensiva: á batir mandíbulas. 

En otros establecimientos empecé á conocer la mucha 
mano que tiene el Clero en la enseñanza española. Tres Di- 
rectores conocí: dos seglares y uno eclesiástico, religioso 
franciscano. En vano los dos seglares no perdonaban medio 
ni fatiga para tener montados sus establecimientos á la altura 
de la época, y para distinguirse por su celo, asiduidad y rigo- 
rosa disciplina: siempre alcanzaba la palma el fraile, apesar 
de su destartalo. El fraile era quien atraía mayor número de 
alumnos; el fraile quien poseía mejores locales; el fraile quien 
lucía un cuadro de Profesores más conocidos y más pingüe- 
mente dotados. 

Trabajo nos ha de costar á los liberales el romper con estas 
tradiciones. Tienen raíces muy hondas: las costumbres, la 
santa ignorancia, el prestigio de las sotanas, la acción del púl- 



103 

pito y del confesonario, la debilidad de los maridos, el flaco de 
las mujeres. No se arrancan de cuajo ni con una ley votada en 
Cortes, ni con decretos gacetables, ni cambiando el escenario 
político con ayuda de los soldadicos, ni con propagandas en 
sabio, ni con tundas en plebeyo, ni aun oponiendo á la clere- 
cía los establecimientos del Estado. Donde esté la alfalfa es- 
piritual, allí correrán por mucho tiempo los borregos, con pre- 
ferencia á nuestro pan de flor y á nuestros trigos exquisitos. 
Es una evolución lenta, paciente, metódica, la que se necesita: 
cachaza y mala intención, como dirían los palurdos. Obra de 
muchos, muchísimos años — ¿de un siglo? ¿de dos siglos? — 
en que hay que ir transformándolo todo; empezando por que 
se encierren las religiones en sus límites esencialmente mo- 
rales, y dejen de ser lo que alguna de ellas pretende: una 
política. 

Esto por lo que atañe á las naciones adelantadas. ¿Nosotros? 
¡Quiá! Estamos en los comienzos. Todavía el Clero nos tiene 
bajo su dominio. Cuando reinan vientos expansivos, nos trae 
á las Cortes 70 diputados ó nos pone en las montañas 40.000 
hombres sobre las armas con la bandera del Chapa. Si impe- 
ra la política de resistencia, impone una aleación con el partido 
gobernante: el carlismo menos D. Carlos. Siempre el cleri- 
calismo encima, como obstáculo ó como influencia: ó copo ó 
tallo. Síntomas terribles; por esto no estoy enteramente de 
acuerdo con mis amigos en la cuestión de programas. Quieren 
formas políticas de garantía general: no lo pongo á pleito. No 
me negarán al menos que la primera de las libertades que 
hemos de conquistar de veras, es la libertad religiosa. Hoc opus, 
lúe labor. ¿Cómo? Materia de largo examen. No es este el sitio 
á propósito para dar soluciones concretas. Lo que yo deploro 
es esa indiferencia del país liberal en lo que afecta á la ense- 
ñanza. Pues por ahí debe andar la cosa. Lo que veas hacer á 
tu enemigo. El, á fuerza de enseñar, se ha hecho formidable: 
nosotros, enseñando, podemos siquiera ser influyentes. Poli- 
tiqueemos menos y enseñemos más. Por esta senda se llega, 
acaso tarde, á las metas; pero se llega con éxito seguro. Con 
lo otro, se puede llegar pronto, pero se llega mal. Ambiciones, 
codicias, afán de Poder, todo se satisface por un momento, 



104 

pero la opinión no se forma. Viene la ventolera, y el edificio 
al suelo. 

Aunque disimuladamente, ya se dejaba sentir en casa de 
mi ex-franciscano cierto dualismo entre la gente tonsurada y 
el elemento laico. Algún cofrade de la misma ropa que el Di- 
rector se pasaba de rígido y hasta de cruel con los chicos; 
más comedido el grupo seglar, sacaba de ellos otro partido. 
Había un ente que, por lo extraño, parecía brujulear entre lo 
temporal y lo eterno: mitad seglar, por el trage y la condi- 
ción, mitad cura, por sus ribetes de sacristía. Profesor de 
Retórica y pedante hasta la médula de los huesos; un cojo de 
Villaornate con forros del M. Gérondif de Paul de Kock. Ju- 
raba por la laguna Estigia y por los Dioses inmortales y ta- 
raceaba su romance con una granizada de conjunciones lati- 
nas: á un dos por tres un item, un etenim ó un prcEterea. Dicas 
quid dicas, era la fórmula que usaba cuando le hacían la con- 
tra. Cierto día que se enfureció con un compadre, le soltó en 
medio del berrenchín una sarta de latinajos para obligarle á 
obedecer .una orden: alioquin, decía, capitali pena plecteris. Era 
una espátula con nariz de papagayo y cara de media luna: 
muy parecido en lo físico al mariscal de Saint Arnaud, de 
quien socialmente tan grandes distancias le separaban. 

Conocía perfectamente el Director la aguja de marear, y 
daba brillantes fiestas en sus salones para atraerse las familias 
más distinguidas. Ordinariamente, tenían lugar aquellas fies- 
tas á entrada de curso; y, en una de ellas, que fué la más 
suntuosa, nuestro hombre echó la casa por la ventana. El 
salón principal estaba ricamente decorado; había hasta abuso 
en los dorados, tapices, terciopelos, damascos, macetas, 
estatuas y jarrones; la iluminación a giorno; patios y jardín á 
la veneciana. Ocho días se pasó montando, con extrema ha- 
bilidad, aquella fábrica, nuestro antiguo conocido Mariano 
Borrell, mareado él y mareado el Director, quien hacía notar, 
con este motivo, una particularidad de Borrell: que de puro 
celoso, cuando le tenía á su lado parecía que sobraba, y cuan- 
do no le tenía, le hacía suma falta. 

Pusieron en el fondo del salón un gran tablado para los 
ejercicios de los alumnos: enfrente la presidencia, ocupada 



io5 

por el Rector de la Universidad, teniendo á su derecha al Obispo 
de la diócesis, y á su izquierda, al Regente de la Audiencia. 
No faltaban ni el Capitán general, ni el Jefe político, ni 
el Alcalde corregidor, con una nube de magistrados, canóni- 
gos, militares de todas graduaciones, el Cuerpo consular y el 
indispensable atavío de toda buena función: las damas. Ha- 
bía en aquel grupo encantador unos ojos fascinadores, que un 
par de años después pasaron á embellecer la morada de 
cierto titulillo, con gran sentimiento de algún amigo. No 
fueron afortunados en la nueva mansión; porque lloraron 
mucho... 

Cito con particular fruición aquella fiesta, porque fué para 
mí pródiga de impresiones. Aquel día tuve tres estrenos de 
un golpe: mi primera emoción, mi primer frac y mi primer 
discurso. Para hacer hoca, hubo uno de entrada, que corrió 
á mi cargo; y subido á un elegante estrado cubierto de ter- 
ciopelo carmesí, endilgué la arenga, que el público tuvo 
la bondad de acoger con algún aplauso. Pintaba en ella 
la importancia de la educación en general, y según las ten- 
dencias de la edad moderna; enlazaba el deber de la educa- 
ción con la teoría del progreso humano: tracé, á grandes 
rasgos, el cuadro de la Familia y sus relaciones con el Es- 
tado: estudié los distintos conceptos de padre, de hijo y de 
ciudadano, para venir á parar en la necesidad de reformar 
la enseñanza , amoldándola á las nuevas manifestaciones 
de la vida social, que tan claramente se iban caracterizan- 
do. Y terminaba de la siguiente manera, arengando con en- 
tusiasmo á los alumnos: 

«Y vosotros, que acudís en torno nuestro para continuar 
»la interrumpida tarea, vosotros no merecéis, por cierto, ser 
«pasados en silencio. ¡Ah! Siempre hemos tenido ocasión de 
» recordaros que la ciencia es compañera inseparable de la 
«virtud. Sed humildes, sed dóciles, sed respetuosos: dejaos 
«dirigir, dejaos dominar, dejaos vencer: hay derrotas que equi- 
» valen á un triunfo, si en pos de ellas viene la felicidad, s* 
»con ellas lográis asegurar los intereses de toda la vida. Si 
»por ventura os sentís muy pequeños, acordaos de que tenéis 
»un alma grande: preferid á todo, los candores y las inocen- 



io6 

ocias: avanzad siempre guiados por la mano del saber y del 
«deber; y entonces alzad los ojos y veréis pendiente sobre 
«vuestras cabezas la corona con que la Patria decora las sie- 
»nes de sus hijos esclarecidos.» 

Música, música, dirá el lector; y en efecto, música hubo, 
y con buena orquesta, y con coros y cantata número no sé 
cuantos. La tiple no era ella, sino él, porque entre curas no 
priva eso de cantar señoras; no una sfogata, sino un sbrapa- 
üssimo que me desollaba los oídos á cada nota que solta- 
ba. Yo le interpelé duramente sobre el particular á la sali- 
da, y con la franqueza que me caracteriza; y el pobre me con- 
testaba muy mohíno: «¿Qué quiere V.? Le dan á V. una 
tessitura de tiple — mi, sol, la, mi, sol, la — ¿qué ha de hacer 
uno con estos pulmonazos? 

De buena gana haría gracia de los versos que se cantaron, 
si todo lo de remate no tuviera sus derechos. Debíanse al fe- 
cundo númen del Director, que sin duda en los ratos de ocio 
se entretenía tocando el violón, así como Horacio tocaba la 
flauta. Sirvieron de acompañamiento para la gimnasia de 
salón. 

Sobre un motivo de los Puritanos: 

«Él hombre es legítimo rey 
de a... a... aqueste mundo visible. > 

Visible ó risible: no estoy bien seguro; VV. escogerán. 
Sobre motivos de la Norma: 

«Ejercitemos, amigos, 
nuestras fuerzas corporales: 
huir podremos de males 
. y evitar muchos peligros.» 

Terminó la solemnidad con un delicado buffet, en que cada 
cual engulló lo que pudo, sin ceremonia y como Dios le dió 
á entender, y nos separamos tuüi contenti; yo, para recibir 
cierta enhorabuena que me supo á gloiia: los papaítos encan- 
tados con sus bebés, y el amable Director, segurísimo de que 
la matrícula tomaría, como en efecto tomó aquel año, pro- 
porciones colosales. Quod erat demonstrandum: según nos de- 
cían en la cátedra de Lógica cuando pescábamos el intríngulis 
de algún picaro teorema. 



1846 — 1850 



SECCIÓN PRIMERA 



Primeras lecturas sérias. — Con maestro y sin maestro. — Cómo se fabrica un 
curso de Historia. — A qué estaba reducido mi repertorio. — Las revelacio- 
nes de Gibbon. — Un poquito de Edad Media. — Tipos: flujo y reflujo: el 
colorido. — Lo moderno en panorama universal. — ¿Hay historia contempo- 
ránea? — Quinet leído por Pí. — Narradores é historiadores. — Gran bagaje. — 
Así se escribe la Historia. — Caprichos sobre la de España. 



Mis lecturas: no hallo título mejor para las líneas que 
van á seguir; porque, en las fechas que encie rra este capítu- 
lo, fué cuando empecé á metodizar mis estudios particulares, 
inclinándome desde luego hacia los históricos y literarios, 
sin pensar todavía en los económicos. Buena parte tuvo, en 
aquéllas mis marcadas predilecciones, la circunstancia de 
hallarme desempeñando las cátedras de Historia y Literatu- 
ra; pero también hubo mucho de aficiones propias que me 
llevaban desde niño á cultivar estos ramos. 

Voy á decir una cosa que acaso parezca blasfemia en boca 
de un Profesor; aprender por sí lo encuentro preferible á la 
ayuda de maestro. Es la cuestión eterna de los intermedia- 
rios, respecto de los cuales tengo una fórmula sencillísima; 
cuantos menos, mejor. Á ciertos chicos ni con sangre les en 
tra la letra; otros, la turba multa, sólo aprenden á puro ma- 
chacar del maestro; pero á los que estudian de veras y por 



io8 

afición, no los gobernaréis en la escuela; todo lo más les da- 
réis un método y algunas puntadas sueltas, á reserva de vol- 
carlo luego y de aderezarlo cada cual á su gusto con desarro- 
llos libres y propio ordenamiento. 

Faltóme en Historia esta mano de maestro; y fué de sen- 
tir, porque hubiera sido la de Juan Cortada, historiógrafo 
eminente, y entre mis paisanos,, el mejor hablista castellano 
después de Capmany. Daba entonces unas preciosas confe- 
rencias sobre Historia de España en el Colegio de Carreras. 
Mas yo, careciendo de tiempo para nuevas matrículas y para 
largos y acompasados cursos, tomé en seguida mi partido, 
que consistió en recoger cuantos libros pude, entre ellos un 
buen elementalista, y metérmelo sin reparo en la cabeza, de- 
jando para más adelante la tarea de ir encasillando los he- 
chos, conforme al plan y meditado concierto que el propio es- 
tudio me fuera sugiriendo. ¡Qué no hubiera dado para que 
Weber y Sanz del Río hubiesen adelantado algunos años, 
y aunque fuera para mí sólito, aquél los originales, éste la 
traducción castellana de los Elementos de Historia Universal! 
Tuve que contentarme con los de Ambrosio Rendu, libro de 
menos valer, pero lo mejor que á la sazón poseíamos en este 
género. Con lo cual y con hojear de vez en cuando la Histo- 
ria, ó mejor dicho, las historias del rancio Anquetil, ya tenía 
uno base suficiente para ir entrando en harina. 

Más de firme entré con el Cantú, que tan á tiempo me de- 
paró la suerte en aquel crítico momento. Por simples referen- 
cias de Revista, me enteré de que el ilustre italiano estaba 
dando fin á la publicación de su Historia Universal. Gran re- 
gocijo me causó esta nueva; corrí á la librería de Verdaguer, 
y en poco más de seis meses, devoré los 19 volúmenes de la 
edición francesa. 

Ya se comprenderá que no me contenté con esta rápida 
lectura. Púseme á estudiar en serio el Cantú: lo extractaba, 
lo anotaba, para mi uso particular, y de interminable tema nos 
servía el libro á otro aficionado y á mí para departir larga- 
mente en nuestros paseos y conferencias. Encantábanos so- 
bre todo aquella magnífica introducción tan sintética, tan 
rica de color y de estilo. A menudo recitábamos grandes tro- 



iog 

zos de ella en alta voz y con entonación vigorosa. Tal prácti- 
ca habíamos llegado á adquirir en el manejo de la obra de Cé- 
sar Cantú, que algunas veces picábamos un punto en cual- 
quiera de los tomos; y con sólo saber su número, adivinába- 
mos, por la posición de los dedos, el hecho ó hechos históri- 
cos á que la página se refería. 

Todavía había de tardar Laurent en hacernos el rico pre- 
sente de sus incomparables Estudios, que me hubieran venido 
de perilla para disimular en mi espíritu el tufillo ultramonta- 
no de Cantú. Algo conseguí con Juan de Müller, cuyos 24 
libros de Historia Universal estaba publicando en Barcelona 
la casa editorial de Bergnes. Y aun á ratos perdidos y más 
que por el fondo, por lo bello del estilo, me entretenía con el 
Discurso de Bossuet que adquirí de una edición elzeviriana, 
y conservo en dos tomitos ya muy gastados por las injurias 
del tiempo y de mis manos. 

Tocante á historias particulares de épocas ó de sucesos, 
llegué á la juventud demasiado pronto para alcanzar, más á 
tiempo, los grandes historiadores contemporáneos que han 
tratado las civilizaciones antiguas. Una buena historia del 
Oriente era cosa desconocida en España; éralo asimismo una 
buena historia de la antigüedad clásica, de Grecia, de Roma. 
Hasta los nombres ignorábamos de Duncker y de Grote. 

Curtius, el úi j nelenógrafo, había de tardar mucho. Ya 

podía darme por satisfecho con leer El viaje del joven Ana- 
charsis, por Barthélémy, cuyo libro me atraía con todo el 
interés de una novela y seducía mi imaginación con lo pinto- 
resco de los cuadros y la riqueza del lenguaje. Los profundos 
estudios modernos de los Mommsen, de los Friedlaender, 
Ampére, Gastón Boissier y Víctor Duruy, ó no habían apa- 
recido ó si empezaban á publicarse, no habían traspuesto el 
Pirineo. De novedades histórico-críticas pude rastrear algo en 
varios fragmentos de Niebuhr; algo también de egiptología 
en otros de Champollión Figeac; pero, en general, mi reper- 
torio sobre grandes ciclos históricos, era vetusto, ó incom- 
pleto, ó sistemático; la Historia Romana, de Rollín; la Gran- 
deza y decadencia de los Romanos, por Montesquieu; los Estudios 
ó discursos históricos, de Chateaubriand. 



no 



Creo haber sido más afortunado con la Edad Media. Ya de 
primer golpe tuve á mi disposición cuatro obras importantes: 
On the middle Age, por Hallam; la Historia del Bajo Imperio, 
por Le Bas; la de las Cruzadas, por Michaud, y por encima 
de todo, la Decadencia y ruina del Imperio Romano , por el in- 
mortal Gibbon. 



II 



Gibbon me inició en los secretos de aquellos tiempos tan 
calumniados antes de él, y sin embargo tan característicos. 
Gustábanme los ideales de la Edad Media, sin darles por 
esto preferencia á los que me iba yo formando, al compás 
de mis convicciones. Aprendí á conocer las razas por su sig- 
nificación y por su valor histórico: el sajón, el franco, el 
godo y el lombardo, arquitectos de una Europa nueva y 
hacha demoledora de la antigua unidad formada bajo la ley 
del Lacio: el bizantino que arrastra por los lodazales la es- 
pada del pueblo-rey, y con ella una decrepitud de diez siglos 
y de suntuosas miserias; el árabe, símbolo de la expansión 
oriental como el germano lo fué de la del Norte; el norman- 
do que, con la última invasión, cierra el ciclo de las grandes 
trasmigraciones, y, con el espíritu caballeresco, imprime en 
el sentimiento cristiano el sello de la majestad y de la no 
bleza. 

Cada héroe, cada gigante desfilaba, ante mi imaginación, 
con la magia y los colores de su respectiva leyenda. Alarico 
saqueando tres veces á Roma y tres veces recreándose en las 
llamaradas del incendio, como Nerón en sus delirios de de- 
vastación y muerte. Atila, el azote de Dios, el atleta de la 
nariz roma, el genio aforrado en pieles, el político de la car- 
ne cruda, que arrasa, sin piedad, quinientas ciudades, y á mi- 
ljares caen bajo el filo de su espada los fuertes y los débiles 
sin que logren contenerle, ni la majestad de la inocencia, ni 
el prestigio de la belleza, ni los terrores del crimen; y luego 



III 

se detiene ante otra majestad, Roma; ante otro prestigio, el 
Papa; ante otro terror, la Historia. Teodorico, el ostrogodo, 
sentado entre pergaminos, al lado de su ministro Casiodoro, 
pugnando por beneficiar, para sus bárbaros de Italia, aque 
lias corrientes de la civilización antigua que la rudeza de los 
hombres del Norte había de interrumpir por espacio de tan- 
tos siglos. Clodoveo, el jefe de los Francos, trocado en Rey 
de Francia, lavando la sangre de cien combates con el agua 
bautismal, derramada sobre su cabeza por el venerable Re- 
migio, y avanzando, bajo las naves de la catedral de Reims, 
apoyado en la angélica Clotilde, á quien el cristianismo ha 
hecho emblema de la santidad de la esposa, como en el pro- 
pio instante hacía á Genoveva emblema de la castidad de la 
virgen. Justiniano, con su triple corona de guerrero, arqui- 
tecto y legislador, débil con Teodora, cruel con Belisario, 
historiador de la piedra en Santa Sofía, historiador de la ley 
con Triboniano. Recaredo, de rodillas sobre tapices empapa- 
dos en sangre de Hermenegildo, doblada la cerviz para pres- 
tar el juramento de la nueva fe en manos de San Leandro; 
en aquella augusta asamblea del tercer Concilio de Toledo, 
poblada de luengas barbas y de canas venerandas coro- 
nando cráneos relucientes: mitras, báculos, pastorales ani- 
llos, dalmáticas, casullas y capas pluviales, todo rutilan- 
te de oro, de pedrería, de sol, de vida, de color, de tonos 
refulgentes; sobre las frentes soberanas las coronas de Gua- 
rrazar, esmaltadas de rubíes, de perlas y záfiros orientales; 
en fila los guerreros, los proceres, los duques, los condes de 
las góticas alcurnias, ostentando casco de bruñida plata, la 
cota de malla de oro, el manto de escarlata, la dorada espue- 
la, la rica empuñadura cincelada de las invencibles espadas; 
damas, pajes, pueblo, clerecía; besado todo, todo acariciado 
por esa espléndida y amorosa luz de nuestros climas meri- 
dionales; movida la escena entera, sentida, palpitante entre 
el sonido de los címbalos y clarines y el ruido de los ataba- 
les, con los cánticos, los coros y las nubes de incienso que 
elevaban al Dios de las alturas la mística plegaria de aquellas 
almas fervorosas. 

Y tras de esto, y como en visión extática, pasaban rozan- 



112 

do mi frente las sombras de Mahoma, de Ornar, de Harum- 
al-Raschid, de Abderraman III, de Almanzor, tipos genui- 
nos de aquella finísima raza árabe á la cual los cristianos he- 
mos devuelto en ira y en desprecio lo que en artes, ciencias, ' 
tráfico y cultura nos legara. Mahoma, el impostor, según la 
crítica católica, el tercero de los grandes reveladores semíti- 
cos según la Filosofía de la Historia, el inspirado, el ilumina- 
do, el epiléptico que contempla con Gabriel los 70.000 ánge- 
les junto al trono del Señor, y sin embargo, no llegará á con- 
templar como la cimitarra de los Califas se abre paso por las 
estepas del Asia, por los arenales de África y en Occidente 
desde el Betis hasta los campos de Tours, donde tropezará 
con el terrible montante de Marte!. Ornar, el incendiario de 
Alejandría, pero también el fundador de Basora. Harum y Ab- 
derraman en misteriosa comunicación de instintos, uno deco- 
rando Bagdad, otro afiligranando Córdoba. Almanzor, el va- 
leroso hagib, que pasea triunfante el estandarte del Profeta 
desde las orillas del Llobregat á las márgenes del Miño; y 
para poderle enterrar con polvo de todos sus combates, tie- 
nen que juntarse contra él las huestes enteras de León y Na- 
varra con el pendón morado de Castilla.. 

Y luego volvía mi pensamiento á las colosales figuras de 
los fundadores y de los restauradores de Imnerios, y me reore- 
sentaba á Cario Magno, casi un santo paia la Iglesia, jkra 
los franceses el más augusto de los Reyes, vencedor de lom- 
bardos, terrorde '.jones, deshecho en Roncesvalles, consagra- 
do por un Papa y con los Papas espléndidamente dadivoso. Y 
me lo figuraba ya muerto en Aquisgran, sentado en la silla 
de piedra, ceñida la férrea corona, el cetro en la mano y cu- 
bierto con las vestiduras imperiales: cadáver galvanizado 
por la leyenda, puesto de pie y cara al sol ante la Historia 
para que las generaciones venideras no perdiesen ni un áto- 
mo solo de aquella grandeza, ri un solo reflejo de aquella 
gloria inmarcesible. Y asimismo recordaba á Guillermo el 
Conquistador y á Roberto Guiscardo, purísimos dechados de 
la eflorescencia normanda en los más opuestos confines de 
Europa. Guillermo, en Inglaterra, mezclando su sangre y la 
de los suyos con la de los anglo- sajones para dar el temple á 



**3 

una nueva raza, la inglesa, en la cual había de admi- 
rar el mundo tres conquistas inauditas: la conquista de 
la India, la conquista del mundo industrial y la conquista 
de las libertades. Guiscardo en Sicilia, heredero del brillante 
Tancredo, corredor de mares y de tierras, dueño por un 
momento de Constantinopla , aventurero hasta los setenta 
años, y dejando oscuramente en Cefalonia aquella vida 
tejida de reveses y de fortuna, de insignes bizarrías y locas 
temeridades. 

Y en su seguimiento acudían aceleradamente los épicos 
personajes de la lucha con la Media Luna. De aquende los 
montes, nuestro Cid Campeador, más pujante y más atléticb 
con el popular Romancero que el grande Aquiles con el can* 
tor de la Iliada, y nuestro Alfonso el de las Navas, y aquel 
incomparable Jaime I, joven, bizarro y galán en su persona, 
tan prudente en el consejo como ardoroso en la pelea, pluma 
tan sin par en la crónica, como en el campo temible acero, y 
tan consumado capitán á los veinte años como el más esfor- 
zado entre los más viejos adalides. De allende los montes, 
Godofredo de Bouillón, midiendo de rodillas el templo de Je- 
rusalén, como espantado de ceñir corona de oro donde Cris- 
to la ciñó de espinas; y Federico Barbaroja y Ricardo Co- 
razón de León, llorando sus desventuras entre las garras del 
Duque de Austria; y el Dux Enrique Dándolo dirigiendo en 
persona, sin vista y á los noventa y cuatro años, la toma de 
Constantinopla en la cuarta Cruzada, montando la Capitana, 
el primero en forzar el Bosforo con sus 480 naves, el primero 
en dar el asalto á la Ciudad con los soldados de Monferrato. 
Y allí le estaba viendo en lo más alto de la torre de Galata, 
serena la frente, radiante de gloria, cubierta la cabeza con el 
cuerno ducal y asomando por sus bordes largos mechones de 
la blanca cabellera, embrazado su broquel y en la mano el 
estandarte de San Marcos, los pies encharcados en la sangre 
de sus arqueros moribundos, entre abollados morriones, cotas 
y sobrevestas destrozadas, con el vocear de la ballestería, el 
silbar de las saetas, el estruendo de las máquinas balísticas, 
el rebote de las piedras arrojadas por las catapultas y el cho- 
que de las espadas: lienzos de torreón desplomados sobre 

8 



ii4 

montones de carne, sierpes de fuego corriendo por las 
almenas, inflamadas lenguas escupidas por las brechas ó vo- 
mitadas por las poternas, y á la luz de aquellos fatídicos 
resplandores, siempre las órbitas del Dux de bronce, cárde- 
nas, secas, arrugadas, condenadas á eternas tinieblas y huér- 
fanas de los ojos que le habían sido arrancados por la saña 
feroz de los Cómenos. 

Y después de las batallas de los hombres, las batallas de 
las ideas. Los protagonistas de la lucha entre el Sacerdocio y 
el Imperio: Hildebrando y Signa, corifeos del Pontificado: los 
Enriques alemanes, Federico II, Felipe el Hermoso, campeo- 
nes de la Realeza. Y todos los mitos de carne, y todos los mi- 
tos de fantasía, y todos los grandes relieves históricos apor- 
tando su respectivo tributo á aquel gran aparato legendario 
que termina en el siglo XV. Alfonso el Sabio con sus Códi- 
gos y sus jurisconsultos: San Luis de Francia con sus vir- 
tudes y sus piadosos descalabros: Santo Tomás con el bagaje 
de la escolástica: el Dante con sus poemas inmortales: Gui- 
llermo Tell con sus libres esguízaros: Roger de Lauria con 
sus legiones de mar codiciosas de gloria y poderío: los dos 
Pedros de Aragón y de Castilla con su indomable fiere- 
za: Catalina Cornaro, la Reina de Chipre, arrastrando la 
adopción venecian i como una cadena de flores , entre joye- 
les y brocados y al amor de embriagadoras fiestas: Brunelles- 
chi y Giotto, precursores del arte moderno: Mahometo II 
izando sus pendones en las torres de Bizancio y asentando, en 
Europa, ese campamento turco que todavía llamamos por irri- 
sión el Imperio otomano: Luis onceno con sus medallas en el 
sombrero y en las venas la sangre de los tigres, tizón eterno 
de discordia, con sus escapularios y cilicios sobre la carne, y 
en el alma la hiél, y en los labios la baba venenosa; y enfren- 
te de él, su incomparable rival el de Borgoña, Carlos el Te- 
merario, caballero en su corcel de guerra, flotantes á los 
cuatro vientos las plumas de su blanco penacho, el León de 
Brabante estampado sobre el peto de oro, hendiendo con su 
tizona cráneos franceses en Montlhéry, arrollado en Moret 
con sus leales brabanzones y flamencos: última expresión de 
aquellos siglos caballerescos, enterrados con el héroe borgo- 



n5 

ñón en su panteón de Brujas, de entre cuyos mármoles, co- 
mo de los vapores de la mañana, parecía ya surgir la hermo- 
sa aurora del Renacimiento. 



III 



Así, y con su poquito de fantasía, iba engolfándome en la 
Edad Media, conforme la estudiaba en la parte más saliente 
de su historia externa, el elemento personal. Mas para com- 
prender el sentido de aquel tan extraño período, me era ne- 
cesario penetrar en su historia interna, y para ello tenía que 
buscar notas concretas y características. A mi modo de ver 
de entonces, estas notas podían reducirse á dos: la movilidad 
y el contraste. 

¿Por qué la movilidad? Por que si la Edad Moderna, sobre 
todo en su período contemporáneo, se distingue por un cons- 
tante movimiento de evolución ó de transformación en el te- 
rreno científico, en el económico, en el político y acaso tam- 
bién en el social, en cambio ofrece el fenómeno especialísimo 
de la permanencia de las razas; pues apenas se encontrará una 
que haya variado de situación geográfica en estos últimos 
siglos; á no tratarse de las que ya se van extinguiendo, como 
las americanas, ó de las que, como las polinesias, tal vez 
estén próximas á desaparecer al contacto de culturas su- 
periores. 

Pero respecto á la Edad Media, me encontraba con que 
todo sucede á la inversa. Veía desenvolverse perezosamente 
las actividades, y por esto se me presentaban muy lentos los 
progresos en todos los ramos; mientras que el movimiento 
etnográfico caminaba con tal rapidez, que el historiador ape- 
nas puede seguirle en sus no interrumpidas mudanzas. ¿En 
cuál de aquellos siglos deja de haber correrías, trasiegos y 
mudanzas? ¿Qué suelo no sintió la planta de varios invasores? 
¿Dónde había una raza que no tuviese algo de nómada, ni 
una trasmigración que pudiese darse por definitiva, ni poder 



n6 

que moderase aquellos ánimos inquietos, ni atractivo sufi- 
ciente para darles, con el sosiego, el suspirado asiento? Ya 
son los godos los que empujan á los germanos, y á su vez 
éstos se empujan unos á otros hasta dar en Africa con los 
vándalos. Ya son los hunos, los ávaros, los búlgaros que 
asoman por tierras de Levante. Ya los lombardos descien- 
den á las feraces llanuras de Italia. Ya los normandos, pira- 
teando desde la Escandinavia, abarcan, con ancho compás, 
una inmensa zona desde la costa septentrional de Francia, y 
desde Inglaterra hasta Sicilia y el golfo de Otranto. En el 
ínterin, y aun antes de que terminen aquellas irrupciones del 
Norte sobre el Sur, empezará la semítica en sentido de Orien- 
te á Occidente, y luego tomará la dirección de Sur á Norte, 
hasta el momento de estrellarse contra los Francos. Y esta 
invasión meridional seguirá diversas etapas y se combinará 
con variedad de razas; porque á los árabes sucederán los al- 
morávides, á éstos los almohades, á los almohades los beni- 
merines. ¡Oh! no temáis: pronto tomará su desquite el Occi- 
dente, precipitándose con las Cruzadas sobre el Asia. El Asia 
refluirá á su vez sobre Poniente con los mongoles y los tur- 
comanos; viniendo á coronar este perpetuo vaivén, en los co- 
mienzos de la Edad Moderna, la emigración de los europeos 
á las Américas, acosados por la fiebre del oro. 

Fatigado ya mi espíritu con aquella movilidad de las razas, 
hallaba nuevos motivos de confusión en la movilidad de los 
Estados. Parecíame que los pueblos de la Edad Media se en- 
tretenían jugando á hacerlos y deshacerlos: los fundan, los 
ensanchan, los estiran, los cortan, los achican, los levantan, 
los hunden, los borran, los hinchan ó los aplastan. Quién los 
va apilando en montón con la punta de una gloriosa espada: 
quién los ensarta ó los perfila con unas bodas imperiales, rea- 
les ó ducales: quién los cambia, los vende, los cede ó los re- 
gala por acto de donación ó de testamento: quién los corta 
en retazos ó los desmenuza con la tijera del feudalismo. El 
patrimonio y el matrimonio tenían un concepto político que 
así lo exigía. Yo estudiaba el mapa de la Edad Media: com- 
paraba entre sí uno, dos, tres siglos cualesquiera, á la ventu- 
ra. Ni Italia era la misma, ni Francia era la misma, ni 



i*7 

Alemania era la misma, ni eran los mismos los Reinos mu- 
sulmanes de Asia, África y Europa, ni nuestros Reinos cris- 
tianos eran los mismos. Alguna permanencia encontraba en 
las Repúblicas marítimas; pero tenía que reducirla á límites 
muy estrechos. Si subsistía Venecia, si Génova subsistía, 
era ganando terreno, como después de la cuarta Cruzada, ó 
perdiéndolo, como después de la guerra de Chioggia. Pero 
Pisa es domada por los genoveses, y Amalfi pasa como una 
exhalación, y en el Hansa teutónica las ciudades del Báltico 
tardan poco en separarse de las de la cuenca del Mosa, y las 
ciudades marítimas rompen sus pactos con las del interior de 
Alemania. 

Nada digo de lo que me admiraban los contrastes de la 
Edad Media. Hoy, tan distantes de ella, los tenemos estupen- 
dos: tales y tan mayúsculos, que hay quien reniega del pro- 
greso, suponiéndole reducido á un simple cambio de formas. 
Poseemos una ciencia vastísima que todo lo curiosea, que 
todo lo averigua, que todo lo sabe: que nos da por operarios el 
sol para reproducirnos en efigie, el agua evaporada, ó el aire 
caliente ó el aire comprimido para tragarnos los kilómetros, 
el fluido eléctrico para estarnos mano á mano de conversa- 
ción á distancias inconmensurables. Ciencia preciosísima que, 
cansada sin duda de pesar y de medir y de remover y de 
calcular lo grande, hasta lo infinitamente grande, trata de al- 
gún tiempo acá de escudriñar lo infinitamente pequeño, pre- 
ciándose de sorprender el secreto de muchas causas ocultas 
en el recóndito mundo de los átomos y de los microbios. Pero, 
por una contradicción singular, á esta ciencia eminentemen- 
te creadora , la hemos convertido en obra de destrucción ne- 
fasta; y ella es la que da la dinamita á los obreros, el torpe- 
do á la marina, el revólver al asesino, la aconitina al here- 
dero premioso y á la artillería el cañón rayado para despacha- 
ros en un santiamén un ejército de 30.000 hombres. Otras 
ciencias poseemos que, en vez de seguir los rumbos de lo ma- 
terial y de lo tangible, toman las altas direcciones de lo invi- 
sible y del espíritu: y allí se espácian, y allí coordinan, y allí 
sistematizan, y con el ariete de la crítica se entregan á un tra- 
bajo de demolición constante en el cual perecen creencias, re- 



izS 

ligiones, respetos seculares y tradiciones y adhesiones y afec- 
tos tan sólidos, que parecían instintos de raza. Y por otra 
contradicción no menos singular, mientras así toma vuelo el 
pensamiento, el elemento de la superstición hace su camino: 
hay fanatismos brutales y magnetismos y espiritismos y so- 
nambulismos y un arte cabalístico; sin contar con la extraña 
anomalía de que, precisamente en la época de los pensadores 
libres, sea cuando más amagados estemos de una nueva y 
quizás sangrienta guerra religiosa. 

Ya sé que muchos de estos contrastes todavía no existían 
hace cuarenta años; pero había otros, y yo no me pre- 
ocupaba buscando la síntesis superior que pudiera resolver, 
á lo Hegel, aquella serie de antinomias. Ceñíame á señalar 
una diferencia enorme entre los contrastes de nuestro siglo 
en general, y los de la Edad Media. Los de la Edad Media no 
los veía aparecer como los de hoy, en la masa general de la 
sociedad; eran más concretos,* eran más íntimos en un mis- 
mo individuo, en una misma clase, en un mismo grupo de 
actividades. Los nuestros son más lógicos, si cabe en el prin- 
cipio de contradicción verdadera lógica; los otros eran más 
caprichosos, me permitiré decir, más artísticos. Eran aque- 
llos los tiempos del colorido por excelencia; luz y sombras; 
cuadros al natural, dignos del pincel de Rembrandt ó de Ri- 
bera, los genios del claro-oscuro. Parecíame todo mezclado 
y confundido en aquel revuelto mar de encontradas pasio- 
nes; libertades excelsas y servidumbres repugnantes; ac- 
tos de caridad insignes y crueldades inauditas; valores heroi- 
cos y viles cobardías; orgullos indomables y supremas hu- 
mildades; delicadísimos amores y odios inextinguibles; trai- 
ciones horrendas y lealtades sublimes; fiestas perennes en 
el castillo y perennes melancolías en el claustro; pueblos 
trabajadores y poblaciones enteras de mendigos; nobles de 
natura y villanos de derecho; la fe y la impiedad, el alto 
saber y la supina ignorancia, la cultura con la barbarie, 
la prostitución con el pudor, el pingüe botín alternando con 
las hambres, la extrema pulcritud con las pestes, los perfu- 
mes del Oriente con la lepra. Un Rey visita á los enfermos 
y cura las llagas con sus propias augustas manos, y otro 



ii 9 

Rey hace colocar debajo del cadalso á los inocentes hijos de 
un Duque decapitado, para que vayan recibiendo, sobre las 
espaldas, la destilación de la sangre del padre. Un mercader 
opulento abandona el mundo, funda la Orden seráfica, y mue- 
re sobre un montón de paja, sintiendo no poder en la Cruz 
como Cristo cuyas llagas ostenta; y otros tan profesos como 
él, con mitra y báculo abaciales, caracolean en sendos alaza- 
nes, lucen deslumbradora vestimenta, siguen la montería con 
pajes, azores y trailla de canes, y tejen, entre pláticas amoro- 
sas, una vida toda terrenal, con otras recreaciones ni más ho- 
nestas ni menos mundanas. Tomás de Aquino vierte de su 
pluma angélica raudales de ciencia imposibles para aquellos 
tiempos y que asombran aún en los nuestros; mientras que 
personajes de la más elevada alcurnia, por no saber firmar, 
se contentan con estampar una cruz al pie de los pergami- 
nos. Hay almenadas torres junto á las cuales suspira un tro- 
vador y tras de cuyas rejas gime un prisionero de Estado; hay 
cántigas en el silencio de la noche, y cielos estrellados y ro- 
sas y alelíes, hermosos compañeros de todos los amores; pe- 
ro hay también profundos pozos donde os encierran de por 
vida, y potros y caballetes y garfios y tenazas enrojecidas 
al fuego y sayones de cara siniestra que esperan vuestras 
carnes para lacerarlas. Tal vez medien pocos instantes en- 
tre el codiciado beso que acaricie vuestra frente y el gol- 
pe seco del hacha que hará rodar vuestra cabeza. Trabajo 
y ociosidad, laboriosos y holgazanes son palabras de un valor 
relativo: Flandes, la Provenza, la Lombardía, el Condado de 
Barcelona, enaltecen al artesano y le dan por escudo y por 
valedores la alteza de las leyes; en tanto que las Partidas lla- 
man vil al mestier de manos y que las Ordenes de Caballería 
establecen la limpieza de oficio mecánico. Los claustros rebo- 
san de vírgenes consagradas al Señor y la virginidad es lo su- 
blime de la perfección evangélica aun en boca de los más di- 
solutos; pero las barraganas pueblan las viviendas de los clé- 
rigos; pero los piadosísimos Monarcas de Francia y de Casti- 
lla sientan bajo dosel á sus mancebas; pero el grave Senado 
veneciano no se desdeña de llamar á las mujeres de mal vi- 
vir le nostre benemerite meretrici. 



120 



IV 



Para profundizar en Historia moderna hubiera deseado te- 
ner á mano obras especiales que tanto abundan ahora, sobre 
cada una de sus grandes fases: la colonización ultramarina, 
la Reforma, el equilibrio de Westfalia, el apogeo de las Mo- 
narquías patrimoniales, la Revolución anglo-americana, la 
Revolución francesa. No poseía más que el Robertson, el 
Thiers y el Mignet; lo demás lo suplía con un libro muy ma- 
lo, el Panorama universal. De historia contemporánea, los Cien 
años, de Cantú, porque no conocí el Gervinus hasta 1864. 
Bien mirado, la falta no era muy de sentir en lo que á 
hechos contemporáneos se refiere, porque, según lo que dis- 
curro, los hechos contemporáneos no se sujetan á verda- 
dera historia; son una simple preparación para la Historia. 
¿Qué juicio vais á formar sobre sucesos pendientes de solu- 
ción definitiva? ¿Cuál no lo está ahora mismo de nuestros 
grandes problemas? Pendiente el político planteado en 1789; 
apenas esbozado el social iniciado en 1848; pendiente el eco- 
nómico, lastimosamente interrumpido con la reacción del so- 
cialismo de cátedra; pendiente el colonial con los nuevos 
rumbos de la política alemana; pendiente el religioso con las 
líneas de defensa del catolicismo y con la ingerencia de un 
semi-racionalismo en sus propias filas, en el seno de las co- 
muniones protestantes y hasta en el mosaísmo. Dicen que 
hemos entrado en nuestro período orgánico; creo, por el 
contrarío, que todavía no hemos terminado el crítico. 

La Historia de la civilización europea, por Guizot; el Ensayo 
de una Filosofía de ¿a Historia, por el Barón Barchou de Pen- 
hoen; las Ideas sobre la Historia de la humanidad, por Herder, 
completaron mis estudios generales de Historia. Tengo un 
agradable recuerdo de las Ideas, de Herder. Varios amigos 
nos reuníamos algunas noches en casa de Pí y Margall (que 



121 



todavía no se había trasladado á Madrid) para leer y releer el 
brillante prólogo que puso Edgardo Quinet al frente de aque- 
lla obra. También leíamos de paso el Ashverus, del propio 
autor. Los comentarios de Pí valían tanto como el libro. 

Era natural en un español no echar en olvido la historia 
de España. Todavía no podían entrar en cuenta ni Lafuente, 
ni Dunham, ni Rossew Saint-Hilaire. Mucho Mariana, mucho 
Masdeu y el indispensable bagaje de cronistas, analistas é 
historiadores de sucesos particulares: Zurita, Pujades, Meló, 
Moneada, el ya citado Robertson, Prescott, Weiss, William 
Coxe y el Conde de Toreno. Buen menú, con algún plato em- 
palagoso. El libro que consultaba con más gusto sobre cosas 
de nuestra historia, era el de Carlos Romey, desgraciada- 
mente incompleto. 



V 



Los libros eran lo de menos. Más empezaba á preocupar- 
me la nueva manera que convendría dar en lo sucesivo al es- 
tudio y exposición de una historia tan especial y tan carac- 
terística como la de nuestra tierra. Veía muchos narradores, 
pocos historiadores. Mucho repetirse unos de otros, mucha 
calcomanía sobre antiguos modelos, poca espontaneidad, nin- 
gún sentido de la ciencia moderna. 

La ciencia histórica, me decía yo, tiene que entrar forzo- 
samente en un período de reconstitución completa, por lo 
que á España se refiere. Todo me anunciaba que nuestra 
Historia se había ido enqiálosando: que había que mudar de 
senda para rehacerla. A lo mejor caíamos en la cuenta de 
que un docto cronista nos había divertido con mil patrañas: 
otro día la severa crítica echaba por tierra fechas, sucesos, 
hazañas, y hasta existencias que habíamos tomado por ar- 
tículo de fe desde que frecuentábamos la escuela. Sentía yo 
que con el siglo XIX había variado el concepto fundamental 
de la Historia: que los elementos exigidos por este nuevo 



122 

concepto iban á ser numerosísimos. Los que antes se llama- 
ban simples auxiliares de la Historia, me resultaban partes 
integrantes suyas, factores esenciales. Hoy el historiador 
tiene que ensanchar sus moldes, ejercitándose como cualquier 
narrador primitivo, en el manejo de las fuentes, sopeña de 
incurrir en serviles copias ó de darnos, como verdades incon- 
cusas, el fruto de ideas preconcebidas, el espíritu de comu- 
nión ó de secta, la leyenda acreditada por la sola sanción de 
los tiempos. 

¿De qué se quejaría el historiador? — me preguntaba á ve- 
ces. — ¿De tener tantos cooperadores? Son todos eficaces y 
forman un cortejo ilustre. La Geología, la Historia natural, la 
Geografía para sorprender en aquel medio ambiente sospecha- 
do ya por Montesquieu, el secreto de ciertas influencias cli- 
matológicas ó de otra especie que hayan podido obrar en el 
desarrollo ó estancamiento de las razas. La Cronología, como 
medida cabal de apariciones, virilidades ó decadencias de los 
pueblos y como término de comparación entre civilizaciones 
de fechas y órdenes distintos. La Etnografía y la Lingüística, 
dos conceptos hermanos, ó mejor dicho, gemelos que tradu- 
cen fielmente el génesis de las razas: el primero en sus con- 
diciones físicas, psíquicas, físico-psíquicas y fisiológicas: el 
segundo en la contextura del Verbo, que es por donde los pue- 
blos suelen revelar muchos de sus instintos. La Arqueología, 
la Numismática, la Indumentaria, formas externas ó modalida- 
des sociales que dibujan un momento dado de la Historia, á 
veces con más verdad y mayor energía que los más pintores- 
cos relatos. Añadid la obligada secuela de todas las activida- 
des humanas, según la forma en que hayan marchado al tra- 
vés de las edades: el proceso del pensamiento en la Filoso- 
fía, el de la investigación de las leyes de la materia en las 
Ciencias físicas y naturales, el del sentido estético en las Be- 
llas Artes, el de la vida industrial en la Economía, el de las 
instituciones civiles, políticas y religiosas como vivas mani- 
festaciones sociológicas en cada región ó en cada período. 

No me parecía floja empresa, lo confieso ingenuamente, 
el viajar con tanto aparato; pero así se escribe la Historia, me 
replicaba á mí mismo, dando su recto sentido á una frase 



123 

conocida. Así se escribe la Historia si ha de ser lo que Cice- 
rón quería. Ya me parecía tiempo de abandonar la rutina de 
los hechos señalados, si por hechos señalados se entiende 
únicamente lo ruidoso, lo aparatoso, lo que brilla, las líneas 
rojas ó azules marcadas por la conquista, por las genealogías 
ilustres, por las intrigas cortesanas ó por los accidentes del 
campo de batalla. Había que penetrar en lo hondo y ponerlo 
al descubierto todo, hasta las entrañas: vicios y virtudes, cos- 
tumbres y corruptelas, prosa y poesía, lo pedestre y lo he- 
roico, estados normales y momentos épicos, muchedumbres 
y aristocracias, gobernantes y gobernados, contornos, plie- 
gues, sombras y efectos de luz, los dolores que laten bajo las 
últimas capas sociales, las glorias, prestigios y resonancias 
de las altas. Así me aparecía la Historia con su carácter in» 
tegral, y no, como era costumbre, cuando después de una 
larga narración de los sucesos políticos de más bulto, desli- 
zaban, como vergonzante en el curso de la relación, un com- 
pendiado capítulo sobre artes, ciencias y literatura ó lo que 
llamaban estado social. 



VI 



Una mañana de las de Abril había salido, como tantas, á 
dar un paseo por el puerto de Barcelona. Otras veces no me 
permitía pasar de la Farola vieja: aquel díalo hermoso del sol 
y lo apacible de la temperatura brindáronme con correrme 
hasta el último término de las nuevas obras del puerto, toda- 
vía entonces muy atrasadas. Sentéme en una roca: estaba yo 
por aquellos días en pleno Romey y en pleno Mariana, can- 
sado de batallas, de listas de reyes, de fechos y fazañas inter- 
minables. Desde mi humilde observatorio veía un mundo dis- 
tinto: pilas de carbón de piedra recién descargadas ó apresta- 
das para la carga: pacas de algodón procedentes de Mobila, 
de Nueva Orleans ó de Pernambuco: una vela que entraba, 
otra que salía: la machina levantando enormes pesos y to* 



124 

ruándolos en hombros el hijo del pueblo para disponerlos en 
las carretas: las canteras de Monjuich, los cultivos de las 
huertas de San Beltrán, los caprichosos dibujos que la arqui- 
tectura de otros tiempos había sembrado por los aires en 
forma de torres, cúpulas y agujas. 

Vamos á ver, seguía yo preguntando, estas y otras cosas 
¿no son la verdadera, la propia sustancia de la Historia? ¿Por 
qué no ha de ser esto lo principal y aquello otro lo accesorio? 
Con ayuda de la piedra y de los monumentos veríamos cla- 
ramente lo que fueron nuestros Iberos, Celtas y Fenicios: con 
el estudio de su comercio comprenderíamos mejor nuestro 
período cartaginés: la gran época hispano -romana, así repu- 
blicana como imperial ó cesarista, más que en su aspecto 
militar, esfuerzo de vencedores y vencidos, podríamos consi- 
derarla en la Colonia, en el desenvolvimiento de la célula so- 
cial desde la Familia y el Municipio hasta la constitución de 
la Provincia, en las influencias cristianas, en toda clase de 
manifestaciones industriales, mercantiles, artísticas y litera- 
rias de aquellos nuestros preclaros progenitores. Con los Vi- 
sigodos, con sus brillantes Reyes, sus fieras matanzas é indo- 
mables ambiciones, iríamos señalando la ingerencia de ciertos 
elementos totalmente extraños á culturas anteriores: el senti- 
miento individual, la dignificación de la mujer, los nuevos 
organismos de la propiedad, nuestros primeros Códigos, nue- 
vas creencias, nuestros primeros amos en aquellos PP. de 
Toledo que tanta mano legaron, en los negocios públicos, á 
sus sucesores de la Reconquista. 

Aquí empezaba el periodo de la epopeya: cada cosa á su 
tiempo. Los árabes con su irrupción, con sus emiratos, su 
Califato, sus Reinos independientes, su mísera descompo- 
sición á manos de los moros; pero también con el estudio 
de aquella gran rama semítica, de su religión, de su fiso- 
nomía política y social, de su atrevido comercio, de su 
maravillosa industria, de su ingeniosa agricultura, sus cien- 
cias, sus Bellas Artes, su sentido caballeresco. Los cristianos 
de la Monarquía asturiana con las batallas milagrosas: allí 
la primitiva y nebulosa historia de Navarra y la intrépida 
fundación del condado de Barcelona, y allí también de relieve 



125 



los siglos VIII y IX, rudos en la guerra, rudos en la lengua, 
toscos en la escritura, vueltos á la infancia de la manufactu- 
ra y del arte, como es ley natural en todo pueblo que tiene 
que recobrar una civilización perdida. 

Idénticos paralelismos en los siglos X, XI y XII. La Mo- 
narquía leonesa con sus Cortes; Castilla y Aragón en creci- 
miento: en auge los catalanes: rota de Almanzor y exalta- 
ción del Cid, y al propio tiempo la vida municipal naciente 
con los Fueros, contenido bajo su acción el feudalismo, levan- 
tadas nuestras primeras catedrales, echados los cimientos de 
la patria lengua, la industria y la marina mercante en movi- 
miento. Y nuestro gran siglo XIII, el de las magnas figuras, 
el de las conquistas decisivas, el de las anexiones de Estados 
á punta de lanza, alternando con los códigos, el apogeo del 
comercio catalán, el estilo ogival y los trovadores; y el XIV 
preñado de turbulencias, guerras civiles y continuo bregar 
con la morisma; pero ya con Cortes influyentes, con la for- 
mación de nuestra prosa, con el cultivo de las ciencias y su 
aplicación á varias industrias. Y finalmente, el siglo XV con 
Granada, con Cristóbal Colón, con las ferias de Medina, con 
las dos unidades, con los judíos lanzados del suelo patrio por 
los extravíos de la fe. con los primeros campeones lanzados 
allende los mares por los extravíos del oro. 

¿Tanto costaría (eran mis ilusiones de entonces, y así con- 
cluían mis largos soliloquios), tanto costaría aplicar igual- 
mente al período austríaco y al período borbónico ese procedi- 
miento de hacerlo marchar todo junto en ordenado plan? Y 
añado ahora: ¿querrá Dios que lo que yo soñaba de mucha- 
cho hace tantos años, pueda verlo ensayado por alguien, 
aunque sea por un doctísimo académico? 



126 



SECCIÓN SEGUNDA 

Literatura sin pretensiones. — Genio y escribideras. — El literato de seso. — 
Ticknor y Schlegel. — I.as ediciones de Tauchnitz. — Mi Tácito, el mío. — 
De Quintiliano, uncías tres. — Roma, cote du cceur. — Problema de la prosa 
castellana. — Puristas en brecha. — De cómo se puede perder una rica len- 
gua. — Nuestros clásicos: los historiadores; los místicos; I03 picarescos. — 
Gloria á Quevedo. — De maestro el gran Quirftana. — Libros olvidados y 
libros inolvidables. — ¡Byron! — Fruta prohibida. — A la defensiva. 



I 



Para obtener una educación literaria, seguí el mismo sis- 
tema que en Historia. Dije qué clase de horizontes me había 
abierto el Curso de Literatura del Dr. Monlau: era llegada la 
ocasión de ensancharlos con la lectura de los clásicos, pre- 
ceptistas, críticos y otros escritores de nota. 

Nada de pretensiones á literato. ¿Literato yo? ¡Jesús mil 
veces! Un francés puede decir impunemente je suis un homme 
de lettres: un español que se llame á sí propio literato, cae 
para mí en el más espantoso ridículo. Pudores ó eufemis- 
mos de idioma, que es preciso respetar á todo trance. 

Mas aquí no es cuestión de pudor, sino de propiedad de 
lenguaje. Yo no puedo llamarme literato, porque no tengo la 
honra de pertenecer á tan esclarecido gremio. No soy poeta, 
no he escrito dramas, comedias ni novelas: tampoco he sido 
periodista de pelea, ni revistero de teatros, ni cronista del 
mundo grande ó pequeño, ni prologuista, ni siquiera censor 
dulce ó amargo de lo que otros escribieron. Decidme si fuera 
de estas categorías podéis, en España, calificar á nadie de li- 
terato. Fuera de estas categorías. ¿Hay otras? Sí debe de ha- 
berlas, tomando por base, no la calidad del escrito, sino la de 
los escritores. Veamos, ajustándonós á esta mecí: da, cuántas 
maneras de ellos hay, y en qué concuerdan. 

En primer lugar, los literatos de escribideras que, apenas 



127 

les apunta el bozo, suéltanse como cohetes y empiezan á 
emprenderla, á plumazo limpio, con todo lo imaginable: ver- 
sos largos y cortos, lo meloso, lo horripilante, teatro, folle- 
tín, y el tan socorrido recurso de lo pintoresco. ¿Estudios 
previos? ¿una carrera? ¿base científica ó literaria? ¿conoci- 
miento del mundo real, de la sociedad, de la Historia? Mu- 
cho pedir es, cuando les sobra con dos condiciones: la facun- 
dia y la osadía. ¡Ah! y el público. El público gusta mucho 
de sus platitos, porque son de una digestión facilísima, con 
salsa y aderezo dulces ó picantes, según los casos; y decir 
público que lee, es decir editor que paga, tirando más ó me- 
nos de la cuerda, según la trastienda del personaje. De estos 
hay en España abundantísima cosecha. O con zapatos rotos, 
ó de uniforme. Aire de milores, ó estómagos aventureros. Si 
sois amigos de coleccionar, daos una vuelta por esos trigos de 
la política. 

Sólo tienen bueno estos hombres el contraste con otro li- 
naje de literatos, los de ingenio. Más á la francesa, los genios, 
la mens divinior atque os magna sonaturum, como decía Hora- 
cio, que era de la familia. Estos tales escasean bastante, 
como todo lo bueno, como todo lo superior, como todo lo 
que esté fuera de límite. Son hombres de inspiración que do- 
minan alturas. Supremos delegados de arriba, adiestrados en 
el arte de la maravilla. Creadores ó reveladores que no imi- 
tan, ni son continuación de serie; marcan, con el profundo 
sello de su personalidad, una nación, un período, un género 
literario. Por ejemplo, en el teatro, Lope, Calderón ayer; 
hoy... Echegaray, ¿por qué no? Unas veces son toscos y des- 
nudos de conocimientos, como Shakespeare; otras, versadí- 
simos en muchas ramas del saber, como Víctor Hugo; acaso 
un brote instantáneo, Byron, Schiller, Juan Pablo; acaso 
un lánguido arrastre, Lamartine; unas veces forman escuela, 
otras no llegan á formarla, tan superiores son y tan privile- 
giados. ¡Dichoso el país que los posea, porque sobre él refluye 
gran parte de su gloria, y de su honra vivirá la patria en una 
larga serie de generaciones! 

Aquí entran los de un tercer linaje, los literatos de estudio, 
término medio entre la aristocracia de los ingenios y la cal- 



128 



derilla de los escribidores. Entiendo que esos de estudio son 
el nervio de la clase por su seriedad, laboriosidad, provecho 
que dan y por sus variedades infinitas. Los hay, á estilo be- 
nedictino y alemán, que, sepultados en los archivos y biblio- 
tecas, preparan los andamiajes para grandes trabajos histó- 
ricos; otros cultivan con esmero el idioma patrio, ó son 
filólogos, ú orientalistas ó profundos conocedores de las litera- 
turas clásicas; unos eruditos, filósofos otros, y otros estilis- 
tas; quizás buenos poetas, buenos articulistas, elegantes ora- 
dores, chispeantes é ingeniosos en el cuadro de costumbres, 
discretísimos en la tarea de confeccionar un libro, un trabajo 
de Revista, una novela delicada. Tipo, Juan Valera. 

Impresiones mías en aquella época, sobre estos tres ma- 
tices de la familia literaria: los de escribideras me diver- 
tían ó aburrían ; á los ingenios los admiraba; envidiaba á 
los de estudio. Sí: mucho los envidiaba en mi primera juven- 
tud. De buena gana hubiera sentado plaza de poeta, novelista 
ó autor dramático. Entendámonos: con base, con extensa 
base. Pero nunca me ha dado el naipe por los versos, y aquí 
en confianza, con mucha reserva, de manera que nadie nos 
oiga, diré que los detesto. Los versos, no la poesía, que son 
cosas muy distintas. ¿Concebís eso de recortar el pensamien- 
to, y más que el pensamiento, la imaginación, en trozos per- 
fectamente iguales ó proporcionalmente desiguales, con sus 
cadencias arregladas en consonante ó asonante y sus agrupa- 
ciones en estrofa, soneto ó redondilla? ¡Vive Dios que el tal 
artificio de tijera es realmente inconcebible! Mas ¡ah! que el 
mundo de lo inconcebible es muy extenso: y diré, estropean- 
do una frase de no sé quién: en lo inconcebible vivimos, en 
lo inconcebible nos movemos y por lo inconcebible somos. A 
ver, si no: yo mismo, con ser tan opuesto y refractario á los 
versos, me sorprendo á veces en punible intimidad con el Ro- 
mancero, ó entusiasmado de veras con una tirada de robustos 
endecasílabos. Trozos escriben Pepe Echegaray y Gaspar 
Arce, que me enloquecen. Claro que me enloquecen: si estu- 
viera en sano juicio, yo, enemigo de los versos, no los aplaudi- 
ría. Mas ¿dónde está el sano juicio? Los poetas dirán que, no 
en mí, sino en el mundo entero que de tan antiguo acepta los 



129 

versos y teje coronas á sus autores. El verso es, luego debe ser: 
consolémonos con esta regla del positivismo. 

Escribir un drama ó una novela de efecto: ¡qué ambición 
tan natural á los veinte años! Túvela yo; pero me dije: alto. 
Nada más fácil que concebir un asunto 'cómico ó dramático 
para libro ó para las tablas: el quid está en desarrollarlo. Mis 
ideas sobre este particular eran de un rigorismo de cuáquero. 
Así en la novela como en el teatro exigía ante todo el interés: 
dármelo en la forma que quisierais, pero dármelo. ¿Qué es el 
interés? Una resultante. Resulta de lo pequeño y de lo gran- 
de, de lo sencillo y de lo complejo: de una descripción realis- 
ta de la vida, de un diálogo animado, de un toque de cos- 
tumbres, de un retrato feliz, de una punzada que os penetre 
el alma. Puede resultar de una situación vulgar ó de una extra- 
ordinaria que raye en lo maravilloso: de una trama bien urdi- 
da, de un enredo tan discretamente sostenido, que os tengan 
en constante espectación, con la sonrisa en los labios ó la 
amargura en el alma. Y siempre resultará del desenlace, si es 
de los imprevistos, si es de los que os sobrecogen, de los que 
os zarandean, de los que os dejan huella al tirar el libro ó al de- 
jar la escena. Todo género es bueno, ya lo sabéis, menos el 
fastidioso. También resulta el fastidioso; ¡oh! y ¡cuántas ve- 
ces resulta! Por eso nunca quise meterme en tales resbalade- 
ros. Pues qué, ¿no se. concibe el estudio sólo por el estudio? 
Para conocer las joyas literarias, ¿es menester hacer oficio de 
joyero? ¿de literato para saber literatura? ¿No bastá la satis- 
facción de haber cultivado el espíritu, recreándose en la belle- 
za, midiendo alturas con la vista, acaso con el deseo, pero 
sin la torpe pretensión de alcanzarlas? 



II 



Cuatro libros me sirvieron de introducción al estudio de los 
clásicos: uno bastante primitivo, la Stovia genérale d'ogni 
Letteratura, del abate Andrés; otros tres excelentes: la Histo- 

9 



130 

ria de la Literatura, de Schlegel; la Historia de la Literatura 
española, de Ticknor, y el Curso de Literatura francesa, de M. de 
Villemain. 

Tuve la mala ocurrencia de abandonar el cultivó del grie- 
go, quedándome en las lecciones de Bergnes. Después lo sen- 
tí, como he sentido no aprender el alemán. De éste no tomé 
más que los rudimentos: unos doce duros de alemán, como dice 
un amigo mío muy querido. Limitéme, pues, á los clásicos 
latinos y españoles, á los franceses, ingleses é italianos. Los 
alemanes en traducciones francesas. Compré los clásicos lati- 
nos de la colección de Tauchnitz, edición de Leipzick: tomos 
chiquitos, letra redonda y clarísima. Ni un comentario, ni una 
aclaración, ni una importunidad de escoliasta. Por esto pre- 
ferí la edición de Tauchnitz á la de Nisard, que va acompaña- 
da de la versión francesa. Necesitaba hacerme yo mismo la 
traducción al vuelo, en curso de lectura, á mis anchas. Así 
me fui enterando de Suetonio, Salustio, Julio César, Tito Li- 
vio, Tácito, Quinto Curcio y Quintiliano. De poetas, Persio, 
Juvenal, Tibulo, Catulo y Própercio. Ahí están, en un rincón 
de mis estantes, en compañía de antiguos conocidos, caballe- 
ros Cicerón, Horacio, Virgilio y Ovidio; los textos de Retó- 
rica, juntos en una pieza. Ahí están los otros con sus cubier- 
tas holandesas, lomito rojo con cuatro nudillos, sus cantos de 
colorines y guías de cinta estrecha. Puestos en línea de bata- 
lla, parece que me miran apenados del olvido en que los ten- 
go. Por puro respeto á su ancianidad, les quito el polvo de 
vez en cuando. Ilusiones con aquellos libros; ya pasaron. 
Déles Dios descanso y buena ventura. 

Tenía mis antipatías. Verbigracia: antipáticos Suetonio, 
Livio y Persio. ¿Por qué? ¡Vaya V. á saberlo! Mis amores 
eran los Anales de Tácito, los Comentarios de César, la Institu- 
ción oratoria de Quintiliano, las Sátiras de Juvenal y las Ele- 
gías de Tibulo. Ya no me preocupaba la idea de ser más ó 
menos latinista: el latín me tenía sin cuidado. Lo esencial era 
admirar valentías de pluma, y desentrañar, entre páginas, el 
sentido de la civilización romana. 

Menos agradable rae era César que Tácito; más el historia- 
dor político que el historiador guerrero; preferencias que de 



131 

bían obedecer á« secretos instintos; siendo natural que para 
mí tuviesen más atractivo la finura y la desnudez con que 
Tácito descubre los resortes del corazón humano, que las ha- 
bilidades estratégicas del gran dictador y sus maravillosas 
descripciones de batallas y campamentos. Mi afición á Táci- 
to vino á rayar casi en manía. Un año entero anduviéronlos 
Anales por mis bolsillos; Tácito al despertar, Tácito al con- 
ciliar el sueño; Tácito en el Jardín del General las mañanas 
de primavera; mi Tácito abierto por las tardes en la Riba, 
viendo estrellarse las olas á mis pies, como veía, entre líneas, 
estrellarse las libertades romanas contra el despotismo de los 
Césares. De esta suerte llegué á formarme una verdadera 
opinión sobre Tácito; un Tácito mío, apreciado á mi manera. 
Sobrio ingenio, alma severa, pluma vigorosa, espíritu cente- 
lleante ó espíritu acerado, descompuesto en ideas personalí- 
simas que' cruzan la narración como un relámpago ó cortan 
como una cuchilla. Esto decían los críticos; mas yo añadía 
en Tácito una calidad que han poseído pocos ingenios: el 
don del presentimiento. ¡Singular intuición de los hombres 
superiores! Veía á Plinio con el Cristianismo y veía á Tácito 
con el Imperio. La carta de Plinio es la de un talento miope, 
que no acierta á descubrir el alcance de las primeras propa- 
gandas cristianas. Ved qué ciegos. El y los de su estilo no dis- 
tinguen las nuevas fórmulas morales, ni el camino que llevan 
hasta acabar con la sociedad antigua; á dejar reducido el pa- 
ganismo á sus templos, como pudo decir Tertuliano. Mas lo 
de Tácito fué de notar, porque vio muy claro en la cuestión 
del Imperio. No es de los que se hacen ilusiones con los 
grandes tamaños, de los que juzgan de la solidez y duración 
de las instituciones por lo que tengan de voluminosas. No 
cree en los cetros inmortales; y, con sólo pintarnos la deca- 
dencia moral de sus romanos, predice la caída del Imperio, 
hasta señalando con el dedo aquellos pueblos que han de ser 
instrumento material de su ruina. 

Mucho hay que bajar desde Tácito á Quintiliano; pero á 
cada escritor le asignaba yo su casilla. Juzgado con las ideas 
modernas, Quintiliano me parecía un fósil; juzgado con las de 
su tiempo, parecíame un revolucionario. Un revolucionario 



I 3 2 

contra los desmanes de la retórica, contra el gusto ciceronia- 
no que el gran preceptista vapulea de firme en más de una pá- 
gina. Aquel esse videatur es la mejor caricatura de las redon- 
deces de Marco Tulio. 

Tiempo y ocasión tendremos de volver al capítulo de la 
oratoria: como la entiendo yo, como otros la entienden; 
quién es el abundante de lengua, quién el diserto,- quién ora- 
dor verdadero. Entretanto, no despreciemos á Quintiliano, 
que tan buenos preceptos nos dió, de que hoy sacamos gran 
provecho. Cuidado con las exageraciones. La oratoria es, ante 
todo, vaso de elección: vuelos, espontaneidad, inspiración, 
personalismo; es una forma del Arte, y está dicho todo. Quin- 
tilianizar un discurso de maestro es tan ridículo como medir 
las grutas de Ellora con el compás de Vignola. Diga V. á 
Castelar ó á Moret que tengan la bondad de ajustarse á las 
reglas de Quintiliano. Pero si Quintiliano no es falsilla, es 
linterna que alumbra fuerte; y el que tiene el hábito de ha- 
blar en público ha de confesar amenudo que aquel hombre 
acertó en muchas de las cosas que dijo; sobre todo, en la ma- 
nera de preparar al auditorio y en el manejo de lo patético, 
donde es excelente guía. Cuidadito, repito, con las exagera- 
ciones. Ni tanto ni tan calvo. ¡Vaya si sirven de algo los pre- 
ceptistas antiguos! Por tener á mengua consultarlos, suelen 
dar soberbias calabazadas muchos realistas de cogote tieso. 
Con tanto y tanto renegar de lo clásico podemos llegar á ri- 
dículos extremos en todas las manifestaciones del Arte. Y lle- 
gamos á ellos — ¿pues no hemos de llegar? — porque, excepto 
cuando se trata de algún numen privilegiado de esos que 
crean género, diariamente hay que armarse de paciencia con 
una turba de gigantuelos que nos dan pomada ó vinagrillo por 
discursos, lagrimazos ó pucheritos por dramas, por toda 
música bombo y pandereta y chafarrinones por pintura. 

Embebecido me tenían en su música Juvenal y Tibulo. El 
perfumado Tibulo, fino, elegante, de un aticismo incompa- 
rable y poeta más cadencioso que Ovidio, perdóneme la fama 
del ilustre Publio. ¡Juvenal! ¿Cómo no había de adorarle? Con 
él veía al desnudo gran parte de la sociedad romana; y quien 
dice sociedad romana dice historia de Roma según yo en- 



133 

tiendo y dejo explicado. La fantasmagoría militar, políti- 
ca ó'cortesana de los Livios, Suetonios y Salustios tenía para 
mí, en las Sátiras de Juvenal, un contrapeso admirable. Allí 
palpitaba la Roma antigua con sus flacos, sus calaveradas, 
sus malos olores; principalmente en aquella sátira 6. a en 
que el autor describe los vicios de las damas de su tiempo: la 
Roma cote ducoeur, como dice P. Véron, hablando del París 
moderno. 



III 

Cuestión más grave era la de los clásicos españoles. En 
los latinos podía haber eliminaciones; en los patrios todo me 
parecía aprovechable, no por la calidad, sino por la lengua. 
¡Quién hubiera tenido entonces la colección completa de Ri- 
vadeneyra! Aunque hubiera ya salido á luz, había un obs- 
táculo serio: 3.000 reales y encuademación aparte. Explicaos 
un estudiante con 3.000 reales disponibles. 

Hubo que andar arañando y pellizcando, con lo cual y con 
incesantes ahorrillos logré reunir una biblioteca española de- 
centita: mis dos ejemplares de Cervantes, uno mondo, otro 
ilustrado, un Mateo Alemán, Quevedo, los dos Luises, Saa- 
vedra Fajardo, el P. Isla, y Quintana, con el Romancero, 
Lope, Calderón y Tirso, Herrera, Moratín, Espronceda, el 
Duque de Rivas y Zorrilla. 

Manos á la obra. Primera dificultad: elección de prosistas. 
¿Para qué? Toma: para aprender el castellano. ¿No saben us- 
tedes que los catalanes, fuera de los ratos oficiales, no ha- 
blamos en castellano más que los días que repican gordo? 

Ahí es un grano de anís lo de los prosistas. ¿Tomaría por 
modelo, y sin ningún reparo, nuestra prosa de los siglos XVI 
y XVII? La tentación era grande; el peligro, enorme. Aquel 
pastoso hablar se pega al oído como una lapa. Dejaos llevar, 
y os sorprenderéis platicando como los judíos de Tánger, ó 
como un secretario de las católicas Majestades austríacas. Un 
lenguaje rancio, pedantesco y erizado de arcaísmos. Siquiera 



134 

en Madrid hay la ventaja de que la pluma se corrige por el 
oído: lo corriente de la conversación familiar enmienda lo re- 
trógrado de un purismo exagerado. Aun así, por ahí se pier- 
den muchos egregios académicos. Tengo entre ellos aprecia- 
bilísimos amigos, á quienes si yo no fuera catalán y ellos in- 
mortales, aconsejaría que, cuando escriban, procuren ser más 
castellanos de su tiempo. Pero en Cataluña es una desdicha 
caer en el vicio del lenguaje purista. No hay más criterio que 
el buen gusto de la persona; y la que de él carezca, andará 
por esos libros haciendo la triste figura, á puro querer empa- 
rejar con Granada ó con Cervantes. 

¿Cervantes y Granada? Y áLeón y á Quevedo y á Mariana 
y á Solís y á todos aquellos escritores sagrados ó profanos, y 
á todos aquellos novelistas, y á todos aquellos historiadores y 
á los de sucesos de Indias, hubiera imitado yo: tan cautivado 
me tenían y tan prendado estoy de aquella rica y galana fra- 
se. Sí señor: indudablemente nos dajía gran carácter y pare- 
cería más español escribir como la gente del siglo de oro. 
Por poco que me apuren, añadiré: tanto carácter como andar 
por ahí luciendo el garbo con calza de seda, sombrero con 
pluma, ferreruelo forrado en felpa, gregüescos, cuello azulado 
y abierto, guante de ámbar, ligas de roseta, la larga espada 
de gavilanes, y en los hombros una vuelta de cadena de oro. 
¿Por qué razón los más apegados á lo antiguo no se dan este 
inocente pasatiempo de indumentaria? Por la misma razón 
que os impide, aun profesando las ideas de Felipe II, conver- 
tir el salón de vuestra casa en un estrado aderezado de guar- 
damaciles, con doce sillas de baqueta, cuatro taburetes, dos 
bufetes y una alfombra mediada con seis cojines de ter- 
ciopelo carmesí. Al día siguiente, de puro corridos, man- 
daríais más que á escape vuestro rancio atavío á una pren- 
dería. 

Y pues hablamos de indumentaria, haced cuenta que tam- 
bién la hay del pensamiento, que es el lenguaje. Toda indu- 
mentaria sufre por la ley de los tiempos serias transformacio- 
nes; mas en esta del idioma, no hay sólo exigencia de la 
moda, como en el vestir, ó imperio de nuevos gustos y como- 
didades, como en el mobiliario. 



135 

A otras leyes de más sustancia se subordinan las mudanzas 
del lenguaje. Empiezo por ir más allá que los que se quejan 
de la decadencia de nuestra lengua. ¿Decaer, dicen? ¿No 
será mejor confesar que la hemos perdido? Antonio Segovia, 
el inolvidable Estudiante, hizo una vez, delante de mí, la 
prueba. Puso en una columna dos trozos de Cervantes, y en 
otra los vertió en jerga moderna. Como español puesto en 
ruso. Ni la madre que lo parió hubiera dicho que aquello era 
un mismo idioma. ¿Es esto casualidad, ó mera acción de los 
siglos, ó torpe desidia nuestra, ó como más generalmente se 
cree, ridículo prurito de vestirnos á la francesa? Más hondo, 
señor, más hondo. Nuestro idioma se ha ido extraviando por 
motivos idénticos á los que nos hacen seguir, como de reata, 
el movimiento contemporáneo. ¿Cómo en tan pocas cosas te- 
nemos nota de originales? ¿Dónde está lo que tanteamos, lo 
que inventamos,. lo que descubrimos? ¿Qué otra cosa veis sino 
vestirnos generalmente de ropa hecha? Tomamos ó copiamos, 
con fortuna á veces, otras con escaso acierto. Perezosamente 
nos arrastramos por la senda de la imitación, donde va des- 
apareciendo la flor de nuestra celebrada originalidad de an- 
taño; no es de extrañar que la lengua, corriendo penosamente 
tras de la idea nueva, vaya dejándose, entre matas y zarzales, 
sus antiguas galas y atavíos. ¿No habéis notado cuán rebelde 
es nuestro idioma á los modernos conceptos filosóficos, á la 
nomenclatura política, administrativa, rentística (¡financie- 
ra!) ó económica en boga, y sobre todo al tecnicismo indus- 
trial? Para hablar en sabio, tenemos que tomar prestado del 
extranjero. En filosofía, venga el vocabulario tudesco: pedid 
los libros de nuestros krausistas y hegelianos. En artes, el 
italiano; no llaméis á un cuadro malo un mal cuadro; es más 
chic decir pasticcio. Para revistas de ópera, la cáfila de térmi. 
nos musicales almacenados por los dilettanti. De gorra en 
ciencias, y más en mecánica, donde el diccionario inglés es 
nuestro árbitro soberano. En fin, ¿cómo olvidarnos del fran- 
cés, sin cuyo auxilio ya no podemos hablar de nada; ni de 
modas, ni de salones, ni de industrias elegantes, ni de cos- 
tumbres del día, y casi, casi ni de intimidades de la sociedad 
alta ó baja? ¡Y se empeñan en resucitar nuestro lenguaje de 



136 

marras, atándonos las manos ante esta invasión de nuevos 
elementos tan extraños á la índole de aquel elegante fraseo 
y tan fuera de sus copiosísimos caudales! 

Copiosos — ¿quién lo duda? — pero en los terrenos y en las 
direcciones que nuestros grandes escritores tuvieron á bien 
escoger para sus usos. Por no dejar la costumbre de las clasi- 
ficaciones, antojóseme, en aquella mi edad florida, distribuir- 
los en tres grupos: historiadores, místicos y picarescos. 



IV 



¿Cómo abundan tanto nuestros historiadores? ¿Pues no ha- 
bían de abundar en un pueblo que hacía de verdad casi toda 
aquella historia? Nosotros peleábamos, vencíamos, adicioná- 
bamos la tierra, dábamos la vuelta al mundo, vertíamos so- 
bre Europa el caudal de América, hacíamos esclavos, que- 
mábamos herejes, y, poco ó mucho, se dejaba sentir en todas 
partes nuestra mano de plomo. Grandeza llamaban las gen- 
tes á aquel ruido, y todavía es muy común así denominarlo: 
pase la palabrilla, que no quiero ahora fatigarme el seso con 
cuestiones de motes. Sea grandeza, pues así lo han decidido 
en junta de rabadanes. Grandeza ó no, confesemos que ello 
resultaba espontáneamente de los hechos. Con sólo tomarles 
el hilo, salían airosos nuestros historiadores, sin necesidad 
de meterse en metafísicas, ni de encumbrarse á altas filoso- 
fías. Referían por referir, contaban por el gusto de contar, ad 
narrandum; así, como cosa sin malicia, natural, traída por la 
mano de la Previdencia. Gesta Dei per Hispanos, Cuando se 
fatigaban de ir convo} T ando á los demás, se hacían á un lado 
del camino, plantaban sus reales, tendían el paño y lucían 
sus prendas literarias con gallardas descripciones de sitios, 
lugares, cortejos y personajes: ó bien se recreaban escuchán- 
dose á sí mismos, y ponían, en bocas ajenas, largas arengas de 
su invención, á ejemplo de lo que habían hecho Tito Livio y 
otros de sus colegas romanos. Este concepto que formé de 



J 37 

nuestros historiadores del gran siglo, no ha vanado ni un 
ápice con mis maduros años. 

Sí ha variado el que formé de nuestros escritores místicos. 
De joven no los podía digerir: ahora los comprendo mejor, y 
los leo con ánimo reposado. Es porque entonces el repertorio 
místico de nuestra literatura me hacía el efecto de ejercicios 
de devoción agregados á los de casa: miel sobre hojuelas. 
Después lo he visto bajo su verdadero aspecto: ideal, encar- 
nación de aquella sociedad española de su tiempo, mezclada 
de ascetismo y gloria mundana, de perfecta humildad y sin 
par fiereza. Aquellas batallas espirituales de nuestros ascéticos 
contra las tentaciones del maligno, debían traer involunta- 
merite á mi memoria las otras batallas de sangre en que ani- 
quilábamos á los descendientes de los Incas y de los Aztecas, 
al calvinista, al luterano, al pordiosero de mar, réprobas to- 
dos, todos hijos del mal y engendrados en las tinieblas, se- 
gún las ideas de la época. Satanás era combatido en toda la 
línea. 

En una sola cosa no he cambiado de parecer, con relación 
á los místicos. Creía, y sigo creyendo, que es difícil formarse 
con ellos un mediano estilo. Sería menester pensar como 
ellos pensaban, vivir su vida, respirar convento, celda, cili- 
cio, maceraciones. Probad escribir de aquella manera, aun- 
que sea para las beatas. Las marearíais con la frase ampulo- 
sa de San Juan de la Cruz ó con los períodos secos y labe- 
rínticos de Santa Teresa. En todo caso, y si sois piadosos de 
verdad, cosa muy problemática en estos picaros tiempos, os 
recomiendoFray Luis de León, el Padre Malón de Chaide ó 
el gallardo y majestuoso Fray Luis de Granada, cuyo espíritu 
flota sobre las páginas, desplegándose como velo de sutilísima 
gasa que sube, lentamente sube hasta que al cabo le perdéis de 
vista allá en las últimas alturas. 

Heráclito junto á Demócrito; al lado de los místicos lagri- 
meros la risa de los picarescos. ¡Dios mío! — exclamaba yo 
— ¿qué hubiera sido de la pobrecita sociedad española sin la 
gente de buen humor? ¿De nuestros abuelos, á solas con el 
Escorial, con las capuchinadas, las chamusquinas de la Pla- 
za Mayor y los exorcismos, sin el Buen Retiro, sin Quevedo, 



i3« 

sin los galanteos y tapadillos de aquella corte de los Felipes? 
Aquí entraba una reflexión que podría elevarse á la categoría 
de axioma. Un niño de alegre temperamento, á quien edu- 
quen con la nota melancólica, os saldrá hipócrita, enreda- 
dor, y andando el tiempo, burlador y deshecho calavera. Un 
pueblo meridional, vivo y de sangre ardiente, si lo sujetáis á 
régimen monacal, se os hará malicioso, bullidor, dado á me- 
ter cizaña, y cuando no pueda con el palo por delante, os sa- 
cudirá por detrás con el epigrama. Protestas de instintos 
mal contenidos entre apretadas ligaduras. Por esta razón 
lo burlesco ha sido y es nuestro género nacional por excelen- 
cia. Jamás se ha interrumpido entre nosotros la Visita de los 
chistes. Mayores y más estupendas carcajadas cuanto más 
nos aflige la desdicha. Canta que te canta en rabiando ó no 
teniendo blanca; desde la Celestina y el Lazarillo cuando em- 
pezábamos á vernos zurrados en Europa, hasta Larra y Fray 
Gerundio, cuando empezábamos á zurrarnos unos á otros en 
la primera guerra civil, y hasta llegar á nuestros innumera- 
bles é inimitables caricaturistas, ahora que vamos tan cómo- 
dos en el machito. 

Volviendo á los picarescos, recuerdo cómo me engolfaba 
allí, nadando deliciosamente en aquel mar de discreteo. Todo 
me lo engullí, todo, de la cruz á la fecha; Celestina, Lazari- 
llo, picaro Guzmán, Quijote y Novelas ejemplares, Gil Blas, 
Diablo Cojuelo, Garduña de Sevilla y Estebanillo González. 
Al fin llegué á cansarme; no me cansé de Quevedo. No me 
io comparéis con nada ni con nadie, ni en España ni en el 
extranjero, ni en lo espontáneo, ni en lo peregrino. Quevedo, 
otro de mis cultos, otra de mis manías. Tanto llegué á que- 
rerle, que me impuse la obligación de administrarme diaria- 
mente una ligera dosis de sus Discursos satíricos. Un pande- 
mónium aquello. Pasado, presente, porvenir, humanidad 
grande y humanidad chica, continua revelación, continua 
vena. Imitar á Quevedo ni en la frase, ni en el concepto; ¡ya! 
Siempre me estoy preguntando: ¿cómo intentarían traducirle 
los extranjeros? 



139 



V 



Vino el momento de escoger Autor preferente; quiero decir, 
una especie de maestro ó consejero que me adiestrase en el 
lenguaje para presentarme decentemente en público, si por 
ventura se me antojaba algún día borronear cuartillas. Me 
decidí por Quintana. ¿Por qué no Feijóo? ¿por qué no el P. Isla? 
¿por qué no Jovellanos? ¿por qué no Martínez de la Rosa? 
Modernos son todos ellos; el último, vivía; excelentes ha- 
blistas, corrientes en la dicción y en el período. ¿Por qué no 
tomarlos todos juntos? Diré, diré; comparados unos con 
otros, tienen sus- más y sus menos. Feijóo es descuidadí- 
simo, como buen articulista (su Teatro crítico es una colec- 
ción de artículos); el P. Isla muy desigual, á veces Cervan- 
tes puro, á lo mejor un trozo de pacotilla; Jovellanos algo 
•tocado de galicismos; Martínez de la Rosa, lo mismo que Al- 
calá Galiano, untados de clasicismo, con aquella pomadilla 
del siglo XVII, lustrosa sí, pero muy pegajosa para el peina- 
do moderno. A Quintana le encontraba intachable. Escribe á 
la moderna con un escogido fraseo y un delicado corte antiguo; 
tan florido, tan seguido, tan espontáneamente castellano, lo 
mismo en sus Vidas de Españoles célebres que en sus Cartas á 
Lord Holland. Así concebía yo nuestros buenos escritores de 
hoy, y la experiencia me lo ha acreditado. Así escribían siem- 
pre Segovia, Escosura, Lorenzana y Rafael Baralt; así Ale- 
jandro Oliván y Paco Canalejas cuando les daba la real gana; 
así hablaba Pacheco, así hablaba Olózaga, así habla Martos, 
así escriben ahora mismo Juan Valera, Federico Balart, 
Ouadrado, Pí Margall y Fernando González. 

Yo quería, en mis hervores juveniles, una cosa que cada 
vez se va haciendo más difícil: el castellano limpio de toda 
mácula extranjera; huir de ese escollo del galicismo en que 
forzosamente tropieza todo aquel que en España gasta tinta 
por afición ú oficio. Tiene esto sus razones, tristísimas razo- 



140 

nes. En Francia, en Inglaterra, en Alemania, rara es la per- 
sona culta que no escribe bien su respectiva lengua: apenas se 
distinguen en esto el literato y el hombre de ciencia. Flamma- 
rion, Figuier y Juan Reynaud manejan tan hábilmente su 
idioma como Feuillet, Máximo du Camp, Mérimée ó el hijo 
de Dumas. En España, el literato de veras escribe regular, 
porque está acostumbrado á. frecuentar los clásicos: los hom- 
bres científicos... ¡Cuánto no porfiaba yo y aún porfío con 
ellos, por el desenfado con que tratan la Gramática! De cada 
tajo y mandoble se llevan la mitad de la sintaxis. No es suya 
la culpa. Para sus especialidades, tienen que estar siempre 
encima de libros extranjeros que leen en el original ó mal tra- 
ducidos. De manera que, en nuestro país, toda persona que 
se dedique á escribir para el público, tiene por precisión que 
hacer constantemente dos estudios paralelos: el de su ciencia 
y el de su lengua. Tras ser ésta muy larga faena, todavía le 
hallo el inconveniente de que retrae á los más, porque exige 
nna dosis de paciencia inverosímil para nuestros tempera- 
mentos. 

Del mío, según he dicho, poco dado á la métrica, no podía 
esperarse un asiduo cultivo de los poetas. Los leía como es- 
parcimiento, no como estudio ó consulta. Calderón, Rojas, 
Alarcón, Tirso, á veces Lope de Vega. Moratín pasaba en mi 
círculo por lánguido y relamido. El teatro contemporáneo iba 
á saborearlo en las tablas. Si había, entre mis amigos, algún 
aprendiz de vate, poníale yo en la banqueta para hacerle re- 
citar, alternando con sus versos, algo del Conde Claros, el 
Moro expósito, el Diablo Mundo ó las primicias de Zorrilla. 



VI 

Si en general no puedo con el verso español, considere el 
compasivo lector lo que me sucedería con el alejandrino fran- 
cés, que me suena como una matraca. Por esta causa, ó tal 
vez por el género en sí, me costó gran trabajo deglutir el Cid 



I4i 

de Corneille y la Atalía de Racine. Me atraía poco la tragedia 
clásica: heroica, oriental ó greco-romana. Bastante tiene uno 
con la ordinaria farsa de la escena para echarse todavía al 
cuerpo las sublimidades de alto coturno. Vistas de telescopio 
ó megaloscopio desvanecidas de puro agrandadas. Más me 
cautivaba la nota cómica de Moliére con sus tipos imperece- 
deros; y no fueron ratos perdidos los que-rne pasé con el Tar- 
tuffe, las Preciosas, el Misántropo , las Marisabidillas y el Bour- 
geois gentil homme. 

El prosaico Boüeau me interesaba, no por su Arte poética, 
sino por sus incisivas sátiras quinta y décima: Rabeláis y 
Montaigne, por su ingeniosa cháchara; Mad. de Sévigné, por 
su ingenuidad; Fénélon, por sus estocadas de maestro en el 
Dialogo de los muertos; Montesquieu por aquella envidiable 
flexibilidad que le permitía descubrir lesprit de las leyes y 
prodigar de fesprit en las Cartas persas; Voltaire y Rousseau, 
por ser... ellos. A renglón seguido venía la larga lista de los 
contemporáneos; Mad. de Stael y su Corina; Chateaubriand, 
con los Mártires y el Genio del Cristianismo; Víctor Hugo, 
Dumas, Lamartine, cuyo Rafael fué objeto de una serie de 
epístolas cruzadas con un amigo. 

Italianos: / quattro poeti, con Maquiavelo, el campanudo 
Metastasio y el deslenguado Casti; pero naturalmente con 
más entusiasmo por Alfieri, Monti, Manzoni, Foseólo, Leo* 
pardi y aquel tiernísimo Silvio Pellico, que me hizo derra- 
mar más de una dulce lágrima con la lectura de Mié prigioni. 

De ingleses, Milton, Shakespeare y Byron; de alemanes, 
Schíller y Goethe. ¿Por qué en Schiller me gustaría más el 
papel del Marqués de Posa que toda la trilogía del Wallens- 
tein? Lo mismo me sucedía con Goethe, entre el Fausto y el 
Werther. El Werther no lo soltaba de la mano. El Fausto, 
¿para qué en aquella edad mía? Mefisto no es para los mozos, 
sino para los remozados; y hubiera dado cien Margaritas por 
una sola Ofelia. Pero el Werther... ¡oh! ¡el Werther!... 

En Byron me seducía todo, hasta el retrato suyo de la 
edición que poseo: Baer, Francfort, 1846. Diez y ocho años, 
cabello descuidado, corbata suelta, garganta al aire y enteros 
en la mirada los poemas del inmortal misántropo. Fantasma 



142 

desprendido de entre las brumas del Norte, que viene des- 
haciéndose sobre el Mediodía, en lluvia de colores, hasta 
ocultarse en la tumba de Missolonghi. Loco con centellas de 
visionario; inmensos resplandores sobre fondos de noche tor- 
mentosa; hierro candente aplicado al alma; cantor de dolores 
y trovador de la hiél; eterna amargura que se cierne sobre 
todas las risas y todas las orgías. Tal fué Byron en vida; tal 
se ha legado él mismo á la inmortalidad. Dibujóse en Don 
Juan: mas el Don Juan se lo prestaron. ¿Quién le dió las 
notas de Childe Harold? 

¡Divino Childe Harold! Con él hice mi primer viaje por fan- 
tásticos espacios; con él soñé Oriente, con él, huríes y baya- 
deras, con él amores insensatos, con él Cintra, con él Grecia, 
con él Nápoles, con él la hermosa Andalucía. Extraño escep- 
ticismo que os hace creer en todo. Si Schíller engendró ban - 
doleros, y Goethe suicidas, Byron os hará peregrinos, aven- 
tureros, fervientes apóstoles de una idea. Alejará de vosotros 
las desnudeces de la vida y existiréis de estela en la frente y 
de blanca túnica á raíz de las carnes, mecidos en un eterno 
poema- el poema del cielo español, el poema del sol de Italia, 
el poema de las lágrimas que desarman, de las congojas que 
exaltan, de los delirios heroicos, de los ojos que fascinan, de 
los alientos que abrasan, de los besos que enloquecen; el 
poema de las libertades que, en ya olvidados suelos, resuci- 
tan por el solo esfuerzo de una generación de gigantes. 



VII 



Novelas que leíamos, ¿quién será capaz de contarlas? Deli- 
rio por ellas, como todo muchacho. Walter Scott había pasa- 
do de moda-, d'Arlincourt se iba anticuando; Sue, Dumas y 
Paul de Kock eran los amos del cotarro. Un poco menos, 
Féval y Soulié. Fruto prohibido y perseguida la importación 
por dos instituciones serias: la aduana de mi casa y la policía 
de confesonario. Así iba tomando el contrabando proporcio- 



143 

nes colosales; los forros de los gabanes y el fondo de los col - 
chones nos servían de almacenes. De casa en casa y de mano 
en mano nos pasábamos aquellas abominaciones. Debajo de 
un Kempis, el Gustavo; cubierto por el P. Ribadeneyra, el Hi- 
jo del diablo. Para curarnos las sequedades del alma era de ver 
cómo mordíamos la sabrosa manzana. ¡Lo de velas que lleva- 
ba gastadas en secreto! ¡Las que apagaba y volvía á encender 
para ir sorteando las sorpresas! Otro que yo se hubiera rendi- 
do, porque aquello era un no vivir; pero, dale que enciende, 
dale que apaga, y el veneno colaba. Veneno sería: nunca me 
he sentido más sano de espíritu y de cuerpo. 

Paul de Kock me gustaba sobremanera; ¿qué digo? me 
gusta siempre. De una chispa saladísima, pintor inimi- 
table, precursor de Flaubert y de Zola, maestros en el 
arte de describir. Libre, muy libre: ¿no lo eran de sobra 
nuestros clásicos novelistas? Tiene Kock sobre ellos la venta- 
ja del pudor de la frase. Otra ventaja: el fin moral que no 
abandona nunca. Sé que es muy discutible lo de llegar .á 
fines morales por ciertos caminos; pero Kock contestaría con 
su tupé de costumbre: ¿no están ahí los libros de medicina y 
las escabrosidades de los casuistas? 

Para libros de caballerías nadie como el viejo Dumas. Mon- 
te Cristo es un D. Quijote con billetes de Banco; d'Artagnan, 
un Rolando con lechuguilla; Bragelona, un Amadis de Gaula 
con guantes de cabrito. La ocurrencia de presentar la his- 
toria de Francia en cuadros novelescos vale por sí sola un 
mundo. ¿Quién sabe dónde hay más realidad; si en la His- 
toria efectiva de Enrique Martín, en la Historia de los Gi- 
rondinos, de Lamartine, ó en las novelas históricas de Du- 
mas? Conteste Aristóteles que, al hablar de la tragedia, ha- 
llaba más verdad en la poesía que en la historia. Desde lue- 
go tiene Dumas dos cualidades superiores: la narración y el 
colorido. En esto es incomparable. No se ha hecho cursi ni an- 
ticuado. Hoy le leéis con el mismo interés que ayer. El año 
pasado en Biárritz, no sabiendo en qué ocuparme, volví á 
hojear los Mohicanos, después de treinta años. No se me caía 
el libro de las manos. Exactamente como cuando, hace cerca 
de cuarenta, me pasaban por debajo la capa las Memorias de 



144 

un médico, y siempre me parecía que terminaban demasiado 
pronto aquellas páginas interminables. 

Sorprendíame el prodigioso ingenio de Balzac: imitador de 
Boccacio y Rabeláis en los Contes drolatiques, profundo filó- 
sofo en la Piel de zapa. Mas yo tenía especial predilección por 
otro novelista de su escuela, Carlos Bernard, el autor de 
Gerfaut, del Homme sérieax y del Gentilhomme campagnard. 
Ahora le comparo con Víctor Cherbuliez. ¡Cómo me encan- 
taba la bella Clemencia de Bergenheim! Rica y simpática en 
todo; hasta en sus debilidades. ¡Ah! si aquella mujer divina 
hubiera pestañeado, ¡en cuántas y cuántas locuras no hiciera 
caer á esta carne maldecida! 

Eugenio Sue era, en aquel tiempo, el gigante de la novela. 
Con pensamiento, con sistema, con miras de reformador: tal 
vez un poco estirados sus comentarios filosófico-sociales. Mis- 
terios de París, Martín el expósito, manjares que se devoraron 
en el acto. Sobre todo, el Judío errante. Digan lo que quieran, 
tampoco ha pasado el Judío errante. Allí, allí está el jesuí- 
ta, en fotografía inalterable. Rodín, d'Aigrigny, la princesa de 
Saint Dizier viven entre nosotros. Prueba de que no acabaron, 
me diréis: señal cierta, contestaré, de que hay que tenerlos en 
jaque. 

Cuando apareció el Judío errante, los jóvenes de sentido li- 
beral estábamos profundamente alarmados. jQué avalancha 
se nos venía encima de libros ultramontanos! También los leía 
yo, porque me gustaba enterarme de todo. Bonald, Augusto 
Nicolás, el Papa, de De Maistre; la Historia de los Jesuítas, por 
Crétineau Joly; el Ensayo, de Donoso; el Protestantismo, de Bal- 
mes, y aquel honradísimo esfuerzo de Wiseman para conci- 
liar la ciencia con el Génesis. 

Creedme: Michelet, Qüinet y Eugenio Sue hubieran hecho 
suma falta. Nos dieron la voz de alerta para estar á la defen- 
siva de los RR. PP. que trataban de tragarse aquella genera- 
ción, como quieren tragarse la presente, como se tragarán, si 
no se Ies va á la mano, todas las posibles. 



145 



SECCIÓN TERCERA 

Volvamos al mundo. — Las precauciones de D. Ramón. — ¡Silencio en las 
filas! — De las balsas de aceite en general y de la educación política en 
particular. — También me divierto yo. — Apertura del Gran Teatro del Liceo. 
— ¡Por un botón! — ¿Habría panzas en Roma? — Macbeth al piano. — Róvere, 
Roppa- y los Ronconi. — Liceístas y principalistas. — Camita á las once. — 
EL maestro Obiols. — Entre bastidores. — Matinées musicales — Un público 
de duquesas. — ¡Aquel pisar! — Recuerdos de una amapola. — Las compa- 
ñías de Santa Cruz. 

I 



Los cinco años que vamos historiando forman parte de 
aquel largo período de los once, totalmente ocupado por la 
dominación moderada: más digna de mención, si, para la 
educación del país, hubiera sido más provechosa. Llenáronla 
Narváez y sus parciales, los idólatras del sistema doctrinario 
francés, y de su propia inclinación muy dados á la paliza, á 
medir á puños las cabezas y las espaldas á varas: la política 
del cartucho en el cañón y tente tieso. Cómo las gastaban 
en Barcelona, podrán adivinarlo los que, en el curso de esta 
relación, hayan visto la algarada estudiantina. Bajo aquel 
pie vivía entonces la Ciudad de los Condes. Centinelas de día 
y de noche en las torres de la Catedral, cuando no, bajo 
cualquier pretexto, en las avenidas de la plaza de San Jai- 
me; Atarazanas con troneras nuevas del lado de la Rambla, 
y los correspondientes cañones apuntados; bien artillado 
Monjuich, reparada la Ciudadela, la guarnición reforzada; 
si entrabais en uno de los muchos sitios guardados por la 
tropa, un brusco atrás, paisano, ó un paisano, la capa, dicho 
con el melifluo acento de los que cargan con el chopo; de tar- 
de en tarde, y para freno de hervores populares, algún consejo 
de guerra, algún ciudadano mandado á tomar aires ó á cam- 
biar de domicilio, según frase- consagrada. Juntábase á esto 

10 



146 

la policía olisqueándolo todo, fondas, cafés, otros lugares 
concurridos; recelo de una cara feroce, de unas guías insolen- 
tes, de unas barbas significadas. Tal ánimo tomaron los 
Mozos de la Escuadra que, más que gente mercenaria, pare- 
cían señores de pendón y caldera. 

No así, y conviene advertirlo, la Guardia civil, que por 
aquéllos días , se estaba organizando bajo la inteligente direc- 
ción del viejo Ahumada. Estaba el instituto en sus albora- 
das, con mozos gallardos de limpísimas notas, escogidos en- 
tre los mejores. Daba gusto verles con su correaje amarillo, 
cruzado sobre el pecho, pantalón de crudo en verano, el de 
invierno, con la levita, ajustado al mismo modelo de hoy, 
soberbios potros y bota de montar los de á caballo, y aquél 
famoso tricornio que, por no ser conocidos en provincias los 
alabarderos, causó tanta extrañeza en la gente del pueblo. 
Un día que el General estaba revistando dos tercios en Mo- 
líns de Rey, no pudiendo contener mi admiración, lleguéme 
á él y le dije: — «Señor duque, puede V. estar orgulloso de 
esta fuerza.» — «Joven — me contestó, — agradezco mucho sus 
palabras. Dios mediante, no sólo hemos de hacer de todos 
estos valientes un modelo de bizarría, sino de cada uno de 
ellos un aspirante á los premios de la virtud, que se dan en 
Francia.»— ¿Cómo había de admitir el ilustre veterano que 
sus Guardias pudiesen jamás emplearse para fines políticos ó 
eíectorales ó para arreglar en los paseos las filas de carruajes? 

El régimen Bum-bum iba dando en Barcelona el fruto co 
diciado. Engordaban los bolsistas al olorcillo de los negocios 
y de una bonita conversión que ya se divisaba entre celajes; 
los fabricantes, felices poseedores del oído del Capitán .gene- 
ral, trataban con él, en familia, la forma y manera de soste- 
ner sus aranceles; el obrero, amansado en apariencia, pero 
odiando en secreto lo que de público no podía señalarse; 
asomo de reacciones clericales, pujos de restauraciones 
nobiliarias; para la gente madura los intereses materiales; 
para la gente moza la vida de los sentidos, como la desean 
los Gobiernos de resistencia, sin los correctivos del libro, 
ni los ensanches del espíritu. 

Había tranquilidad, ¿por qué negarlo? Tranquilidad, así, 



147 

un poco á estilo de las soledades de Tácito y de los cemente- 
rios de Schíller. Lavas ardientes bajo capas de leche. ¿A qué 
condujeron tantos afanes? El cañón de Atarazanas no impi- 
dió el 54 ni evitó el 68; no se mató el espíritu levantisco; la 
misma persecución empolló el catalanismo; apesar de las 
mordazas, pronto empezaron los coros de Clavé, precursores 
de las expansiones obreras. Y por lo visto no había medio de 
entrar en términos de vida razonables. O los horrores de la 
Jamancia ó el bajalato de Narváez. Palo de abajo, palo de 
arriba. 

Comenzaba á preocuparme esta idea, y deseaba para mi 
país más favorecido trato. ¿Por qué no el inglés? me pre- 
guntaba. Eran mis sueños de entonces, cuando todavía 
creíamos en la verdad y eficacia del parlamentarismo. Un 
pueblo que trabaje, que piense, que lea, que estudie, que 
viaje: con prensa, con Jurado, con derecho de reunión, y en 
el Poder hombres serios y corazones leales. Notaba ya con 
profunda pena cuán lastimosamente se confunden aquí dos 
cosas enteramente distintas: el mando y el gobierno. Sentía 
ya por instinto un odio profundísimo á nuestras dos políti- 
cas favoritas, la menuda y la de partido. Pero los libros que 
traía entre manos nada me decían de estas cosas. Y seguía 
estudiando. 

¡Eh! cuidado: con desahogo, sin meterme á cartujo. ¡Bo- 
nita edad aquella para encerrarme en la concha! ¿Tocaban á 
fiesta? Pues á la fiesta. ¿Bailes había? Pues á danzar. ¿Se 
abrían teatros y casinos? A gozar de la ocasión: allí acudía 
yo, pagando el debido tributo á mis primaveras. 



II 

A tal señor tal honor: hablemos primero del Liceo. Como 
si los oyera á VV.; catalán y el Liceo, ya pareció aquello. ¿El 
peine? Cierto que sí, y á mucha honra y con razón que nos 
sobra por encima del pelo. ¿Con qué teatro me vais á com- 



148 

parar el Liceo? ¿Con la nueva Opera de París? Es un alar- 
de de arquitectura: de arquitecturas. ¿Con nuestro Real? 
Es una sala bonita. ¿Con la Scala, con Covent Garden? 
Son vulgares hasta lo plebeyo. ¿Con la Moneda de Bruse- 
las? ¡Horror! ¿Con Viena, con San Petersburgo? Es sacar 
las cosas de quicio. Yo juzgo el Liceo de Barcelona como 
teatro, y sostengo que no hay otro que le aventaje en gran- 
diosidad, ni en desahogo, ni en la perfecta y acabada distri- 
bución del conjunto destinado d espectáculo y d espectadores. 
Probadme que no estoy en lo justo. 

De tiros largos y en butaca de anfiteatro, asistí á la 
inauguración del hermoso Coliseo. Fué la noche del 4 de 
Abril de 1847. Función variadísima, española y catalana á 
un tiempo. Dieron Fernando de Antequera, escrito expresa- # 
mente por Ventura de la Vega; siguió una rondeña, com- 
puesta por el maestro de baile Camprubí, con música de 
Jurch, ambos catalanes; y terminó la fiesta con una cantata 
titulada II regio imene, arreglada en versos italianos por el 
profesor Cortada, y puesta en música por el maestro Obiols, 
i quien dedicaremos luego algunas líneas. Hubo también la 
alegoría de ordenanza con el busto de Isabel II, entre nube- 
ojtas de oro, gasas rosa y azul, león, globo, y columnas de 
Hércules en cartón pintado, y tres niñas de carne y hueso 
representando las Gracias, símbolo de lo que siempre creen 
ver en otra parte los que deliran por lo augusto. Hacía bas- 
tante calor apesar de lo templado y casi frío de la estación: 
como que pasaban de 4.000 los espectadores y ardían en el 
edificio 1.120 mecheros de gas. 

Desde entonces empezó en el Liceo una serie, no de fun- 
ciones, sino de verdaderas solemnidades artísticas que han 
dejado en Barcelona imperecedero recuerdo. Era de rigor de- 
jarse ver allí un rato todas las noches, de frac marrón con 
botón negro ó de frac azul con botón dorado, moda que ha- 
bían introducido los madrileños, porque, en perfiles del buen 
tono, éramos los muchachos unos monitos de Madrid. Lo 
del botón dorado tenía un ligero inconveniente: determinaba 
clase. Liso, hacía caballero particular; con armas Reales lo 
lucía todo empleado alto ó bajo, militar ó paisano, con maes- 



I 



i 4 9 

trantes, sanjuanistas y demás gente uniformada. Muchos 
tomábamos á risa la distinción; en otros era un cosquilleo 
sempiterno. A falta de lustre en la casa, suspiraban por el 
lustre en la casaca. Hacíanse mil locuras para obtener el de- 
recho al botón de buena cepa. Un famoso confitero, deseoso 
de agregar á las de su oficio las dulzuras de aquel codiciado 
tesoro, vino á Madrid con el intento de pescar á toda costa 
un casaquín bordado. Removió cielo y tierra, gastó, faroleó, 
y á los cinco ó seis meses volvió triunfante á Barcelona con 
su credencial en el bolsillo. ¿Para qué era la credencial? Para 
uso de uniforme de confitero honorario de S. M. 

Diez reales costaba la butaca del Liceo; el precio de hoy 
en Guadalajara ó en Segovia. ¿Era que nos daban compañías 
de monos sabios y notabilidades de café cantante? Precisa- 
mente lo contrario; todo superior y de cartello y primis- 
simi. Lo más selecto que se veía y se oía en Europa. Desde 
luego compañía de baile francés. ¡Qué decoraciones y qué 
trajes, y qué mágia en Azulma ó el Reino de las flores , en Gi- 
sela 6 las Willis! Allí pirueteaba la incomparable Guy Ste- 
phan, poco agraciada de rostro, pero con un talle, unas pier- 
nas y puntas de acero sin rival entre sus iguales. Esmerábanse 
los que movían aquel tinglado en reproducir sobre las tablas 
las mayores maravillas: hoy la cascada de Giessbach, maña- 
na un lago escocés, otro día un jardín con macizos de visto- 
sas flores; saltos altísimos de agua con aparatos nidráulicos; 
cañadas, gargantas y hondonadas por donde se despeñaban 
impetuosos torrentes; lebreles que corrían tras de un ciervo; 
caballos que saltaban vallas; Reyes y Príncipes con muy lu- 
cida muchedumbre de guerreros y cortesanos. 

Óperas: no he visto cosa parecida. Había semana de un 
par de estrenos. Para los días de fiesta quisiéramos un estuche 
de músicos y cantantes como aquellos. Por mi dicha, priva- 
ban todavía Bellini y Donizetti, con cuyas divinas melodías 
formábamos nuestro gusto musical los aficionados. Después 
hemos caído en la cuenta de que estábamos escandalosamen- 
te pervertidos; porque, 'según refieren los críticos de hoy, 
aquello no es más que música de necesser. Enterado, y gracias 
por la noticia á los alemanistas. Y sin embargo, ya entonces 



i5o 

empezábamos á cultivar el alemán en solfa: para hacer boca, 
nos daban de vez en cuando el Freyschütz, de Weber, y el Ro- 
berto. Y perdonen VV. aquí, señores maestros, mi modo de 
señalar. En lo dulce, en lo tierno, en lo melódico, en lo que 
hiere la fibra delicada, gustábame el género alemán por sus 
reminiscencias italianas: en lo demás, le daba la primacía, pero 
la primacía de música sabia. Lo peor es que, necio de mí, 
no he variado de concepto apesar de los Hugonotes, apesar 
de la Africana, apesar de Wagner: sobre todo, apesar de 
Wagner. Instrumentación, masas vocales, piezas concertan- 
tes, música guerrera, la nota religiosa: he aquí el verdadero 
campo alemán, y es mucho campo. No hablemos de Bee- 
thoven, ni de Glück, ni de Mozart, que están más altos. Son 
piezas de Rey y no han formado escuela. 

Rossini, en aquel tiempo, no estaba de moda. Pude darme 
por contento con oír un par de noches el Barbero, la Semíra- 
mis y el Guillermo. Intermitencia rara tratándose de un maes 
tro tan consumado. Echaban de ello la culpa á Verdi. Pare- 
cerá mentira; pero nos tenía chiflados con Hernani, los Lom- 
bardos, Atila y Macbeth. Se había hecho en Barcelona la músi- 
ca popular por excelencia. No oíais otra cosa en pianos, 
conciertos y bandas militares. Si llegamos entonces á conocer 
el Trovador, concluímos los barceloneses por dar á Verdi carta 
de ciudadanía. Otro día hablaremos de esto más despacio. 

Como cantantes, nadie superaba en Norma á Verger y 
á la Brambilla, matrimonio antediluviano que había ido allí 
á dejar su tarjeta de despedida al arte. Verger, antiguo rey 
de los tenores, con sesenta años encima y una tripa desco- 
munal, hacía un Polión inimitable. ¿Por qué un crudel roma- 
no no podía haber sido gordo y todavía coquetón en años 
mayores? Oíamos en Macbeth á la Gruitz, alemanota rechon 
cha y fuerte de color, garganta sin igual para las agilidades, 
fermatas de efecto, picaditos y fioriture. Rodas, que estaba en 
toda la plenitud de su voz, secundaba admirablemente á la 
Gruitz; y allí fué donde el famoso bajo empezó la serie de 
triunfos que alcanzó después en Sán Petersburgo, Viena, 
Londres y París, hasta que vino á dar, con sus huesos de ar- 
tista, en las tablas de nuestro regio Coliseo. 



i5i 

Una hombrada referiré apropósito del Macbeth, que prueba 
cómo estaba de bien montado el personal del Liceo y á qué 
extremo llegaba la pericia de sus directores. Durante las pri- 
meras representaciones de aquella ópera y en los críticos mo 
mentos en que el público corría á oírla con más entusiasmo, 
antojósele á la orquesta declararse en huelga; y como enton- 
ces no se estilaba suspender las funciones á capricho, la em- 
presa decidió continuar dando Macbeth, con una sola y lige- 
rísima modificación: suprimir... los músicos. Dicho y hecho: 
vengan un par de pianos de casa Bernareggi, uno para el 
maestro al cémbalo, otro para su segundo; á vestirse los can- 
tantes; tramoyistas y demás gente de faena en su puesto y 
al avió. No recuerdo cuantos días duró la broma, y sin queja 
de los abonados, porque todo salió al pelo, con un esmero, 
un ajuste y un efecto general que dejaron á los huelguistas 
con un palmo de narices. De cómo todo se puede arreglar en 
este mundo cuando hay pesquis y sobra de agallas. 

Una .de las óperas de que conservo más grata memoria, era 
Linda di Chamounix, que hoy pasa por una zarzuelilla. Cantá- 
banla Ferri, Bouché, la Salvini Denatelli y el inimitable 
Róvere» ¡Qué caricato aquél! ¿Qué gracia igualaba á la suya? 
¡Con qué distinción de maneras hacía el papel de márchese 
Ettore Achille! Puro anden régime, hasta en el modo de sacar 
la caja para tomar un polvo de rapé. Ahora no puedo resistir 
aquella joya de Donizetti. Todos me parecen clowns. 

Eran también ornamento del Liceo la Rossi Caccia, Selva 
en Hernani, Jorge Ronconi en María di Rohan y su hermano 
Sebastián en el Tasso, con el dulcísimo tenor Bocardé, que, 
cuando preludiaba en Atila la bella frase ella é in poter del 
bárbaro, parecía un eco de querubines. Mas ¡qué Bocardé, ni 
quién no decía «todo el mundo abajo,» oyendo á Roppa, el 
tenor de los tenores nacidos y por nacer, aplaudidos y aplau- 
dibles! Nosotros lo cogimos fresquito, recién extraído de las 
cocinas de un cardenal, donde lo pescó Rossini. Escena nin- 
.guna: tan soso con el manto romano como lo habría sido 
con el delantal blanco llenando las cacerolas. Suponed un 
quesito helado que os suelta de repente un do de pecho. Mas 
io de aquel hombre no era voz, sino concierto y tempestad 



152 

de voces. En el registro agudo, á pedazos os arrancaba el 
alma. Donde había que oírle era en los Mártires. ¡El credo de 
Roppa! Si lo llega á cantar en el Circo, bajo Diocleciano, 
capaz era de convertir al cristianismo la mitad del Imperio. 



III 



Con la anemia política, el espíritu de bandería se había 
refugiado en los teatros. Había liceístas y principalistas, que 
andaban comiéndose á bocados eon tanto encarnizamiento 
como si se tratase de elecciones ó de codearse en el Presu- 
puesto. Unos defendían la incontestable superioridad del Liceo: 
otros, los rancios, estaban por el teatro de Santa Cruz, ve- 
neranda antigualla que, apesar de frecuentes revoques, no 
podía competir, bajo ningún concepto, con el nuevo Coliseo. 
Solían cruzarse palabras mayúsculas entre uno y otro bando. 
Palos hubo una vez sobre quién dijo ó no dijo y si eres rubio 
ó moreno. Los más rabiosos parciales de Santa Cruz lo to- 
maban de más alto. Tachaban de réprobos y de impíos á los 
que frecuentaban el Liceo, y lo abominaban porque se había 
construido en terreno de frailes, despojados por los revolu- 
cionarios con la desamortización dichosa. A los liceístas, lo 
que más les escocía era que sus contrarios siguiesen llaman- 
do principal al teatro de Santa Cruz, agarrados á una tradi- 
ción de cerca de dos siglos. 

A veces, y al revés de lo que suele acontecer, se trocaban 
las veras en burlas, resultando curiosos lances que nos traían 
embelesados y eran, como quien dice, la salsa de aquellas 
peleas de Bajo Imperio. Cierto año, representóse en el Liceo 
Una avventiira di Scaramuccia, opereta semi- seria, entre cuyas 
decoraciones figuraba el interior de un teatro: platea, palcos y 
escenario. Mejor y más propicia ocasión no podía presentarse 
á los liceístas para poner al de Santa Cruz en caricatura. Hi- 
ciéronlo á pedir de boca, sin omitir detalle y de mano maes- 
tra. Como diríamos hoy, una fotografía: los paños descolorí- 



i5 3 

dos, las estrechas é incómodas lunetas, el anfiteatro de uríá 
sola hilera, acomodadores con traza de sacristanes, y los 
abonados setentones. Hasta reprodujeron, en determinados 
sitios, dos ó tres tipos conocidos, un viejecillo estantigua 
con la nariz pegada á la barbilla, un taimado escribano 
que se ponía hecho un Lucifer con solo nombrarle el Liceo 
y otro prójimo que, por no constiparse, sustituía en público 
el sombrero con un gorrito de punto de aguja, á mane- 
ra de solideo. Para no faltar á la más rigorosa exactitud, 
imitaron el gran reloj que servía en el Principal, de corona- 
miento al telón de boca; y cuando se le hacía señalar la hora 
de las once, todos los que desempeñaban el papel de abona- 
dos se levantaban de sus asientos, se despedían unos de otros 
cbn una voz trompicada en toses, é iban á tomar la hori- 
zontal, según era fama que á aquella hora precisa lo verifica- 
ban los de verdad en el más tradicional de los teatros. 



IV 



Más que las compañías y más que el aparato escénico, 
valía en el Liceo la orquesta formada con profesores notabilí- 
simos., solistas eminentes y concertistas de primer orden: 
Luigini, para el cornetín de pistón; Casella, para el violonce- 
11o; Jurch, como primer violín; Grassi, como oboé; Barrau, 
como pianista. Durante muchísimos años, estuvo al frente de 
aquella escogida grey el maestro D. Mariano Obiols, uno de 
los entes más singulares que registran los anales de la bat- 
tuta. 

Discípulo de Mercadante, con quien había aprendido en 
Nápoles los primores del arte divino. No era su figura un 
trabajo de artífice. De baja estatura, chata la cabeza y empo- 
trada en los hombros, una boca de oreja á oreja, y tan apre- 
tada, que los pómulos se le subían hasta taparle unos ojillos 
que, como si le sobraran, todavía cuidaba de disimularlos 



i54 

con enormes espejuelos. Iba por la calle como zanqueando, 
con las manos en los bolsillos, parándose distraído -y tara- 
reando ó mascullando entre dientes algún número favorito. 
Porque en el artículo de la música era maravilloso dechado: 
verle en su sitial, con la battuta en la mano, formaba parte 
del espectáculo. De pie, porque sentado apenas se le distin- 
guía, ya levantaba los brazos como clamando al cielo, ya los 
ponía en cruz ó los balanceaba, como santo en andas, ó bien 
abofeteaba el aire ó lo batía en los trémolos con ambas ma- 
nos, ó con una violenta sacudida acentuaba los finales secos, 
ó por el contrario, en los perfiles de les violines, torcía la 
cintura, siguiéndolos lentamente con el cuerpo, como hacen 
con la bola algunos jugadores de billar, cuando temen que, 
por sobrado fina, no les llegue á término. Gesteaba, pateaba', 
perneaba; y si la partitura rezaba toque de vigor, no se podía 
contener y soltaba un enérgico ¡enlaire! No era cuestión de 
saberse los spartitos de memoria: era llevarlos incrustados 
en el cerebro. Total: pinturería aparte, un eminente colorista. 
Así nos hacía tan difíciles y delicados para las audiciones de 
orquesta. Difíciles no, tan desgraciados. Porque ha sido des- 
pués una desgracia hallarlo todo deficiente en materia de 
masas instrumentales : una verdadera desgracia. Porque si. 
sostengo que, hasta que llegaron los conciertos de Rivas, no 
he oído en Madrid un efecto cumplido de orquesta, se me 
echarán encima los inteligentes de platea y toda su legión de 
musiquistas. Eppur mi muovo, y me mantengo en mis trece, y 
afirmo y aseguro que el tránsito brusco de Obiols á Sckodz- 
dopole era para que se le cayesen á cualquiera los palos del 
sombrajo. Gestero, cómico, estremoso... ¿qué me cuenta V.? 
No, sino andaos con repulguitos y veréis á qué queda redu- 
cida la lista de lo selecto. ¿Cuándo se había oído én Madrid 
un acompañamiento como aquél en el ária de la Calumnia! 
¿Dónde un par de crescendos tan bien espaciados como los 
que se ejecutaban en Lucrezia y en Otelo! ¿Y la romanza de 
Isabel en el Roberto! ¿Y aquella entrada soberbia al pasar á 
toda orquesta desde el harpa? Aquí era una mera transición: 
allí nos enloquecía. Pañuelos, guantes, sombreros, todo anda- ■ 
ba por los aires. Platea, palcos, anfiteatros, todo se venía aba- 



i55 



jo. Como en Madrid cuando Frascuelo da una de las de ordago. 

En confianza, y hablando imparcialmente: tales diferen- 
cias de efecto, artístico no obedecen solamente á lo más ó 
menos acabado de la ejecución, ó al mejor ó peor tino ,en las 
direcciones. Otro lado tienen menos visible, que estirándolo 
un poco, podría hasta llevarnos al estado general de las cos- 
tumbres públicas. Los barceloneses de entonces (no respon 
do de ahora) íbamos al teatro por el teatro, prosaicamente por 
la función; á oír, á ver, á comparar, á saborear. Diez reales 
aprovechados. No diré que, entre tanto aficionado, dejase de 
haber alguno con segundas miras: si estará ella, si tonteará 
con el otro, si habrá paces, si habrá monos, ó en otro terre- 
no, el recado del procurador, la confirmación del señalamien- 
to de vista para mañana, la nota del agente de cambio, la 
última palpitación de la Bolsa. Pero lo esencial, repito, era 
el espectáculo. Levantado el telón, silencio en las filas y ojos 
y oído al escenario. Llevábamos hasta al abuso la aplicación 
de esta frase: «dejarse impresionar.» Con lo cual, y con per 
• dón de VV., nada se nos escapaba; ni una nota chillona, ni 
una nota apagada, ni un forte de escaso matiz, ni un pianis- 
simo embrollado. Aprendíamos á fuerza de atención el arte 
del orecchiante y el paladeo en regla. ¡Cómo ha de ser! Los 
tiempos cambian. Dicen que ahora es más practico gastar en 
el teatro aires de aburrido; entrar á media función, y todo lo 
más, concluido el primer acto; volver la espalda á la escena, 
y cruzado el pie derecho sobre el muslo izquierdo, seguir el 
compás apaleando con el stick la punta de la botina; sonrisi- 
tas y telégrafos con la duquesita, la marquesita ó la amable 
vizcondesa; adelantarse al barítono ó al tenor, cantando su 
parte por lo bajo, para que se entere la vecindad de que aque- 
llo es de sobra conocido en casa; en medio de un dúo apa- 
sionado, hacer otro dúo de fila á fila sobre la última decla- 
ración de D. Antonio, ó la última embestida de D. Práxedes, 
ó la última evolución de D. X.; en los palcos, cháchara lar- 
ga, abaniqueo de sensación, y sus pujitos de carcajada en lo 
más afiligranado del rondó de la Lucía, del Dammi ancor del 
Faus/o, del Spirto gentil, del O miaSelika ó del Lasciami par- 
tiré. Pagar para oír y no oír, pero encontrarse. 



i56 



Dicen, sí, dicen, que esto es lo práctico. ¡Cómo ha de ser! 
Los tiempos cambian... 

Tenía el maestro Obiols ocurrencias deliciosas. E! fué 
quien inventó el famoso m f en ric de la virolla, que después 
han usado los catalanes en el sentido de me importa un bledo, 
se me da un ardite. Díjolo un día que se le soltó la contera 
de la battuta á fuerza de bracear en un ensayo; tan poseído 
estaba de lo que tocaban, que siguió un cuarto de hora re- 
pitiendo la frase al compás de los instrumentos. En otra 
ocasión, ensayando Regina di Golconda, se apercibió de que el 
segundo clarinete había dado una pifia. «¿Qué está V. ha- 
ciendo, condenado?» — pregunta Obiols. — «Lo que pinta» — 
contesta el interpelado, que era un alemán por extremo fle- 
mático. — «Lo que pinta? ¿Cómo lo que pinta? Traiga acá el 
papel y veremos.» — En efecto: la nota estaba equivocada. 

— «¿Es decir — replicó Obiols, — que si hubiese en la solfa pin- 
tada una escarola, hasta en un oboé nos la serviría V. adere- 
zada? » 

Allí, allí en los ensayos, era donde había que ver á Obiols * 
de domador con látigo y espuelas. No perdonaba una tilde. 
Todo quería llevarlo por lo perfilado. ¡Pensar en que se pre- 
sentase cualquier artista á ensayar sin ponerse aquellas pren- 
das que el maestro creía indispensables para el efecto lírico - 
dramático! Una noche estaba Rodas probando al piano el 
duettino ázAtila, con un tal Rauret. Iba Rauret en traje de 
calle, sin llevar al cinto la espada que requiere el argumen- 
to. — «¿Qué ha hecho V. de la espada?» —pregunta Obiols. 

— «¿La espada? — dice Rauret — arriba está. ¿Qué falta me hace 
para ensayar?» — «Pues ya la está V. bajando en seguida. 
¿Qué música de pega es esta, ni qué carácter va V. á dar á 
su papel, berreando y manoteando senza brando?)) 

Dióme por ahí una temporadita: por asistir á ensayos y co- 
larme entre bastidores. No me arrepiento de ello: mucho se 
aprende, de teatros adentro, en lo trágico y en lo cómico. 
¡Cuántas desdichas bajo la marchita flor de papel, las plumas 
ajadas de un sombrero, la manteleta usada ó el velo de encaje 
parduzco ya y clareado á trechos! Cuerpo de señoras, cuerpo 
de baile, cuerpo de coristas: ¡nombres sonoros á telón alza- ^ 



i5 7 

do; tristes, bien tristes á telón caído! Los Misterios de París me 
habían aficionado á estudiar de cerca los dramas íntimos tra- 
zados sobre un traje de percal ó sorprendidos entre los de- 
sechos de una prendería. Causábanme, más que maravilla, 
espanto, los contrastes del teatro interno: una diva que em- 
pieza, como Mignón, arrastrando harapos por los aduares, y 
llega al colmo de la gloria entre los aplausos de una genera- 
ción entera: un tenor que trueca por coronas de laurel los 
beefsteacks que antes preparaba: un bajo que, después de 
haber servido de lacayo, casa á sus hijas con príncipes y 
duques. Echaba Juego los ojos por el lucido cortejo de los 
eminentes, el eminente actor, el eminente artista que os hacen 
reír ó llorar á tanto la entrada: un Taima, un Garrick, un 
Romea: una Mlle. Mars, una Rachel, una Matilde, mima- 
dos, agasajados, festejados por la muchedumbre, tuteándose 
con las Altezas, recibidos casi en familia por las Majestades. 

¡Ah! miradlo con buen anteojo. Estos pocos son los in- 
mortales: puntos luminosos perdidos allá entre negros hori- 
zontes. Bajad un escalón, las segundas partes: un grado 
menos, coristas, figurantes y comparsas. ¿Lo subalterno? Lo 
nulo. Abrojos y asperezas. Por allí andan las tinieblas. Como 
decía La Bruyere: el arte no admite medianías. En el teatro, 
. la divisa de Borgia: ó César ó nada. Con talento y acepta- 
ción, los esplendores: sin talento ó con suerte esquinada, la 
oscuridad, la casa de empeño, la viuda sin pan, el hijo sin 
oficio, la hija con muchos, porque la tentación abre ca- 
minos. Ved cuánto tiene de trágico el estudio entre basti- 
dores. 

Más conocida es la parte cómica. Vais á ver á un actor en 
su cuarto. Le encontráis gesticulando, muy preocupado, de 
hongo sobre un peinado á lo príncipe Eduardo: en cota de 
malla y zapatillas. Se está escarbando los dientes con un pa- 
lillo: una manopla puesta, la otra encima de la mesa al lado 
de una cajetilla de cigarros. De repente os mira con ojos de 
tigre, os coge de un brazo como con tenazas y vais de un 
empujón á la parecí . «¡Miserable!» grita con voz estentórea. 
Es la famosa escena del cuarto acto que está acabando de 
perfilar entre dos sorbos de café. Al paso tropezáis con una 



m 

cantante que os recibe á gorgoritos, mientras acaba de en- 
cargar un caldo para cuando la hayan cortado la cabeza. Un 
bandido os pide cortesmente lumbre para encender un piti- 
llo: una gitana y una Princesa, cogidas del brazo, están ha- 
blando del sarampión del chico: el apuntador, ya instalado 
en bu perrera, echa pestes por el ruido que mete la granu- 
jería encargada de hacer las olas. 

Lo más salado era el departamento de los aéreos. Las bai- 
larinas sin soltar la barra, pirueteando, trenzando, estirando 
la pierna, atendiendo á los chicoleos. De capota, chaquetita 
ajustada, echarpe de gasa oriental y una faldeta provisional 
por el decoro. Medias, las caseras, blancas, azules, negras: el 
maillot para el público. 

Algunos pollastres se reunían en el camerino del primer 
bailarín. Temas de la docta academia: mujeres, toros, caba- 
llos, esgrima y asaltos de Mr. Thomase. Allí se acuchillabá 
sin piedad y la más limpia salía con cada tira de pellejo. Lo 
de El gran Galeoto. 

cCon cuatro tijeretazos 
dejaban aquellos chicos, 
las honras hechas añicos, 
las damas hechas pedazos. » 

Se había creado un nuevo derecho ; el de las confianzas 
ilimitadas. Un día os pedían el brazo- para dar volteretas; 
otro os tomaban de partner para el paso estirio, si no os co- 
gían por la cintura y os levantaban, en alto, creyéndose con 
la Guy. El rapto de Ganimedes. 



VI 



Otro mérito del Liceo: haber introducido las matinées mu- 
sicales. Dábanse los domingos y fiestas de guardar, de tres á 
cinco de la tarde, ordinariamente desde el mes de Abril, du- 
rando á veces todo el verano. Allí lucían sus habilidades los 



i5g \ 

solistas de la orquesta con otros profesores nacionales ó ex 
tranjeros que se encontraban de paso en Barcelona, ó con 
tal ocasión se contrataban. Naturalmente, predominaba en 
los conciertos el elemento alemán para ostentar en la orques- 
ta riquezas de instrumentación; algo también del género 
francés, con su poquito de música ligera para desensebar y 
contentar á todos. Unos Ecos ejecutaba el cornetín de Lui- 
gini, que oíamos con delicia, y los hacíamos repetir veinte 
veces. Los cornetines de respuesta se colocaban á distancias 
proporcionadas, invisibles, en el último plano del escenario. 
Cuando sonaba el postrer eco, lánguido, perezoso, melancó- 
lico, indefinido, perceptible apenas, hacíase en la sala un 
silencio sepulcral; reteníanse los alientos; almas, miradas, 
lenguas, abanicos , todo estaba en suspenso; y al perderse 
vagamente en el espacio la nota final, rompía el público en 
un descomunal aplauso, parecido al primer trueno, seco y es- 
tridente, que estalla de golpe en un cielo plomizo, tras aque- 
lla imponente calma y aquel reposo general precursores de 
las grandes tempestades. 

Algunos años después se aclimató en Madrid esta clase de 
conciertos: primero en Rivas; más tarde en Apolo. Sentiré 
que lo tomen á manía; me quedo con mis antiguos de Bar- 
celona. Cierto que los de Madrid llevan la inmensa ventaja 
de la concurrencia, compuesta de la flor y nata de la socie- 
dad española, la óreme de la créme, como Jhan dado en decir, 
para no hablarnos en romance. Duquesas, marquesas y con- 
desas con apellidos históricos ó con nombres retumbantes; 
junto á tan nobles damas, otras osadamente instaladas con 
sólo rango de mujer y nombres de capricho , vengadoras 
crueles que os barren de un flechazo una casa patricia, ú os 
dejan en cuerecitos vivos á media docena de millonarios; 
gallardas toilettes de Worth, de Rouff, de Redfern, varones 
esclarecidos é incorruptos que han obtenidt) del Genio de 
la moda el insigne privilegio de escribir, sobre el mismo 
cuerpo de la hembra, poemas enteros de terciopelo ó de faya: 
y estuches de Ansorena, y. brillantes de Boucherón, y perlas 
de Fontana, y olas y más olas de crugiente seda; con aquel 
pisar y aquel asesinar de las miradas, y aquella punta de 



i6o 

provocación en el gesto, y aquel sonrosado de la tez, ó aque- 
llas lácteas palideces, y aquellas palpitaciones del eterno fe- 
menino en el fulgor de los ojos s en el sordo batir de los aba- 
nicos, en la divina sonrisa y en la ligera ondulación del talle, 
que hacen de la dama madrileña el más perfecto y amoroso 
dechado de la gracia sin par y de la suprema elegancia. 

Añadid á esto el contingente masculino, el paño, valiosísi- 
mo elemento en un Madrid, que es el centro de todas las am- 
biciones; mágica linterna donde un buen titiritero podría en- 
tretenerse largo tiempo haciendo desfilar á vuestra vista las 
altas reputaciones del país, discutibles, usurpadas ó legítimas; 
el poeta, el orador, el periodista, el actor, acaso el torero, co- 
nocidos y aplaudidos en toda España; el político travieso, el 
de fortuna, el limpio, el entreverado, el manso, el manchado 
de sangre; el General de campaña, el de gabinete, el de los 
tocadores; el grande de España que saca en la pista los pre- 
mios pequeños, y el banquero que saca los gordos en las ju- 
gadas de Bolsa; con la gente de- Palacio, ministros, embaja- 
dores, extranjeros de distinción, y tantas otras estrellas de 
diversas magnitudes de que se compone la astronomía cor- 
tesana. 

Todo esto es imposible en un pueblo de provincia: por sa- 
bido se calla. Vuelvo empero á mi tema de los conciertos en 
absoluto: dirección, ejecución, elección de repertorio, mejo- 
res allí que aquí. Mejor, cien veces mejor que lo que oimos. 
Mas iba decir; pero no quiero pasar por exagerado. Sin em- 
bargo, ya era fácil que hubiéramos tolerado en Barcelona ol- 
vidos como los que he notado alguna vez en el Trocadero de 
París y en el Albert Hall de Londres. 

¿Ni cómo comparar un decorado con otro decorado? Aquí, 
para los conciertos, alquilan un teatro, ponen decoración 
cerrada, la orquesta en el escenario, y empieza el rasca que 
te sopla. Allí, antes de la matinée, se vestía la sala digna- 
mente. Representaba la escena un bellísimo jardín esmaltado 
de flores naturales con caprichosos juegos de agua: corrían 
los surtidores durante los intermedios. Luz, ambiente, pers- 
pectiva, nada se olvidaba. Los ventanones y la claraboya es- 
taban dispuestos de manera que entrase en la sala una suave 



claridad como la del poético amanecer en cielo muy sereno. 
No nos hubiéramos acostumbrado á las lobregueces de cala- 
bozo ni á las tintas de catedral bizantina tan comunes en los 
teatros vistos de día. Cuajada de ramos la escalera principal: 
jarrones, bustos, guirnaldas y ramaje en el vestíbulo. La 
gente colocada con comodidad; y á su disposición, para los 
entreactos, los anchos corredores y ¿[foyer, donde se servían 
delicados refrescos. 

Al terminar la función, no he menester decirlo, corría la ju- 
ventud á instalarse al pie de la escalinata. Magnífico golpe de 
vista. Por allí bajaban ó se deslizaban, como sílfides,las deida- 
des de aquellas devociones. Por alto andaban finezas y requie- 
bros. Era el momento psicológico del zapatito de raso, de la me- 
dia calada, de la pointe de Chantilly, del primor de capota azul, 
de la blanca mantilla, de la vara de refilón ó de la furtiva 
seña. Había mortales afortunados y mortales sin fortuna: fe- 
lices y desgraciados, como sucede siempre en esta triste hu- 
manidad que paladea tantos deleites y devora tantas amar- 
guras. Unos, los descontentos, se retiraban á sus casas, mus- 
tios y cariacontecidos, llorando el tiempo perdido en ajustar- 
se el guante lila y en probarse el lazo de la corbata. Otros, 
los satisfechos, salían reventando de gloriosos, alta la frente, 
y ceñidos los nuevos laureles alcanzados en la conocida faena 
de jugar, con puntería certera, la batería de los gemelos. 

En sus bailes de máscara desplegaba el Liceo más lujo que 
en los conciertos. La primera vez que asistí á uno de los del 
Real,' cuando se entraba por la plaza de Isabel II, me quedé 
hecho una pieza. Creí estar en Alcorcón ó en Vallecas. Aque- 
lla especie de trampolín que os llevaba de la puerta al salón, 
merecía una cruz para el que la había inventado, y otra lau- 
reada, sin juicio contradictorio, en pago de nuestra paciencia. 
Figuraos qué contraste viniendo del Liceo de Barcelona, con 
su vestíbulo engalanado en la misma forma que acabo de des- 
cribir, con el mármol de la escalera, aquellas anchuras y aque- 
lla magnificencia. Concurrencia escogida: la gente non sancía 
buscaba otros desahogos. Por esto se bailaba en las máscaras, 
porque encontrabais vuestra sociedad, la que frecuentabais, la 
que sabía vuestros pecadillos, la que os intrigaba sin faltar ni 



IÓ2 



en un ápice á las conveniencias. Disfraces poquísimos: el do- 
minó hacía el gasto. Tal vez alguna payesita con pañuelo de 
encaje en la cabeza, otro cruzado sobre el pecho, largas arra- 
cadas, xipó de raso negro, mitones de seda y en la cesta una 
soberbia amapola. Si, como al descuido, os la daba al pasar, 
estábamos bien: consuelo. 

Firmes allí desde las doce de la noche hasta las siete de la 
mañana, abstraídos del mundo real, entre flores, armonías, 
hadas, amores, esperanzas, finas correspondencias y dulcísi- 
mos coloquios. ¡Abstracciones! ¿Abstracciones, digo, de la 
vida real? Humo, vapores de la mañana. Las abstracciones 
de la vida real son como los sombreros buenos del guarda- 
rropa: se acabaron á las once. 



VII 

Apesar de lo dicho, no sería justo ni generoso olvidarnos 
del Principal. En ciertas temporadas sacaba los pies del plato 
sorprendiéndonos con una buena compañía italiana. Allí oí 
dos tiples excelentes: Emilia Goggi, en Ana la Prie, y la Cat- 
tinari, en otras partituras. Pero lo que predominaba en San- 
ta Cruz era el verso, con Romea, Arjona y la Matilde, Vale- 
ro y la Cairón, Ceferino Guerra, Florencio Parreño y la Pe- 
pita Palma, que tuvo la crueldad de abandonarnos pronto 
para dar su linda mano á un rico heredero de Barcelona. 
Repertorio, el de entonces: Bretón, Zorrilla, Hartzenbusch, 
Rubí, Ventura de la Vega. Item: lo terrorífico que nos traía 
Valero. El hacía prodigios en La Hermana del Carretero y en 
El Perro del Castillo: Matilde arrebataba en Amor de Madre: 
Julián en La Huérfana de Bruselas. Papá Parreño nos entre- 
tenía con piececitas de buen humor, alguna de ellas bilingüe. 
También trabajaban Perico Delgado y Pizarroso. 

En fin, que aquello era eminentemente aprovechable, con 
perdón de los líricos y de los liceístas. Así lo entendíamos los 
imparciales. A cuyos humildes representantes no se nos ha 
borrado de la imaginación el buen efecto de algunas funcio- 



IÓ3 

nes del Principal, con el indispensable acompañamiento de 
niñas bonitas, mamás escamonas, padres inoportunos, pérfi- 
das declaraciones, planchas, osos y monos colosales, y algu- 
nos curiosos incidentes de entre bastidores. 



SECCIÓN CUARTA 

Santificar las fiestas. — Cursilería dominguera. — De cómo están á partir un 
piñón las teclas y las gargantas caseras. — Qué hacía la colonia castellana. 
— Mis tertulias de confianza. — Bailes de los Consulados. — Fernando de 
Lesseps. — Hablemos del Casino filarmónico. — Vals, polka y habanera. — 
La figlia del deserto. — ¡Si serían tercos! — Correspondencias del alma. — 
Tractatus de vera amicitia. — Delicioso tresillo. — jfevous aime! — El espejo 
de Wiertz. — Quién no ha gobernado un poco. — La Marquesa de las Villas 
Unidas. — Políticos de comedia y comedia de políticos. 



I 

Ya que estamos en ei capítulo de los que se divierten, des- 
pachemos, después de los teatros, lo relativo á bailes y tertu- 
lias de confianza, que menudeaban bastante en Barcelona, 
no los domingos, sino en días de entre semana. No los do- 
mingos: ¿quién tal pensó? Los barceloneses habíamos avan- 
zado lo suficiente en las sendas del progreso social para no 
incurrir en la fea nota de cursis domingueros. Bien es verdad 
que esto fué obra de un momento; porque veinte años antes 
de aquellas fechas, según contaban los viejos, todavía Bar- 
celona hubiera tenido á mengua no hacer gala de costumbres 
industriales, hasta en los pasatiempos. Madrugar, comer á las 
dos, cenar á las diez y acostarse á las once, se llamaba regla 
de buen vivir entre nuestros abuelos: en los días festivos la 
cana al aire. 

Sería curioso averiguar por qué razón hacemos ahora pre- 
cisamente todo lo contrario. Lo de acostarnos con el alba me 
lo explican como una necesidad imperiosa de los climas me- 
ridionales: cándido pretexto en tiempo de frío, y porque tan 



164 

meridionales éramos ayer como lo somos hoy. París no es 
meridional, y allí el trasnochar se ha hecho vicio de moda. 
Londres tampoco es meridional, y si sois asiduos concurren- 
tes á alguno de los clubs de Pall Malí, raro será el día en que 
os acostéis antes de las tres de la mañana. 

El horror al domingueo es signo característico de nuestros 
tiempos. Estrenar traje en domingo, señalar aquel día para 
visitas ó destinarlo por sistema á tes y saraos, es indicio de 
mal tono entre la que llamamos gente conocida. ¿Me diréis 
por qué? Porque... porque... Todo tiene su explicación en 
este mundo. 

Observad las religiones. Brahma no es amigo del trabajo: 
lo relega á los cudras y á los parias. Budha no es amigo del 
trabajo: pone su ideal en el nirvana, es decir, en la anulación 
de la actividad, el reposo absoluto, el far niente. El cristia- 
nismo considera el trabajo como un castigo: Mahoma no ha 
combatido, antes bien ha fomentado la indolencia de los 
orientales. 

Observad las políticas. Política oriental: encima los que 
devoran ó ayudan á devorar imperios; debajo los que los man- 
tienen. Política greco-romana: en la cúspide, la guerra; en la 
base, la esclavitud, como si dijéramos, el trabajo. Política 
feudal: señores que pelean, cazan y mandan; villanos y me- 
nestrales que trabajan y obedecen. Política de la monarquía 
patrimonial: sangre noble para el brillo y aparato, sangre ple- 
beya para la fatiga. 

Así dió en vivir la humanidad siglos y siglos. Hoy hemos 
suprimido la casta, los abismos de esfera social, la distinción 
política de razas. Hemos proclamado la nobleza del trabajo. 
Más todavía: hemos llegado á descubrir que, en suma, por 
un lado ó por otro, todos somos al fin trabajadores. 

Como una seda, menos un toquecillo que se nos ha olvi- 
dado: suprimir las preocupaciones. ¡Lo de argucias que se 
inventan para que no pasen por trabajadores el gobernante, 
el sacerdote, pintores, abogados, médicos y hasta el botica- 
rio! ¡Lo de trapos y trapitos para distinguirnos unos de otros, 
la toga, el uniforme, balandranes, colores fuertes y colores 
bajos! Por no decir que cobramos salario, ¡cuánto vocablo 



i65 



delicadamente escogido, honorarios, retribución, intención, 
estipendio, obvenciones y subvenciones! Muchos van admi- 
tiendo ya lo de trabajador, con la condición precisa de que 
su trabajo sea declarado de los finos. Por si acaso, procuran 
hacer constar una cosa: que no les suda la frente, ni tienen 
callos en las manos, ni les humillan con un jornal los sába- 
dos, ni se pasan las horas detrás de un mostrador, midiendo 
varas de lienzo. Si les habláis de salir al campo los días fes- 
tivos: — «¿Reposo yo? — exclaman, — mi tiempo es libre. Sepa 
y entienda que para mí la fiesta es un día como tantos.» — Sin 
rodeos, caballeros, ¿está ó no está aquí el busilis de la filoso- 
fía antidominguera? 



II 



El piano ha ennoblecido las tertulias. Hertz, Pleyel, Erard, 
Collard y Collard, Steinway, fabricantes, almacenistas anti- 
guos y modernos, merecen una estatua. Nos han emancipado 
del clavicordio, de la guitarra, de la bandurria, del violín del 
ciego. Dieron á las salitas del segundo y del tercero un mue- 
ble elegante, de poquito espacio, en que pueden lucirse unos 
dedos inspirados; joya sin rival para disimular defectos de gar- 
ganta casera y hacer que no anden en malas compañías esos 
ruidos de obligatoria tolerancia, que se llaman música de 
aficionados. 

Más ha hecho el piano; en él hemos encontrado el instru- 
mento de baile. Porque supongo que nunca habrán VV. to- 
mado en serio lo de los efectos de orquesta atribuidos á Liszt, 
Thalberg, Prudent ó Rubinstein. ¿Quién no se pé*rmite de vez 
en cuando alguna bromita? El piano es la música á régimen 
seco; no hila, no estira, no arrastra, pero danza. Explica á 
Gung'l, á Strauss y á Metra. Teclado y pies se sorprenden 
mutuamente en un indisoluble consorcio de compás y ca- 
dencia. 

No es esto rebajar el piano. Ditos me libre de incurrir en 
una enormidad semejante. ¿Cómo olvidar que, para piano, 



i66 



escribió admirables sonatas y concerti el gran Beethoven, 
el rey de la música? ¿Y los famosos hieder de Mendelssohn? 
¿y las piezas de Schubert? ¿y los bailables de Chopín? ¿y las 
viñetüas de Schumann? Decir que el piano ha nacido para 
una cosa no es decir que no pueda aplicarse á otras de mayor 
alcance. Hoy se escribe mucho para piano: grandes piezas, 
grandes concertistas. ¿Agilidad? ¿gimnasia de dedos? ¿Arte ó 
artificio? VV. dirán: yo vuelvo á mi tema sobre el piano: ex- 
plica á Gung'l, á Strauss y á Metra. 

¿Cómo entretenerse en contar las tertulias de piano? Juzgad 
de las de provincia por las de Madrid: de las que había en mi 
tiempo por las que hay ahora. Era de notar que abundaban 
más en la colonia castellana que entre los naturales de la 
Ciudad y entre sus habituales moradores. Por no tener otro 
nombre á mano, llamo colonia castellana á los empleados, 
militares y civiles, que no hablaban en catalán. Poca gente he 
visto más divertida que aquella. Halagábales en Barcelona 
todo: el clima, las comodidades, las diversiones, la campiña, 
lo moderado de los precios, el trato, aunque algo seco, cor- 
dialísimo de mis paisanos. Nosotros, por la recíproca, los 
tratábamos con igual agasajo. No había quedado rastro ni 
señal de antipatías políticas ni del antiguo odio á los cas- 
tellanos. Elogiábamos en ellos la distinción de las señoras, la 
gentileza de las niñas, los finos modales de los hombres, y 
en Iqs pollos procedentes de Madrid, hasta el modo de ves- 
tir, la forma del sombrero, cierto entallado del frac, cierta 
caída del pantalón que no acertaban á imitar nuestros Gustá, 
Fábrega, el Alemán ni otras eminencias del interesante gremio 
de los sastres. 

Soy de los que creen, quizás me equivoque, que aquel roce 
nos era provechoso. Nada pierde el sabor de la tierra con su 
poquito de oreo. Los castellanos nos iban acostumbrando á 
un trato .más abierto y comunicativo. Os convidaban á co- 
mer, disponían giras campestres, desterraron cierto empaque 
de que adolecía nuestra buena sociedad, y con cuatro luces, 
el piano y, para los coscones, una mesa de tresillo, os hacían 
pasar agradablemente las veladas. 

De aquí para arriba empezaban las reuniones formales; 



167 

como las del regente Romaguera y las del presidente de Sala 
Melchor, dignísimos magistrados de las brillantes hornadas 
de Garelly y Mayans. Luego los verdaderos bailes, en casa de 
algunas señoras distinguidas, ó en el consulado de Suecia, ó 
en el de Francia. 

Whythzinzius, el cónsul de Suecia, formaba, con su mujer y 
su hijo, una trinidad que poseía el secreto del buen tono com- 
binado con la más perfecta de las amabilidades. Dábase cita 
todo Barcelona en los espléndidos salones de la calle de Basea; 
y celebrábamos mucho sus buffets, que los muchachos saqueá- 
bamos sin piedad en las primeras horas de la madrugada, 
cuando ya se habían retirado las señoras. 

Al frente del consulado de Francia estaba un hombre que 
llena con su fama el orbe entero: Fernando de Lesseps. En- 
tonces le vivía su primera mujer, que era una francesita muy 
mona y de grandísimo talento. Sorprendía la habilidad con 
que sabía escurrirse por los pedregales de la política en época 
tan difícil y en un círculo de personas de tan encontradas opi- 
niones. Decían que de su casa de la Rambla de Santa Mónica 
salía más de una intriga del Gobierno francés que enredaba 
la madeja española. Culpábase de ello mucho á la señora, y 
un poco también al mismo Lesseps que, aunque en apariencia 
simple cónsul, era ya lo que es, un hombre superior, activo 
como nadie, fino diplomático y en aquellos tiempos, hasta 
el 48, ojo derecho de Luis Felipe, que le dispensaba una con- 
fianza sin límites. 

En dos ocasiones he tenido cerca á Lesseps: allá cuando 
sus bailes, y yo era un chiquillo, y después, en 1862, asis- 
tiendo juntos en París á una comida que le dieron los econo- 
mistas en el café Corazza. Lesseps, al contrario de lo que 
suele acontecer, es una gran figura que gana mucho vista á 
dos pasos de distancia. De fijo que no es pequeño, ni aun 
para su ayuda de cámara. Su amena y clásica conversación, 
explican el por qué de haberle elegido individuo de la Acade- 
mia francesa; su talento de ingeniero excepcional nos da 
razón del puesto que ocupa en la Academia de Ciencias. 
Quisieron titularle duque de Suez é hizo bien en negarse á 
ello, porque diría como Mirabeau: cambiándome el nombre 



i68 



desorientáis á Europa. Siendo hombre que se entiende direc- 
tamente con el globo, que está con él en frecuentes tratos y 
lo maneja á su capricho, os sentís pigmeos, casi unos átomos 
delante de aquella alteza. Imagino que discurrieron bien los 
que han dicho que él y Víctor Hugo son la doble faz de 
nuestro siglo, la gran medalla contemporánea: el anverso, 
Víctor Hugo, representante del pensamiento, del arte, de las 
letras; el reverso, Lesseps, personificación del trabajo indus- 
trial y del desarrollo del comercio. 

Ya en los corrillos del consulado francés, se veía despun- 
tar, entre diálogos, el futuro canalizador de Súez y perfora- 
dor del Panamá. Muchos de los que le escuchábamos tomá- 
bamos aquello por burla de la fantasía, creyéndole uno de 
tantos soñadores que apalean con pujos de nabab las millo- 
nadas. Pensando en mis frescas lecciones de la Universi- 
dad, tenía á Lesseps por un forjador de quimeras como lo 
fué Law ó como los que inventaron en Inglaterra la Compa- 
ñía del Sur. ¿Quién me dijera, mientras me cruzaba con mi 
vis-a- vis en los salones de Santa Mónica, que en aquel hom- 
bre tan intrigado con las figuras del rigodón, había una mina 
más rica que el Potosí y más abundante que los tesoros de 
Nueva España? ¿Por dónde podía sospechar, dentro de 
aquella cabeza preocupada con la elección de parejas, el ger- 
men de una fortuna inmensa, segura para el inventor y para 
los demás, ciertamente más segura para los demás que para 
el inventor mismo? Quien nos hubiese hablado entonces de 
acciones de fundador emitidas á 5.ooo francos y realizadas á 
un millón con garantía absoluta para el comprador; quien 
nos hubiese recomendado otras acciones de 5oo francos que 
habían de venderse, bajo las mismas condiciones, á dos, á 
cuatro, á cinco mil; quien tal pensara, quien tales nuevas 
trajera, á silbidos le hubiéramos echado del salón, para servir 
de befa y escarnio" á la gentezuela. Pues tales milagros ha 
realizado Lesseps; más Colón que el mismo Colón, más Ma- 
gallanes que el mismo Magallanes, más Vasco de Gama que 
el mismo Vasco. Porque si aquellos insignes descubridores 
encontraron las vías marítimas, según las habían trazado los 
accidentes geológicos, él, Lesseps, el gran Lesseps las ha 



i6g 

señalado con su mágico dedo, según la lógica de las corrien- 
tes comerciales. Tan Colón como el mismo Colón en la cons- 
tancia. Luchó con Palmeíston; luchó con la teoría de la des- 
igualdad de niveles; luchó con el espantajo de montañas de 
arena arrastradas por los simunes. Yo le oí desvanecer, en 
.un discurso, estas aprensiones de la rutina, de la ignorancia 
ó del egoísmo político; después, en el terreno de los hechos, 
las ha ido haciendo pedazos como juguetes. ¡Ay! Ahora está 
porfiando en Panamá con el paludismo , con las fuerzas 
ocultas. ¿Triunfará? No os quepa duda. Aquel que venció en 
Africa á Inglaterra, el que ha vencido en América á los Esta- 
dos Unidos, ha de triunfar sin remedio. Ochenta años de 
vida enérgica, sesenta años de tenacidades, son una fuerza 
incontrastable. 



III 



Tres casinos teníamos: el Barcelonés, situado en depen- 
dencias del Principal; el Círculo en el Liceo, y el Casino 
filarmónico que, en su mejor época, ocupaba el magnífico 
palacio de Centellas, bajada de San Miguel. Ni una sola vez 
puse los pies en el Barcelonés; sospecho que allí se jugaba 
fuerte. Del Círculo tengo muy presente un baile que ofrecie- 
ron al Marqués del Duero, una vez que entró victorioso en 
Barcelona, después de la vigésima ó trigésima intentona 
carlista. De tres cosas guardo memoria con aquel motivo: 
de que el sastre me tuvo en camisita hasta las once de la 
noche esperando el 'traje nuevo; de unos criados de librea 
blanca muy feos, muy ordinarios y muy de canillas enflauta- 
das, que iban galoneados de oro y con cordones; y de que, á 
mitad de función, se repartieron bandejas de guantes y ciga- 
rros. Allí se echaron como lobos media docena de trastuelos. 
Los guantes también se los hubiera regalado; pero, ¡los ciga- 
rros! A los cinco minutos, no quedaba uno para un remedio. 
Tan picaro resultado dió aquel ensayo de fatua esplendidez, 
que nadie, en lo sucesivo, tuvo la humorada de repetirlo. 



170 

La pollería se refugiaba en el Filarmónico. Indefectible- 
mente todos los sábados se bailaba de confianza al piano, 
con cornetín de pistón ó con violines; pero en las proximida- 
des y fiestas de Carnaval se bajaban los escotes y sonaba la 
orquesta. Era prodigioso el número de danzas que se usaban 
entonces en los salones: vals, polka, polka mazurka, scho-. 
tisch, rigodón, contradanza, lanceros y habanera. Triunfaba 
el vals de sus rivales: imperaba, como impera siempre, algo 
desvirtuado entonces con elglissé, como ahora lo desfigura el 
bostón. 

¿Quién inventó el vals? ¿Bajó del cielo, ó vino del infierno? 
Nunca lo bailaba yo sin acordarme de aquellas palabras de 
Goethe: «Wilhelm, Wilhelm, si va á decir verdad, he jurado 
que la mujer que sea mi amada no bailará el vals sino conmigo. . . 
nunca... primero morir. ¿Lo entiendes?» — ¡Cómo se conoce 
que el ilustre Juan Wolfgang había penetrado el vals en su 
poesía y en su prosa! Un abrazo que no es abrazo, sino sua- 
vísimo contacto por las manos, símbolo del cariño amis- 
toso; por el talle, símbolo de la gracia; por el hombro, 
símbolo de la fuerza; una intimidad que no es intimidad, 
sino oído, compás, ajuste: languideces que parecen des- 
mayos, súbitos arrebatos que semejan cóleras, miradas 
que se cruzan en reducido espacio y van á perderse en el 
infinito, tibios alientos que se respiran y no se confunden, 
palpitaciones que se cuentan, frases sin sentido que se com- 
prenden, labios que prometen y no articulan, arrullos imper- 
ceptibles, mudas elocuencias; mientras que, en ciego tumul- 
to, todo os arrastra en vuestro arrastrar, todo danza en vues- 
tro danzar, todo gira en vuestro girar, sombras , claridades, 
luminarias, polvo impalpable de las alfombras, polvo de oro 
del rayo de luz quebrantado en los espejos, jardines de flores 
en las cabezas, pedrería esparcida por los desnudos hom- 
bros, cabelleras artísticas y cabelleras relamidas, pudores 
que se esconden bajo delicadas gasas, descaros que se pavo- 
nean en blanquísimas gargantas, ojos que centellean en rá- 
pidos encuentros, ojos que destilan amargura al perderse en 
el torbellino. Y el vértigo sigue, y el vértigo crece entre las 
tempestades, los delirios y la orgía de la orquesta: en zig- 



zag, en espiral, en rueda, desesperada como el ciclón, ondu- 
lante como la mariposa, mesurada como la del astro que re- 
corre majestuosamente los espacios. 

Poseíamos, entre aquellas hadas, dos valsistas incompara- 
bles. Su carnet podía llamarse la historia de los conflictos. 
Para lograr de ellas un vals, se hacía cola como en los Ban- 
cos, ó había que tomar turno, como ahora para oír á Caste- 
lar óáGayarre. Pero también ¡qué rico galardón! ¡Qué cin- 
turas, qué postura de cabeza y qué interesante abandono! 
Elisa tenía un bailar más clásico: el bailar de Conchita era 
más personal, más suyo. A una de ellas la he perdido total- 
mente de vista. A la otra me la encontré hace pocos años 
en Venecia. Allí, en el palacio Danieli, en la Riva degli 
Schiavoni, á dos pasos de las Procuracias, renovamos antiguas 
amistades. La encontraba paseando por Europa todas las 
prosas de la vida: canas, carnes, marido y una niña crecidita. 
Después de treinta y cinco años, parecían tan lejanos nues- 
tros recuerdos, como si habláramos del crimen de Marín 
Faiiero ó de los infortunios de Fóscari. 

Los marinos habían introducido la habanera que ellos bai- 
laban con mucha soltura y adelante y atrás, como los cuba- 
nos. Dos brillantes oficiales, después contraalmirantes, so- 
bresalían en esta danza: uno de ellos, muy pequeño, que 
siempre buscaba las chicas más altas; otro de talla gigantesca 
que siempre las escogía pequeñitas. Todas las noches for- 
mábamos corro alrededor para hacer estudios de contraste. 

Estudios de contraste habíalos de sobra. Un baile es un 
microcosmos. En el primer plano las figuras de movimiento, 
las mujeres hermosas, las chispeantes, las henchidas de cau- 
dal. Perdidas allá en la sombra, la fea, la lacia, la escueta de 
bolsillo, la sin gracia. Madres desesperadas de tanta combi- 
nación inútil de toilettes para dar golpe, de tantos talentos ig- 
norados que están allí al lado suyo, desdeñados por los crue- 
les y los ingratos. Ya están anunciando el cotillón ó el últi- 
mo vals, y las niñas no han bailado en toda la noche. ¿Ten- 
drán la culpa las malditas sillas? Hay vacante una delantera 
con un clarito para pasar. Probemos. Empieza el vals: son 
las Orillas del Rhin. Allí está la felicidad: soñar Rhin y soñar 



172 

orillas con aquel mancebo de sedosa barba que, apoyado en 
una columna, se está abanicando con el clac. No baila, luego 
no tiene pareja: no tiene pareja, luego no ha madrugado. ¿Mi- 
rará? ¿No mirará? Ha mirado, se sonríe, se acerca. Vals tene- 
mos. Ilusiones. El muy endino se limita á preguntar por la 
salud. Mas con el ruido no se oyen estas preguntas: claro es 
qtie el joven querrá decir otra cosa. «No estoy comprometi- 
da,» grita la niña palpitante de emoción, y ya está agarrada 
del brazo de su víctima dando vueltas como una perinola. 

Frecuentes y escogidos eran los conciertos del Filarmóni- 
co, como que para ellos se había creado el Casino. No todos 
los socios éramos músicos, pero todos los músicos eran so- 
cios. Ordinariamente se cantaba carta in mano, con sus pini- 
tos de trajes y decoraciones en señaladas fiestas. Calvó Puig 
dirigía la orquesta; Dalmases lucía una deliciosa voz de te- 
nor: bajos y barítonos muchos: las señoritas de Kraywinkel 
y las de Benavides, hacían unas tiples de primer orden, que 
hubieran arrebatado al público en los mejores teatros. 

Entonces el Casino filarmónico desempeñaba á su mane- 
ra el papel de Ateneo. Buenos tiempos eran aquellos para 
pensar en crear uno de verdad con conferencias libres y dis- 
cusiones abiertas. Allí, en la antigua morada de los Condes 
de Centellas, nos erigíamos en mentidero las noches blancas 
ó en las de ensayo, á la sombra de los contrabajos hasta las 
once, las doce, según el humor de la gente. Llevaba la voz del 
capítulo un mozo de instintos andaluces, tarabilla deshecho, 
empapado en azogue y que por sus chistes y ocurrencias, me- 
jor que en Barcelona, parecía nacido en Triana ó en los Per- 
cheles. Singularísimo por la viveza y prontitud de ingenio: 
siempre con la pelota al aire para descargarla sobre las narices 
de todo prójimo que se le atreviera con pullitas. Su tema fa- 
vorito era la música que pretendía conocer mejor, como afi- 
cionado, que todos los de la profesión. Reíase de los más su 
blimes maestros llamándolos artesanos de la música; y, para 
darles, como él decía, en la cabeza, forjóse en su imagina- 
ción una ópera titulada La figlia del deserto, pretendiendo que 
los mismos compositores se la pusiesen en solfa. Aquí fué 
Troya, porque los maestros, para sacarle en caricatura, le hi- 



173 

cieron unos acompañamientos tan estrafalarios, que desfigu- 
raban todos sus conceptos. — «Aquí quiero más metal» — de- 
cía él: — «Pues tome V. cuerda» — replicaba el otro. Y cada 
cual emitía su opinión sobre el asunto, entre punzantes epi- 
gramas y homéricas carcajadas. 

No eran estos los únicos lances grotescos del Casino; ha- 
bíalos de otro calibre en las Juntas generales que algunos se 
habían propuesto convertir en campos de Agramante. Presi- 
día aquellas reuniones el Marqués de la Torre, hombre gra- 
ve, reposado y de gran autoridad que, apesar de ella, no lo- 
graba reprimir los bélicos instintos de los obstruccionistas. 
Llegaron las cosas á tal extremo, que cierto día uno de los 
Vices, amenazado de cerca, tuvo que esconderse debajo de un 
banco. Fué preciso llamar al Corregidor, que nos mandó en la 
próxima Junta á uno de sus tenientes, el Sr. de Paterno, ante 
cuya vara de Alcalde, acompañada de un medianillo ceño, 
bajaron enseguida el tono los alborotadores. Mas no por esto 
cejaron en su intento. Durante los debates salían del salón 
para no volver á entrar hasta el momento crítico de las vo- 
taciones. — «¿Qué opina la Mesa? — preguntaban por lo bajo. — 
Que sí. — Pues no» — decían al votar, seguros, así lo creían, 
del acierto, llevando siempre la contraria con el doctísimo 
Barradas. 



IV 



Hasta en las diversiones, y más que en nada en las diver- 
siones, prefería yo el círculo íntimo al bullicio de grandes fies- 
tas . Llamo aquí círculo íntimo á los amigos de la infancia, los 
del alma, los que toman asiento fijo en el corazón, presentes 
en la realidad, presentes en la distancia, presentes desde la 
tumba. Seis éramos: dos hemos quedado: cuatro han desapa- 
recido, caliente todavía el cadáver de uno de ellos, mientras 
escribo estas líneas. Todos eran buenos chicos, de excelente 
educación y cabeza bien sentada; condiciones indispensables 



174 

para que me intimara con ellos, pues, si en materia de amis- 
tad hay que tolerar muchos defectos, con lo que no he tran- 
sigido jamás ha sido con los tarambanas, ni con gente disi- 
pada, ni con hombres de poca delicadeza. Nosotros, en lo 
moral, formábamos una piña cuyas hojas, discretamente 
reunidas, se plegaban en un mismo sentido y de una savia 
común se alimentaban. Diferencias de carácter, ¿no había de 
haberlas? Uno pecaba de inquieto, pronto de genio, de fan- 
tástico y enamoradizo; otro, más calmoso, tenía el flaco 
de contar aventuras, buscándolas ó inventándolas cuando ha- 
bía de por medio una mujer bonita; á quién le daba por la 
reserva, á quién por padecer continuas distráccionea, á quién 
por coleccionar pecheras bordadas; otro de ellos era la cria- 
tura más chinche de la tierra cuando la emprendía con un 
tema. Esto por lo que atañe al lado fútil y secundario de la 
vida; que, en lo serio, en materias de honor, de sentimientos 
elevados, amor á la familia, respeto á los mayores y escrupu- 
losidad llevada al colmo en asunto de cuartos, éramos todos 
tan conformes en las voluntades, que no había entre nos- 
otros ni un átomo de discrepancia, ni posibilidad de cosas 
que desdijesen de honrados términos. Ciertas teorías muy 
autorizadas entre personas que aspiran al monopolio del gran 
mundo, no tenían crédito ni curso alguno en aquel peque- 
ño cenáculo. Escenas como las de la Vie de bohhne nos daban 
risa ó nos causaban repugnancia. Los sablazos mutuos, la 
trampa adelante, ténme tú el bolsillo, y las bestiales comu- 
nidades de traje y camisa, cosas eran entre nosotros que 
ni para sentidas, ni siquiera para imaginadas. Vivíamos con 
la dignidad de hombres acostumbrados desde niños á fiar, 
para el hoy y el mañana, en recursos de familia y en las. 
propias fuerzas; con la conciencia de deberes presentes y de 
futuras responsabilidades. No concebíamos la amistad bajo 
el mezquino y odioso aspecto de una salida de atolladeros: 
la respetábamos, la venerábamos y con profunda fe la cultivá- 
bamos para dulce compañía en lo próspero, para consuelo en 
lo adverso, consejo siempre y sólo en casos de apuro para 
ayuda pecuniaria. 

Muchos, aun sin haber leído á Murger, explicarán de 



i 7 5 

otra manera las amistades nacidas en la infancia. Háganse 
allá, por Dios; que no acabaríamos de entendernos. Para 
mí, hay en la amistad, eH su esencia y en sus formas, 
mucho de temperamento y de circunstancias. Me río yo de 
los filósofos que han querido derivarla de un concepto meta- 
físico. La amistad se siente, se posee, se disfruta, y algunas 
veces se padece; no se define, ni se explica, ni se analiza. 
¿Quién se atreverá á asegurar que Platón diera en el clavo al 
decir que la amistad es una recíproca benevolencia, ó Aristó- 
teles al representarla como un alma en dos cuerpos, ó Mon- 
taigne al suponer que por ella se mezclan y confunden dos 
espíritus hasta borrar toda especie de soldadura? Si ampliáis, 
hasta el último límite posible, la comunión de los espíritus, 
tenéis el sentimiento de fraternidad universal; si la contraéis 
dentro de un territorio, en una zona, en una raza, en una 
comunidad de lengua, de costumbres ó de historia, tenéis 
el sentimiento patrio; si la aplicáis á hombre y mujer cuyas 
almas se aproximen, se adivinen, se comprendan, se compe- 
netren y acaben por confundirse en un prolongado abrazo de 
misteriosa simpatía, tenéis el amor, como base de la familia. 
Pero el sentimiento de la amistad es más complejo que todo 
esto, porque no siempre resulta de elementos homogéneos. 
Unas veces los amigos nacen de la conformidad de carácter, 
otras brotan de su contraste. Posible es que los cree el pro- 
saico negocio ó el cambio mutuo de servicios, posible tam- 
bién que los engendre un acto de abnegación, un desasi- 
miento de la propia personalidad en que no tome la más mí- 
nima parte el mezquino negocio. Ya se fundan las amistades 
en una perfecta identidad de ideas y principios, ya en una 
lucha y choque de opiniones que pueden depurarse en el cri- 
sol de acendrados afectos. La común desgracia forma los 
amigos así como los produce, sostiene y anima una común 
ventura; ni tampoco es cierto que, para mantener íntima 
amistad, sean necesarias igualdad de posición y alguna se- 
mejanza en la vicisitudes de la suerte. Goethe adoraba á 
Schíller y los dos se estimaban y como hermanos vivían en las 
sublimes regiones del Arte. Arcades ambo. Sin embargo, Schí- 
ller arrastró cuarenta años de penosa existencia en una mo- 



176 

destísima carrera; mientras que Goethe llegó á los ochenta 
rodeado de esplendores, en el bullicio de las cancillerías y 
colmado de honores cortesanos. 

Pílades y Orestes son dos tipos convencionales de puro 
idealizados. En la mayoría de los casos, hay un hecho inex- 
plicable en las predilecciones individuales; simpatizáis, os 
atraéis y os buscáis, porque sí, como dice el capitán Alegría. 
Es un fenómeno de gravitación moral de unos espíritus so 
bre otros espíritus, que se relaciona con la gravitación uni- 
versal de unos cuerpos sobre otros cuerpos. Misterios de uni 
ficación, condensaciones de sensibilidad que la ciencia expli 
cará algún día. Notad que la vida las tiene en todo su curso, 
pero variadas según sus épocas; amigos en la primera edad, 
vertéis en un ácervo común, amores, ilusiones, esperanzas; 
amigos en la edad madura, los cálculos , ambiciones, li- 
quidaciones de conducta, de corazón ó de fortuna; ami- 
gos en la vejez, las memorias dulces y las punzantes, odios, 
resentimientos, éxitos y desencantos. 

¡Y cosa que verdaderamente maravilla! En aquel anche 
receptáculo donde, como ríos de lava, bajan rodando Jas pa- 
siones, en aquel ancho receptáculo, sólo llegan á fundirse los 
metales nobles, el oro de la honradez y la plata de las rectas 
intenciones. Los metales bastos, hipocresía, perfidia, malos 
instintos y propósitos punibles nunca consiguen formar en el 
fondo de las almas aleaciones de buena ley; lo único que for 
man es escoria, aristas, asperezas que destrozan y hacen gi 
roñes los títulos de amistad en apariencia mas sinceros. Dijo 
lo Voltaire con admirable tino: «Los malvados no tienen 
más que cómplices, los libertinos tienen camaradas, socios 
los interesados, sectarios los políticos, compinches los hol- 
gazanes, los Príncipes tandas de cortesanos. Sólo los hom 
bres honrados tienen amigos verdaderos.» 

Hablábamos de plata y oro. ¿Qué mejor oro ni más precio- 
sa plata que las purísimas amistades de los primeros años: 
No extrañéis, no, que al recordar las mías, deje correr libre- 
mente la pluma, deleitándome en aquellas virginidades de 
alma tan pronto perdidas y nunca recobradas. Dispensadm 
que al llegar á la cumbre de la vida donde comienza para m: 



177 

la región de los hielos y de los ocasos, vuelva todavía con 
amor la vista del lado de las auroras, hacia la encantadora 
edad de las mutuas adhesiones sin dobleces, de los parabienes 
sin envidias, de las confianzas sin segundas miras, de lo cris- 
talino, de lo trasparente, cuando nos dábamos las manos sin 
temor á traiciones ni emboscadas. ¡Atrás entonces las amis- 
tades por cálculo, por lisonja ó por recurso! ¡Atrás lasque 
preparan baterías ó ponen sitios en regla para personales me- 
dros! No conocíais en amistad más que un género, lo espon- 
táneo; una sola forma, lo ingenuo. Y como en aquel delicioso 
brotar de la existencia todos son y todos se sienten jóvenes, y 
como todos tienen por delante la posibilidad de un rico caudal 
de vida, allí en aquel tesoro de porvenir hunden las manos, allí 
con la prodigalidad propia de las eflorescencias, sin tasa ni 
medida distribuyen, y allí sin recelo pásanse al seno de los 
amigos, ternuras, caricias, celos, amarguras, desdenes, ru- 
mores de la conciencia, sueños, debilidades y secretas ambi- 
ciones. Después aquel fondo inagotable de confianzas suele 
agotarse. ¡Dichoso aquel que no haya apurado el dulcísimo 
licor hasta la última gota! 



r 

V 



La cuerda triste estaba desterrada de nuestro círculo. Seis 
caras alegres: seis fecundas inventivas: lances de buen humor 
realizados ó en proyecto por seis ingenios traviesos. Muchos 
Pipekt recordarían las desazones que les dábamos. Nuestro 
cuartel general era la casa de uno de los íntimos: allí aprendí 
dos cosas, á admirar á Buffon y á detestar el tresillo. El Bu- 
ffon me lo iba tomando á sorbos en la biblioteca de la casa, 
las tardes que llovía manso: el tresillo lo veía jugar en la 
sala de confianza las noches que llovía fuerte. ¡Cómo me 
reventaban los jugadores! A todos les he tomado manía desde 
entonces: de taco, de naipe, de ruleta, que jueguen fuerte, que 

12 



178 

jueguen flojo. Gente más intolerante no la hay en el mundo. 
Si queréis meter un parrafillo de sociedad, de política, ó al- 
guna anecdotilla, os salen con el as de copas ó la sota de 
bastos. Ellos tienen el derecho de armar continua zambra 
con sus trastos de desollar, las bolas, las fichas, amén de sus 
eternas peleas: vosotros, punto en boca y aguantar la mecha. 
Había una viejezuela que era el colmo del rigorismo: no la 
puedo recordar sino con las cartas en la mano; alta, huesuda, 
rancia la tez, cofia enorme, gafas de amanuense, voz seca y 
destemplada, ademanes bruscos y embellecido el labio supe- 
rior con unos cuantos adminículos entre cerda y pelo. Un 
sargento de la Guardia. Vengábame de su presencia llamán- 
dola por lo bajo la Celestina. Por lo bajo: que si lo llega á 
oír, no digo yo hecho gigote, hecho polvo me deja en la 
banqueta. Gruñona si ganaba, rabiosa si perdía: más miedo 
tenían á su sillón presidencial que á un consejo de guerra. 
Cuando la daba por enojarse, temblábanme las carnes y ponía 
los pelos de punta á todos los venerables de la partida. 

La señorita de la casa tenía varias compañeras de colegio 
que todavía gemían bajo el poder de Poncio Pilato. Allí iban 
algunos jueves, tan resignadas las pobres, al olorcillo del 
sexo enemigo. No había una fea; y para no andar á la greña 
sobre si es tuya ó es mía, las adorábamos á todas. Gustaba 
Magdalena por lo resuelta, sin dar motivo para arrepentida; 
su prima Dolores por lo esbelta, Liboria por lo melosita, 
Higinia por lo escultural, Sofía por aquellos verdugos ojos, 
y Hannah y Clarita y Gracieta y Aurora, esta última un tipo 
perfecto de la hermosa Rebeca. Todavía me dejaba en el tin- 
tero las dos hermanas Laura y Prisca, poéticas apariciones 
de balada alemana. 

No se bailaba con carácter oficial. ¡Colegialas en baile! La 
comidilla eran los juegos de prendas. Apurábamos la letra, 
hacíamos centinela rusa y estábamos en berlina; digo, quie- 
nes estaban eran papás y mamás, testigos de aquellos Cándi- 
dos pasatiempos. 

Nada diré de aquellas niñas, modelo de corrección en todo. 
Tampoco del colegio á que pertenecían, que era muy severo 
y estaba admirablemente montado. Pero, por regla general, 



179 

no recomendaría á los padres la educación de chicas en co- 
legio. Alguno había, por cierto de los más piadosos, en que, se- 
gún lo que yo imagino, no sobraba la vigilancia. Cierto día 
uno de mis íntimos recibió, en un billetito rosa, perfumado 
con miel de Inglaterra, un disparo de la siguiente fuerza: 

cMonsieur: 

La soirée du dimanche s'est passée bien triste pour moi. Vous avez laissé 
prendre une place qui vous était bien due, et vous vous étes éloigné de moi 
aprés tant de jours de séparation. 

Alors j'ai compris que je vous étais indifférente; pensée bien triste pour moil 

Si je ne vous inspire aucun intérét, ne vous approchez jamáis de moi; car 
je souffrirai, parceque... je vous aimel 

Oh! pardonnez á la liberté que je prends. Hélas! On pardonne tant de 
fautes á Tamourl 

Refléchissez á ce que je fais a présent, 

Adieu: toute affectionnée.» 

Y el garabatillo. ¡Vaya con la niñita! Y siendo acaso es- 
pañola, lo puso en francés para mayor claridad. Y en un fran- 
cés no de los peores. Cuando les digo á VV. que la educa- 
ción de colegio... 

Las venas se le hielan á uno de espanto al pensar en lo 
que habrán hecho de aquellas hadas los estragos del tiem- 
po. Terrible pesadilla; como cada vez que veo en el Museo 
Wiertz de Bruselas, aquella hermosísima dama que, al mirar- 
se al espejo, se encuentra reproducida en esqueleto. Algunas, 
ya lo sé, han muerto. Llamad al sepulturero del Hamlet, 
para que os traiga, en el hueco de la mano, aquellas calave- 
ras arrancadas á las entrañas de la tierra. Decidme el color 
de los ojos que ocupaban aquellas concavidades. Señaladme 
el foco de donde partían los fulgores, las llamaradas, los 
rayos que os desvanecían, las miradas que os asesinaban. 
Ved qué trasparencias os dan al sol aquellos huesos carco- 
midos. Buscad en aquella polilla, el rosa y el carmín, las 
frescas mejillas y las coloraciones nacaradas. 

Otras quedarán de aquellas mis contemporáneas que ha- 
brán sido más felices, si no arrastran una doncellez trasno- 
chada. Quizás en este momento estén al amor de la lumbre 
dando buenos consejos á sus hijas. ¿Quién sabe si á sus nietas? 



i8o 

Durante una temporada, rabiando de que el régimen domi- 
nante no nos permitiese olisquear la política, nos fuimos en- 
treteniendo en poner la política en caricatura. Si llega «1 Ge- 
neral á saberlo, nos toma por conspiradores y nos zampa en la 
Ciudadela. Confiriéronse las soberanías al ama de la casa, bajo 
el nombre de Princesa Florinda, con tratamiento de Alteza. 
Una Gerolstein antes de Offembach. Los Ministros trabaja- 
ron con un ardor y un celo desusados; hízose un arreglo de 
tribunales, otro de gobiernos de provincias y un plan de Ha- 
cienda; puede que todo aprovechable. Creóse la Orden Colegial 
de Saint Cyr y se repartieron grandes cruces en abundancia. 
También brotaron á docenas duques, marqueses y condes, 
exactamente como si estuviéramos en los Estados de Sou- 
louque ó si viviéramos ya en los tiempos de la Restauración 
española. A una señorita de figura espléndida y corsé muy 
apretado, se la nombró Marquesa de las Villas Unidas. 

El personal nos tenía fritos. Hubo dos descontentos por la 
cuestión de carteras; pero se les tapó la boca con las embaja- 
das de París y Londres y se quedaron más blandos que un 
guante de Jourdán. Verdad que no cobraban sueldo, pero tam- 
bién paseaban una ociosidad dignísima, pues para diferen- 
ciarse en todo, aquellos finos diplomáticos de pega, no per- 
dían el tiempo poniéndose y quitándose uniformes ó estudian- 
do la banda que convenía ponerse para tal ó cual solemnidad; 
y si no escribían despachos, tampoco nos creaban conflictos, 
cosa que hubiera disgustado mucho á Milord, el Presidente. 

Allí no había más que dos clases de funcionarios atarea- 
dos: los Ministros y los porteros. Estos últimos, desdicha- 
dos, pidieron como compensación que se les admitiese al 
honor del agua con azucarillo. Concedió'seles, porque la soli- 
citud venía en unos términos que partían el alma. Estaba 
escrita con letras de sangre. Supo después el Gobierno que 
había sido víctima de una infame superchería. ¡Se habían pin- 
chado un dedo! 

En las sesiones borrascosas se oía á los oradores desde la 
calle. Se improvisaban discursos preparados. A quién le da- 
ba por el canto llano, y espetaba cada claridad que nos hun- 
día: quién se remontaba á las nubes y le perdíamos de vista. 



i8i 

Un día el Presidente, como echando en cara á los colegas 
la humildad de sus gabanes, tuvo el descaro de presentarse de 
uniforme: tres galones sacados de una casaca vieja, banda 
roja de papel y un fajín descolorido. Con este atavío y sus 
enormes patillas, podía tomársele, según del lado que le diera 
la luz, por cualquiera de estas dos cosas: ó por un statesman, 
á lo Palmerston, ó por un bandido de Sierra Morena. 

Hubo sus crisis ministeriales. ¡Vaya si las hubo! Y siem- 
pre por los destinos. En una de aquellas crisis estuvieron 
los Ministros asistiendo tres días á Consejo, sin hablar al 
Presidente, y casi sin saludarle. Se cabildeó largamente, y 
hasta se trató de minar el terreno á S. E. Pero Milord era 
muy diestro, y, desafiando las intrigas, tuvo con la Jefa del 
Estado una detenida conferencia, rogándola se dignase pre - 
sidir el Consejo inmediato. Así se hizo, y tras unos cuantos 
pases' de muleta, tuvo S. A. la dicha de apaciguar los áni- 
mos, con aquel talento, aquel tacto y aquella habilidad que 
Dios concede siempre á las Altezas. Desde aquel día el digno 
Presidente se impuso, y por unánime acuerdo fué declarado 
de profesión gigante. 

Todos los actos de aquel Gobierno memorable se publica- 
ron en la Gaceta de Saint Cyv, periódico que redactaban di- 
rectamente los Ministros, presintiendo sin duda que les saldría 
más caro lo que había de llamar Bismarck el departamento 
de los reptiles. Religiosamente se conservan tan interesantes 
documentos en los archivos del antiguo palacio de Kosba, 
calle de Santa Ana, en Barcelona, número no sé cuántos. Allí 
quedaron como monumento imperecedero de una situación 
en realidad fugaz, pero tan provechosa por lo menos, y sobre 
todo tan fecunda, como cualquiera de las que nos arreglan 
de verdad, para otros entretenimientos, nuestros estimables 
politicians. 



182 



SECCIÓN QUINTA 

Nuestros Procónsules. — Las tradiciones de Mr. d'Espignac. — Aféitese usted 
esas barbas. — Una conspiración bajo Córdova. — De la Roca Tarpeya al Ca- 
pitolio. — Cocineros antes que frailes. — Manuel de la Concha. — Cómo se 
gana de veras un prestigio. — Traje de mañana. — Generales en ciernes. — 
De qué clase de madera se hacían los Gobernadores. — El personal de la 
Audiencia. — Chocheces de Curia vieja. — ¿Dónde pondríais una llave? — Dos 
Cabildos. — Venga un parrafito de cánones. — Barcelona antigua y moderna. 



I 

Para dar una idea del mundo oficial y no oficial de Barce- 
lona en aquellos tiempos, abramos galería de personajes. Y, 
atención, noble auditorio, que vamos á empezar por nuestros 
Procónsules, los Excmos. Sres. Capitanes generales del 
Ejército y Principado de Cataluña. 

Procónsules dije, y no me retracto: antes me quedo corto, 
debiendo decir con más propiedad bajaes: que de tales tenían 
la pinta, ya desde Felipe V, nuestros Jefes superiores milita- 
res, con ó sin nombre de Vireyes. Hubo excepciones. El 
Marqués de la Mina, Eróles, Castaños, Camposagrado, Es- 
poz y Mina dejaron fama de discretos y generosos. Pero la 
mayoría se ajustó, con ligeras variantes, á un tipo de triste 
celebridad: á aquel funesto personaje oriundo de Francia, de 
quien decían llamarse á secas Mr. d'Espignac y era más co- 
nocido en Barcelona por Carlos de España, Conde de Espa- 
ña, Grande de España y nada de España. En rigor de ver 
dad, ninguno de los Generales de la época á que este capítu- 
lo hace referencia, consiguió llegar á tanta altura. De aquel 
insigne modelo sólo tomaron un dejo, el corte, la escuela. Si 
hubiesen gobernado algunos años después, se darían un aire 
con Mouravief, el de los cariños polacos. Pero á la sazón es- 
taba muy de moda el figurín austríaco. Barcelona vivía bajo 



i8 3 

una égida tutelar más parecida á la de Milán y Venecia. Ra- 
detzky y Jellachich imperaban, bajo distintos nombres, en 
Italia y España. Jellachich: ¿no llamaba Istúriz á Narváez el 
Ban de Croacia? 

Contábanse lances medianamente divertidos de algunos de 
nuestros Generales con mando en Cataluña. De uno de ellos 
decían que, siendo todavía subalterno, se creyó en el deber 
de citar en desafío á un compañero suyo, solamente porque, 
al trasmitirle una orden del superior, se le había caído ca- 
sualmente un guante. Decían de otro que, estando de Capitán 
general en no sé qué distrito, si por ventura tropezaba en la 
calle con algún barbudo, lo tomaba por republicano, y metién- 
dole á empujones en la tienda más inmediata, lo hacía desca- 
ñonar en su presencia, á punta de navaja. 

Ya nos íbamos acostumbrando los del paisanaje á que nos 
tratasen sin ceremonia. Cierto día, mientras se estaba cele- 
brando junta de Generales, oíase un ruido infernal en los alre- 
dedores del Palacio: arrieros y chalanes que se habían enzar- 
zado sobre si las bestias eran ó no de recibo. Media docena 
de curiosos presenciábamos la escena. Viendo aquel alboroto 
los de dentro, se asoma al balcón principal un sujeto, pistola 
en mano: da cuatro voces descompuestas, dispara y mata 
una muía. Matar muía ó matar hombre ¿qué importaba? ¿Y el 
principio de autoridad? 

Rasgos de esta naturaleza no necesitan comentarios, diría, 
usando la frase sacramental, algún gacetillero. Pues ahí verá 
usted. Cabalmente aquellos rasgos eran el encanto de los que 
adoran el régimen de cuartel en las esferas de Gobierno. 
Llamábanlos actos de virilidad, y celebraban mucho los aires 
de Gran Lama que se daban nuestros Capitanes generales, 
casi invisibles para las muchedumbres, excepto en días de 
revista, en procesiones, en el fondo de un palco, ó en los 
besamanos, que así llamaban á las recepciones oficiales, echán- 
dosela de reyes. Si alguna vez salían á paseo, era de unifor- 
me, á caballo, con dos ó con cuatro batidores y una nume- 
rosa escolta; disparados como flechas y arrollándolo todo 
como ciclones. Paseándome una tarde con otros muchachos 
por la calle de Fernando, vemos desembocar del lado de 



184 

la Rambla la gran barredera. El General parecía tener el 
aire descompuesto, y venía echando chuzos; al llegar la co- 
mitiva á la estrechísima calle de Aviñó se le interpone un 
carro cargado de muebles. En vano fustiga el carretero 
las muías; tercas ó asustadas, se empeñan en no ser galan- 
tes con la primera Autoridad del distrito. ¡Temblad, mor- 
tales! S. E. estaba en peligro de esperar; y ai falla attendre, 
como decía Luis XIV. ¿Qué hacen los soldados? Cuatro de 
ellos se apean de los caballos, dos la emprenden á palos 
con las muías, otros dos con el inocente carretero á puñe- 
tazos, bataneándole las costillas. El público, mudo é impa- 
sible. Trece años de régimen parlamentario llevábamos en- 
tonces. 



II 

En Setiembre de 1848, teníamos de Capitán general al 
que, veinte años más tarde, había de ser mi buen amigo Fer- 
nando Córdova. Llevóle allí Narváez en reemplazo de Pavía 
y Lacy, para acabar de sofocar un doble movimiento carlista 
y republicano, fruto entonces, según decían, de una de aque- 
llas coaliciones que á los hombres políticos parecen naturalí- 
simas y á mí me merecen el simple concepto de repug- 
nantes. 

El corto mando de Córdova fué ocasión para mí de un 
disgusto serio. El día 28 del mencionado mes, á las cinco de 
la mañana, vino un amigo, todo azorado, á echarme de la 
cama. «Malas nuevas tengo que darte — me dijo; — has de sa- 
ber que tu primo el coronel Apellañiz ha sido sorprendido 
conspirando, en la botica de Bofill, con varios republicanos.» 

Era Apellañiz un valeroso soldado que acababa de distin- 
guirse en varias acciones con los carlistas, y muy señalada- 
mente en las líneas de Hostalrich. Decidor, comunicativo y 
el compadre más campechano que ha criado la tierra arago- 
nesa. Pero su misma franqueza le perdía; no se recataba de 
nada, ni nadie era capaz de dominar el bullicio de su lengua, 



i85 



haciendo alarde de ideas avanzadas en todas partes, cafés, 
círculos, teatros, tertulias de confianza y hasta en el cuartel, 
en presencia de los oficiales. Con efecto, le prendieron, lle- 
vándole en derechura á la Capitanía general; y allí, Cordova, 
de quien había sido gran amigo, le increpó tan duramente 
que, hasta llegó, dicen, á arrancarle el bastón de la mano, 
rompiéndoselo en dos pedazos. Sin embargo, tengo la segu- 
ridad de que, en aquella desdichada ocasión, al pobre coro- 
nel le llevaron engañado, como á un chino, á casa deBofill: 
porque no se concibe cómo, sabiendo que iba á conspirar, 
pudo presentarse de uniforme y con todos los atributos de la 
autoridad que ejercía. El mismo Córdova se limita á decir en 
sus Memorias que Apellaniz estaba allí recibiendo órdenes. 
Metiéronle en la Ciudadela, le incomunicaron y así estuvimos 
más de una semana sin poder rastrear nada de él, ni su atri- 
bulada familia, ni ninguno de sus parientes y allegados. 

Amanece en esto" el 9 de Octubre, víspera del cumpleaños 
de la Reina, y empieza á correr la voz de que los infelices 
presos iban á ser fusilados. 

Inmediatamente se pone toda la población en movimiento. 
Clero, Vicario general, Corporaciones y hasta el Jefe político, 
se interesaban en favor de aquellos desgraciados. Cubriéronse 
varias exposiciones con centenares de firmas. Dudábase que 
la sentencia de la Comisión militar se llevase á cumplimien- 
to. ¿No se había de dudar, cuando, según confiesa Córdova, 
era de tal importancia la conspiración descubierta que conta- 
ba con adictos hasta entre las mismas personas que rodea- 
ban al General, ejerciendo funciones de la mayor confianza? 

En medio de aquella cruel incertidumbre, faltóme tiempo, 
en la madrugada del 10, para correr á la Ciudadela. Paso el 
primer rastrillo, y me dirijo al oficial de guardia. — «¿Hay me- 
dio de verá los presos?» — «¿Verles? — me contestó — ¿verles? 
Hace poco más de dos horas que han sido fusilados en uno 
de los fosos de la Fortaleza. » Turbado y sin aliento me que- 
dé, aterrado y yerto de espanto. — «Y ¿sabe V., sabe V. — me 
arriesgué todavía á preguntar, — sabe V. si uno de los fusila- 
dos ha sido el coronel Apellaniz?» — «No lo sé, á punto fijo — 
me contestó; — pase V. adelante y entérese por sí mismo.» — 



i86 



Corro, vuelo á la torre; subo, no sé cómo, un centenar de 
escalones: ruego, suplico al alcaide que me abra el calabo- 
zo: no pregunto, no quiero saber nada; descórrese, por fin, el 
tremendo cerrojo, y me veo á Apellaniz de pie, sano y salvo, 
y nos arrojamos en brazos uno de otro, dando lágrimas los 
dos á tan crueles infortunios. Pepe se había librado de la 
muerte, como por milagro: dicen unos, que debido á la in- 
fluencia del presidente del Consejo de guerra, ó fué," según 
otros, por la expresa voluntad del mismo Córdova, que quiso 
mostrarse generoso con su antiguo amigo y subordinado. 

Dos días antes, había salido en posta la esposa de Apella- 
niz, acompañada de la duquesa de Noblejas, para impetrar en 
Madrid el indulto. ¡Viaje bien inútil, si el Consejo hubiese 
incluido al Coronel entre los sentenciados á muerte! Ni el 
perdón hubiera llegado á tiempo, ni se mostraban dispuestos 
á concederlo los que entonces movían el pandero. Por toda 
contestación, dijeron á la señora de Apellaniz que la ley debía 
cumplirse. ¡Cuando se lo dijeron, salían de una orgía! 

Una sola vez, en el seno de la intimidad, hablé con Cór- 
dova de aquellos sucesos, ya entonces muy lejanos: cuando 
los dos militábamos en un mismo bando político: él como 
ministro de la Guerra, yo como diputado á Cortes. Díjome 
que había tenido que obedecer á órdenes inflexibles; y que 
por esto, había dejado completamente en manos de la Comi- 
sión militar el término del asunto. Así lo consigna también 
en sus Memorias. Creo firmemente en su palabra. Córdova no 
era sanguinario; antes bien, benévolo de carácter, de nobi- 
lísimo corazón, aunque encerrado en la lógica de sus deberes. 
Que á él, principalmente, debió la vida Apellaniz, no me cabe 
duda; y por él y por su influencia obtuvo el antiguo coronel 
de San Quintín el entorchado de brigadier, que le dió Prim en 
1868. Como lo digo: casi en capilla el 48, brigadier en 68. 
Así es la política: artículos de bronce y otros metales. Por si 
me disputan ó no me disputan el merendero, os juegan un 
hombre á cara ó cruz, según el azar de la mano: ayer, el se- 
pulturero, para echaros unas espuertas de tierra: hoy, el 
tapicero adornista, para el dosel que van á regalaros. Cues- 
tión de brujuleo y de acertar con los rumbos: del Capitolio 



á la Roca Tarpeya, ó de la Roca Tarpeya al Capitolio. 

¡Qué bien vendría ahora un comentario general sobre cons- 
piraciones! — Párrafo de los pueblos que tienen caprichos 
de conspirar. — Párrafo 2. : de los pueblos que tienen la tradi • 
ción de conspirar. — Párrafo 3. °: de los pueblos que tienen el 
vicio de conspirar. Si os agrada la clasificación, aprovechadla 
para vuestras apuntaciones. ¿Quién puede hablar de esto? Yo, 
que sin pretender juzgar á ningún conspirador, soy uno de 
aquellos entes originales que jamás han conspirado. 

El vicio nacional de conspirar no me neguéis que exista. 
Un día, rebuscando libracos en un baratillo, topé con el The- 
saurus Temporum, complectens Eusebii Chronicon, de Escalíge- 
ro, edición de Ginebra: infolio colosal, comido por las puntas, 
y en cada página, por vía de ilustración, la clásica mancha 
de una gotera de desván, ó la pringosa dedada de algún ra- 
tón de archivo. El ilustre filólogo usa con frecuencia, en el li- 
bro, el verbo conspirare en el sentido genuinamente latino — 
cum spirare, unir, aunar esfuerzos. — Masj en el ejemplar que 
yo tenía entre manos, un alma caritativa se había encargado 
de evitar que aquel conspirare llegase á ser causa de perdición 
y piedra de escándalo. Cada vez que tropezabais en el texto 
con el dichoso verbo, lo encontrabais enmendado al margen 
con la siguiente apostilla: hoc conspirare accipe in bonum sen- 
sum. Decididamente el fraile — ¿cómo no había de ser un frai- 
le? — decididamente el fraile que tal hizo, vivía en un país que 
tenía el vicio de conspirar, puesto que, creyendo ya olvidado 
el sentido recto del vocablo, temía que el lector se fuera de- 
rechito al figurado, por la costumbre de manejarlo. 

He hecho una observación, que se le escapó, sin duda, al 
autor del Arte de conspirar. Si las conspiraciones menudas 
han prosperado en su mayoría, las grandes, las históricas, 
han sido, en general, funestas para los conspiradores. César 
cae bajo el puñal de Bruto, y los tres pastores de Rutli arro- 
jan de Suiza á los Habsburgo; pero Harmodio y Aristógiton 
son vencidos por los Pisistrátidas; Catilina por la lengua de 
Cicerón; Marín Faliero y Bédmar, por el Senado veneciano; 
Fiesque, por el partido de los Doria; los Pazzi, por los Mé- 
dicis; Cellamare, por el Regente; Escóiquiz, porGodoy; Ma- 



i88 



let, por Napoleón. Quiebras del oficio, como en todas las 
grandes jugadas. Otra observación al canto. Donde la cons- 
piración es hábito nacional, se llega á adquirir gran destreza 
para jugar, en política, al alza ó á la baja. Si para mí, que 
estoy encima, hacéis la masa fuera de tiempo, os estrangulo; 
tal vez mañana la encontraré en sazón y nos la comeremos 
juntos. Todo consiste en la oportunidad de escoger posicio- 
nes: tal día de la fecha, en la mina: tal otro día en las cumbres. 
Como allí el gremio es tan extenso, los conspiradores se pe- 
netran bien, y se compenetran. No empujar, pero hacerse ca- 
mino unos á otros. Estar, según la ocasión, al tanto de la es- 
tocada ó del quite. Consumados artistas: de cocineros á frai- 
les, y de frailes otra vez á cocineros. 



III 

Manuel de la Concha fué el primer general moderado que 
rompió en Cataluña con las tradiciones del bajaiato. Veíaisle 
á menudo por las calles á pie, de simple mortal, con levita y 
guante oscuro: raras veces de uniforme, y caso de llevarlo, 
en días comunes, sin más que unas charreteritas de canelón 
y. la faja. Solía ir del brazo de Cotoner, el Segundo Cabo. 
Aquella llaneza tenía aterrado al círculo de los respetables. 
Decían que así se perdía el prestigio de las Autoridades. 
¿Prestigio? Mayor no lo he visto. Ni se verá otro como el que 
tenía en Cataluña el Marqués del Duero. Júzguese por el si- 
guiente lance. En un momento muy crítico, estando la plaza 
de San Jaime cuajada de gente levantisca, Concha se asoma 
al balcón de las Casas Consistoriales, teniendo en la mano 
una exposición que acababan de entregarle y no era de su 
gusto: rasga la exposición en mil pedazos, los arroja á la mu- 
chedumbre, y luego baja tranquilamente y atraviesa solo por 
entre los grupos, en medio del más profundo silencio, y qui- 
tándose todo el mundo respetuosamente el sombrero. 

Por poco me cuesta cara, en una revista, la gran popula- 



189 

ridad del Marqués. Acababa él de llegar de Portugal, y por 
más señas, lucía aquella tarde, por primera vez, la banda azul 
de la Torre y de la Espada: iba con cuatro batidores y un so- 
berbio acompañamiento, marchando todo el mundo al galope 
de ordenanza. Corría la gente de un lado á otro para ver y 
aclamar al General: yo me encontraba en la Muralla de Mar 
sobre un trozo mal apuntalado, que estaba en reparación. 
Los de delante retrocedían, los de detrás empujábamos, por- 
que si llegaba á faltarnos el suelo, no teníamos más salida 
que el precipicio. Viene de súbito la oleada y empieza una de 
gritos, espantosa. Por pronto que quisimos ponernos en sal- 
vo, caen dos, caen cuatro, caen más y todos van rodando al 
fondo. Hubo brazos rotos y cabezas destrozadas. El más afor- 
tunado se vino con un zancajo menos y un chirlo por la cara. 
Yo me encontré en el aire y pude librarme del primer turbión 
agarrándome á una enorme. piedra; mas ya me faltaban las 
fuerzas y me sentía escurrir por el abismo, cuando dos vigo- 
rosos brazos consiguieron sacarme de aquel apurado trance. 

La sencillez que hacía bienquisto de todos á Manuel Con- 
cha era franca, espontánea, sin mezcla ninguna de fingi- 
miento. Otros que pretendían imitarle, sólo conseguían po- 
nerse en evidencia á fuerza de extravagancias. A este género 
pertenecía un respetable veterano francés, al servicio de Es- 
paña, que hasta para las mayores solemnidades se había in- 
ventado un traje de paisano á su capricho. Llevaba aretes, 
un alfiler fenomenal sobre la corbata blanca de finísima ba- 
tista, chaleco de casimir con dos hileras de botoncitos de 
oro, y con ellos dibujada la relojera: á centenares los di* 
ges colganderos de caprichosos modelos, y se me antoja que 
con dos relojes: botonadura de armas en el frac y triple en las 
carteras: fajín sobre el chaleco: tres ó cuatro placas militares 
y el Nischam Iftijar en imitación de brillantes: sortijas sobre 
el guante: de oro el puño del bastón y de plata una contera de 
á tercia: pantalón blanco en verano y de paño azul en invier- 
no, con galón ancho de General: floja y arrugada la caída 
desde media pierna y armados los tacones con unas espuelas 
disformes de bruñido metal, que al andar, metían un ruido 
sólo comparable con el de los carabineros de Offembach en 



190 

Los Brigantes. Cortés y cumplido, hasta lo inverosímil. No 
olvidaba una tarjeta, ni una visita, ni un saludo, ni una fio- 
recita á tiempo. Fué una vez á recibir á unos novios que lle- 
gaban de Marsella: eran las seis de la mañana: excuso decir 
que el General iba con todas sus baratijas. Al entrar en el va- 
por, le salen al encuentro los viajeros. — «Dispense V., mar- 
quesa — dice al saludar, — dispense V. que me haya venido 
así... en traje de mañana.» — Si aquello era su traje de maña- 
na, échense Vds. á discurrir lo que sería su etiqueta. 

Durante un período muy largo, tuvimos de Jefe de Estado 
Mayor al brigadier Vasco, después Mariscal de campo. Bra- 
vo militar, echado para adelante, y de lo más afectuoso en su 
trato íntimo, apesar del aspecto severo que le daban sus largos 
bigotes á lo tártaro. Era muy extremado en el vestir, recor- 
dando, sin duda, otros tiempos en que tendría gallarda figu- 
ra; y aun en la época en que le conocí, no siempre sacaba 
mal partido de sus aficiones estéticas, como cuando un año 
se presentó en la procesión del Corpus, luciendo sobre sus 
hombros el gran manto blanco con la cruz verde, de la Orden 
militar de Alcántara. 

Genaro Quesada mandaba, como brigadier-coronel, un re- 
gimiento de Infantería, teniendo á sus órdenes de ayudante 
á un capitán Schmidt, que srla memoria no me es infiel, 
debió ser después el General Schmidt, casado con una hija 
política de O'Donnell, y muerto desgraciadamente en un acci- 
dente de ferrocarril. Todos los días, por detrás de la persia- 
na, veía yo á Quesada y á Schmidt, maniobrando con sus 
soldados en el ya mencionado patio de la Enseñanza. Eran 
dos tipos militares que, aunque distintos, engranaban per- 
fectamente; jóvenes ambos, rechonchito el uno, alto y delga- 
do el otro, reposado Quesada, bullicioso el ayudante, los dos 
unidos en . la misma voluntad y en iguales condiciones de ca- 
rácter para llevar su gente al pelo. Adivinábase en Quesada 
el futuro General, cuando tan mozo ostentaba ya entorcha- 
do blanco; de lo que había de ser como político, darían ra- 
zón los que le trataban de cerca; no yo, que nunca he acerta- 
do á ver en el actual Marqués de Miravalles más que un 
buen militar y pundonoroso caballero. 



I 9 I 

Otros coroneles había también de mucha nota: Yauch, Ga- 
rrido, Ruiz, Xhómas, todos ascendidos á Generales. Yauch 
tenía una particularidad: era la más alta estatura del ejérci- 
to; montaba el caballo de más alzada que he visto, y manda- 
ba el regimiento más alto, porque era el del Rey, núm. i de 
Infantería. Pero ningún coronel aventajaba en lo apuesto y 
lo gentil á Vicente Requena, más tarde Duque de la Roca, 
padre de mi cariñoso y malogrado amigo el Marqués de So- 
fraga, compañero mío de diputación, aunque en opuesto 
bando. Lástima que Requena dejara tan pronto las armas; 
no sólo hubiera hecho una brillante carrera en el ejército, 
sino que perdió mil ocasiones de lucir sus buenas dotes mili- 
tares, que luego se esterilizaron con la vida de Corte. 

Oficiales de aquella época en Barcelona, más ó menos su- 
balternos, citaría muchísimos, si no temiera hacerme inter- 
minable. Artilleros con el ancho morrión de aquel desairado 
modelo importado de no sé dónde; esbeltos ingenieros prensa- 
dos en sus casacas, con profusiónde cordoncillo de plata; cora- 
ceros, húsares y lanceros de espada recta ó sable corvo; la 
línea, vestida á la francesa con uniforme de cabos rojos, ó ama- 
rillos, y sobre todo airosos edecanes de casaca encarnada y 
cuello, solapas y bocamangas de distinto color, según las 
graduaciones de sus jefes; para escolta de Capitán general de 
ejército, el paño blanco; verde para Teniente general, y ne- 
gro para Mariscal de campo. A casi todos los de aquella bri- 
llante oficialidad, me los encuentro hoy distribuidos en dos 
categorías; ó muertos ú Oficiales generales. Despujol, oficial 
de Estado Mayor, hoy Teniente general y Conde de Caspe; el 
capitán Ferrer, General D, Félix Ferrer; Mariano Lacy, ayu- 
dante de Novaliches, General D. Mariano Lacy; Molíns, el 
elegante Molíns, con mandos de distrito; Pombo, el tem- 
plado Pombito, muerto de brigadier hace pocos años. 

En cuerpos auxiliares había tres ó cuatro figuras dignas 
de mención especial; el intendente Flores Várela, con su 
hija Venturita, que era la flor de la maravilla; el Marqués de 
Nevares, gran jinete, que se tenía firme á caballo y lo hacía 
caracolear, como el más diestro sportsman, apesar de su pier- 
na de palo; y mis queridísimos amigos el auditor García 



ig2 

Triviño con su esposa Pilar Barbaza, hija del Subinspector 
de Artillería, matrimonio de corte elegantísimo, que todo lo 
llenaba con su bella presencia y apostura. 



IV 



El elemento civil, como supeditado al militar, no tenía 
grandes ocasiones de lucimiento. Habíamos progresado poco 
en cuestión de Gobernadores. No se nos había ocurrido toda- 
vía convertirlos en meros agentes de policía, ni se formaban 
á la ventura de un simple redactor de tijera ó de un simplí- 
simo comensal del Ministro. Antiguos empleados de la Ad- 
ministración civil ó económica; algún diputado ó ex-diputado; 
un caciquillo en localidad pequeña; un jefe autorizado de 
partido en localidad grande: tal era, por regla general, el 
repertorio de Jefes políticos. Hasta un ex-Ministro tuvimos al 
frente de la Provincia. De otro averiguamos que era hombre 
de posición, con antecedentes de carrera, por los varios uni- 
formes que usaba en las procesiones; de Secretario de S. M. 
en la procesión de San Jaime; de sanjuanista en la de San 
Cucufate; de Jefe político en la de Santa María del Mar, y de 
antiguo Intendente en la del Pino. 

De vez en cuando se colaba algún favorito de la suerte: dije- 
ron de un sobrino que, por igualdad de nombre y apellido, le 
había birlado la credencial de Gobernador á su tío. Mas en 
general, repito que la madera de Gobernadores no era mala. 
Sólo había un inconveniente: que si el material resultaba de 
provecho, herramientas y artífices estaban en otra parte. Y 
otro tanto sucedía con los muy ilustres señores AlcaMes co 
rregidores. Ni el chistoso Pérez Calvo, ni el grave Dupuy 
llevaban al Municipio su propia autoridad, sino órdenes tras- 
mitidas desde el alto empíreo. ¡Vaya V. á hacerse oír repi- 
queteando con esquilón, cuando la campana del General nos 
atronaba los oídos con cada badajazo! 

Ya he dicho que la Audiencia territorial estaba dirigida 



193 

por el regente Romaguera. Habrá magistrados íntegros: más 
que Romaguera, imposible. El y el fiscal Escudero, llevaban 
una sentencia escrita en cada arqueo de cejas. Por aquellas 
Salas de Justicia pasaron entonces algunos nombres conoci- 
dos: Fernando Calderón, Ríos Rosas (D. Francisco)", D. Joa- 
quín Melchor y el elegantón González Crespo. Todos eran 
respetabilísimos y dejaron allí excelente fama; pero digo, con 
el mariscal Soult: la canóniga buena, la cabilda mala. Mala, 
entendámonos, en sentido discreto. Mala, no porque faltasen, 
antes bien resplandecían, en la colectividad, altas dotes de dig- 
nidad y decoro. Mala, digo, porque no se había sabido ó no se 
había querido romper con ciertas tradiciones ridiculas de la 
antigua Curia. Por ejemplo: si al informar en estrados, se le 
ocurría á algún abogadillo novatón dar el título de señor á un 
cliente, en el acto se le echaba encima el portero de Sala di- 
ciéndele en alta voz: — «Aquí no hay más señor que el Tribu- 
nal.» — Y, en efecto; sólo la casa de Medinaceli tenía allí el 
privilegio de que llamaran á su jefe «el ilustre Duque,» mas 
nunca «el señor Duque.» ¿Cómo no se había de asegurar, con 
estas sabias precauciones, el triunfo de la justicia? Pues nada 
digo si por acaso os sentabais, antes de tiempo, mientras el 
Presidente os dirigía la palabra; porque entonces el cancerbe- 
ro os descargaba un tremendo palo envuelto en esta fórmula 
amistosa: — «Guarde ceremonia el letrado. » — Todos los días 
había cuestiones con los militares, por si pretendían entrar 
con armas en el recinto del Tribunal; á un General le quitaron 
la espada los ujieres. En cierta ocasión, estando suspendida 
una vista, antojósele al Escribano de Cámara volver á entrar 
en la Sala para decir dos palabras al Presidente. Es de notar 
que Presidente y Escribano jugaban todas las noches al tresi 
lio. En aquel instante, los magistrados estaban de pie, fu 
mando, y en tren de absoluta confianza: — «Oiga V., Sr. don 
Fulano> — dice el escribano. — «¿Cómo se entiende, señor don? 
— contesta el Presidente, — Excelentísimo señor, Excelentísi- 
mo señor; advierta V. que estamos en Sala. » — Y cuidadito con 
que, al oír las voces «paso, paso,» por claustro y corredores — 
que era la señal de que algún señor del margen cruzaba desde 
el guardaropa al Tribunal,— cuidadito con que no os hicierais 

13 



i 9 4 

á un lado ó no os quitaseis el sombrero, porque de un sober- 
bio manotón os lo derribaban al suelo, creyéndolo justo des- 
agravio. De donde inferirán VV. que, además de los vates, 
hay en este mundo, por lo menos otro genus irritábile, el de 
los golillas. 

Hasta entre aquellos seres, por su clase esencialmente 
olímpicos, había sus notas cómicas. Un marginal, ya jubilado, 
quiso encargarse el retrato de cuerpo entero. Adviértase que 
promiscuaba: hombre de ley y hombre de Corte: magistrado 
y gentil-hombre de Cámara. ¿Se retrataría de toga? ¿se retra- 
taría de uniforme? Aun estando de uniforme, el retrato se 
presentaría de frente ó de perfil: ¿cómo arreglárselas para que 
se viera la llave que, por su colocación en determinado sitio, 
reclama otro género de postura? Problemas graves, gravísi- 
mos, pavorosos, que trajeron, durante mucho tiempo, altera- 
da á la familia. El marido estaba decididamente por la toga: 
la mujer por la llave y el uniforme. Urgía tomar una resolu- 
ción, porque peligraba la paz doméstica. Por fin, y con la in- 
tervención de buenos amigos, se vino á un acomodamiento, 
ó como diríamos hoy, á un modus vivendi. Nuestro hombre se 
retrató de toga, en ademán de dejar sobre una mesa la dora- 
da llave, junto á unos tomos del Febrero reformado; y á poca 
distancia, así como tirado al descuido en un sillón, el más 
bello y encantador de los uniformes. 

Otro tenía la manía de las relaciones. Blasonaba de hom- 
brearse, principalmente en Madrid, con casi todo el mundo; 
por supuesto de barón, canónigo , brigadier ó diputado para 
arriba. Con la mira de pasar por influyente, se había inven- 
tado una curiosa estratagema. Ibais por primera vez á su 
casa y os hacían entrar en el despacho. Casualmente el señor 
había salido un momento á otras habitaciones. Mientras le 
estabais esperando, fijabais vuestra vista en una porción de 
cartas esparcidas sobre un velador. ¿A quién no tienta la cu- 
riosidad? Os poníais á leer los sobres. «Excmo. Sr. Ministro 

de Gracia y Justicia Excmo. é limo. Sr. Obispo de 

Excmo. Sr. Capitán general de Excmo. Sr. Conde de.... 

Duque de Marqués de » Os quedabais asombrados. Al 

cabo de un cuarto de hora se presentaba el dueño de la casa. 



ig5 

Antes de saludaros, miraba las cartas con un fuerte meneo 
de cabeza: tiraba del cordón y aparecía el criado. — «¿No te dije, 
imbécil, que llevases estas cartas al correo?» — El fámulo re- 
cogía las misivas sin chistar y las sacaba fuera. Claro: para 
encajarle, media hora después, la misma documentación á 
otro prójimo. 

No quiero dejarme en el tintero, aun á riesgo de ser pesa- 
do, un tercer personaje notable por sus caprichos de lengua. 
Era de los que se acostaban á las tantas, y tal vez por esto 
solía entregarse en el Tribunal á dulces cabeceos. Noche sin 
saber dónde ir era, para él, noche de suplicio. Si en alguna 
casa le cerraban la puerta por ausencia ó enfermedad, se po- 
nía hecho una sierpe. Por aquellas ú otras causas dejó de re- 
cibirle una señora. — t Por Dios y por los santos — le dice al 
encontrarla: — Carmeta,J quédese V. de noche. Usted es mi 
necesidad diaria. » 

V 

De los dos Cabildos de Barcelona, el catedral y el munici- 
pal, sólo con el primero tenía yo alguna que otra relación, 
por las especiales aficiones de mi Padre. Había en aquella 
Catedral, como en todas, su clero alto y su clero bajo: por 
toda la escala picaba nuestro trato, según las simpatías. Con 
tal motivo, tuve larga ocasión de pasar en revista dignidades, 
prebendados de oficio, simples canónigos, domeros, benefi- 
ciados, organistas: hasta una especie de sacristanes que lla- 
maban monxos, y hasta el Porrer de la Seo, grave personaje 
que desempeña el cargo de macero. Este último, con su pe- 
luca blanca de tres bucles, gorguera de lienzo en tabla lisa y 
largo ropón de damasco carmesí, parece una cruel reminis- 
cencia de nuestros antiguos Concelleres. Precede al Cabildo 
en todas las ceremonias, llevando á discreción sobre el hom- 
bro derecho una enorme maza de plata que deja caer, al pa- 
rarse, dando en el suelo un fuerte golpe: señal de rúbrica para 
la comitiva, como en la táctica militar un toque de tambor ó 
de corneta. 



ig6 

Organistas había dos, primero y segundo: al mayor llama- 
ban en Mateuet (Mateíto), en razón á su corta estatura. Era 
seglar y tenía unos dedos privilegiados. En días señalados, 
íbamos á oirle tocar unas voces humanas, que ya las quisiera 
Boito para los coros angélicos de su Mefistófeles: pero á la 
chiquillería lo que más la interesaba era la cabezota de turco 
pendiente del órgano, cuando bajo la presión del pie den Ma- 
teuet movía las barbas, revolvía los ojos y abría una boca des- 
comunal, de donde salía un ronquido terrorífico; y no era 
más que uno de tantos registros de aquella complicada má- 
quina. Y apropósito de chiquillos, recordaré que otro de sus 
grandes entretenimientos en la Catedral era, durante la octa- 
va del Corpus, ver bailar lou en los claustros: un huevo 
puesto en un surtidor, que con la fuerza del agua daba capri- 
chosos saltos. 

Tocante al ramo de canónigos, no citaría yo los de aque- 
llos tiempos como modelo de capacidad y de grandes dotes 
intelectuales, salvas algunas honrosas excepciones, como la 
ya citada del doctor Bertrán. Buenas costumbres, sí tenían; 
ajustados perfectamente á aquella morum integritati de que ha- 
bla el Concilio Tridentino; y en esta parte hay que reconocer 
que, no ya el canónigo, sino el clero de Cataluña en general 
ha sabido mantenerse á una altura muy superior á la de los de 
otras provincias y de algunos países extranjeros. Ni una pala- 
bra mal sonante, ni asistencia á espectáculos, ni trajecitos de 
seglar, ni siquiera un cigarrillo en público, ni otra clase de ex- 
pansiones de mayor calibre, como las vemos en Madrid y las 
he visto con frecuencia en Italia. 

Pero aparte de que, en nuestras guerras civiles, ha habido 
más de un señor canónigo que supo bonitamente coger el 
trabuco, repito que allí, en aquel Cabildo catedral, no era la 
ciencia lo que sobraba. Mucho régimen: misa con su poco de 
caro por la mañana; vísperas por la tarde; muceta de armi- 
ño desde Todos Santos, muceta de raso desde Corpus. Ni ha- 
bía para que fatigarse la garganta en el coro: de pie, delante 
de los atriles, cuatro vigorosos gañanes á sueldo, cargando 
con la faena del canto llano, con unos vozarrones estupendos. 

Parecería natural que, siendo el canónigo oculus Episcopi 



i 9 7 

sui, como decía un famoso Arcediano, todos los señores de 
aquella clase, sin excepción, se escogieran de entre los sacer- 
dotes más acreditados por su saber. Pues se equivocan uste- 
des. Al revés del poeta, el canónigo no nace, se hace. Anti- 
guamente los canónigos salían en gran número de las filas de 
la nobleza, por aquello de ejército, mar ó altar. Hoy se sacan 
un poco de todas partes; pero puedo asegurar, porque me 
consta personalmente, que en ningún terreno se siente un 
Jefe superior tan acosado, ni para nada hay que aguantar tan- 
ta chinchorrería, como para la provisión de canongías. Que 
lo cuenten los subsecretarios de Gracia y Justicia. En cano- 
nicatos simples hay la mitad de libre provisión; por consi- 
guiente, cabe allí, muy á placer, la misa y olla. La otra mi- 
tad se reserva para Doctores y Licenciados: saltem dimidia 
pars, según reza el Concilio. Lo malo es que no se tenga en 
cuenta una ligera observación: que entre doctor y docto pue- 
de haber enormes diferencias. 

Tantas hay, que uno de los canónigos de aquellos tiempos 
era doctor en Sagrados Cánones por la egregia Universidad 
de la Guardia Real de Infantería. Allí sirvió hasta que se le 
antojó un día colgar el espadón; de sus estudios académicos 
no conservaba más que la costumbre de marcar el paso mili- 
tar y de poner, cuando iba de bordón en las procesiones, cara 
fera á sus colegas, como para decirles: «Alto, descansen ar- 
mas.» — Vizcaíno, con setenta años encima, no había conse- 
guido saber hablar el castellano. Al salir de la sacristía se da 
un día un encontrón con el monaguillo , y le dice tirándole 
patas arriba: — «Patas pies, donde pones pisas mira.» 

Murió el pobre de repente, el mismo día de su santo, ofi- 
ciando en la Catedral. Cuando llevaron la noticia al ama de go- 
bierno, que estaba preparando la gran comida de días, no se 
la ocurrió á la buena mujer más oración fúnebre que exclamar 
juntando las manos: — «¡Bendito sea Dios! ¡qué vamos á ha- 
cer ahora con tanto plato!» — Me recordó esta escena el cuen- 
to de los dos abates franceses que se juntaban todos los domin- 
gos á comer espárragos, mitad en salsa, mitad en aceite, para 
satisfacer los distintos gustos de entrambos. Cayó redondo 
un día el de la salsa, atacado de apoplegía fulminante, en el 



igB 

momento de sentarse á la mesa; y el otro, sin hacer caso del 
cadáver, corre á gritar desde lo alto de la escalera: — «Todos 
los espárragos con aceite!» 

VI 

Del Ayuntamiento, ¿á qué hablar? ¡Había dado tan gran 
bajón la sucesión de los Concelleres! Ya quisieron los progre- 
sistas reconstituir nuestros Municipios, parte sobre la base 
del antiguo Concejo, parte sobre el patrón belga. Mas luego 
los moderados hicieron del Ayuntamiento un simple Consejo 
de los Corregidores. Los tratadistas de aquella comunión 
cuidaron de explicárnoslo con una teoría de las más peregri- 
nas diciendo que un Corregidor era á la vez agente del Rey y 
agente del pueblo. ¡Ah pillines! ¿agente del pueblo el Corre- 
gidor, eh? ¡y lo nombraba el Ministro de la Gobernación! Ni 
agente del Rey, porque estaba absorbido por el Jefe político, 
como éste lo estaba á su vez por los Capitanes generales. 

Es de rúbrica: cuando una institución pierde sus papeles ó 
cuando se los quitan, no la queda más que el relumbrón. La 
afición y el compás, como á los músicos viejos. Así aconteció 
en Europa con la aristocracia cuando de los tiempos feudales 
pasó al período del palatinaje; así con los Reyes en Inglate- 
rra desde que los Hannóver tuvieron que ir doblando la cer- 
viz ante la omnipotencia parlamentaria; así con los Parla- 
mentos en Francia cuando Luis XIV pudo ya entrar en el de 
París con látigo y espuelas; así con los Municipios españoles 
desde el punto y hora en que vinieron á caer bajo las garras 
del absolutismo. Los doctrinarios los quisieron aderezar á la 
moderna, poniéndolos decentitos; pero sin consentir que le- 
vantaran el gallo; les cepillaron la ropa y los dejaron por 
dentro tan escurridos. A nuestros egregios Ayuntamientos de 
los tiempos que describo, se les prodigaban honores, trata- 
mientos y prerogativas de todo linaje; los regidores usaban 
un magnífico uniforme con la tradicional banda roja; los te- 
nientes de alcalde el consabido bastón con borlas de gran ta- 



i 9 9 

maño. Pero... hasta aquí llagó, caridu Rastitutu. Atribucio- 
nes, derechos, iniciativas, poquito, muy poquito. De puro 
apolillados, si no todos, los más de aquellos ilustres ediles 
caíanse á pedazos. 

No de otra manera se concibe cómo en unos tiempos que 
han dado en llamar tan prósperos, y formando parte de la 
Corporación municipal esclarecidos patricios, Barcelona hi- 
ciese tan escasos progresos en materia de mejoras urbanas. 
Yo no recuerdo más (y no preciso las fechas) que la termina- 
ción de la fachada de las Casas Consistoriales, con las esta* 
tuas de Jaime I y Fivaller; parte de la prolongación de la 
calle de Fernando VII; la apertura del mercado de Santa Ca- 
talina; la instalación del nuevo archivo municipal; la columna 
triunfal de Galcerán Marquet en la plaza del Duque de Me- 
dinaceli, y el reglamento de la compañía de bomberos. No 
entraba la piqueta en las calles lóbregas y estrechas; pocas 
de las grandes con adoquinado nuevo, y aun éste mal senta- 
do; escaso el gas; por toda salida en la Rambla, del lado de 
Estudios, el ignominioso Portillo de Isabel II; las murallas en 
pie; continuos desperfectos en la Acequia Condal y más de 
un desastre ocasionado por las calaveradas de la Riera den 
Malla; el puerto una inmunda charca con un dragado irriso- 
rio, y aquellas interminables obras del Muelle nuevo á que 
me he referido en el capítulo de mis estudios. No se hablaba 
todavía de ensanche más que sotto voce y como de un proble- 
ma planteado para un porvenir bastante lejano; algunos espe- 
culadores de buen olfato empezaban á comprar terrenos en el 
paseo de Gracia, y otros que hacían correr la voz de que se 
iban á urbanizar las huertas de San Beltrán, se permitían pro- 
posiciones tímidas de venta á razón de algunos cuartos el 
palmo, que es como acostumbran medir allí las tierras edifi- 
cables, en vez de contar, como aquí, por pies ó metros su- 
perficiales. 

Tal era entonces, bajo el punto de vista de la edilidad, el 
aspecto general de aquella ciudad de Barcelona, tan embe- 
llecida hoy y tan mejorada, que puede pasar, sin disputa, por 
la más hermosa de España y afortunada rival de algunas 
muy celebradas del extranjero. 



200 



SECCIÓN SEXTA 



Monseñor Donnet. — El Príncipe A. Demidoff. — Lola Montes. — ¿En Mataré > 
ó en Constantinopla? — |Abajo las dagas! — Farolines y farolones. — Los jó- 
venes de la alta banca. — A pluma y á pelo, como Alcibiades. — Quién in- 
trodujo el gabán recto. — Capítulo de mujeres. — Dónde estaban las tradi- 
ciones del buen tono. — Una escultura, una mano y varios volcanes. — Don 
Salvador. — Historia crítico-filosófica del abogado. — Los pasantes ante el 
capitalista, el procurador ante el capital, y el notario en su capítulo. 



I 

Bajemos ó subamos; como á VV. les parezca. Del mun- 
do oficial, trasladémonos á las humildes regiones donde mora 
el resto de los mortales, y, á fuer de galantes, empecemos 
por algunas notabilidades extranjeras que tuvieron á bien 
honrar con su visita á los barceloneses durante aquel período. 
Notabilidades por cierto bien distintas en todo: en respetabi- 
lidad y en categorías sociales. 

Acuérdome de tres, entre centenares: Monseñor Donnet, 
Arzobispo de Burdeos: el Príncipe Anatolio Demidoff, y la 
por tantos títulos famosísima Lola Montes. 

Monseñor Donnet estuvo de paso en Barcelona con objeto 
de activar una suserición benéfica, creo que para el Instituto 
africano. Era hombre de complexión apoplética, de venerable 
aspecto, con unas largas y nevadísimas canas en artístico 
abandono. Ocupó una vez el púlpito en la iglesia de San Fe- 
lipe Neri, predicando en su lengua, y con un acento puro 
Norte, imposible para oídos españoles poco ejercitados. El 
cónsul Lesseps acompañaba constantemente al Arzobispo: 
el día que fueron á la Catedral, yo, con mi afición al fisgoneo, 
me declaré parte de la comitiva. Probablemente los señores 
canónigos no entenderían una palabra de lo que les decía. 



201 

cuando Sa Grandeur creyó conveniente hablarles en latín: 
cada cinco minutos les dedicaba esta aduladora frase: — 
«Pulcherrimam cathedralem habetis.» — Distaba mucho de ser 
rana en cuestión de historia, literatura ó arqueología sagra- 
da. Nada de cuanto iba viendo en la Catedral le cogía de 
sorpresa: ni la rica custodia de la sacristía, ni las arcas 
con restos de los Berengueres, ni el Cristo de Lepanto, ni el 
sepulcro de Santa Eulalia, ni el cuerpo incorrupto de San 
Olegario, ni la capilla de la Purísima, ni las caricaturas de 
algunos frisos, ni lo que le contaron de la Tomasa, que así 
se llamaba la campana grande. 

Al Príncipe Anatolio Demidoff, ó mejor dicho, Príncipe 
de San Donato, título romano — porque lo de Príncipe Demi- 
doff, título ruso, le había costado un disgusto en el Jockey- 
Club de París, con el secretario de su Legación, — al Príncipe 
Anatolio, repito, le conocí en uno de los conciertos del Liceo. 
Era el mismo Demidoff, casado con la Princesa Matilde, hija 
del Rey Jerónimo, el compinche de Pigault Lebrun. Hombre 
suelto de maneras, rubio, coloradote, con más trazas de co- 
sechero de la Rioja que de magnate ruso. Con achaque de 
calor, se presentaba en todas partes vestido de casaquilla y 
chaleco nankín, pantalón de crudo, zapatones, corbata en- 
carnada y ancho sombrero de jipijapa. 

Aquel gran señor se untaba de plebeyo, al revés de la ge- 
neralidad de los plebeyos que, en teniendo dinero, úntanse 
de señores. Contábanse de él porción de aventuras que des- 
mentía con dignidad, y al oírlas repetir montaba en cólera; 
pero lo que no desmentía ni podía desmentir era lo henchido 
de caudal, pues poseía una inmensa fortuna en minas de ma- 
laquita, criaderos de oro en los Urales, y otras menudencias 
por el estilo. Tenía, como todos los Demidoff, la manía de 
las colecciones. En Barcelona arañó de muchos sitios para 
hacer provisión de atavíos y trajes del país, por supuesto, 
pagando muy buenos cuartos. Hasta quiso tener un uniforme 
completo de Mozo de la Escuadra, y parecióme bien la idea 
de llevarlo á San Petersburgo, para que allí se pudiese compa- 
rar mejor la institución con otras del género moscovita. 

¿Qué edad tendría Lola Montes cuando estuvo en Barce- 



202 



lona? Entre los veinte años y los cuarenta y cinco, pueden 
ustedes cortar por donde gusten. Mirada á cierta luz, parecía 
una muchacha; otras veces jamoneaba ya; tan pronto se ha- 
bía enranciado la tez de aquella mujer, que, en realidad, no 
pasaría mucho de los treinta. Sólo tenía bueno los ojos, y 
cierta gracia en el andar; lo demás vulgarísimo, sin distinción 
ni asomo de elegancia. Por la Rambla paseaba muy agarradita 
del brazo de su segundo marido Heald, teniente de la Guardia 
inglesa, barbilampiño, de diez y ocho años, con seis mil libras 
de renta, que la pobre Lolita tuvo que pasar por la humilla- 
ción de admitir al atrapar al muchacho. Ya en aquellos mo- 
mentos, el astro de Munich había recorrido más de la mitad 
de su órbita; la heroína descrita por Malmesbury se había 
batido con los afghanes en la India, había cantado por las 
calles en Bruselas, bailado en Varsovia, pisado las tablas en 
París, y trastornado el seso al pobre Luis de Wittelsbach, 
primero de aquella triste serie de maniáticos que se llaman 
reyes de Baviera. Prójimos hay que imaginan iiaber cumpli- 
do su misión sobre la tierra, haciendo tres cosas: escribir 
un libro, tener un hijo y plantar un árbol. Lola puso más 
alta puntería, y alzado el ánimo á mayores cosas, no se con- 
tentó con menos que con volcar á un rey y hacer demostra- 
ción de bizarría luchando cuerpo á cuerpo con un pueblo 
entero. Cuando yo la vi, todavía la quedaba mucho que andar 
á la Condesa de Landsfeld, baronesa de Rosenthal. Tenían 
que morir por ella tres ó cuatro hombres; tenía que recorrer 
la América, hacer ruido en California, visitar la Australia y 
dejar sus huesos en algún hospital; que en esta punta suele 
terminar la carrera de los gladiadores. Sin duda, aquella tem- 
poradita de Barcelona fué un corto paréntesis, durante el 
cual cruzó por la imaginación de Lola buscarse, con su mo- 
nada de teniente, un nidito de amores. Creyó encontrarlo en 
una de mis casas de Mataró, á la orilla del mar, con extensa 
huerta. Hízome proposiciones para alquilarla, y quedamos 
en esperar su decisión unos días. Al cabo de una semana 
se me presenta el mayordomo, diciendo que la Sra. Condesa 
tenía que ausentarse por algún tiempo, y que todavía no era 
cosa resuelta si se quedaría en Mataró... ¡ó en Constantinopla! 



203 



II 

Poco podré decir de la aristocracia barcelonesa de mis- 
tiempos, como no sea hacer constar que los señores que la 
componían eran perfectos caballeros, de extremada cultura y 
ameno trato. No se conocían entre ellos ni aquellas petulan- 
cias ni las fatuidades que tan antipáticos hacían á los de su 
clase en otras provincias. Algunos de los nuestros habían 
comulgado con el carlismo y hasta formaron parte de la 
Junta de Berga: estos eran los intransigentes, que vivían re- 
tirados, sin hacer la menor concesión á las nuevas formas 
políticas. Otros, por el contrario, se iban acercando cada día 
más á las instituciones. Sea por espíritu de transacción ó 
por convicción propia ó por cálculo, procuraban hacerse po- 
sibles en el Ayuntamiento, en la Diputación provincial, en 
los Cuerpos colegisladores. Para el exclusivismo nobiliario, 
Barcelona tiene un grave inconveniente, y es que la indus- 
tria y el comercio producen una constante filtración de aris- 
tocracia del dinero, ante la cual la de sangre tiene por fuer- 
za que ceder, so pena de anularse. 

Vióse esto claramente cuando, bajo el régimen moderado, 
se volvieron á introducir en Barcelona las antiguas procesiones 
de Semana Santa. Era costumbre en ellas que los señores nobles 
solteros — uso la frase de rúbrica — acompañasen á la Virgen 
de los Dolores, así como los señores nobles casados — idéntica 
reserva — formaban el séquito de la imagen del Cristo de los 
nobles, escultura colosal que había que llevar á pulso con dos 
asas, y por ello y por su enorme peso, solía confiarse todos 
los años al Marqués de Alfarrás, hombre de hercúleas fuer- 
zas. Mientras la cosa no pasó de asunto de congregación ó 
cofradía, nadie dijo una palabra: no así cuando unos cuantos 
mozalvetes pretendieron restablecer, como distintivo nobilia- 
rio, el uso de la daga ceñida sobre la vesta del congregante. 
Fundábanse en no sé qué antigua ley ó costumbre ó privile- 



204 

gio. Otros que esto oyeron, sintiendo bullir sus instintos de- 
mocráticos, alborotaron el cotarro. Empezó á llover un dilu- 
vio de epigramas, coplas y soneticos: salieron á relucir los 
dictados de dagueros, daguistas y daguí/eros: unos extremaron 
el lance poniéndose dagas como machetes: otros, para con- 
jurar la nube, renunciaron á usarlas al ver que se democrati- 
zaban; hasta que al fin, ante las manifestaciones de la opi- 
nión, la dichosa daga cayó como prenda simbólica de clase. 

No había entrado en Barcelona, y tardó mucho en entrar, 
la novísima manía de engalanarse, por Roma ó por Castilla, 
con motes de capricho. Cada quisque se mostraba contento 
con lucir el nombre de su padre. Usaba título el que lo tenía 
por su casa: los nuevos solían darse á militares de fama, 
como Manso y Llauder, ó á algún travieso banquero, como 
el viejo Fontanellas. Más bien se notaba un si es no es de 
tendencia á suprimir calificativos de sabor feudal, pues ya no 
sonaban, en los protocolos, ni ciudadanos honrados, ni discre- 
tos, ni magníficos señores. Continuaban algunos poniéndose el 
de delante del apellido, diciendo que podían hacerlo en virtud 
de ejecutoria; mas como era un gusto inocentísimo y sin con- 
secuencia, se les dejaba nobletear, y el mundo seguía tan 
campante. 

Supongo que ahora los aficionados á títulos se habrán des- 
pachado allí á su gusto, como ha sucedido en toda España. 
Dicen que esto prueba la persistencia del espíritu aristocrá- 
tico. ¿Qué se yo? Mal síntoma, muy mal síntoma, que empie- 
cen á abaratarse los artículos de puro lujo. Acordaos de los 
Romanos cuando los optimates entraron á alternar'con los an- 
tiguos patricios; de Venecia cuando se abrió el Libro de oro 
á los simples ricachones; de nuestra propia nobleza cuando se 
apeló al recurso de vender hidalguías. 

Los pocos que dieron en la flor de improvisarse un alias 
blasonado, eran la delicia de Jos que estábamos detrás de la 
barrera. Nada tan divertido como la lucha que se entablaba 
luego entre ellos y los de abolengo. Lucha incesante, atroz, 
desesperada. Y sucedía una cosa singular. Mientras que los 
históricos no solían hacer gala de sus títulos por creerlos de 
sobra conocidos, los nuevos, los de cuño reciente, acostum- 



205 



braban anunciarlos á son de trompeta. Uno conocí que, siendo, 
cuando raso, de los que parecen haberse tragado el asador, se 
volvió, de titulado, una gelatina: os buscaba, se os acercaba, 
se sonreía, os estrechaba la mano, os abrazaba, y nada podía 
serle tan grato como oírse decir: «¿Hola, marqués? ¿Cómo 
está V., marqués? ¿Qué me cuenta V., marqués? ¿Y la mar- 
quesa?» 

Eso de la vanidad tiene mucha filosofía. Llaman á la va- 
nidad pasión insustancial; sin sustancia será, pero con tal ri- 
queza de detalles, que no me atrevería á comprender en una 
sola clasificación toda la familia de los vanidosos. Desde 
aquel simplón que se tiznaba la cara y se ponía de lacayo en 
la trasera de su propio coche, para que creyesen que tenía un 
negro, hasta el otro bobo que os exhibe en visita sus botas 
de charol, son infinitas las estratagemas á que apela el que 
ansia distinguirse del común de las gentes. 

No basta distribuir los faroles en farolines, faroleros y farolo- 
nes; hay además la farolería sorda, la de los que llamaba 
Quevedo necios con caparazón y gualdrapa que os encubren 
una vanidad sin límites con capa de sencillez y bajo las apa- 
riencias más humildes. De estos tales teníamos varios en Bar- 
celona entre la gente de viso. — Recibió uno la Gran Cruz de 
Isabel la Católica. No es cosa, decía él, de andar á todas 
horas con el colgajo á cuestas; pero si érais amigo de la fami- 
lia, buscaba un pretexto para enseñaros la casa, y así como al 
descuido, os dejaba ver en el salón el retrato con la banda. — 
Diéronle á otro un destino con tratamiento de usía. No gus- 
taba de que se lo recordasen, ni llegaba á aquello de «Santa 
María, parienta de usía.» Pero á todas horas andada el cria- 
do, usía por arriba, usía por abajo. Una vez se descuidó de- 
lante de gente, y le llamó de' usted. Ya entonces nuestro 
hombre no pudo contenerse y soltó los frenos: «Adoquín 
de Satanás, grita con ojos de basilisco, ¿no hay un usía en 
esa boca?» — Cierto brigadier estaba esperando por momentos 
la faja de General. — «Mi brigadier, ¿cuándo le damos á usted 
la enhorabuena?— ¿Qué enhorabuena? — Toma, la del ascenso. 
— ¿Ascenso yo? Nunca pensé en semejante cosa.» — Por aque- 
llos días solía encerrarse horas y horas en su despacho. In- 



206 

trigo esto al asistente y se puso á mirar por el ojo de la ce- 
rradura. Nuestro veterano se estaba paseando por la habita- 
ción, colocado en una silla el uniforme completo de Maris- 
cal de campo; y cada vez que pasaba por delante, hacía 
una reverencia y decía saludando con la mano: «Adiós, mi 
General; mi querido General, hasta la vista.» 

¿Cuándo acabaremos? Nunca. Vaya de ramillete final un 
caso de vanidad archiconcentrada. Trátase de un hombre 
de tan sencillas costumbres, que rayaban casi en primitivas. 
Era rico y ponía todo su empeño en pasar por pobre. Pero 
tenía el flaco especial, no de comer buenos platos, gusto có- 
modo que alabo, sino de que la gente lo supiera. A este efec- 
to, mientras jugaba al tresillo con los amigos, tenía que en- 
trar todas las noches el criado á preguntarle, coram populo, 
cómo quería, para la próxima comida, tal ó cual plato favori- 
to. Un día, pues, que él estaba delicado, se le acerca el criado 
de puntillas y le pregunta á media voz cómo quería el cuarto 
de gallina. — «Me es igual» — contesta el otro amostazado; 
mas luego llamándole á capítulo: «Pedazo de atún — le dice, — 
nunca nombres partes, sino el todo; no debiste hablar de 
cuarto, sino de gallina, y mejor todavía, de gallinas.» — Al 
otro día había vaca á la moda. — «Señor — pregunta el socarrón 
del criado: — ¿cómo quiere V. las vacas?» 



III 



Mucha memoria se necesitaría para ir apuntando, uno por 
uno, los muchachos visibles que bullían por aquellos salones, 
teatros y casinos. Por otra parte, ni ellos ni yo tenemos 
gran interés en ir acumulando apellidos: ellos, porque si han 
alcanzado la fortuna de llegar á los cincuenta , serán 
ahora unos gravísimos personajes, más atentos á calcular lo 
que hayan cosechado de maduros, que á entretenerse en recor- 
dar lo que sembraron de mocitos; yo, por no incurrir en proli- 
jidades que fatigarían al lector con razón sobrada. 



207 

Gran número de aquellos jóvenes pertenecían á la alta 
banca: los hermanos Massó, Plandolit, Ricart, los Villave- 
chia y Juanito Prats, uno de mis mejores amigos. Algunos 
de ellos habían recibido una brillante educación en el extran- 
jero; todos dotados de buen talento, activos, emprendedores, 
y mancebos exquisitos por la gracia y cortesanía de sus pala- 
bras y modales. 

Formaban la segunda tanda los elegantones: Gay, Fer 
nando Vedruna, Catalán y Pancho Solernou, si no me equi- 
voco, después Barón de Solernou y representante de Mo- 
naco. No se vaya á creer que por ser estos señores tan esme- 
rados en el vestir, habían de carecer de aquellas condiciones 
que se exigen para la vida seria. Al contrario, siendo la ma- 
yor gala de la Ciudad, gozaba cada uno de ellos, en la especia- 
lidad de su respectiva carrera, justa fama de discreto; y aun 
alguno, eñ más de una ocasión , dio claras muestras de 
envidiable talento. Lo que hay es que si les daba por ahí en 
vez de darles por otras cosas más arriesgadas, no encuentro, 
á la verdad, motivo para censurarlos; recordando que Alci- 
biades pudo ser á un tiempo el primer figurín y el primer per 
sonaje déla culta Atenas; que Murat, apesar de sus tres ho- 
ras diarias de tocador, se hacía aplaudir por su mismo impe 
rial cuñado en las cargas de caballería y logró escalar un tro- 
no; y que, ya mucho antes, los primores de un sastre no 
habían sido obstáculo para que el elegantísimo Richelieu die- 
ra en Mahón una soberbia tunda á los ingleses. Y al fin y al 
cabo, nuestros cuatro liones barceloneses no hacían más que se- 
guir, en materia de modas, el noble ejemplo de otros varones 
más autorizados. Porque ¿quién creerán VV. que nos eman- 
cipó en Barcelona del feo paletot ceñido, reemplazándolo por 
el recto sin botones? Pues nada menos que el respetabilísimo 
D. Claudio Antón de Luzuriaga, cuando estuvo de Regente 
en aquella Audiencia. 

En tercera sección pondremos la serie de los interminables, 
con todos los tipos clásicos: el D. Juan, el sentimental, el di- 
ligente, el haragán, el correcto, el estrafalario. Allí, en aquel 
hervidero, se estaba amasando la pasta social para tiempos 
más cercanos á los nuestros; el que con los negocios había de 



208 

echar soberbio tren, y el que había de dejarse en ellos el pe- 
llejo; el que iba á ser columna del partido conservador, ú hon- 
ra del progresista, ó ídolo del federal, ó esperanza del repu- 
blicano; el que empezaba á cultivar los ideales y el que no 
se había impuesto otra misión que la prosaica de aumentar 
su linaje; el que boceteaba en su estudio y había de ser glo- 
rioso pintor, ó pedimenteaba de pasante y había de ser ilus- 
tre abogado, ó recetaba en pisos cuartos y había de ser médi- 
co eminente; el naviero y el industrial, con quienes había- 
mos de reñir aquí grandes batallas. . . 

Capítulo de mujeres, capítulo arriesgado: no, ciertamente, 
para aquellos tiempos míos, en que la mejor sociedad podía 
desafiar en Barcelona los rigores de la más severa crítica. 
Teníamos nuestras étoiles: Manolita Ll***, Amelia B***, hoy 
señora de G***, la marquesa de S***, la señora de C***, es- 
posa de un rico capitalista. Hermosura, talento, discreción, 
nada podían envidiar: ante todo, señoras de su casa. En la 
belleza y en la distinción dábase la primera algún parecido 
con una noble dama que ha sido después el principal orna- 
mento de la Corte. 

La marquesa de S*** era, digámoslo así, el eje de la socie- 
dad barcelonesa. Todo giraba en derredor suyo, porque tenía 
— y conserva — el inestimable don de gentes para atraerse ,1o 
más selecto y florido. Obispos, generales, jefes políticos, in- 
tendentes, corregidores, magistrados, particulares de posi- 
ción, nadie que quisiese pasar por persona de calidad, dejaba 
de acudir á los salones de la Marquesa para ofrecerla sus 
respetos. Con escrúpulo sin igual conservaba aquellas tradi 
ciones del buen tono que algunos pretenden hallar vincula- 
das en las personas de cierto rango. Sus recepciones, aunque 
poco frecuentes, eran brillantísimas; citábanse, entre los 
competentes, como lo mejor de lo mejor en lo inmejorable. 

La señora de C*** seducía, no precisamente por su acen- 
tuada belleza, sino por el sello plástico de una figura escul- 
tural que parecía salida del cincel de Canova. En el teatro 
traíase de paso todos los ojos. Su blancura marmórea, pero 
realzada con los tonos calientes de una escogida toilette, os 
hacía soñar vagamente en alguna inspirada creación de fray 



209 

Angélico, escapada de un marco de los Uffizj. Su mirada 
melancólica producía tormentos é insubordinaciones capaces 
de desesperar a un cenobita. Aquella mano fina, aristocráti- 
ca y lánguidamente posada sobre la barandilla del palco, 
hacía reventar en las almas volcanes devastadores y plan- 
teaba en las imaginaciones problemas de paraísos imposibles. 
Nuestra hada incomparable vino á Madrid, donde cogió una 
pulmonía, de que murió. La delicada flor no podía vivir más 
que en su invernadero. 

Rondaba, á la sazón, por Barcelona una especie de rodri- 
gón de ochenta años, que había tomado á su cargo el oficio 
de cavaliere servente. No era, ni por asomo, un sigisbeo, como 
los que en Italia se imponían á veces hasta en las capitula- 
ciones matrimoniales, según refiere el erudito Molmenti; de 
aquellos á quienes llamaba Goldoni martiri femminilmente 
nervosi delta galantería, que en Venecia acompañaban á las 
damas al Conservatorio, al teatro, á misa ó á oír á los predi- 
cadores célebres, y con las patricias se les veía en las fiestas 
de San Marcos, y della Madonna delta Sálate ó los primeros 
domingos de cada mes nella capella del Rosario dei Domenicani. 
No, no llegaba á tanto el buen D. Salvador; no hubieran 
consentido tal, ni las rígidas costumbres de Barcelona, ni la 
austera virtud de nuestras damas. Ceñía su misión á librarlas 
de ciertos conflictos de pura cortesía, dándolas el brazo á la 
salida de los teatros para bajar las escaleras. Espantaba los 
moscones haciéndolas compañía en el palco, recogía su aba- 
nico ó las entregaba los gemelos, y algunas veces se corría 
hasta ir á esperar sus órdenes á la puerta de los respectivos 
salones. Parecía una momia de la décima ó undécima dinas- 
tía egipcia, según estaba de amarillo, de seco y acartonado; 
ocultaba su calvinismo bajo una peluca castaña artificiosa- 
mente rizada; lucía por dentadura dos magníficas sartas de 
perlas que habían sido propiedad de los Sres. Centena y Bar- 
bier-Bergerón, acreditados cirujanos de la boca, y cubría 
aquel cuerpo relleno de siglos con fraques, chalecos y panta- 
lones siempre recién salidos del taller del esclarecido Bollin- 
ger. Detalle final: unas botas tan apretadas, que el pobre se 
iba tambaleando como si le zarandearan el espinazo, que sos- 

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210 




tenía á nivel, apesar de la corcova en que los años le habían 
doblado las espaldas. Decían si había ó no había sufrido al- 
gún percance serio en sus campañas de joven; téngolo por 
posible; ello es que, sea por razón de sus años, sea por otras 
causas, inspiraba á todo el mundo la más absoluta confianza. 



IV 



Mi paso por el Colegio de abogados fué rapidísimo. Sólo 
dos años ejercí, del 5o al 52, ya fuera del período que estoy 
reseñando. Mas, de mucho antes, me iba enterando del per- 
sonal del foro barcelonés. Ya he hablado de Permanyer; se- 
ñalábanse además Barret, como especialista en asuntos mer- 
cantiles, Rius y Roca, Melchor Ferrer, Pablo Pelachs, anti- 
guo alcalde progresista, Juncosa, Soler y Gelada, Miguel Co- 
ma, Pablo Valls, y un joven valenciano, Ramón Revest, 
que alcanzó en pocos meses envidiable fama. Durán y 
Bas, Vilaseca y otros que pasan hoy por veteranos, no habían 
entrado todavía en escena. 

¿Cómo no me decidí á abrir seriamente bufete? Capricho 
no sería. Antes de graduarme, pude aprovechar y aproveché 
mil ocasiones de ir tanteando el terreno. 

Fijábame en la consideración que rodea á los grandes 
letrados, en su respetabilidad, en sus resonancias, en sus 
triunfos y en el provecho que reciben. De lo cual infería que, 
con un poco de labia, buenas relaciones, alguna habilidad en 
el manejo de los textos legales y su tantico de gramática par- 
da, la cuestión industrial, la de pane lucrando, estaba asegu- 
rada con el bufete. 

Mas luego iba entrando en otro género de reflexiones. 
Sentíame, y me sigo sintiendo, refractario á la letra muerta. 
Respeto la ley escrita como el primero, pero no la venero ni 
sé venerarla como haya un ápice de discrepancia entre ella y 
mis convicciones. Dadme á interpretar, exponer ó glosar una 
ley cualquiera: al momento, en vez de interpretarla, la juzgo; 



en vez de exponerla, la aquilato; en vez de glosarla, la discu- 
to. Voime derecho á sus fundamentos racionales, y, si no me 
satisfacen, la ley pierde su prestigio á mis ojos, y no hay 
quien la levante en mi espíritu. No lo puedo remediar: tengo 
una tendencia irresistible á pretender que todo lo legal sea 
siempre legítimo á mi manera. Ved cuál es de peregrino mi 
temperamento. 

Perdonad mis osadías y hablémonos un momento al oído. 
Despojad la fórmula legal de sus atavíos externos: lo excelso 
del legislador, lo sabio del consejero, lo augusto del santuario. 
En último término, ¿es otra cosa la ley que una opinión im- 
puesta? ¿Y no encontráis algo de nimiedad en pasarse horas 
enteras averiguando qué es lo que quiso decir el que puso dos 
líneas en un Código? Yo, por ejemplo, en los momentos en 
que esto escribo, acabo de recibir del Gobierno el honroso en- 
cargo de preparar los trabajos para la formación de un Códi- 
go industrial. Quiero suponer que mi proyecto cuaje: que lo 
lleven á las Cortes, que allí se apruebe, con discusión ó sin 
discusión — que de todo se dan casos entre nuestros conscrip- 
tos. — Quiero suponer todo esto: ¿no me he de reír al ocurrír- 
seme la idea de que, dentro de un par de siglos, puedan reunir- 
se en junta seis ó siete abogados para entenderse sobre lo 
que quise decir en tal ó en cual artículo, cuando acaso, á 
fuerza de querer decir muchas cosas, no haya conseguido de- 
cir nada? 

Me indican por lo bajo que este lenguaje es anárquico, 
porque tiende á barrenar la autoridad de las leyes. Despaci- 
to, señores; que una cosa es obedecer la ley, y otra cosa es 
tenerla que manejar como artículo de fe cristiana. Eso, eso 
es lo que ha repugnado siempre á mis instintos. Que hay que 
partir de la ley para que la sociedad marche: convenido. Que 
ha de haber hombres consagrados á explicarla y otros á im- 
ponerla como tal ley, dejándose de más razones: convenido 
también. Pero yo no me sentía de la madera de aquellos 
hombres; vamos, que no me sentía. Que por allí se va á las 
felicidades, á las alturas sociales, y con buen viento de popa, 
al camino de las minas de oro. Cierto, cábal, axiomático. So- 
lamente que, para trabajar en minas hay que cavar mucho, 



• 



212 

y para andar con el azadón se necesitan dos cosas que no 
tenemos todos: fuerza de brazos y fuerza de resuello. 

Otra consideración me hacía poco simpático el noble ejer- 
cicio de la abogacía. Asombrado me quedaba oyendo en es- 
trados á más de un letrado. ¡Qué manera de argüir y de re- 
dargüir y de hacer blanco lo negro! Causábame á la vez pe- 
sadumbre y enojo. ¡Y con qué gravedad y con qué sublime 
aplomo se dice allí lo que no se siente! Laboulaye, en su 
Prince Caniche, ha presentado el tipo del abogado diestro. Es 
aquel Pieborgne que, con unas mismas frases hábilmente pre- 
paradas, se hace á sí propio el pro y el contra en dos magní- 
ficos discursos. Dicen que los abogados son los expositores 
de la ley; cuidado que no sean sus verdugos. Tanto es loque 
la estiran, la retuercen, la ensanchan, ó la achican. Si la ley 
fuera de carne y hueso, perecería á sus manos en el caballe- 
te. Y, francamente, este oficio de dar tortura á un texto des- 
dichado, tampoco es para todo el mundo. Yo entonces, á los 
veinte ó veintidós años, no adivinaba una cosa que he visto 
después muy generalizada: la flexibilidad de juicio. No sabía 
que hay juicios de línea ondulatoria y juicios de línea recta: 
lógicas de derivación y lógicas cerradas. Con las derivaciones 
y las ondulaciones vamos compaginando la vida: ¡ay del que 
se entregue á los rigores de la dialéctica pura y no haya me- 
dio de sacarle la raya! Ese tal medrará poco en la vida prác- 
tica, sobre todo como abogado; su lógica inflexible espantará 
los negocios, y aun teniendo, vosotros y él, la mejor volun- 
tad, no lograréis iniciarle, ni á tiros, en los secretos de la 
chicane. 



V 



Conozco que va siendo un poco largo el párrafo dedicado 
á mis queridos colegas; mas no me hagáis mudar de hoja, 
antes de echar toda el agua al molino. Hasta aquí hemos vis- 
to al abogado en el foro manejando asuntos privados: nos fal- 
ta lo mejor, porque hay que verle al aire libre interviniendo 



213 

en los negocios públicos. La sociedad moderna ha hecho de 
él un patrón cortado para todo: el abogado es el hombre po- 
lítico por excelencia. ¡Qué sociedad moderna ni antigua! Casi 
lo ha sido siempre. Ya lo fué en Roma; y si no, aquellos ora- 
lores que, rodeados de su numerosa clientela, iban á recoger 
en el Forum los sufragios populares que se habían conquista- 
do en el Prcetorium-, y si no, aquel Hortensio, rival de Cicerón, 
que, merced también á sus clientes, pudo llegar al puesto de 
lugarteniente de Sylla. Así siguieron las cosas, ingiriéndose 
los abogados, con denominaciones varias, en todas las gran- 
des situaciones históricas de Europa: feudales, cancillerescas 
ó parlamentarias. Sin ser todavía más que estudiante de De- 
recho, les iba siguiendo la pista con los libros en la mano; y 
en verdad que si de cuando en cuando, los encontraba del lado 
de las políticas francas y elevadas, las más veces les veía ini- 
ciar, continuar ó aprovechar las que se pasaban de enmara- 
ñadas y tenebrosas. Idéntico vicio de sutilizar, idénticos cubi- 
leteos cuando formaban Gobierno que cuando formaban curia. 
Ellos, en la Edad Media, echan las bases del cesarismo á la 
romana: ellos, en Francia, hacen doble juego en los antiguos 
Parlamentos, unas veces en pro, otras en contra de la autori- 
dad regia: ellos, en España, penetran en los Consejos y con 
éstos y con la Cámara de Castilla, mientras mimaban al Rey, 
iban socavando las libertades municipales: ellos, en Inglate- 
rra, sobrecargan de distingos la legislación normando-sajona, 
la de los Plantagenetas y Tudores, convirtiéndola en un la- 
berinto inextricable y hasta viciando el sentido constitucional, 
como puede verse consultando á Montesquieu, Blackstone y 
Delolme: ellos, en el Imperio germánico tienen casi que ser 
expulsados de las Dietas, porque á puro adelgazar los textos, 
lastimaban los intereses de las Ligas comerciales, haciendo 
causa común con los Emperadores sacro cesáreos. 

Lo de Laboulaye: el abogado nace con el instinto del pro 
y el contra; advocatus Dei, advocatus diaboli, como dice en los 
procesos de canonización, la Sagrada Congregación de Ritos. 
Y está esto tan en la esencia del oficio, que al llegar el 89 y el 
93, los abogados políticos prosiguen el mismo juego de anver- 
sos y reversos, sin más diferencia que haberse convertido de 



214 

casuistas en ideólogos. Estados generales, Constituyente, Le- 
gislativa y Convención toman aires de foro con ribetes de 
Academia. Barnave y Vergniaud, Danton y Robespierre sutili- 
zan en abstracto sobre el Código de la Humanidad, como su- 
tilizaban en concreto sobre el Recueil des Lois sus antecesores 
del régimen antiguo. Después — ¡si será fecunda en recursos 
la sofistería! — lograron deducir, de la teoría de los derechos 
del hombre,, la teoría de la santa guillotina. Empezaron por 
guillotinar á los demás y acabaron por guillotinarse entre sí; 
con la misma frescura con que en otro tiempo nos hubieran 
enrodado con los edictos, cédulas y ordenanzas en la mano. 

Antójaseme que no habría de ser muy halagüeño el porve- 
nir de los pueblos bajo el simple imperio de las togas. Des- 
potismo por despotismo, casi, casi prefiero al suyo el de la 
espada ó el de ía teocracia. Siquiera el sable es franco: os da 
de plano, de filo ó de punta y no se mete en razonamientos; 
y la teocracia, antes de dominaros, os adormece con el fana- 
tismo, como el árabe á la serpiente, con la flauta mágica. Pero 
el que viste toga tiene el hábito del pico, y antes de pegar, os 
razona cada ampolla que levanta en vuestra personalidad con 
sus leyes de garantía, cada boquete que abre en vuestro pen- 
samiento con sus leyes de imprenta, cada tajo que da en 
vuestra hacienda con sus leyes fiscales. 

Caso de necesidad, nunca faltará algún pica-pleitos para 
convenceros de que el mimo á cintarazos es el mejor de los 
mundos, y de que entre los papeles más codiciables y apeti- 
tosos, el mejor es el de víctima. Así se ha ido paseando la 
abogacía por la Historia, distribuyendo alegatos en favor de 
todas las causas entreveradas: el antiguo derecho de naufragio, 
el derecho de hacer esclavos, el derecho de la guerra, el derecho 
divino de los Reyes, han salido enteritos del cerebro de los 
abogados. Nadie les ha superado en el arte de labrar, con ar- 
tificio soberano, las cadenas empleadas por los déspotas de 
oficio. Me opondréis los nombres de un Campomanes, de un 
Moñino, de un Jovellanos, diques en que se estrellaron am- 
biciones militares ó cortesanas; de un d'Aguesseau, de un 
Chaix-d'Est-Ange, de un Berryer, glorias del foro fran- 
cés; de un lord Brougham ó de un sir Rowland Hill, perpe- 



2l5 



tuos abogados de las causas populares. Pero, con cortas di- 
ferencias de años, ved quién remacha en Francia el clavo 
imperialista. Si Portalis ayuda á Napoleón á hacer el Código, 
en cambio Cambacéres, Lebrún y Gaudín son sus seides in- 
separables, y los notarios que legalizan todas sus iniquida- 
des; y ahí están Troplong, Baroche y Rouher, que fue- 
ron las manos y los pies del sobrino, para montar y poner en 
marcha aquella máquina gubernamental que dió al traste con 
las libertades, la honra y la dignidad de Francia. 

Y en nuestra patria, ¿qué eran sino abogados los que man- 
tuvieron la intolerancia religiosa en el Código fundamental 
de 1812? ¿Fueron, ó no, abogados los que sacaron de las li- 
berales Cortes del 22 las líber alisimas leyes sobre exportación 
de trigos y harinas para Ultramar? Por abogados han sido 
defendidos y filosofados todos nuestros extravíos coloniales. 
Con ayuda de abogados hemos inventado las peregrinas teo- 
rías del protectorado como el mayor desiderátum del obrero, 
del patronato, como último término de la emancipación del 
negro. Y abogados, y muy cumplidos abogados son los que, 
en nuestros tiempos, han sacado á luz las influencias mora- 
les, las honestas distancias, las coaliciones de partidos ex- 
tremos, la comunión bajo las dos especies, monárquica y 
republicana, las líneas estratégicas de centros é izquierdas, 
con otra multitud de perfiles y maravillas que, de seguir ade- 
lante, irán convirtiendo el régimen constitucional en la más 
amena y entretenida función de juegos icarios. 



VI 



Con el pasante, el procurador y el escribano, completemos 
la revista de la Curia barcelonesa. 

Un par de años antes de concluir la carrera y durante otros 
dos después de tomar la licenciatura, os instalaban en casa 
de un letrado, ordinariamente amigo dte la familia. A esto 
llamaban hacer la pasantía. Si queríais hartaros de papeles y 



2l6 



almacenar casos prácticos, entrabais en el despacho de un 
buen Relator: si, por el contrario, preferíais ser hombre de 
pelea, os entregaban á un abogado de estrados. Relator 6 
abogado, vuestro hombre no se meneaba de su silla, ni se me- 
tía en daros reglas ó consejos: allá va eso, y disparaba á 
granel, sobre vuestra mesita del rincón, los pleitos y las cau- 
sas criminales. ¡Qué profusión allí de entuertos que enderezar! 
Habíalos para todos los gustos y para todos los gastos. Con- 
fesemos un flaco de aquella edad. Ibamos despachando los 
expedientes, según lo más ó menos abultado de las tripas. 
Pleito ó proceso de poca tripa, despachado en el acto: algo 
voluminoso, allá para las calendas graecas. Es decir, que me- 
díamos los asuntos por lo extensivo, no por lo intensivo: cal- 
culando que, si en los expedientes de pocas fojas podía ha- 
ber bastante que meditar, en cambio en los de muchas había 
más que leer, y tanto negro nos estorbaba. Licenciados ya, 
nos encargaban trabajos de pacotilla, algún interdicto, algún 
incidentillo. Si subíamos á informe y lo hacíamos á gusto 
del principal, Su Merced nos abrazaba en su despacho, y 
por todo estímulo, nos decía, con benévola sonrisa: «Vamos, 
ya sé que ha estado V. lucidito.» Sueldo, ninguno: tenían á 
sus pasantes aquellos potentados en la mayor necesidad y 
aprieto: todo lo más un tanto alzado, para determinados tra- 
bajos: alzado digo, por lo que ceñía, no por lo que abultaba. 
¡Oh! sí: teníamos nuestros capitalistas, y bien duros de 
corazón y bien estrechos de mano. Quéjense los obreros de 
los suyos. 

Formaban los Procuradores su Colegio especial con gran- 
des ínfulas y campanillaje. Digo: muchos de ellos pertene- 
cían á la nobleza, usaban el de y eran caballeros de daga. Sa- 
liditas que, en un país positivista, habían facilitado las gran- 
des casas á sus segundones. Porque el oficio de procurador 
era muy lucrativo: no tanto por los negocios, cuanto por e 
limitado número de los colegiados. Un buen procurador de 
número estaba siempre muy bien aposentado en casa de su- 
bido alquiler; se permitía al año un par de recepciones de 
frac y de cuerpo escotado; hacía educar á sus hijos en colegios 
extranjeros; hubiera puesto aya á sus hijas, si la moda de 



217 

entonces hubiese consentido institutrices; compraba la pro- 
piedad de un par de butacas ó acaso la de un palco, en el Liceo, 
y se pasaba regaladamente los veranos en una torre ó quinta 
comprada con su dinero en Gracia, Sarriá, las Corts ó en 
San Gervasio. 

Rasgo singular que pinta al vivo hasta dónde llega feliz- 
mente, en materia de vivir, el espíritu industrial de mis pai- 
sanos. Aquellos verdaderos señorones, en cargando con los 
papeles, se dejaban á la puerta sus humos nobiliarios y su 
plena conciencia de acaudalados: sencillos, humildes y respe- 
tuosos, subían y bajaban cien veces la escalera del abogado y 
la del cliente; no se retraían de ser mosca de malos paga- 
dores ni se desdeñaban de ir á satisfacer personalmente una 
cuenta de honorarios; el Don y el Sr. Don no se apartaban dje 
sus labios al hablar con gentes de calidad; y cuando asistían 
á estrados, allí les veíais, de modesto frac y aire motilón, dos 
gradas más abajo, ellos, los señores del de, dos graditas más 
abajo que el abogado plebeyo, tal vez no sobrado de pesetas. 

También picaban muy alto, aunque no tanto, los Notarios 
y Escribanos. Las notarías del Principado habían sido ofi- 
cios enajenados de la Corona, y á voluntad las distribuían las 
casas donde radicaban . No sé cuántas poseía la de mi exce- 
lente amigo Ramón Dalmases. Vino después la reversión, 
previo un expediente interminable, al cual, por lo largo é in- 
trincado, dedicó unos versos muy curiosos el poeta Cervino, 
cuando era oficial de Gracia y Justicia . 

Eso de que, para poner á flote la Hacienda se tratase la 
fe pública como se trata una finca, me parecería ahora más 
asombroso si las Haciendas de hoy, para salir de sus apuri- 
llos, no tuviesen á bien apelar á otros recursos tan absurdos 
como aquél, ya que no tan estrafalarios. Mas como suele de- 
cirse y suele acontecer que del extremo del mal nace algún 
bien, así, con aquellos repartimientos de la fe pública vino á 
suceder que, enmedio de sus funestas consecuencias, resulta- 
se algún beneficio moral, aparte de la granjeria; y fué que, 
como las notarías de pingüe rendimiento, y por consiguiente 
las de las ciudades, no podían darse más que á personas de 
cierta calidad y suficiente caudal para adquirirlas, esas tales 



218 ^ 

personas tenían interés en sostener la respetabilidad de la 
clase, y por ende ennoblecieron el oficio. Con esto, cuando se 
introdujo el sistema del Real nombramiento, y aun antes de 
que se creara la cátedra notarial dirigida en la Universidad 
de Barcelona por D. Félix María Falguera, ya el notario bar- 
celonés era un hombre de verdadera posición y á veces de 
grande autoridad en los negocios. No llegaba al notario francés, 
que puede ser vuestro ojo derecho, vuestro amigo, consejero, 
administrador y en ocasiones difíciles, hasta vuestro paño de 
lágrimas; pero también distaba mucho de parecerse, ni en 
sueños, á aquel antiguo escribano de Castilla, á quien llama- 
ban uno de los tres enemigos de la bolsa. Notarios he conoci- 
do en Barcelona, que daban quince y raya al mejor abogado: 
diestros en encarrilar un pleito, maduros en consejo y expe- 
riencia, y en casuística legal incomparables. 

Y basta de curia y también de curiales: que ya están lla- 
mando reciamente á nuestras puertas otros no menos intere- 
santes personajes. 

SECCIÓN SÉPTIMA 

Los tiempos de la pesetica. — Á régimen debilitante. — Sanllehí entre celajes. 
— Revista de médicos. — Media fortuna. — De qué manera avisaban los car- 
listas al médico de cabecera. — Aventuras de un maniático. — Casa de Orates. 
— Coronel y Mariscal de Francia. — Madrid... titirití. — A propósito de fre- 
nopatía. — Del abolengo mercantil y su reemplazo. — D. José Xifré. — Fábri- 
cas y fabricantes. — Lógica algodonera. — Clases obreras: las actitudes del 
antiguo pinxo. — Flaneo por calles y tiendas. 

I 

¡Qué tiempos aquellos, para Barcelona, en que los médicos 
os mandaban á la calle ó al cementerio, mediante una triste 
peseta por visita! La junta ó consulta valía medio duro: las 
operaciones eran á precios convencionales, siempre modera- 
dísimos. Y aun entonces, como advertirá el lector, debíamos 
estar muy distantes de aquellas otras edades de que habla el 



219 

Dr. Jerónimo de Alcalá, en que contaban que los médicos, 
pareciéndoles indigna cosa recibir paga por sus visitas, vol- 
vían para atrás la mano. Entregábase en Barcelona la moneda 
al doctor por conducto del criado ó de la criada, al llegar á la 
puerta y en el momento de despedirse. Cuenta cerrada y laus 
Deo. Conocí un comerciante que todavía encontraba manera de 
escatimar algo en los honorarios; por cada cinco visitas daba 
un napoleón, con su realito de menos.. Una vez tropezó con 
cierto médico andaluz que, al verse timado en ocho cuartos y 
medio, le dijo con toíca la sal de la tierra: «diga ozté, ¿eze bo* 
rriquiyo viene zin albarda? 

Vivíamos y moríamos en plena polifarmacia: cada receta 
era un variado menú, con guisos de todas clases, á ver cuál 
petaba. Nos sangraban á cubos: con crémor y ruibarbo nos 
daban en las tripas cada baldeo que temblaba el mundo; nos 
crucificaban á ventosas y cantáridas: golpe de sanguijue- 
las, el redañito, y en doliéndonos una uña, el régimen de 
dieta fames. Cuando soltabais las sábanas se os transparenta- 
ba la pelleja. Tan flojos, que de un capirotazo dabais en el 
suelo con los desvencijados' huesos. 

Curar enfermedad Con enfermedad, enfermedad vieja con 
enfermedad nueva; curiosa aplicación del similia hecha por 
los hombres del contraria. Historia de la Medicina, historia 
de las tentativas: anima nobilis ó anima vilis. Con que saque- 
mos adelante un paciente entre ciento, el honor de la cien- 
cia está salvado. Ciencia, empirismo, probémoslo todo. Se- 
guro estoy de que, al verse tan á menudo chasqueados en su 
conciencia científica, muchos de aquellos distinguidos Escu- 
lapios se dirían por lo bajo, como en D. Gil de las calzas 
verdes: 

Cobrado habéis harta fama, 
y demasiado sabéis 
para lo que aquí ganáis. 

ti) • 

Dad al diablo los Galenos 
si os han de hacer tanto daño. 
¿Qué importa al cabo del año 
veinte muertos más ó menos? 

Hahnemann no estaba en olor de santidad entre los ilus- 



220 

tres cofrades de aquel protomedicato. Á Sanllehí, el futuro 
príncipe de la homeopatía catalana, apenas se le divisaba al 
través de algún celaje. Iba con sus anchas patillas de doctor 
francés tentando el vado entre la gente menuda, sin soñar 
siquiera en sus ricas cosechas del porvenir, teniendo enaje- 
nadas todas las voluntades en el círculo de los de la tradi- 
ción, sorteando la persecución como los cristianos de la pri- 
mitiva Iglesia y temiéndolo todo de sus Dioclecianos. Algún 
médico extranjero se aventuraba de vez en cuando por aque- 
llas procelosas aguas con pócimas, panaceas y tratamientos 
de reclamo; acuérdome de un doctor italiano, gotoso y con- 
trahecho, que ponía en las esquinas dos figuras de capricho, 
representando el estado anterior y el estado posterior del en- 
fermo en una operación quirúrgica de su invención: antes la 
operación y después la operación, como él decía. 

Más de un notable de aquellos tentóme el pulso: Dr. Lia- 
cayo, Dr. Santonja, Dr. Picas, Dr. Yáñez, Dr. Achard, doc- 
tor Mer, Dr. Vieta, Dr. Durán. Turba medicorum. ¡Bien haya 
su grata memoria, que pudiendo acabar con mis días, me 
dejaron de superviviente! 

Nuestra falange médica abarcaba todas las especies. Había 
el médico pulcro y perfumado y el roto ó desaliñado que iba 
trascendiendo á anatomía; el médico fúnebre que anunciaba 
la Unción en la primera receta, y el optimista que, hasta 
teniendo al enfermo en la agonía, daba largas al sepulturero; 
el parlero, el gruñón, el melifluo, el sentencioso, el pata la 
llana; el que os ejecutaba de plano en una pulmonía y el que 
os asediaba á preguntas antes de trataros un simple consti- 
pado. Médicos de damas, médicos de monjas; especialidades 
difíciles, según los inteligentes. De uno de señoras referían 
la anomalía de haberse hecho popular entre ellas, cabalmen- 
te por las claridades que les espetaba. — «¡Qué desmejorada 
está V., Isabel! — Condesa, ¿por qué tiene V. siempre tan 
mal color? — ¿Sabe V., Pepita, que parece que le han echado 
á V. diez años encima?» — ¡Profundos arcanos del corazón 
femenino! 

Tampoco faltabael médico de elegante pluma, representa- 
do en la prensa por el Dr. Joaquín Cil, catedrático de la Fa- 



221 



cuitad é intransigente absolutista. Escribía Cil con suma 
facilidad y vigoroso tono; incisivo en el ataque y oportunísi- 
mo en la réplica. De clásico le calificábamos apesar de lo 
abundoso de su imaginación, que le hacía caer en la ampulo- 
sidad, y no obstante algunas incorrecciones de lenguaje, de- 
bidas, más que á descuido, á lo premioso de las tareas perio- 
dísticas. 

Otra eminencia médica era el catedrático de Medicina 
legal, D. Ramón Ferrer y Garcés. Aunque de dicción más 
amena y ds más escogido trato, representaba Ferrer en la 
Facultad de Medicina lo que Marti de Eixalá en la de Dere- 
cho: el pensador profundo. Tenía Ferrer gran partido entre 
la juventud, que acudía presurosa á oír las sabias lecciones 
de un maestro constituido en tan alto lugar por las circuns- 
tancias que en él resplandecían: entusiasmo muy parecido al 
que despertó en Madrid su colega y cariñoso amigo mío el 
Dr. Mata. 

Pocos de nuestros esclarecidos Galenos tenían coche, sea 
porque no lo consintiera lo módico de los estipendios, ó por 
lo corto de las distancias en aquella antigua Barcelona, apri- 
sionada entre murallas. Los que se permitían el lujo de vida 
.arrastrada, usaban bombé en verano; y en invierno, á limo- 
nera, un cupé sencillo, de los que llamaban mitxa fortuna: 
gráfico adjetivo este de media, con el cual expresaban los cu- 
cos de nuestros abuelos cuán remirados eran en no sustentar 
gala sin hacienda y en no soltar extremos de carruaje, sino 
en la justa proporción y prudente medida de la propia. 
A la legua conocíais el cupé de un doctor; porque el ca- 
ballo, que era ordinariamente de alzada y buena estampa, 
solía llevar cubierto el lomo con una mosquitera color de 
tórtola y ancho fleco de seda floja. 

.Este era, por ejemplo, el tren del Dr. Yáñez; dígolo por- 
que, siendo él uno de los cuatro ó cinco facultativos que 
gastaban carruaje, también de ahí le vino una de las mayo- 
res desazones de su vida. Libre de visitas una tarde, estaba 
el buen doctor, muy acurrucado en su berlina, dando vueltas 
por el Paseo de Gracia, cuando de repente se ve asaltado por 
unos enmascarados que le mandan apearse, le vendan los 



222 



ojos, le meten en una tartana y con él echan á andar cam - 
no de la montaña. Eran carlistas, y á tan inconcebible extre- 
mo de osadía habían llegado y tan faltos estábamos de vigi- 
lancia, que nos podían secuestrar así, en pleno día y á un 
kilómetro de distancia de las murallas, como ya lo habían 
efectuado antes, llevándose á un maestro de escuela con sus 
chicos, en una tarde de asueto. Lo que querían de Yáñez 
era que asistiese á uno de los más famosos cabecillas que 
había caído enfermo allá en su madriguera. Hízolo como 
pudo y luego restituyeron el médico á sus hogares, por su- 
puesto, vendándole otra vez los ojos durante el trayecto. 
Mas la cuenta, si se la pagaron, le salió bien cara al infe- 
liz; tísico casi en tercer grado, no pudo resistir aquella terri- 
ble sorpresa, digna de Sierra Morena; y murió al poco tiem- 
po echando por la boca el último pedazo de pulmón que le 
quedaba. 



II 



Por una desdichadísima casualidad, tuve que relacionarme, 
en aquellas fechas, con los médicos alienistas. Volvióse loco 
uno de mis más íntimos amigos, amigo del alma. Empezó 
pasándose las horas muertas, de visita en mi casa, sentado 
allá en un rincón de la sala, mudo, cabizbajo, sumergido en 
sus pensamientos. De improviso soltaba una gran carcajada, 
y otra y otra hasta reventar de risa. Si le preguntabais la cau- 
sa de tan extrañas alegrías, no os contestaba una palabra y 
volvía á encerrarse en el más absoluto mutismo, con los ojos 
clavados en el suelo. 

Luego, comenzaron las manías. Pedía volver á Orduña, 
su pueblo natal, en las Provincias Vascongadas, para ponerse 
en ama. — «Tengo veinte años, decía: ha terminado mi pri- 
mera vida, estoy entrando en la segunda, y necesito otro 
período de lactancia.»— Chupaba las sábanas, chupaba el pa- 
ñuelo; chupa de aquí, chupa de allí, siempre como si estuvie- 



223 

ra mamando. Creyendo los médicos descubrir en aquellos 
extravíos algo como irresistible instinto del aire natal, lo 
mandaron por una temporada á Orduña. Todo fué inútil: 
volvió más loco que nunca. 

Menos mal mientras se mantuvo en actitud pacífica y sin 
salirse de los moderados términos de sus antiguos desvarios. 
Pero, súbitamente, le dió por dos cosas que hasta entonces, 
aun entre locos, había yo creído incompatibles: la mística y 
las mujeres. Pasábase las mañanas, muy vestido de negro, 
en la iglesia de Santa Ménica, confesando, comulgando, 
oyendo ó ayudando misas: al caer la tarde y á boca de noche, 
andaba por calles sospechosas, corriendo tras de las mozue- 
las. A tal punto llegaron sus desafueros, que hubo que pen- 
sar seriamente en encerrarle; y este fué el partido que la fa- 
milia adoptó, comisionándome al efecto. Tomé lenguas, pedí 
consejos, y después de maduras reflexiones, entré en tratos 
con un famoso alienista, de cuyo establecimiento se contaban 
maravillas, y allí quedó instalado el muchacho, en compañía 
de otros desgraciados. 

Nunca tal pensara; que al punto me arrepentí de haber 
puesto allí los ojos; pues tales desdichas vi, que, por mucho 
que me alargase, antes quedaría corto que sobrado al referirlas. 
Aquí se han de considerar mis angustias cuando me apercibí 
de tanto desconcierto. Allí andaba todo revuelto, sin género 
de comedimiento ni respeto, sin sombra de sistema, ni forma 
de meditado procedimiento. En el gabinete del doctor hablá- 
base mucho de frenopatía, de ciencia psychiátrica, de Lon- 
dres, de París, de Alemania, de los Estados Unidos: huecas 
palabras, bien distantes de aquellas realidades. Juntos habi- 
taban maniáticos é idiotas, hombres y mujeres: solamente 
los furiosos se aposentaban aparte por precisión absoluta. 
Mas ¡cómo los tenían aposentados! ¡Y con qué descuido, y 
con qué fiereza los trataban! Oíanse distintamente las tre- 
mendas palizas que, so color de corrección, les iban adminis- 
trando: muchos atados, otros con camisola de fuerza; uno, á 
quien encerraron en un cuarto oscuro, sin acordarse de que 
servía de despensa, reventó de una atraquina de salchichón, 
pidiendo agua con gritos desgarradores. 



224 

Narciso Serra pensaba en casas de locos cuando escribió 
aquella frase, tan feliz como profunda: 

«La sociedad toma á risa 
todo lo que llega al alma.> 

¡Reírse de los locos! ¡Cuán ameno y qué común entre- 
tenimiento! 

Todavía los encontraréis corriendo las calles de nuestras 
poblaciones pequeñas, aporreados por los muchachos. De las 
nuestras y de las extrañas: he visto uno el año pasado en 
Bagnéres de Luchón, que era la mayor diversión de la go~ 
ma, y hasta hace poco, los formalotes de los ingleses te- 
nían destinado un día de la semana en el hospital de Beién, 
en Londres, para que, mediante unos peniques, pudiese el 
respetable público saborear los desahogos délos lunátics; con 
cuyo honradísimo recurso, el piadoso establecimiento se em- 
bocaba 400 libras sobre su renta ordinaria. 

Nunca he acertado á comprender tales vilezas, ni á expli- 
carme tanta perversidad en el corazón humano. Aquel encie- 
rro de mi desventurado amigo me dejó una impresión tan 
honda, que jamás se ha borrado de mi imaginación, apesar 
de haber visitado después bastantes manicomios en España y 
en el extranjero. Veo aquella enfilada de salas frías, sucias y 
desmanteladas; estoy viendo aquellos patios donde se ponían 
á secar las ropas en continuo desaseo; veo al loquero de torva 
mirada, indiferente al llanto, á la risa, al ruego, al furor, á 
la rabia, al síncope, al espasmo, sin más filosofía que el lá- 
tigo ni más impulso moral que el salario; oigo cerrojos invi- 
sibles, siento pataleos horrendos, cuento ayes de desespera- 
ción insensatos, distingo caras lívidas, caras aplomadas y 
caras tumefactas; veo cabezas rapadas hasta la raíz, cejas 
afeitadas, ojos que centellean al mirarme, puños que me ame- 
nazan, bocas que me quieren devorar, cuerpos que se abalan- 
zan sobre mí como para aniquilarme; veo correr lágrimas 
que no puedo secar, crueles enojos que no puedo contener, 
iras y arrebatos que no puedo reprimir, labios que articulan 
dulces reconvenciones y no las puedo atender... 

Entonces comprendí que aquella tan decaída humanidad 



225 



de los manicomios, es la única sin secretos. Allí todo sale á 
flote, como en el Palacio de la Verdad de Mad. de Genlis: ce- 
los de cariño, celos por orgullo y celos de despecho; ambi- 
ciones profundas, codicias disimuladas, vanidades francas y 
vanidades hipócritas; las rebeldías de la carne y las del es- 
píritu. Esta es la síntesis de una casa de Orates. En la que 
ocupaba mi pobre loco, había cuatro tipos dignos de estudio: 
un militar, un sacerdote, una señora y un ebanista. El mili- 
tar cayó de Coronel, pero él se había ascendido á Mariscal de 
Francia y á Príncipe del Imperio: especie de D. Quijote, 
que se llenó la cabeza de viento con los nueve fantásticos vo- 
lúmenes de Walter Scott sobre la vida de Napoleón, ya que 
no pudo alcanzar las otras fantasías de Thiers sobre el Con- 
sulado y el Imperio, tan acreditadas, por desgracia, hasta 
que vino Lanfrey á poner los puntos sobre las íes. Roto y 
remendado con retazos de uniforme, asomo de camisa y mi- 
rar cauteloso, conservaba, no obstante, nuestro viejo Coro- 
nel mucha cortesía en sus modales. En medio de la demen- 
cia hacía gala de rectitud y de poseer el sentido de lo justo: 
quitábase ó dábase diariamente grandes cruces, según le ad- 
vertía la conciencia que se había portado mal ó había sido 
buen muchacho; castigándose así duramente sus picardías, ó 
en opuesto caso volviéndose, con mano liberal, á su propio 
favor y á su gracia. 

El clérigo fué en otro tiempo predicador famoso; mas lue- 
go, por sospechas de racionalismo, le retiraron las licencias, 
viniendo, de tropezón en tropezón, á caer en la míserajaula. 
Juraba como un carretero; y después de una granizada de 
improperios contra sus antiguos ídolos, recitaba con alta en- 
tonación los párrafos bíblicos del Desterrado, de La Mennais. 
Si á aquel hombre no se le hubiese corrido la tinta, traspa- 
sando la línea, á veces imperceptible, que separa el genio de 
la locura, quizás, quizás hubiera sido un La Mennais de ver- 
dad, ó por lo menos un P. Jacinto. 

A la señora la habían llevado los celos al manicomio. O 
un mal marido, ó pérfido amante. De tocas negras y pensa- 
mientos verdes. Atacada de ninfomanía, perseguía á los hom- 
bres con voces descompuestas y actitudes lascivas. Era aquel 



226 



uno de los mayores escándalos que se toleraban en la casa. 

Más lástima que todos me inspiraba el ebanista, víctima 
de un hijo calavera que, á puros disgustos, le tenía reducido 
á aquella desventura. En vez de aborrecerle por su infame 
proceder, todavía él padre, en el fondo de su demencia, le 
conservaba un ciego y frenético cariño, considerándole como 
el mejor escudo de su honra. Cada vez que me veía, .me lla- 
maba aparte para contarme al oído que á su hijo le ha- 
bían hecho marqués, general, grande de España; que le ha- 
bían regalado no sé cuántos millones; que la Reina Isabel 
acababa de llamarle á Madrid , para darle la presidencia del 
Consejo. Madrid, con el hijo, era el sueño dorado y el ma- 
yor contentó de aquel loco; pareciéndose en esto á tantos 
cuerdos de provincia, que en público hablan de quemar Ma- 
drid, y en secreto, darían la mitad de la vida por gozar de 
las delicias de la Corte. Y tan clavados tenía en la imagina- 
ción los esplendores de Madrid, con un hijo en posición ele- 
vada, que aun en medio de sus atroces gritos por la aplica 
ción de las duchas frías, se ponía como provocando á la gen- 
te y no se cansaba de repetir á los que llamaba sus verdugos: 
«ya os lo dirán de misas; mañana vendrá mi hijo y os senta- 
rá la mano; y libre yo de vosotros, me instalaré en silla de 
posta, y me llevará consigo á Madrid... titirüí... titirití.» 



III 



Algo hemos adelantado en tratamiento de enfermedades 
mentales, desde aquellos lejanos tiempos. San Boy, Leganés, 
las heroicas tentativas del Dr. Ezquerdo... Entonces no co- 
nocíamos más que tres variedades de seres humanos priva- 
dos de razón: idiotas, maniáticos y furiosos. Más conocerían 
los hombres de ciencia, pero yo hablo de los que somos pro- 
fanos. Ahora el encasillado de la demencia ha aumentado de 
una manera prodigiosa y está al alcance de todos. Ya hemos 
averiguado que hay imbéciles y hay idiotas; que hay idio- 



227 

tas inactivos é idiotas automáticos; que hay demencias exal 
tativas y depresivas, inpulsivas y tranquilas; y hay mono- 
manías y pluromanías, y hay también manías impulsivas y 
no impulsivas; y hay melómanos y megalómanos y tristoma- 
nos, y manías religiosas, histerismos, y no sé cuántas más 
desdichas de parecida especie convenientemente repartidas en 
el humano linaje. 

No nos burlemos de las clasificaciones; que este es ya 
buen camino para dominar las especialidades. Pero exami- 
nando, aunque sea ligeramente, la cuestión de fondo, ¿tene- 
mos grandes motivos para abochornarnos de lo poco que ha- 
bía adelantado nuestra ciencia frenopática en la época á que 
se refieren estas líneas? ¿en un país como el nuestro, que an- 
tecedió á Francia, Inglaterra y Alemania en creación de ma- 
nicomios; en 1409, la Casa de Orates de Valencia; en 1425, el 
Urbiret Orbis, de Zaragoza; en 1436, el hospital de los Ino- 
centes, de Sevilla; en 1483, el Nuncio, de Toledo? 

He referido los horrores que se hacían, unos treinta y cin- 
co á cuarenta años atrás, en un establecimiento español, de 
pretensiones; ¿creéis que entonces nos aventajaban mu- 
cho en humanidad con los locos otras naciones que pasan 
por muy cultas? Pinel, el gran Pinel, había muerto en 1826; 
Esquirol, el eminente Esquirol, en 1840. Si aquellos dos 
ilustres inventores de los medios psíquicos para tratar enfer- 
medades mentales hubiesen resucitado bastantes años des- 
pués, ¿hubieran quedado muy satisfechos de la manera cómo 
se aplicaban sus doctrinas en la mayor parte de Europa? Leed 
los Estudios, del Dr. Semelaigne, y veréis que, próximamente 
por aquellos mismos días de que os estoy hablando, había paí- 
ses extranjeros que sometían los locos á los exorcismos, ios en 
tregaban á miserables ensalmadores, los cargaban de cadenas, 
los metían en inmundos calabozos y los molían á palos. Leed 
los trabajos del Dr. Brenner, ó los del Dr. de Cailleux, y sa 
bréis que todavía en 1871, en el asilo suizo de Maünedorf, no 
se daba asistencia médica á los locos; que todavía en 1874, 
en el cantón de Friburgo, los encarcelaban y les hacían dor- 
mir sobre paja ó en infectos establos al lado de las vacas. De 
Escocia decía Lord Shaftesbury, refiriéndose al año de 1845, 



228 



que en ningún país de Europa ni de América había visto lo- 
cos en más miserable estado que los de aquella tierra; y así 
seguían en i855, y así siguieron hasta 1857, cuando tomóla 
iniciativa de la reforma la famosa Miss Dix, aquella Beecher 
Stowe de los pobres dementes. Pues ¿qué me decís del asilo 
privado de Evére, en Bélgica, donde aparecían amputaciones 
hechas en reclusos por habérseles congelado los pies, muer- 
tes lentas y horribles á consecuencia de malos tratamientos, 
homicidios por imprudencia y heridas graves inferidas á los 
locos por los mismos médicos y directores? No hablemos de 
los Estados Unidos: de Filadelfia, por ejemplo, donde, en el 
sitio que debía ocupar uno solo, ponían tres ó cuatro demen- 
tes, haciéndoles dormir hasta en los pasillos sobre el blando 
suelo; ó del asilo de Massachusetts, donde, en 1883, habían 
hacinado 470 locos, no habiendo, en realidad, más espacio 
que para 25o. 

Todo esto sucedía y en parte sucede, sí, señor; mas no 
porque en otro tiempo pudiésemos sufrir cierta clase de com- 
paraciones, hemos de desmayar en la empresa de ir avanzan- 
do en frenopatía como otros pueblos han avanzado. Prescin- 
diendo de los manicomios franceses, considérese el estado 
floreciente de algunos más modernos que se han creado en 
Inglaterra; Banstead, Colney Hatch, Hanwell, Caterham, 
donde, además de tratar á los locos con el mayor honor y 
cortesía, los tienen aposentados en pabellones separados, con 
servicio completo de calefacción, agua, vapor, gas; acústico, 
eléctrico, telefónico; con bellas jardineras, macetas, pajareras 
y acuarios, parques y parterres; con salón de baile, conciertos 
y hasta teatro. Véanse las raíces que va tomando en la opi- 
nión el sistema inglés del no restraint, ó sea desterrar todo 
'medio coactivo que pueda obrar duramente sobre el loco, so- 
bre su libertad y su cuerpo. Estúdiese la admirable reacción 
que la propaganda de Miss Dix ha llegado á producir , en 
aquella misma Escocia de que estábamos hablando; aquella 
vasta organización de manicomios con tan maravilloso orden, 
los siete asilos reales desde eí de Aberdeen al de Perth, los 
de distrito, los de parroquia, los reservados á indigentes in 
curables é inofensivos, los destinados á criminales en estado 




220, 

de locura y las escuelas especiales para niños idiotas ó imbé- 
ciles. Comparen los curiosos el sistema habitual de puertas 
cerradas con el de puertas abiertas y al aire libre, como en 
Dumfríes, donde son permitidos al demente hasta los place- 
res de la pesca y de la montería. Digan, en fin, su parecer 
sobre el otro método de las colonias de Orates; las de Gheel 
y Lierneux en Bélgica, las de Atscherwitz y Berwitz en Sa- 
jonia, en Hannóver la de liten y en Bohemia la de Slup que 
es anejo ó dependencia del asilo de Praga. 

Y ahora dispénsenme los lectores si me he detenido más 
de lo regular en este punto interesante de las casas de locos; 
que bien podrán perdonárseme algún mayor interés y alguna 
mayor proligidad cada vez que, en estas Memorias, tropece- 
mos con los desheredados de la suerte. • 



IV 



Con comerciantes y fabricantes hagamos un solo lote para 
los efectos de mi revista. Conservábanse en Barcelona algu- 
nas casas de comercio muy antiguas, especie de abolengo 
mercantil, del cual no se tiene la más remota idea en los pue- 
blos de aristocracia militar ó territorial. Figuraban en aque- 
lla categoría los Villavecchia y los Montobbio, familias pro- 
bablemente oriundas de Génova, con los Gássó, los Bacardí, 
los Plandolit, los Sadurní, los Castañer, los Inglada y otros 
varios. Entretanto habían ido apareciendo, sobre aquel hori- 
zonte, nuevos astros de la banca y de los negocios bursátiles: 
los Massór, que ocupaban, en la Rambla de Estudios, todo el 
palacio y jardín de la Marquesa de- Moya; Fontanellas, tan 
parecido á Sevillano en la traza y en la fortuna, y apellido tan 
conocido después en Madrid con motivo del ruidoso pleito 
del fingido Claudio; los Girona, que, con el ferrocarril de Bar- 
celona á Zaragoza, iban á adquirir una de las más envidiadas 
y envidiables posiciones bancadas. De mucho antes y en 
distintas fechas, habían cruzado rápidamente por allí los 



230 

Ceriola, los Riera, los Safont y los Remisa, llevados por el 
destino á brillar en más dilatadas esferas. A quien yo trataba 
mucho, por ser amigo de mi Padre, era á D. José Xifré, qye, 
recién llegado de América, acababa de construir la inmensa 
manzana de casas que llevan su nombre en la pla^a de Pala- 
cio, y además, para los pobres, un magnífico hospital en 
Arenys, pueblo de su naturaleza. Atribuía la opinión á Xifré 
una renta de 5oo pesos diarios; y, apesar de esta fortuna co- 
losal, mayormente entonces, era el hombre más sencillo de 
maneras, el más frugal y modesto de la tierra. Ni una sola 
vez le vi en carruaje; no tomó títulos ni condecoraciones, ni 
se dio á otras vanidades muy ajenas de su carácter entero; 
vestía sencillamente, sin pretensiones, pero, para lo avanzado 
de su edad, hasta con primoroso esmero; mostraba gran se- 
veridad en su porte y en sus costumbres; amable con las 
gentes y atentísimo conmigo cuando casi diariamente le en- 
contraba y con él solía dar unas vueltas por el Passeitx nou 
ó por las afueras. 

De fábricas y fabricantes me suenan, así como á gran dis- 
tancia, algunos nombres: Domingo Serra, Vilaregut, Escu- 
der, Juncadella, Alexandre, D. Juan Güell. y Ferrer, á quien 
mis paisanos decretaron una estatua que tendrá, supongo, las 
narices tan largas como las poseía en vida el ilustre campeón 
del proteccionismo. Fundición, maquinaria, sedería, paños; 
pero el rey algodón era quien privaba. Había el fabricante 
gordo y el pegujalero: de éstos se conocían algunos en la 
calle de San Pedro, con tres ó cuatro telarcicos antiguos, 
viviendo al día y atando los dos cabos. Las fábricas grandes 
estaban desparramadas por toda la población, del barrio de 
San Pedro al barrio de San Pablo; también en Sans y en 
otros sitios de las cercanías. 

Vivían los fabricantes en una perpetua bienandanza en- 
cerrada en unos aranceles y en una lógica. Los t aranceles 
eran aquellos draconianos de 1840 que os prohibían hasta 
mirar con buenos ojos al extranjero. La lógica se reducía 
á lo siguiente: sin aranceles no hay fabricante, sin fabri- 
cante no hay Ciudad, sin Ciudad no hay Cataluña; luego 
para ser catalán hay que empezar pidiendo la venia al fa- 



231 

bricante. Con esto, con un buen General, con un buen 
Jefe político, con algunas plazas en el Ayuntamiento y en 
la Diputación provincial, los señores del algodón empeza- 
ban á hacerse indiscutibles; y, desembarazados de guerras 
extrañas, tenían el campo por suyo, confiados en que nunca 
había de acabárseles el pan de la boda. Además, por si acaso 
á algún picaro madrileño ó á algún extraviado Ministro de 
Hacienda se le antojaba escurrirse con pinitos libre-cambis- 
tas,, se hacían representar en la Corte por comisionados espe- 
ciales, sin perjuicio de Madoz, que sacaba el Cristo en el Con- 
greso. Todavía remacharon el clavo, creando en 1847 la Jun- 
ta de fábricas y en 1848 el Instituto industrial', corporaciones 
ambas útilísimas si, en lugar de hacerse batalladoras y de 
acusar, más tarde y más de una vez, instintos separatistas, se 
hubiesen limitado, como rezaban los respectivos estatutos, la 
primera á armonizar los intereses de todas las clases indus- 
triales, y el segundo á reunir, en un punto céntrico, todos los 
elementos de instrucción y perfección que para la ilustración 
mutua puedan alcanzarse. De letrado consultor tenían los 
fabricantes á D. Juan Illas y Vidal, hombre de grande in- 
genio y travesura, á quien comparábamos con Thiers por lo 
chiquito y lo expedito de lengua; y habían designado para 
representarles en la Cámara, como legado a Idtere, á don 
Tomás lila y Balaguer, persona de mucha autoridad y an- 
tiguo industrial retirado de los negocios. Mi excelente ami- 
go D. Tomás perdió el pleito en 1849, cuando se hizo la 
primera reforma arancelaria. Recuerdo que terminó su úl- 
timo discurso diciendo con Francisco I : « Todo se ha 
perdido menos el honor.» El honor fué lo que menos perdie- 
ron: díganlo los progresos de la industria catalana, precisa- 
mente desde la reforma de 1849. 



V 

No inspiraban serias alarmas nuestras clases obreras, por 
inquietas é inclinadas al bullicio, al modo que después lo fue- 



232 

ron; notándose entonces en ellas cierta tendencia á la lima, 
al pulimento, á instruirse, á educarse y á corregir la rudeza 
de inveterados hábitos. El tejedor catalán, de sobrenombre 
pinxo ó chulo de fábrica, se distinguía á la legua de otros tra- 
bajadores de más humilde estofa; había un abismo entre él y 
la gente de la Barceloneta. Siempre, por supuesto, mal ha- 
blado; vicio deplorable, ingénito en una nación como la es- 
pañola, donde la costumbre de echar ternos es común hasta 
en las clases más elevadas. Pero el pinxo y su pareja la xinxa, 
tienen á veces ocurrencias en la conversación que, no por 
ser catalanas, desmerecen al lado de las andaluzas. 

El desenfado de la xinxa, nadie lo ha pintado mejor que Ri- 
bot y Fonseré en aquellos versos de la Carta de Maneta la ca- 
talana á Tófol el chifleta: 

«Tens amor á mes de mil, 
tens mossas com l'estiu moscas; 
pero ab mí vas molt lkiny d'oscas: 
lay, que t'en dono de fill 

¿Qué has fet dones de la Teresa? 
Encara que xinxn l jo 
may he estat, seré, ni so 
platu da sngunda mesa.* 

Él, el pinxo, sabía leer y escribir, concurría á los cafés más 
que á las tabernas, formaba collas ó. sociedades para dar bai- 
les bajo entoldado ó en salones alquilados, y allí, chistera in- 
clusive, se presentaba vestido como un caballero, menos los 
faldones. Leía periódicos, comentaba los discursos del Par- 
lamento, haciéndosele agua la boca cuando tropezaba con uno 
del inolvidable Orense, ó coi. alguna rociada de Perpiñá 
ó del Conde de las Navas. Iba á oír á la Matilde y á Valero; 
gustaba del repertorio italiano; y los domingos, con el pa- 
ñuelo de provisiones, salía en amable compaña á hacer una 
xefla en la Bodallera ó en la Font trovada. 

Dar extremada importancia á ese cambio de niveles, ya tan 
distantes de las broncas con suerte de navaja, sería torcer de- 
liberadamente el sentido de las cosas. No soy de los que 
miran con desdén las culturas incompletas; antes imagino 
ser este el buen sendero para que una clase social se vaya 



233 

elevando paulatinamente á mayores alturas. Una simple bujía 
alumbra menos que un buen mechero de gas, pero alumbra. 
Mas suele acontecer que el hombre á medio cultivar, cuando 
quiere meterse en honduras, se encuentra con el juicio fal- 
seado, tanto ó más que si estuviera raso. ¡Cuántas veces ha- 
bía hecho esta observación, al ver lo satisfechos que algunos 
estaban de aquellas medias tintas de educación político- 
científico-artístico literaria adquirida por nuestros obreros! 
Un día, pasando por la calle de Amalia, á la hora de salida 
de las fábricas, me encuentro con un grupo de trabajadores 
enzarzados muy de veras con la cuestión del reconocimiento 
de la Reina Isabel por las Potencias extranjeras. Si faltaban 
muchas, si faltaban pocas. — «Pues yo sostengo — dice uno 
saliéndose del corro— que en realidad no falta ninguna: ¿no 
la ha reconocido ya todo el mundo, menos esos cuatro reyer 
zuelos de la Rusia y de la Prusial» 

Fué otra vez en el Liceo. Como sábado ó domingo, estaban 
cuajados de jornaleros los asientos fijos. Daban Favorita y 
habíamos llegado á la esceña final, en que Fernando y Leonor 
se encuentran junto á la cruz de piedra. No hubo concluido 
el tenor de pronunciar aquella punzante ironía: 

«Nelle sue stanze il re, il re t'aspetta,» 

cuando empieza un fuerte altercado entre la gente del bron- 
ce. Unos quieren aguardar la conclusión, otros marcharse. 
Viendo aquel alboroto, pregunto por qué se van. — «¿Porqué, 
por qué nos vamos?— contesta uno de la partida. — Porque ya 
nada tenemos que hacer aquí: siempre me figuré que esto de 
Don Fernando y Doña Leonor vendría á parar en un ca- 
samiento.)) 

VI 

Dígase lo que se quiera, la cuestión social no había aso- 
mado la oreja en Barcelona. Cierto que más de una vez ha- 
bían brotado centellas de descontento: se habían quemado 



234 

fábricas, y en otras, sin llegar á tal extremo, ocurrieron esce- 
nas deplorables; mas todo ello obedecía, ó á mañas políticas, 
ó á meros disgustos de taller, luego apaciguados con la buena 
voluntad de amos y operarios. Tampoco negaré que se mur- 
murase más ó menos por lo bajo, buscándoles en secreto las 
cosquillas al capital, al rico, al empresario: lo cierto es que, 
en mi tiempo, no vi una sola huelga formal, ni echarse los 
obreros á la calle, ni cosa que se pareciera á asonada ó públi- 
co tumulto en reclamación de jornales. Sólo una vez, estando 
de Capitán general La Rocha, se alborotaron algún tanto los 
ánimos con motivo de la introducción de las máquinas lla- 
madas selfactinas (sel/ acting): episodio curiosísimo, no por- 
que provocara muchos lances, sino por una especie de bando 
amasado con hiél y con ponzoña, en que la Autoridad echaba 
pestes contra las máquinas en general, como podría hacerlo 
hoy el más nervioso de los internacionalistas. Con lo cual, los 
que empezábamos á vivir empezamos también á penetrarnos 
de la alta sabiduría, alta discreción y altísimo tacto con que 
los agentes de los Gobiernos suelen mediar en este género de 
contiendas, cuando son llamados á resolver algún grave con- 
flicto económico. 

¿Por qué estaría poco picardeado el obrero catalán? Porque 
le ataban corto, dirán los autoritarios. Más corto le ató des- 
pués Zapatero, y salía á huelga por minuto. Tratemos seria- 
mente las cosas serias. Asegurábase, y téngolo por cierto, 
que lo más florido de nuestros operarios estaba ya al tanto 
del movimiento socialista. Conocían á Babseuf, leían á Saint 
Simón, adoraban á Fourier, se extasiaban con Owen , secre- 
teaban con Cabet, comentaban á Víctor Considérant, admi- 
raban á Pedro Leroux, aplandían á Luis Blanc y descifraban 
á Proudhón. Voluntad no les faltaba: ocasión, oportunidad, 
pretexto era lo que no tenían. Los amos ó principales— hagá- 
mosles justicia — no daban grandes motivos de queja á sus 
trabajadores. No que se ocuparan mucho en abrirles escue 
las, ni en construirles casas baratas, ni en fundarles monte 
píos, ni en cuidar de que se aboliera la prohibición de trigos 
extranjeros para abaratar el pan, ni en emplear su grande in 
fluencia para suprimir ó moderar los consumos, pesadilla 



235 

eterna de las clases pobres. Pero el amo catalán no explotaba 
, al obrero, como hacían entonces el francés, el belga, y sobre 
todo el inglés: pero el amo catalán no escatimaba los jorna- 
les: pero el amo catalán no se daba aires de tiranuelo con su 
gente, porque alguno tenía que acordarse de que había salido 
de las mismas filas obreras, y pocos años antes había comido 
la arengada y vestido el traje de faena. 

Faltaba además otro elemento principalísimo para todo 
movimiento popular, la organización; y ésta sospecho que 
no empezó en Cataluña para la clase obrera hasta más tarde, 
con los coros de Clavé. Y aunque en otros países veíamos en 
marcha esta organización de los operarios, sus resultados no 
habían sido tan felices que pudiesen tentar en lo más mínimo 
la ambición ó la codicia de los nuestros; porque aquel desdi- 
chado ensayo de los talleres del Luxemburgo después del 48, 
y aquellas infructuosas propagandas en favor del derecho al 
trabajo y del derecho á la asistencia, y aquellas terribles jor- 
nadas de Junio en París, seguidas de una triste dictadura, 
bastaban y sobraban para hacer entrar en razón á los más 
inexpertos, retrayéndoles de intentar calaveradas. ¡Ojalá pu- 
diese tanto la experiencia en los días que hemos alcanzado! 
Mas no adelantemos cosas ni juicios que han de tener su 
lugar y ocasión, como se verá por el discurso de estas histo- 
riejas: contentémonos con dejar sentado que, si en aquella 
época había entre las clases operarías algún espíritu levan- 
tisco, todavía, por fortuna de todos, no figuraba en el Dic- 
cionario un nombre absurdo que hoy se hace linternear ante 
nuestros ojos, á manera de fantasma ó amenaza: ¡el nombre 
de partido obrero! 

VII 

Ahora, señores míos, si para terminar este capítulo quie- 
ren VV. que nos echemos- á flanear un ratito por aquellas 
calles y tiendas de Barcelona, tales como las conocí en mis 
veinte abriles, en consentirlo recibiré merced señalada, porque 



236 

así tendremos ocasión de fijarnos en ciertos pormenores de 
mucho colorido local, y en otra multitud de curiosidades. 

Ante todo, y por si acaso necesitan medicinas de buena ley, 
drogas, ungüentos y emplastos de confianza, les recomien- 
do, ahí en una esquina de la calle del Asalto, la botica de 
Borrell, que con la de Padró, á la entrada de la Plaza Real, 
por Fernando, y con las de Yáñez y Martí, en Escudillers, 
eran las más acreditadas farmacias de la época; y prevengo 
á VV. que sin globo de cristal verde ó rojo: qué no había pe- 
netrado aún en nuestros usos y costumbres aquel bello y lu- 
minoso aditamento de lo que llama el docto Camus la pu- 
cherología. 

Y ya que estamos en la calle de Escudillers, háganme el 
obsequio de notar la muestra de mi sastre Fábrega, mi inolvida- 
ble Fábrega, tan escuálido personaje como humilde servidor de 
ustedes, que ya he tenido el honor de presentar á vuesas mer- 
cedes en otro lugar, como especialidad sin igual para fraques 
y levitas. Olvidarle á él, sería olvidar, además de aquellas 
prendas, los únicos chalecos y los únicos pantalones que he 
llevado á gusto: sea esto dicho con perdón de tanto respeta- 
ble sastre que me ha ayudado en este mundo á vestir el cuer- 
po y á desvestir el bolsillo: sin excluir á mis queridísimos ami- 
gos los Sres. Bernáldez hermanos, con quienes tan prolongada 
situación tijeril vengo atravesando. 

Corrámonos un poco hacia la Marina, y metiéndonos por 
la calle Ancha, entremos en casa de mi zapatero Font, que 
ya debe tener corrientes mis últimas botas. ¿Botas dije? Bo- 
tinas debían ser; que ya empezaban á usarse de charol ó de 
becerro, desde que habíamos abandonado la moda de las tra- 
billas, con las cuales hacían juego aquellas altas y pesadas 
botas con cañas que nos daban, al andar, la sólida apariencia 
de un picador desmontado. 

Como buenos boulevardiers, volvamos á nuestro centro de 
operaciones, la Rambla* y, en la del Centro, subamos á los 
espléndidos salones del peluquero Francard, francés ingerto 
en catalán, que, al hablar de sus* recuerdos de París, de fijo 
repetirá cien veces que en la tragedia classíca, la Raclielesti 
ravissanta. Entreguen VV. sin escrúpulo la cabeza á aqu 



'237 

sublime artista ó á cualquiera de sus dependientes; yo renun- 
cio á ello por la rebeldía de mi pelo... cuando usaba completa 
aquella prenda. ¡Felices VV. que saldrán de la casa tan ga- 
lanes, con la raya partida por medio hasta la nuca y sobre 
cada oreja profusión de ricitos en copete, artísticamente dis- 
puestos por aquellas mágicas manos! Ya que no prefieran, 
como prefería yo, el más severo toque del pelo pegado á las 
sienes, que es á lo que llamaron más tarde peinado a la Pré- 
sidence. 

No les aconsejo que entren en casa del dentista Appigna- 
ni, que les hablaría de la Milicia nacional y de cuando él era 
la segunda comandanta de la primera batagliona: ni, si no usan 
calzado estrecho, en casa de Napoleón, artista pedicuro que 
tomaba suscritores para el arreglo de los pies: ni tampoco en cier- 
ta fonda de las cercanías donde un mísero italiano, creyendo 
topar cangrejo, tropezó eñ el arroz con una bestezitela corredera 
pocco cozida; ni finalmente, en el establecimiento barcelonés 
de Bach, casa inverosímil por sus grandes tamaños, el tama- 
ño de las letras de la muestra, en vida del padre, y el tama- 
ño de los precios en vida del hijo, más conocido después en 
nuestra Villa y Corte. 

Compraremos modestamente un sombrero en casa Jubé, 
que nos lo dará magnífico de felpa por tres duros, y unas chu- 
cherías y algunos juguetes para chicos en el almacén de Vi- 
Ualonga ó en el de Fradera. Guantes, en todas partes; pero 
si han de creer VV. á quien bien les quiere, escogerán la 
tiendecita que hace recodo frente á San Jaime, porque en aquel 
establecimiento, servido exclusivamente por damiselas, si la 
piel del guante no era de lo más superior, lo hallaban com- 
pensado con la de unos finísimos y delicados dedos que la 
ajustaban á la mano con primor exquisito. Para joyas, Carre- 
ras ó Suñol; para trapos de señora, los almacenes de Fre- 
ginals, acabaditos de restaurar entonces en el Cali, con altas 
galerías y una habilidad d'étalage digna de competir con lo 
mejor de nuestros tiempos en el Louvre ó en la Maison de 
blanc, en París. « 

Con la fatiga de una tan larga caminata les supongo 
deseosos de tomar un bocado. ¿Es un simple tente en pie? 



Pues á la chocolatería de la Mahonesa, frente al Liceo, 
donde les servirán el rico soconusco, cort la consiguiente en- 
saimada, cuyo secreto posee únicamente la feliz patria de 
Raimundo Lulio; ó bien á tomar un grabulet, relleno de cre- 
ma, en la pastelería, esquina á la calle de Fernando. Ó r 
coca; ó si es en Enero, el clásico tortell del Fom de San Jaume. 
Ó mejor todavía: vayan de mi parte á las monjas de la Ense- 
ñanza, y encarguen á las reverendas madres un requesón ó 
mató de mónxa con atavío de violetas. Digo á VV. que se 
chuparán los dedos. 

¿Pedía el cuerpo algo que se pegara más al riñon? Butifa- 
rra y lomo de Can Bisa, ó las delicias de los Colmados, que 
empezaban á estar en boga. Y si el almanaque rezaba vigi- 
lia, derechitos á las dos pescaderías panópticas del Bornet 
y Plaza de San José, donde no había imaginación que se ade- 
lantase á la vista enmedio de aquella mar de lubinas, merlu- 
zas, dentones, llissas, lenguados, castañolas, congrios, atu- 
nes, xanguet, pajeles, salmonetes, calamares, meros, langostas, 
langostinos y todo género de mariscos. 

¿Dónde tomamos café? Donde á VV. les plazca, advirtién 
deles que yo tenía la costumbre de tomarlo ó en Cuyas ó en e 
Café non de la Rambla. Atraíame á éste el piano de Nogués 
Nogués era un pianista de los supra sensibles; llevaba u 
poema en cada dedo; hermosa frente, ojos iluminados, ins 
piración y ejecución á un tiempo. Sentía con el piano má 
que tocaba. Teníamos una fórmula para hacerle ejecutar la 
piezas de nuestro gusto. — «Nogués, necesito el final de la 
Lucía.» — Y brotaban de las teclas las lágrimas de Edgardo. 
A veces, si estábamos á distancia, Pepe, el camarero, nos es- 
tropeaba los recados. Un día pedimos la sinfonía de la Semí- 
ramis, en catalán Semirámis. Pepe se acerca al maestro. — 
«Sr. Nogués: aquellos caballeros desean oír la sinfonía de las 
Cien mil ánimas.» 



239 



i 



SECCIÓN OCTAVA ' 

Cuantos partidos se usaban entonces. — Fíate de Cabrera y no corras. — Pro- 
gresistas en desbandada. — Los nervios del Sr. Fiscal. — Sotillo, Soto y 
Sotomayor. — Entre un cuadro al natural y una peluca á la valentona. — 
Papá Brusi. — Un periodista de punta. — Fargas contra Verdi. — Abran el 
compás los señores críticos. — La simbólica del Arte divino. — Vutorio Em- 
manuele Re d* Italia. — Del bombo y del incensario según los métodos 
antiguos. — El suspiro de un cadáver. — Balmes, Balaguer, Milá. — Nuestro 
Monier. — Un brochazo criminalista. — Clásicos y románticos. 

I 



Como obligado complemento de aquel período barcelonés, 
entremos en algunos pormenores relativos al movimiento po- 
lítico, científico y literario. 

Casi podría excusarme de hablar de movimiento político, 
porque las libertades estaban atravesando en Barcelona, al 
igual de toda España, una de las más negras y dilatadas no- . 
ches, según se habrá podido colegir por lo que he dicho de 
las Autoridades militares, de sus precauciones infinitas, mo- 
tín de los estudiantes y fusilamientos del 48. ¿Quién podía 
darse razón de aquella absoluta falta de espíritu público, en 
la hermosa Ciudad condal, sino recordando que otro tanto 
había acontecido bajo laJFeroz dominación del Conde de Es- 
paña? Letargo era, momentáneo, transitorio, y no muerte ó 
consunción definitiva; que, con harta elocuencia declara toda 
nuestra historia como supieron levantarse en Barcelona los 
espíritus, después de los mayores ocasos. Por un quítame allá 
esas pajas, sabe un día la Ciudad tenérselas tiesas con el Rey 
de Aragón, Don Fernando I: luego, al terminar el siglo XVII, 
en poco más de la mitad de una centuria, sostiene tres sitios 
en toda regla contra el Gobierno supremo: luego, al llegar á 
nuestros tiempos, aguanta, con inaudito tesón, un terrible 



240 

bombardeo, y se defiende de Madrid por espacio de tres me 
ses. Tanta altivez, y entereza tanta, no era fácil que perecie- 
sen de un golpe en manos del Barón de Meer, de Nova- 
liches ó Bretón, por mucho que la echaran de cogote tie- 
so. Ya lo presentía dos siglos antes mi buen D. Francisco 
de Quevedo, cuando, picándole la mosca por nuestras rebel- 
días contra el Conde-duque, nos llenaba de improperios, lla- 
mándonos aborto monstruoso de la política, y nos echaba en 
cara que éramos libres con Señor; y decía que el Conde de 
Barcelona no era dignidad, sino vocablo y voz desnuda, y 
que como el alma alega contra la razón apetitos y vicios, 
nosotros alegábamos contra el Señor privilegios y fueros; y 
añadía que teníamos Conde como el que dice que tiene tantos 
años, teniéndole los años á él. Debilidades de aquel preclaro 
ingenio, tan sin par en las letras, como político desdichado: 
olvidadizo además, porque al denostarnos de aquella suerte, 
no recordaba que él, D. Francisco de Quevedo y Villegas, 
caballero del hábito de Santiago, estuvo, como el más vulgar 
de los conspiradores, á pique de perecer en una mazmorra de 
Venecia, ó en lo más profundo del canal Orfano; 



II 



De los cuatro partidos políticos que se usaban en mi época, 
cuatro no más— cuidado si 'éramos entonces modestos — de 
los cuatro partidos, moderado, progresista, carlista y republi 
cano, solamente el primero era iglesia triunfante; los demás 
con el pie del enemigo en la garganta, veíanse reducidos í l 
vivotear forcejeando, conspirando, tentando el vado y procu 
rando dar á los de encima los mayores disgustos posibles 
Estos de arriba, á su vez, los felices, alardeaban, como siem 
pre, de suprema inteligencia y de salvadores del orden; mu; 
erguidos por fuera, pero con la procesión por dentro; ternero 
sos de algún airecillo colado que á lo mejor viniese á sorprer 
derles en pleno bullir ó en plenísima pitanza. Capitaneaba t 



241 

bando moderado barcelonés D. Manuel Gibert, con Senillosa, 
D. Tomás Coma, Ramón Estruch, Parladé, los Muntadas, 
Cruilles, y otros personajes de arraigo: los carlistas militaban 
á las órdenes de Montemolín , fiados en la pericia de Cabre- 
ra, quien juntando sus gentes por la parte de Cataluña, había 
entrado en 1847 con Forcadell, para sostener aquella esté 
ril y desastrosa campaña, terminada dos años después, con 
la espada y la diplomacia, por el ilustre Marqués del Due- 
ro. Los republicanos no eran todavía partido, . sino conato de 
partido, sin rumbo fijo, ni programa definido, y casi, casi 
sin levantar bandera; con algunos, muy contados hombres 
de acción y de fuerte sentido democrático : Abdón Terradas, 
Aniceto Puig, Mirambell y el ciudadana Cuello, con quien de 
tal manera se había encariñado la policía, que apenas se mo- 
vía una paja, cuando ya caía sobre él el ramalazo. 

Pero de quienes más se recelaban nuestros moderados de 
Barcelona era de sus antiguos adversarios" los progresistas, 
considerándolos posibles el mejor día, según los aires que en 
la Villa y Corte soplasen; y más, después de las tentativas de 
los puritanos con. la mucha mano que había ido ganando el 
joven general Serrano. Privados aquellos progresistas de toda 
acción legal, amordazada la prensa, nulo, el derecho de re- 
unión, y vigilados hasta en sus más inocentes ademanes, 
andaban unos maniobrando en secreto, desorientados otros, 
otros dispersos y casi fugitivos. Faltaban varios de sus anti- 
guos prohombres: Xaudaró, fusilado algunos años antes; Do- 
menech, trasladado á Madrid, donde había sido alcalde cons- 
titucional y ministro después, en la fugaz situación Olózaga; 
Ribot, entregado á las letras; Llinás, el excéntrico Llinás, 
desaparecido; Massanet, misteriosamente asesinado; Bosch y 
Pazzi, muerto de sus heridas en el ataque de la Ciudadela. 
Muchos de los que quedaban, ó perdido el ánimo, ó cansados 
de la lucha, ó sintiéndose impotentes, vivían retirados en sus 
hogares: no se hablaba de Giberga ni de otras antiguos des- 
cerrados á la isla de Pinos; ni de Benavent, ni de Jaumar, ni 
de Soler y Matas: Fernando Puig empezaba su triple carrera 
¡de industrial, comerciante y agricultor, en la cual se había 
de conquistar tanta estimación como sólida fortuna: decían 



242 

de Degollada, que se dedicaba á estudios filosóficos en Espa- 
ña ó en el extranjero; á Fábregas se le veía poco; Castanys 
se había puesto al frente de una fábrica de productos quími- 
cos; Pelachs en su bufete, y otro tanto hacía Figuerola, ade- 
más de la cátedra donde iba conquistando tan merecidos lau- 
reles. 



III 



Los muchachos leíamos poco los periódicos.. ¿Por qué ni 
para qué, si fuera de unas cuantas noticias de interés, el res- 
to era todo desabrimiento? En la prensa, y más en el tea- 
tro, se toleraba toda clase de desvergüenzas; pero en tocando 
á alusiones políticas, los nervios de los señores fiscales se 
iban haciendo cada vez más irritables. Estando el duque de 
Sotomayor de Presidente del Consejo, prohibieron una pieza 
insignificante, sólo por llevar este título: Sotillo, Soto y Soto- 
mayor. En una esquina de la calle de Jaime I estuvieron cam- 
peando meses enteros dos grabados del más subido género 
pornográfico. ¡Ay del que se hubiese atrevido á poner en su 
lugar una estampa representando á D. Ramón con la peluca 
á la valentona! 

Más de un pesimista parecía alegrarse de aquel forzado 
mutismo de la prensa barcelonesa. «¿No te has apercibido, 
»me decía un íntimo amigo, de cómo en Barcelona se va 
» sustituyendo á la opinión pública la opinión del fabrican- 
te? Con semejante tendencia, aun teniendo prensa libre, 
» ¿crees que podrían adelantar gran cosa los hombres de ideas 
» avanzadas? Supon que se abran las compuertas y que ma- 
»ñana nuestros periódicos, los liberales, puedan exponer, sin 
«ambajes ni reparos, todo el dogma democrático. Sostendrán 
»>el sufragio universal, discutirán la organización de los Po- 
»deres, defenderán los derechos de la personalidad, abogarán 
»con calor por los individuales. ¿Y qué? A lo mejor tropeza- 
rán con la chinita de la protección, y adiós mi dinero; des- 
pués de un largo artículo pidiendo la libertad en todas sus 



243 

d manifestaciones, te negarán el derecho de cambiar, de com- 
»prar y vender lo que te plazca y donde te plazca, que es 
»uno de los más sagrados. Y cuidado, añadía, cuidado con 
»que el mejor día, sojuzgados por la teoría del derecho d ga- 
znar con el apoyo del Gobierno, no te salgan, ellos tan liberalo- 
otes, defendiendo la esclavitud en Cuba ó el régimen de los 
» frailes en Filipinas.» 

No me satisfacían las razones de aquel precoz discípulo de 
Schopenhauer. «Haya libertad, le replicaba yo, y verás cómo 
»la fuerza de la lógica obligará á nuestros amigos de la pren- 
»sa á entrar por el buen camino. Mira lo que ha sucedido en 
«Inglaterra, donde la simple lógica expuesta en periódicos y 
»en meetings ha hecho que un conservadorazó del tamaño de 
»Peel haya abolido las. leyes de cereales. Mira lo que ha pa- 
usado en Francia, donde, también por obra de la lógica, se 
»han convertido en fervorosos abolicionistas de la esclavitud 
»dos hombres tan apegados á la tradición como Mr. Cochin 
»y el duque Víctor de Broglie.» 

Tras de estas y otras pláticas, nos solíamos quedar el ami- 
go y yo tan conformes con nuestras respectivas opiniones; 
mas si él viviese ahora, diría, de seguro, que era yo quien no 
estaba en lo cierto, al ver cómo después la prensa liberal bar- 
celonesa ha sido la más acérrima defensora del proteccionis- 
mo. A lo cual replico todavía: ¿quién sabe si esto habrá de- 
pendido principalmente de no haber podido discutir á su tiem- 
po el origen y fundamento de las cosas? 

De aquellas continuas desazones que caían sobre los infe- 
lices periodistas, no participaba Papá Brusi, el decano de la 
prensa barcelonesa, y seguramente de la de toda España. 
Tan antiguo abolengo y tan gloriosos timbres, no es fácil que 
pueda presentarlos otro periódico. Cien años largos de dura- 
ción, cada vez con mayores medros, y la respetabilidad de la 
casa de Brusi, son motivos suficientes para que el .Diario de 
Barcelona deba ser considerado como una de las particularida 
des que más honran á aquélla esclarecida Ciudad. Bien impar- 
cial soy al decirlo, porque nunca me ha tratado El Diario con 
mucho mimo. Se lo perdono aquí de corazón, sabiendo lo 
que puede y á lo que arrastra la pasión política en los perió- 



244 

dicos de pelea. Era entonces El Brusi un diario genuinamen- 
te moderado, que después se ha ido acentuando, como todos 
los conservadores barceloneses, hasta traspasar los linderos 
del neo-catolicismo. Publicación seria, bien entendida en su 
forma tradicional de cuaderno; con un lujo asombroso de co- 
rrespondencias y artículos confiados á personas muy doctas, 
muy enteradas y, según decían, pingüemente retribuidas. Di- 
rigíalo con sumo acierto y con no menos pulso sigue gober- 
nándolo mi buen amigo Juan Mañé y Flaquer, uno de los 
periodistas de más resonancia y autoridad entre los suyos, 
y política aparte, uno de los mejores de estos Reinos, porque 
en lá manera de confeccionar, en la elección de puntos de 
vista y discreta forma de sintetizarlas ideas, bien puede ase- 
gurarse que no hay aquí quien le aventaje; y aun en Francia 
sostendría noblemente el parangón con los Nefftzer, los John 
Lemoinne, los Cucheval Clarigny y otros de la misma talla. 
De vez en cuándo echaba su cuarto á espadas con algún ar- 
tículo político, mi otro amigo Reynals, inteligencia superior, 
de altísimo concepto, aunque poco feliz en la dicción y algo 
embrollado en la contestura del período. En la sección litera* 
ria publicaba Balaguer bonitas leyendas sobre Barcelona ba- 
jo la dominación romana, y aquellas relativas á las Cuevas de 
Monserrat, que tan justa fama le dieron de erudito; y poco 
más ó menos por aquellos días, empezaba á enviar Selgas 
los retazos humorísticos aderezados á lo Girardín, con su sal 
y pimienta conceptista, gran exuberancia de bilis y sus pun- 
ticas de escepticismo. 

Lo que, había qne leer en El Diario era la sección musical, 
encargada á Fargas y Soler; quien apropósito de una ópera 
cualquiera, escribía, más que artículos, monografías comple- 
tas de las mejores partituras. No que Fargas fuese original 
ni mucho menos: inspirábase generalmente en la Historia 
de la Música y otros trabajos de Fetis, Director del Conser- 
vatorio de Bruselas, ó en los de P. Scudo, el de las cróni- 
cas musicales de la Revista de Ambos Mundos. Verdi "era la 
hete noire de estos dos señores, y no he menester decir si 
lo sería de Fargas. t Llamábale vulgar, ramplón, efectista y 
músico mayor de regimiento: acusábale de parodiar, estro- 



245* . 

peándólos, los mejores trozos de los clásicos; y, echándosela 
de profeta, además de tener á gran delito el gusto verdiano, 
anunciaba que este gusto pasaría pronto, sin dejar huella en 
la historia, ni rastro ni señal de existencia artística. 

No me meto á juzg'ar á Verdi. Ni me gusta hablar de 4o que 
no entiendo, ni tampoco me maravilla- que cuando tanto le 
aplaudíamos los profanos en el teatro, los sabios, por una 
reacción natural, lo destrozaran á dentelladas. Lo que digo 
es que quien, después de aquellas fechas, ha escrito el Mise- 
rere del Trovador y el cuarteto" del Rigoletto K puede pasar á la 
posteridad con alguna honra. Lo que digo es que Verdi, 
lejos de decaer, á medida de su edad se ha ido fortaleciendo 
con Luisa Miller, Don Carlos, la Forza del destino, Un ballo in 
maschera, y sobre todo con Aida y la Misa de Réquiem: no ha- 
blo de su Otello porque todavía no lo conozco. Lo que digo 
es que aquellos mismos señorones de la Academia Nacional 
de París, aquellos mismos que la emprendieron contra Verdi, 
como hicieron después con el Tannhauser y el Lohengrín de 
Wagner; aquellos mismísimos señores concluyeron por ves- 
tir á la francesa al popular maestro italiano, haciéndole al- 
ternar, en las tablas de la Grande Ópera, con lo más selecto 
y aplaudido de los repertorios francés y alemán. 

Estos son los hechos; y aunque sea torciendo algo mi pro- 
pósito de ceñirme aquí al movimiento político — digo algo y no 
del todo, porque, al fin y al cabo, la música tiene su política 
como la política tiene sus músicas; — aunque sea, repito, des- # 
viándome un poco de mi intento, añadiré que para juzgar en 
serio á un compositor, no basta estudiarle técnicamente, . 
dentro del Arte, sino que es preciso llevarle á lo externo, reía- 
clonándole con todas las corrientes de vida de la época en 
que haya escrito. Los críticos de entonces, los Fargas, que 
se ensañaban cruelmente con Verdi, poniendo — y hacían 
bien — en las nubes á Bellini, á Donizetti y á Meyerbeer, 
¿qué dirían si oyeran á los críticos de ahora tratar á Bellini 
de pobre hombre, pobre en la música, pobre en los acompa- 
ñamientos y desdichado en la armonía? ¿Qué dirían si des- 
pués de reconocer en Donizetti una prodigiosa riqueza.meló- 
dica y un dominio absoluto en la ciencia del estilo vocal é 



246 

instrumental, les oyeran asegurar que no tiene una sola ópe- 
ra completa, y que todo lo 'más, cada una de ellas, contiene 
un par de páginas de valor? ¿Qué dirían si oyesen calificar á 
Meyerbeer de simple músico ecléctico y de transición, que 
ha imitado todos los estilos y ensayado toda clase de formas, 
alemán en sus primeras óperas, italiano en Roberto, francés 
en la Estrella del Norte, narrativo en Hugonotes, épico en el 
Profeta, melódico en Africana, y casi zarzuelesco en Dinorah? 

¡Hola! Señores críticos, tomad un compás más ancho para 
vuestra estética. Distinguid los tiempos y concordaréis los 
compositores. Acordaos de cuando se escribieron Sonnámbula, 
Puritani y Lucía-, acordaos de que aquella música sencilla, 
sutil, vaporosa, hilada con el corazón, se ha trabajado en Ita- 
lia, pero en la Italia de las amarguras, pero en la Italia del 
gr ido di dolor x por los padecimientos de la Patria; acordaos de 
que Meyerbeer, italiano cuando aprendía sus catecismos, fran- 
cés por la educación y alemán por el origen, cargó consciente 
ó inconscientemente, con la tarea de fundir, en una suprema 
armonía, tres razas musicales y sus diversas escuelas; y por 
esto le veis empezar simplificando la instrumentación y dando 
flexibilidad á sus contornos melódicos, como aquellos insignes 
maestros italianos; y luego elevarse á la pasión, al calor, á la 
vida, al drama, al colorido, al idilio, según los instintos de 
los pueblos para quienes escribía ó las necesidades de las 
épocas que iba atravesando. 

Pues lo propio ha sucedido con Verdi. Cuando Fargas le 
censuraba, no había pasado de su primera manera, que con- 
cluye en / Masnadieri, como la segunda termina en Un bailo. 
Era entonces el músico patriota; bien lo recuerda Italia. 
Rossini hablaba de ponerle un casco; queriendo humillarle, 
Rossini le enaltecía. Palpitaba el corazón italiano ansioso de 
libertad, al oír las tempestades metálicas de Nabuco y Los 
Lombardos; sentía en aquellos ruidos insensatos, en aquellos 
gritos desesperados, en aquellas melancolías sofocadas por el 
bronce, algo como el preludio de próximas y decisivas bata- 
llas para la independencia. Y la Italia, que había de encontrar 
el nombre de Verdi en las iniciales de su futuro grito de 
guerra, Vittorio IZmmanuele Re Wltalia, la Italia aplaudía y 



247 

nosotros aplaudíamos ¡ah sí! con toda la fuerza de pies y 
manos. Aquellos momentos de excitación nerviosa, aquellos 
paréntesis de espontaneidad nos vengaban de Ñarváez. El 
concurso que asistía al espectáculo aplaudía en el simpático 
Maestro el sublime acento dramático y melodramático, el 
desbordamiento de pasiones, trompetas y clarines, aquel deli- 
rio de las voces, aquel frenesí en los allegros, aquellas ma- 
sas, aquellos tercetos, aquellos finales que nos electrizaban. 
Véase si había ó no diferencia entre el Verdi popular, según 
le juzgaba nuestro instinto, y el Verdi científico, según lo 
querían los gramáticos del Arte. 

La gacetilla den Brusi tenía mucho que ver y no poco, que 
estudiar, y más el gacetillero, hombre ya provecto, grueso, 
sosegado y más que corredor de noticias, gustoso de que 
le cazaran las perdices y las llevaran á su casa para ade- 
rezarlas á gusto del público. No había entrado entonces la 
•moda del repórter americano que conferencia con altos perso- 
najes y cambia con ellos impresiones frescas que los del vul- 
go recibimos en lata; ni había aquello de poner en letras de 
molde á las señoras que ocupan los palcos, las telas y color de 
los trajes que ellas llevan y las cruces y placas que ostentan 
ellos en las solemnidades. Pero ya nuestro amable revistero 
de Barcelona poseía el envidiable instinto de adivinar hacia 
qué lado debían repartirse las inmortalidades; con un sentido 
tan exquisito de las alturas, que parecía llevar incrustada en 
el pensamiento aquella máxima de una antigua dama france- 
sa: tout ce qui.n'est pas titré, n'est pas ni. Y ajustándose á tan 
sabia y provechosa regla, desfilaba por la crónica diaria todo 
lo que, en forma más ó menos directa, pudiese relacionarse 
con eminencias oficiales ó no oficiales en punto á entradas y 
salidas, bodas, -entierros, tes y chocolates, afecciones de fa- 
milia, afecciones de garganta, ligeros constipados y otros 
incidentes de parecido interés para más atraerse las volunta- 
des. Si el ferrocarril hubiese sido bastante conocido entonces 
para gastar accidentes ruidosos, tengo por seguro que al con- 
tar las piernas rotas, ya en aquella crónica local se hubie- 
13. tenido buen cuidado de apuntar que afortunadamente no 
era más que un tren de tercera clase. Por de contado, cada 



248 

personaje admitido á los honores del desfile iba flanqueado 
con su correspondiente tratamiento: que, por nada de este 
mundo se lo hubiera dejado en el tintero quien tan poseído 
estaba de los altos deberes de su cargo. Sr. Canónigo, Señor 
Juez, ¿habrá llaneza? Ya era el muy Ilustre Sr. Canónigo, el 
muy Ilustre Sr. Juez, el muy Ilustre Sr. Regente; ya el exce- 
lentísimo Illmo. y Rmo. Sr. Obispo, ó el Excmo. Sr. Capitán 
general, ó el Illmo.Sr. Jefe político, ó el Excmo. Ayuntamiento. 
Barcelona era siempre la Ciudad egregia; las Autoridades, siem- 
pre dignas Autoridades; el Ayuntamiento, dignísimo Ayunta- 
miento; un conde, el noble conde; un poeta, el ilustre poeta; 
un actor, el eminente actor; un amigo, el simpático amigo. Y 
tocante á cosas de Iglesia, nunca las nombraba la crónica del 
Diario sino ajustándose al vocabulario de rúbrica: no Misa, 
sino el santo sacrificio de la Misa; no Oficios, sino los divinos 
Oficios; no Catedral, sino la santa Catedral; no los Sagrarios, 
sino los santos Sagrarios; no tal ó cual Congregación, sino la 
venerable Congregación. Ya ven VV. cómo en cuestión de in- 
censario y trompeteo no faltaba entonces quien supiese 
adelantarse á tiempos más resonantes. 



IV 



Sin un verdadero Ateneo, sin conferencias, ni lecturas pú- 
blicas, ni Revistas de varios matices, era imposible obtener 
un movimiento científico que compensase, en ancha propor- 
ción, lo que no nos daba el político. De todo ello, en reali- 
dad, carecíamos, apesar de nuestras Academias y de otras 
Corporaciones menos pretenciosas. 

¡Apenas si teníamos Academias! La de Buenas Letras, la 
de Ciencias Naturales y Artes, la de Medicina y Cirugía, la de 
Jurisprudencia y Legislación, la de Bellas Artes, la Médi- 
co-castrense. ¡Apenas si había Sociedades científicas en Bar- 
cena, con ínfulas y cascabeleo! La Económica Barcelonesa, 
el Liceo de Isabel II, la Sociedad filomática, la de Amigos 



249 

de la Instrucción, la de Amigos de las Bellas Artes, sin contar 
la Reunión Literaria, que tuve la honra de presidir durante 
algunos años. Nada de esto creaba corrientes de saber, ni 
contribuía en lo más mínimo á popularizar conocimientos; 
ni aquellas doctas instituciones eran otra cosa que círculos 
hieráticos para estímulo y provecho de unos pocos iniciados. 
La misma Academia de Buenas Letras, oriunda de fines del 
siglo XVII, y por tanto más antigua que la Española y la de 
la Historia, solamente una vez dio en público señales de vida; 
y fué con motivo de un certamen para premiar la mejor Me- 
moria sobre el Parlamento de Caspe, y la mejor poesía sobre 
la Expedición de catalanes y aragoneses contra turcos y grie- 
gos. La Sociedad Económica Barcelonesa de Amigos del País, 
más que á difundir la ilustración, se dedicó, y por cierto con 
grande aplauso, á crear instituciones benéficas como la Junta 
de Damas y la Caja de Ahorros. 
, Creábanse á menudo Sociedades pasajeras, con carácter 
más industrial que científico para determinado género de pu- 
blicaciones. A dos pertenecí y medraron poco: en una de 
ellas no "pasamos de confeccionar un Vocabulario hispano- 
latino: la otra, en la cual tuve de compañero á Víctor Bala- 
guer, con Narciso Gay, el P. González de Soto y Roberto 
Robert, emprendió una Biblioteca de novelas escogidas. To- 
cóme en suerte Paquillo Aliaga: Piquillo, decía el original 
francés. Nuestro propósito no podía ser más plausible. Ya 
que tanto abundábanlas malas traducciones, queríamos in- 
tentar algunas en buen castellano; á ver si evitábamos que nos 
crispasen los nervios, con sus dislates, los folletinistas que tra- 
ducían éloquence male, elocuencia mala', inégalités du sol, des- 
igualdades del Sol, con otras amenidades. Y pase que no hu- 
biese creado escuela esta pestilencia de traductores. Autores 
había que no les iban en zaga. Acuérdome de una novela 
original que largaba el siguiente cohete, de introducción al 
capítulo segundo: «En tanto, oyóse un son lejano y moribun- 
do, parecido al suspiro de un cadáver » 

Al lado de los pigmeos, los gigantes. Fuera sombreros: 
D, Jaime Balmes. Su vida fué corta: el escritor nació en 40: 
el hombre murió en 48. ¡Cuán de prisa viven aquí los que han 



25o 



de vivir eternamente! Tuve la suerte de tratar mucho á do 
Jaime Balmes. Siempre que estaba de temporada en Barce- 
lona, solía ir de tertulia, dos veces por semana, á casa de un 
amigo suyo, D. Ignacio Bruno, íntimo también de mi fami 
lia. No era Balmes hombre de brillo en la conversación; n 
se anunciaba, como, otros superiores, por lo nuevo é im 
previsto del discurso ó por los chispazos de ingenio; per 
bien mostraba quién era en lo discreto de la palabra y e 
las prodigiosas alturas á que levantaba su pensamiento. Or 
dinariamente vestía de seglar; y cuando usaba hábitos tala 
res, tenía la costumbre de juguetear con las largas borlas qu 
le sujetaban sobre los hombros el manteo. Frente espaciosí 
sima á semejanza de Víctor Hugo: ojos muy penetrantes 
tez biliosa: algo torcida la parte inferior de la cara: grueso 
los 'labios y como despegados. Tal era el físico de Balmes: E 
unido todo á una rapadísima barba, que de puro cerrada 
marcaba el contorno azul hasta los ojos, resultaba un aspee- « 
to de lo más vulgar y plebeyo en aquel nobilísimo personaje, 
y el aire más adocenado en aquel elegido entre los elegidos. 
Al principio redactaba en Barcelona una Revista titulada 
La Sociedad y en colaboración con D. Joaquín Roca y Cornet 
y D. José Ferrer y Subirana; escritores de mucha menos ta- j 
lia que su egregio colega, bien que idénticos en criterio y en | 
tendencias ultramontanas. Ferrer murió joven. Roca y Cor- i 
net ha vivido muchos años, escribiendo siempre con galana 
frase. De lo que llegó á ser Balmes no. necesito hablar. Que 
os lo cuenten Europa, América, el mundo entero, deposita- 
rios de su fama. 

Mi antiquísimo camarada Víctor Balaguer era entonces 
nuestro literato de moda. De una fecundidad asombrosa. Es- 
cribía para el teatro, y más para las crónicas. Cultivaba poco 
la historia, mucho la leyenda. No tenía rival en el género pin- 
toresco. Electrizaba con sus poesías catalanas: en el arte de 
leerlas, inimitable. Dos eran, él y Grijalva, un agente de ne- 
gocios, que se distinguían en Barcelona por un corte tro 
vatore del más selecto romanticismo. Tenían ambos una 
cabellera de purísimo azabache, partida en mitad de la 
frente, con media docena de tirabuzones sobre las orejas: tez 



25l 



cadavérica: los ojos como espantados de verse entre los 
vivientes, y una barbilla Luchana del género indisciplinado. 
En fin, unos Esproncedas de hechura catalana, con toques á 
lo Musset y tintas á lo Vigny. 

Otro poeta notabilísimo de aquellos tiempos, que de haber 
vivido largos años, hubiera andado mucho camino, era Juan 
Antonio Pagés, joven estudiante, cuyos versos tenían todo el 
sabor de Zorrilla. Creo que ya le aventajaba en profundi- 
dad, y, sobre todo, en erudición, de que según las muestras, 
nunca ha sido muy sobrado el esclarecido autor del Poema de 
Granada. Desgraciadamente, al pobre Pagés le faltaba algún 
tornillo: divagaba, padecía distracciones, hablaba á solas, se 
alejaba de la sociedad, con unas melancolía*; intensísimas que 
le devastaban el alma. Concluyó por suicidarse, como todos 
nos temíamos, y lo hizo de una manera espantosa, atravesán- 
dose primero con un estoque, y arrojándose después por la 
ventana de un cuarto tercero. Cuando fui á ver, en el patio del 
Hospital general, los ensangrentados restos de mi desdichado 
amigo, tuve ocasión de conocer hasta dónde pueden llegar 
los estragos del escepticismo en los corazones jóvenes. Dos 
pisaverdes muy planchados, prensados, rizados, perfumados 
y enguantados, disputaban allí, junto al cadáver. ¿Sobre el. 
horror de aquella muerte? ¿la familia? ¿la madre? ¿conside- 
raciones del orden moral? Nada de esto. Discutían muy sere- 
nos sobre la mejor manera de suicidarse. «A mí me parece — 
decía uno de ellos — que ha hecho bien, matándose con ese en- 
sañamiento: así, así, asegurar el golpe. » — «Y á mí, que ha he- 
cho mal — replicaba el otro; — ¿no hubiera sido mucho mejor 
invitarle con juna pistola?» — A ninguno de los dos se le ha* 
ocurrido suicidarse: ambos han criado buena panza. 

Como hombres de fuertes estudios literarios, y superiores 
hablistas, figuraban, en aquel cenáculo, Piferrer y Corta- 
ida, ya citados en otros capítulos, con D. Manuel Milá y 
Fontanals, que desempeñó larguísimos años en Barcelona 
la cátedra de Literatura y su Historia. Tenía Milá extraordi- 
naria reputación como literato: Fernando Wolf le cita entre 
ios mejores críticos déla España contemporánea: Fastenrath 
;me lo ha puesto en las nubes cuantas veces hemos hablado 




de él; y un día me aseguró Juan Valera, al volver de San Pe- 
tersburgo, que había oído ponderar á Milá hasta en una Aca- 
demia de .Moscou. 

A bibliófilos, bibliómanos y bibliófobos, servía de centro de 
reunión la librería de Joaquín Verdaguer, como aquí hemos 
tenido sucesivamente las de Monier, Bailly-Bailliére, Durán 
y Fernando- Fe. Allí se curioseaba y, como ahora dicen, se 
cambiaban impresiones: discutíanse ediciones y rarezas bi- 
bliográficas, la última publicación de París, la última nove- 
dad científica de Londres, el último anuncio de Cotta. Allí 
imperaba el papeleo como en otras partes el papeloneo; y 
como ha de haber en el mundo gentes para todos los gustos, 
muchos aficionadqs preferían pasarse las tardes de lluvia en 
casa de Verdaguer á entretenerse con una baraja ó dando ta- 
cazos en el Casino. 



V 



En reducidísimo extracto publicáronse por aquellos días 
dos trabajos míos: uno, sobre los fundamentos del derecho de 
penar; otro, sobre el romanticismo. Firmé Quijano de Ro- 
samante, anágrama que había adoptado para encubrir mis 
osadías. 

Época singular aquella en que no hubierais podido decir 
á punto fijo bajo qué régimen vivían los criminales: si nues- 
tros Tribunales se ajustaban al Código del 22, ó al Proyecto 
del 29, ó al más científico del 34, ó al ecléctico del 48. Es 
nuestro sino; andábamos en materia penal tan á oscuras 
como ahora, aun después del Código de 1870, y como nos 
quedaremos, probablemente, cuando se haya aprobado el que 
en estos momentos se está discutiendo. 

También sé que en aquellas fechas la Ciencia penal había 
adelantado poco desde Beccaria, como que en las escuelas es- 
tábamos atenidos á Pellegrino Rossi y á su expositor Pache- 
co. ¡Cuán distintos de los *que teníamos son los horizontes 
de hoy! 



253 

La Ciencia penal se ha convertido en una rama de la Biolo- 
gía jurídica; es la vida del Derecho en su estado anormal, en 
su estado patológico. Hoy el análisis filosófico os da el con- 
cepto cabal del delito, considerado' como hecho perturbador, 
consciente y voluntario del Derecho: os marca sus caracteres 
esenciales; determina su materia; describe, con prolija exac- 
titud, las formas generales de manifestación de la delincuen- 
cia; señala, con precisión admirable, todas sus circunstan- 
cias modificativas, agravantes ó atenuantes, según el antiguo ' 
tecnicismo; expone, con el auxilio de todas las ciencias an- 
tropológicas, la verdadera teoría de la responsabilidad; os 
hace penetrar, con seguro criterio, en el sentido de la code- 
lincuencia; y clasifica los delitos con fórmulas y divisiones 
á las cuales no escapa, el más mínimo de los hechos pertur- 
badores. Y si, en el concepto fundamental del delito y en 
sus derivativos, tan hondamente ha penetrado el escalpelo 
científico, no es menor el camino andado en la determinación 
del concepto de la pena, sus elementos, materia, caracteres 
esenciales, gradaciones, finalidades y manera de relacionar el 
castigo con la delincuencia. Encerrar toda una revolución 
social en las notas características de la pena, ¿qué mayores 
ni más gloriosos timbres para la ciencia penal contemporá- 
nea? Nada de aquellas abstractas teorías de la defensa ó de . 
la venganza social, ni de aquellos horribles ensañamientos 
que, haciendo descender á la ley de su pedestal augusto, con- 
vertían la pena en una especie de lucha, cuerpo á cuerpo, 
entre la Sociedad y el delincuente. Nada que no sea digno, 
racional, imponente y provechoso en la pena, srcomo piden 
los últimos criminalistas, ha de encerrar una garantía para 
conservar el derecho social, una defensa concreta para impedir 
otro atentado, un público ejemplo para evitar el contagio de 
la perversidad: para el ofendido, reparación, reivindicación, 
reintegración, compensación; para el ofensor, una rehabili- 
tación y un procedimiento de enmienda, corrigiéndole y afli- 
giéndole en la justa proporción que su delito demande. 

Distábamos entonces mucho lps novatos de saber precisar 
las ideas con la sobriedad y las sencillas fórmulas que ahora 
se estilan. Nuestros libros nos engolfaban en un mar de abs- 




tracciones y vaguedades enderezadas, las más de las veces, á 
conciliar ciertos principios filosóficos con determinadas es- 
cuelas políticas. Primer procedimiento científico en todo país 
que ha estado mucho tiempo á oscuras: antes de entrar en 
plena luz, tibios resplandores ó medias claridades. 

Así yo, tratando de investigar los fundamentos racionales 
del Derecho penal, me entregaba á una larguísima diserta- 
ción destinada á probar que aquel derecho reconoce su origen 
en la justicia, su medio de aplicación en el poder social y su 
fin en el orden público; como si ante todo no fuera necesario 
tener muy aquilatado el valor de tres palabras de tan alto 
sentido como estas: Poder, Orden y Justicia. Entraba luego 
en un examen histórico filosófico del derecho de penar. Sin 
más averiguaciones lo confiaba á la Sociedad, encarnándolo 
en el Poder legislativo, dejando al ejecutivo que lo desenvol- 
viera y al judicial que lo aplicara. La averiguación venía des- 
pués de mi declaración dogmática. ¿Por qué razón había de 
ser la Sociedad depositaría de aquel derecho y no recaía, para 
cada caso concreto, en el individuo á quien interesaba? Aquí 
me encontraba con los tres sistemas tan manoseados y espri- 
midos por los antiguos criminalistas: la defensa, el pacto y 
la utilidad. Cada uno de ellos era objeto, en mi trabajo, de 
otra serie de extensas disquisiciones; y creyendo convencido 
á todo el mundo de que no se castiga únicamente para defen- 
derse del delito, ni en virtud de una cesión de derechos indi- 
viduales, ni tampoco por las simples ventajas morales ó ma- 
teriales que pueda reportar á la Sociedad la pena, terminaba 
esta parte de mi elucubración proclamando la existencia 
dentro de la vida social, de una ley necesaria, de un derecho 
universal propio y originario, al cual, en términos abstractos, 
dábamos el nombre de Justicia. 

A renglón seguido venía la prueba histórica. Y manejan- 
do los hechos con un garbo y gentileza dignos de los pocos 
años, trataba de demostrar, apelando á varias autoridades, 
que la penalidad se había ido manifestando en los pueblos, 
bajo tres aspectos: preservador en su infancia, reparador en 
los más adelantados, conservador en las perfectas. Al princi- 
pio preservador correspondía la teoría de la defensa, al repa- 



255 

rador el pacto social y el sistema utilitario, al conservador el 
superior concepto de la justicia. 

Ni en el terreno de la originalidad, ni en el de la lógica 
racional ni en la histórica me atrevería á recomendar aquella 
mi primera excursión por las esferas del orden jurídico. Quizás 
—no lo aseguro — fui más afortunado en mi segundo ensayo, 
de índole puramente literaria; la cuestión del romanticismo. 



VI 



En la época á que se refieren estas líneas, el romanticis- 
mo, como escuela, iba desapareciendo á paso de carga. Ha- 
bíanlo precipitado de su elevado solio las exageraciones fran- 
cesas. Sus triunfos de la Porte Saint Martín con acompaña- 
mientos de puñal y veneno, compases de grillos y campanas, 
fondos de mazmorra, escorzos de cadáveres y tonos dé pali- 
dez mate abrieron tan ancha herida en la escuela romántica, 
que jamás pudo soñar eñ tan señalado triunfo sobre ella, la 
cáfila entera de sus áticos enemigos los académicos. Aquí 
empezaban mis reflexiones al ver la descomposición de aque- 
lla fábrica de embustes. El romariticismo, decía yo, no caye- 
ra en tal descrédito si se hubiese mantenido á la altura de 
sus precursores, ó de sus creadores, ó de los primeros imita- 
dores; si hubiese proseguido dominando el Arte en la forma 
en que lo adivinaron Shakespeare y Calderón, como lo adi- 
vinó Lessing, como lo definieron Schlegel, Tieck y el místico 
Novalis, como lo predicó Byron, como lo practicaron Goethe 
y Schíller, como lo practicaba Manzoni, como lo entendió 
Víctor Hugo, como lo entendieron en España el autor del 
Trovador y el de D. Alvaro. ¿Y por qué no extenderlo á la 
música? Como habían entendido el arte romántico Weber en 
el Freyschütz, Mendelsshón en sus sinfonías, Schubert en 
sus baladas, Chopín en sus nocturnos. En lugar de esto, y 
con el trascurso del tiempo, los severos perfiles dibujados 
por el dedo de los grandes ingenios trocábanse en caricatu- 



256 

ra; los arquetipos se eclipsaban, las rapsodias cubrían el ho- 
rizonte. 

Con este motivo, entraba á examinar el origen del movi- 
miento romántico. Tres largos siglos* había durado el imperio 
absoluto de los clásicos, desde el Renacimiento. No era 
cuestión de admirarlos, estudiarlos y hasta imitarlos con 
prudente mesura — que de ser este muy sabio consejo ya he . 
hecho alguna indicáción en uno de los capítulos precedentes. 
No: había que admitirlos como regla y perfección del Arte, 
como indiscutibles modelos y autoridades infalibles. Era un 
yugo insoportable, contra el cual hasta Boileau protestaba en 
un arranque de mal humor: 

¿Qui'nous délivrera des Grecs et des Romains? 

La rebelión no podía menos de estallar. Vino con los emi- 
nentes: vino con los nuevos horizontes. Con los. eminentes. 
¿Qué había ya de común entre Shakespeare y Esquilo ó Sófo- 
cles ó Eurípides? ¿Qué lazo unía ya á Lope y á Moliere con 
Terencio, Plauto ó Aristófanes? Y si, por no faltar á la re- 
gla, se declaraban clásicos los nuevos, otros venían en se- 
guida á protestar en nombre de su personalismo: otros que, en 
el drama, no querían jurar por Corneille ó por Racine, ni, 
en el arte pictóreo, por Ruoens ó el Ticiano, ni en el musi- 
cal,* por Palestrina, Pergolese ó Cimarosa. 

Vino con los nuevos horizontes. ¿Cuáles? La Edad Media 
y el Oriente. Y aquí/ en este punto de partida de los román- 
ticos, empezaban cabalmente los peligros de la moderna 
Iglesia. Esto hacía yo notar examinando las teorías alema- 
nas. Porque si los alemanes señalaban aquellas especiales 
direcciones al Arte, no era por la Edad Media ni por el Oriente 
en sí, sino porque veían dominar allí lo maravilloso y lo fan- 
tástico, y creían que esta era la esencia del Arte y de la Poesía! 
Ellos sentaron las premisas, y el vulgo sacó las consecuen- 
cias. Pues hemos de correr, se dijo, tras de lo fantástico, to- 
mémoslo de cualquier parte sin molestarnos acudiendo á la 
India ó á los tiempos feudales. De ahí los extravíos, de ahí la 
perversión del buen gusto, de ahí la invasión de lo melenu- 



257 

do en la escena y fuera de la escena. Todos estos daños y 
otros mayores trajo consigo el abuso del sistema. 

Trajo también un conato de reacción clásica: momentáneo 
por cierto. Pareciómelo entonces, y así lo declaré. Hoy he 
visto confirmadas mis profecías. El romanticismo, hundido 
como escuela, no ha muerto como tendencia. Fué la revolu- 
ción artístico-literaria del siglo XIX, y os digo que no ha 
muerto, apesar de sus descalabros. Como no murió la revolu- 
ción religiosa del siglo XVI, apesar de tantos lagos de san- 
gre. Como no ha muerto la revolución política del siglo XVIII, 
apesar de las guillotinas. Como no murió la Enciclopedia, 
continuada por el racionalismo. Como no murió Proudhón, 
resucitado por Lassalle y Carlos Marx. Como no murió La- 
marck,. explicado y ampliado por Darwin, Haeckel, Vogt y 
toda la escuela transformista. 

No me confundáis dos cosas: el principio revolucionario y 
sus direcciones. Una de las tendencias puede concluir, pero 
| el principio queda. El romanticismo tuvo una primera misión 
que cumplir, y la cumplió lealmente: acabar con el ciego culto 
de los clásicos. Y aquellos ídolos cayeron. Decidme qué es- 
critor de talento puede andar hoy por el campo de las letras, 
apoyado en ellos, sin incurrir en la nota de lo que ha llamado 
Víctor Hugo el ex-buen gusto. 

Pero la revolución artístico-literaria cuya paternidad na- 
die podrá arrebatar al romanticismo, aquella revolución con- 
tinúa. Si primero buscaba la maravilla con Novalis, hoy bus- 
ca la realidad con el naturalismo. Antes soñaba, divagaba, 
difummaba; hoy describe, pinta y esculpe. Vedlo, sin ir más 
lejos, en nuestros propios poetas, los afamados, los ilustres. 
Todos están tocados de naturalismo, empezando por el egre- 
gio Campoamor. Sí. sí; también naturalista vos, mi buenísi- 
mo amigo D. Ramón, apesar de vuestros superiores instin- 
i, tos idealistas. ¡Ah! queridos poetas; antes estabais enamora- 
i dos de la Edad Media; ahora lo amáis todo, porque todo es 
adorable en la naturaleza, como asunto artístico; palacios y 
cabañas, púrpuras y andrajos, europeos y zulús, Oriente y 
extremo Oriente, escenas de sangre é idilios del hogar, silen- 
; cios de la conciencia y tempestades del alma. Dadme colores, 

17 



2 58 

muc*hos colores, dice el artista de hoy, y os lo pintaré ó des- 
cribiré todo. Adiós las vírgenes convencionales de nacarada tez 
y las eternas rubias ó morenas al óleo, al pastel, en plancha 
de cobre ó acero, ó medidas y ajustadas en robusto endecasí- 
labo; vengan porcelanas, venga, una seda japonesa, vengan 
páginas de prosa, y os trazaré nuevos ideales femeninos: ojos 
oblicuos de purísimo dibujo; indicaciones de mirada entre 
suavísimos perfiles; labios gruesos de ardiente sensualidad; 
ropajes sentidos, no en los pliegues, sino en las riquezas del 
colorido; gracias en reposo; languideces y abandonos que pa- 
recen ausencia de vida y son presencia real de voluptuosas 
corrientes. Y luego, en vez del prosaico salón, del monótono 
césped, del manoseado castillo, de fosos y puentes levadizos, 
os representarán templos maqueados, columnatas de ©loroso 
cedro, la flor del loto bañándose en las fuentes, biombos de 
maravillosa labor, azules pálidos, con verdes reflejos sobre 
fondos violáceos, lagos helados sin orillas, lunas llenas con 
misteriosas claridades, bosques enteros de magnolias, da- 
lias, camelias y cryptomerias, jardines de paulonias, colosa- 
les sepulcros con incrustaciones de riquísimos bronces, esta- 
tuas del Budha sobre lechos de mympheas, pebeteros, dra- 
gones, pabellones y kioskos nadando entre vapores de oro, 
en un semicírculo de altas cordilleras teñidas de azul y rosa. 

Así, por estos ú otros senderos, sigue y seguirá marchando 
la revolución iniciada por el romanticismo. ¡Destino singular 
este de las revoluciones que, cuando más apagadas ó muer- 
tas las creéis, se levantan con más ardor y lozanía, si llegan 
á responder á la ley indeclinable del progreso! 



25o, 



SECCIÓN NOVENA 

¡Á Mahón! — |Oh Michelet! — Ver y escuchar. — E! puerto de Mahón. — Docto- 
res y Mossenes. — Cuatro compases de órgano. — Detallitos locales. — El La- 
zareto. — Dos maravedises sobre cinco millones. — La reacción del conta- 
gionismo. — Menorca por España. — Rubias, pero salerosas. — ¡Hurrah! — 
Proa á Mallorca. — Entre sueños. — Querubines en hamaca. — Palma. — La 
momia de un Rey gigante. — Ensánchenme esas calles. — Palacios de las 
Nou Casas. — Qa chuetería. — Bellver. — Platón, Lacy y Jovellanos. — No-ba- 
jéis á la Hoya. — Raxa. — Fantasías de un olivar. — Museo greco-romano. 

I 

El día 28 de Agosto de 1849, á las cuatro de la tarde, me 
embarqué en el vapor Cid, con rumbo á Mahón. Diez y siete 
horas duró la travesía desde Barcelona. La expedición se ha- 
bía improvisado en tertulia: sexo débil y sexo fuerte. Motivo 
de gran regocijo para todos: para mí de curiosidad, de en- 
tusiasmo y primera ocasión de hombrear. Era mi salida for- 
mal del cascarón. 

Tenía además el viaje un atractivo poderoso: el mar. ¡Oh 
Michelet! mucho te eché de menos. Estabas entonces incu- 
bando un libro admirable con este sencillo título: ¡El Mar! 
Aquella prodigiosa revista de la Naturaleza, que completaste 
con el insecto, el pájaro, la montaña... Figuier iba á descri- 
birnos el imperio de las aguas: tú á explicárnoslo á nosotros, 
los simples curiosos. Nos explicaste la playa y la costa, las 
corrientes, profundidades y secretos de los abismos, los mis- 
terios de la ola y la ley de las tempestades. Adivinaste el 
pulso del mar, sus caprichos geológicos, la movilidad y las 
prodigalidades de la vida en las regiones del mundo sub- 
marino. 

Comprendo que Homero y Anacreonte no se expliquen el 
Océano sino poblado de fantasmas ó rodeado de tinieblas: 
que Horacio le llame dissociabilis: que Ovidio califique de 



2Ó0 

edad de oro aquella en que no se navegaba: que Virgilio con- 
sidere la navegación como uno de los mayores crímenes de" 
la humanidad: que Lucano la apellide arte fatal, y Lucrecio 
vea un ultraje á los mares en la expedición de los Argonau- 
tas. Vagidos de otras tantas infancias. Pero Michelet, el 
gran Michelet, contemporáneo de la hélice, de los monitores 
y de las flotas de vapor, ¿por qué, con los orientales, llamará 
al mar la amarga sima, la noche del abismo? ¿Por qué le ha- 
rá sinónimo de desierto, como en algunas lenguas antiguas? 
¿Por qué dirá de él que es la barrera fatal, eterna, que separa 
ambos mundos sin remedio? ¿Por qué siempre le inspirará 
miedo, pensando en aire, en pulmones, en respiración, en 
asfixias? 

¡Ah, maldita edad! También pienso yo ahora en estas co- 
sas cada vez que tocan á embarcar. No pensaba en ellas 
en 1849, á los veintiún "años. Acuérdome tan sólo de que] 
apenas hube puesto los pies en el barco y hasta que salí de 
él, estuve absorto en la contemplación del líquido elemento. 
En vano me invitaron otros muchachos á tomar parte en un 
rigodón que habían improvisado á bordo. Dejé mi camarote, 
corrí á la proa y allí me instalé, indiferente á todo lo que 
pasaba; pues no tenía ojos más que para admirar las supre- 
mas majestades del Mediterráneo. Iba declinando el día: ¡las 
horas del matizado, aguas verdes, pardas ó azuladas! ¡Cómo 
jugueteaban, en torno del bajel, los delfines! ¡Cómo cruza- 
ban el espacio las gaviotas señalando una tempestad cercana 
que luego se disipó al entrar la noche! Escuchad: oigo ruidos 
extraños en medio de aquella soledad y en lo más profundo 
de aquellos silencios» Son las brisas que os traen al oído el 
eco inefable de la orquesta divina esparcida por los aires, 
incorpórea, impalpable, etérea. Son los vientos que os reme* 
dan el llanto, un quejido* un suspiro, el choque de los labios 
en un amoroso beso, el choque de las copas en el delirio de 
las orgías. Es un soplo de tempestad ó un soplo de bonanza 
que os imitan voces de fantasma, ayes del alma, risas insen- 
satas, coros angélicos, rugidos de fieras ó el mágico preludio 
de unas arpas invisibles. ¿Oísteis bien? Pues ahora, mirad. 
Otro vapor, otro monstruo que viene bramando sobre vos- 



2ÓI 

otros y como una anguila se desliza por el costado: más 
allá dos velas, y otra y otra en el confín del horizonte: un 
lecho de algas que perezosamente se arrastra por la corriente 
imperceptible: nubecillas que se deslíen en una atmósfera 
trasparente; un sol que muere, un brochazo de fuego á Po- 
niente, unas sombras que aparecen, unas tristezas que em- 
piezan, el cielo arriba, el mar debajo que os tienen encerra- 
dos como en un globo de cristal, cuando perdéis de vista la 
costa. Y luego vendrá la luna con la hora de las fosforescen- 
cias, de las trasparencias lácteas, de las tintas melancólicas. 
Todo el mundo duerme, menos el timonel, el vigilante de 
cuarto y yo. ¿En qué habrán pensado los que duermen? Yo 
no hago caso de la humedad ni del relente: tengo pocos años, 
una constitución robusta y una salud de hierro. En aquellos 
instantes no vivo en el cuerpo, vivo en el espacio, en las in- 
mensidades. No estoy en el Mediterráneo, sino en los Océa- 
nos: no voy á las Baleares, sino á América, á la India, á las 
islas Fidji: no he de volver pronto y prosaicamente á mi 
tierra; he de correr en busca de aventuras, por mares y con- 
tinentes. Y pensando y diciendo y haciendo, aconteció que 
se espesaron las tinieblas y la luna se eclipsó detrás de unos 
nubarrones, y las visiones se adelgazaron y mi cabeza se in- 
clinó, y, mísero de mí, concluí por pagar el más vergonzoso 
tributo á la imperiosa materia. ¡Qué horror! Sobre unos me- 
tros de cable, que apestaba á brea, me quedé dormido, y 
quién sabe si también ronqué como si fuera un pasajero vul- 
gar de tercera clase. Al despertar, sonrióme el alba con sus 
alegrías, y con ellas volví á la realidad y se desvanecieron 
mis gratas ilusiones. 



II 



Las siete serían de la mañana cuando nos encontramos 
próximamente á una legua de distancia de la costa mahone- 
sa, muy áspera por aquel lado. Dábanla alguna ánimación 



2Ó2 




varias quintas de una blancura de nieve, allí sembradas como 
por mano de artista; y en el centro se destacaba una monta- 
ña de regular elevación, que llaman los naturales Monte Toro 
y debe ser punto de vista excelente porque domina toda la 
Isla. A las ocho doblamos el cabo de la Mola, punto de entra 
da á la derecha del puerto. Allí se estaba construyendo en ton 
ees el Fuerte del mismo nombre. 

Tomado desde la boca, el puerto de Mahón tiene una vista 
sorprendente. Figuraos un lago de dos millas de longitud y 
un tercio de milla en lo ancho, con tan tranquilas aguas que 
los mayores vientos sólo consiguen rizarlas ligeramente. A 
la derecha, el Lazareto y el Arsenal: en el centro las islillas 
de la Cuarentena, el Hospital y otra isla llamada de los Rato- 
nes: á la izquierda, los muros derruidos del castillo de San 
Felipe, la aldehuela de Villacarlos, y por último, la ciudad 
de Mahón, que desde fuera se distingue por su pulcritud y j 
aseadísimo aspecto. Toda la construcción está sentada sobre 
peñascos en el declive de un cerro. 

Desembarcamos á las nueve menos cuarto. Bien se echa 
de ver que ha pasado por allí la mano inglesa, porque la lim- 
pieza llega á su colmo. Calles bien alineadas, empedrado de 
chinitas formando mosaico y un reguerillo en el centro de la 
vía para dar salida á las aguas. 

Empezamos visitando la Iglesia parroquial, de gran pobre- 
za artística, con numerosas inscripciones y epitafios en len- 
gua francesa. A la izquierda, en la capilla del Sacramento, 1 
descansan los restos del presbítero Aleñá, generoso Cura pá- 
rroco, cuyas virtudes y celo recuerdan con entusiasmo los 
mahoneses. El monumento es sencillo y elegante. 

Pasamos á la sacristía por el trascoro, donde estaban los 
beneficiados cantando la misa mayor. El traje de coro difiere 
algo del de Cataluña: sotana abierta, sobrepelliz corta de i 
manga perdida y muceta de seda con vueltas encarnadas. En 
Cataluña las vueltas encarnadas son distintivo de los sacer- I 
dotes que son doctores ó licenciados;' los simples mossenes las | 
usan negras. 

Es fama que el órgano de Mahón compite con el de Fri- 
burgo. Fué construido en Barcelona á principios de este siglo 



I 



263 

por dos alemanes, con dinero de los ingleses, y según acredi- 
tadas versiones, por la iniciativa y otros recursos del presbí- 
tero Aleñá. Tuvo el organista la galantería de dedicarnos 
algunas piezas, que me hicieron el efecto de un concierto 
monstruo. Sentí me poseído de una especie de delirio, y sin 
querer veníanseme á los labios estas dos estrofas-de un malo- 
grado poeta: 

¡Oh! tendedme el arpa de oro, 
que al par del órgano santo, 
entonará el bello canto 
de su rica inspiración. 

jOhl dadme el arpa, y si el órgano 
sonidos regala al viento, 
lanzará más blando acento 
su palpitante bordón. 

Menos el de Friburgo y el de Birmingham, he oído des- 
pués los principales órganos de Europa, el de San Sulpicio 
en París, el de San Pablo de Londres, el de Estrasburgo, el 
de Harlem, el de Caen. Siempre el órgano me ha causado la 
misma extrañeza de que hablaba Tertuliano: «¡Tantas pie- 
zas, tanta tubería, tantos sonidos diversos y un solo ins- 
trumento verdadero!» Dos cosas me sorprenden en él sobre- 
manera: la antigüedad de una máquina tan maravillosa y 
complicada, y el origen pagano de un instrumento tan esen- 
cialmente cristiano. Acostumbrados á identificar el órgano 
con nuestros templos y ritos sagrados, no nos familiariza- 
mos con la idea de que lo inventaran los griegos, de que lo 
citaran ó lo describieran Ateneo y Vitruvio, y Juliano el 
Apóstata cantase sus excelencias, y San Agustín lo conociera 
ya muy mejorado. Al ver el interés, mezclado de legítimo or- 
gullo, con que unos sacerdotes del siglo XIX nos mostraban 
la joya de Mahón, ¿quién pudiera imaginar que los PP. de 
la primitiva Iglesia condenaran el uso del órgano y que, 
hasta el siglo VII, no entrase definitivamente, y sin más 
oposición, en los templos cristianos? Triunfó el órgano al fin, 
como han triunfado el gas y la luz eléctrica en muchas igle- 
sias del extranjero, apesar de no sé qué Concilios que de- 
cretaron único alumbrado ortodoxo los hachones, candelas y 




candelillas. Y ¡cómo demostró desde entonces la experiencia 
la perfecta adaptación del órgano á la música religiosa! Y 
j cuánto y cuánto no fué mejorando desde que se encontró, di 
gámoslo así, en su propia casa! Recordaba, á propósito de 
esto, los progresos que había ido realizando el órgano, como 
instrumenta de ejecución y de acompañamiento: en el si 
glo X, aquel tosco y monstruoso órgano del Obispo de Win 
chester con 400 tubos, 40 teclas, dos organistas y 26 fuelles 
movidos por 70 hombres; en los siglos XIII y XIV aumento 
en el calibre de los tubos ó cañones, más sencillo el teclado 
más manejables los fuelles; invención de los pedales en el si 
glo XV: en el XVI, la gran escuela de órgano, italiana, y so 
bre todo veneciana, con Claudio Merulo y los Gabrielli; en 
el XVI las primeras celebridades en órgano con Guanini de 
Luca, Frescobaldi, Pasquini, Pollarolo, Lotti, Vinacese y 
Casini; en el XVIII, los oratorios alemanes con organis 
tas que se llamaban. Sebastián Bach, Haendel, Mozart y 
Haydn. 

En estas imaginaciones iba yo engolfado, cuando nos lie 
varón al cementerio... ¿eh?... á ver el cementerio. Parece que 
una visita al cementerio era en Mahón pie forzado. Como en 
Pisa, como en Génova. Sin más diferencia que la siguiente 
los Camposanti de Pisa y Génova son objetos de arte; el de 
Mahón es.. . un cementerio. Lo único que me chocó fué el sin 
número de epitafios ingleses. El Sacred to the memory se leía 
en todas partes. ¡Cuidado con la carne que el pérfido John 
Bull se ha ido dejando por aquellos andurriales! 

Otro día fuimos á dar un vistazo á Villacarlos. Cortado 
por el estilo de Mahón; pero con unas calles tan desiertas de 
gente y tan pobladas de yerba, que parecían más cementerio 
que el otro. Echaban la culpa á la emigración que desangra- 
ba, en provecho de Argel, nuestro Menorca. Aseguráronme 
que, en sólo un año, habían abandonado la Isla más de 14.000 
almas. 

Hubo su noche de teatro. Dieron un Don Francisco de Qtieve 
do y un baile nacional, medianejos; y aun sospecho que, per 
dida en Mahón la costumbre de dar funciones, aquello se im 
proviso como sé pudo en obsequio nuestro: de los expedido- 



265 

narios. Tomé mi partido, que fué volver la espalda á la escena 
y encararme con los palcos. Recuerdo una platea n y un en- 
tresuelo 20 que estaban muy bien compuestos. Tamañitos se- 
rían los números cuando no se me han despintado. 

Sucesivamente, dentro de la población, fuimos visitando 
más iglesias. Las iglesias son un recurso admirable en todo 
pueblo desprovisto de historia monumental. Asomamos las 
narices á la campiña; subimos á las Cuevas de San Juan, ex- 
cursión lindísima, y por Ciudadela, tomamos la vuelta déla 
Capital, reservándonos, como última impresión, la visita al 
Lazareto; porque ir á Mahón sin conocer el Lazareto, es como 
ir á Toledo sin ver la Catedral ó á Granada sin saludar la Al~ 
bambra. 

Es posible, nada más que posible, que, desde aquella fe 
cha, se hayan hecho algunas mejoras en el lazareto de Ma- 
hón. Pintémosle tal y como le vi entonces. Era — y ya me 
parece bastante recomendación, — un buen Establecimiento. 
Empezáronlo á construir á fines de 1793, y en Setiembre de 
1807 quedaron concluidos los tres departamentos de patente 
sospechosa, sucia y apestada. Costó la obra, reales vellón 
5.632.746, con dos maravedises, escrupulillo de Pequeño Capitán, 
que honra al amigo D. Andrés de Ibáñez, liquidador de la 
suma. Conté en el lazareto de Mahón 97 cuerpos de edificio, 
7 grandes almacenes de ventilación, 2 enfermerías ordinarias, 
3 para apestados, 5 aposentos para sahumerios y 45 cocinas. 
Mostraban como curiosidad lo que hoy no lo sería: el gran 
panóptico del centro con verja alrededor, y una capilla para 
que á un tiempo pudiesen oír misa los forzados de aquel pre- 
sidio. 

No refresquemos llagas hablando mucho de lazaretos, ni 
de otras parecidas cosas, objeto hace poco de tanta porfía. 
Estamos en 87, y era ayer, en 84, cuando nos bataneaban de 
firme con la dichosa cuestión de los contagios. Líbreme Dios 
de poner la mano en asunto de suyo tan quebradizo. En la 
época de mi visita á Mahón soplaban vientos anti-contagionis- 
tas: llamábanse bárbaros los tiempos en que Venecia fundaba 
su Hospital de Santa María de Nazaret, y en que Génova y 
Marsella trataban á sus apestados como leprosos. Inglaterra 



266 

fijaba entonces en catorce días la duración de las mayor 
cuarentenas, contándola travesía; Trieste inventaba el spogl : 
con un simple baño y cambio de vestidos; y en todas part 
se hablaba de períodos de observación insignificantes que de 
pués se elevaron á leyes internacionales; quince días, di 
días, nueve días, cinco días, los plazos propuestos por Lé 
y Aubert-Roche. Hoy, el cólera ha echado por tierra aqu 
quimérico edificio de los optimistas: la reacción contagionis 
ha entrado; los miedos oficiales quieren guardar las viñas 
¿Quién tiene razón? No lo sé y aun barrunto que nadie lo sa 
be. Cólera, fiebre amarilla: más de una vez tropezarán est 
Memorias con tan insignes viajeros. Allí citaremos desastr 
panaceas, ensayos, alcaldadas de arriba, salvajerías de abaj 
y judiadas de todos calibres. ¿Opiniones fijas, seguras, incon 
trovertibles? Probablemente ninguna. 

La historia de Mahón es interesante. No hay español q 
no la conozca. ¡Se enlaza con la pérdida de Gibraltar! Cua 
do los ingleses se apoderaron de esta plaza, cogieron tambi 
Mahón, cuya posesión les fué ratificada por el tratado 
Utrecht. Posteriormente, en 1756, rotas las hostilidades ent 
Francia é Inglaterra, Mahón fué teatro de un hecho de a' 
mas brillantísimo. Acometió el puerto el duque de Richelie 
con 17 buques de guerra, 300 de trasporte y 35.000 hombr 
obligando á los ingleses á replegarse en el castillo* de San F 
lipe, que pasaba por inespugnable. Vanamente trató de defen 
derlo el almirante Bing, y después de un heroico asalto, 1 
franceses consiguieron izar el estandarte de San Luis en 
torre de la Fortaleza. Pronto la recuperaron los ingles 
nuevamente poseedores de la Isla; y por fin Carlos III log 
reincorporarla á España en 1782, con más suerte que Gibr 
tar, apesar déla embestida que le dimos el 13 de Octubre d 
propio año. 

Los setenta de dominación británica dejaron profunda 
huella en Menorca. Inglesas son las costumbres en general, 
inglés cierto dejo en el acento, ingleses muchos tipos de mu- 
jeres. Pasmábame, en un país tan meridional, ver tal abun- 
dancia de rubias y tan sonrosadas como las más finas hijas 
del Lancashire. Pero ni hembras ni varones tienen en Ma- 



267 

hón la rigidez británica; su trato es abierto, su condición dul- 
císima. No puedo olvidar el grande honor y agasajo con que 
nos recibieron. Al dejar aquellas playas, hasta los chiquillos 
nos saludaban agitando los pañuelos y dando los tres hurrahs 
de ordenanza. 

III 

El día señalado dejamos el puerto de Mahón al oscurecer, 
con rumbo á Palma de Mallorca. Tiempo hermosísimo, tem- 
peratura excepcional, y el mar como una balsa de aceite. 
Sobre cubierta se bailó, se cantó y jugaron á prendas; ha- 
bíase reforzado la comitiva con gente de Mahón que aprove- 
chó la escala. Era ya más que mediada la noche cuando, con- 
cluido el jolgorio, los compañeros empezaron á recogerse. 
Todo el mundo durmió al aire libre; cuadro sin precio para 
un pintor de género. Corría el buque disparado como una sae- 
ta; crugían las tablas atormentadas por el choque de las aguas 
y el empuje forzado de la máquina; dos farolas de color en 
la proa y detrás el surco luminoso de la quilla; arriba una luz 
nacarada, las Osas, la vía láctea, el claveteado de estrellas; 
en el aire una nota suave, plañidera, nostálgica, la voz del 
timonel. Un pasajero dormía apoyado en uno de los palos y 
oculto entre los pliegues de la capa; otro tendido á la larga, 
cruzadas las manos detrás de las orejas, la boca abierta, la 
nariz al aire. Varios caballeretes, cuidadosamente sentados 
en una banqueta, cabeceaban sin variar de postura para no 
descomponer el bello artificio de un traje flamante de turista, 
según la tanda de entonces; plaid escocés quadrillé, botinas 
de gamuza, pantalón Joinville, ceñido de rodilla y acampana- 
do de pierna, vestón de pana rayada, guante de piel de perro 
y hongo de punta á la calabresa. Una feliz pareja acurruca- 
da en un rincón, él con la cabeza, apoyada en el castísimo 
seno, ella sosteniendo entre los párpados á medio cerrar, la 
languidez de una última mirada. Un campamento de mantas, 
sacos de viaje, sombreros y sombrereras, de manos, de pies, 



268 



de cuerpos estirados formando grupos inverosímiles; piern 
que avanzaban por entre brazos y brazos enroscados en pi 
ñas, pelos enmarañados y desgreñadas cabezas adheridas 
troncos escorzados; caras verdosas trabajadas por el mareo 
otras echando chispas por lo copioso de las libaciones; esp 
mos nerviosos, muecas cómicas ó plácidas sonrisas, quiz 
lejanas reminiscencias de un dulce pecadillo, de algún pasado 
dolor, de una ilusión perdida, de una promesa de amor ó de 
ana jugada de Bolsa; y enlazadas sobre una hamaca, tres en- 
cantadoras niñas — ¿qué digo? — tres querubines, vestiditas 
ellas de blanco, suelta la rubia cabellera y como declarando, 
en la inocencia del semblante, que aprovechaban la ocasión 
del sueño para departir con los ángeles de quienes tan corto 
espacio su feliz edad las separaba. 

Dábabamos vista á Palma á las seis de la mañana por el 
lado del O. A través de un pequeño golfo divisamos la Ciu- 
dad, como una masa confusa de blancas paredes en declive. 
Dos puntos oscuros se señalan en la base: la Catedral y el 
edificio de la Lonja. 

A las siete estábamos en tierra: á las ocho visitábamos la 
Catedral. Mucho me la habían ponderado. No la comparemos 
con la de Toledo, ni con la de Sevilla, ni con la de Burgos; pero 
es una de nuestras buenas catedrales. De estilo griego la facha- 
da principal, que representa en símbolo la Iglesia; las dos 
laterales son de estilo ogival, y una de ellas figura la Gloria. 
Todo el interior es gótico, con tres naves separadas por es- 
beltas columnas. Ricos vidrios de colores en los ventanones 
y más rico el del ábside, que tiene forma circular. Hartáronse 
los escultores de decorar ei coro con una profusión de talla 
que exigiría meses de estudio. Pido algunos minutos para re- 
crearme en aquellos artísticos alardes; pero nuestro director 
de marcha no me los concede, dando por razón que aquello 
no vale la pena de retardar media hora el almuerzo. — «No son 
más que trabajos de carpintero» — dice mi eminente arqueó- 
logo. 

Pobrísimo el altar mayor, y no me extrañaba, si es cierto que 
un mismo arquitecto construyó la catedral de Palma y la de 
Barcelona. Al pie del altar descansan, en un suntuoso pan- 



269 

teón, los restos de D. Jaime II, de Mallorca, hijo del Con- 
quistador. Nos dejan ver el interior del sepulcro: la momia del 
Rey está muy bien conservada y su color indica haber reci- 
bido algunas capas de .betún para dar mayor consistencia á 
la arrugada piel. Mido lo largo del cuerpo: era una estatura 
colosal. Mayor gigante no le he visto más que en los fenó- 
menos que se enseñan por dinero. De un cintarazo debía al- 
corzarse aquel santo varón media docena de almogávares. 
No lejos de allí, en una capilla, ála izquierda, descansa tam- 
bién el Marqués déla Romana, bajo otro panteón moderno y 
elegante. 

. En ornamentos y alhajas era la catedral de Palma quizás 
uno de los templos mejor dotados; siendo de notar dos mag- 
níficos candelabros de plata maciza y altura de siete pies, 
imitación, decían, de los que había en el Tabernáculo. La 
labor, prolija y exquisita. 

Muy parecido el traje de coro de los canónigos al de Bar- 
celona, y en general al de toda la antigua Coronilla de Ara- 
gón. Acusan de cismático aquel traje con ribetes cardenali- 
cios, y dicen haberlo introducido el antipapa D. Pedro de 
Luna. 



IV 



Gustábame poco echarme á andar por aquel laberinto de 
la ciudad de Palma. Verdaderas calles pocas, mucho calle- 
jón: tradiciones meridionales, ó mejor dicho, árabes, esas de 
estrechar vías y levantar mucho las casas para tener más 
sombra. Hoy construímos anchos bulevares y espaciosas 
avenidas, pobladas de frondosos árboles: más higiene, más 
desahogo, mejor circulación y mayor armonía con las necesi- 
dades de la industria y del comercio. Sin embargo, un respe- 
table mallorquín de los de la antigualla, me sostenía con gran 
calor la utilidad de sus calles angostas , y hasta citaba 
como autoridad á Tácito. ¿Tácito? No es verdad; nunca de- 
fendió tonterías. Hablando de los ensanches y otras mejoras 



270 




que se hicieron en Roma después de los incendios de Nerón 
no sólo admite que contribuyeron al embellecimiento gene 
ral, sino que los declara de utilidad reconocida. Ea, ex utili 
tate accepta, decorem quoque novce urbi adtulere. Dice sí que 
con calles estrechas y edificios altos, no penetra el sol, y 
que el calor se hace sentir más sin la defensa de la sombra 
pero tiene buen cuidado de hacer constar que eran otros lo 
que lo alegaban: erant tamen qui crederent. Léase el capítu 
lo 43, libro XV de sus Anales. 

Ciertas gentes de la cuerda tirante, no contentas con po 
nernos el dogal al cuello, todavía quisieran tener las pobla 
ciones á régimen de muralla, enrejado y pasadizo, que todo 
son maneras de apretujar. Lo que yo decía á mi erudito y 
retrógrado balear, á propósito de las estrechuras ^ de Palma 
¿cree V. que la antigua Roma no tenía sus calles anchas? 
Pues había por de pronto dos magníficas: la Alta semita y 1 
Via lata, sin contar otras que indican los escritores y cuy 
descripción no ha llegado hasta nosotros. Y ¿por qué se h 
figurado V. que los Romanos no ensancharon las calles cuan 
do reconstruyeron su Ciudad después de la invasión de lo 
Galos? Pues no fué porque les faltaran deseos, sino porqu 
todo hubo que hacerlo atropelladamente, sin plan ni concier 
to, nidia distindione, nec passim erecta, como dice el propio 
Tácito; y porque la topografía del terreno, con sus colinas 
desniveles, no permitía improvisar vías rectas, largas y an 
churosas. Pero vea V. cómo todo se fué jaziendo poco á poco 
y cómo después, bajo los primeros Emperadores, vino la se- 
gunda, ó mejor dicho, la tercera reconstrucción de la Eterna 
Ciudad con sus esplendideces y magnificencias, y según indi- 
ca Tácito, siempre el mismo Tácito de V., latís viarum spa- 
tiis... ac patefactis aréis, additisque porticibus. ¿Pues no había 
de haber calles anchas en la antigüedad? «Y ¿en qué tintero, 
proseguía yo, se deja V. las grandes perspectivas de Alejan- 
dría y Antioquía, cortadas en ángulo recto con magníficas 
calles de muchas millas de largo? Déjese V., pues, amigo 
mío, de andar rebuscando citas históricas y de falsear textos 
para sostener un statu quo imposible: mírenlo, si quieren, con 
mucho espacio; pero venga la piqueta, abran esas tripas y 



271 

hagan de Palma de Mallorca una perlita del Mediterráneo.» 

Mientras así nos picábamos las crestas el rancio mallor- 
quín y yo, fijábase de trecho en trecho mi atención en algu- 
nos suntuosos palacios de fachada grande y ricamente la- 
brada, anchuroso zaguán y espaciosa escalera de mármol, 
pero todo tosco y sin el menor asomo de elegancia. Pertene- 
cían á la nobleza, clase muy pretenciosa y muy apegada á 
sus pergaminos, allí en el país de las Nou Casas. Bien distinta 
es la de los chuetas, en otros tiempos humillada, siempre te- 
nida en menos. Los hay riquísimos, dedicados al tráfico: 
muestran tener buen ingenio y viveza para todo, si bien los 
tachan de hipócritas y desconfiados, condición, á ser cierta, 
inevitable en todas las razas oprimidas, y que el antisemi- 
tismo atribuye también á los judíos, de quienes se les supone 
descendientes. Tenían en Palma su especie de Ghetto, porque 
vivían en barrio separado, principalmente en la calle de la 
Platería* {¿a chueterm). La antipatía que se les profesa es tal, 
que sería mal mirado cualquier enlace suyo con persona que 
no fuere de su casta. Hasta han dado en decir que hay en su 
fisonomía rasgos distintivos. Yo he visto y tratado á muchos 
de ellos, y no me he apercibido de semejante cosa. 



V 



Tres bonitas expediciones hicimos en Mallorca: Bellver, 
Raxa y Soller. 

Bellver, antiguo palacio de los Jaimes mallorquines: cárcel 
del ilustre Jovellanos. Era una tarde soberbia, apacible, per- 
fumada, ligeramente rozada por la brisa; y por ser la hora 
un tanto avanzada, los rayos del sol regalaban la vista y no 
la ofendían. Ibamos un compañero y yo,, en medio de una 
vegetación espléndida, siguiendo un senderillo esmaltado, 
y á trechos, tapizado de flores silvestres; y subiendo luego 
lentamente la cuesta que conduce al castillo, apercibimos en 
sitio frondoso unos peñascos, donde nos sentamos para con- 



272 




templar la magnificencia del panorama; el puerto, gallardas 
embarcaciones, cintas azuladas en el mar, la gama de tintas 
verdes en la campiña, aguja de la Catedral, y allá en el fondo 
los altos picachos de la Isla que se destacaban, bajo el límpido 
cielo, vagamente desleídos en un pálido sfumato. Todo con- 
vidaba al silencio, al recogimiento, á la meditación; y em- 
bebecidos con aquellos esplendores, los dos á la vez, por no 
sé qué secreto instinto, sin hablarnos, sin comunicarnos, nos 
acordamos de Grecia, y ya en Grecia nos sentimos traspor 
tados á Atenas, y de Atenas al Cabo Sumió, donde nos pa- 
recía oír á Platón exponiendo á sus discípulos la maravillosa 
teoría del alma, que ha condensado en el Timeo. ¿Quién hizo 
vibrar este unísono en nuestros espíritus? Seguramente e 
triste presentimiento de próximas y bien desagradables im 
presiones. Que no sentaban mal aquellas sublimidades, cuan 
do un momento después íbamos á descender al terrible re 
cuerdo de las intolerancias, de las persecuciones, de* la bar 
barie y de toda la ruindad de las pasiones humanas. Ya, á 
pocos pasos que anduvimos, y al atravesar el puente que fa 
cilita la entrada al terraplén del castillo de Bellver, nos lo 
advirtió una fúnebre lápida de mármol con la inscripción 
siguiente: 

«Aquí fué fusilado el Excmo. Sr. Teniente general D. Luis Lacy, el día 5 
de Junio de 18 17, á las cuatro y cincuenta minutos de la mañana. Víctima de 
su ardiente amor á la libertada 

Por una puertecilla de escape, pasamos á un patio circular 
rodeado de columnas de piedra que sostienen arcos ojivales; 
y en una galena superior se abren varios pabellones, uno de 
los cuales fué morada del ilustre D. Gaspar Melchor de Jove- 
llanos, cuando por uno de los mayores desaires de la fortuna, 
fué arrebatado á sus hogares en 1801, desterrado á la Car- 
tuja y luego le dieron Bellver por encierro. Allí fué donde es- 
cribió las famosas cartas A Posidonio, en las cuales revelaba lo 
inquebrantable de su espíritu: 

c ..... . la envidia 

¿Qué me puede robar ? 

¿La libertad? no, no, que no le és dado 



273 

Hasta el alma llegar, donde se anida, 
Y arrojarla no puede , 



mi alma 

Ser herida podrá, mas no doblada. 

Brame la envidia y sobre mí desplome 
Fiero el Poder las bóvedas celestes; 
Que el alto estruendo de la horrenda ruina 
Escuchará impertérrita mi alma.> 

Bien valía la pena de haber conservado la prisión en su 
antiguo estado, como tributo de admiración al gran Jovella- 
nos y perpetuo recuerdo de regias ingratitudes; pero se pre- 
firió trastornarlo todo y convertirlo en lujosas habitaciones 
para los Capitanes generales. Cuando yo visité el Castillo, ni 
siquiera existía la sencilla lápida que después hizo colocar en 
aquel sitio la Sociedad Económica Mallorquína de Amigos 
del País, según me han referido. 

Lo más horrible del castillo de Bellver es la Hoya, descri- 
ta en estos términos por el mismo Jovellanos: 

< Ocupa, en ancho, el espacio interior de la Torre, y, en alto, la parte más 
•honda de la cava, que está rodeada por el talud, sin otra luz que la que puede 
>darle una estrechísima saetera, al través de aquellos hondos, dobles y espesí- 
simos muros. Tampoco tiene otra entrada que una tronera redonda, abierta 
>en lo alto de la bóveda, y cubierta de una gruesa tapadera que, según indicios, 
>era también de fierro, con sus barras y candados. Por esta negra boca, debía 
»entrar, ó más bien caer, desde la cámara superior, en tan horrenda mazmo- 
»rra, el infeliz destinado á respirar* su fétido ambiente; si ya no es que lo des- 
colgaban, pendiente de las mismas cadenas que empezaban á oprimir sus 
>miembros.> 

Las Hoyas, los in pace, plomos y pozos de Venecia, cala- 
bozos de Spielberg, minas de Siberia: ramillete encantador 
de dulzuras y halagos inventados por la tiranía. Bien hace 
D. Gaspar en añadir, á renglón seguido: «que si no hay cri- 
smen á que no pueda llegar la perversidad de algunos hom- 
»bres, es admirable que sean muchos más los que han aspi- 
rado á la excelencia en el arte horrible de atormentar á sus 
«semejantes.» * 

Salí de la Hoya con el corazón más chico que un garban- 

18 



274 

zo; como me había de suceder, muchos años después, al vi- 
sitar los pozos de Venecia. Necesitábamos respirar nuevas 
abundantes dosis de aire libre; y decidimos irlo á buscar, 
día siguiente, en la deliciosa quinta de Raxa, propiedad 
los Condes de Montenegro y de Montoro. 



VI 



Era el titular de entonces un respetable anciano que se hí 
cía recomendar por la gallardía de su persona y la majestad 
sus modales. Además de darnos una recomendación de su pi 
ño y letra para el mayordomo de Raxa, tuvo la amabilidad 
mostrarnos todas las preciosidades de su palacio de Palma. 
Había allí, entre otras cien maravillas, una soberbia colecciói 
de cuadros de escuelas italianas, con otra riquísima de tapi- 
ces flamencos y una larga galería de retratos de familia: un 
conde de Montoro, Capitán general de las Baleares, un Gran 
Maestre de la Orden de Malta, varios Obispos, y en sitio de 
preferencia, el Cardenal Despuig y Dameto, honra de la Casa» 
gran protector de las artes y célebre en los fastos de Mallorca 
por sus generosidades de magnate. 

Entre unas cosas y otras no pudimos salir para Raxa hasta 
las tres de la tarde. Dista la quinta unas dos leguas de Palma 
de Mallorca. Bellísima situación en el fondo de unos olivares, 
teniendo por vecindad muchos bosques de olorosos naranjos 
que, con los tantos y tantos que pueblan la Isla, nos traían á 
cada paso otras reminiscencias de la pagana Grecia. Hicimos 
el camino embanastados en un mal calesín con un caballo 
viejo y cojitranco que no podía con su osamenta; el tiempo 
se anunciaba lluvioso con fuerte viento Sur y unas boca- 
nadas de polvo que nos ahogaban: gruesos nubarrones y unas 
gotas que empezaron á caer como puños. Al fin no fué más 
que un turbión de verano: pasóse el nublado, y lo fuimos 
trampeando con nuestros impermeables. 

¡Cosa más particular! De tantos bosques como he atrave- 



275 

ido, ninguno, á excepción de la Selva Negra, me ha produ- 
do una impresión tan rara como la que me produjo el que se 
ítendía por aquel camino de Raxa. Y la razón pienso fué que, 
2 todos los árboles, son los olivos los que tienen la propiedad 
í afectar las formas más fantásticas, grotescas y estrafalarias 
la de reproducir los más caprichosos accidentes de la cari- 
dura. Chiquititos, achaparrados, rechupados como las gentes 
itre quienes se crian, parece á veces que os tienden unos 
:azos descarnados en ademán de daros un abrazo: otras os ' 
iuestran un puño de hierro como para aplastaros la mollera: 
i os remedan una cara mefistofélica aprisionada en un marco 
i nudosas ramas; y aun bello perfil griego coronado de me- 
adas hojas. Ora semejan un caduco anciano de larga barba 
con la frente inclinada al suelo, ora un corcel fogoso en 
bertad lanzado á toda carrera. Por poco que logréis abs- 
aeros del mundo real, identificándoos con aquellas mutacio- 
2S rapidísimas, se echará á volar vuestra imaginación y 
viréis en plena mitología ó en plenas leyendas alemanas, 
eréis desprenderse de algún tronco una graciosa wilis que 
lá trazar, con un pie menudico, caprichosas curvas sobre ej 
ísped: veréis danzas infernales, aquelarres, fúnebres convo- 
ís, druidas invocando á los dioses al tañido de los sagrados 
onces, espadas centelleantes, procesiones de enanos, cace- 
as absurdas arrastrando, en una inmensa polvareda de oro, 
>cas, blancos penachos, dardos y venablos, trompas, man- 
ís flotantes, azores, hacaneas, pajes, amazonas, ciervos ja- 
íantes perseguidos por jaurías imposibles; ó acaso algún 
ablillo socarrón que viene á posarse sobre vuestros hombros, 
tocándoos maliciosamente en la nariz con un dedo, os pre- 
anta como los lutines de Heine: «¿nos mudamos ó no nos 
udamos?» 

Seguramente á los compañeros les trotaban también por 
cabeza estas ó parecidas especies, porque, durante el tra- 
cto, nadie se atrevió á decir esta boca es mía. Soltáronse 
;>r fin las lenguas al entrar en Raxa. 
No haré la descripción de la quinta; pues para ello necesita- 
i ser historiador del Arte, anticuario, numismático. De cuan- 
1 se relaciona con estos y otros géneros del saber, fué atesó- 



276 



rando allí ejemplares el Cardenal Despuig, sin perjuicio de 
escavaciones que mandó hacer, por su cuenta, en el territo 
de Aricia, para recoger los restos de la Diana sangrienta, 
pidas rarísimas con curiosas inscripciones, estatuas grie 
ó restos de ellas, un Sileno, un Júpiter olímpico, bustos 
manos, un buen Trajano, un excelente Marco Aurelio. I 
fusión de objetos menudos. En cerámica, ánforas, lagen 
patinas, cimbios, pelluvios, ampullas olearias, chytras, v 
etruscos, lucernas biclinas, lucernas pensilias y urnas i 
rarias. En mobiliario, arcas, biclinios, triclinios, clépsidr 
escabeles y candelabros. En adornos ó preseas, anillos 1 
cilios y bigemos, armillas, cálceos, caligas, coronas triui 
es, ovales y radiatce. En armas ofensivas y defensivas, 
leas, lóricas squamatce y plumato?, sicas, furcas y furcilla 
peltas y hastas ansatas. En instrumentos músicos, buccina 
cítaras, címbalos y tímpanos. En yeso, en barro ó en bronc 
multitud de cariátides, priapillos, sátiros y otras figurill 
representando los lares y penates que ostentaban los Román 
en el tablinum situado detrás del atrium. En fin, un muse 
en toda regla, de la antigüedad clásica; museo digno de 1 
Grande, como no parecería mal que lo tuvieran muchos señ 
res de la clase del Conde, siquiera al lado de sus espléndid 
caballerizas, ya que parezca menos decoroso llamarlas cuai 

Siempre, y más desde que vi aquellos tesoros de 
me han inspirado profundo respeto y veneración los arq 
logos. Poner en ridículo al anticuario, lo tengo por solem 
bobería. ¿Qué os parece mejor: la generación que seocuB 
enterrar los monumentos de sus antepasados, ó aquella 
se dedica á extraerlos y restaurarlos para conocerlos b: 
inspirarse en sus grandezas? Estoy por decir que esta se 
diferencia marca la gran línea divisoria entre pueblos y pi 
blos, con sus respectivas costumbres, su política y creencí 
al través de las edades. Unos que destruyen, esconden y 
pultan; otros, que cavan, extraen y reconstruyen. Conquis 
dores del Asia, conquistadores en Europa, conquistadores 
la América que avanzan y avanzan dejando ruinas por hi 
lias; musulmanes bárbaros que queman bibliotecas; cristiar 5 
primitivos que abaten templos paganos, mutilan estatua 



277 

)rran las obras de Cicerón para escribir encima un himno 

acarrónico, en palimsesto; mañana, . quizás, el joven partido 
orero talando ó incendiando fábricas, ferrocarriles, edificios 
íblicos, viviendas de ricos y burgueses y creyendo hacer obra 

eritoria. De todos estos se compone el grupo de los devasta- 
res. Mas, véase cómo ya, desde remotos tiempos, empiezan 
>s instintos arqueológicos con el trabajo de reconstrucción, 
orna, que se lleva como trofeos, á su casa, objetos del arte 
riego y egipcio; Pausanias, que describe minuciosamente 
is monumentos de Grecia; monjes de la Edad Media que 
uardan y consultan manuscritos antiguos; y con el Renaci- 
tiento y con Lorenzo el Magnifico, las primeras colecciones 
é medallas y piedras grabadas, los primeros estudios de la 
jtatuaria clásica y de la arquitectura greco romana. 

¡Qué distancia, sin embargo, decía yo contemplando lo 
e Raxa, qué distancia de aquellos tímidos ensayos á esta 
Dlección particular, pequeña pero tan perfectamente ordena- 
ai ¡Y cuánta y cuantísima mayor distancia hasta llegar á 
)s grandes museos de Europa, á los de Nápoles, Florencia, 
'arís, al British Museum! Porque la arqueología, como den- 
la, es de ayer, casi de hoy; la han creado Herculano y Pom- 
eya, las escavaciones asirías, egipcias, griegas y romanas, 
rrcevius y Gronovius, Muratori y Lord Elgin, Kircher y La- 
ard, los Champollión y Mariette. 

Todo el camino de regreso.á Palma fué un continuo tra- 
ín con mis impresiones de Raxa. Entróme de repente un 
nsia desmedida de cultivar el estudio de las antigüedades, y 
ejando vagar la imaginación, lo enlazaba todo con mi ma- 
era de apreciar la historia, según dejo consignado en otro 
apítulo. Los historiadores mienten, repetía yo, los historia- 
ores mienten; no pueden menos de mentir. ¿Cómo compren- 
erán los hombres del porvenir la República de los Estados 
Jnidos, descrita por un monárquico? ¿la Monarquía inglesa 
e los Hannover ó la belga de los Coburgo, descrita por un 
epublicano? ¿los trabajos para la unidad de Italia explicados 
¡or un católico? ¿la situación del Pontificado moderno, den 
ida por un protestante? Pues lo mismo debe sucedemos á 
osotros con los hechos antiguos. Cada historiador nos los 



278 

habrá transcrito según sus particulares afecciones ó sus pa- 
siones de partido. Los historiadores mienten, por mucho que 
no quieran mentir. On retrouve Vhomme partout, decía Voltai- 
re. Sólo los monumentos cantan la verdad; la lápida habla, 
la estatua revela, la medalla narra, la pintura describe, la 
arquitectónica simboliza. 

Hasta llegué á formarme mi plan de educación arqueoló- 
gica para cuando estuviésemos de vuelta en Barcelona. Des- 
de la arquitectura hasta la heráldica, lo iría recorriendo todo 
paso á paso, con relación á los pueblos que han dejado de 
existir; estatuaria, el bajo relieve, camafeos, pinturas sobre 
mármol, marfil, madera, lienzo y al fresco; vasos y mosaicos; 
instrumentos religiosos, militares y civiles; numismática, 
iconografía, indumentaria, paleografía y diplomática. ¡Cándi- 
das y engañosas ilusiones! Justamente al llegar á Barcelona, 
iba á empezar para mí una serie de desventuras que habían 
de dar á mi vida y á mi espíritu direcciones bien distintas. 
Mas antes de dar cuenta de ellas, acabemos de reseñar nuestra 
excursión por Mallorca. 



SECCIÓN DÉCIMA 

Soller. — Crónica con faldas.— Dicen y digo. — El rebocillo. — Magistratura por 
los suelos. — D. Gil Muñoz. — Entre la estatua y la hoguera. — La visión de 
Raimundo Lulio. — Soy del siglo XIII. — En Guillem de Sant Romá.— 
Donde se decidió la conquista de Mallorca. — Corts de Santa Agueda. — A 
la vela con el Rey Jaume. — Batalla de Portupí.— De profundis. — Ricos 
ornes, mesnaderos, ballesteros y almogávares. — Un tren de sitio. — 400 
cabezas por los aires. — 60.000 libras por un redaño. — El asalto. — S. Jordi¡ 
firam, firam! — ¡Mallorca por D. Jaime! — De la Almudaina á San Francis- 
co. — ¡Picaro sacristán! — Me despido de las Baleares. 



Siempre que vayan á Mallorca, les recomendarán, y deben 
agradecerlo, una expedición al puerto de Soller. Pareciónos 
bien el consejo; y, cogiendo el hatillo, emprendimos aquel 



279 

camino; mas no fué ya calesa ni calesín lo que nos condujo 
por sendas y vericuetos, sino caballería menor y muy menor, 
y de tan floja condición los animalitos, que, queriendo hacer 
entrar el mío en razón, tales tropezones comenzó á dar, que 
me encontré impensadamente apeado por las orejas. Como, por 
ser tiempo de grandes calores, habíamos salido á la tardeci- 
ta, cogiónos la negra noche en lo más áspero de la montaña; 
de suerte, que por no escurrirnos en algún precipicio, toma- 
mos el prudentísimo acuerdo de bajarnos de los rucios, esta 
vez por nuestra propia voluntad, prosiguiendo la marcha 
en el caballito del seráfico Padre. Fiados en la solidez de 
las piernas y con la imprevisión de los pocos años, nos 
íbamos aventurando por los breñales, á caza de vereditas; 
más alegres que unas Pascuas, asidos de las manos y ento- 
nando antiguos cantares catalanes que nos habían enseñado, 
en nuestra tierra, unos montañeses. Seguían los mozos por 
la senda principal con las caballerías. 

Ya llegados á lo más levantado del monte, entre unas 
peñas, que por lo encumbradas y soberbias, parecía que se 
sustentaban y tenían como en el aire, comenzó el descenso 
por caminos de grande aspereza, para venir á dar en la her- 
mosa llanura donde está situado Soller. Aquí crecieron las 
dificultades; porque el ramaje era tan espeso, que no nos per- 
mitía tender la vista más allá del camino, y tan profunda la 
oscuridad, que sólo percibíamos el fulgor de las estrellas, y 
al través de los matorrales una que otra lejana luz perdida 
en algún caserío extraviado; y del riesgo que corríamos nos 
advertían los peñascos que por los costados se desgajaban 
y oíamos caer rodando al fondo del abismo. 
, Ya serían como las once de la noche cuando, incorporados 
al resto de la comitiva, con guías y jumentillos, entramos en 
la población, que estaba como boca de lobo, y sin rastro ni 
señal de alma viviente, como no fueran los socios del Casino 
que jugaban allí hasta las doce; nombre ese tal de casino, y 
hábito de jugar, que me maravillaron sobremanera, porque 
de tan apartado y pacífico lugar, eran de esperar costumbres 
más patriarcales. No he menester decir el trabajo que nos 
costó hacernos abrir la posada, ni los ardides á que tuvimos 



2 8o 

que apelar, ni lo que refunfuñó la dueña de la casa. Diéron- 
nos por fin albergue, y dormimos de un tirón no sé cuántas, 
horas; que bien lo necesitaban nuestros míseros huesos des- 
pués de un tan cumplido zarandeo. 

Con el fresco de la mañana volvieron los bríos, el buen 
humor y el afán de curiosear, que es el perpetuo aguijón del 
viajero. Miré á mi alrededor y encontréme, no en un parador 
grande, como me había parecido la víspera, sino en un hu- 
milde mesón con trazas de ventorrillo, y en mi cuarto, un 
más que modesto ajuar compuesto de catre, dos sillas de 
enea, jofaina de grosera loza rameada de azul y amarillo, 
vetusto aguamanil de hierro con su toalla de granillo, y en 
las paredes un viejo reloj de pesas y dos estampas francesas 
que representaban le départ pour la chasse y le retour de la chasse y 
cuyas leyendas tenían puesta al lado su traducción en este 
castizo castellano: el partir por la cacería y el retomar de la 
cacería. Aseo mucho, bonitas vistas al campo, atenta y esme- 
rada la gente de servicio, y como pies y manos del ama y 
joya y alegría de la casa, la traviesa Marieta, moza bizarra, 
de linda cara y mejor talle, ojos en ristre y arriesgados, 
que contestaba á las preguntas con una sonrisa picaresca 
y singular donaire. Arqueaba las cejas como dándose tiem- 
po para aguzar el dardo que nos preparaba; y aunque ás- 
pero el acento mallorquín en boca de mujeres, sentábale 
á ella bien, sirviéndola de pretexto la conversación para hacer 
gala de una soberbia dentadura. Mirábanos* durante el al- 
muerzo, apoyada en la pared, con cierto airecillo entre soca- 
rrón y desconfiado: balanceaba ligeramente el talle, y con la 
punta del pie parecía trazar signos cabalísticos sobre el pavi- 
mento. Púsonos al tanto del pueblo, de sus particularidades, 
virtudes- y flacos, sociedad alta y baja. Historia, geografía,, 
leyendas, todo lo pasó en revista; de forma y manera que, 
con solo oírla, nos podíamos ahorrar las impresiones al natu- 
ral; y era cosa de dar allí por terminada nuestra misión sobre 
aquella tierra. 

Naranjales y más naranjales, todo el camino desde, el pue- 
blo á la lengua del agua. ¡Lástima de empalizadas, cercas y . 
paredones! Sin aquella embarazosa cintura, hubiéramos re- 



28l 



creado la vista; á bien que nos quedaba el recurso del olfato 
delicadamente acariciado con los perfumes del azahar. 

Monísimo el puerto de Soller. Tendrá como una milla de 
longitud y poco más de un cuarto en lo ancho. A la derecha 
un faro, á la izquierda una cruz de madera, recuerdo de algún 
naufragio. Pequeñísimo andén con seis ó siete cabañas de 
pescadores: dos botes amarrados á gruesas argollas, otros en 
reparación, tumbados sobre la piedra: remos, redes, cuerdas 
y otros aparejos esparcidos por el suelo: la mar azulada, un 
cielo claro y una veta blanquecina á-la entrada de la cala. 
Un verdadero estudio de marina. 

¿Conocéis la leyenda de Soller? Raimundo de Peñafort, no 
encontrando barco para hacer la travesía á Barcelona, se 
quita el manto de religioso, lo ata por uno de los cabos á su 
cayado, sírvese de él como de gobernalle, se arroja al agua, 
y empujado por el viento, llega felizmente á su destino. La 
escena está fielmente representada en un retablo de la capilla, 
situada á poca distancia del embarcadero. Créenlo tan á pte 
juntillas las gentes del país, como creen los suizos en la man- 
zana de Guillermo Tell, á pesar de habérsele anticipado la 
crónica de Saxo Gramático. No os canséis en querer suprimir 
el culto de lo maravilloso: tras él correrán los pueblos, y 
tras él corremos á veces, sin sentirlo, los que nos precia- 
mos de más despreocupados. Para lo mágico y lo extra natu- 
ral, no se conocen madureces: vivimos en una infancia eter- 
na. ¿Por qué? Secreto magno. Un libro tiene mi paisano 
Pompeyo Gener, que habla muoho de estas cosas: leedlo con 
atención si sois aficionados á la demonografía. Al ver la prisa 
que se está dando la crítica histórica para demoler las tradi- 
ciones fantásticas, decíame en cierta ocasión, muy contrista- 
do, un legitimista francés: — «¿Qué conseguiréis cuando ha- 
yáis destruido los grandes prestigios seculares envueltos en 
la leyenda? — ¿Qué conseguiremos? contestaba yo: restable- 
cer el imperio de la verdad, y siempre es algo.» 

Acá, para inter nos, eso del imperio de la verdad lo consi- 
dero dificilillo. La verdad, ya que no puede faltar en el mun- 
do, de puro flaca está en los huesos. No habéis acabado de 
restablecerla, cuando vuelve la fantasía á hacer de las suyas. 



282 



Todavía os añadirán los prácticos que la fantasía es muy 
sana y provechosa, como instrumento de gobierno, porque 
dicen que, con ayuda de lo fantástico y de lo maravilloso, los 
pueblos adquieren la conciencia de su fuerza y se sienten dis- 
puestos á acometer mayores empresas. Words y wordsandwords. 
¿Qué les quedaría á los políticos sublimes si les quitaseis la 
palabrería? 

Hubo en aquella mi visita á la ermita de Peñafort algún 
incidente curioso. El personaje de más cuenta era el sacris- 
tán; y él fué quien nos 'enseñó el retablo. Hízonos un minu- 
nucioso relato de la piadosa leyenda; pero, en vez de hablar 
el lenguaje del que tiene una fe ciega en la autenticidad de la 
cosa, andaba haciendo protestas y escarceos, declinando res- 
ponsabilidades y acompañaba cada detalle arriesgado con es- 
tas significativas palabras: dicen y digo... Diónos esto tanta 
risa, que el hombre se quedó corrido. ¿Cómo explicarse aque- 
llos ribetillos de volterianismo en persona tan allegada á la 
Iglesia, en lugar tan apartado de las corrientes impías y nada 
menos que hace treinta y siete años, cuando el tipo del esprit 
fort era ave rarísima en España? ¿Cómo explicarlo? Averigüe- 
lo Vargas; yo me limito á mi papel de cronista; añadiendo 
que esa raza de sacristanes debe ser el mismísimo diablo, 
porque en cuantos santuarios de igual ó parecido género he 
visitado, siempre he tenido ocasión de sorprender, en curso 
de relación, sonrisitas, reticencias y el picaro ademán de 
rascarse detrás de la oreja. 

Sólo tres cosas podíamos hacer, y las tres hicimos, en aquel 
rincón de paraíso: bañarnos, pescar y pasear en bote. De la 
pesca resultó un mero colosal, que, para comerlo casi colean- 
do, tuvimos la crueldad de mantenerlo un par de horas en el 
agua, atado á la embarcación y con el anzuelo clavado en 
las tripas. Luego, al poner pie en tierra, nos lo aderezaron á 
la marinera, dándole por compañía una rica sobrasada y un 
sólido camayot, con sus traguitos refrescantes. Hecho lo cual, 
nos pusimos en marcha para la población, donde permaneci- 
mos hasta las tres de la madrugada, en cuya temprana hora 
tomamos la vuelta de la capital de las Baleares. 



28 3 



II 



Cammin facendo me enteraba de los trajes y costumbres de 
los campesinos. Son toques útilísimos, con los cuales, ya que 
de vestir se trata, le tomáis á un pueblo la medida de cuer- 
po entero. El traje mallorquín iba decayendo; de usarlo anti- 
guamente todas las clases populares, así en las ciudades como 
en el campo, ya quedaba reducido casi á las aldeas. Semi- 
moruno el de los hombres, con sayo corto ó chaqueta de 
caprichosa y menuda botonadura; guardapechos ó chale- 
co, por lo común abrochado, y unos anchísimos calzones 
atados por debajo la rodilla, viniendo á caer á mitad de la 
pierna, y metidos los pies en gruesos zapatos de badana. 
Sombrero de fieltro negro ó de paja, bajo de copa y anchas 
alas; y en ocasiones lo sustituyen con un bonetillo negro, de 
punto. 

Usan las mujeres el rebocillo que las cubre la cabeza, y al 
caer con mucha gentileza sobre el pecho, deja entrever á la 
espalda una larga trenza de azabache. Gastan corpiño corto 
muy ajustado y ancho delantal. Para las faenas del campo, 
suelen añadir un gran sombrero, adornado de cintas, susti- 
tuido á veces con un simple pañuelo atado debajo la barba. 
Si están de luto, agregan al tocado un velito negro; si pre- 
sumen de caudal, lucen rebocillos profusamente bordados, 
botones de oro ó de plata en la manga hasta el codo, y de 
remate unos vuelillos de encaje. 

¡Feliz Mallorca si ha logrado conservar algunas de las cos- 
tumbres que entonces la recomendaban! Decíanme unos ma- 
gistrados de la Audiencia que, á veces en la Sala de lo crimi- 
nal, estaban semanas enteras mano sobre mano; y túvelo por 
cierto, mayormente tratándose de delitos contra la propiedad; 
porque no he visto respeto igual al que tributaban á lo ajeno 
aquellos honrados isleños. En sitios extraviados y en lo más 
fragoso del monte, tropezabais con caballerías sueltas que 



284 

estaban paciendo tranquilamente: nadie en apariencia cuidaba 
de ellas, ni de día de noche, sin el menor recelo de que les 
echara la zarpa algún caballero de la arrebatiña. Cuando se 
ausentaban los dueños de una casa de labor, cerraban la 
puerta, dejando la llave en la cerradura ó tirada al suelo: si 
el que acertaba á pasar por aquellas cercanías, tenía sed ó 
quería encender un cigarro, tomaba la llave, abría la puerta, 
buscaba fósforos ó sacaba agua del pozo, y luego volvía á 
cerrar, dejándolo todo como lo había encontrado.' Vimos una 
vez, en sitio muy solitario, un grueso bastón de nudos apo- 
yado en el tronco de una higuera: pareciéndonos que, por estar 
allí como abandonado, podría sernos útil para nuestras ex- 
pediciones á pie, pedimos que nos lo trajeran. «No haré tal 
— dijo el guía; — este bastón tiene su dueño, y de seguro ven- 
drá á recogerlo cuando le haga falta.» 

Con tales comprobantes, no me pareció exagerado el dicho 
de los magistrados; y confirméme en él, cuando ya de regreso 
á Palma, visité el edificio de la Audiencia territorial, donde 
eché de menos aquel bullicio, aquella animación y el fuerte 
olor á carne de curia que anuncia, en un palacio de Justicia, 
la plétora de los negocios. Decían que no por esto escaseaban 
los asuntos civiles: creílo, sabiendo el juego que dan las 
cuestiones de propiedad y de contratación en países de gente 
acomodada, y más con el teje maneje de la desvinculación, 
entonces todavía muy embrollada. Cómo edificio, la Audien- 
cia era una cosa deplorable. Un mismo local servía para ofi- 
cinas militares y para administración de justicia: aquéllas, 
por supuesto, en sitio de preferencia: chafarotes arriba, y la 
magistratura por los suelos. Salas pintadas como un café y los 
señores del margen sin tarima; así, de confianza y casi mano 
á mano con el público. A la española: millones para sólidos 
cuarteles, y cuarenta años para hacer una Cárcel-Modelo del 
sistema tente mientras cobro. 

Mejor alojado que la Justicia estaba el Comercio, en los 
restos de una antigua Lonja, con jardín y espaciosa sala del 
más puro gótico, entremezclado con columnas salomónicas. 
También el Obispo tenía buena instalación en un palacio de 
regular aspecto, mejor que el de Barcelona. En una galería 



285 



estaba el Episcopologio, con todos ó la mayor parte de los que 
fueron prelados de la Diócesis. Uno de ellos era el canónigo 
D. Gil Muñoz, designado por D. Pedro de Luna para suce- 
derle en el Solio pontificio, y nombrado después Obispo de 
Mallorca por la docilidad con que se atemperó á los mandatos 
del Concilio, deponiendo las insignias y autoridad de Pastor 
Supremo de la Iglesia. Represéntanle en traje cardenalicio, 
puesta la mano derecha sobre un pergamino, en el cual se 
leen éstas palabras: Jus ad Sedem pontificiam renuntiavi. Lo 
de la renuncia lo conocemos: tocante al jus, allá se las enten- 
dería el bueno de D. Gil con los Padres de Constanza y Ba- 
silea, que pusieron fin al cisma de Occidente. 

Otra galería vi, sólo de mallorquines, en las Casas Consis- 
toriales. Perfilillo interesante: aunque vivíamos en pleno mo- 
derantismo, no habían quitado el retrato del general Espar- 
tero, como hijo adoptivo de la Isla. Al lado suyo campeaba, 
con fiero ademán, el ilustre Jefe de los comuneros mallorqui- 
nes, Juan Odón Colom. Mas todo lo oscurecía otro cuadro; 
y todo lo oscurecía, porque representaba un tan insigne per- 
sonaje, que dolía en verdad encontrarle prosaicamente ali- 
neado con las comunes celebridades. Trasladémonos, para 
venerar su memoria, á la grandiosa iglesia de San Francisco, 
en Palma: allí está su tumba; allí sus cenizas. Prosternémo- 
nos y evoquemos gloriosos recuerdos, porque aquel hombre 
no es precisamente mallorquín, ni precisamente español, 
sino cosmopolita; porque aquella no es figura de las que se 
encierran en el marco de una provincia, de un reino, ó de un 
período, sino de aquellas otras que se sientan en pleno con- 
cierto de la humanidad y son cabeza de desfile en la ordena- 
da marcha de los tiempos. ¿A quién me refiero? A Raimundo 
Lulio. 

Lulio es del siglo XIII; mejor dicho, es el siglo XIII. Na- 
die personifica mejor que él aquella antesala del Renacimien- 
to, aquel período de auroras y ocasos, de dudas y creencias, 
de caridad é intolerancia, de gratas esperanzas y supremas 
inquietudes. Loco de amoríos en sus mocedades, como Abe- 
lardo y Jaime I de Aragón; místico é iluminado como Fran- 
cisco de Asís; gimnasta del espíritu como Tomás de Aquino; 



286 



corredor del Asia como Marco Polo; agitador de ideas y am- 
biciones como Federico II de Hohenstaufen; polígloto, enci- 
clopédico; predicador de Cruzadas como Foulques deNeuilly 
y San Bernardo: Lulio esgrime su pluma contra la idea mu 
sulmana encarnada en Averroes, como los Reyes cristianos 
esgrimían sus armas contra la masa en los campos de Siria 
y en tierras ibéricas y berberiscas: Lulio va á morir como 
San Luis en las africanas playas, héroes fallidos los dos, el 
atleta de la fe y el atleta de la ciencia. Porque, seguramente, 
no encontraréis mayor atleta que Lulio en su Ars magna, aque- 
lla mecánica del pensamiento, encerrada por el insigne filósofo 
en leyes estrechas é inflexibles, como presintiendo que la 
razón estaba muy próxima á volar con los precursores de 
la Reforma. Fecundidad inmensa, inverosímil, absurda la 
suya: apenas contenida en los cuatro mil libros que se le atri- 
buyen. ¿Merecía una hoguera? ¿merecía una estatua? Su siglo 
no supo decirlo: ni siquiera se atrevió á resolver si los cuatro 
círculos de Lulio encerraban una revolución científica ó eran 
lastimoso indicio de una imaginación extraviada. ¿Dónde 
halláis un criterio fijo para juzgarle? Si Cardano, Cornelio 
Agrippa y Bacon de Ve»ulamio le censuran y le maltratan, 
en cambio, Policiano, Giordano Bruno y el supraeminente 
Leibnitz le suben á^las nubes. Forma de aquilatar un carác* 
ter como aquél, en lucha con todas las opiniones y en lucha 
consigo mismo. Seis siglos nos separan de él. ¿Qué nos im- 
porta saber si lo suyo fué creación ó aborto? Su talla es tan 
prodigiosa, que no necesitamos cristales de aumento para 
agrandarla: como operario de la idea, un portento; como agi- 
tador, un coloso. . 



III 



Ocurrióseme entonces la más peregrina idea que pueda ca- 
ber en la imaginación de un muchacho. Noticioso de que un 
erudito mallorquín poseía las Lulli Opera omnia, diez volúme- 



287 

nes, edición de Maguncia — Buchonus y Saltzinger, 172 1 — 
llevóme el deseo de pasarme algunas horas hojeando y curio- 
seando aquella joya tipográfica. Hasta aquí la cosa no traía 
malicia; mas quise añadir al lance un poco de colorido, pro- 
curándome una escena á lo Claudio Frollo, y fué hacerme 
llevar la obra entera á la misma iglesia de San Francisco, de 
Palma, junto al sepulcro del Doctor iluminado, y consultarla 
allí, de noche, con una mezquina luz, y como abandonado 
en las soledades del templo. Vino en ello el dueño de los li- 
bros, y como lo había imaginado, lo puse por obra. Una tar- 
de, ya entre dos luces, llevaron á la Iglesia los diez tomos, 
pusieron atril, un sillón de viejo cuero de Córdoba clave- 
teado de bronce, dos cancfelabros de madera con hachones y, 
al alcance de mi mano, una linternica sorda para cuando, 
cansado de la broma, quisiese salirme por la sacristía. Con- 
seguí dar al cuadro toda la magia apetecible; y á medida 
que se iban espesando las tinieblas, la luz vacilante de los 
hachones describía círculos siniestros sobre los negros fondos 
y hacía danzar en las paredes la sombra agrandada de mi 
cabeza; las letras del tomo, abierto en el atril, iban tomando 
un tinte rojizo y, hasta el silencio que peinaba, parecía anun- 
ciar una solemne evocación de espíritus. Poseído de una es- 
pecie de fiebre, tomaba yo y dejaba tomos del Lulio, reco- 
rriendo á la ventura páginas y más páginas, pasando del Ars 
magna al Ars generalis, del Ars generalis al Ars brevis, del Ars 
brevis al Ars inventiva, del Ars inventiva al Ars demonstrativa. 
Tropecé por fin con lo que más me intrigaba, con el Ars cab- 
balística y, al llegar á este punto, y cuando trataba de infor- 
marme de si Lulio había conseguido penetrar en los miste- 
rios de la Kábala hebraica, sentí de repente una gran pesa- 
dez en la cabeza y un roce casi imperceptible, como de brisa, 
en la frente; mis párpados se cerraron, parecióme que cuanto 
iba teniendo menos de cuerpo tenía más de espíritu; la llama 
de los hachones se estiraba, estiraba hasta tocar en lo más 
alto de la bóveda, y de allí descendía lenta y majestuosamen- 
te una sombra envuelta en negro ropaje, primero larguísimo, 
después ancho y flotante cuando la figura se abatió en el 
suelo. Había yo caído en un profundo sueño; alcé los ojos y 



288 



en aquel personaje que tenía delante reconocí al mismo Rai- 
mundo Lulio. 

Y la visión se fué acercando y la visión habló: «Vana- 
» mente pretendes, me dijo, descubrir en mis libros el secreto 
»de la ciencia cabalística. Toda la conocí; pero tuve buen cui- 
»dado de ocultarla á mis contemporáneos. Fui de los que bus- 
» carón, fuera de la naturaleza material, aquellas satisfaccio- 
»nes ideales que el mundo real nos rehusa; aprendí para esto 
»el árabe, el hebreo y el siriaco; me eduqué en las escuelas sa- 
»rracenas y llegué á ser maestro en Filosofía hermética; domi- 
»né todas las formas del arte adivinatorio, la astrología, la 
»oneirocricia; todas las maneras de evocar espíritus invisibles, 
»la teurgia y la goecia; todas las relaciones materiales y espi- 
rituales de los muertos con los vivos, ó sea la nigromancia; 
»todos los medios de ejercer un poder sobrenatural y tene- 
broso por la influencia de los demonios, es decir, la hechi- 
»cería.» 

— Según esto, contesté, según esto, tú, el gran Raimundo 
Lulio; viniste á ser mantenedor ó iniciador de las mayores 
supersticiones que deshonraron los siglos medios; y como 
fuiste astrólogo y teurgo y nigromántico, así también debis- 
te poseer la quiromancia ó adivinación por las manos, y la 
dactilomancia ó adivinación por los dedos, y la aeromancia, ó 
adivinación por los fenómenos del aire, y la hidromancia por 
el agua, y la piromancia por el fuego, y la geomancia por la 
tierra. Y siendo así, no debes extrañar que la posteridad haya 
tratado de confundirte con los más insignes maestros en el 
arte de la brujería: con Pedro de Abano, quemado en efigie en 
Padua; con aquel maese Jaques, que llevaba engarzado un 
diablillo en su anillo mágico; con el legendario Juan Fausto, 
el de los pactos mefistofélicos; con la duquesa de Glocés- 
ter y tantos otros aficionados al sortilegio de las figurillas; 
con Cosme Ruggieri, el protegido de Catalina de Mediéis, 6 
• con el incomparable Gil de Laval, de sobrenombre Barba 
azul, que encantaba y hacía desaparecer, por arte diabólica, 
as mujeres hermosas en sus castillos de la Bretaña.» 

Miróme el Iluminado con angustiados ojos. — «Joven, re- 
»plicó, joven: tu lenguaje no es digno del siglo en que estás 



28g 

«viviendo. Yo, Raimundo Lulio, nada tengo de común con 
«esos seres extraviados y cien veces criminales que explotaron, 
«explotan ó explotarán credulidades y fanatismos. Mi filiación 
»es más elevada. Profesé, sí, las ciencias ocultas; mas advier- 
te, que, las que de ocultas calificábamos ayer, son en tu 
«tiempo, aunque bajo otros nombres, ciencias á la luz del día, 
«las más seguidas, las más honradas. Llámanse Astronomía, 
«Química, Física, Mecánica; han transformado la industria, 
«el comercio, las artes todas, y doblegado la materia al impe- 
«rio y voluntad del hombre. Ocultas, decíamos, porque ocul- 
»tos estaban entonces sus misterios en el seno de Dios; mis 
«predecesores, yo y mis continuadores hemos empezado á re- 
D velarlos. Reveladores, que no mágicos, somos;, y no hogue- 
»ras, sino estatuas debieron decretarnos, si tanta no fuera la 
«ignorancia de aquellas míseras edades. Ahora que disponéis 
«casi á vuestro arbitrio, de esos que nosotros hubiéramos 11a- 
«mado cuatro elementos — luz, calórico, magnetismo y electri- 
«cidad, — ahora que tan sencillamente los gobernáis para 
» vuestros usos y comodidades, no nos despreciéis á nosotros 
«que comenzábamos á sospecharlos, ya que adivinar todo su 
«alcance no pudimos. Observa cuán ilustre prosapia me pre- 
«cedió y cuán egregios son los nombres délos que perfeccio- 
«naron aquellas mis ímprobas tareas. Procedo de Plotino, 
«Porfirio y Jamblico, los alejandrinos; de Eunapio, Eustatio, 
«el Emperador Juliano, Proclo y el papa Gerberto, y mis 
«cómplices fueron después Alberto el Grande, Rogerio Bacón, 
«Cardano, Paracelso, Reuchlin y Cornelio Agrippa. Mira 
»cuán sin razón me motejaste, y si es ó no glorioso viajar por 
«la historia en tan buenos hábitos y compañía.» 

Abochornado me quedé con la filípica de aquel varón exi- 
mio, y más cuando, poniéndome la mano sobre el hombro, 
me dijo con un acento que me heló la sangre: — «Has dudado 
»de mi ciencia; y ahora mismo te he de dar una prueba de 
»ella. Los magos adivinan el porvenir: yo, al revés de ellos, 
»te haré presenciar una escena del pasado. La verás, figurarás 
»en ella como si hubieses existido hace seis siglos. Estás pi- 
cando el suelo mallorquín; ¿quiéres asistir conmigo á la con- 
quista de Mallorca bajo el primer Jaime de Aragón? Mírame 

19 



290 

»bien: levántate y sigúeme.» — Y mis vestidos cayeron, y me 
encontré, y en cuerpo y en espíritu me senti trasformado en 
uno de los caballeros de la mesnada de D. Jaime. 



IV 



Estamos en el año de gracia de 1228. Encuentro á Jaume 
d'Aragó en un vasto salón del palacio de Tarragona; de pie, 
descubierta la cabeza, de sobrevesta, con cinturón de cuero, 
sin espada y hablando con mucha animación en un corro de 
caballeros. Reconozco á Ramón de Solsona, á Jofre de Ro- 
caberti, á Termens el francés, á Mataplana, á Cervelló, á 
Centelles, á Desclot el cronista; también me encuentro allí con 
algunos de mi parentela, en Pere López de Sant Romá, y en 
Bernat de Sant Romá, y en Guillem de Sant Romá, canóni- 
go éste de Barcelona. Está el Rey en la flor y verdor de sus 
años, pues no pasa de los veinte; es altísimo, gallardo man- 
cebo, rubio, colorada la tez; con la mano derecha se está 
acariciando una precoz y sedosa barba, y en cascaditas de 
oro le desciende hasta los hombros una abundante cabellera. 
Sus ojos son vivos y penetrantes, dulce la mirada; mas en 
el momento de entrar yo, hay en ella un tinte de amargura. 

Pregunto que cómo está el Rey tan angustiado. Me ente- 
ran de los desaires que acaba de recibir de la fortuna, el des- 
calabro de Peñíscola, los disgustos domésticos con su mujer 
Leonor de Castilla y las últimas nuevas traídas de Mallorca. 
Sobre una mesa de roble tallado hay varios pergaminos en- 
rollados que un amanuense del Rey está compulsando y se- 
llando con cera encarnada. Me los deja ver, cediendo á mis 
ruegos: de cómo los sarracenos mallorquines han apresado 
dos bastimentos catalanes; de cómo se han quejado de este 
atentado, al Monarca, los Prohombres del Mar en Barcelona; 
de cómo el Rey ha enviado un Embajador á las Baleares 
para reclamar del Walí la devolución de los barcos con sus 
tripulaciones y cargamentos; de cómo el Walí se ha negado 



291 

á hacerlo y en los términos más injuriosos. Ahora compren- 
do la cólera del joven Jaume y el por qué de la palabra {ven- 
ganza! que repite al oído de mi tío en Guillem, hombre para 
él de tanta confianza, que le dará poderes más adelante para 
representarle en sus Estados del Rosellón y de la Cerdaña, 
del Valí Espí y del Conflant. 

Entra un pajecillo de dalmática y toquilla y anuncia en 
Pere Martell, mercader y antiguo cómitre ó capitán de mar 
en Barcelona. Viste en Pere traje de lana oscura y capotillo 
negro: es pequeñín, bermejico y pecoso, avanza haciendo 
muchas reverencias é hinca ante el Rey una rodilla en tierra. 
«Vengo — dice — á convidaros á Vos y á vuestra Corte; tengo 
dispuesto un banquete para regalaros; por vida vuestra, que 
no me habéis de negar merced tan señalada. » Todos queda- 
mos suspensos, viendo á un simple vasallo tomarse tanta 
mano con el Rey, queriéndole hacer merendar, no con ma- 
jestad de Príncipe, sino con llaneza de igual; mas el Rey, 
que ya se ha puesto sobre aviso, exclama mirándonos con 
sobrecejo: «¿No sabéis que en tierras aragonesas y catalanas, 
más que amos, somos amigos de nuestros vasallos? Hablare- 
mos de Mallorca en los postres.» Y esta sola promesa nos 
electriza á todos. 

Maese Pedro sabe hacer las cosas en toda regla cuando se 
trata de obsequiar á un tan alto y poderoso señor como el 
que ciñe la Corona aragonesa. A las órdenes de un despense- 
ro con túnica oro y carmesí y el escudo condal de Barcelona, 
sirven la mesa diez pajes y cuatro de ellos escancian los 
vinos en grandes jarras de plata cincelada. Ocupa el Rey el 
centro, teniendo á su derecha al vizconde de Béarn y el an- 
fitrión á su izquierda; siguen por su orden los principales 
caballeros; yo tomo humildemente puesto entre Ramón Be- 
renguer de Ager y el sacrista de Gerona. 

Comenzamos los convidados por lavarnos las manos con 
agua destilada y finas esencias del Oriente, en anchas jo- 
fainas de metal repujado, obra maravillosa de un artífice de 
Milán: la del Rey es de oro, con borde de pedrería. 

Luego, puesta en orden la comida, entran los servicios 
abundantes y exquisitos. Viandas con toda especie de adere- 



292 

zos; perdices en ágili-mójili; codornices de Grecia, saladas y 
embarriladas, trato y granjeria de aquella tierra; gansos y 
capones con guiso provenzal; ternera lardeada, sobre capas 
de queso y azúcar; patas de vaca; lenguados, congrios y den- 
tones en salsa verde, ó con sabrosa mistura de ajo y perejil; 
callos con alioli; gelatinas de pollo, de anguila y jabalí en 
empanada; pirámides de coles, judías, robellons, berengenas 
y peras cocidas; y haciendo oficio de asado, un pavo real 
y dos docenas de lechoncillos , formando caprichosos di- 
bujos con las orejas y los rabillos dorados. Acompañan de en- 
tremés, á cada plato, algunas zarandaj illas, aceitunas, len- 
gua salada, lonjas de tocino y magras de jamón con picadillo 
de huevo: de postres, mazapán, tortas bañadas en miel, pas- 
telones con las armas Reales de Aragón, cabello de ángel con 
otras confituras y golosinas, naranjas, pasas, almendras y gra- 
nadas; melones, sandías y Jigües de moro, en romance de Cas- 
tilla higos chumbos, que por su origen sarraceno, nos apresta- 
mos á devorar con alevosía y ensañamiento. Cierran la fiesta 
el clásico hipocrás y un vinillo griego que, en doce cántaras, 
trajo nuestro opulento mercader de una de sus expediciones 
á Chipre; y depuestos todo miramiento y toda ceremonia 
entre los vapores del delicioso néctar y las expansiones de 
última hora, tanto y tanto apuramos á Martell, que al fin 
tiene que ceder y pintarnos, como marino, los encantos de 
las Baleares. Allí fué el ponderarnos la riqueza de aquel fér- 
tilísimo suelo, sus admirables aguas y lo regalado que es de 
cuantas cosas son necesarias para el sustento de los hom- 
bres: allí el contarnos sus propias impresiones y las del geó- 
grafo árabe Abulfeda; y tanto narró y tanto dijo, que allí 
mismo, de sobremesa, es donde se decide formalmente la 
conquista de Mallorca, y juramos, sobre el pomo de nues- 
tras espadas, no envainar el acero hasta haber hecho á la Co- 
rona de Aragón el rico presente de un Reino entero en medio de 
las aguas. 

Faltaba lo que ahora llamaríamos la sanción de las Cor- 
tes; la aprobación de los tres brassos ó mans. Y en Barcelona 
se reúnen y á Barcelona me lleva Raimundo Lulio en alas 
de mi sueño, y entro en el suntuoso palacio de Santa Clara, 

I 



293 

y penetro en la capilla de Santa Agueda, donde se verifica la 
augusta ceremonia. Tantos y tantos discursos oigo que estoy 
á punto de dispertar, creyéndome otra vez en alguno de aque- 
llos torneos literarios ó justas de ingenio, ó juegos florales, 
ó asaltos de retórica, que se llaman hoy Congreso y Sena- 
do español. Oigo al Rey D. Jaime anunciar la conquista de 
Mallorca para honra y gloria del Altísimo; oigo á Moneada, 
á Ñuño Sánchez y al Conde de Ampurias prometer lanzas y 
lanzas, con más el impuesto del bovatge; oigo las secas ben- 
diciones del anciano Arzobispo tarraconense; oigo al intré- 
pido y fogoso Berenguer de Palou, prelado de Barcelona, 
anunciando que acudirá en persona al frente de su hueste; 
oigo á Giralt el cónsul, y á Pere Gruny el prohombre de Mar, 
representantes del brazo Real ó estado llano, ofreciendo, en 
nombre de la Ciudad condal, les coques y els lenys, es decir, los 
bastimentos necesarios para tan señalada empresa. 

Rápidamente paso en sueños por los preparativos y acci- 
dentes de la marcha. Hame comisionado el Rey, sospechan- 
do mis futuras aficiones de economista, para entenderme 
con Ramón de Plegamans en todo lo relativo á aprestos mi- 
litares: armamentos, construcción de máquinas de guerra, 
adquisición de caballos y acopio de víveres, bizcocho, hari- 
na, trigo, centeno, salazón, carne, queso, vino y agua; de 
cuyo último artículo juntamos abundante provisión como si ya 
hubiese venido Colón el genovés para hacernos navegar hasta 
un Nuevo Mundo. En Agosto del 1229, l° s de * a mesnada de 
D. Jaime estamos con él en Tarragona dispuestos á hacernos 
á la vela; júzguese de la impaciencia del Rey y de la nuestra 
cuando hasta últimos de mes no conseguimos reunir todas 
las huestes. Celos de privanza y sórdidas codicias al olor del 
botín que se prepara. Hay que templar muchas gaitas. Se ha 
hecho un primer repartimiento provisional de tierras. Claman 
los Templarios, alzan el gallo los castellanos, los del Lengua- 
doc y los provenzales y hablan con grande imperio muchos 
que se han decidido tarde, á caza de probabilidades; los ge- 
noveses, los de Marsella, los de Narbona, y en fin, los de 
Montpeller, paisanos del Rey, que no se atreve á chocar con 
ellos. Brega muy parecida — ¿qué parecida?— idéntica á la de 



294 

hoy cuando los partidos que se han decretado la exclusiva de 
gobernar, se meten á echar suertes sobre el Presupuesto, y 
á cada repiqueteo de campana hacen orejear á los amigos. En 
todo el discurso de aquella larga contienda, es menester arre- 
glarse con el comendador de Mirabet, que representa los 
caballeros del Temple; hácese un repartimiento número dos, 
y habiendo aceptado algunos de nuestra mesnada el oficio de 
medianeros, puesta en nuestras manos la querella, sudo la 
gota gorda para hacer entrar en razón á los ricos ornes Xi- 
meno de Urrea y Pedro Cornel, tercos como buenos arago- 
neses. 

Ciento cincuenta y cinco naves componen la flota, con doce 
enormes galeras, sin contar las fuerzas sutiles. Manda la 
vanguardia en Nicolau Bonet y han dado á regir la retaguar- 
dia áun alemán, amigo del Rey. Prontito, prontito empie- 
zan las tristes influencias alemanas en estas cosas de la 
Marina. 

Dispónese el embarque en el puerto de Salou para el primer 
miércoles de Setiembre; y sin más detenernos, hacen señal 
de partir, al rayar el alba, y álzanse velas, no sin haber an- 
tes oído devotamente misa y comulgado como buenos cruza- 
dos que somos. El Rey se embarca el último con toda su 
mesnada en la galera de su cara ciudad de Montpeller. No me 
maravilla poco esta extraordinaria previsión en edad tan tem- 
prana. Como algunos se lo hagamos notar, rogándole al pro- 
pio tiempo que acelere su marcha, contesta con el singular 
desenfado de quien está seguro del acierto: «No se dirá que el 
Rey se haya embarcado sin que primero tenga colocados el 
último peón y el último jinete con su pasaje y su vitualla. » 

Mil contrariedades ocurren en la travesía; viento de proa 
á 20 millas del puerto, amago de tempestad al dar vista á la 
isla. Hasta el lobo marino de nuestro cómitre Gayran pare- 
ce atemorizado. Mas el Rey se muestra muy entero, fiado 
en su buena estrella; y cuando el primer viernes de Setiem- 
bre, libres ya de sobresaltos y echando todo el trapo, toca- 
mos en la Palomera, digo al ver aquel tesón y aquel esfor- 
zado carácter: «vamos con un denodado campeón; la con- 
quista de Mallorca está asegurada.» 



2g5 



V 



Ni D. Jaime ni sus mesnaderos tenemos la gloria de rom- 
per las primeras lanzas con los sarracenos. En el acto de 
desembarcar no vienen del lado nuestro, sino hacia donde 
está la hueste de Ramón de Moneada que, al frente de 
un puñado de jinetes, les destroza un cuerpo de más de 
5.000 hombres. Sábelo el Rey á los pocos instantes, y lasti- 
mado del caso por no haber tomado parte en aquella primera 
escaramuza, vuelve la cara á un grupo de veinticinco mesna* 
deros que estamos á caballo y dice, blandiendo la espada: 
«Quien quiera seguirme que me siga, y á ellos.» Y saliendo 
tras los fugitivos restos de la morisma, volamos á su alcan- 
ce y hacemos en ellos grande estrago. Pareciendo mal á los 
viejos Cardonas la algarada irreflexiva del Rey, por el gran 
riesgo que ha corrido, le reprenden duramente tratándole de 
aturdido mozalvete. El Rey promete la enmienda, á reserva, 
supongo, de repetir la trastada á los cinco minutos. Tan im- 
petuoso es de condición y tan delantero en el peligro. 

Al poco tiempo topamos con el grueso de las fuerzas mu- 
sulmanas, y Lulio sigue aprovechando mi letargo para hacer- 
me asistir á la batalla de Portupí. Nos dividen en dos cuer- 
pos: la vanguardia con las tropas de Moneada, las del Conde 
de Ampurias y los Templarios; á retaguardia, la mesnada 
Real, los de D. Ñuño y demás barones. Cae el valeroso 
Guillem de Moneada sobre la primera línea de sarracenos, y 
con ímpetu tal, que, avanzando de un golpe toda la van- 
guardia, nos deja solos á los del segundo cuerpo, á gran dis- 
tancia del sitio de la pelea. Impaciente el Rey, manda cargar 
al frente de toda la retaguardia, sin apercibirse de que no 
lleva puesta su cota de malla. Le ofrezco la mía, mas ya se 
me ha adelantado el caballero Bertrán de Naya. 

Muy á tiempo llega nuestro refuerzo, porque son críticos 
los momentos. Con no muy buen acuerdo, se han separado 



296 

las dos alas del ejército de vanguardia: empeñada la derecha, 
con los Cardonas, en tomar una altura que es punto decisivo 
de la batalla. Allí quedan los dos ilustres caudillos; Ramón 
muerto, Guillem desaparecido, rotos los suyos y triunfantes 
los agarenos, cuyo pendón, por mitad rojo y blanco, vemos 
flotar en lo más elevado del cerro, con una cabeza recién cor- 
tada en la punta del asta. Vanamente intentan acudir, en 
auxilio de la cristiana hueste, el bravo D. Ñuño, su alférez 
Roldán Layn, el bastardo de Navarra, y Jaspert de Barberá, 
con gran tropel de caballos; y ya va la gente desmayando, 
cuando D. Jaime, picando espuelas á su corcel y atropellan- 
do á Pedro Pomar y á Ruy Ximénez, que tratan de refre- 
narle, entre un diluvio de saetas, arremete contra la morisma 
con los cien caballeros de nuestra cohorte: sangre, polvo, re- 
flejo de los aceros, zis zas de los molinetes, golpear de los 
mazos sobre las armaduras, menudear de las estocadas, vo- 
cear de los combatientes, relinchar de los caballos, blasfemar 
de los heridos, cabezas cortadas á cercén y troncos por la 
mitad rajados, todo pasa á mis ojos como una exhalación en 
el fragor del combate, hasta que, á los repetidos gritos de 
«¡Victoria por el estandarte Real!» nos vemos sanos y salvos 
en la cumbre, deshecho el enemigo y puesto en rápida y ver- 
gonzosa fuga. 

De esta suerte se ha ganado la batalla de Portupí, que 
abre á nuestro ejército el camino hasta las puertas de la ca- 
pital de Mallorca, no sin grandes quebrantos y pérdidas irre- 
parables de esclarecidos campeones; porque, además de los 
Cardonas, con ocho de sus deudos y parientes, han perecido 
el esforzado Mataplana y el valeroso Hugo de Dezfar con 
otros caballeros, hasta catorce. 

Al siguiente día, y antes de emprender el sitio de la Capi- 
tal, celebramos las exequias de nuestros malogrados camara- 
das. Pónense alrededor del campamento espesas cortinas 
para ocultar los cadáveres á la vista del enemigo; oficia el 
Obispo Palou, y en sencillos féretros se van alineando los 
muertos al pie de un altar improvisado. Los que no han 
sido amortajados con hábito monacal, llevan puesta túnica 
de tisú de plata con vistoso cinturón y tahalí recamado de 



297 

oro y sembrado de piedras preciosas, manto blanco de finísi- 
ma lana con el rojo distintivo del cruzado, y entre las manos 
plegadas, la gala de un soberbio montante con empuñadura 
de prolijas labores. Tienen los jóvenes la frente descubierta; y 
ceñido el casco los viejos, alzada la visera; y como declaran- 
do todos en la majestad de los semblantes que, si de insignes 
y esforzados varones cobraron fama en vida, sólo en calidad 
de héroes se han rendido á la muerte. Vense todavía frescas 
las gloriosas heridas, causa de un llanto tan solemne; la abo- 
lladura del cráneo, el redondel de la pérfida saeta ó el fiero 
cintarazo del fementido moro. Deudos, amigos, el Rey, nos 
otros todos oramos devotamente prosternados ante aquellos 
inanimados restos; juntando nuestras lágrimas, rompiendo 
en sollozos y penetradas las almas de intensísima amargura; 
hasta que el Rey D. Jaime, sereno ya, de pie y hablando con 
mucho espacio, pone término á la general desolación con una 
bellísima arenga recomendando que cesen los llantos en nom- 
bre del valor y entereza, propios del soldado; y á fin — son 
sus palabras — de que, templado, que no desmayado el 
espíritu con el recuerdo de los que han muerto en buena lid, 
cobren las tropas mejores ánimos para llevar á feliz corona- 
miento la santa empresa de la conquista. 



VI 

Como cosa de mucho entretenimiento, recomiendo el so- 
berbio espectáculo del campamento con las diversas hues- 
tes allí congregadas. Mirad á la derecha, sobre aquellos pa- 
ramentados alazanes y negros potros cordobeses, los muy 
nobles y egregios barones de tierras de Aragón, de Castilla y 
catalanes, con espuela dorada y empinados yelmos, y grifos 
y castillos y coronas por cimera y blancos ó rojos penachos 
de flotantes plumas. Detrás de ellos sus respectivas mesnadas, 
los comanadors de Cataluña, los companyons e capdeladors de 
los condes y vizcondes; allí están Ramón de Tayava y Ar- 



298 

náu Desvilar tan renombrados por sus hazañas; allí Pons 
Vernet y Berenguer de Mont Esquiu, esforzados capitanes; 
allí Guillem de Claramunt y Ramóri de Belloch y Bernat de 
Santa Eugenia, ornes de paratje, vástagos ó jefes de ilustres 
prosapias. Reparad en las armaduras que ostentan de bruñi- 
do acero, en sus cascos relucientes, en sus cotas de malla, 
en las lanzas y en las espadas; reparad también en la grave- 
dad y ceremonioso porte del hombre de armas feudal con ce- 
lada y caparazón de hierro. 

Ved aquella línea gris en el último confín de la izquierda. 
Son los petos de gamuza de arqueros y ballesteros, los hom- 
bres de daga ó puñal, con la plaqueada coraza, los escudats 
guarecidos bajo los toscos broqueles, y las milicias de Con- 
cejo con el bacinete de metal ó el morrión de cuero, hacha, 
mazo de plomo y el ferrado chuzo de montería. 

¿Qué zambra infernal es esa? — ¿Dónde? — Allí detrás de 
tiendas. Una de palos y arremetidas que se hunde la tierra. 
Es la gente de guiñapo: compañías francas, paisanaje de ga- 
rrote y mondadientes: á la cabeza los almogávares. Venid 
conmigo: vamos á dar un tiento á aquellos descomulgados 
Tendremos para ello que saltar una empalizada y atravesar 
brazo de río: que todas estas precauciones ha creído neceí 
rías el prudente Jaume para separarlos del grueso de la gente. 
Si no os saludan, no hagáis maldito el caso: es que han perdi- 
do la costumbre, viviendo en los montes cuando no hay jaleo;: 
y si descienden al llano, será para saquear algún corral, por 
que el hambre aprieta. Ven acá, tú: veamos de cerca el traje 
del almogávar. ¿Es cuero ó piel lo que tienes en la cara: 
Tanto te ha requemado el sol. ¿Y en la cabeza? Un cascc 
remendado. ¿Y sobre el cuerpo? Lagonella. ¡Ahí hubiera creí 
do que estabas en camisa. ¿Y en los pies? Unas abarcas, i 
ver tus armas. La azcona, para lanzarla sobre el enemigo; e 
coltell, para rajarle. ¿No tienes broquel, no tienes escudo? — Nc 
los necesitan hoy los míos para tragarse moros; ni los nece 
sitarán pronto, cuando empieze el siglo XIV, para tragarse 
emperadores de Oriente. 



299 



VII 

Dispensen VV.: hoy empiezan las operaciones del sitio, y 
icaba de llamarme el Rey de Aragón para que presenciemos 
untos la instalación de la artillería. Me intriga mucho ave- 
iguar cómo entienden el ars telorum ó ar-tillería las gentes de 
:stos tiempos. 

Nos acompaña en Barberá, que además de Mestre de la ar- 
illería, es una especie de Ingeniero general encargado de los 
rabajos de defensa de campamento y sitiadores. La base de 
.uestra artillería es la maquinaria nevrobalística. Tenemos 
n funebol, de cuerda, con el cual vamos á hacer á los muros 
e la Ciudad un suntuoso regalo de confites de piedra: luego 
,n par de trabuchs ó catapultas de pesas, que nos servirán 
ara hundir los techos de las casas á fuerza de chinazos, para 
Dmper las máquinas enemigas, é infestar á los sitiados arro- 
indoles animales muertos: luego un manganell para ametra- 
ar, con un diluvio de guijarros, á los soldados que se atrevan 
)n saliditas ó asomen las narices á los parapetos. Algo de 
>ta maquinaria tienen por su parte los moros, pero no de 
:n buena calidad como la nuestra. De las catorce algaradas 
íe poseen para lanzarnos dardos y otros proyectiles, sólo 
ía les sirve: verdad que es tan certera y de tan largo alcance, 
íe según acaba de informarme mi escudero, un venablo ha 
• hado abajo la mitad de mi tienda de campaña, situada en 

sexta hilera. Esta noticia tiene un tanto escamado á Don 
. ime; pero el Mestre nos tranquiliza diciendo que ha man- 
< do construir varios manteletes ó gatas con triple blindaje de 
udera, en casamata y con revestimiento de tierra y ramaje, 
Jetado todo el aparato sobre ruedas. De esta suerte tendre- 
ns resguardada la ballestería y podremos avanzar á discre- 
c>n con la gente de pico y pala. 

Dos frailes dominicos, el P. Miguel de Fabia, y el P. Be- 
nguer de Castellbisbal, andan recorriendo el campamento 



300 

con el Crucifijo en la mano y exhortan á los nuestros 
que activen los trabajos. Celo digno de elogio; pero no nec< 
sitamos exhortaciones, porque el entusiasmo es general: y 
solicitud raya en fanatismo en cuantas ocasiones se ofrecei 
Y así se ve á la gente principal como á la plebeya, sin exo 
sarse ninguno, por noble que sea, traer los materiales, así c 
piedra como de madera para servicio y reparación de máqu 
ñas y otras cosas necesarias con que se va levantando la ob 
que se intenta. Nadie se desdeña de coger unas angarilla 
hasta arañazos hay para montar la dotación del tren de siti 
El conde del Rosellón y yo nos pasamos varias noches < 
centinela junto á una catapulta como dos simples reclut 

A mil estratagemas acuden los sarracenos para libran 
nosotros. En una salida que hicieron nos cortaron el a¿ 
de lo cual se nos siguieron grandes inquietudes. Fué m< 
ter recobrar á punta de lanza el cerrillo donde están 
manantiales. El agua ha vuelto; pero tal enojo cobró 
Jaime, que ha mandado escupir sobre la plaza, por mee 
un trabuch, cuatrocientas cabezas de musulmanes. Crufl 
insigne que no he podido menos de afear y de echar en a 
al mismo Rey, dominado yo siempre, aunque en sueñoj^ 
las ideas más humanitarias de mi siglo XIX; y como 
tuve polilla en la lengua, le he anunciado que podrá cost- 
eara la venganza de los moros, si llegan á dar rienda 
encono por aquella afrenta tan sin medida, cuanto más 
niendo de un cristiano. 

¿No lo dije? Al ser de día, poseídos de espanto, vemos 
gran número de prisioneros cristianos atados en lo alto de 
murallas para que los acribillemos nosotros mismos con nu 
tros propios tiros. Hay quien propone parlamentar con 
Emir; mas á ello se oponen los del consejo de guerra m 
dando que prosiga la pelea; porque, si bien es doloro 
dicen, matar á nuestros hermanos, también por otro la 
como verdaderos mártires, les abriremos las puertas del 1l 
raíso; tan ciega es la fe de que se sienten poseídos los h<| 
bres de estos tiempos. Y acontece que las piedras que disl 
ramos á las murallas, mientras van abriendo grandes 11 
chas, no tocan ni en un pelo de la ropa á los mise* 



an j 

?dio 
ueld 



301 

altivos de cristiana estirpe: asombroso milagro de que solos 
i aperciben los frailes dominicos, sin duda por la mayor pers- 
cacia de su vista. Los demás no lo notamos; tanto, que el 
ismo D. Jaime me acaba de advertir al oído que de ello no 
rá una palabra en su Crónica, como en efecto, no lo ha 
entado. 

Prolongándose el sitio semanas y más semanas con la te- 
iz resistencia de la morisma y á pesar de algunas sumisio- 
i:s parciales, ya nos van faltando dos cosas: la paciencia y 
i dinero. Dinero lo hemos obtenido de unos mercachifles 
eie nos siguen como tiburones, y á última hora han adelan- 
ido al Rey 60.000 libras catalanas, á trueque de sacarnos el 
idaño, según lo que estamos necesitados de oro y plata. La 
j.ciencia se acabó cuando prelados y magnates, rechazando 
ido propósito de capitular, han pedido, á una voz, entrar 
) plaza por fuerza y acabar de golpe. Todo el mundo me pre- 
jmta: — «¿Qué hay de asalto?» — «Lo han decidido esta no- 
te» — respondo. Hemos llegado al 30 de Diciembre de 1229. 

Amanece el 31. Cielo sereno y centellea el sol, bendita 
lía de estas hermosas tierras. 

Dada la señal, todo el ejército se pone en línea de ataque, 
tperando el momento de la embestida; á la cabeza el Con- 
( istador, levantado sobre los estribos, tratando de refrenar 
5 corcel y agitando la gloriosa espada. — « ¡Adelante! » — grita 
en atronadora voz. Nadie se mueve. — «Adelante» — repite, 
sbiendo el diapasón. Ni por esas. La tercera intimación es 
I rugido de cólera. Entonces la larga culebra empieza á 
nullir, la masa se agita, cien caballos salen disparados y 
someten la Ciudad por la brecha más inmediata. Tan rudo 
cel ímpetu, que siendo forzoso retroceder, hay un momen- 
t de incertidumbre; y aquí de nuestros reverendos dominicos. 
v se cruzar por los aires un caballero de levantado penacho, 
r umbrante armadura y blanquísimo corcel; óyese el grito 
d guerra Sanjovdi, firam, firam, y la avalancha se desata; 
b'ones, mesnaderos, arqueros, almogávares, infantes, ca- 
llos, todo se precipita, sin saber cómo ni por dónde, hasta 
centrarnos muros adentro, mano á mano y cuerpo á cuer- 
♦I en la calle de San Miguel, con los musulmanes. En aque- 



302 

lia embriaguez, tintas en sangre las espadas, andamos 
mezclados, que apenas nos distinguimos amigos y enemigc 
calderas de agua hirviendo, guijarros enormes, pesados mut 
bles, fuegos arrojadizos llueven sobre nosotros por detrás 
las celosías; crúzanse alfanjes y tizonas, chocan cruces c( 
medias lunas. Y vamos avanzando; y ancianos, y niños, 
mujeres, y guerreros sin armas, huyen desbaratados y 
persos ante aquel torrente nuestro; caen reductos, caen Fuer- 
tes, cae la Almudaina. ¡Baleares por los cristianos! ¡Baleares 
por Jaime el Conquistador, Rey de Aragón, Conde de Bar- 
celona y primer Rey de Mallorca! 



VIII 



De repente, y cuando en lo alto de la Almudaina estabí 
felicitando al Conquistador por haber conseguido tirar de l 
barba al Walí, siento una fuerte sacudida en el hombro de 
recho; abro los ojos é inundado de sudor, me encuentro, 
despierto. Era el sacristán de San Francisco, que muy d 
madrugada había bajado á hacer los aseos de la Iglesia: sol 
prendióme dormido, y creyó conveniente llamarme al mund 
de las realidades. Levantéme y me restregué los ojos: al 
quedaban los hachones á medio consumir; allí los tomos d 
Lulio esparcidos por el suelo: allí abierta la página del Ai 
cabbalistica. Salí del templo sin decir palabra al sacristán: tanl 
pudo conmigo la vergüenza; y dominado todavía por las in 
presiones de tan largo sueño, me pasé toda la mañana rec< 
rriendo los puntos de la Ciudad que pudiesen conservar algú 
recuerdo de la brillante epopeya. 

Aquel era el día designado para nuestro regreso á Barc 
lona. Mas como la salida había de ser de noche, tuve todav 
tiempo de entrar en el Casino, donde se había preparado, í 
obsequio nuestro, una escogida función para oir y admirar i 
portento artístico: el niño Llorens, que empezaba á hac 
prodigios con el violín. Los dulcísimos acordes del prec< 



303 

concertista fueron el galante adiós que nos dedicaron los ami- 
gos de Palma. 

Por tenernos que embarcar, abandonamos los salones en 
lo más brillante de la fiesta, pareciéndonos, al estar á bordo, 
oir todavía el violín de Llorens, como presentes en espíritu 
á su lado. Danzaban medio perdidas en nuestra imaginación 
las postreras notas de la serenata en re, de Beethoven, mien- 
tras el buque se balanceaba gallardamente en su majestuosa 
marcha de salida; y las armonías que formaba el tranquilo 
mar con la inspirada musa venían á completar la otra armo- 
nía de aquel perfumado ambiente, de aquel purísimo cielo, de 
aquel paisaje incomparable y de aquellas poéticas playas que 
íbamos á abandonar, acaso para siempre, y dejaron en mi 
alma un recuerdo imperecedero. 



SECCIÓN UNDÉCIMA 



¡Señores viajeros, al tren. — Inauguración del ferrocarril de Barcelona á Mata- 
¡ ró. — Los caballos van dentro. — (Y en Betas? ¿Y en Bañeta? — Cursillo de 
i Mecánica. — D. Mariano Cubí i Soler. — Topografía de mi cráneo. — Lo bue- 
j no y lo malo de la Frenología. — Páginas dolorosas. — Tres enfermedades. 
— Fuerza: tu nombre es Madre. — La comunión en el dolor. — Fúnebres ve- 
ladas. — Un examen de conciencia. —Recuerdos de una agonía. — Desde las 
* regiones etéreas. 



El ferrocarril de Barcelona á Mataró nos tenía como niño 
:on zapatos nuevos. Habíase inaugurado, con gran pompa, 
:1 día 28 de Octubre de 1848; no cabiéndonos álos catalanes 
gozo en el pecho, al vernos con la gloria de haber estable- 
lo la primera vía férrea que cruzó tierra española. Gallar- 
les, banderolas, uniformes y otros toques de mascarada ofi- 
l, no hay para qué mencionarlos; tiénense por obligado apa- 
rto en casos tales, así como unos puñaditos de hoja fresca 
ra realces y festones. Pusiéronse á contribución los poetas, 



304 

que, para semejantes fiestas, suelen tener siempre aparejada la 
cafetera; y el amigo Balaguer soltó su numen en una tirada 
de veintiséis versos, que terminaban con estas frases: 

< Tremoló sus banderas Barcelona 
Al otro lado de revueltos mares; 
Las catalanas barras de Vifredo 
Victoriosas llevó por todas partes; 
Fué grande en paz, en guerra fué invencible; 
Donde quiera su nombre está triunfante. 
Un camino de hierro le faltaba 
Para alcanzar con su carrera el aire... 
Golpeó como Moisés la fuerte roca, 
Y el camino ha nacido... ¡contempladle^ 

Hoy que poseemos 8.000 kilómetros de ferrocarril en ex 
plotación, con cerca de 4.000 en construcción, y, con arre- 
glo á las últimas modificaciones , una longitud total de 
i2.5oo, nos parecerán infantiles aquellos alegroncitos de co- 
legial en domingo por una miserable línea de 28 kilómetros. 
Mas todo tiene su punto y sazón; que algún motivo habría 
para aquel soberano regocijo cuando no lograron preceder- 
nos, en la explotación, los de Madrid á Aranjuez; á pesar de 
sus mayores influencias, á pesar del empeño de los prohom- 
bres políticos y de ser cosa en que tenía puestas las manos 
y su no flojo entendimiento el irresistible Salamanca. 

Ciertos pormenores de aquella inauguración me hubieran 
chocado más, á no acordarme de las tonterías que un hom- 
bre tan insigne como Thiers había dicho algunos años an- 
tes, en plena Cámara francesa, á propósito de los ferrocarriles 
de su tierra. Hallábame en el andén con mucha confusión 
de gente y con buen número de payeses de la costa, invita- 
dos, como yo, á la ceremonia; alcaldes y regidores de Mongat, 
Premiá, Vilassar y otros puntos subalternos de la línea: ca- 
da cual con su barretina, faja de dominguear, alpargatas y el 
gambeto ó ropón que hace entre ellos oficio de tiros largos. 
¿Sabéis en qué se entretenían aquellos sencillos aldeanos? 
Unos, los más bolonios, estaban con la boca abierta, si- 
guiendo con la vista las primeras evoluciones de la locomo- 
tora. Querían coger el gazapo del movimiento, porque á ellos 



3o5 

no se la pegaba nadie; y, á lo mejor, soltaban la carcajada y 
se decían unos á otros: — «Vaya, vaya, eso del vapor es gri- 
lla; los caballos van dentro.» 

Los más espabilados no ponían en duda el empuje por el 
vapor. ¡Cuántas veces, al entrar en la cocina, le habían di- 
cho á la mestressa: — «Mujer, no fuerces la tapadera; mira que 
van á saltar las cacerolas!» Otros escrúpulos les escarabajea- 
ban á ellos, los perros viejos, siempre tan prevenidos contra 
las imaginaciones y los malditos inventos de esa pestilencia 
de mozuelos. «Sepamos, decían, para qué son menester estas 
cosas. ¿No saldremos á desastre diario con la condenada 
maquinaria? Entre apuntalar piernas y remendar brazos, ya 
podéis preparar un Colegio entero de cirujanos.» El túnel de 
Mongat, ¿no era una provocación á la Providencia? Cuando 
Dios ha creado las montañas, no habrá sido á humo de pajas. 
Al mismísimo diablo no se le ocurre meterlas un punzón y des- 
triparlas. Lo de enriquecer á los pueblos con el ferro carril, 
contárselo á la abuela; Barcelona y Mataró ganarían; hundi- 
das las poblaciones del tránsito. Hundido el antiguo trans- 
porte en recuas, hundidos los ordinarios; por consiguiente, 
todo el país hundido. Una desolación aquel monstruo con 
pulmones de hierro, que los felices abuelos no habían cono- 
cido en aquellos sus más que venturosos tiempos, y lo hu- 
bieran quemado incontinenti, como traído por el sabio Merlín, 
el de las brujerías y encantamientos. ¿Y en Betas? ¿Y en Bá- 
ñela? ¡Ah, desdichados! ¿Había entrañas para sumir en la 
miseria á dos tan insignes ciudadanos? En Betas y en Bañeta 
eran los dueños de las dos diligencias que os llevaban diaria- 
mente de Barcelona á Mataró y de Mataró á Barcelona, sin 
más molestia que ocho ó diez horas de traqueteo. 

Si hay ingratitudes en este valle de lágrimas, ninguna tan 
grande como aquella. Los amigos de la locomotora se hicie- 
ron oídos de mercader, declarándose impenitentes; pero estos 
amigos eran muy pocos y tan contados, que se reducían á 
todo el mundo. Todo el mundo asaltó el ferro-carril, olvidan- 
do antiguos beneficios; el beneficio de las recuas, el de los 
Bañetas, el de los Betas y la inmensa ventaja de las cuestas 
arriba con mi mulo, y las cuestas abajo yo me las subo. 

20 



306 

¡Picara humanidad, y picaros inventores, y picaros reformis- 
tas, atentos siempre al bien de un solo prójimo, el anónimo, 
aunque sea á costa de despejar el comedero á otros prójimos 

bien haliados con lo vetusto! 

Durante algunos meses tomé pretexto del ferro-carril para 
menudear mis visitas á Mataró. Llamábame allí el cuidado 
de una modesta hacienda; pero más que interés, había curio- 
sidad en aquellos tan repetidos viajes. Ansiaba conocer, á 
mi manera, la parte técnica de aquella gran novedad, que 
había venido á sorprenderme casi en el ingreso de la vida. 
En el uso mecánico del vapor, más que lo maravilloso del 
invento, me admiraba lo extraordinario de su historia. Pare- 
cía que el descubrimiento había corrido, al través de los tiem- 
pos, con la misma celeridad con que corría la locomotora al 
través del espacio. Hojeando Revistas científicas, advertía 
que apenas surge la máquina de pólvora en la mente de 
Huyghens, cuando viene Papin con su máquina de vapor de 
agua, y pronto á las máquinas de alta presión suceden las de 
condensador y presión baja. Y sin dar casi tiempo para go- 
zar de aquel período puramente recreativo con que empiezan 
todos los inventos, veía á la maquinaria de vapor lanzarse al 
fecundo terreno de las aplicaciones industriales: primero, con 
Xewcomen y Cawley para la distribución de las aguas en 
Londres; después, con Watt, el portentoso Watt, el de las 
mejoras decisivas, con el condensador aislado, con la máqui- 
na de doble efecto, con el paralelógramo articulado, la ma- 
nivela y el regulador de bolas. Y luego ha entrado la fiebre, 
y han ido naciendo diariamente sistemas nuevos á la sombra 
del que trajo las gallinas; máquinas de dos cilindros, de cilin- 
dro fijo horizontal, de cilindro oscilante, máquinas rotativas; 
y se buscan otros líquidos, y se buscan gases, y se piensa en 
cí vapor de éter, en el aire caliente, en la electricidad... ¿qué 
sé yo? Tal vez en algún nuevo y misterioso agente más rápi- 
do todavía, más activo, más sorprendente, más inverosímil; 
que no ha de parar, hasta remover en sus cimientos la Nato- 
raleza entera, esa calenturienta imaginación del siglo XIX. 

Casi más que los vertiginosos progresos de la máquina de 
vapor en general, me causaban maravilla los de la locomoto- 



307 

ra. Veía, en el desenvolvimiento histórico de este aparato, 
otro fenómeno admirable; la precisión, el compás con que ha- 
bían ido marchando la instalación del motor y la disposición 
del camino; el maridaje del carro con la vía. Al principio un 
tosco vehículo de vapor sobre caminos ordinarios; la caldera, 
el hornillo, un tubo, dos cilindros y los émbolos que obraban 
sobre las ruedas delanteras, pero con enormes rozamientos 
y un gran desgaste de fuerzas por las asperezas del suelo. 
Después los carriles de hierro empleados primero con motor 
de sangre, y más tarde ajustados á la máquina locomotora; 
y últimamente Stephenson y la caldera tubular con todo el 
complemento de aquella fantástica barredera que nos hace 
devorar espacios á razón de 40, de 60, de 100 kilómetros por 
hora. 

Hubo una temporadita, después de la inauguración, en 
que parecíamos alumnos de la Escuela de Lieja; porque en 
mi sociedad no se hablaba de otra cosa que de generadores de 
la fuerza, de órganos de trasmisión, engranajes, movimien- 
tos componentes y velocidades resultantes. 

El material móvil y el fijo de una línea férrea, que hoy se 
nos han hecho tan familiares, fueron para mí, en aquella oca- 
sión, motivo de interminables preguntas y de continuas sor- 
presas. Vínome de perlas un ingeniero inglés, recomendado 
nuestro, que estaba al servicio de la Compañía. Indicábame 
el destino especial de cada una de las piezas que componen 
el mecanismo de la locomotora con su ténder; cómo estaban 
colocados en la máquina el aparato de vaporización y el mo- 
tor ó cilindros de vapor; el sitio del hogar con su cenicero; 
la multitud de tubos horizontales de la caldera en la direc- 
ción de su eje y generatrices; cómo los gases resultantes de 
la combustión pasaban al depósito de humo y se expelían por 
la chimenea; con qué rapidez aquellos gases calentaban el 
agua, produciendo, en brevísimo tiempo, una prodigiosa can- 
tidad de vapor; de qué manera ponía éste en actividad los ém- 
bolos; qué era la válvula de seguridad y á qué se destinaba; 
con otros mil pormenores relativos á los diferentes sistemas 
de locomotoras entonces conocidos, á su máxima potencia, á 
su peso y velocidad. 



308 

No contento con esto, enterábame mi excelente ingeniero 
de la forma y manera de proceder para la construcción de las 
vías: estudios del terreno, nivelación y trazado de la línea, 
límites de las curvas y pendientes, trabajos de zanja, des- 
montes, terraplenes, perforación de túneles, construcción de 
puentes y viaductos. Cómo se verificaba la operación de sen- 
tar la vía; colocación de la grava, de los relés, de las travie- 
sas; qué eran cambios, travesías y cruzamientos de vía, las 
agujas y las plataformas giratorias. Finalmente, entraba tam- 
bién en algunos pormenores sobre la teoría de los frenos, que, 
según parece, estaba bastante atrasada entonces; y cada vez 
que me acompañaba en alguna expedición, no desperdiciaba 
ocasiones para explicarme la composición de los trenes y las 
muchas y curiosas reformas que consentían los vagones. 



II 



En una de aquellas mis excursiones á Mataró, conocí á 
Cubí, el famoso craneólogo. D. Mariano Cubí i Soler había 
caído un día sobre Barcelona, como llovido del cielo, con su 
bagaje de mapas craneológicos y cabecitas de yeso numera- 
das. Decíase venido de los Estados Unidos, con título de pro- 
fesor de lenguas en Boston, Baltimore ó Filadelfia. Grueso, 
reposado, de edad ya más que madura, frente muy holgada, 
nariz corva, boquihundido, y achatada la cara como aquellas 
cabezas de goma que prensan con los dedos los chiquillos. 
Tenía aquel hombre una diabólica traza; había en toda su 
persona algo misterioso, y no poco de siniestro y antipático. 
Vino con el intento de propagar las doctrinas del Dr. Gall y 
de Spurzheim, sin perjuicio de establecer una academia de 
lenguas; porque careciendo de otro caudal, lo había menes- 
ter para su sustento, pues, según parece, no iba muy sobra- 
do. Pretendía reformar nuestra ortografía castellana, ponien- 
do siempre ze zi por ce ci, y trasformando en ies las y griegas; 
y como todos sus escritos estaban en esta solfa, tropezabais á f 



309 

cada paso con leyendas del siguiente estilo: «Zediendo á las 
exijenzias i parezeres de los más zélebres i conozidos au- 
tores. » 

Menos que mediano fué el éxito que obtuvo Cubí en Espa- 
ña con su propaganda frenológica. Los curas se le echaron 
encima, y medio, si no del todo, le excomulgó un Arzobispo. 
Más afortunado en Barcelona, abrió D. Mariano cátedra oral 
y práctica de Frenología. Puso su tarifa á la americana y exa- 
minaba cabezas á medio peso, según anunciaba la tablilla. 

Excuso decir que fui de los primeros en poner mi cráneo á 
disposición del ilustre maestro con mis diez reales en la 
mano. Tentóme el profesor las protuberancias de la cabeza; 
y hé aquí el resultado de aquel maduro examen , cuyo por- 
menor he conservado largo tiempo entre mis papeles como 
curioso documento. 

Instintos. — Alimentividad. — Muy desarrollada; como si 
dijéramos, un flaco por las tajadas gordas, 

Amatividad. — Regularcilla. De los que no comprenden cómo 
Newton pudo llegar á los ochenta años sin trabar relaciones 
con el bello sexo. 

Filogenitura y habitatividad. — Gran desarrollo. Hombre de 
familia y muy casero. 

Combatividad, suficiente; destructividad, nula; secretividad, 
— en buen romance, gramática parda, — escasita. Mal nego- 
ciador, si llego á aceptar, veinticuatro años más tarde, cierto 
puesto diplomático. 

Sentimientos. — Amor propio, — Justa la medida. Poca afi- 
ción á jefatear; pero tampoco mucha al parasitismo y á do- 
blar el espinazo. 

Aprobatividad. — Protuberancia acentuada. ¿Quién que ten- 
ga sangre en el ojo no gusta un poquito del halago? 

Previsión, benevolencia. — Protuberancias como nueces. Don 
Mariano me felicitó al encontrar, en un rincón de mi cerebro, 
ese puñadito de gloria. No sentiría que hubiese acertado. 

Veneración. — Cero grados. Si así me sacaron, ¿qué le voy 
á hacer yo? 

Maravillosidad, idealidad. — Razonables. Lo suficiente para 
no caerme de las nubes con chichón y costalada. 



3io 

Seguía luego, en los apuntes de Cubí, un trabajo muy com- 
plicado sobre mis facultades intelectuales y especialmente so- 
bre las reflexivas. Allí supe que yo era hombre de orden — men- 
tira les parecerá á moderados y carlistas — y hombre de ins- 
tintos comparativos, y hombre inclinado á las armonías del 
lenguaje. En cuanto á mi causalidad, D. Mariano tuvo á bien 
honrarme con cierto espíritu de inducción y algunas dotes 
especulativas, sobre las cuales se me olvidó consultar á mi 
inolvidable amigo Sanz del Río cuando estudié con él la His- 
toria de la Filosofía, muy cerca ya de los cuarenta años. 

Y ahora, dejando á Cubí con sus horóscopos, hablemos 
un poquito de Frenología. Estudiéla entonces en los libros 
del mismo Cubí y en la famosa obra de Gall Sobre las funcio- 
nes del cerebro y cada una de sus partes, extracto de la gran edi- 
ción de París de 1822 á 25. 

Por mucho que pretendan negarlo algunos modernos, h 
bía entre los fisiólogos antiguos bastantes deficiencias en 
estudio del cerebro. Me lo había hecho notar un joven docto 
amigo mío. Decía que, en otros tiempos, aquella viscera, 
pesar de ser el órgano más importante de la vida animal, 
consideraba únicamente como una pulpa ó informe masa, si 
meterse á estudiar las leyes de su formación ni las relaciones 
existentes entre sus diversas partes. Luego después, merced 
á los progresos de la anatomía y de la fisiología, se fué cono- 
ciendo su verdadera estructura y pusiéronse de manifiesto 
sus hemisferios, el cuerpo calloso, los lóbulos anteriores, me- 
dios y posteriores con las circunvoluciones y anfractuosida- 
des; de lo cual resultó una ciencia propiamente dicha del ce- 
rebro. Esta ciencia apareció múltiple en sus bases, en sus 
formas y aplicaciones, tomando como punto de partida la 
antropología; pero al apelar á la anatomía, á la fisiología y á 
la patología, relacionó el cerebro del hombre con el de los 
distintos animales; estudió en todos ellos, no el cerebro solo, 
sino también el sistema nervioso, el cráneo, la configuración 
de la cabeza, y extendió sus investigaciones lo mismo al es- 
tado de salud que á los estados morbosos. No cabe, pues, 
negar que aquella ciencia tiene una gran realidad, que 
efectiva y positiva; y puesto que tal ciencia existía, era 1 



3ii 

nester darla un nombre. Diéronla el de Frenología, y ya me 
repugnaba entonces el vocablo; porque ?pV significa espíritu, 
y empezábamos prejuzgando una cuestión grave, la de las 
relaciones del cerebro con las facultades y funciones aními- 
cas. Pero, ¿quién se mete á adelgazar en esto de los nom- 
bres? El de Frenología fué generalmente aceptado; y como no 
hubo más remedio que pasar por él, la Frenología tomó legí- 
timo asiento en el cuadro de las ciencias contemporáneas. 

No me fué tan fácil como creí de pronto , ir desentrañando 
los principios netos de la Frenología, por entre aquel fárrago 
metafísico en que se perdían el Dr. Gall y sus dos secuaces 
Spurzheim y Cubí. Mas, al fin, parecióme que todo podía re- 
ducirse á estas tres grandes afirmaciones: 

1. a Que la energía de una facultad del alma responde 
exactamente al espacio que ocupa la parte ó segmento de ce- 
rebro que con ella se relaciona. 

2. a Que cada uno de los segmentos ó, como decían los 
frenólogos, órganos del cerebro, obra, por su tamaño, sobre 
la forma exterior de los huesos del cráneo. 

3. a Que, por consiguiente, se puede reconocer la presen- 
cia ó ausencia de ciertas facultades del alma por determina- 
das protuberancias ó por las concavidades que presente el 
cráneo del individuo. 

Clarito: un materialismo absoluto, franco y en la menos di- 
simulada de las desnudeces. Cuidado, que no entro á censu- 
rar; no hago más que exponer. Si el materialista no ve más 
que un hombre físico que realiza funciones por medio de ór- 
ganos, el frenólogo completa esta noción llevando órganos 
cerebrales al sistema; habrá órganos para pensar, órganos 
para sentir, órganos para querer, como hay órgano para res- 
pirar, órgano para ver, órgano para oir, órgano para digerir, 
et sic de cceteris. No es aquello de la inteligencia servida por ór- 
ganos; es el órgano inteligente, es el intelecto organizado. 
Más claro quizás: el frenólogo os da la función y la expresión 
del espíritu en la protuberancia ó en la concavidad, como otros 
os las dan en la abertura del ángulo facial, ó en el volumen 
del cerebro, ó según Lavater, en los rasgos de la fisonomía. 

Con sólo fijarme en estos principios y conclusiones, nota- 



312 




ba yo la inmensa distancia que separaba á Gall y á los suyos 
del concepto general atribuido á la Frenología como ciencia 
fundamental del cerebro. Mientras no se pasaba de averiguar 
si son ó no innatas las cualidades morales y las facultades 
del espíritu; si su ejercicio ó manifestación dependen ó no 
del organismo, y si este organismo está en el cerebro para 
todo lo que se refiere á la idea, al sentimiento ó á la volun- 
tad; mientras la Frenología se ceñía á esto, nada encontraba 
que oponer: era un terreno serio, cuestión de escuela, sis- 
tema ó dirección científica, asunto de reñir batalla filósofos 
y creyentes, con más ó menos apabullos por cada lado, y vi- 
va quien venciere. Mas así que entrábamos en lo de la seg- 
mentación ó pluralidad de los órganos cerebrales, la cosa to- 
maba un aspecto tan cómico, que rayaba en caricatura. Lo 
era aquella colección de accidentes y perfiles topográficos re- 
partidos por todas las regiones de la cabeza, la anterior, la 
media, la posterior y la del cerebelo; lo era aquella profusión 
de bultos, jibas y depresiones que los frenólogos os sorpren- 
dían en la superficie del cráneo; lo era hasta aquella monserga 
de terminaciones en tividad que bramaban con la gramática; 
y lo era, más que nada, la gravedad con que los Jerofantes de 
la Frenología, mediante una solemne imposición de manos y 
con auxilio del medio duro, os repartían credenciales de sabio 
ó de imbécil, de ladrón, asesino ó incendiario, de hombre de 
Dios ú hombre del diablo, de genio del arte ó genio de la gue 
rra, y por un simple decreto os declaraban émulo futuro del 
Gran Capitán, discípulo de Vicente de Paul ó menguado rival 
de José María. Tocad registros de esta especie y veréis cómo 
acuden á la cebada los bobalicones y nace la viña para la gen- 
te lista. 

Un día vino un pobre jornalero á pedirme de limosna los 
diez reales para el reconocimiento frenológico de su chico; 
porque de aquello dependía, según él, el porvenir de la fa- 
milia. 

Así me explicaba la resistencia que la opinión seria de Eu- 
ropa opuso á la Frenología, y los pocos medros de la doctrina 
en vida del fundador y después de su muerte; la berlina en 
que Kotzebue puso á Gall en Berlín con su chispeante saine- 



3^3 

te La Craneomanía; el porqué de habérsele suspendido al doc- 
tor las lecciones en Viena; el porqué de habérsele prohibido 
en Dresde dar conferencias á las señoras: las diatribas y sar- 
casmos que sobre él descargó el Journal de VBmpire. Y, des- 
de los tiempos de mi juventud, desde la época de Cubí, de 
tal manera ha ido palideciendo la estrella de la Frenología, 
que hoy, desechada por quimérica, se ve reducida á vege- 
tar en alguna oscura Academia ó en cortos círculos de aficio- 
nados; en tanto descrédito ha caído y tan certeros golpes le 
asestaron los dos eminentes fisiólogos Müller y Flourens, re- 
legando el sistema de Gall á la inocentísima categoría de los 
caprichos científicos. 



III 



Cuando más engolfado estaba en los estudios frenológicos, 
encasillando cráneos, tres meses después de mi regreso de 
las Baleares, no podía sospechar que tal vez un ave siniestra 
había precedido la marcha del buque que tan placenteros nos 
dejó en el puerto de Barcelona. Si ave hubo de mal agüero, 
no la vi yo, no la vi ni con los ojos del cuerpo ni con los del 
alma; y, aun viéndola, no hubiera creado en ella, como no 
cree en tintas negras la juventud cuando todavía no se ha 
acostumbrado á sufrir, y ha pasado, entre rosados celajes, la 
iniciación de la vida, nunca exenta de reveses. 

Era el día i.° de Enero de i85o. Noches amargas habréis 
pasado: ninguna más que la mía de aquel 31 de Diciembre. 
¿Por qué? Todavía me lo estoy preguntando. No pude pegar 
los ojos, yo que entonces hubiera dormido en la punta de una 
lanza. Presa de mortales é inexplicables angustias, revolvía- 
me inquieto en el lecho: mi frente ardía, latía mi corazón 
con violencia, mis manos se crispaban, mi imaginación se 
desataba, como dejándose llevar al hilo de vagos presenti- 
mientos. Molestábame la oscuridad y no me atrevía á encender 
luces; el ambiente del cuarto me ahogaba y me sentía helado 



314 

sólo con pensar en el frío de la calle. Corrían por todo el apo- 
sento unos rumores sordos, casi imperceptibles, como de un 
dedo que araña el cristal, como de una mosca que vuela des- 
orientada en las tinieblas. Parecíame oir trepidaciones en la 
almohada, gusanillos que roían las maderas, pasos que avan- 
zaban hacia mí, apagados en el mullido de la alfombra. Sen- 
tía respiraciones fatigosas aplicadas á mi oído, gritos, carca- 
jadas, ayes lastimeros perdidos en el espacio. Por dentro y 
por fuera, todo conspiraba para hacerme más toledana aque- 
lla noche: el viento que sacudía las ventanas mal ajustadas, 
gruñía como una hiena: estalló un mueble y acabaron por dis- 
pararse mis nervios; y un perro, encerrado en el patio de la 
casa, estuvo hasta la madrugada hiriendo los aires con aquel 
aullido pertinaz que el vulgo suele traducir por anuncio de 
malas nuevas. 

El día amaneció más puro que nunca; y — tampoco sé por 
qué — pero todo me pareció, al levantarme , más refulgente 
más risueño, más simpático, más vestido de fiesta: libros 
amigos, el estudio, las cartas que recibí, el sol de la mañana 
el aire que respiraba: todo, empezando por la intimidad de 1 
familia. Cuando después de haber corrido un gran peligro 
os veis, por capricho de la suerte, sanos, salvos y felices, ¿no 
os ha acontecido sentir de súbito toda clase de dulzuras como 
si de un solo paso hubieseis recorrido la escala entera de la 
alegrías? Así yo, después de aquella noche cruel, instintiva 
mente, sin darme de ello cuenta, me sorprendí empapado en 
impalpables efluvios de cariño, de simpatía y apego á cuanto 
me rodeaba: me sentía con hambre de padre, de madre, d 
afecto filial que rebosaba por mis poros; que pugnaba por 
estallar, mal contenida, en las estrechas prisiones de la carne. 

¡Cruel y sangrienta ironía! Quizás nunca me había encon- 
trado en familia tan placentero como aquel día, á la hora del 
almuerzo. Nunca mi Padre había estado más comunicativo, 
ni más jovial mi Madre, ni yo más decidor y satisfecho^ ¡Ah! 
ignorábamos que aquel semblante de fiesta iba á trocarse en 
luto y era la puerta por donde había de entrarnos la desdicha: 
no sabíamos que era la vez postrera que nos sentábamos jun- 
tos alrededor de aquella mesa. Pocas horas más tarde caía en- 



3i5 

ferma mi Madre, por fortuna no de gravedad: dos días después 
caía yo, víctima de una fiebre cerebral que me puso á las 
puertas de la muerte; y luego, caía á su vez mi Padre, mi 
pobre Padre... ¡para no levantarse jamás! 

Fuera de las dolencias propias de la niñez, había tenido 
hasta entonces la fortuna de sustraerme á los médicos; y esa 
misma enfermedad que padecí á los 21 años cumplidos, fué 
conocidamente efecto de excesillos de trabajo mental combi- 
nados con algún desequilibrio en la temperatura. Al volver de 
paseo en una tarde muy desapacible, sentí de golpe un pro- 
fundo malestar y escalofríos seguidos de intensa calentura. 
Zumbábanme los oídos: los ojos se me inyectaron de sangre: 
ya en la cama, caí en una especie de sopor que en vano tra- 
taron los galenos de combatir con todo el melecinaje de aque- 
llos tiempos. Vino el delirio, y así continué seis días entre la 
vida y la muerte. Salí por fin del lance á fuerza de cuidados, 
y, según dijeron, con los auxilios de la ciencia hábilmente 
representada en mi cabecera. Arriesgada pretensión la de cu- 
rarnos por mediación de la ciencia, que á la vez todos acep- 
tamos y todos la ponemos á pleito: seguros, segurísimos de 
que en esas luchas titánicas que entabla consigo misma la 
Naturaleza, ella es quien en definitiva se decreta las victorias 
y las derrotas, según mejor convenga á más altos y ocultos 
designios. 

En aquel duro trance, tuve ocasión de comprender lo que 
pueden las manos de una madre. Durante la gravedad, ni yo 
consentí otras que las de la mía, ni tampoco ella las toleró 
en tantas noches de delirio. Eran, la suya y la mía, dos vidas 
que sin cesar se espiaban y en silencio se entendían para ca- 
minar juntas á un común destino: en suspenso la una mien- 
tras se resolvía, en el lecho del dolor, el terrible problema de 
la otra. Como en sueños y al través de densas nubes, veía á 
mi Madre ya de pie junto á la cama, ya en un sillón inclinada 
la cabeza y enjugando, de vez en cuando, una lágrima silen- 
ciosa. Pensaba sin duda en los seis hijos que había perdido, 
y dábala espanto contemplar aquel último animado resto de 
sus esperanzas, forcejeando entre tinieblas para arrancarse, 
ya medio hundida en el flanco, la espada del exterminio. Si 



3i6 

se acercaba para limpiar el sudor que corría por mi frente, 
con trémula mano ponía una poción calmante al borde de 
mis labios, si ajustaba la ropa, subía las almohadas ó, con su 
natural esmero, reparaba el desorden de la cama, parecíame 
entrar en una atmósfera vivificante, sentíame bañado en bea- 
titudes inefables: y, olvidando los padecimientos del cuerpo, 
creíame revivir en un anticipado paraíso donde las manos 
eran capullos de seda; los alientos, regaladas brisas; las pala- 
bras, angélico concierto, y las miradas, sonrisas celestiales. 

¡Qué fortaleza aquélla, y qué constancia y qué vigor en 
una señora tan trabajada por las amarguras y los años! Thy 
ñame is woman, dijo Shakespeare hablando de la fragilidad: 
tu nombre es madre, podía haber dicho hablando de la forta 
leza. Eso tiene de admirable la mujer: personas distintas 
un solo ser verdadero. Trinidad, Trimurti en espíritu. ¿Debi 
la mujer? ¡Ah! sí: por lo impresionable, porque llora, porqu 
no busca el peligro, porque cede á vanas aprensiones, porqu 
sucumbe á terrores imaginarios. Poned en aquel vidrio ui 
sufrimiento moral y tenéis el bronce ó el diamante. ¿La que 
branta el sufrimiento propio? Hacedla compartir el ajeno 
veréis cómo no desmaya. Madre, esposa, hija, amante, hei 
mana de la caridad, ¿qué importa el nombre? Traedla el herí 
do, traedla el demente, acercadla al hospital y al hospicio 
ponedla enfrente de las grandes crisis, de las grandes mise 
rías sociales, y echadla luego á reñir con nosotros los fuertes 
Siempre nos vencerá allí en una virtud, la constancia; en ui 
resorte, la compasión; en un don maravilloso, el arte de 
consuelo. Nosotros, para vencer el mal, tenemos la materia 
la ciencia, el sentimiento razonado: ella, para luchar con 
gran gigante del dolor, posee una sola energía, una sola: h 
hermosura del alma. 

Mi Padre ya no tenía derecho para pedir fuerzas de resií 
tencia ó sacarlas de flaqueza. Llevaba cumplidos los setenta 
Fué mi enfermedad para él una puñalada por la espalda 
cuando, después de tantos afanes, me veía próximo á termi 
nar la carrera. No se resignaba á aquel naufragio de sus es- 
peranzas en el momento preciso de tocar las playas. Habí; 
perdido el apetito, el humor, las carnes, sus sanos colores, 



317 

la firmeza en el andar, la flexibilidad de movimientos. Lacio, 
encorvado, arrastrando los pies. Pájaros, flores, aficiones ar- 
tísticas, ocupaciones favoritas, todo lo había abandonado. 
Seis días antes era un anciano de buen ver; seis días después 
era un espectro. Con una mirada suplicante interrogaba á los 
médicos; si un triste meneo de cabeza ó un imperceptible 
movimiento de cejas le anunciaban que la cosa iba mal, no 
se podía contener y su desesperación excedía todos los lími- 
tes. Alguna vez salía á la calle; pero era para ir á desahogar 
su acerbísimo dolor en casa de algún pariente, de un amigo, 
quizás de un extraño. Buscaba el infeliz aquel asidero que se 
lama comunión de los espíritus en la pena. Ilusión las más 
/eces. Si os decidís á confiar al mundo el secreto de vuestras 
lesdichas, quizás la elocuencia del dolor teñirá de oscuro los 
semblantes; no siempre obtendréis la repercusión en los co- 
azones . Hay finos egoísmos , instintos de distancialidad 
\ue os aislan de todo padecer ajeno como nos aislamos de la 
>este. ¡Consentir que otro os eche una gota de acíbar en la 
:opa de suavísimo licor que estáis apurando! Con las máxi- 
nas religiosas, con el imperio de la filosofía, con el senti- 
niento, con la reflexión os decidiréis á participar de mis pe- 
ías; identificaros con ellas, hacérolas propias, difícil. Ley de 
ds hombres y ley de la naturaleza. La fiesta en el principal, 
la cama imperial en el segundo; la agonía en la casa, y en 
i calle las carcajadas; el airecillo de la playa y el furioso ven- 
abal mar adentro; soles espléndidos en las cimas, y á vues- 
*os pies un hervidero de nubes que disparan el rayo asola- 
or y se desatan en enormes cataratas... 



IV 



Bajo el peso de aquellas tribulaciones, la flojedad de la 
rae tenía que ceder, y con efecto, cedió, y vino la enfer- 
edad de mi Padre, rápida, amenazadora, espada en mano. 
:npezaba entonces mi convalecencia. Como no podía salir 



3*8 

todavía de mi cuarto, extrañóme no ver á mi Padre en tod 
el día. Dijéronme que había tenido que acostarse con un li 
gerísimo resfriado; mas la ausencia se fué prolongando tant 
que hubo que contármelo todo y trasladarme á sus habita- 
ciones. Penetré en la alcoba... ¡ah! mi Padre yacía postrado 
en el lecho con todos los síntomas de una fiebre tifoidea. Es- 
taba lívido, cubierto de un sudor viscoso, empañados los ojos, 
la pupila fija, sin conciencia de sí mismo, sin dar muestras 
de conocerme, con frecuentes espasmos y la respiración tra- 
bajosa. El médico permanecía de pie á su lado, contándole 
las pulsaciones, examinando una lengua blanca y pastosa y 
auscultando el pecho, en el fondo del cual se dejaba percibir 
un resuello ronco y desigual, más parecido á desmayo de 
moribundo que á aliento de vivo. 

¿Cómo olvidar aquella horrible escena? La veo, la sigo 
viendo como si la tuviera toda la vida delante de los ojos. 
Una luz tibia filtraba por los espesos cortinajes de los bo- 
cones; mi Madre preparando con un criado las compresas qu 
iban á aplicarse sobre las sienes del paciente; dos mesas ates- 
tadas de vasijas, tazas, frascos y pócimas á discreción, bate- 
ría médica de aquellas modas; una lanceta sobre un pañizue- 
io, botes de sanguijuelas, toallas, varias palanganas, ven- 
dajes; dos señoras orando en un reclinatorio; el severo perfil 
de mi Tío cortando la media luz con los pliegues de su sota- 
na; enfrente un gran Crucifijo de metal sobre fondo de ter 
ciopelo rojo; en un rincón la lamparilla de noche para las fú 
nebres veladas; y allí, en un punto del reducido espacio, e 
enfermo inmóvil, rígido, incoloro, forma sin definir, perdid; 
entre las ondas del pabellón y el blanco mate de las holandas 
como aguardando la mano despiadada que había de trasla 
darle al ataúd y apartarle para siempre — ¡para siempre! — di 
mi vista. 

¡Aquellas veladas! ¿Querréis creer que, aun después d 
tantos años, no me siento con fuerza para describirlas? 

Lector: no sé si alguna vez habrás velado á un enferme 
no como velan los extraños ó las gentes mercenarias, sin 
como vela un hijo. No como velan los extraños, con cele 
con amor, con interés, pero con el frío cálculo de las conve 



3*9 

niencias; no como velan las gentes mercenarias, acomodán- 
dose en un sillón ó medio tumbadas en una meridiana, ca- 
beceando, dormitando; ni aun como velan las personas pia- 
dosas, con un libro devoto en la mano , salmodiando entre 
dientes alguna plegaria en latín ó en romance, con buenos 
deseos, con intenciones santas, pero entregándose al meca- 
nismo de las prescripciones facultativas, dando las pociones 
y calmantes á las horas convenidas y ajustándose religiosa- 
mente y sin discusión al programa de la noche, trazado en 
una tablilla. Cómo vela un hijo, lo supe en aquella ocasión, 
y ahora os lo diré, si á tanto alcanza la pobreza de mi 
lengua. 

Una noche pasada en vela junto al lecho de dolor de vues- 
tro padre, es, si sois buenos hijos, un gran examen de con- 
ciencia. Al vacilar de la rojiza mariposa que nada chisporro- 
teando en un mar grasiento, las sombras se van amontonan- 
do; y estas sombras, sabe Dios si serán los puntos negros de 
vuestra juventud, rebelde á la obediencia. Sabe Dios si 
aquellos ayes que exhala de vez en cuando el moribundo, y 
vosotros tomáis por muestra de padecimiento, sabe Dios, 
sabe Dios si serán recuerdos de pasadas borrascas, con que 
vosotros, precisamente vosotros, perturbasteis la paz de la 
familia. Y aquel respirar cortado y anheloso, y aquella fatiga 
y aquellos desmayos, bien podrían ser sollozos comprimidos 
ó torrentes de lágrimas , vertidas para adentro á la sola me- 
moria de amargas penas que causasteis. Y la angustiosa 
mirada, y el sonido inarticulado, y el movimiento convulsivo 
de los cárdenos labios, y los dedos macilentos que oprimen 
fuertemente los vuestros al retirar la taza, ¿quién sabe si son 
ó no otras tantas reconvenciones mudas y elocuentes por los 
males que hicisteis y los consejos que despreciasteis? ¡Ah! 
Entonces es cuando quisierais que aquellos ojos, próximos 
iá apagarse, tornaran á animarse de repente, para atraeros, 
para moderaros, para dirigiros súplicas ó fulminar amenazas. 
Entonces es cuando quisierais que aquella voz, ya casi ex- 
tinguida, sonara en vuestros oídos, áspera ó dulce, tranquila 
ó irritada, amarga ó consoladora, en cualquier tono, con 
cualquier pretexto, con tal que fuera siempre aquella voz, 



320 

aquella voz misma, aquella voz tan entrañablemente querida 
Entonces es cuando daríais toda vuestra sangre, vuestra 
vida entera, para que aquellos yertos brazos se alzaran, y 
rodeando vuestro cuello en un supremo arrebato de cariño, 
todavía pudieseis oir articular estas palabras: «Por mi amor, 
por las entrañas de tu madre, la senda del deber, ante todo; 
á este precio mi bendición, á este precio mis postreros besos.» 

Yo, por querer del Cielo — y vaya todo en descuento de 
mis pecados,— no tenía esta clase de remordimientos. Nunca 
fui de los que se pasan la vida procurando enojos al padre. 
Algo difería de él en ciertas opiniones; en lo demás estába- 
mos perfectamente identificados. No había en mí ni el esco- 
zor de culpas cometidas, ni la necesidad de obtener perdones 
Otras cosas me afligían y laceraban mi espíritu en aquellas 
noches tremendas. Recordaba nuestros mutuos cariños, núes 
tras recíprocas confianzas, y el pie de íntima amistad que 
hacía de nosotros, más que padre é hijo, dos inseparables 
compañeros. En aquellas horas supremas que precedieron 
á su eterno sueño, agolpábanse á mi imaginación y con des- 
consoladora viveza, las más interesantes escenas de nuestra 
vida en común; cuando á la hora de la siesta nos referíamos 
anécdotas y lances curiosísimos; cuando salíamos juntos á 
paseo dándole yo el brazo ó dándomelo él con más frecuen- 
cia; las bromas que gastábamos con los amigos, los apodos 
con que designábamos á los entes ridículos, las frases que 
nos inventábamos, los nombres estrafalarios que dábamos á 
muchos objetos; los párrafos de buen consejo con que me fa- 
vorecía, fruto de su cariño y larga experiencia; cuando yo le 
arreglaba la corbata ó le atusaba el pelo, ó le recortaba la pa- 
tilla; cuando le enteraba de mis lecturas y nos entusiasmába- 
mos los dos con sentidos trozos de afamados escritores; 
cuando corríamos jugueteando por la casa y mi Madre nos 
llamaba locos de atar y calaveras; cuando empeñado, á lo 
mejor, en no dejarme trabajar, temeroso del daño que podía 
causarme á la salud, tenía que encerrarme en mi despacho y 
todavía él me hacía muecas por la vidriera del montante, su- 
biéndose á una escalera ó encaramado en una silla. ¡Hermo- 
sas puerilidades! ¡Películas adheridas á vuestra propia sus- 



321 

tancia que, al arrancároslas, os dejan abierta y sangrando 
una profunda llaga! Y aquella mía se ahondaba á medida 
que nos íbamos acercando al fatal desenlace; y acabó de 
ahondarse con el aparato dramático que acompaña los últi- 
mos momentos en las familias católicas; la confesión, el Viá- 
tico, la Unción, las preces de los sacerdotes, y, especialmen- 
te en mi casa, con la presencia del entonces Arzobispo electo 
de Santiago de Cuba, D. Antonio Claret, cuya bendición qui- 
so mi Padre recibir antes de exhalar el postrer suspiro. 

Cumplidos sus deberes religiosos, tuvo un momento de 
completa lucidez que aprovechó para conversar conmigo. De- 
járonnos solos; y murmuró á mi oído algunas de aquellas 
frases que os marcan eternamente el corazón con caracteres 
de fuego. No las olvidéis, si, por dicha vuestra, habéis oído ó 
llegáis á oir otras parecidas. No las olvidéis, por Dios. ¡Son las 
más solemnes, son las más cordiales, son las más decisivas 
que escucharéis en todo el curso de la vida! 



V 



Sonó la hora de la agonía. Todos hemos presenciado ago- 
nías más ó menos largas, más ó menos penosas: todas pare- 
cidas. Un altar improvisado, con imágenes de Santos; una 
estampa de la Virgen; velas y lamparillas encendidas: el mo- 
ribundo incorporado en el lecho, descansando el cuerpo sobre 
almohadas ó apoyado en el brazo de la mujer, del marido, 
del hijo, del hermano: una carayá desencajada y amarillenta, 
la nariz afilada, los ojos hundidos y vidriosos: las manos, ten- 
tando, asiendo las ropas con una contracción febril, como 
última toma de posesión de la existencia, como si buscaran 
un último apoyo material en el vacío: á veces una media os- 
curidad, á veces ventanas abiertas, luz, aire, alientos, am- 
biente exterior, flores, memorias de pasadas alegrías, preseas 
de la Naturaleza allí amontonadas para engalanar un alma 
próxima á volar á los espacios. Sacerdotes murmurando una 

2 l 



salmodia triste y acompasada, otros exhortando en alta vo 
y rezando la encomienda y oración de los agonizantes: quie 
de rodillas junto al lecho; quien cogiendo, entre las suyas, 
una mano yerta y abandonada; quien cubriendo la otra de 
besos y de lágrimas, quien administrando un cordial ó aho- 
gando un sollozo. Y todos inclinados luego sobre aquello que 
va á dejar de ser, contando las últimas palpitaciones, aten- 
diendo con avidez á los últimos ruidos del estertor, cada vez 
más débiles y menos frecuentes. Uno más... y todavía es la 
vida: ninguno ya... ¡y es la muerte! La muerte, es decir: la 
facies cadavérica, las manchas violáceas de la piel, el velo y 
las arrugas del semblante, la inmovilidad de la estatua, el 
enfriamiento gradual, el aplanamiento de los miembros, el 
hundimiento total de aquella máquina, como cayendo aplo- 
mada sobre el sepulcro que ha de contener los míseros des 
pojos. 

Notad aquí lo que son la fuerza y el prestigio de la vida. 
Mientras duran los alientos de un moribundo, por flojos y 
tardíos que sean, el dolor de los circunstantes se muestra re- 
servado y contenido: mas apenas se adquiere la convicción 
de que el tránsito ha ocurrido, el dolor estalla de repente con 
una vehemencia indescriptible. ¿Os explicáis este fenómeno? 
Dos minutos antes, la muerte era ya segura. ¿Por qué enton- 
ces no rompisteis? Y la razón es porque esperabais, porque te- 
níais la conciencia de la inmensa fuerza de la vitalidad. Un 
soplo del alma es el alma entera. Un soplo de vida puede re- 
producir la vida, como basta un germen invisible para dotar 
de ella al más perfecto de los seres. 

Eran las tres menos cinco minutos de la tarde del 30 de 
Enero cuando dejó de existir mi Padre. En los primeros ins- 
tantes no quise creer en la muerte: todo entregado á la deses- 
peración: primero sorprendido, y después aterrado. Siempre 
así: por muy preparados que estéis, este hecho indeclinable 
de la suprema crisis ó trasformación del viviente, os sorprende 
cada vez como una novedad imposible, cuando se trata de 
personas queridas. No os convencéis de la muerte, ni aun en 
presencia del cadáver. Los parientes, los amigos son los que 
se encargan de despejaros el espíritu: hablan del muerto, no 



323 

como de quien es, sino como de quien ha sido, no del respeto 
que se granjean, sino del que se granjeaban sus virtudes. 
Aquella partida de óbito que indirectamente le extienden, 
aquel uso del pasado en vez del presente, os hacen palpar las 
horribles realidades. Entráis entonces en el período de los 
abatimientos sombríos, de las desesperaciones frenéticas, de 
las convulsiones, de los espasmos, según los temperamentos: 
en el período délos dos grandes vacíos, el vacío del cerebro 
que se os escapa, el vacío del corazón que os han robado. Y 
llega el delirio á su paroxismo en el momento de llevarse el 
ataúd: inmóviles, estáticos, deshechos en llanto, si sois de 
carácter reconcentrado; mas si, por el contrario, sois arrebata- 
dos, de genio vivo é impresionable, todo lo forzáis, consignas 
y murallas de brazos: todo lo burláis, pretextos y piadosas 
estratagemas; os precipitáis en la sala mortuoria, os arrojáis 
sobre el féretro, besáis y regáis con vuestras lágrimas aquellas 
frentes hermosas ó venerables, aquellos ojos que tan dulces 
os miraron, aquellas bocas que tantas veces os sonrieron, 
aquellas manos que os bendijeron ú os acariciaron... 

¡Ay! todo pasa, y pasa aquella excitación y pasan aquellas 
horas de desgarradora locura. Pero aunque cobréis el valor 
perdido, os queda — si de veras amasteis — os queda una cica- 
triz moral que nunca os dejará libres de las pasadas congojas; 
os queda aquel punto dolorido que me arranca un quejido 
penetrante cada vez que cruza por mi mente el santo recuer- 
do del Padre. Desde entonces no he pasado un solo día sin 
invocar su grata memoria. Hasta en sueños le contemplo, 
le hablo, le acaricio. Muchas veces despierto, sobresaltado, 
llamándole á voz en grito. Le asocio á todos mis pensamien 
tos, á mis prosperidades, á mis esperanzas. 

Vivimos él y yo en una perpetua comunidad de espíritu; 
yo, tributándole en la tierra un culto fervoroso; él, presidiendo 
á mis destinos desde las regiones etéreas... 



1850-1852 



SECCIÓN PRIMERA 

Me mandan á la montaña. — ¡Ohé, capitana! — No me hable V. de los hombres. 
—Natural y vecino de Esparraguera. — Collbató: de la sustancia del burro. 
— Cuál es el colmo de lo pintoresco. — Monserrat. — De la Merced á Lo- 
yola. — Salve, sancta Parens. — Pensar, creer y sentir. — El tema de los man- 
resanos. — Se os deberá, Villalobos. — Cuatro mil doscientos monosílabos. — 
Los Folch de Cardona. — Aprovechado panteón. — Justicia feudal- — Viaje 
por lo más salado. 

I 

Cinco largos meses estuve sin levantar cabeza, al cabo de 
los cuales tuve que resolverme á suspender mis habituales 
ocupaciones para ir á respirar el aire de la montaña. Bus- 
qué y encontré un excelente compañero que pensaba recorrer, 
como yo, parte de Cataluña; y entre las condiciones que se 
pusieron, fué una que visitaríamos Monserrat, y otra que 
habíamos de pasar por Cardona, para dar un vistazo á las 
salinas. 

Tenían entonces los coches de camino, en Cataluña, sus 
especiales categorías. Diligencias llamaban á los vehículos 
de dos ó tres cuerpos, que hacían carrera larga, á Lérida, á 
Zaragoza, á Madrid: á los demás, con ó sin compartimien- 
to, les reservaban el nombre genérico de ómnibus. Ómnibus 
fué el nuestro, pues por aquella línea no debíamos pasar de 
Esparraguera. Allí nos acomodamos como Dios nos dio á 
entender, sin numeración ni asiento fijo; que en eso de nu- 



32Ó 

meraciones y otras aritméticas, estaban poco fuertes empre 
sas y mayorales. íbamos en la alegre compañía de un vejete 
que, por el pico y la traza, anunciaba ser de vida airada y an 
cha conciencia, palabrero, de poco seso y menos asiento: ui 
cura de lugar, romo, calvo, lleno de cazcarrias, con tres dedo 
de pringue en el sombrero, seis en el alzacuello, sopalanda de 
cosa que fué paño y medias negras de estambre bostezandí 
por los tobillos: con más, dos mancebos y no de barbería, sil 
de tienda de aceite y vinagre, haciendo del galán con unos eí 
pantajos de jamonas, capaces, á la simple vista, de quitar e 
apetito al más tentado de la carne. Caminábamos á la usanz 
antigua, llevados á flote ó en volandas por seis muías éticí 
con los tirantes de soga, collarón destripado, borlones de hih 
chos y pródigo avío de cascabeles: cada bache, que nos descua 
dernaba; cada tumbo, que nos zarandeaba como costal d 
nueces, y cada tropezón de las bestias, que nos tenía, á nos 
otros con el alma en un hilo, y á las benditas prójimas en ui 
constante chillido. A todo esto un sol de chicharra, turbom 
das de polvo que entraban por boca y narices, y la infernal 
descomulgada lengua del zagal con la consabida tanda de h 
tigazos al aire y otros destinados á los flacos espinazos, sobr 
los cuales seiba dibujando la más prolija labor de caprichosos 
verdugones. Topamos en uno de los relevos con un ventorrilh 
donde me dió la picara tentación de administrarme un tro; 
de salchicha adobada con guindilla, según estaba de picante 
entróme una sed rabiosa, sin agua ni manantial para el refrige- 
rio. Viéndome el cura en aquel trance, me hizo remojar 
el tragadero con un rejalgar á manera de vino, más entonado 
que aguardiente de bala rasa, y lo sacó de un gat ó bota de 
cuero que llevaba repleto hasta el gollete y oculto entre los 
pies debajo del manteo. 

A pocas leguas de camino, trabamos plática los viajeros. 
Hablaron de toros y de casamientos: el viejo, aficionado al 
palique, mostraba mucha erudición en la sublime ciencia del 
toreo, comparando tiempos con tiempos, diestros con diestros, 
y bichos con bichos. Paquiro, el Chiclanero, y otras celebrida- 
des del día eran niños de teta al lado de Romero y Costillares. 
Visiblemente el arte iba decayendo: no había brazo izquier- 



327 

do; todo el mérito consistía en atracarse de toro; mucha fal- 
ta hacía una escuela como la que creó en Sevilla el séptimo y 
prudentísimo Fernando. El clérigo aplaudía, á estilo de los 
teólogos de Salamanca, recordando la infinita sal con que 
los españoles manejan los trastos de matar; convenían en 
ello los dos horteras, y además, porque es función que deja 
el dinero en el país; las mujeres callaban. Mas apenas se em- 
< pezó á tocar la tecla del matrimonio, fueron ellas las que 
soltaron el trapo y como cotorras se despacharon. La mayor 
era viuda, las demás, doncellas impenitentes. Concordaron to- 
das en el punto de que eso que hemos dado en llamar hom- 
bres es un abuso que no debe permitirse ninguna mujer de- 
cente: que el que más y el que menos, manso ó calavera, 
polvorín ó pazguato, es un monstruo de abominación capaz 
de pegársela al mismo lucero del alba. 

Estando en estos coloquios y á unas cincuenta varas de la 
carretera, divisamos un bello edificio con jardín á la inglesa, 
larga alameda, elegante verja, y en el centro del parterre, la 
estatua ecuestre de un guerrero, armado de punta en blanco. 
Aquel conato monumento era clarísimo espejo de los tiem- 
pos, Cien años antes no hubiéramos vacilado: estatua de gue- 
rrero, residencia señorial. Cien años después ¿qué representa- 
ba? El reclamo de un guarnicionero que levantó aquella fábrica 
con el dinero de las albardas. Un monumento elevado, no al 
caballero, sino al caballo; no al caballo, sino ai aparejo. 
¡Singular destino el de los bronces, que con ser materia tan 
dura, se hace dúctilísima para toda clase de epopeyas, las de 
la gloria y las del bolsillo! 

En Abrera, último relevo, un mozo de muías, mientras 
cambiaba el tiro, iba entonando el siguiente estribillo 

«Per S. Pera festa á Abrera, 
A Olesa per S. Joan, 
Y els sayons d' Esparraguera 
Per Santa Eularia la fan. > 

— ¿Sayones nada menos — dije yo — los de Esparraguera? 
¿Y de dónde les viene ese puñado de honra? — No sé — repu- 
so el otro; — mas oiga el final de la copla: 



3 28 

«D 1 Esparraguera n'era 
Judas lo traidor; 
D, Esparraguera n'era 
Y era cardadora 




¿Con qué el Iscariote hijo de Esparraguera y cardador de 
oficio? ¡Nosotros que, fiados en el Evangelio, le habíamos 
creído siempre pescador y judío, dos cosas tan bien avenidas 
Hubiera sido obra meritoria advertírselo al Dr. Strauss que 
acababa de publicar su Vida de Jesús, ó á Mr. Renán que esta- 
ba con las manos en la masa preparando su libro del mismo 
título; pero calculé que ninguno de aquellos señores se toma- 
ría la molestia de consultar los archivos de Esparraguera 
y así quedará la historia del Discípulo traidor, consagrando 
injusticias y hartándose de desbarrar en latín, en griego y en 
hebreo. 

Por los sambenitos y las libertades poéticas del mozo de 
muías, vine en conocimiento de que los de Esparraguera no 
eran santos de mucha devoción entre las gentes de la comar 
ca. Apenas llegados al pueblo y sentados á la mesa del para 
dor, también nosotros tuvimos que ponernos del lado de lo 
maldicientes. Pronto se enzarzaron nuestras jamonas de 
ómnibus con el avechucho de la posadera, que, de un lado 
para otro y con los brazos en jarra, no hacía sino chillar y 
bullir. Quejábanse del jaspeado de los manteles, de la pega 
josa babilla que exornaba el borde de los vasos, de los pía 
tos historiados con ilustraciones de grasa, de unos dedo 
mantecosos impresos en toda la vajilla, de restos antediluvia 
nos de yema de huevo incrustados en cucharas, tenedores y 
mangos de cuchillo, y de cierto cabello volandero que, con 
inaudito descaro, se había quedado culebreando, reluciente 
de pomada, en el aceitazo de la sopa. Tal, al fin, era todo 
que las señoras se quedaron sin probar bocado. 

Menos melindrosos los barbudos, despachamos la cena al 
galope, como quien trae atraso de hambre; ansiosos de tomar 
la horizontal del demasiado cansancio de la jornada. Al en- 
trar en mi cuarto me aseguré por dentro con el pestillo, y un 
par de horas haría que estaba durmiendo cuando me despier- 



329 

tan de un tremendo porrazo aplicado á la puerta. Levántome 
sobresaltado, busco á tientas los fósforos, no los encuentro, 
siento que la puerta se abre, oigo distintamente pasos, y 
¡zas! se me cae encima un enorme peso con dos velludos 
brazos que me aprietan y sofocan y un cálido aliento que me 
abrasa la cara. Yo que, según me trataban, creí que me iban 
á matar, sospeché de un mozo de la posada, barbi-negro y 
mal carado; mas no era él, sino un mastinazo, con quien 
trabé relaciones en la mesa, y después de dejarse regalar por 
los últimos convidados, venía á compartir mi lecho, al olor- 
cilio del antiguo agasajo. Repuesto un tanto del susto, que 
fué mayúsculo, di un puntapié al intruso, y para no verme 
en otra refriega, atranquéme como pude, con muebles y baú- 
les, ya que, por lo visto, los pestillos de Esparraguera corrían 
parejas, en lo traicioneros, con su paisano el Iscariote. Y 
acordándome de una bolsita de malla de seda en que traía 
algunas onzas y había dejado desamparada sobre el velador, 
compadecido de ella, la trasladé á mi propia cama, para que 
así, durmiendo bajo mi misma almohada, se encariñase más 
y más con su simpático dueño. 

A las cuatro de la mañana estábamos camino de Collbató 
á tomar los jumentillos, único elemento posible para acome- 
ter la subida de Monserrat por aquel lado. Toda la población 
vivía de la sustancia del burro. Dos pintores que se nos jun- 
taron, no cesaban de elogiar aquella santa humildad de nues- 
tras caballerías. Llamábanla el colmo de lo pintoresco. 

Más decían: de borrico á ferrocarril, lo pintoresco baja; 
de ferrocarril á borrico, lo pintoresco sube. ¡Qué de cargos 
contra el camino de hierro les inspiraban aquellas orejotas! 
Nadie pensaba entonces en aplicar los relés á las monta- 
ñas. La misma Suiza , para izaros al Pilato ó á Righi 
Kulm, os ponía á régimen de mulo. 

En todo paso de montaña veían su última trinchera los 
idealistas. En nombre del Arte esperaban que la locomotora 
no se iba á meter con los terrenos accidentados. Allí al menos 
no seríamos un número y un paquete. Apéndices de la má- 
quina: siempre el triquitraque, nunca los grandes silencios 
de la Naturaleza; paisajes sin colorido local y en linterna 



33o 

mágica. ¡Qué viajes aquellos de la antigualla, en muía de 
paso, jaco andarín ó coche de colleras! Os apeabais cuando 
queríais, llenabais la panza á satisfacción, dormíais á pierna 
suelta en ventas, ventorros y ventorrillos. Malas comidas, 
colorido local; salteadores, colorido local; moscas, mosqui 
tos y otras sabandijas, colorido, la mar de colorido. ¡Ahí 
estudiabais el país. Cruzabais sembrados, bebíais en los ma 
nantiales, os regalabais á la sombra del viejo encinar, cono 
ciáis las gentes, requebrabais á las mozuelas; y si por ventu 
ra no era viaje de placer, sino de negocios, allá que tuvieran 
paciencia los impacientes; que siempre llegabais cuando Dio 
era servido, y hay en este mundo mucha vida por delante. 



II 



Cuento de nunca acabar eso del pro y el contra. A caballo, 
en mulo, en coche, ¿porqué no á pie? Para lo pintoresco, el 
pedibus andando os da, no sólo la calidad, sino sobra de canti- 
dades. Contad bien: de Madrid á Barcelona, en diligencia, 
cuatro días de pintoresco; en ordinario, ocho días; á caballo, 
quince días; ¡treinta días por lo pedestre! Un hartazgo para 
los estómagos más artísticos. 

¡Ea, fuera las botás de Pulgarín! Cuanto más pedestres, 
más pintores. ¿Quién duda que son más pintores que nos- 
otros todos los pueblos de infantería, aschantis, fellatahs, ca- 
fres, zulús, nyam-nyams y otros cultísimos habitantes dei 
África, tierras adentro? 

Pregunto una cosa, pintor: ¿te imponen el ferrocarril? En 
Suiza, en Escocia y en toda tierra de montaña; en las Pam- 
pas, en las estepas del Asia y en toda tierra llana, ¿quién te 
impide endosarte un poncho y una mochila, armarte de po- 
lainas, y si hay asperezas, coger el gancho del alpenstick para 
viajar más á lo artista? 

Te quejas de puro mimo. Nadie te prohibe viajar á tu gus- 
to, aunque sea á gatas. Y si nadie te lo prohibe, deja que el 



33i 

ferrocarril cumpla su misión en el mundo de las actividades, 
ya que no en el de las fantasías; suprimir obstáculos, abre- 
viar distancias, instantanear negocios y economizar fuerzas 
y dinero; y todo esto, añadiré, sin perjuicio de lo pintoresco. 
Créeme: toma billete de tercera, en tren tortuga, para más 
colorido; párate en cada estación, y pásate, si te place, se- 
manas enteras, entregado al impresionismo. 

Estas y otras razones iba yo dando á mis dos simpáticos 
artistas, no echando de ver que á puro teorizar sobre lo pin- 
toresco, descuidábamos la mucha pintura que teníamos de- 
lante, y en los mismos cerros que estábamos subiendo. Los 
cuales, vistos por aquel lado, y al sol naciente, semejaban al- 
menadas torres chapeadas de plata ó encantados palacios de 
cristal de roca. Todo aquello indica, desde luego, ser produc- 
to de algún accidente geológico; pero la leyenda se ha aga 
rrado allí de tal manera, que no hay roca, ni matorral, ni des- 
peñadero, ni hondonada que no posean la suya. Del conjunto 
os dirán que la montaña fué una de las que se descuaderna- 
ron al espirar en la cruz el Salvador de los hombres. ¿En 
qué lo fundan? En que así lo declara San Cirilo, quien, ade- 
más del Gólgota, cita, entre las comprendidas en aquel caso, 
una montaña de Etruria, otra de la Campania et in Tarraco- 
nensi Hispaniá Monserratus. 

Mas yo entiendo que lo que había allí de más legendario y 
tradicional era el infierno del camino; pues á no ser por los 
asnos, que sabían bien dónde les apretaba la herradura, mil 
veces con las espaldas hubiéramos medido el suelo por aque- 
llas angosturas, ya que no fuéramos á dar de cabeza en el 
fondo de un precipicio. Atribuían los devotos aquella desidia 
á que en lugares de tanta religión, se piensa más en cosas 
del alma que en la obra de las manos; á lo cual replicaba yo 
que de ninguna manera puede estar reñida la religión con la 
seguridad del viajero ó con la vida del peregrino; haciendo 
notar de paso que tales extrañezas, como aquellas sendas tan 
frecuentadas como descuidadas, no se ven más que en Espa- 
ña; porque, en cuanto al extranjero, hasta para llegar á la 
cumbre del Simplón y á la del San Bernardo, hay caminos 
excelentes, sin duda porque, al revés de los nuestros, creen 



332 

los santos religiosos de aquellas tierras que las sendas peli 
grosas y extraviadas son tan funestas para los cuerpos com 
para los espíritus. 

III 

No pedirme noticias de la fundación del Monasterio, ni d 
las diversas trasformaciones que ha sufrido. S'adresser á lo 
Manuales y Manualitos. Demasiado se comprende que, e 
los ocho siglos que lleva de existencia el santuario, se habrá 
ido hacinando allí restos de todos los órdenes arquitectón' 
eos, desde el sencillo toscano al calado ogival, y desde el e 
belto corintio al infame barroco. Tampoco causará maravill 
que, por aquellos sitios, hayan pasado esponjas y cáusticos e 
forma de espadas, incendios, pillajes ó barrenos de los q" 
acaban, en un santiamén, con la obra lenta de los siglos: des 
files sangrientos de turbas andrajosas, francos, patuleas, 1 
giones extranjeras, inquinias liberales contra despotismos te 
cráticos. 

Entré en un antepatio solitario y cubierto de hierba; y e 
el portal que se conserva de la primitiva Iglesia, vi á derech 
é izquierda dos lápidas conmemorativas: una dedicada á Sa 
Ignacio de Loyola, otra á San Pedro Nolasco: el jesuíta y 
fraile de la Merced. Dos fundadores de Ordenes monásticas 
pero ¡qué diferencia! Loyola, símbolo de la espada, de lo 
rencores, de las iras pontificias; Nolasco, bálsamo consol 
dor, mensajero de cariños y celestiales dulzuras. Loyola ( r 
presentante de la persecución; Nolasco, de la redención 
aquél forjando cadenas para la voluntad y el pensamient 
éste rompiendo los grillos de los cautivos. Loyola todo ceño 
todo estrechez, todo sangre militar: Nolasco todo amor, tod 
caridad, todo bondad evangélica. En aquellos dos hombres 
á entrambos lados del portal, distintamente veía las d 
opuestas tendencias de una propaganda religiosa: en el j 
suita, la tendencia política tirana de las conciencias, adulado 
ra de los déspotas, hostil al progreso por la razón, sin pa 



333 

en el arte del espionaje, cortesana de los Reyes ó de los pue- 
blos, según los casos; en el fundador de la Merced, el senti- 
do moral del Cristianismo, la abnegación, el sacrificio, la en 
trega de sí propio, el todo para todos, que es la más pura de 
las divisas. Ambos personajes visitaron un mismo santuario, 
á dos siglos de distancia. ¿Cómo, de rodillas sobre unas mis- 
mas losas, recogieron tan distintas inspiraciones? 

Vamos entrando, que ya se divisa la fachada de la Iglesia 
moderna. ¿Era fachada? Sí y no. Algunos toques de estilo 
corintio, una ornamentación ligera y viuda de su Apostolado 
de mármol, que yacía, maltrecho y á pedazos, bajo los sopor- 
tales del antepatio. El interior de la Iglesia me hizo el efecto 
de una gran casa desalquilada. Tal como estaba entonces, se 
reducía á un altar mayor medio restaurado, algunas capillas 
esbozadas, con cuadros medianejos de asuntos sacros, una 
gran verja, un coro regular, y en el centro, un buen grupo de 
escultura representando la Virgen y la Magdalena al pie de 
la Cruz. 

Me enseñaron los planos de la nueva Iglesia que se trató 
de construir cuando se hizo la traslación de la Imagen el 
día ii de Julio de 1599, en presencia de Felipe III. ¡Qué 
proyectos de artesonado, de mosaicos y verjas! D. Juan de 
Austria el Pequeñuelo, el hijo de Felipe IV, mandó dorar 
una magnífica á sus expensas. Ciertamente la fe acuñaba en- 
tonces mucha moneda. ¡Jesús! ¡Cómo cambian los tiem- 
pos! Quemaron el templo los franceses en la guerra de la 
Independencia; más de cuarenta años habían trascurrido y la 
restauración seguía en proyecto. No se logró reunir suficien- 
te caudal para realizarla, ni con las limosnas de los fieles, 
en un país tan dado á las devociones, ni con la conocida es- 
plendidez de nuestros Monarcas en cosas que atañen á la 
Iglesia. Para muestra, bastaba la tosca y pesada verja del cru- 
cero, fabricada en Manresa y adornada con esta inscripción 
que uno de mis compañeros calificaba de epigramática: «La 
gran piedad de Fernando VIL» 

Allí el gran objetivo, el centro de todas las miradas, era 
la Virgen, negra como la de Guadalupe y de una sola pieza, 
con el Niño, á estilo de la de la Almudena. Llevaba corona 



334 

imperial, con doble aureola, largo velo y ricos vestidos de 
costosísimas telas; lucía además algunas joyas, que antigua- 
mente eran muy numerosas. Escuchaban los peregrinos el 
relato del misterioso hallazgo con la atención y el interés que 
se prestan siempre á las piadosas leyendas de aparicione 
crónicas sencillas y edificantes, que si dan en los pueblos 
medida de una piedad acendrada, no suelen diferir much 
en su forma exegética; el pastor ó la pastora, la dama ves 
da de blanco ó la Imagen olvidada, una revelación, alg 
milagro y después el rico santuario, á veces el opulento m 
nasterio, fuentes, curaciones, el tesoro espiritual de las 
dulgencias y el más terrenal de las cuantiosas dádivas y e 
pléndidas larguezas. 

Hízonos gran impresión la Salve Regina, cuando, 
entre dos luces, los monaguillos de la Capilla la cantaron, 
con los gozos y el rosario, acompañados de fagot y violones. 
Encontré aquella escena muy sentida y poética hasta lo 
sumo: salpicadas las naves de relumbrantes lentejuelas de 
oro con la última llamarada del día; el dibujo de aquellas 
voces infantiles sobre el fondo melancólico del violoncello; 
silenció, recogimiento, actitudes humildes en los fieles; en 
el órgano el estallar de las trompas, aquel juguetear de las 
flautas, las sonoridades de brisa ó de huracán que serpentea 
ban por el espacio; el incienso, la invocación; y poética hasta 
lo indecible la imagen de María, en quien el culto católico 
personifica las excelencias todas de la mujer: ternura de ma- 
dre, cariños de esposa, purezas virginales, dulzuras, bonda- 
des, consuelos y supremas intercesiones para desarmar la có- 
lera celeste. 



IV 



Intrincado problema el de la poética de las Religiones — me 
decía un joven positivista que formaba parte de la caravana. — 
Habíase sorbido, á los veinte años, los seis tomos del Curso de 



335 

Filosofía positiva dé Augusto Comte, y acababa de meterse en 
la cabeza, el Sistema de Política positiva, en que el mismo 
autor pretendía establecer una religión nueva. «¿Encontráis 
— preguntaba el prosélito de Comte — alguna religión históri 
ca que carezca de recursos poéticos? Los Vedas tienen los 
suyos, el budbismo tiene los suyos, el Zendavesta los suyos. 
Manú les suyos, el Korán los suyos. El Cristianismo los tie- 
ne inmensos. Perderéis el tiempo — añadía — comparando 
unas religiones con otras bajo el punto de vista estético: son 
elementos de maravillosidad heterogéneos, que obedecen á 
distintos grados de cultura, á instintos de raza diferentes, 
á impresionabilidades de diversa forma. Leyendo á Dupuis, 
encontráis más poéticas las religiones orientales; leyendo á 
Creuzer, concederíais la palma al paganismo griego; leyendo 
a Gibbon ó á W. C. Taylor, casi os encanta el paraíso maho- 
metano; leyendo á Cháteaubriand, todo lo declaráis escoria 
ante el Genio del Cristianismo.» 

Por aquellos años de mi visita á Monserrat, todo el posi 
tivismo se encerraba en Comte, para los aficionados, en Es- 
paña, á aquella doctrina. Ni Robinet, ni Stuart Mili, ni 
Lewes, ni Huxley, ni Spencer, ni Littré. Menos todavía se 
soñaba en los recientes engranajes del positivismo con el trans- 
formismo. Preocupados con la evolución de la manera teológi- 
ca en sus tres formas— fetiquista, politeísta y monoteísta — no 
consentían los adeptos de Comte que se buscasen en ninguna 
religión histórica las fuentes é ideales de la verdadera poesía. 
En tocando á lo divino, les molestaba lo concreto, lo de ca- 
rácter puramente formal y externo; y buscaban las grandezas 
sólo en el Dios abstracto, eterno, inmutable, invisible, cuya 
mano sentimos palpitar en todas las obras de la Naturaleza, 
desde las infinitamente grandes á las infinitamente pequeñas. 
Esto lo reputaban y tenían por dogma. La poética de lo 
simbólico les atraía poco. La poética de lo real les ma- 
ravillaba y suspendía. No ya en sencillas funciones como 
la Salve de Monserrat; hasta en las más pomposas ceremo- 
nias del culto les hubierais visto indiferentes. Fríos, delante 
de una Virgen de Murillo, de un Cristo de Ribera, del Descen - 
dimiento de Rubens ó del Spásimo\ helados, oyendo el Te-Deum 



33<5 

de Hoendel, una cantata de Bach, la Creación de Haydn ó e 
Stabat Mater de Rossini; sordos para Milton, para Klosptoc 1 
para los trozos más inspirados de la Gerusalemme. «El sí 
bolo — me decía nuestro joven — corta los vuelos de mi fan 
sía, porque me empequeñece lo excelso: la vista de lo real 1 
agranda porque me lo hace inconmensurable.» Para él, hab 
poesía en Jehovah, poesía en Siwa, poesía en el Júpit 
Olímpico, poesía, sublime poesía en el Redentor de los ho~ 
bres; pero Jehovah le parecía vengativo, Siwa sanguina- 
rio, torpe y sensual el majestuoso Jove. Quejábase de los mís- 
ticos porque, según él, habían retocado, con sombras de ren- 
cores y enojos, la plácida figura del Jesús divino. Era su ilu- 
sión beber el aliento de Dios á prodigiosas alturas, huyendo 
de encerrarse en lo que él llamaba «estrechos moldes del an- 
tropomorfismo.» 

Convenceos de que es inútil querer luchar con ciertas or- 
ganizaciones. Ya entonces á ningún positivista le hubierais 
hecho penetrar en las bellezas del Arte cristiano con las ho- 
milías de los PP. 5 los poetas de baja latinidad, los sarcófa- 
gos de los siglos IV y V, las basílicas del V y del VI, los 
retablos, los monumentos bizantinos, el estilo romano, y más 
tarde los prodigios de la arquitectura gótica. Burlábanse de lá 
música religiosa de los tiempos medios, de la armónica de los 
monges del siglo IX, de los chantres de Carlomagno, de los 
maestros de capilla bizantinos, de las teorías musicales de 
nuestro Isidoro de Sevilla, del venerable Beda, de Odón de 
Cluny y hasta de Arezzo, el benedictino, el inventor de las 
notas. Por negarlo todo, hasta negaban la influencia del Cris- 
tianismo en el Renacimiento, que, en pintura y escultura, 
consideraban como una simple resurrección del genio paga- 
no y viva protesta contra los pudores de la iconografía místi- 
ca. Aquellos ideales les repugnaban; aquel Arte no le sentían. 
«Déjate de cuentos — me repetía más de una vez aquel ami- 
»go: — cada cual es libre en sus impresiones; permitidme te- 
»ner las mías. Permitidme encontrar tanta poesía y tanto sen- 
»tido divino en la flor del campo como otros en el altarcico 
» de una devota; tanto en el trinar de las aves como otros en 
»el sosegado canto de unas monjas; tanto en el aroma de un 



337 

» clavel como en los perfumes del incensario; más en la presen- 
cia y asombrosa multiplicación de la vida por las regiones 
» aéreas, en las terrestres y en las submarinas, que en las ma- 
»ceraciones y disciplinazos de los cenobitas; más en los pro- 
«digios de un gran invento que en las visiones extáticas; tanto 
»por lo menos en el bramar de los Océanos, en el estampido 
»del trueno y en el firmamento tachonado de estrellas, como 
»en las descripciones, lúgubres ó paradisiacas, de Don Calmet 
» y otros teólogos eminentes.» De seguro incluiría ahora el 
curioso libro del abate Lohan. 

De entonces acá, todavía se han extremado los vuelos 
de la estética naturalista. Ha pretendido hacerse un Dios por 
el camino del realismo, como no sé si Fichte ó Mr. de Sche- 
lling prometían hacer uno en la lección próxima, por los sende- 
ros idealistas. Ha anunciado que elevará á aquel Dios suyo 
un trono al abrigo de todo viento: «cansados — dicen los de 
aquella escuela — de esa lucha incesante de las religiones po- 
sitivas que tanta sangre 'derramaron, oponiendo altar á altar 
y creencias á creencias.» 



V 



Renuncié á ver, una por una, las célebres ermitas de Mon- 
serrat esparcidas por la Montaña. En otros tiempos, era 
una excursión muy socorrida, porque cada ermita tenía su 
habitante y su historieta. Allí se descansaba, platicabais un 
rato y tomabais un ligero refrigerio. En aquella mi época, 
todas las ermitas estaban abandonadas. Bastónos subir á la 
más empinada, que es la de San Jerónimo. Bello panorama: 
por esto solo, los suizos y los franceses tendrían allí dispuesto 
un cómodo hotel con restaurant bien abastecido. Mas nosotros 
no damos importancia á estas nimiedades. Por todo restau- 
rant, tuvimos que contentarnos con una tortilleja fría de pata- 
tas y animados tragos de peleón, y, por toda cama, con los 
blandos guijarros para sestear una horita. Y no teniendo 

22 



338 

otra cosa que hacer, nos dimos la inocente ocupación de tir¡ 
piedras al fondo de los despeñaderos, contando las repercusi 
nes del eco. 

Efectuóse con toda felicidad el descenso de la Montaña, 
subido yo en un mulo que, pocos días antes, había tenido la 
honra de conducir al reverendo P. Serra, obispo de Puerto 
Victoria y después coadjutor de Perth, en tierras australias. 
Citólo por lo que me estuvo mareando el guía con la relación, 
durante el camino; y sin duda el animal se asociaba en espí- 
ritu al regocijo del amo, porque apenas se puso en marcha, 
le entraron unos alegroncillos alarmantes, aguzó las orejas, 
y me dió, á expensas de los lomos, una feroz trotada cuesta 
abajo. Digo yo si sería para vengarse de lo mucho que el 
pobre se sentía rebajado. Después de llevar al otro como alma 
en gloria, por ser obispo y varón santo, llevarme á mí có 
alma en pena, por no ser santo ni obispo. 



IV 



Volvimos á Esparraguera para tomar, como ahora diría- 
mos, la línea de Manresa. Diez y seis ómnibus había dispues- 
tos y aún fué menester tomar la plaza por asalto. Razón: 
Manresa estaba de fiesta mayor. Haré gracia de ella á los 
lectores: todas las fiestas mayores se parecen, y además yo 
no podia concurrir á aquella por el luto que llevaba en el 
alma. Contentéme con salir un par de mañanas á las cerca- i 
nías en compañía de uno de mis dos pintores de Collbató: yo 
me sentaba á tomar notas al pie de un árbol, y él escogía si- 
tio para bocetear en el álbum. Recuerdo un croquis suyo de un 
efectismo prodigioso. Manchones blancos y pardos representa- 
ban la Ciudad: uno más recargado, la Seo: la línea rojiza del 
fondo era el Cardoner que avanzaba atropelladamente en olas 
fangosas: con unos toques casi imperceptibles, señalaba tres 
lavanderas retirando de las orillas unos pañales: otros indica- 
ban cuadrillas de chicos peleándose á pedradas: en un sende- 



339 

rillo varios arrieros con sus recuas. Aquel muchacho prome- 
tía: si ha continuado, no habrá hecho mal papel en un gé- 
nero hoy tan estimado. — «Tome V. — me dijo, arrancando la 
hoja: — ahí va un recuerdo mío.» — Lo conservé largo tiempo 
y después lo regalé ó lo perdí: mucho lo siento. 

Lo más granadito que os enseñaban en Manresa era la 
Cueva de San Ignacio con su Iglesia. San Ignacio es el 
tema favorito de los manresanos; aquí entró, por ahí salió, 
por tal punto pasó; si oró, si peroró, si en tales ó en cuales 
sitios estuvo ó no estuvo. La Cueva está abierta en la peña 
viva, y se bajaá ella por una escalerilla de caracol. Allí es- 
cribió Loyola sus Ejercicios espirituales. Conservábanse en la 
pared restos de las cruces que iba trazando con la uña; los 
devotos, de puro entusiasmo, las han ido agrandando con 
las suyas. Por la estrechez de la Cueva puede calcularse lo 
penoso de las posturas, hasta estando de rodillas. Todo el 
labrado es de épocas posteriores; lo único notable entonces 
era el estuco, obra de un jesuíta inglés, con unos medallones 
que representaban los pasos de la vida del Fundador de la Com- 
pañía, y en el exterior del monumento, varias deformes cabe- 
zas figurando herejes. Mostraba el sacristán el sitio dondetenía 
Ignacio apoyada la frente durante los ocho días que duró su 
arrobamiento. De allí extraían tierra los fieles como preciosa 
reliquia. No lejos veíase el retrato de otro personaje de más 
talla, á mi juicio, que el bendito San Ignacio, y fué de su 
misma Orden: el cardenal Roberto Belarmino. 

Al salir de la Cueva, topamos con unos entes de hongo y 
americana que embestían á la gente como toros en lidia. No 
¡llevaban cuernos, sino unos papeles impresos que disparaban 
al bulto, caiga donde caiga. Ál pronto los tomé por corredo- 
res de anuncios de saltimbanquis; mas luego me dijeron que 
oleran muñidores de elecciones. La del diputado por Manresa 
¡| coincidía aquel año con la fiesta mayor. Tratábase de saber 
cuál de los dos intereses debía triunfar en las urnas: si el in- 
dustrial ó el agrícola; y los conciliadores se habían fijado en 
-la persona de mi respetable amigo D. Angel de Villalobos, 
| en quien creían ver representada la mejor armonía entre las 
i ¡fábricas y los terrones. Echaron á volar la candidatura; y 



1 



34o 

para darla bombo, circularon profusamente unos versos que 
recomiendo á los que leyeren, como muestra del alto grado de 
inspiración á que se puede llegar por los floridos senderos de 
la literatura proteccionista. Decían así: 

<La industria, las carreteras, 
Agricultura y oficios, 
Al Poder y á Vos propicios 
.Os piden de todas veras: 
A las penas y quimeras 
Sucedan glorias y trobos (??I1) 
Proteger los hombres probos 
Atañe á Vos y al Gobierno, 
Y un afecto sempiterno 
Se os deberá, Villalobos.» 

Otros versos, y estos ingeniosísimos, corrían á la sí 
por el pueblo; y eran obra de un D. Buenaventura Pons y 
Fuster, gran aficionado al dialecto catalán y á su antigua li- 
teratura. Había hecho el poeta un esfuerzo de habilidad ori- 
ginal, un verdadero tour de forcé: io5 versos, todos en mo- 
nosílabos, para demostrar la índole de aquel dialecto que, de 
haberse cultivado como lengua nacional, sería hoy una de 
las más ricas y flexibles de Europa. No los continuaré todos, 
contentándome con escoger cuatro estrofas; y las pongo sin 
traducción castellana. Si los que las lean son catalanes, ya 
las entenderán; si no, siempre valdrá más dejarlas como es- 
tán en el original; ya que el mérito depende de las palabras y 
no precisamente del concepto. Ahí van las cuatro estrofas. 

< Lluny tos y mochs, que á fer vine 
Lo cant del Mas á-xics trots; 
Y si '1 cap per-vers jo tinc, 
Han de ser curts tots los mots 
Com dos y tres ne fan cinc. 

O car Mas, tú no tens preu, 
Tú vals mes per mí que l'or, 
De gent en tú no sen veu: 
Per so 't vull de mes bon cor: 
Per mes, Mas, que tú no ets meu. 



Ab mont cant tan tose y gros, 



34i 

O bon Mas! jo 't dic á Deu: 
Si vine mes, hem de ser dos, 
Que '1 ser sol me sap molt greu; 
Y tú saps qui vull que y fos. 

Si res mes vull dir de nou 
La ma trem y '1 vers no surt: 
Jo cree dones que n' he fet prou: 
Que tras tan verb y nom curt, 
Tinc lo cap mes gros que un bou.» 

La víspera de salir de Manresa me convidaron á oir, en casa 
de un amigo, un concertista italiano, de la especie más sin- 
gular: un señor Agostini, que tocaba il flagioletto col naso. Hizo 
prodigios aquel ciudadano, soplando por la región del olfato; 
mas por si acaso algún día viniera á caer en manos de us- 
tedes un instrumento practicado de aquella suerte, no olviden, 
antes de usarlo por lo ordinario, la sencilla precaución de cam- 
biar la boquilla. 



VII 



Ya están aparejados los mulos para Cardona. Larga es la 
jornada: no perdamos el tiempo. Nos lo han advertido: tene- 
mos que cruzar un laberinto de revueltas y desfiladeros, y en 
la cabalgata llevamos dos damas de corte sentimental, me 
drosicas y delicadas de nervios. A cada salto pondrán á prue- 
ba la paciencia de los guías, y á cada susto apelarán á nuestra 
habitual galantería. Que se ha aflojado la cincha... plantón. 
Que el mulo aguza las orejas... á ver qué pasa. Que me 
caigo, que me escurro, que me mareo, que me bajen, que me 
suban, que me tengan, que me suelten. Echemos un par de 
horas más de viaje con estos melindres, y poco tontear nos- 
otros por el camino, que con harto sobrehueso lo llevamos. 
En tal conformidad, llegamos al pueblecillo deSuria, que por 
caer justo en el centro del Principado, recibe de los naturales 
el nombre de A mitx mon (á medio mundo). 

Nos aseguran que, de Suria á Cardona, andaremos por bue- 
na carretera. Otra ilusión perdida. La carretera se iba ha- 



1 



342 

ciendo, pero interrumpida á trechos. A cada paso teníamos 
que echar por el atajo; para volver á la ancha vía, era me- 
nester pedir cien veces licencia á contratistas y destajistas. 
Unos eran amables, nos dejaban franco el paso y hasta se 
quitaban la gorra: otros refunfuñaban ó se hacían el sueco. 
Hormigueaba la montaña de braceros con herramientas: 
chocóme ver tanta boina en el país clásico de las barretinas. 
— «¿De dónde sois?» — pregunto á un grupo de operarios. — 
tVizqiieños y guipuzcoanos* — me contestan en su jerga. Ya 
caigo: es el rebose de las Provincias Vascongadas que viene á 
caer sobre Cataluña, en busca de trabajo. 

Cardona es lugar famoso por sus salinas. Sin este atractiv( 
¿cómo habíamos de meternos por aquellos breñales? Minas d< 
sal gema, tesoro de Creso. ¿Quién no iba á figurarse que, al 
lado de este tesoro, aquello sería un Jauja, con alguna po- 
blación de primer orden, desahogo en los moradores, buenos 
salarios, hermosas casas, hospicios para los inválidos y cara 
de Pascua gratis para todo bicho viviente? ¿Jauja, eh? A otra 
puerta. Precisamente por tener Cardona tan á mano el oro, 
me la encontré un pueblo atrasadísimo, uno de los más rús- 
ticos, más abandonados y pobretones de Cataluña. Se- 
ñores, fuera aspavientos: esta es la regla, la regla de toda 
tierra en que se come el garbanzo, llámese España ó lláme- 
se Siria, donde también se garbancea. ¿No está ahí, á dos 
pasos de la Corte, el suntuoso y elegantísimo Loeches con 
aguas, según es fama, mejores que las de Vichy? ¿No está 
ahí, besándose con Cauterets, Aguas Buenas y Luchón, ese 
otro dechado de distinción y comodidad que se llama Panti- 
cosa? ¿Y Toledo, y el Escorial y la Granja con sus espléndidos 
hoteles y sus rapidísimos trenes de viajeros? Ea, déjenme mi 
pobre Cardona en paz, y caminen con la de Dios: que yo ven- 
go á ver salinas, y sólo por pura cortesía penetraré antes en 
el Castillo de los antiguos vizcondes y duques, hoy incorpo- 
rado, con los títulos, á la casa de Medinaceli. 

Los Folch de Cardona formaban, con los condes de Urgel, 
de Ampurias, de Pallars, de Besalú y otras calificadas casas 
de Cataluña, el núcleo de aquella nobleza feudal, más pare- 
cida á la francesa que á la castellana. Como los Moneadas 



343 

que les superaron en grandeza, si no en esfuerzo y bizarría, 
midiéronse los Folch, primero con los Condes de Barcelona, 
después con los Reyes de Aragón; y más de una vez pasearon 
sus huestes triunfantes por la comarca catalana, luchando 
con el rich orne, el magnat ó el de paratxe, y aplastando con 
férrea planta al rustich y al menestral, al mercader y al villa- 
no. Epicos heroísmos de aquellos tiempos, que nuestros pro- 
saicos Códigos de hoy tendrían la humorada de llamar fe- 
chorías. De tan insignes hazañas sólo dos memorias han 
quedado: unas líneas rojas en las páginas de la Historia, y 
un puñado de cenizas en el fondo de los panteones. Por los 
panteones empezad y acertaréis. Mi primera visita fué al de 
los Cardonas. 

Pero en i85o, ¿era aquello panteón ó almacén de provi- 
siones militares? Podían decirlo los sacos de trigo , harina y 
patatas esparcidos sobre las losas sepulcrales; los rimeros de 
heno, paja y cebada hacinados en los nichos ó junto á las 
pilastras; el penetrante olor á cabotaje que apestaba el am- 
biente. Con la contera del bastón, abríais un hueco en el mon- 
tón de tomates y leíais un epitafio dedicado á D. Juan Ray- 
mundo de Toledo ó á D. a Francisca Manrique de Lara. Un 
barrido en las habichuelas, y asomaba el canto de otra lápida, 
consagrada á la memoria de D. Juan Raymundo Folch, Viz- 
conde de Cardona, General de mar y tierra. 

No es aquí cuestión de aristocracia de sangre, ni de privi- 
legios, ni de pergaminos. En plata: aquellas profanaciones 
me repugnaban. ¿Ni siquiera nuestros huesos ha de respetar 
la mano del soldado? ¿ni aun en tiempo de paz dejará tran- 
quilos los monumentos? En Cardona, los soldados de La Ro- 
cha racionándose en el panteón de los Vizcondes ; años des- 
pués, en Barcelona, los soldados de Gaminde acuartelados 
en la Universidad nueva; en Milán, los soldados de Radetzky 
atando los caballos en el refectorio de Santa María delle Gra- 
zie, junto á la Cena de Leonardo de Vinci. 

Con aquellas prosas y aquellas abominaciones, no era fácil 
reconstruirse en imaginación el panteón de los Folch de Car- 
dona. Ahora me lo reconstruyo, pensando en el Escorial, en 
Westminster, todavía más en Saint Denis. Estatuas yacen- 



344 

tes, ó de pie, ó de rodillas, en piedra, en mármol, en bronce; 
con las manos en alto, con las manos plegadas; en línea co- 
rrecta junto al muro ó en artístico desorden por el centro. 
Una vizcondesa con su lebrel á los piés; un vizconde con su 
fiel tizona; un duque y duquesa en consorcio, para que apa- 
rezcan unidos en la muerte los que acaso en vida fueron se- 
parados por los celos, por brutales pasiones ó sangrientas 
rivalidades de familia. Girones de algún pendón heroicamen- 
te conquistado en las Navas de Tolosa, 6 en Mallorca, ó en 
Muret, ó arrebatado en fratricida lucha con el de Urgel, con el 
de Atarás, con el de Perelada. Montantes, rodelas, adargas, 
morriones de cuero ó de metal colgados en la pared, y poi 
su peso y su tamaño, más propios de gigantes que de comu 
nes soldados. Tal vez alguna reliquia traída de Tierra Santa, 
tal vez algún trofeo de caza, una presea de amor, la rojí 
banda cruzada sobre la cota de malla por las manos adora- 
bles de una reina de torneo. Y si, por ventura, os sorprende 
la noche solos en aquella mansión de muertos, puede que 
se os antoje ver animarse entre sombras las esculturas; y se 
levanta de súbito una losa del pavimento y sale un adalid de 
larga cabellera, cortada en cerquillo sobre la frente, y el ca- 
ballero da la mano á una dama de largo y flotante velo, y 
tras del caballero otro caballero, y tras de la dama otra 
dama; y así desfilan en muda procesión hasta el altar de la 
capilla, donde van á prosternarse para recibir la bendición del 
monge gris ó del Prelado con capa pluvial y mitra de relum- 
brante pedrería. 

Aquellos espectros son vuestra conciencia, señores profa- 
nadores de panteones y otros monumentos. Son vuestra con 
ciencia. Reflejo de unos cuerpos que, antes que vosotros, es 
tuvieron en posesión de la vida; que lucharon por ella com< 
ahora lucháis vosotros; que lucharon por ella dentro de las 
condiciones de su país y de su tiempo. Sin aquel pasado, nc 
seríais presente. Ellos y vosotros, eslabones de una mis 
ma cadena. ¿Locuras hicieron? ¿de héroes tomaron el nom 
bre, siendo acaso vulgares ambiciosos? Aun así, respetac 
su memoria yjuzgadlos luego como queráis. La historia los 
ha juzgado ya. ¿Sabéis acaso cómo nos juzgará á nosotros 



345 

Desde las almenas del Castillo se domina tierra hasta ti 
Pirineo. Torre de la Doncella llaman á la del homenaje; por- 
que, según es fama, allí tuvieron encerrada, hasta morir de 
hambre, á una damisela de la Casa por haberla seducido un 
Conde de Urgel, en guerra con los Cardonas. Para más por- 
menores, vide Balaguer, en una de sus infinitas leyendas. 

Más curioso que ellas es lo que me enseñaron en el archivo. 
Trajéronme unos legajos amarillos y ratonados que contenían 
procesos de villanos. En cada portada, el escribano había di- 
bujado, con la pluma, la pena impuesta al procesado ó proce- 
sados. Quien aparecía ahorcado, quien quemado, quien enro- 
dado, quien descuartizado. Cariñitos feudales para la gente 
menuda, que, con razón ó sin razón, pagaba siempre los vi 
drios rotos. 



VIII 



¿Hablaré in extenso de las salinas de Cardona? ¿Para qué? 
Sobre las salinas, ó hay que decirlo todo, ó es mejor no decir 
nada. Tiene la cuestión tres aspectos: científico, económico 
y pintoresco. Del científico no he de hablar: es químico y geo- 
lógico, y ni yo puedo entrar en semejantes honduras, ni se 
rían propias de la índole de este trabajo. El económico me en- 
tretuve en examinarlo cuando, cinco ó seis años después de 
aquella fecha, y estando de catedrático de Economía política 
en la Universidad de Santiago, dirigí una Memoria al Gobier- 
no sobre el desestanco de la sal y del tabaco. Tanto caso de 
mis observaciones hicieron los caballeros de Hacienda, 
que se me han quitado las ganas de reproducirlas en este 
sitio. ¿Hase visto descaro igual á aquel mío? ¡Atreverme 
con memorialitos al Gobierno sobre asuntos de interés pú- 
blico! ¡Un mocosuelo sin nombre y sin distrito! ¿Dónde esta- 
bais, ilustres escribas del antiguo castillo de Cardona, que 
no me pintasteis en alguna portada con una soga? Del más 
puro cáñamo la hubieran apretado, en vuestros tiempos, al 



346 

cuello del bobalicón que se hubiese corrido á dar consejos, 
desde abajo, á los que se ciernen en las alturas. 

Queda el lado pintoresco. Aquí sí que hace falta una plu- 
ma valiente. ¿Habéis visto en algún lienzo de los que pasan 
por inspirados, caprichos de montañas azules en plena man 
cha verde, ó nevadas en plena vegetación tropical, ó negras 
en pleno día? Diríais como yo: eso no tiene sentido común 
Pues amigos míos, lo tiene: aquellas montañas las veréi 
siempre en Cardona, como quede una pizca de luz en el es 
pació. ¿Alcázares ó arco iris? Si son alcázares, ¡qué alcázares 
para un poeta de los de joyería! Por basamento el pórfido, za- 
firos por sillares, por cornisas rubíes y esmeraldas, de jade 
las escalinatas, de ópalo la techumbre y las torres con sus 
agujas de diamantes. Si son arco iris ¡qué bellísimo arco iris! 
Un espléndido manto oriental de mil colores, rayado, tejido, 
brochado con el carmín del crepúsculo, el oro de la luz meri- 
diana, el verdor del cercano arbolado, el azul purísimo del 
cielo, el tinte blanquecino de los vapores matinales. Y todo 
es color y luz y transparencia, es decir, todo sal, cuanto allí 
se ve, se toca ó se respira; líquida la que corre disuelta en 
los arroyos; pastosa la que forma espuma; sólida la cristali- 
zada; volátil la que se esparce por los aires. 

Muchos particulares se dedicaban en Cardona á coleccio- 
nar productos de sal gema. A sus expensas había reunido los 
mejores el presbítero D. Juan Riba. Dividíalos en tres sec- 
ciones: los que él mismo elaboraba, las cristalizaciones ordi- 
narias y las más selectas y sorprendentes. En otra pieza 
mostraba una hermosa columna de orden corintio y una gran 
mesa, todo de sal; y allí estaba el álbum donde los viajeros 
depositaban el tesoro de sus inspiraciones ó de sus simplezas. 
Arriesguéme con unos versos, y fué en mal hora, porque sa- 
lieron sosos: raro prodigio en tan salada tierra. 



347 



SECCIÓN SEGUNDA 

Un compromiso oriental. — Dos fases del orientalismo. — Con Wilkins, Jones 
y Bopp. — Cinco momentos déla poesía indostana. — Walmiki y Kaüdasa: 
el Sakontala. — Si esto matará aquello. — De los Vedas al Manual del to- 
rero. — Taurófilos f taurófobos. — El arte se va.— Otra vez de viaje. — 
¡Hhí!. — Perpiñán. — Música, mi Coronel. — Narbona. — ¿Cuánto valen los 
cuadros grandes? — Montpeller y Aviñón. — La corte de Clemente VI. — 
Usted está español. — Mar de sangre. 



I 

Sin más cosas dignas de notar, y después de pasarme una 
larga temporada, cerca de Solsona, en la casa de campo de 
un buen amigo, regresé á Barcelona á últimos del 5o, con 
más ansia que nunca de volver á la intimidad de mis libros. 
Encontrábame á la sazón con el compromiso de tener que es- 
cribir una Memoria para inaugurar las tareas de la Reunión li- 
teraria en i85i: magnífica ocasión de espaciar el espíritu, 
dando algún derivativo á mi amarga pena, si tenía la suerte de 
encontrar un tema nuevo, elevado y fecundo en trabajos de 
observación y de indagación histórica. Ocurrióseme dar una 
ojeada á la poesía de la India: empresa, más que ardua, im- 
posible, caso de tener que engolfarme en las escabrosida- 
des del sánscrito con toda la copia y rica variedad de sus li- 
teraturas. Mas yo que no conocía, ni he conocido jamás las 
lenguas orientales, mal podía abrigar el atrevido propósito 
de dar tan elevada dirección á un humilde ensayo: tomélo 
sólo de pretexto para examinar rápidamente el movimiento 
orientalista, cuyo nacimiento y cuyos progresos iban rayando 
en fabulosos de medio siglo á aquella parte. 

No entiendo decir con esto que el orientalismo en sí sea 
de origen contemporáneo. Veíale despuntar en otras épocas 
con muy diversas tendencias. En el corazón de la Edad Me- 




dia, con el estudio de las lenguas semíticas, y principalmen- 
te de la arábiga y de la hebraica, primero para responder á 
la manía de las ciencias ocultas, después con miras de pro 
selitismo para vencer, en el terreno de la crítica, á judíos y 
mahometanos. 

Sobreviene la Reforma; y el orientalismo, sin perder toda- 
vía su sentido religioso, cobra mayores alientos y se traza 
más anchos horizontes. Ya no se trata de refutar á los que 
obedecen al Korán ó al Talmud: es menestdr profundizar en 
el estudio léxico de la Biblia, base fundamental de toda con- 
tienda entre católicos y protestantes; y protestantes y cató- 
licos apuran, bajo miles de aspectos, la sustancia de los Sa- 
grados Textos, y para ello hay que cultivar asiduamente los 
idiomas en que aparecieron los originales, sin perjuicio de 
aquellas otras lenguas que sirvieron para las primeras versio 
nes: no sólo la rabí nica y el árabe, sino además el caldeo 
el siriaco, el dialecto samaritano y la lengua etiópica. Pasan 
pocos años; empiezan las Misiones; créase el Colegio de Pro 
pagando, fide; penetra el europeo en tierras de la China y de 
Japón, y por allí, por aquellos fervorosos apóstoles de la fe 
cristiana, viene la primera iniciación occidental en las len 
guas del extremo Oriente. 

Por muy importante juzgo el mérito de los misioneros en 
el cultivo de extrañas lenguas y literaturas; mas hay que con- 
venir en que el de las orientales hubiera hecho pocos progre- 
sos, abandonado á sus solas manos; porque para la propa- 
ganda de una fe religiosa, la lengua no es más que un ins- 
trumento, y no la expresión de la historia, civilización y 
cultura de pueblos antes ignorados. Entonces, al buscarse 
esta expresión, es cuando los estudios lingüísticos entran 
en la categoría de verdadera ciencia, como entró en ella el 
orientalismo desde que tomó aquellas sabias direcciones. 
Para mí era incuestionable — y así lo consignaba en mi Me- 
moria — que el orientalismo había nacido, realmente, con 
los primeros trabajos de W. Jones y de Silvestre de Sacy; 
que Federico Schlegel le había dado gran impulso al llamar 
la atención sobre la filosofía y las lenguas indostanas, y que, 
en lo sucesivo, se había ido completando con el poderoso au- 



349 

xilio de Wilkins y Franz Bopp, de Michaelis y Eichhorn, de 
Burnouf y Colebrooke, sin olvidar los grandes etnógrafos 
como Klaproth y Guillermo de Humboldt. A la sombra de 
estos nombres eminentes, se habían ido formando las nume- 
rosas familias de orientalistas con sus diversas denominacio- 
nes de sinólogos, indianistas, asiriólogos, egiptólogos; las 
literaturas del Oriente se habían clasificado, ordenado, meto- 
dizado y relacionado entre sí con arte maravilloso; un grupo 
en la extremidad del Asia, con el chino, la lengua japonesa, 
la mongola y la mandchúa; otro grupo, en el centro, con la 
tártara, la tibetana, la malesia, la persa y sobre todo con la 
indostana; un tercero, más occidental, con las semíticas, el 
copto, el armenio y el egipcio. 

Por este camino, ya hoy bastante abandonado, iba entran- 
do mi Memoria en el examen concreto de la literatura y más 
en particular de la poesía de la India. Sirviéronme de guía 
Schlegel y Burnouf; algo también Weber, que acababa de pu- 
blicar en Berlín sus Estudios sobre la India. 

Dos fuertes impresiones sentía nacer en mí di penetrar en 
aquel espacioso campo: admiración ante tanta grandeza, y 
compasión al recordar las tristes generaciones occidentales 
que no habían llegado á conocerla. ¡Qué inmensidad aquella 
de la literatura india, tomando la palabra en su más lato sen- 
tido, como expresión del pensamiento de una raza en las ma- 
nifestaciones de su verbo! ¿Hay algún género que la India no 
haya cultivado? ¿Citaréis una forma literaria que haya desco- 
nocido? ¿Qué rincón del pensamiento no han escudriñado, 
qué fibra del corazón no han herido, qué aspecto de la vida 
del espíritu, qué punto de contacto con la Naturaleza no 
vieron ó adivinaron los hombres de aquellas razas? Ellos 
matemáticos, ellos astrónomos, ellos médicos, ellos músi- 
cos, ellos didácticos, ellos legistas, ellos gramáticos, ellos 
filósofos, ellos poetas, poetas hasta lo inverosímil, hasta lo 
sublime. Y no añadía teólogos, porque me refería á la litera- 
tura sanscrito-brahmánica, no á la budhista, que es especialí- 
sima en la alta especulativa religiosa. 

No me atreví á dividir en períodos la historia de la poesía 
de la India. Evoluciones me parecía término más adecuado; 



35o 

así evitaba el compromiso de tener que sujetar á la mecáni- 
ca de los tiempos un orden de creaciones tan sin medida. 
Asistíamos el lector y yo al nacimiento de la poesía religiosa 
en la edad primitiva, la indo-árica: brotaba de repente 1 
épica ó guerrera, al tomar asiento aquella raza en los valí 
del Indo y del Ganges, tras sangrientas luchas; luego 1 
histórica ó descriptiva, con el reposo y el regalo de una civ : 
lización formada; después la labrada, la artificiosa, la qu 
llamaríamos cortesana, cuando van entrando, con la molicie 
la duda, la flojedad y la corrupción de los espíritus; por últi 
timo, la poesía dramática, nacida espontáneamente del óbj 
tivismo de la raza y descompuesta en infinitas formas, hast 
llegar á la fábula, al cuento ó á la menuda leyenda. De pas 
hacía notar la extraña precisión con que la lógica racional 
la lógica histórica venían á ajustarse y á coincidir en aquella 
grandes evoluciones de la poesía indostana. Primero el pu 
blo niño, que ora, que invoca, que advoca, que exhala en pia 
dosos himno* su admiración, su temor ó su respeto; en según 
do término, él pueblo joven con el canto de guerra, el gri 
del combate, cuando lucha con poblaciones de escaso vigor 
les impone el prestigio inconsciente de la fuerza, obedeciend 
á la secreta ley de las selecciones; más tarde el pueblo mad 
yo, narrando, describiendo, pintando, esculpiendo sus haza- 
ñas, como que buscase ya, en los recuerdos, la manera de 
recobrar pasadas virilidades; luego el pueblo al empezar su 
ocaso, con menos inspiración, con lo pequeño, lo frivolo, lo 
alambicado: seguros anuncios de una futura y no lejana de- 
cadencia. Y en todos tiempos y en todo el curso de aquella 
maravillosa historia, el pueblo realista, el de más soberano 
realismo, al contacto de la más opulenta de las naturalezas: 
la poesía en acción, el natak ) con la vida del Dios, con la vida 
del hombre, con la vida del brahmín, con todos los relieves, 
contornos y asperezas de cuanto pertenece al orden de lo ex- 
terno y de lo sensible. 

Obligado á encerrar mi trabajo en muy estrechos límites, 
tuve que ceñirme y me ceñí á dar una idea superficial de los 
principales monumentos de la poesía indostana: — en el gé- 
nero religioso, un fragmento de los Vedas; — en el épico, los 



35i 

dos poemas colosales; — en el histórico, los Puranas; — en el 
lírico, los cantos de Dshayadeva; — en el dramático, el Sacón- 
tala de Kalidasa. 

Sabedor de que acababan de publicarse los Estudios de Mr. de 
Néve sobre los himnos del Rig-veda, así la ocasión por el 
copete, y sirvióme el libro para iniciar á mis oyentes y lec- 
tores en las místicas profundidades de aquellas poesías que, 
por lo profusas é inagotables, parecen un remedo de la eter- 
nidad; pues sólo la introducción de un Veda contiene más 
de 10.000 estrofas repartidas en 1.000 cánticos. Pero, natu- 
ralmente, concentraba yo la principal atención en los dos 
portentos de la literatura india: el Mahabharata y el Ramayana. 
Del primero no conocíamos en Barcelona más que el texto 
en sánscrito: del segundo la traducción italiana, en siete to- 
mos, de Gorresio. ¿Quién sería capaz de echarse á nado por 
aquel piélago inconmensurable? Hubo que limitarse á con- 
ceptos generales y á citas incompletas, según las referencias 
de Wilkins y de Bopp; la admirable descripción de Ayodia en 
el Ramayana con los famosos episodios versificados por Sch- 
legel; en el Mahabharata, los toques más patéticos del sacri- 
ficio de Krishna. Y después de hacer un ligero análisis de 
los Puranas y del adorable cántico de Dshayadeva, termina- 
ba con la exposición del Sakontala ó Anillo del destino, acaso 
el tipo más perfecto del naiak indostano. Herder lo ha dicho 
con grande acierto: allí, en aquella admirable creación del 
poeta de la corte de Vikramadytia, es donde más puro res- 
plandece el genio de la India; pasiones, imágenes, descrip- 
ciones, todo se aparta de aquellos otros senderos á que nos 
tenían acostumbrados los inmortales de la Grecia. 

¡Qué mudanzas desde la época en que escribía yo aquellas 
mal pergeñadas líneas! De entonces acá los estudios orienta- 
les se han hecho casi familiares. De ellos se alimentan la 
Etnografía y la Filología; á ellos consagra su atención un 
sinnúmero de Sociedades científicas; apenas hay Universi - 
dad que no tenga establecida alguna cátedra para su cultivo. 
Misioneros, lingüistas, arqueólogos, artistas, mercaderes, 
políticos, naturalistas, todos corren á respirar Oriente. Los 
que no corremos, lo respiramos desde aquí con lo que nos 



352 

traen ó nos cuentan. Lenguas de Oriente, historia de Orien- 
te, filosofía de Oriente, productos de Oriente, colonias en 
Oriente, querellas y linternazos internacionales por la cuestión 
de Oriente. 

Cuando pase este bullicio, liquidaremos. Los venideros 
podrán contar los pasos que la civilización haya dado, si al- 
gún día el Japón llega á ser anglo-americano, francesa la 
China, alemán el Archipiélago malayo, decididamente inglés 
el Indostán, ruso Estambul y toda la línea berberisca repar- 
tida entre las Potencias mediterráneas. Entre tanto, y ciñén- 
dome á la literatura de la India, debo confesar que, con la 
edad, se han moderado mucho mis antiguos entusiasmos. 
Imaginaba yo que aquellas gigantescas creaciones engendra- 
das en el país de los cinco ríos, vendrían á dar un nuevo giro 
á nuestra educación artístico -literaria; que el Ramayana ma- 
taría la Iliada, Valmiki á Homero y á Milton, Bhartrihari y 
Amarú á Byron, Kalidasa á Shakespeare; como creía que, al 
lado de los Vedantas, nuestras pobres filosofías occidentales 
iban á quedar confinadas á la novela. Hízose el ensayo con el 
romanticismo: el ensayo no ha cuajado. Reposados nues- 
tros ánimos, hemos visto que si hay en las creaciones indias 
mucha magnitud, hay también mucho de monstruoso. Nos 
hemos convencido de una cosa; de que el prestigio de las ci- 
vilizaciones antiguas puede modificar, mas no transformar 
las generaciones nuevas. La India, el Oriente habrán traído 
á la vida del Arte ricos y valiosos elementos: todo el proble- 
ma consiste en saberlos cuerdamente aprovechar combinándo- 
los con los nuestros. 



II 



Mientras andaba yo tan de veras atareado en Asia, Barce- 
lona entera estaba de gran regocijo por bien distintos moti- 
vos. En aquellos días, nuestro celoso Gobernador civil había 
dado licencia para restablecer las funciones de toros inte- 
rrumpidas en Barcelona desde la quema de los conventos. Ya 



353 

entonces no me sentía dispuesto á reconocer en los que 
manden el derecho de autorizar, suspender, restablecer ó 
prohibir corridas de toros. Un D. Fulano ó un D. Zutano, 
por el mero hecho de ser Ministro ó Gobernador, no me pare- 
cía tener mejor sentido que yo, para designarme, en forma 
legal, la clase de diversiones que me convenían. Y por lo 
que iba viendo, infinitos éramos los que, en todos tiempos, 
habíamos coincidido en opiniones sobre el particular; porque 
cabalmente, en cuestión de corridas, siempre las costumbres 
habían logrado triunfar de todas las leyes civiles y eclesiásti- 
cas. Ningún Papa se había atrevido á prohibir que los segla- 
res asistiesen á los toros; y al mismo Gregorio XIII que im- 
puso esta prohibición á los clérigos, le enmendó en seguida la 
plana Clemente VIII, limitando la censura á las Ordenes mo- 
násticas. En vano D. Alfonso el Sabio condenaba en la Par- 
ida i. a el alanzar ó ba fardar ó lidiar toros ú otras bestias bravas; 
m vano declaraba en la 7. a que son en fama dos los que lidian 
on bestias bravas por dinero que les dan; en vano los Reyes 
Católicos prohibían las corridas, y las prohibía Carlos III, y 
rataba de prohibirlas Pepe Botellas: la tauromaquia siguió tan 
resca, burlándose de leyes y decretos y oponiendo un desde- 
ioso Se proveerá del Consejo de Castilla á cada memorial que 
e elevaba al Soberano contra toros y toreros. 
Mas ya que tantas veces había tenido que ceder la Autori- 
ad en el terreno de la prohibición, ¿era lógico, era siquiera 
ledianamente razonable restablecer, de orden del Gobierno, 
is funciones de toros en una Ciudad que ya las tenía casi ol- 
idadas? Ninguna persona de regular sentido se explicaba 
quella zanganada del Gobernador, cuando nada le obligaba á 
lo, ni el cuerpo pedía toros á los barceloneses, ni, aun con 
abérselos negado, podía peligrar el público sosiego. De ahí 
irgió una larga y animada contienda que, por lo curiosa y 
itretenida, vale la pena de ser contada: de un lado, los acé- 
imos defensores del espectáculo nacional por excelencia-, del 
ro, sus detractores que se decían, y con razón sobrada, me- 
,res representantes de la cultura. 

Donde más cuerpo tomó la pelea fué en el café Cuyás, 
l istiendo yo, como tantos, unas veces de simple espectador, 

23 




otras en calidad de pleiteante. Llevaban la voz de la tauro- 
maquia dos mozos andaluces de mucho rumbo y buena capa, 
con un coro de catalanes que se la echaban de caliá y dados 
á lo flamenco. Empezaban citando la respetabilísima anti- 
güedad del toreo, cuyo origen se perdía entre las nieblas de 
las edades, allá, según decían, en las heroicas de la Tesalia 
ó de la Mauritania; luego lo llevaba á Roma Julio César, á 
quien hacían Emperador para el caso; y aquí, en nuestras cie- 
rras, lo aclimataban desde el siglo X los moros, rompiendo 
lanzas contra los cornúpetos en los antiguos circos de Méri- 
da, Córdoba, Tarragona, Toledo y Murviedro. De cómo los 
cristianos, tan enemigos en todo del Islam, nos fuimos so- 
metiendo, en este punto concreto de las reses bravas, á aque- 
lla ley descomulgada, y fuimos humildes discípulos de los 
árabes en este asombroso arte que ha ido levantando el nom- 
bre español desde los cuernos del toro á los cuernos de la 
Luna. 

Tras de la antigüedad, venía la nobleza del toreo. ¿Cómo 
no había de ser noble, cuando el primero y el más antiguo 
de nuestros alanceadores se llamaba Rodrigo Díaz de Vivar? 
¿cuando, andando los tiempos, nuestra nobleza en masa y 
hasta los Reyes se conceptuaban honrados matando bichos¡ 
y haciendo demostración de cuán esforzados caballeros erar 
los que así peleaban en público con tanto riesgo de sus per 
sonas? Y en aquel glorioso y refulgente y sin par período dí i 
la Casa de Austria, ¿quiénes alanceaban y rejoneaban toro: 
sino los Cantillanas y los Maquedas, los Tendillas y los Vi sj 
llamedianas, los Laras y los Chacones, y Gallo, aquel famos« 
Gallo, émulo histórico de los Watt y de los Stephenson I 
porque si éstcs aplicaron el hierro á la fábrica y á la locóme 
tora, aquél lo había aplicado ya ai blindaje de la pierna par M 
preservar de las caricias del pitón la planta baja de los pica I 
dores? Y pues — proseguían los abogados del toreo, — y pue jj 
tan especial habilidad hemos llegado á obtener en el arte d i 
trastear y de pinchar, que ni los franceses ni los italiano ■ 
han conseguido imitarnos, por más que varias veces lo hi A 
yan intentado; y pues tan excelso galardón se ha servid H 
Dios concedernos, no vayamos á renunciar á ese cachito c 1 



3 55 

gloria española, ya que tantas otras se nos han escurrido de 
entre las manos; que al fin y al cabo no somos, por causa 
de los toros, ni más bárbaros ni más crueles que otras na- 
ciones con sus domadores de fieras, sus ejercicios acrobá- 
ticos, carreras de caballos, el pugilato inglés y el reñidero 
de gallos. 

A nada nos doblábamos los de la adversa, siempre tan á 
punto de guerra. Sois unos bellacos — decíamos; — steeple-chase, 
circo de caballos, toreo; ¿vamos á pegarnos por quién mata 
más ó escabecha menos? Niñería lo de pretender que porque 
el diestro puede salvarse y ordinariamente se salva, no es ins- 
trumento de recreación en los toriles. ¿Corre riesgo su vida, 
riesgo inminente? ¿Nos divertimos, ó no, tanto más, cuanto 
va creciendo el peligro? Pues entonces medio ó instrumento 
de diversión es el hombre en el redondel, como lo es al pro- 
pio tiempo el toro. Dos seres que defienden su vida: uno de 
ellos forzado, con el instinto, no sabiendo que va á perecer; 
el otro libre, con la inteligencia, sabiendo que pueden des- 
trozarle, sin que le obligue á ello un alto deber moral, ni le 
fuerce la conciencia. Otra simpleza llamarnos sensibilistas 
porque compadecemos al toro y al caballo. Mutilamos el 
buey para la labor: es una necesidad para un fin útilísimo. 
Mechamos el toro en la brega: ni hay necesidad de bregar 
ni más propósito que pasar el rato. Que el caballo es de 
desecho y siente poco el dolor. ¿Habéis sido alguna vez ca- 
ballos? Lo de la suerte del picador es todavía más inexplica- 
ble. Cuando toreaban los nobles, rejoneaban firme y procura- 
ban salvar el caballo. 

No sé lo de invenciones que se forjaban nuestros tauró- 
manos barceloneses para probar, hasta con el comodín de la 
Estadística, que las corridas no despiertan instintos sanguina- 
rios. Menos criminalidad con Plaza de toros que sin ella. Era 
probado, aritméticamente probado. ¡Si no hay peor cosa que 
i someterle á uno á régimen de natillas y azucarillo! No sa- 
1 Scaréis pueblos viriles, sino sangre de horchata. Récipe: pi- 
ímentón, aguardiente á pasto, tabernáculos, dramas de color, 
dos corridas semanales, cada domingo y cada lunes sesenta 
'caballos destripados, docena y media de puntazos con un 



356 

par de cogidas por temporada, y obtenéis el tipo de la Cons- 
titución del 12: patriotas, liberales, justos y benéficos. 

Las grandes arremetidas del café Cuyás venían al tocar el 
registro de la Agricultura. Nosotros, con el sentido gordo, 
tronábamos contra la cría de reses bravas para lidia; pero ha- 
bía, entre nuestros adversarios, uno que se preciaba de gana- 
derólogo, y echaba por aquella boca cada espumarajo de cien- 
cia rural que aparentaba doblarnos. Adelantándose, lo menos, 
en treinta años, á cierto luminoso informe de un alto Cuerpo 
consultivo, recordaba el distinguido agrónomo catalán los 
tres destinos clásicos del ganado manso vacuno — labor, vien- 
tre y cuchillo — cada uno de los cuales tenía, naturalmente, 
una región apropiada: de modo — decía él — que, con sólo criar 
raza brava en comarcas especiales, á su vez adecuadas al 
caso, no se perjudicaba á las reses mansas. Manejando bien 
el teclado, no había competencia posible entre lo bravo y lo 
manso: cada cual en su pasto y Dios apacentando á todos. 
Pitones de respeto y pitones de hachazo: dos riquezas en 
vez de una. Por mucho criar ganado bravio, nunca tendría- 
mos que suplir deficiencias del manso. ¿Deficiencias? ¿Quién 
hablaba de deficiencias? ¡Si lo que nos sobraban eran bueyes! 
¡Si nuestro clima parecía haberse formado para los bravosl 
¿E íbamos á perjudicar á esos pobres ganaderos que, por cada 
res de lidia, sacaban no sé cuántos tantos más que por las des- 
tinadas á otros usos? Y, con tanta alharaca, ¿qué representar 
ban al cabo los toros de lidia más que una cifra miserable en 
la masa total de nuestro ganado vacuno? 

A mí — la verdad sea dicha — ya entonces me enternecía^ 
poquísimo las cuentas galanas de ganaderos y ganancistas. 
Cuando en aquellos tiempos veía que, bajo el menor pretexto, 
no se pagaba al rentista, ponían el empleado á descuento, y 
el recaudador de Hacienda esprimía el jugo al industrial y al 
propietario, francamente, no me explicaba los pucheritos del 
criador de reses, por si las cruzadas anti-taurinas le harían 
perder algún durejo. El industrial que vive de una costum- 
bre mala, ya sabe á lo que se expone; cuando la costumbre 
desaparece, ó se rectifica, su industria corre riesgo de que- 
brantarse. Y á mí que no me digan: antiguo ó moderno, no- 



357 

ble ó plebeyo, con cogidas ó sin cogidas, el toreo no es cos- 
tumbre mala, es costumbre pésima. Si los aficionados — del gé- 
nero discreto — no me lo dicen con la boca grande, me lo con- 
fesarán al oído con la boca chica. Señores míos: sobre el 
tanti quanti están siempre la moral y la cultura. 

Lo que más me intrigaba en aquella interminable polémica 
era el siguiente problema: si nos sobraban bueyes, ¿cómo las 
carnes estaban tan caras? Verdad es que, en materia de so- 
bras, la cuestión taurina sabía ya entonces pintarse sola: si 
no sobraban carnes, sobraba entusiasmo, que hace veces de 
comida caliente. Sobraba y sobra ese nivel común de chule- 
ría que, entre grandes y chicos, crean las plazas de toros: eso 
que han dado en llamar aspecto democrático porque mandan 
por igual nobles y plebeyos, y no es más, en resumidas cuen- 
tas, que abdicación de toda respetabilidad ante el desenfreno 
de los menos respetables. Sobraban y sobran otras mayores 
causas de perdición, por ejemplo, la tendencia que tiene el 
toril á distraer á las gentes de prestar atención á ciertos altos 
intereses, buscando las emociones fuertes — panem et circenses, 
— mientras otros, muy taimados, se imponen la paternal tarea 
de enderezarnos por el buen camino. Lo que no sobraba ni so- 
bra, según dicen á una voz los mismos aficionados, era y es el 
arte, el pobre arte de la lidia, que cada vez va más de capa 
caída. Quéjanse todos, y quejábanse ya en 5i, de quede día 
en día van escaseando los buenos toreros. ¿Quién sabe si lo 
que no han podido hacer en otro tiempo las leyes, lo irán 
haciendo ahora las costumbres? ¿Quién sabe el porvenir re- 
servado al toreo el día en que, en vez de luchar con los bi- 
chos, tuviese que luchar con su propia existencia, faute de 
combaüants? Vivamos siquiera con esta ilusión los que, desde 
tantos años, procuramos hacer atmósfera contra las corridas 
de toros, arrostrando con orgullo la misma impopularidad 
que tanto ha honrado al noble Marqués de San Carlos, en 
sus campañas del Senado. 



358 



III 



En Junio de i85i, un asunto de familia me obligó á tras 
ladarme al Mediodía de Francia. No era de desperdiciar ta 
bella ocasión de hacer un viaje largo y provechoso: decidí, 
pues, correrme hasta París, y visitar la primera Exposición 
de Londres. 

De Barcelona á París no había más que dos trozos de fe- 
rrocarril: el nuestro hasta Mataró, y el de Poitiers á la capi- 
tal de Francia. Todo lo demás se hacía en diligencia: en Fi- 
güeras tomé la primera francesa. Al ver aquella pesada má- 
quina tan acompasada, con tres percherones en fila que no 
salían del trote corto, y los dos personajes olímpicos, con- 
ductor y postillón, muy soplados de uniforme, dije para mi 
capote: si tuviera que ir directamente á París, ni en un mes 
llegábamos allí con este paso de procesión y este tren de 
media gala. Pronto conocí que me había equivocado. Nues- 
tras diligencias metían y meten aún mucha bulla con sus ti- 
ros de ocho muías, sus arrancadas á escape y la zambra in- 
fernal de zagales y delanteros. Un huracán deshecho sóbrelas 
carreteras, tan rico en emociones como en percances. Cuan- 
do no vuelca ó se tambalea el coche, se rompe un muelle, re- 
cibe un achuchón la caja ó un mulo besa el santo suelo: 
parada de aquí, arreglo de allí, y á lo mejor, sin motivo ni 
pretexto, horas y horas de un paso cochinero que os muele 
la paciencia. Resultado: que, con tanto aparato de látigo y 
cencerreo, nuestras diligencias andan mal y tardan en llegar 
tanto ó más que las francesas, metódicas, reposadas: ganado 
fuerte, lustroso, bien cuidado y, más que con la fusta, gober- 
nado, desde el pescante, con el monótono hiú de los con- 
ductores. 



35g 



IV 



Estábamos atravesando un período de gran excitación po- 
lítica. Todas las situaciones liberales creadas en Europa 
desde 1848, iban de capa caída, empezando por la misma 
Francia, amenazada ya de napoleonismo. Encontrarse un 
francés y un español sin hablar de política, imposible. íba- 
mos seis viajeros en el interior: un francés y cinco españoles: 
la berlina nos la había pescado un matrimonio. Era el fran- 
cés hombre violento, muy estirado, con gran ceño y de aque- 
llos que, en soltando la maldita, ni miran con quién están 
hablando, ni se creen obligados á guardar conveniencias. Mis 
compañeros españoles eran el distinguido escritor catalán 
i Fernando Patxot, con su hijo que iba á entrar en un colegio 
de Inglaterra, su pariente Manuel Lasarte, también escritor 
después, y de los mejores, y un muchacho del comercio, 
Bartolo Canela, buen mozo y galán, aunque un tanto casca- 
rrabias. 

Yo, en aquella época, distaba mucho de haber fijado mis 
ideas en política: estaba en el terreno virginal de las simpatías 
y antipatías. No me pasaban de los dientes los moderados, ni 
me hacían buena sangre ciertas cosas que se referían de algún 
círculo muy elevado de la Corte. Sentíame algo atraído hacia 
los progresistas y agradablemente me sonaban al oído varios 
nombres de allende el Pirineo: Cavaignac, Armando Marrast, 
Lamartine, Odilon Barrot, Dupont (de l'Eure): así como 
hubiera dado á todos los diablos á Ledru Rollin y á Luis 
Blanc con sus monsergas del Luxemburgo. Repugnábanme 
los socialistas y Proudhon me inspiraba secretos terrores. 
Nuestro adlátere del interior era, por el contrario, un rojo de 
pura sangre, uno de esos bebés encantadores que os hablan de 
incendiar, fusilar ó arrastrar, con tanta frescura, como de 
sorberse, en el desayuno, un par de huevos pasados por 
agua. Empezó entre nosotros una brega de los diablos. 



Patxot contestaba al francés con mucha calma; Bartolo y yo, 
que éramos un par de polvorines, le echábamos el agraz en 
el ojo sin miramientos. Él se defendía á grito pelado, rodán- 
donos de saliva, como buen hablador de la espuma, y dando 
más dentelladas que perro en espulgo. No llegó la sangre al 
río. Cuando se veía acorralado, cogía lo primero que encon- 
traba á mano, gorra, petaca, corbata; tirábalos al suelo, los 
pisoteaba y gritaba con delicioso frenesí: Sapristi! moi, je suis 
rrr-épublicain! vive la Rrr-epublique! Menos gritos y más sen- 
satez hubieran convenido á los defensores de aquella mal 
hilvanada Rrr- ¿publique. Acercábase el 2 de Diciembre, é iban 
á barrerla, para diez y ocho años, los Bonaparte y los Mor- 
ny, explotando precisamente el espectro rojo de los amigos de 
aquel energúmeno. 

V 

Con aquellas y otras pláticas llegamos á Perpiñán. Yo no 
sé en qué han pensado los franceses. Perpiñán y Bayona; 
¡vaya un par de antesalas! ¿Quién, desde Perpiñán, adivinaría 
Marsella, ó desde Bayona, Burdeos? 

Cosa de pasar de largo por la capital del Rosellón. De 
sello monumental dos curiosidades: la Lonja del siglo XV, y 
el castillo de los Reyes de Mallorca en la Ciudadela. Alguna 
animación en la Pépiniere y en los Plátanos, la passegiada, 
como dicen en patois aquellas gentes. Por las tardes, la mú- 
sica del no sé cuántos de línea, ejecutaba en el paseo lindas 
piezas: costumbre muy francesa y muy españolizable, si 
tuviesen á bien generalizarla nuestros coroneles. Paréceme 
que nada perderían siendo en este punto un poco más ama- 
bles. Ya que tanto nos cuestan los soldados y á veces tanto 
nos sacuden, bien valdría la pena de que nos divirtiesen á 
ratitos. 

En Narbona estuvimos á punto de tener un lance. Al cru- 
zar una callejuela, camino de la Catedral, se ofreció á nues- 
tra vista un singular y donoso espectáculo, que jamás podía- 



361 

mos sospechar en tan oscuro y retirado sitio. Nada menos 
que un Museo sacro de pinturas con toda suerte de Imágenes 
del género más grotesco y disparatado. Cristos reventando 
de gordos, una Virgen peinada á la polka, Santas con abrigo 
de pieles, mofletudos querubines guiñando el ojo, un San 
José de aire matón enristrando la vara florida, y ricos y en- 
tonados fondos de vegetación, en los cuales las flores y los 
arbustos tomaban el poético aspecto de tomates, nabos y za- 
nahorias. Y en el centro del salón, y á manera de preciada 
joya, una Santa Cecilia sentada al piano, con su papel de 
solfa, partido el pelo en cortinillas, fichú de encaje sobre 
cuerpo de terciopelo, dos perlas en las orejas, pulseras, ani- 
llos y unos dedos hinchados y amorcillados como de sa- 
bañones. 

Al penetrar en la sala del crimen, salió muy ufano á reci- 
birnos el dueño. Olía al parroquiano. 
— ¿Cuánto pide V. por la Santa Cecilia? 
— Veinte francos. 

— ¿Veinte francos? ¿Está V. en su juicio? 
• — Sí estoy: observen Vds. que el cuadro es bastante gran- 
de; y siempre se pagan más los cuadros grandes que los 
chicos. 

I — ¡Pardiez! — dice Canela haciéndose el inocentón: — esto de- 
penderá de las aplicaciones. ¿Cómo quiere V. que ahora, para 
enfundar mis paquetes, me vaya á gastar en lienzo 20 
francos? 

Salióse de madre el pintador, picado hasta lo vivo; y si no 
tomamos la puerta más que á escape, nos hace cantar sin 
solfa, y á trancazos nos deshace las costillas. 

Después de ver en Narbona unos preciosos marfiles de los 
siglos X y XII, unos manuscritos iluminados, y varios mi- 
sales raros de los siglos XIV al XVI, nos dirigimos á Tolosa 
por Carcasona y Castelnaudary. Por fin íbamos á ver una po- 
blación francesa de importancia: saquemos un traje fresco de 
la maleta, y sentemos allí los reales por unos días. 



362 



VI 



Era de rigor la visita al Capitolio. No que me atrajera el 
Hotel de Ville de Tolosa por su mescolanza arquitectónica, 
ni por su magnífica sala de los Ilustres. Lo que buscaba allí 
era condensar en alguna parte los recuerdos y grandezas de 
la antigua y nobilísima capital del Lenguadoc: — cuando fué 
la primera sede de los Reyes visigodos, y por consiguiente 
la primera de la Monarquía española: — cuando, entre torren- 
tes de sangre, se la disputaron, durante siglos, los Reyes de 
Borgoña, los de Austrasia, los sarracenos y normandos, los 
Carlovingios:— cuando vivía próspera bajo sus Condes y fué 
luego sacrificada á la política de Roma, en la guerra de los Al- 
bigenses, desgarrada su bandera por la espada de Simón de 
Monfort, el fúnebre paladín del Pontificado: — cuando, cansada 
de luchas y de horrores, buscó el consuelo á sus amarguras 
en las serenas regiones déla Ciencia, y aparecía la Universi- 
dad de Tolosa, una de las más gloriosas creaciones del si- 
glo XIII, y aparecía, bajo el poético laurel, la Gaya ciencia en 
los vergeles de los Siete Trovadores, y Arnaldo Vidal lucía 
gallardamente la primera englantina de oro idealizada por 
blancas manos. Cuando se esparcían á los cuatro vientos las. 
Leyes del amor, aquel sentido código de la segunda época ca- 
balleresca que iba á renovar, con la inspiración y la pluma, 
las hazañas que otros tiempos realizaron con el hierro de las 
lanzas. Y, como entre nubes de oro, veía flotar, por encima 
del palacio de los Capitúles, la augusta sombra de Clemencia 
Isaura, la fundadora de los juegos florales, tan bella, tan poé- 
tica y tan amorosa imagen que, no creyéndola propia de mor- 
tales, la han querido convertir en mito, y para ello no encon- 
traron las imaginaciones mejor semblanza que la de la 
Virgen. 

Después de la poesía, la prosa; al salir del Capitolio, el ca- 
nal del Mediodía. Parecióme sorprendente aquella obra de 



3&3 

Riquet, destinada á enlazar el Mediterráneo con el Océano. 
Tenía entonces una utilidad que ha perdido después, gracias 
al ferrocarril de Burdeos á Cette. De ahí nació aquella famo- 
sa controversia sobre las relativas ventajas de los ferrocarri- 
les y de los canales de navegación. Aquí no ha habido para 
qué ocuparnos en estos perfiles: ni tenemos canales de nave- 
gación, ni veo más cuestión posible que la siguiente: dadas 
ciertas velocidades medias, ¿no sería más útil volver á las ca- 
rretas? 

Una vuelta por las Iglesias, Museo, fábricas y paseo de To- 
losa, y en seguida á Montpeller, cuna de nuestro D. Jaime y 
célebre por la Escuela de Medicina. Todavía en aquella época 
los doctores de Montpeller tenían vara alta en Barcelona para 
consultas, operaciones y reconocimientos facultativos; des- 
pués, con las mayores facilidades del camino de hierro, han 
sido deshancados por los especialistas de París. Aunque en- 
tre nosotros no había ningún médico, á todos nos dejó com- 
placidos la visita á la Escuela de Medicina. Sirviónos de ci- 
cerone un conserge patilludo, con todo el empaque francés de 
criado de casa grande. Notre Ecole era su palabra favorita; 
notre Ecole era la más antigua de Europa; notre Ecole había 
precedido á la de Salerno; notre Ecole debía su fundación á los 
árabes; notre Ecole era la más esclarecida de Francia, aun en 
la época contemporánea. Hízonos tocar el busto de Chaptal 
y las estatuas de otros insignes doctores, mostrándonos 
luego el anfiteatro, el museo anatómico y la rica biblioteca 
de 35.000 volúmenes, que en pocos años se han elevado 
á 5o. 000. 

Más curiosidades en Montpeller: acueducto, museo Fabre, 
Esplanada y la Tour du Pin. El equipaje y á Nimes. Allí 
radicaba el asunto que me había sacado de Barcelona, y allí 
supe también que no había que pensar en hacer nada hasta 
pasar un par de meses. Oyendo esta nueva los amigos, me 
preguntaron qué iba á hacer. ¿Qué iba á hacer? Lo que hice: 
seguir adelante y volver á su tiempo. Adelante, pues, hasta 
París, deteniéndonos en Aviñón un momento. 



364 



VII 

Mucho se prestaban á la meditación aquellas sólidas mu- 
rallas aviñonesas, mandadas construir por Clemente VI y 
Urbano V, con las siete puertas y treinta y nueve torreones. 
Tipo acabadísimo de la arquitectura militar y pontificia que, 
con lo macizo de la piedra y la arrogancia de las fortificacio- 
nes, parecía tomarse el desquite de lo que habían perdido las 
voluntades en energía, y en virilidad los caracteres. Allí, fue- 
ra de la Roma clásica, era donde se había empezados prepa- 
rar la de los Pontífices decadentes. Allí era donde comenza- 
ban á rebajarse las tallas con los Papas provenzales, devotos 
del francés, durante el período llamado por los italianos el 
cautiverio de Babilonia. ¿Dónde estaban Hildebrando el te- 
rrible y Orlando Rainuccio el indomable, y Signa, el podero- 
so Signa? ¿Dónde la humillación imperial de Canosa bajo el 
primero, las censuras y entredichos del segundo y el poner 
y quitar soberanos bajo el Pontificado del tercero? Siquiera 
veinte años antes de que se levantaran aquellos muros de 
Aviñón, aún había un Bonifacio VIII capaz de morir digna- 
mente en su silla, escupiendo la ira á la frente de Felipe 
el Hermoso, y levantando de cien codos el prestigio de 
la tiara sobre las befas de un Nogaret y las insolencias de 
un Sciarra Colonna. Veinte años después, el período de 
las humillaciones. Las veía representadas en una tristísima 
serie. Un Clemente V alardeando con los venecianos y he- 
cho un ovillo ante la majestad del Rey de Francia: un 
Juan XXII que se dejaba desposeer de la corona y no de 
los i& millones de florines de oro atesorados en arcas: un 
Benedicto XII que, adelantándose á los juicios de la Histo- 
ria, se calificaba á sí propio con un apodo denigrante. 

Mas, entre aquellas figuras poco edificantes, la que en mi 
imaginación tomaba mayor relieve era la de Clemente VI, 
el de la compra del condado de Aviñón, el del perdón de la 



365 

Reina Juana de Nápoles, aquella que hizo extrangular á su 
marido, el desdichado Andrés de Hungría. Vagando por so- 
litarias calles de la pontificia Ciudad, me representaba los 
tiempos que describe Mateo Villani y la pintura que hace de 
la corte del Papa Clemente. Un palacio embellecido, por den- 
tro y por fuera, con las galas y atavíos del lujo más desenfre- 
nado: puestas, de día y de noche, espléndidas mesas cargadas 
de riquísima vajilla de oro y plata con espumosos vinos y 
suculentas viandas. En la primera, la más suntuosa, Papa, 
Cardenales, Arzobispos, Obispos, Abades y otras altas digni- 
dades. En las segundas, los cortesanos, caballeros y escude- 
ros: ojos despidiendo chispas, bocas vomitando epigramas, 
manos sosteniendo copas; en los cuerpos el apetito sensual y 
en los aires la báquica carcajada. Por los salones, en vez de 
silencio y recogimiento, una animación de cuerpo de guar- 
dia: ni el sayal del franciscano, ni el negro manto del domi- 
nico, sino el justillo de seda, la vestidura de brocado, la 
elegante toquilla de terciada pluma, el perfumado guante, ó 
bien el casco, la armadura y el relucir de las espadas. No el 
rezo, ni candelillas, ni Imágenes en los aposentos privados: 
mejor quizás algún velo de trasparente gasa sirviendo de 
marco á unas frescas y sonrosadas mejillas. 

Si además del principal, había algún otro portalón en la 
fachada, tenedlo por seguro: no era el camino de la capilla, 
sino el de las caballerizas. Allí piafaban impacientes los cor- 
celes de marca pontificia; y allí, con discretísimo orden, ve- 
ríais alineados los brillantes arneses con escudete de tiara y 
llaves en cruz, sillas damasquinas, arzones con pomo de pla- 
ta, gualdrapas de rojo terciopelo, rendajes de trama de oro, 
pretales cuajados de pedrería, frenos, estribos, caparazones y 
artísticas espuelas de las más caprichosas labores. 

Llegáis á tiempo, en el mejor momento. Pajes y palafre- 
neros están preparando caballos. Clemente va á salir con toda 
su egregia comitiva. Vedle: va á la cabeza: monta un potro 
cordobés, dádiva del Rey de Castilla. Luce el corcel espesas 
y abundantes crines, primorosamente engalanadas con cin- 
tas de colores. Excelente jinete el Pontífice: en sendos ala- 
zanes ¿caracolean á su alrededor seis ó siete Cardenales, 



366 

mancebos de diez y seis á diez y ocho años. Son recomenda- 
dos del Emperador, del Rey tal, de un Príncipe, de una gen- 
tilísima dama. No se sabe, á punto fijo, si tomarán órdenes 
sagradas. Caso de vocación eclesiástica, cuidarán de disimu- 
larla un poco durante el paseo. Las ventanas están atestadas 
de gente ansiosa de ver la cabalgata. Hay allí gente y gen- 
tes: popólo grasso y popólo minuto. Es fácil también que, entre 
tanta zarza, haya algunas florecitas sueltas: blancas azuce- 
nas, de aquellas con cuyos suavísimos olores suele embargar 
el maligno las potencias de los mismísimos santos. ¿Quién 
se atrevería á renegar del mundo en el preciso momento en 
que dos asesinos ojos os clavan, en mitad del corazón, el 
dardo envenenado? 

Todavía me daban juego los anales de Aviñón para recor- 
dar el gran Cisma occidental y su figura más saliente, nuestro 
D. Pedro de Luna. Cuando le hicieron Cardenal, alguien 
debió pronosticarle que su luna se eclipsaría; y á fe que no 
perdonó medio para evitar el eclipse. Empeñóse en que no 
era usurpador y en Peñíscola murió con su plena conciencia 
de Pontífice. Era aragonés. Cinco Papas apuraron la pa- 
ciencia aconsejándole la abdicación y no lograron conven- 
cerle. 



VIII. 



Por fin, al salir de Aviñón, pude coger asiento de berlina 
y júnteme entonces, hasta Valence (en el Delfinado), con 
un grueso personaje de vidrieras, traje de luto y roseta en 
el ojal. Víle desenvainar un periódico y me apercibí de que 

era El Clamor público. 

— ¡Hola! — le dije — parece que somos paisanos. 

— No, señor: yo francés, pero V. está español. 

— Sí, señor, de Barcelona. ¡Y usted? 

— Yo, de Burdeos. 

— ¡Bonita población Burdeos! 



3^7 

— También Barcelona bonita; pero Burdeos está más gorda 
que Barcelona. 

Y por este estilo siguió una conversación amenísima, que 
entonces no fué política, sino sobre intereses materiales, por- 
que mi aficionado al español era un distinguido ingeniero de 
caminos. 

No vi Burdeos aquella vez. Después de tanto trajín, 
ansiaba llegar cuanto antes á París con la ilusión de tomar 
algún respiro. En Poitiers nos desarticularon las ruedas de 
la diligencia, y amarrando con fuertes cadenas nuestro ve- 
hículo á un vagón abierto, emprendimos la marcha á la gran 
capital por Tours, Blois, Orléans y Etampes. 

Aquí de un gracioso chasco que me sucedió casi á las 
puertas de París. Y fué el caso He esta manera. Iba yo en 
compañía de un Coronel carlista, que llevaba de su propiedad 
un niño como de ocho á diez años. No hubo cerrado la no- 
che cuando el dichoso arrapiezo, sin encomendarse á ningún 
santo, dejó caer la cabeza sobre mi falda y se entregó al más 
dulce é inocente de los sueños. Parecióme bien consentirle 
tales muestras de confianza, porque, en tan tierna edad, hu- 
biera sido muy cruel despertarle y acomodarle de otra suerte. 
También dormí yo bien afianzado con los tirantes del coche. 
¡Qué sorpresa la mía y qué plato de gusto cuando, al rayar el 
alba, despierto y me veo mis pobres pantalones inundados de 
sangre! Mi interesante protegido había tenido, durante el sue- 
ño, una abundantísima hemorragia por las narices. No era 
sólo el pantalón; en un brusco movimiento, al incorporarse 
el diablo del chiquillo, me había salpicado chaleco, pechera 
y puños de camisa. Hasta en las manos me dejó huellas de 
la catástrofe sangrienta. Aquí hay que considerar mis apu- 
ros: el pantalón era gris, tirando más á claro que á oscuro; 
flamante todo el traje, como encargado para un viaje de pre- 
tensiones. Tanta sangre y la fila que llevábamos; una arpi- 
llera el pelo, tres dedos de carbonilla y barbas de cuatro días. 
¿Cómo entrar en París con semejante avío? Y fué ventura el 
ser tan de mañana, para que no me echara la garra la soño- 
lienta policía. Tan corrido iba de verme las manos y la ca- 
misa, considerando el daño que de aquel mísero estado po- 



368 




día sobrevenirme, que á punto estuve de exclamar con lady 
Macbeth: 

«Out, damned spot! Out, I sayl One, two: why, then'tis time to do't. 

Llegados á la estación, quitaron las amarras , pusieron el 
coche sobre ruedas, lavéme, me abroché, y libre de aquellas 
pasadas congojas, dábamos fondo, á eso de las seis de la 
mañana, en la rué Jean Jacques Rousseau, donde estaban el 
parador de diligencias y la Administración central de Correos. 



Cata París, la Ciudad. — Pasaje Saumon. — Ojos bajos, y el derecho al tenor. 
— '¿Saben ustedes comer? — Orientémonos. — Postrimerías de la República 
del 48. — Rey en puerta. — El Louvre pintor de historia. — El sentido del 
Panteón. — En el Padre Lachaise. — Á escoger, Messieurs les cadavres. — 
Muertos con vivos ó vivos con muertos. — De la cremación y sus efectos. — 
Un Napoleón muy casero: los Inválidos. — Al Jardín de Plantas: flora y 
fauna. — Versalles: ¡vive la Gloire! — Novedades de treinta y seis años.— 
Revista de teatros. — Pintadme la pasión. — Puntas y puntitas. — Todo me 
sabe á couplet. — Recuerdos de Chicard. 



«Cata Francia, Montesinos — cata París, la Ciudad,» — dije, 
al apearme de la diligencia de los Sres. Laffitte y Caillard. 
Mas como Montesinos no era yo, ni tenía que buscar á D. To- 
millas, ni que romperle el alma con el tablero de ajedrez, al 
punto sospeché que no rezaban precisamente conmigo los 
parisienses honores del caballeresco Romance: 



SECCIÓN TERCERA 




I 



cLlévanlos á los palacios 
Con mucha solemnidad, 
Y hácenlos muy ricas fiestas 
Cuantos en la Corte están. 



i 



3°9 

Caballeros, dueñas, damas 
Los vienen á visitar, 
Y el Rey delante de todos 
Por mayor honra les dar. » 

Además, que no había entonces, en la buena Ciudad de En- 
-ique IV, ni Rey ni Roque; y aunque tenía suntuosos hoteles 
/ ciertos Hermanos provenzales, justito á la entrada del Palais 
Royal, ni aquellos hoteles me servían, por ser mucha fiesta 
)ara santo tan chico, ni aquellos hermanos lo eran míos, 
3ara estar con ellos bajo el cómodo pie de á mesa puesta. La 
ortuna, que todavía en aquellos tiempos se me mostraba un 
anto avara, contentóse con depararme un rinconcito en el 
Hotel des Etrangers, Passage du Saumon, donde por la módi- 
:a suma de tres francos diarios, obtuvo cada uno de nosotros 
:uarto particular bien amueblado, con el uso común del sa- 
ón, para darnos aire de personajes. 

Ni sombra es ahora de lo que fué el Pasaje Saumon; pero 
c ¡ntonces conservaba todavía algún perfil de sus celebrados 
iempos; de cuando era cuartel general de las costurerillas, 
Acreditadas con nombre de grisetas, en las amenas páginas 
5 ¡le Paui de Kock. No era cosa de desaprovechar una situa- 
ción de hotel tan privilegiada para el caso. Si cien veces en- 
i ¡rábamos ó salíamos, cien veces había que hacer paradita 
elante de los escaparates. El pretexto era enterarse de las 
ltimas novedades; pero con achaque de curiosear, se pesca- 
la el juego de las simpáticas vecinillas que, mientras arma- 
an sombreros, y con toques de flores y plumas primorosa- 
mente los engalanaban, miraban disimuladamente á través 
e los cristales, con los ojos bajos y el derecho al tenor. Dia 
• ¡lo y tentación estaban en regla; pero éramos unos San An- 
mios de condición durísima: aves de paso, y aunque mozos, 
i muy sobrados ni con mucho rumbo. 
Comparábamos con las pánfilas menestralas de nuestra 
^rra aquellas joyitas de mostrador francés. Tan ricas y ga- 
nas, con su vestido túnica en percal ó en lana, á cuadros 
coceses, y aun en seda las más afortunadas; su poquito de 
)mbrera y la manga ajustada hasta la muñeca; cadena de 
vttilor por encima la pechera con menudísimos dijes; el 

=4 # 



37° 

moñete bajo; y peinados en ondas los bandeaux, con fuerte 
dosis de bandolina y un escrúpulo de pomada esencia de rosa; 
puños y cuello lisos y cuidadosamente planchados; botitas 
perla, de cartera y tacón alto, y el divino talle aprisionado 
en una correa color de avellana, con gran hebilla de lustroso 
acero. 

Para almuerzo y comida escogimos, á dos pasos del Lou- 
vre, cierto restaurant Montesquieu, hoy desaparecido; mo- 
desta institución entre merced y señoría, donde por cinco 
francos diarios, nos atracaban de beefsteack con patatas y de 
raya con salsa negra. No tengo idea de que entonces existie- 
sen los diners, después tan generalizados: ni habían nacido 
los bouillons para improvisar un capital enorme en la persona 
de Duval padre, y para que luego se lo tragara Duval hijo en 
la persona de una professional beauty. De manera que, una de 
dos: ó había que contentarse con comidillas ramplonas en 
mesas de segundo ó tercer orden, ó que dejarse desplumar en 
los mencionados Provenzales, ó en Véfour, ó en el café Foy, 
ó en el Inglés, ó en otra media docena de casas de la misma 
aristocrática estofa. Desplumado, despellejado. Ante el frío 
que me entraba con sólo pensar en estas crueles operaciones, 
sentíme por primera vez con instintos de juez inexorable, juez 
mío, de mi propia persona; aquel juez llamado á decidir la 
eterna lucha entre los dos campeones que se disputan cons- 
tantemente nuestra vida: las aficiones y el presupuesto. Su- 
jetar aquéllas á éste: ecco il problema. 

Aficiones en materia culinaria tenía pocas entonces. El 
París cerebro me atraía mucho; el París Gargantúa nada me 
decía. ¡Ah! después, con los miserables años, he sorprendido 
un secreto: que en París lo que más vale es la cocina. Cuán- 
do, cómo y por quién lo supe, se dirá á su tiempo. Cuándo, 
cómo y por quién aprendí el arte sublime de saber comer, tan 
esencial en la excelsa patria del inmortal Antelmo de Brillat 
Savarín. 

En consejo decidióse empezar por orientarnos antes de 
emprenderla con monumentos y curiosidades: Sabe Dios s 
en inventar los paseos de orientación precedimos nosotros i 
Bcedecker, á Joanne y á Conty, ó si fueron ellos los que no; 



37i 

precedieron. Lo cierto es que tomamos tan á pechos la di- 
chosa orientación, y tan á conciencia la practicamos, que 
hoy tendría por imposible recorrer á pie la tercera parte de 
aquel camino. Saliendo del Pasaje Saumon tomamos á la de- 
recha por la rué Montmartre, siguiéndola casi en toda su 
prolongación, hasta el boulevard del mismo nombre. Línea 
de bulevares hasta la plaza de la Bastilla; vuelta atrás, nada 
menos que hasta la Magdalena; de la Magdalena, por la rué 
Royale, á la plaza de la Concordia; por callejuelas á la de 
Vendóme; rué de la Paix; bulevares otra vez; toda la rué Ri- 
chelieu; vuelta entera al Palais Royal; á los Panoramas por 
la rué Vivienne, y de allí, rendidos y mareados, á meter en 
lana nuestros pecadores cuerpos. 

Circunstancia agravante: amén del paseo, dos ascensiones, 
la columna de Julio y la de Vendóme. ¡Qué derroche de ju- 
ventud! Digo: si por entonces hubiésemos tenido á mano, ó 
mejor dicho, d pies, el nuevo París del segundo Imperio! Si 
la piqueta de Haussmann hubiese ya despanzurrado el viejo! 
Capaces éramos, según aquellos nuestros bríos juveniles, de 
tragarnos de punta á punta la rué de Rivoli, de punta á pun- 
ta la rué Lafayette, de punta á punta los Elíseos hasta la 
verja del Bois, de punta á punta ios bulevares, no ya hasta 
la Magdalena, sino hasta el Parque Monceaux. Y sabe Dios 
si lo que no fué indigestión con el París de los Orleans, hu- 
biera sido indigestión y media con el París aderezado á la 
Napoleona. 



II 



Aquella mi primera visita á París coincidía con las postri- 
merías de la segunda República francesa. Que vivíamos en 
plena República, se leía en las fachadas; que estaba en los 
últimos trances, se adivinaba en los semblantes. Templos, es- 
cuelas, cárceles, hospitales, museos, oficinas, cuarteles, todo 
ostentaba el sintético lema: Liberté, Egalité, Fraternité. Fué 



372 

la nota más acentuada de nuestro paseo de orientación. 
Ríase quien quiera de aquellos extremos de luna de miel. 
Afán de primerizos, creerse hombres poniendo letreros. Los 
partidos viejos prefieren los emblemas; primerizos ó viejos, 
todos cultivan las fachadas. En 1848, los letreros franceses; 
en 1868, cierto letrero español; ahora las sesenta y tres flores de 
lis que adornan los cinco portalones de frente y los dos latera- 
les, en la nueva fachada de nuestro Teatro Real. 

Dos estocadas tenía en el cuerpo la segunda República, 
cuando fuimos á dejarle en París nuestra tarjeta de viajeros. 
Dos estocadas milanesas: las jornadas de Junio y la elección 
del Príncipe Luis Napoleón para la Presidencia. Con las jor 
nadas, se había exaltado la bilis de los tranquilistas; con la 
elección del Príncipe, los franceses se habían dado un amo. 
En los cafés que frecuentábamos y en los círculos á que asis- 
tíamos, no tocaban más que un registro: la revisión consti- 
tucional, pretexto que habían inventado, unos con la mira de 
afianzar la República, otros para abrir las puertas á la Mo 
narquía, con ramas nuevas ó viejas. Abundaban los oradores 
callejeros, salivosos, rotos y poco medrados; uno de ellos tenía 
abierta cátedra en el ángulo de la rué Laffitte. Llevaba una 
carga de pomada en el pelo, gorrilla usada de terciopelo con 
larga borla, y por debajo de la blusa asomaba una raída ame- 
ricana. Peroraba, peroraba, cercado de mucha gente. Por 
cierto retintín en la frase y sus infernales trazas, sospechába- 
mos que debía pertenecer á la policía presidencial. Intrigába- 
me que los sergents de Ville le permitiesen despacharse tan 
á su gusto; teniendo orden sin duda de dejarle soliviantar lo" 
ánimos hasta la medida que conviniese al Gobierno. Casos se 
dan, y muchos, de esta maniobra habilidosa cuando está pró- 
xima á reventar la mina. 

El problema de la revisión constitucional se había plan- 
teado aquel mismo año en el mes de Mayo, con cinco propo- 
siciones: una del duque de Broglie, en sentido conciliador; 
otra de Mr. Payer, en nombre de los republicanos templados; 
otra de Mr. Creton, con tendencias orleanistas; otra legiti- 
mistade Mr. Bouhier de L'Ecluse, y otra de Mr. Larabit, 
franca y descaradamente bonapartista. 



I 



373 

La brega parlamentaria, sobre las cinco proposiciones, ha- 
bía empezado el 14 de Julio, bajo la presidencia del viejo 
Dupin, uno de los tíos más solapados, otros dirían más hábiles, 
que ha engendrado la política francesa. Hablóse allí largo, 
alto y clarito, luciendo, en aquel torneo, su florilogio retórico 
algunos paladines de la clase de enterrados y otros de los que 
habían de papelonear en el gran merendero imperialista. Re- 
cuerdo los señores Baroche, de Falloux, Michel (deBourges), 
Dufaure, con el honrado Cavaignac y el buen progresista Odilon 
Barrot, que, en medio de aquellas descargas por compañías, 
nos disparó un peinadísimo discurso académico sobre las for- 
mas de Gobierno en general, sus ventajas é inconvenientes. 

Como era de presumir, no llegaron á entenderse. Andaban 
los demócratas tan desconcertados, que de la defensa resultó 
tanto daño á la República como de la ofensa. Faltando mu 
cho en el escrutinio para reunir los dos tercios de votantes 
que la Constitución reclamaba, no pudo la revisión llegar á 
acuerdo. Y cabalmente allí estábamos los curiosos en el mo- 
mento crítico. Salían los diputados para sus casas; la Asam- 
blea entraba en vacaciones, dejando la cuestión sobre el ta- 
pete, y aquello ardía como pavesa, entre complots, socieda- 
des secretas, ruidosos programas y aparatosas manifestacio • 
nes de todo linaje. A mí, que iba á la husma de sensaciones, 
me daba muy mala espina el sentido de la clase media. El 
dueño del hotel, mi peluquero, los épiciers, hacían política 
tristona y descorazonada; las frases sueltas recogidas en el 
restaurant, en los cafés y en los vestíbulos de los teatros, 
anunciaban un solo temor y un mismo propósito; el miedo á 
los rojos y la esperanza de un Gobierno fuerte. Campeaba en 
los escaparates de las mejores calles el retrato del hijo de 
Mad. Hortensia; en lenguaje oficial y no oficial le llamaban 
el Príncipe Presidente. 

Tampoco se descuidaban, ni él ni sus camaradas del Elí- 
seo, aprovechando ocasiones de exhibirse y de hacer soltar 
prendas al ídolo; que de todo iban haciendo honra y granjeria 
aquellos taimados políticos. Hasta con motivo de colocar la 
primera piedra en las Halles centrales, se habló de no sé que 
otras piedras más sólidas que se estaban buscando para ase- 



374 

gurar el edificio social. Se conoce que no las encontraron 
hasta el 2 de Diciembre, y al cabo con tan escasa suerte/ 
que el seguro, en vez de ser perpetuo, como era de esperar tra- 
tándose de los destinos de un país, no resistió más que diez 
y ocho años y aun á fuerza de toques decorativos: Crimea, 
Italia, Méjico, hasta llegar al crac de Sedán. 

Hubo por aquellos días una parada ó revista militar en el 
Campo de Marte que me facilitó ver más de cerca al Presiden- 
te. No estaba bien á caballo: tenía la pierna corta, muy car- 
noso el muslo y algo combada la espalda, condiciones nada 
favorables para ser apuesto jinete. Robusto como un gañán: 
cuarenta y tres años muy verdosos que le permitieron tirar 
de largo en amores y francachelas. Mostacho pobladísimo, 
con guías republicanas muy modestas, que después, al impe- 
rializarse, se estiraron con el cosmético de la Sociedad higié- 
nica y con el de Legrand, rué Saint Honoré: pelo abundante, 
con aquella raya inexorable, entre oreja y oreja, de que nos 
habla Dickens en una de sus novelas; y pegados á las sienes 
unos parches perfilados á tijera, de los que hoy se llaman per- 
sianas en lenguaje chulesco, y eran características del ya 
referido peinado a la Présidence que adoptamos entonces los 
pollos y á él se han abonado, de por vida, algunos graves 
personajes, por amor á la tradición ó por cariño á la memo- 
ria del gran prestidigitador decembrino. 

Mostrábase aquel día el futuro Emperador muy satisfecho 
en medio de sus leales tropas que tan lealmente le habían de 
ayudar en su negocio de Diciembre. Más satisfecho, sin duda, 
que cuando le vi en Bayona, años después, en compañía de 
su bellísima y simpática mujer, ambos de muy mal talante; 
y ciertamente muchísimo más satisfecho que cuando, poco 
antes de la agarrada con los prusianos, presencié en la rué 
Castiglione su última entrada en París; sombra de pasadas 
vanidades, caída la cabeza, aspecto de ochentón y la médula 
espinal hecha una baba. 

Fuera de aquellos alardes militares neutralizados con las 
manifestaciones, fuera de alguno que otro corrillo y de cuatro 
peroratas de encrucijada con sal y pimienta socialista, nadie 
hubiera dicho, en aquel verano de i85i, que estábamos en 



375 

el París de los volcanes. Esto tiene París de bueno, que como 
no os cojan en el momento crítico de reventar la caldera, nun- 
ca, por las simples apariencias, llegaréis á sospechar la más 
mínima alteración en la maquinaria. Cuidado si había enton- 
ces mar de fondo; pero en la superficie, todo marchaba á 
compás y con tanta regularidad como en tiempos normales. 
Las oficinas se abrían y cerraban á las mismas horas; asistían 
os empleados con la misma regularidad, y con el mismo 
celo trabajaban; no se fumaba más que en los estaminets; en 
-eglamentos de policía urbana la severidad de siempre; el po- 
izonte de Mabille tan obedecido y respetado cuando trataba 
le moderar ciertas vivezas cancaneras ó cuando contenía 
;n prudentes límites la patita al aire: el suizo del Panteón 
)s marcaba los ecos de la bóveda, y el de la columna de 
Vendóme os hacía contar los escalones con el mismo candor 
: igual precisión matemática, estando al servicio de la Re- 
pública, que si hubiesen continuado á sueldo de Luis Felipe. 
l\ conserje del Louvre lucía el mismo talabarte y las mis- 
nas charreteras de Mariscal; los ugieres de Versalles tan re- 
erentes hablándoos del gran Rey y enseñando les petüs appar- 
iments de María Antonieta. Inapreciable ventaja de los pue- 
los que se permiten tener costumbres públicas; de vez en 
uando, á título de revolución, un lavado general; la ropa 
iempre cuidada y en buen uso. Politiquear cuanto se quiera, 
las no para hacer país. El país hecho siempre. 



III 



Venga el brazo, lector querido: acompáñame á ver cosas de 
arís, como si los dos tuviéramos los veinte años y las vir- 
nidades de aquella época. 

Aquel palacio, el Louvre. Sus galerías me hicieron este 
2cto: el Arte alquilando casa. Sin conocer todavía Madrid, 
ibía oído hablar de nuestro Museo de pinturas, con edificio 



37 6 

propio y arquitectura adecuada á las exigencias, más ó me- 
nos convencionales, de un templo de las Artes. El Arte en su 
casa. Y me encontraba, en París, con el Museo metido en la 
antigua residencia Real, teatro un tiempo de galanes y aven- 
turas. En vano veía brillar en las paredes el genio de artistas 
inmortales: el decorado hacía traición al cuadro. Sin querer, 
mi imaginación se alejaba de los lienzos y corría por los sa- 
lones tras de lo histórico: la Corte de Catalina de Médicis,la j 
sangre italiana de sus hijos, los tapadillos de la pobre Mar- 
got y aquel calaverón de Bearnés que, después de conquistar 
el corazón de sus buenos parisienses, se instalaba allí para 
empezar ó para proseguir otras conquistas más fáciles y seduc- j 
toras. ¡Aquel balcón del Louvre! ¡Cuántas veces me asomé á j 
él y me he asomado después! Y siempre con el mismo tema, j 
Sabía que la historia, desmintiendo á Mirabeau, no da como i 
cosa averiguada que Carlos IX disparara su arcabuz sobre un i 
grupo de hugonotes. ¡Bah! un arcabuzazo menos. Desde! 
aquel balcón se oiría la fúnebre campana de Saint-Germain j 
l'Auxerrois: desde aquel balcón se verían horribles escenas del 
la gran matanza. Atenme VV. esa mosca por el rabo, egregios i 
disculpadores de la Saint-Barthélémy: laven esa mancha de I 
sangre que no consiguió borrar Mureto con su elegante ora- J 
ción ante Gregorio XIII, ni lo consiguió el Tasso con su | 
pluma de oro, ni lo han conseguido después otros equilibris- 
tas, incluso el abate Lenortier. 

Sí: con rubor lo confieso: ni Rafael, ni el Correggio, ni e 
Ticiano, ni Rubens, ni Murillo, ni Velázquez me impresio- 
naron en el Louvre; y si bien me interesaban las escenas clá 
sico-bonapartistas de David y el barón Gros, era porque la 
veía más bien descritas que pintadas en aquellos colosale; 
lienzos. 

Llamarán á esto falta de sentido artístico. Precisemos 
educación y sentido son dos cosas muy distintas. Educaciói ? 
artística no la he tenido nunca: ni un lápiz, ni un pincel, n 
una triste caja de pintura. Sentido, ¿cómo me lo había de su 
poner? ¡Era el primer museo de pintura que veía! Tantos h 
visto después, que algo habré aprendido. Si en torcido ó e 
recto, no me lo preguntéis: decidlo cuando toquemos á mi '. 



377 

maduros años. Y como mentiría si blasonase de inteligente 
en Artes, de la misma manera he de declarar que nadie me 
aventaja en entusiasmo por ellas. Si entonces no me lo daba 
el lienzo, me lo inspiraban ya otras formas artísticas. Horas, 
muchas horas me pasé en el Museo egipcio entre esfinges, 
bajo-relieves, sarcófagos, momias y canopas, en la sala de 
Apis, y confrontando muestras de papiro. Como indicio de 
aficiones, los comienzos no eran malos. Arte prehistórico ó 
Arte primitivo: después sus varias evoluciones hasta llegar al 
Arte moderno. 

Parecióme el Panteón, no arte, sino capricho artístico, y 
Soufflot un francés muy afrancesado. Mucho boato por fuera: 
columnata, cúpula, frontón, puertas de macizo bronce: por 
dentro un frío moral que os helaba hasta los huesos. Las pa- 
redes esperando frescos y otros objetos de arte con que la Pa- 
tria agradecida había de honrar á sus inmortales. En dos ca- 
jitas de madera, pintarrajeadas, la memoria de Voltaire y 
Rousseau: en los cruceros de la inmensa cripta, el servum pe- 
cus de condes y senadores del primer Imperio. 

No se sabía entonces á punto fijo á quién pertenecía el Pan- 
teón: si al Estado ó á la Iglesia, si á Marat ó á Santa Genove- 
va. Hoy dicen que es cosa resuelta: pertenece á lo civil desde el 
sepelio de Víctor Hugo. Dicen — repito. ¿Será definitivo? Lo 
será cuando haya entrado más profundamente en los hechos el 
problema de la secularización universal: nacimientos civiles, 
matrimonios civiles, defunciones civiles, cementerios civiles, 
templos civiles. Hoy por hoy, vive la humanidad, en general, 
bajo el imperio de las religiones positivas. Poned en cual- 
quier sitio una piedra tumular, un simulacro de ara, un em- 
blema de lo maravilloso, un símbolo supra-mundano, y al 
lado encontráis la masa, culta ó inculta, guiada por sus 
inspirados. 

Entre tanto la Ciencia sigue adelante con las demoliciones. 
Ahonda la teoría del Sér: ontologiza, cosmologiza, sociológi- 
ca. Mas ¡cuánto tenéis todavía que andar para sustituir, en 
la conciencia general, una doctrina positiva á las doctrinas 
simbólicas! ¡Cuánto y cuánto para afirmar el sentimiento 
religioso sobre ideas abstractas y puras de todo formalismo! 



37» 

Aun después de haberlo afirmado, lucharéis, durante una lar- 
ga serie de generaciones, con los tres obstáculos de que os 
hablé al tocar la cuestión de la enseñanza; con la ignorancia, 
Jas debilidades y los terrores. Lucharéis además, dentro de 
cada generación , con el arraigo de las tradiciones, con la 
fuerza de la superstición, con las locuras del fanatismo, 
con el atractivo de las leyendas, con el ansia de lo sobrena- 
tural, con la organización hierática tan formidable en algu- 
nos cultos. 

Esta es la historia interna del Panteón de París, me decía 
yo, al contemplarlo por la vez primera. Las cuestiones que ha 
promovido después, entre el brazo eclesiástico y el seglar, los 
cambios de mano que ha tenido, son puros detalles. Pretextos 
de propiedad ó de posesión con que suelen paliarse otras mi- 
ras. El clero dirá siempre que el Panteón fué primitivamente 
consagrado á Santa Genoveva, por no decir que le correspon- 
de la propiedad de los muertos, después de aspirar á la pro- 
piedad de los vivos. Prenda que él haya cogido la defenderá 
con uñas y dientes. Cuando se introdujeron en Barcelona los 
coches fúnebres, los predicadores, no sólo los tacharon de 
cosa de gentiles, sino que declararon acto humillante el hacer 
arrastrar por bestias un cuerpo que había contenido el alma 
humana. ¿No era mejor llevarlo en andas y sostener en la 
parroquia los simpáticos gajes del acompañamiento? No una, 
sino varias veces oí reprobar lo de las bestias. Pues esta 
nota de violón hizo su efecto y los coches fúnebres tardaron 
en generalizarse. Tardaron, no desaparecieron. ¿Cómo ha- 
bían de desaparecer, si tan frescamente seguían dejándose 
arrastrar por bestias los Reyes, Príncipes, magnates y poten- 
tados; si, tirados por bestias, corríamos todos los vivos por 
esos mundos; si á bestias apelaban quizás los mismos predi- 
cadores cuando se les cedía el coche para llevar el Viático, si- 
guiendo ia piadosa tradición española? 



379 



IV 



No es muy agradable, que digamos, el capítulo de los 
nuertos; pero ya que lo hemos tocado de refilón, con el mo- 
numento de Soufflot, entremos de lleno en él con el Padre 
^achaise. 

Encontré singularísimo el corte de la calle que precede al 
:ementerio. Tanto barracón y tanto tendejón con sarcófagos 
f otros objetos funerarios á precios fijos ó convencionales. La 
;oga tras el caldero. Messieurs les cadavres: á escoger trofeos y 
)anteones. Mercantilismo legal, pero repugnante. Entonces 
¡ne exaltaba la bilis: después... me he ido acostumbrando. 
Es tan común en Francia! Puestos de medallas y rosarios 
ilrededor de las grutas milagrosas: damiselas, avec ou sans 
áche, y con dotes de mil á un millón de francos, anunciadas 
:n el Petit Journal: almacenes de cruces, Imágenes, órnamen- 
os y vasos sagrados cerca de San Sulpicio. 

El Pere Lachaise me dió la primera idea de una Necrópolis, 
había medio de formársela en Barcelona. Nuestro cemen- 
erio barcelonés nada tenía ni de artístico ni de religioso. 
} ura geometría. Calies interminables cortadas en ángulo rec- 
o: todo tirado á cordel: algún ciprés vergonzante: soterrados 
:>s pobres en los macizos, los ricos en anaquelería con cuatro 

cinco pisos de nichos. Monumento fúnebre ninguno. 

Considerad mi sorpresa. Buscando la mansión de los muer- 
as, me encontraba en París con una posesión de recreo. Era 
osa de pedir allí hospedaje para un par de días. ¡Qué alame- 
as, qué montañuelas, qué senderillos, qué frondosidad, qué 
aprichosa mescolanza de monumentos, y por añadidura, qué 
ran concurrencia de vivos y de vivas, pues de todas castas y 
ellezas las había, en blanco y en tostado! El guía nos hizo 
er lo notable de entonces: tumba de Abelardo y Eloísa; Ca- 

miro Perier, en bronce; el sepulcro de Lavalette; el sarco- 



3 8o 




fago del barón Gobert; el rico mausoleo del español Aguado, 
marqués de las Marismas. 

Llegué á sentirme alegre en medio de aquellos duelos. 
¿Qué es esto? — dije volviendo en mí. — ¿Quién tiene aquí ra- 
zón? ¿Los que hacen del cementerio un sitio pintoresco,; 
como los franceses, ó un museo de escultura como los italia- 
nos, ó una lúgubre estancia como los católicos rancios? La 
lógica está de parte de nuestros abuelos; lo triste con lo tris- 
te. ¿La lógica? ¡Ya! El mundo se gobierna por otras armo- 
nías. ¿Qué especie de culto es ese que tributamos á los muer- 
tos? El de la veneración y el respeto. Ningún pueblo se sus- 
trae á él: ni finos ni salvajes. Ningún hombre se sustrae á él, 
por duro que sea de entrañas. Abrid la fosa y echadle el poco 
de tierra de que habla Pascal. Allí brotará la nota del dolor 
en expresivas señales: dos líneas en una piedra, la flor des- 
hojada, la cruz, la corona de siemprevivas, el mármol y el 1 ; 
bronce con el alarde de la fortuna y el genio del artista. 

¿Bastaron estas honras? Jamás. Todas las civilizaciones: 
han mostrado una tendencia irresistible á acercar á los que- 
so» los restos de los que fueron. Los primitivos romanos ente : 
rraban á los muertos en sus casas; los frailes en sus conven 
tos; los magnates en sus propios palacios. Cuando vino des- 
pués el instinto de la higiene, la aproximación de muertos á 
vivos se puso á la defensiva; ya que no se podía enterrar en 
las casas, se enterraba en las vías públicas, en atrios sagra- 
dos, en los patios y claustros de las Iglesias. ¿Dónde estaba 
aquí ya lo lúgubre y lo tétrico? Darse la compañía del muer 
to, ¿no era buscarle como una prolongación de la vida, para 
que aquella venerada sombra nos fortaleciera, nos consolara 
nos alentara ó nos corrigiera; para que, en cierto modo, fuese 
partícipe de nuestros dolores y mudo testigo de nuestras ale- 
grías? 

Hoy decididamente tenemos que separarnos de los muer 
tos; la higiene es cada vez más inflexible. Tenemos que se 
pararnos de ellos y á grandes distancias; los ensanches de las 
poblaciones así lo exigen. ¿Qué menos podemos hacer qu< 
llevar á su mansión un soplo de nuestra existencia, ya que 
como antes, no podamos traernos junto á nosotros el misen 



38i 

residuo de lo que ellos fueron? ¿Qué menos podemos hacer que 
ir embelleciendo sus lejanas y solitarias moradas con las galas 
y esplendores de la vida que de ellos mismos hemos heredado? 

No de otra manera me explicaba aquel para mí tan nuevo 
y original espectáculo del Pere Lachaise; el por qué de las apa- 
riencias de la vida en el profundo seno de la muerte: por qué 
el culto del Arte junto á la urna funeraria; porqué el animado 
vergel donde debían anidar el buho y la culebra. ¡Rara inver- 
sión de términos que sintetiza una misma idea! El trapense 
trae la sepultura á su celda como místico tesoro; el mundo lle- 
va ofrendas á los sepulcros, como símbolo de cariño. Para la 
eterna comunión de las almas, ¿qué más da traer la muerte 
donde esté la vida, ó llevar las 'palpitaciones de la vida donde 
esté la muerte? 

¡Cuánto se ha aguzado el ingenio desde entonces para per- 
petuar el cadáver, para ver si será posible algún día sustraer- 
nos á la inhumación, mejor dicho, al horrible en-terr amiento? 
i Con poco fruto han seguido los rusos congelando cadáveres. 
Sucquet, Budge y otros han aventajado á Gannal en el ar- 
te de embalsamar: no en el precio del procedimiento. Y se- 
guimos aterrando y soterrando. 

No triunfará jamás, estoy seguro de ello, el sistema de 
convertir nuestros cadáveres en gas del alumbrado ó en abo- 
no de los campos, por más que diga el Dr. Thompson que 
esto sería devolvernos á nuestro providencial destino. Pero 
creo que, más ó menos tarde, triunfará )a cremación. Cin- 
cuenta mil cadáveres dan al año más de dos millones de pies 
cúbicos de emanaciones pútridas y deletéreas. Lo han calcu- 
lado los ingleses, que son los mejores calculistas. No pode- 
mos seguir con atmósferas de esta clase cuando cada día es 
mayor nuestra afición á vivir urbanizados. Y de algunos 
años á esta parte volvemos instintivamente los ojos hacia 
el sistema de cremación, cuya huella no se ha perdido en la 
Historia, desde los ritos védicos á los eslavos y escandinavos, 
y desde la hoguera del Budha hasta las antiguas urnas cris- 
tianas de Italia, Egipto y las Galias. 

Triunfará por fuerza la cremación, sin grandes resistencias 
de carácter religioso, como lo han anunciado, para los pro- 



382 

testantes, los pastores suizos y alemanes, y para los católicos 
el abate Buccellati. Cuando en i85i visitaba yo por primera 
vez el más famoso cementerio de Europa, hablábamos de h 
cremación como de un simple recuerdo histórico; hoy el Pért 
Lachaise tendrá su crematorio en regla. Hoy en los Estados 
Unidos abundan las sociedades de cremación; el método dei 
Urn sepulture obtiene de día en día más favor en Inglaterra; 
en Bélgica> Holanda y Suiza lo recomiendan ilustres higie 
nistas. Alemania lo ha consagrado con la libertad de incine- 
ración, concedida por el gobierno de Sajonia; los italianos 
han acogido el crematorio con grandísimo entusiasmo. Le 
he visto funcionar en Milán: un sarcofebo, en forma de tem- 
plo, con el aparato inventado por los señores Polli y Cleri- 
cetti. Incineración en hora y media, y más completa por el 
método del Dr. Siemens, que la practica en treinta y cin- 
co ó cuarenta minutos, por medio del gas, sin olor y sin 
humo; y todavía más perfeccionada por el procedimiento del 
profesor Gorini, que con un líquido de su invención, os di- 
suelve enteramente un cadáver en veinte minutos, sin de- 
jar más que las sales minerales, ó sea las cenizas. 

¡Ah! Nuestros huesos calcinados se apilarán en una urna 
pequeñuela. Ya no habrá féretros; volveremos al columba- 
rium. Una ringlera de potes como en las farmacias. Piel, 
músculos, tegumentos, huesos, hasta esquirlas desapare- 
rán. Desaparecerán en el acto; si habían de desaparecer me- 
dio siglo después, ¿qué importa para la eternidad? Callará la 
higiene ante las piadosas exigencias de las familias; callarán 
los ensanchistas, ante la posibilidad de que muertos y vivos 
volvamos á estrechar distancias. Con las cenizas ni habrá 
peligro de infecciones ni -temor de que nos roben espacio. 
Cinco libras de residuo: el máximum de lo que da un cadáver 
de adulto. Un sencillo edificio, dentro de la población, con- 
tendrá miles y miles de urnas; el producto de cién generacio- 
nes. Cada familia podrá tener á los suyos como en un guarda- 
joyas. Y allí, en un retirado aposento, estará la urna cineraria 
para empaparla en lágrimas cuando arrecien los pesares; 
para imprimir en ella un beso de gratitud cuando descien- 
dan de lo alto los favores... 



3^3 



V 



Napoleón no es un muerto. Por esto la tumba de los 
Inválidos no se puede encerrar en el capítulo de los cemen- 
terios. Para tanta gloria, parecióme diminuta aquella sun- 
tuosa rotonda. En los Inválidos, no han conseguido los fran- 
ceses perpetuar más que un Napoleón muy casero; con un 
par de Bonapartes, un par de colegas — Turena y Vauban- 
y un par de comensales, Bertrand y Duroc. Allí, midién- 
dolos con la regla y el compás del arte monumental, com- 
prenderéis cuán estrechos \ienen á resultar los hombres que 
habéis llamado inmensos. Cuando vi por primera vez los In- 
válidos, hacía poco más de diez años que habían traído á 
Napoleón de Santa Elena. Recordaba las lanzadas que, con 
este motivo, habían asestado los legitimistas á aquel moro 
muerto. La Gaceta de Francia le había dedicado una co- 
rona poética, resucitando frases denigrantes de Mad. de 
Stael, de Benjamín Constant y de Cháteaubriand. Autorida- 
des sospechosas de puro interesadas. A Mad. de Stael le ha- 
bía negado el Emperador dos millones de francos; á Benja- 
mín Constant le había expulsado del Tribunato para hacerle 
después la ofensa de nombrarle Consejero de Estado; á Chá- 
teaubriand le calificó de alma rastrera, entregada á la manía 
de hacer libros. Más me convencía el discurso que pronunció 
Lamartine: «¿Vais á glorificar al déspota, al liberticida, al 
egoísmo coronado? ¿Por qué no pensáis en Bailly? ¿por qué 
no en Lafayette?» ¿Por qué? Otro poeta nos lo explicó más 
tarde: Enrique Heine en su Lutecia. La apoteosis de Napo- 
león en los Inválidos significaba «la Francia joven enfrente 
de la Europa vieja.» ¡Qué tontos se ponen los alemanes cuan- 
do les da por frasear á la francesa! 



3^4 



VI 



De la muerte á la vida: desde las tumbas al Jardín de 
Plantas. En materia de grandes jardines había yo visto poco: 
el de Gironella en Sarriá, el lindísimo de los ingladas y el la- 
berinto del Marqués de Llupiá en Horta. De plantas, nuestro 
reducido Jardín Botánico de Barcelona, dirigido por un doc- 
tor Bahy, que cuando citaba autoridades científicas, decía 
modestamente: «nosotros los sabios.» En zoología casi nada; 
alguna menaiería ambulante de las que se instalaban cerca de 
la Puerta de Santa Madrona, donde un domador francés nos 
enseñaba el tigre real que non se debía de confondir con los ane- 
males pentados que voltariamente se llaman tigres, ó el serpiente 
boa y el serpiente pitón, ó unos leones ó pumas del Paraguay 
que á más que muy feroces, se había conseguido amansarlos. 

Y no era flojo el salto hasta las 30 hectáreas del Jardín 
de Plantas. Todo se nos volvían puntos de admiración en 
aquellas expresivas páginas. Allí nos perdíamos entre acacias, 
castaños, tilos, plátanos, paulonias y magnolios; allí recorri- 
mos viveros, invernáculos, cuadros de plantas medicinales y 
parques de plantas acuáticas; allí respiramos los perfumes 
del naranjo y del limonero; allí nos sentamos junto á la pal- 
mera y bajo el copudo cedro del Líbano que trajeron de niñi- 
to, metido en un sombrero; allí nos espaciábamos horas ente- 
ras entre camelias, azaleas, gardenias, nardos, jacintos, ro- 
dodendros, hortensias, rosales trepadores, alelíes, capuchi- 
nas, cinerarias y pensamientos. 

Mayores sorpresas al pasar de la flora á la fauna. No des- 
cribiré aquella reducción del Arca de Noé, porque del 51 acá, 
se han hecho muy comunes los Jardines zoológicos. Comu- 
nes en el Norte, no en el Mediodía de Europa. En Italia 
no he visto uno que valga la pena: en España hasta los he 
oído condenar por personas que se precian de discretas. Les 
suplico que no vayan á pasear su discreción del Pirineo al 



3»5 

Báltico. Londres, Colonia, Francfort, Berlín, Amsterdam; 
¡qué instalaciones zoológicas! La de Amberes, un prodigio. 
Viaje mío á Bélgica sin ver el Jardín de Amberes, imposible; 
y ahora me parecen ridículos mis aspavientos al recorrer el 
pobretón de París en i85i. 

Y vean ustedes lo que son los gustos, señores amigos de 
toreros, boxeadores y carreristas. Ustedes creen en la eficacia 
de la educación popular por los destripamientos, costaladas 
y apabullos; yo la encontraría más provechosa, si en vez de 
gastarse los ochavos en hipódromos y toriles, los dedicáse- 
mos á abrir buenos museos de Historia Natural y algún Jar- 
dín zoológico. Entretenimiento por entretenimiento. 



.vn 

Versalles me dejó tibio. No extrañarlo: faltábanme ele- 
mentos de comparación. Aranjuez, la Granja, Fontainebleau- 
Wíndsor, Laecken, Potsdam me eran todavía desconocidos. 
Palacio, jardines, anejos, todo en Versalles me reproducía 
Borbones y Austria felix. El palacio era Luis XIV; Trianon, 
Luis XV; el Petit, María Antonieta. Lo que no comprendía 
era cómo, llevando ya, en i85i, tres largos años de si, 
tuación republicana, no habían cuidado los franceses de 
dar relieve á los recuerdos versalleses de la revolución del 
89; el recinto de los Estados Generales, el Juego de pelota, el 
balcón de la Cocarda, la sala de Guardias, convertida en tea- 
tro, donde se celebró el funesto banquete que precipitó los 
acontecimientos. La República se había ocupado poco en es- 
tas cosas; la Monarquía muchísimo en las suyas. Convirtien- 
do todo el Palacio de Versalles en una galería de batallas, la 
Monarquía venía á decirle en sustancia al país: eres mío, 
porque te he ganado á punta de lanza. Lógica inflexible para 
una Nación que tiene siempre en los labios el honor y la 
gloria. 

Menos mal el honor, porque, á fuerza de prodigar el vo* 

25 



386 

cabio, han llegado los franceses á quitarle sentido; y, enti 
ellos, todo puede ser cThonneur, hasta lo menudo: cour d* 
neur, escalier dlionncur, garlón d'honneur, demoiselle d'honneur, 
legión d'honneur. Pero gloria no conocen más que una, la mili- 
tar. ¿Idólatras de la fuerza? Pues ya y de sobra sabían cómo 
se iba á reemplazar el famoso lema de las fachadas. En vez 
de tres palabras, una sola: Doinesticité. 



viii m 

En treinta y seis años no se me han olvidado, por lo curio- 
sas, algunas novedades literarias que vi en las librerías de 
Italianos y de la Galería de Orleans. Por aquellos días, la li- 
teratura alemana iba de capa caída: rota y maltrecha la Jo- 
ven Alemania con las heridas que la resultaron del 48. Dos 
novelas bastante medianas estaban en boga: los Caballeros del 
Espíritu, de Gutzkow, y el O ¿ornar, de Mad. de Goehren. 
Uhland olvidaba las suyas para hacer estudios sobre los Min- 
nesinger: Justino Kerner escribía sus Memorias y Hartmantt 
emprendía su gran poema titulado Adán y Eva. Había un InV 
toriador que aspiraba á clásico y no lo ha conseguido: un herr 
Julianus Schmidt que ostentaba, en algunos escaparates de 
París, dos gruesos volúmenes con el título de Historia del 
Romanticismo bajo la Reforma y la Revolución, Un romanticis- 
mo el de Schmidt que se perdía de vista; porque tanto y tanto 
estiraba el concepto, que, para él, era romántico todo movi-1 
miento enderezado á resucitar artificialmente épocas que hu-m 
biesen cumplido sus destinos. Con cuyo criterio, el sagaz alemán ■ 
había llegado á descubrir toques de romanticismo hasta ení 
la culta Atenas; y Strauss se burlaba de él, llamando román- q 
tico á Juliano el Apóstata. 

De ingleses me viene á la memoria Alton Loche, fantasías J 
sobre el socialismo inglés, debidas á la pluma del clergymanm 
Kingsley. A la sazón, el socialismo, como escuela, estaba* 
haciendo sus primeras apariciones en Inglaterra; y Kingsle} m 



387 

describía gráficamente aquel movimiento que después se ha 
ido caracterizando con las Trade Unions, la Cooperación y el 
Internacionalismo. Era el libro del ingenioso clergyman un 
toque de llamada y tropa provocado por los sufrimientos del 
proletario: toque hecho tan á tiempo, que precisamente los 
destinos de las clases operarías iban siendo allí tema obligado 
de toda clase de opiniones en diversos matices; pesadilla in- 
cesante de poetas y filósofos, de políticos, literatos y eco- 
nomistas; así de Carlyle como de Stuart Mili; de Dickens y 
de Disraeli, de miss Martineau y de Tackeray, de Bulwery de 
Warren. 

Laurent anunciaba el primer tomo de aquella Historia del 
Derecho de gentes, que después ha ido redondeando hasta com- 
pletar los 18 volúmenes de sus Estudios. Y los franceses se 
disputaban en las librerías tres obras, hoy casi olvidadas, que 
respondían entonces al sentido reaccionario de las agonías 
republicanas: las Cartas y Opúsculos, del conde José de Mais- 
tre: el Ensayo, de nuestro Valdegamas, y los Orígenes del Go- 
bierno representativo, escritos por Guizot; quien, á pesar de los 
escarmientos por él mismo sufridos, durante la Monarquía 
de Julio, defendía el parlamentarismo con una impenitencia 
digna del más leal discípulo de Royer Collard. 



IX 



Mal andaba de teatros París aquel año. Los únicos abier- 
tos eran la Porte Saint Martin, el Francés, el antiguo Vau- 
deville, en la plaza de la Bolsa, Variétés, la Opera Cómica 
y la Grande Opera, rué Lepelletier. Como compensación, se 
estaba inaugurando otro nuevo, l 1 Opera National, á la extre- 
midad del boulevard del Temple; y escogieron, para primera 
función, Mosquita la Sorciere, letra de Scribe y música de 
Boisselot. 

Daba el Francés la Gabriela, de Emilio Augier, y muchí- 
simo fiambre: los Caprichos de Mariana, escritos por Alfredo 



388 

de Musset en 1833, y Mademoiselle de la Seiglieve, que Julio 
Sandeau había publicado en 1844, y en que se distinguía no- 
tablemente el actor Samson. 

La Ópera Cómica resucitaba el Joseph, de Méhul; y en la 
Grande Opera triunfaba la Alboni, cambiando de género con 
la Ccrbeille d'Oranges, del maestro Auber. La pobre Viardot 
naufragaba en Safo, hundiéndose con ella la partitura. 

El héroe de los conciertos era el violinista Vieuxtemps, 
primer émulo de Paganini. Buenos violines habíamos oído: 
nunca atrevimientos como aquellos. Tres habilidades distin- 
guían á Vieuxtemps: los pasos á doble y triple cuerda, los 
efectos simultáneos de arco con el pizzicato de mano izquier- 
da y unos arpegios incomparables. Hoy se han hecho casi 
vulgares estos prodigios de ejecución, sin necesidad de llegar 
á Sarasate. 

No me hacía novedad la declamación en los teatros de 
París, porque ya me tenían acostumbrado á ella los predica- 
dores franceses que había oído en Barcelona. Dispénsenme 
los oídos piadosos: tan cómico es en Francia el orador sa- 
grado, como lo son el forense, el parlamentario y el actor de 
profesión. Con una horma se calzan todos. La pose es de ri- 
gor entre nuestros vecinos. El teatro es su elemento, y todo 
elemento es para ellos un teatro. 

Hoy tienen mejor escuela que entonces los actores fran- 
ceses. Recuerdo bien que, después de un trozo admirable- 
mente recitado, Bocage, el insigne Bocage se salía de estam- 
pía, hablaba á borbotones, tiraba de la frase y remataba los 
períodos á martillazos. A ellas les daba por apretar los dien- 
tes, remedando el acento británico. Fuera de estos defectos, 
la escena francesa me revelaba un mundo nuevo. Aquellas 
gentes sabían hacer lo que echábamos de menos en la mayo- 
ría de nuestros actores: las apariencias de improvisación 
en el monólogo y en el diálogo, el arte de agruparse, la sol- 
tura al abandonar el cuerpo en sillones, sofás ó meridianas, 
la naturalidad en el movimiento de brazos y manos, sin el 
juego obligado del sombrero. El drama moderno me parecía 
nacido para ellos: ahora digo, para ellos y para los italianos. 
En cuanto á los franceses, hice la observación .en Antony. 



38 9 

¡Qué superior realismo en las últimas escenas! ¡Con qué fre- 
nética pasión estrechaba el seductor á su amada entre los 
brazos! ¡Con qué vertiginoso cabeceo paseaba la frente por 
su frente! ¡Y cómo iba destilando en su oído el plomo derre- 
tido de las frases salvajes é incoherentes, mientras ella lu- 
chaba con las últimas ansias del deber y con los terrores del 
crimen; el espanto en los ojos, la promesa en los labios, pal- 
pitante el seno, el chispazo nervioso al través de la seda, y, 
cerniéndose en el espacio, el beso fatal que iba á sellar aque- 
lla página de placer seguida de tantas amarguras! 

Esto es el Arte, exclamaba yo, todo oídos y atención, salién- 
dome de la butaca. ¿Pintáis la pasión? Pues pintadla tal cual 
es, con sus locuras y arrebatos. Nadie os ha dicho que el 
teatro se inventó para las colegialas. Si tenéis algún cargo de 
tutor, alejad de la escena á vuestros pupilos y pupilas. Dejad- 
nos libres á los que no lo somos. De esta suerte ganaremos 
todos; evitaréis en unos las iniciaciones peligrosas, y para 
los demás, no quitaréis al Arte sus galas y esplendores. 

Sobre todo, evitaréis el ridículo. Hoy nuestra escena es al- 
go más arriesgada: demasiado quizás, y en el peor de los géne- 
ros. Mas, en la época en que yo empezaba á comparar actores 
franceses con españoles, nuestros teatros llevaban la distan- 
cialidad hasta lo inverosímil. Dos amantes se hablaban de un 
extremo á otro de las tablas, casi con bocina; para abrazo, 
una invitación á vuelta de vals; y en toda situación algo ex- 
presiva, un sistema de puntas y puntitas; la puntita de los de- 
dos, la puntita del pañuelo, la puntita del guante, la punta 
del abanico, la punta de la frase apasionada. Más expansión, 
más calor, ¿por qué no? ¿No hay un prudente límite entre la 
sosera y las libertades escénicas? 

Ni por pienso hubiera deseado entonces ni desearé jamás 
en la actriz española el singular desenfado de la francesa. 
Hay entre ellos verdaderos abismos. En Francia, la mu- 
jer de teatro forma una sociedad especial; en España vive 
como todo el mundo, con brazo responsable, hijos, sobrinos, 
cuñados y hasta con el lujo de suegra. Pone su cuartito con 
buenos muebles, estrena dos ó tres trajes por temporada, se- 
gún los ensanches de la contrata, lleva sus chicos á paseo y 



390 

los baña, durante el calor, en alguna playa. Como, por fortu- 
na, su profesión no la impone, entre nosotros, la facilidad de 
costumbres, suele adolecer de cierto encogimiento un tanto 
reñido con el realismo y los relieves dramáticos. De ello se 
irá corrigiendo en beneficio del Arte; y, créanme los delica- 
dos de nervios, sin el menor riesgo de que se perjudiquen las 
costumbres. 

Desde el primer momento, juré al canto francés una feroz 
antipatía. Sea capricho, sea instinto, no comprendo, para 
música, más letra que la italiana. Con ser tan sonoro, el mis- 
mo español, si me lo ponéis en solfa, me sabe á jota ó fan- 
dango. Inglés, alemán: dos cencerros al servicio de la voz 
humana ó de la orquesta. Los franceses han hecho prodigio- 
sos esfuerzos para plegar su idioma á las exigencias musica- 
les: tiempo perdido. Sus nasales, sus ees mudas, su desa- 
brida entonación, sus hiatos, sus ches y sus ges, son una cons- 
tante conspiración contra el oído. 

En cuanto á la música, perdonadme si digo que no 
acierto á encontrar escuela propia en la patria de Auber, 
Berlioz y Feliciano David, de Gounod y Thomas, de Saint 
Saens y Massenet. La habrá, pero á mí no me suena. Cuan- 
do los compositores franceses no son esencialmente italianos 
como Auber, ó esencialmente alemanes como Gounod, su mú- 
sica toma siempre un dejo de couplet, como toma nuestra 
zarzuela el de peteneras cuando no la manejan hombres de 
la talla del ilustre Barbieri ó de mi insigne compañero Emi- 
lio Arrieta. 

Couplet y ballet: ni tenían entonces, ni han tenido hasta el 
presente más género nacional en música los franceses. Y en 
bailes populares son todavía más pobres; en 1822 inventaron 
el cancán, y con él seguían en i85i, y con él han seguido 
después hasta la presente fecha. Todavía quedaban, cuando 
aquella mi primera visita, restos de la Chaumieve; pero ya esta 
ilustre cuanto veneranda institución se iba bifurcando en las 
dos eminentísimas de la Closerie, refugio de la estudiantina, y 
Mabille para las damas del quartier Bveda. Allí cultivabais la 
leyenda de Rosa Pompón, la Pomaré y la Mogador; allí adi- 
vinabais la futura inmortalidad de la sin par Rigolboche; allí 



39i 

os relataban los triunfos de Brididi y admirabais las contor- 
siones del gran Chicard, el Rey de los cancanistas. Siento 
haber olvidado el nombre de un estudiante de Montpeller 
que era el constante vis á-vis de Chicard, y rivalizaba con el 
maestro en lo inagotable de las muecas y en la gracia de 
recoger el sombrero cuando la vecina se lo hacía saltar de la 
frente con un rápido pied en Vair. 

Y, con tan sabroso espectáculo, demos aquí por terminadas 
mis impresiones de muchacho en París. 

El tren de Calais y á Londres. 



SECCIÓN CUARTA 

Por el Paso de Calais. — El abate Gioberti. — Londres: Bedford place, Rusell 
square. — Cocina naturalista. — Arundel street: Mazzini. — // Contino y un 
cicerone histórico. — Orientación en cab. — Dos billetes de provecho. — Su 
Gracia el Duque de Wéllington. — Vamos al Palacio de Cristal. — ¡Qué tur- 
no ni qué ocho cuartosl — De la trastienda á la acera, y de la feria á la Ex- 
posición. — Visita al Cardenal Wisemán. — ¡Si habrá corrido la Lingüístical 
— Londres en 185 1. 

I 

Con tiempo bonancible, cielo sereno y mar sosegada, cru- 
zamos el Paso de Calais, deparándonos la suerte, en el barco, 
muy distinguida compañía; el abate Gioberti. Iba con el 
Marqués d'Azeglio, Embajador de Cerdeña y hermano del 
ilustre Máximo. 

¿En qué labios no estaba entonces el nombre del abate Gio- 
berti? Era la primera figura de Italia: filósofo, historiador, 
publicista, diputado, Presidente del Consejo de Ministros con 
Carlos Alberto; inmensamente popular por su talento, sus 
desgracias y sus quince años de destierro; aclamado y agasa- 
jado por toda la Europa liberal como primer promovedor de 
la unidad italiana. 



392 

Dos libros suyos conocía yo: — II Primato: — II Gesuita mo- 
derno: — aspectos distintos de una misma idea política. II Prima- 
to f la unidad de Italia respetando el Pontificado: II Gesuiia, la 
guerra á los clericales. Tocándome estar al lado del abate, 
cambiamos algunas palabras en francés y luego en italiano: 
pagadas las primeras respuestas, se puso conmigo bajo el pie 
de la más absoluta confianza. Mirábale al principio con sorpre- 
sa, sin saber quién era; porque aquella enorme cabeza parecía 
la de un hidrocéfalo, y al propio tiempo se adivinaba el hom- 
bre superior en el centelleo de sus frases. Una vez declarado 
su nombre, caímos en la política: hombres, cosas, asuntos de 
Italia. Quejábase de los suyos, del Rey, de la corte de Turín, 
de los farautes políticos. No destilaba su boca más que amar- 
gura. Y como tratase de animarle, anunciándole que le estaba 
reservado el papel de redentor de Italia, meneaba la cabeza 
con aire de incredulidad. «¡Ah! sei giovane túh — me decía — y 
presintiendo sin duda su próxima muerte, cogíame ambas 
manos, recitándome estos versos de Leopardi, que jamás se 
han borrado de mi memoria: 

« Ogni piü lieto 

Giorno di nostra etá primo s'invola. 

Sottentra il morbo, e la vechiezza, e l'ombra 

Della gélida morte. Ecco di tante 

Sperate palme e dilettosi errori, 

II Tártaro m'avanza; e il prode ingegno 

Han la tenaria Diva, 

E l'atra notte, e la silente riva. > 

Llaméle con este motivo á la poesía para alejar su imagi- 
nación de tan negros pensamientos. Hablamos de España, 
que sentía no haber visitado; y ponía nuestra lengua, por vi- 
ril, muy por encima de la suya. Empeñábase en pronunciar 
palabras castellanas, pero se enredaba con el sonido de la le- 
tra jota. No hubo medio de hacerle decir Quijote, 

No volví á ver á Gioberti; pero me aficioné más á sus 
libros. Cuando regresé á Barcelona, encargué á Italia un 
ejemplar de la edición completa, pasándome largas horas 
estudiando su gran polémica con Rosmini. 



393 



II 



Llegados á Londres, tomamos aposento en un excelente 
boarding house que me había recomendado Monistrol: Mistress 
Small, Bedford place, Russell square. Buen cuarto, buena 
mesa y amabilísima la señora de la casa. Almuerzo á las nue- 
ve de la mañana, lunch donde nos cogía, comida á las seis. 

La hora del almuerzo me era insoportable, porque rom- 
pía con todas mis tradiciones; mi chocolate, mi rico chocola- 
;e con bollo, bizcochos ó ensaimada. ¡ A las nueve, huevos 
pasados por agua! ¡á las nueve, el beafsteack con patatas! 
¡Y el té á calderadas, á mí que apenas lo tolero como medici- 
na! Mas me mortificaba la falta de servilleta. Los ingleses de 
jntnnces no usaban bigote, esperando su resurrección en 
Crimea: yo lo usaba ya del género terrorífico. ¡Qué apuros 
:ada vez que tocaban á chupar, sorber ó andar con cosa de 
pringue! Cada mojadita de huevo era un problema. ¿ Abríais 
nucho la boca? shocking. ¿Os cubiíais con la mano? shocking. 
Quedaba ribete en los labios? shocking. ¿Apelabais al pañuelo? 
hocking, shocking y ultra shocking. Menos mal la comida, 
ervida con mantelería. Allí, el bigote me dejaba en paz; 
pero el paladar! ¡pero el estómago! Dispénsenmelos anglo- 
nanos si les digo que, desde el primer momento, no pude 
on la cocina inglesa. Imposible familiarizarme con sus platos 
lacionales, ni caseros ni de fonda. Aun ahora, no cambio la 
eor bisque de un mediano restaurant de París por la turtls 
oap, la mock turtle ó el ox tail de Monico ó del Continental; 
i una buena mayonesa por la brill ani shrimp sauce; y 
refiero un pastelito de nuestro Suizo á toda la cáfila de tar- 
nas y de puddings y aun al famoso almond custard del Crite- 
on. La cocina inglesa — lo observé en el acto — es de un na- 
¿ralismo desesperante. Mostaza, pickles, onions, salsas de 
)dos géneros: ahí tenéis un cacho de buey ó un trozo de 
limón: ahora coged los trastos y arreglaos. En la mesa sa- 



394 

zonáis, untáis, regáis y aderezáis: simplemente os han repar- 
tido la tarea con la cocinera. Como decía el otro: al finí 
todos los puntos y comas: distribuyalos V. como le parezcs 

Era tan refractario á aquel constante potingueo, que cas 
casi llegué á renegar del trato de familia, suspirando por 
vida airada de fonda y casino. Sin embargo, el home de Mis- 
tress Small era muy apetecible. Ella misma presidía la mesa 
con un buen tono que no excluíala confianza: se adelantaba 
al menor deseo: nos hacía servir con el más delicado esmero: 
nos daba un escogido té con picatostes, en el parlóur, y los 
domingos nos convidaba á oir música sagrada en el saloncito 
de arriba. Allí lucían, en canto y en teclado, dos pimpollitos 
de sobrinas, Sarah y Annah: Sarah estaba á punto de casarse 
con un apuesto clergyman de frondosas patillas, é íbamos á 
oir sus sermones por recomendación de la interesada. La 
oratoria del Reverendo era muy melosa, y tan perfumada co- 
mo un billetito de los que se deslizan, á espaldas de la mamá, 
por entre los botones del guante. Cuando, en medio de un 
sentido párrafo, alzaba los ojos al cielo el inspirado del Altísi- 
mo, siempre me parecía que antes había cuidado de fijarlos 
en otros muy serenos, muy poéticos y muy azules que le mi- 
raban con mucha dulzura. 

Por gozar de mis anchuras, me permitía mil infidelidades 
con mis buenas Small, cansado de su severa cocina británi- 
ca. Escurríame á lo mejor por la antesala y me iba á almor- 
zar ó á comer en un restaurant italiano ; Previtali's ho- 
tel, Arundel street, cerca de Haymarket. Allí nos dábamos 
una calda de archiduques. Allí, el arroz á la milanesa ó el 
timbal de macarrones; allí, los cangrejos á la bordelesa ó la 
perdiz con coles ó el vol-au vent a la financien) allí las setas á 
la provenzala, con sus copas de sherry, y á pasto cierto dará 
que decían traído á la casa por el propio cosechero. Cuatro, 
cinco chelines, según y conforme. 

Dos ó tres veces, en la mesa de Previtali's hotel, tuve 
vecino al gran Mazzini. Comía solo, sin comunicarse con na 
die; porque era de esos hombres embolsados en sí propio 
macilento, taciturno y melancólico. Sus platos del momen 
eran los del cocinero italiano: sus platos habituales eran 



39 5 

estría, sus Archiduques, el Papa, la Casa de Saboya y el 
fcy de Nápoles. 

Atravesaba Mazzini uno de los más amargos períodos de su 
^la. Después de ver fracasar todas sus tentativas para lograr 
lindependencia de Italia; después del sacrificio de los her- 
imos Bandiera y de otros muchos infelices, había obtenido 
i. efímero triunfo en Milán y en Roma; y emigrado otra vez 
( Londres, estaba en aquel momento preparando un famoso 
empréstito que iba á dar tan pobres como funestos resulta- 
Is. Contemplaba yo con admiración al ilustre agitador, por- 
ce veía resplandecer en él grandes condiciones de carácter 
( e pocos hombres públicos poseen. Pudo resignarse, pudo 
(ntemporizar, pudo ceder: no lo hizo. Y sin embargo, de 
íuel lado estaban las tentaciones, los honores, el brillo y la 
i tuna. Prefirió la persecución, el destierro, el martirio, el 
(nstante peligro, siempre en beneficio de la idea. En aquella 
ira cetrina de Arundel street, estaba retratada la integridad 

lítica. Por esto me infundía tanto respeto el oscuro perso- 
ije. ¡Integridad! ¡valiente quimera para los que tienen más 
crúpulo de fama que de conciencia! Porque los Mazzinis 
m su pesadilla, los crucificarán siempre en el presente y en 
1 Historia. ¡Qiíé han de entender jamás aquellas gentes el 
ntido de las redenciones ni el valor de los redentores! ¡La 
ridezde espíritu juzgada por los sacabocados! ¡Y hay tantos 
3 :antos en la familia política: los tímidos y los escépticos; 
1; impacientes y los ambiciosos; los dúctiles y los corrom- 
llos! 

La colonia italiana en Londres era, en aquellos momentos, 
rmerosísima. En Regent Street, en el Quadrante, en Picca- 
dy, no oíais hablar más que italiano. De aquella turba de 
e igrados sacamos nuestro cicerone: un mozo gallardo, al- 
I conde y coronel de caballería milanesa. Acompañábale á 
p nudo, y nos acompañaba también, otro sujeto de la mis- 
I nacionalidad, aciago de cara, correcto de maneras, exai- 
t o de imaginación y caudaloso de palabras. Familiarmente 
Mamábamos Felice. La Historia le conoce por todo su nom- 
*> y apellido. Se llamaba... ¡Félix Orsini! 



39° 



III 



Escarmentados con el reventón de París, nos entrega 
á un cab para el paseo de orientación en Londres. Trafalg 
square, Charing Cross, todo el Strand hasta Temple Ba 
Fleet street, Cheapside, Poultry; y por callejuelas, Newga 
street, Holborn, todo Oxford street, vuelta por Hyde Par 
Piccadilly, Quadrante y calle del Regente; asomarnos 
S*- James's Park, y á casa. Cinco horitas cabales. 

Hízome gracia el cab, invento en que se retrata el mag 
británico. Nada más útil y nada más desairado. Subir y t 
jar, obra de un segundo; caja pequeña y grandes rucd 
para la velocidad; entre cristales para no mojarse, y al misn 
tiempo casi al aire libre para coger al vuelo el deudor, el c 
misionista, el cobrador, el negocio que pasa por la acera. P< 
fil, ninguno. ¿Cómo habían de adoptar el cab los estétic 
franceses? Poco más ó menos por aquellos días se había ti 
tado de introducirlo en París y no cuajó la empresa. Apar 
de que la gran distancia del caballo crea una dificultad seis 
para todo cochero que no sea englishman. ¿Quién le tose al ci 
dadano inglés en estas tres cosas: armar un negocio, desj 
char una botella y manejar un caballo? 

Dos detallitos de mi paseo de orientación: primero una ; 
sita al Palacio Rotschild. Vivía el barón, como todos losbs 
queros de la City, al calor de Lombard street y del Roj¡ 
Exchange. Grandes despachos: conté varios escritorios 
guísimos sólo en el departamento de la Caja. Allí cobré 
letras: el aceite de la. temporada. Diéronme bank notes: gr¡ 
novedad todavía esa de los billetes de Banco, para los 
no habíamos salido de Barcelona ni éramos hombres 
negocios. No se conocían entonces en España más que ti 
Bancos: el Español de San Fernando, el de Barcelona y 
gaditano: el de Isabel II había pasado como una exhalad 
con el desdichado Fagoaga. Distábamos mucho de haber e 



397 

tado en los trotes de la circulación fiduciaria: cada Banquito 
I los nuestros la tenía reducida á su casco: y el de Barcelo- 
:i emitía sus billetes con la unidad del peso fuerte, más para 
*s relaciones mercantiles que para el menudeo de la contra- 
cción ordinaria. Poneos en esta situación y adivinad lo que 
)r mí pasaría al ver que el dependiente de Rotschild me en- 
egaba, por todo pago, un billete de 100 libras y otro de 5o. 
an confuso me quedé como temeroso. ¡Mis i5.ooo reales en 
)s pedazos de papel! ¿Cómo realizarlos en seguida? — decía 
):— ¿cómo desmenuzarlos! En Barcelona mismo, si me los dan 
ítonces en billetes de cinco duros, no me llega la camisa al 
íerpo. Tan medrosicos éramos los que no teníamos la cos- 
imbre de manejar instrumentos de crédito. Queriendo qui- 
rme de sustos, acerquéme humildemente al clerk y le rogué 
je se sirviese cambiarme los dos billetes grandes por peque- 
os. nApply to the Bank)) — me contestó secamente. — Con 
ecto, á los cinco minutos, mis i5.ooo reales, trasformados, 
d en papelitos, sino en buenas, lucientes y sonantes libras 
iterlinas, se dejaban acariciar por mi mano dentro de una 
rga bolsa de malla de seda verde. 

Al pasar en cab por Hyde Park, vimos, á cierta distancia, 
¡i enjambre de chiquillos que corrían tras de un jinete Ma- 
isalén, montado en dos kilómetros de penco, con el som- 
'ero pegado á las orejas, levitón azul, y en vez de groom, un 
• garote de lacayo con un descomunal paraguas. ¡Calle! — ex- 
amé: — yo conozco esta cara. ¡Vaya si la conocía! Aun en 
¡to me llevaba ventaja Napoleón: aquella cara no la había 
) visto más que en los retratos: Napoleón tuvo la honra de 
iborear el original á sus anchas. Era Su Gracia lord Arturo 
/eliesley, Príncipe de Waterloo, Duque de Wellington y 
i Ciudad Rodrigo. Justito un año después de verle nosotros, 
é á reunirse con su rival, en la patria de los iguales. 




Estaba entonces Londres en plena Exposición universs 
la primera, la del Crystal Palace. Todos habíamos tomado 
Exposición de pretexto para visitar las orillas del Támesis. Fí 
tan á la verdad los que dicen que van á estudiar Expo: 
ciones; no siendo algún industrial, por si se la quieren pega 
ó comerciante para pegársela al parroquiano, ó jurado pa 
pegársela al contrario. 

Tampoco van á estudiar los que se hacen pagar una pe 
sión para visitar Exposiciones: tres he visto, universales, p 
mi dinero, y he ido, como ellos, á curiosear y á divertirm 
Quien estudia en serio las Exposiciones es el hombre ok\ 
tífico; pero después, en su gabinete, en los libros, sobre apU;| 
tes, listas, clasificaciones y catálogos. 

Estudiar... estudiar... Ya nos contentaríamos con pose 
el arte de ver una Exposición. Cada cual se fija en dos doc¡ 
ñas de objetos: lo demás, como en panorama. Hombre habí 
en el Palacio de Cristal, que tenía aplicados sus cinco sehl 
dos á una enorme tinaja: ni máquinas, ni artefactos, ni pr 
ductos agrícolas, ni obras de arte, ni trapujería de sastres 
modistas le significaban nada. Corrían las señoras á los e 
caparates de Lión, á los encajes de Bruselas, á los armario 
de joyería: la gente tripona iba y venía por las galenas, n 
rando para arriba, mirando para abajo, los más y las m 
fingiéndose observadores con un ¡oh! de admiración ó i 
¡ah! de sorpresa. 

Quizás de todos los artículos que he visto en Exposici* 
nes, el más curioso ha sido el hombre. Siempre os desc 
brirá algún registro nuevo, por muy sobajeada que tengáis 
humana naturaleza. El Palacio de Cristal mostróme en ell 
en la masa común,- dos condiciones funestas por donde á m 
nudo nos perdemos los mortales: la impresionabilidad y 
antipatía al método. Yo tuve la candidez de proponer á n 



399 

compañeros, que, para visitar la Exposición, nos sujetáramos 
á un plan de recorrido, á razón de sección diaria, examinán- 
dola de derecha á izquierda. Imposible: cuantas veces lo in- 
tenté y cuantas lo he intentado después, otras tantas me 
salió la cuenta fallida. 

— «Que estamos fuera de línea, 
i — Déjeme V. ver aquella rareza. 

— Ya le tocará el turno. 

— ¡Qué turno ni qué ocho cuartos!» 

Y empieza la desbandada, y cada cual tira por su lado, y 
unos ven cien veces una misma cosa y otros se quedan sin 
verla, y no hay medio humano de hacer entrar á la gente 
en vereda. 

Aquella asombrosa fábrica de Paxton, bajo cuya techum- 
bre reunió Inglaterra 18.000 expositores, parece hoy un jue- 
go de niños comparada con las últimas Exposiciones uni- 
jversales. No lo fué, sin embargo; porque aquel primer alarde 
¡de la vida industrial contemporánea representaba un curso 
¡de tecnología práctica que, á pesar de lo reducido de la dis- 
tribución en treinta clases, hubiera pasado por un sueño 
veinte años antes. Dolióme ver, entre tanta grandeza, el es- 
caso papel que hacíamos los españoles. No llegaron á 290 
los que concurrieron con sus productos al Palacio de Cristal; 
y fuera de algunos artículos catalanes en el ramo de blon- 
das, máquinas de cardas, pieles curtidas, corchos de la pro- 
vincia de Gerona y un precioso mueble de mosaico, todo lo 
demás que sonaba con nombre español, llamaba poquísimo 
la atención de los curiosos. De otros países recuerdo algu- 
nas impresiones sueltas: las máquinas inglesas para elabora- 
ción de toda clase de textiles, otra de acuñar, grandes pren- 
sas verticales, los progresos de la pañería austríaca, los ter- 
ciopelos de Manchester y la competencia que en el ramo de 
sederías empezaban á hacer á Lión los piamonteses, los sui- 
zos, el Austria y la misma Inglaterra. 



400 
V 

Como yo no era industrial, ni comerciante, ni siquiera ju 
rado, ni tampoco podían darme patente de hombre cientí- 
fico, creíme dispensado de recoger datos y de hacer apunta- 
ciones. Mas, para no perder el tiempo que me dejaba libre el 
mareo de la contemplación, púseme algunas veces á pensai 
y á meditar en un rincón de aquel maravilloso Palacio; come í 
si, arrastrado también por la moda de exponer, me sintiese 1 
obligado á hacer una modesta exposición de ideas en mi 
cerebro. 

Pensaba en lo que había sido el industrial de otros tiempos, 
y en lo que ha llegado á ser en los nuestros. Me lo represen- 
taba socialmente nulo en la antigüedad, bajo la influencia de 
la esclavitud; en la Edad Media, y aun muy entrada la mo-i 
derna, luchando con toda clase de desdichas. Víctima de la 
ambición de los que han pretendido ser mandones por abo- 
lengo; llevado al matadero en las reyertas señoriales; regala-^ 
da su sangre en los repartos de familia de augustos competí* ! 
dores; destrozado por las uñas del Fisco; desdeñado, ajado, i 
escarnecido por los poderosos; vil en boca de Alfonso el Sa- 
bio; indigno de la honra de caballero en las Siete Partidas; j 
bajo en la pluma de Felipe II; infame y malandrín para 
aquellos insensatos leguleyos que osaron estampar en los Có ' 
digos esta insolente frase: limpieza de oficio mecánico, 

Y después de pensar en el industrial, pensaba en la in- 
dustria de aquellas edades, privada de todo prestigio social, 
tan denigrada y postergada como sus útiles representantes. 
La veía despuntar, á trechos, en el gran panorama histórico, 
como protesta viva del honor y excelencia del trabajo; en Ba- 
bilonia, en Memfis, en Tebas, en Corinto, en Damasco y en 
Ispahan; en las Ciudades toscanas y lombardas, en Barcelona 
y en Nuremberg, en Brujas y en Gante. En el resto de Euro- 
pa, en el resto del mundo, despreciada: viviendo en la oscu- 



401 

ridad, en el silencio, en el misterio, albergándose en los so- 
portales, buscando barrios apartados, huyendo de la luz y del 
ruido y refugiándose en la trastienda, para evitar todo apara- 
to y todo público alarde que pudiesen exponerla á los desma- 
nes de los irresponsables. 

Mas entre tanto, y aun en medio de aquellos larguísimos 
períodos de absoluta dependencia, ya van anunciando la in- 
dustria y el industrial que poseen ricas energías. Ya se sien- 
ten factor social, y en tal concepto, empiezan á luchar abier- 
:amente para alcanzar gloria y poderío. Vienen las Cruzadas 
/ se aflojan las ataduras del vasallaje; con la ¡Comuna ó el 
honcejo, se ampara la industria á la sombra del fuero munici- 
)al; con el gremio ó la guilda, se hace órgano del Estado; con 
as milicias concejiles, fuerza pública; con las cofradías, ban- 
lera religiosa. Toma armas de toda especie, y de todas ellas 
;e aprovecha dentro de las condiciones de la época respectiva. 
{, á medida que avanzaban en mi imaginación los pasados 
iempos, veía irse traduciendo al exterior aquellos medros 
ridustriales. Ya ni el mercader ni el fabricante se esconden, 
ino que se exhiben en todas partes; y aparece el rico esca- 
•arate, y aparece el vasto almacén, y aparece el arte de pre- 
miar el género; y grupos de industriales similares se esta- 
lecen en barrios frecuentados, y las calles céntricas de las 
oblaciones grandes rivalizan en bazares, tiendas de lujo y 
untuosos aparadores. Aquella industria antes vergonzante, 
Dma aires de soberanía, y llega la época en que una dama 
e regia estirpe, al ver el boato con que la reciben en Flandes 
is señoras menestralas, puede exclamar un tanto mortifi- 
ida: «Yo creía ser aquí la única princesa, y me encuentro ro. 
sada de soberanas. » 

Para sus expansiones y atrevimientos, tenía la industria 
itigua un auxiliar poderoso en la feria. Descartaba yo de 
Jji cuenta las ferias de carácter religioso: Benarés, la Meca, 
¡airuan, que tienen otro alcance y otro significado. Concen- 
: aba mi atención en las ferias industriales. En la feria de la 
tJdad Media veía representado el momento de la defensa in- 
ptrial: el mes, la semana, el día de sus holguras. Allí la 
• dustria sale, es decir, brilla; vende, es decir, vive; lucha, es 

26 



402 

decir, vence. Allí se emancipaba de la guerra con la treguí 
de Dios, de las tiranías con las inmunidades, del obstácuk 
de la distancia con las corrientes venidas de luengas tierras 
Ningún elemento social dejaba de dar amparo á la industria 
en los días feriados: la Iglesia llevaba sus cánones, los R< 
yes sus franquicias, los Municipios contribuían con sus fes 
tejos, la gente de dinero con sus compras y prodigalidades 
Después de la feria nacional la internacional, y el limite 
ensancha: Medina del Campo, Beaucaire, Sinigaglia, Nij 
ni-Novgorod son las primeras, aunque tímidas manifestacio- 
nes, del cosmopolitismo económico. 

Vino un día en que las ferias no bastaron. Eran un expe- 
diente industrial para tiempos adversos, no condición precisa 
de la industria cuando la industria iba cobrando sus propios; 
fueros. Hoy las expediciones y arribos de mercancías 
constantes y están regularizados por vapores y ferrocarriles 
hoy no tenéis que fijar mercados, porque os los fijan las mis- 
mas corrientes comerciales; hoy la seguridad está normal 
zada, garantizada por leyes, tratados, convenios, tribunal* 
policía, ejércitos de mar y tierra; no hay que reservarla 
momentos dados. El industrial y el negociante son fuerzí 
por sí, son influencia, peso de balanza. No necesitan para 
bajar ó para vender, ni favores de la Iglesia ni beneplácito 
del Estado. Sus franquicias están en su propio derecho, 
oportunidades en sus propios cálculos. Quizás hayamos pa 
sado de un extremo á otro. Observad cómo, en vez de invadí 
nosotros el campo industrial, la industria es quien pretenc 
invadirnos; el capitalista y el operario aspiran á imponéi 
nos; la fábrica quiere gobernar el arancel, el productor quier 
gobernar el consumo: el obrero discute la propiedad, y elc( 
merciante, antes acurrucado en la tienda, nos va robando 
espacio, ocupa las aceras, intercepta el paso con los puesto 
ambulantes y nos pone en el caso de pedir aquel Manual c 
que hablaba Franklin para aprender el arte de andar por \i 
calles. 

No: no nos falta, á Dios gracias, el surtido á mano y abui 
dante; lo que nos faltaba era la nota de la novedad, est; 
siempre al tanto de la última palabra industrial. Y se inve; 



aa 
:nd 



403 

taron las Exposiciones. Campo de rivalidades ó concierto de 
ingenios. Una Exposición lo es todo: feria y síntesis de feria, 
almacén y muestrario, bazar y museo. Lo útil y lo agradable, 
lo frivolo y lo serio, lo que es revolución industrial ó simple 
mejoramiento, lo que tendrá carácter de permanencia y lo 
que pronto ha de ser arrollado por el capricho de la moda ó 
por el incansable afán de nuevos inventores. 

Muchas y brillantísimas Exposiciones internacionales se 
han sucedido desde aquellas mis largas meditaciones en el 
Crystal Palace. Seguramente han dejado muy atrás á la de 
i85i en magnitud, en abundancia, en clasificación de pro- 
ductos, en detalles de instalación y en el interés dramático 
que despiertan hoy los anejos, con sus parques, sus talleres 
en movimiento, los cuadros de usos y costumbres y la repre- 
sentación entera de la vida humana en el globo, por razas, 
lenguas, trajes, templos, construcciones civiles, cultura in- 
telectual, oficios menudos y aprestos militares. Mas no ha 
variado — y tenedlo por cierto — ni variará'en un ápice, el sen- 
tido que atribuíais ya entonces á las Exposiciones y sobre 
todo á las universales. Era aquella y serán todas una re- 
l velación de la conciencia del trabajo, una expresión viva de 
í la repartición de fuerzas, una voz de alarma contra el instinto 
\ de la destrucción, llámese, como antes, espíritu de conquista, 
! ó llámese, como ahora, espíritu expansivo. Ante aquella mag- 
¡ hificencia de escaparates, ¿quién piensa ya en humillar la in- 
I dustria y á los industriales? Al ver aquella diversidad de tribu- 
1 tos de tan distintas procedencias ¿quién se atreverá á sostener 
que cada pueblo debe bastarse á sí mismo? Tocante á la in- 
fluencia de las Exposiciones en las guerras, no olvidéis jamás 
i la fecha en que se abrió el Palacio de Cristal. Muchos y muy 
sangrientos lances registran desde entonces los anales de la 
fuerza bruta: Alma é Inkermann, Magenta y Solferino, Po- 
tomac y Richmond, Sadowa, Reichoffen, Sedán . Pero las 
campañas á que correspondieron estas batallas han sido rela- 
tivamente de una duración cortísima. Cortísima, porque los 
intereses económicos cuidaron de advertir al vecino que aque- 
llos ruidos les eran molestos: ninguna campaña militar ha 
dejado de ¡ir seguida ó precedida de su correspondiente Ex- 



4 04 

posición industrial que le sirviese de aviso ó de protesta. 

Peregrinaciones suelen llamarse los viajes á las Exposicio- 
nes. No creo exacto el concepto; pero ya que hay peregrinos 
de la fe, háyalos también de la paz; y, al admirar los porten- 
tos del ingenio humano, que sólo con ella prosperan, defen- 
dámonos, en lo posible, de aquellos hombres que quieren 
tener á los pueblos en continua reyerta y hacen, en las esfe- 
ras del Gobierno, oficio de perdona-vidas. 



VI 



Nostro caro contino, como llamábamos al cicerone, se e 
peñó en hacerme visitar al Cardenal Wisemán. Aunque 
nacionalidad inglesa, el Cardenal había visto la luz en Sevilla; 
«como buen español, le debéis este paso de atención,» me de- 
cía il Contino. Pareciéndome bien estas razones, nos diriji- 
mos á Golden square, donde ocupaba el Prelado un modes- 
tísimo aposento. 

Nicolás Wisemán estaba entonces en todo el esplendor 
de su fama. Pocos meses antes, el Papa le había investido 
con la púrpura cardenalicia: era arzobispo de Westmínster y 
Primado de la Iglesia católica en Inglaterra. Pareciendo es- 
tos títulos otros tantos guantes arrojados á las comuniones 
protestantes, trabóse una pendencia entre el Gobierno britá- 
nico y la Corte romana, declarando los consejeros de la Rei- 
na Victoria que jamás admitirían un arzobispo católico de 
Westmínster, sino á lo sumo, un título de arzobispo en West- 
mínster: no archbishop of, sino archbishop at Westmínster. Su- 
po la maraña el pueblo bajo de Londres, y tomó parte en la 
contienda, amenazando distintas veces al Prelado y hasta 
tratando de forzar su residencia; y no dejaron de advertirnos 
que había algún peligro en visitarle, porque algunos desal- 
mados solían emprenderla con los que entraban en la casa. 
Todo lo cual parecía tener á Monseñor perfectamente sin cui- 
dado; y vivía tan sin miedo de los adversarios, porque era 



4o5 

hombre de espíritu sereno, celoso propagandista, hecho á pa- 
decer y bien poseído de su carácter de misionero. 

Recibiónos con grandísimo agasajo en un sencillo despa- 
cho colgado de verde reps, con dos estanterías cargadas de 
libros, media docena de sillas y un gran Crucifijo de bronce 
sobre la mesa. 

Vestía la levita negra de cuello recto, sin el menor distin- 
tivo de sus altas dignidades. Giró al principio la conversa- 
ción sobre España, ponderándola grandemente el Cardenal 
como columna firmísima que decía ser del catolicismo: luego 
fuimos entrando en terreno científico á propósito de sus pro- 
pias obras. 

Ya entonces había publicado el Dr. Wisemán sus famosas 
lecciones sobre las relaciones entre la ciencia y la religión re- 
velada — Twelve factures on tlteconnexion between Science and Revea- 
led Religión — de cuya tercera edición poseía yo un ejemplar 
impreso en Londres; Charles Dolman, 1849. Filología, et- 
nología, ciencias naturales, arqueología y edades prehistóri- 
cas son los principales puntos que pone allí á contribución, 
para buscar concordancias con la Biblia. Con el ansia natu- 
ral de conocer el fuerte de Su Eminencia, pedíle tímidamen- 
te que me aclarase algunos conceptos relativos á la Lingüísti- 
ca; y vino en ello gustosísimo y lo ejecutó con tal arte, que 
todavía recuerdo la manera como me explicó en qué térmi- 
nos y por qué orden de procedimientos había llegado á la no- 
ción de aquella ciencia. 

Empezó viniendo indirectamente á reconocer que había 
procedido, en su obra, con espíritu de sistema; pues, para con- 
ciliar las afirmaciones de la Revelación con las investigacio- 
nes de la Ciencia, era necesario, según él, absolutamente 
forzoso, llegar á estas dos conclusiones: la existencia de una 
sola lengua primitiva y el advenimiento de un hecho violen- 
:o y repentino que hubiese producido la excisión ó separa- 
ñon en variedad de lenguas. Hízome una clara distinción 
mtre la Filología y la Lingüística, ramas de origen común, 
)ero con diferentes propósitos; la Filología, encerrada en el 
¡istudio científico de grupos de lenguas determinadas, tanto 
nás dignas de atención, cuanto más ricas sean sus respecti- 



406 

vas literaturas; la Lingüística, verdadera ciencia de las le 
guas, que busca en ellas las formas de la expresión, las anali 
za, clasifica y compara, sean las lenguas completas ó inco 
pletas, cultas ó primitivas, antiguas ó modernas; señaland 
afinidades y discrepancias, comunidades y desviaciones 
origen; por donde llega á elevarse á la historia del desenvo 
vimiento del espíritu humano modalizado en el Verbo. 

En seguida, y con un talento sintético asombroso, me fué 
condensando lo que dice en su libro acerca de los pasos que 
había dado la Lingüística hasta aquellos tiempos; de cuándo 
pugnaba por tropezar con la lengua primitiva, — si el siriaco 6 
el chino, si el abisinio ó el escita, si el griego ó el latín, si el 
copto ó e.l vascuence; si sobre todas las lenguas, el hebreo;— 
de cómo después, renunciando á la manía del lenguaje origi- 
nario, se consagró la Lingüística á coleccionar materiales y 
á preparar listas de nombres y cuadros etimológicos; vinien- 
do por fin á parar al estudio de las formas gramaticales para 
sorprender afinidades más positivas en la estructura íntima 
de las lenguas. 

Dábame mucho contento la apacible conversación del doc- 
tísimo teólogo; maravillándome sobremanera ver que un 
hombre de Iglesia hubiese llegado á poseer tanta erudición 
en cosas profanas cuando, hasta en las sagradas, solía ser 
tan escasa la ilustración de nuestros clérigos. Con efecto, en 
su conversación y en sus libros, mostraba el Cardenal estar 
al tanto de la última palabra en Lingüística, cuando tuve la 
suprema honra de visitarle. Mas ¡ay! aquella última palabra i 
sólo representaba un período de infancia, si hemos de juzgar 
por los progresos de la Lingüística desde que publicó sus| 
lecciones el ilustre Arzobispo de Westmínster. 

Si hoy viviese el Cardenal, tendría que variar el concepto 
que había formado de la ciencia de las lenguas y el de sus re- j 
laciones con la Filología. Diríanle que la Lingüística es una 
ciencia natural y la Filología una ciencia histórica; sabría que ; 
la principal tarea del filólogo de hoy es el estudio crítico de las i 
literaturas sobre la doble base de la Arqueología y del Arte, 
hacer la historia de las lenguas y restaurar los textos; al paso • 
que la Lingüística, según la define Hovelacque, «estudia los 



4 07 

elementos constitutivos del lenguaje articulado y las formas 
que revisten ó pueden revestir.)) Vería, y acaso deploraría, el 
abuso que se ha hecho de estos dos elementos, el fonético ó 
fisiológico y el morfológico ú orgánico, aplicándolos, en mi 
sentir bien inconsideradamente, hasta ai estudio práctico y 
comercial de las lenguas. En cambio admiraría, y de ello 
estoy seguro, la precisión con que se han determinado las 
tres grandes formas lingüísticas, monosilábica, aglutinante y 
de flexión; el ingenio con que se ha conseguido agrupar las 
lenguas de solas raíces; la destreza con que los sabios han 
logrado determinar el valor y representación de los afijos 
(prefijos ó subfijos), en los idiomas del segundo grupo, y la 
maestría con que, en los más perfectos, ó sea en los de fle- 
xión, se precisan ahora, casi matemáticamente, las modifica- 
ciones de la propia forma de las raíces para obtener la expre- 
sión más pura del sentido. 

Quedaríase encantado del número y calidad de los escrito- 
res que, desde aquella mi visita á Golden square, han enri- 
quecido la ciencia del lenguaje: Schleicher, Kuhn, Chavée, 
Federico Müller, Witney, Derembourg, Pezzi, Renán, Ha- 
vet, Noeldeke, Picot y otras mil celebridades, no menos 
dignas de respeto y admiración que sus ilustres predecesores 
los Leibnitz, los Adelung, los Pritchard, los Humboldt, los 
Herder, los Abel Rémusat y los Balbi, tantas y tantas veces 
citados en las Doce lecciones. Y no menos le sorprendería la 
infinidad de Sociedades, cátedras, Revistas y Boletines que, 
para el cultivo de centenares de lenguas, se han ido creando 
sn todas partes; excepto, por de contado, en nuestra querida 
Patria.. 

Pero, en lo que acaso mostraría mayor asombro el doc- 
tísimo Wisemán, sería en ver cómo, sin salimos de un simple 
:uarto de siglo, desde i85i á 1876, el ingenio humano ha 
podido penetrar en tantas interioridades de lenguas ignóra- 
las y aun de aquellas mismas que se creían perfectamente 
:onocidas; en 1853, Gaussin con sus lenguas polinesias; en 
[854, Schiefner con la samoyeda; en 55, Regnier explicando 
a lengua de los Vedas; en 58, Riedl con la Gramática ma- 
nyar, y Conestabile con la epigrafía etrusca; en 61, Gabe- 



408 

lentz, descifrando las lenguas melanesias; en 62, Koch 
toriando la lengua inglesa y G. París con los orígenes de la 
francesa; en 65, Schafarikcon el eslavo, Müller con el mala 
yo y el armenio, Rabasté con el oseo; en 67, la lengua ruma- 
na explicada por Picot, el vascuence por Van Eys y Vinson, 
en 68, los nuevos estudios rumanos de Mussafia, los del grie 
go moderno por Eggel. los del mecanismo del latín por Cor- 
ssen; en 69, el alemán tratado por Schleicher, el fenicio po 
Schrceder, el árabe por Derembourg y Zschokke, el chino por 
Estanislao Julien, las lenguas del Africa del Sur por Bleek 
en 70, el hebreo por Ewald, el asirio por Menant, Sayce y 
Schrceder, el árabe por Guyard; en 71, la Gramática indo- 
germánica de Schleicher, la sintaxis de la misma rama por 
Delbrück, la lengua danesa por Mobius; en 72, Adam con las 
lenguas mandehúa y tungusa, Weske Con el finés, Maspero 
con el egipcio, Brugsch con los jeroglíficos; en 73, el caldeo 
por Schroeder, Curtius con las etimologías griegas, Littré 
con su gran Diccionario francés, Miklosich con sus curiosos 
estudios sobre los dialectos gitanos; en 74, Backer con las 
lenguas del Océano Indio, Donner y el finés, Oppert y el alfa- 
beto persa, Lefévre y los dialectos itálicos, Micklosch y Da- 
nitchitch con las lenguas eslavas; en j5, las lenguas dravidia- 
ñas por Caldewell, otra vez el francés por Scheler y Bruchet, 
nuevamente el finés por Widemann; y Broca y el Príncipe 
L. L. Bonaparte siempre con el vascuence-, y el cultivo de 
las lenguas del Nuevo Continente bajo el celoso impulso de los 
Congresos de americanistas que empezaron en aquella fecha. 
¡Y cuántos y cuántos otros libros habré dejado de mencio- 
nar, agregando los novísimos! 

Wisemán, de seguro, señalaría un punto negro entre 
aquellas maravillas. No encontraría confirmada en ellas la 
conclusión favorable á la unidad de la lengua primitiva y á 1 1 
su repentina excisión en varios grupos ó familias. Otras, cier- 1 
tamente, son las actuales tendencias. Sin que trate de engol- 1 
farme en asunto tan espinoso, recordaré que la ciencia de hoy I 
pretende, contra la opinión de Wisemán, que los tres grandes 1 
sistemas lingüísticos, hasta ahora precisados, son absoluta- 
mente irreductibles, dando por axiomático el principio de la 



40 9 

pluralidad originaria de las lenguas. Aquí sí que es ocasión de 
decir:;« doctores tiene la Santa Madre Iglesia.» Sé de algún 
teólogo español que se ha propuesto, en este punto, deshancar 
á los laicos. ¿Con éxito? 



VII 



Un ligerísimo repaso al Londres de i85i, bien distante en 
^extensión, y aun en belleza, del Londres de 1887. Tocante á 
urbanización, la sola barriada de Kensington y los dos em- 
bankments, Victoria y Alberto , representan una revolución 
completa. Dejad que lleguemos á otros tiempos y se explicará 
la frase. 

Familiarizado con los templos católicos, no se me hacían 
iCatedrales ni la Iglesia de San Pablo, ni la Abadía de West - 
¡pínster. En griego la una, en gótico la otra, me resultaban 
¡.pos casas desalquiladas. Digo mal: Westmínster está alquila- 
do por los héroes, pero sin colocar los trastos. Un revoltijo 
¡de mármoles ennegrecidos con el black de Londres. 
; El mármol estatuario: ahí tienen VV. una cosa que yo des- 
cerraría de los países del Norte. Conténtense con el bronce, 
¡que es más adecuado á su cielo. Puesto el mármol blanco en 
(.as comarcas septentrionales, pierde el encanto y la poesía que 
; .e animan en las atmósferas de clima cálido. Luz y calor es 
i o que quiere ante todo la fría piedra: quitádselos y le quitáis 
ti principal elemento para darnos la ilusión de la vida. Otro 
iesencanto mío en Westmínster: los asuntos. Una que otra es- 
tatua de sabio, una que otra de filántropo. La mayoría, gente 
ie guerra. ¿Tu quoque, nobilíssima Britannia? 
! ¿Por qué — decía yo — darán los ingleses tanta elevación á 
pus monumentos? El Nelson de Trafalgar square y el Duque 
¡le York de S*- James's Park están á perder de vista. Rasgo 
le positivismo inglés aquellos encumbramientos; los semi- 
lioses pierden mucho en contacto con la tierra. 

Vi la Torre de Londres en día muy nublado. Así debe ver- 



: 



410 

se; sobre fondo negro. Como los alemanes en sus castill 
del Rhin, los ingleses han procurado conservar, en su Tower 
todo el sello antiguo. Tiempo perdido para las gentes po 
aficionadas á la magia. A mí, por ejemplo, los cuatro ó a 
mostrencos de la Torre, con trajes del tiempo de Enrique VII 
no me hicieron el efecto de súbditos de los Tudores, sino 
de simples jornaleros ingleses del siglo XIX, muy dispuest 
á levantarse contra el amo, pidiendo, en un meeting, aumen. 
to de salario. Tampoco me afectaron gran cosa ciertos nom- 
bres espeluznantes; la Torre de los traidores, la Puerta de 
los traidores, la Torre sangrienta. No es probable que aquel 
Torre se ensangriente más, ni que se cometan más traición 
dentro de aquellas puertas. Sangre, traiciones é ingratitudes, 
bastantes se leían en el hacha de Essex, en el tajo de Lovat 
y en el infecto calabozo donde el paciente Raleigh estuvo 
meditando su History of the World. En el guardajoyas, the 
attradion de entonces era el diamante Koh i-Noor, acabadito 
de traer de la India. Oficialmente constaba que lo habían aml 
quirido los ingleses después de la toma del Penjab; pero lue- 
go os decían al oído que era un ojo de cierto ídolo á quien uñí 
diestro pickpocket se encargó de dejar tuerto. 

Como, en aquella época, probablemente no habían pasado 
de la mente de algún atrevido ingeniero los Metropolitan, and 
The Metropolitan District Railways, era el túnel del Támesis el 
gran prodigio del trabajo moderno. Ocho años llevaba de 
existencia aquella profunda equivocación del arquitecto Bru- 
nel; digo equivocación, y equivocación manifiesta, porque en 
i85i, aquella obra de diez y ocho años y de 5oo.ooo libras 
esterlinas, estaba reducida á un simple objeto de curiosidad. 
Bajabais por la escalera del lado de Wapping: recorríais, bajo 
el Támesis y á la luz del gas, unos cuantos puestos de cerve- 
za, y otra vez os encontrabais en la superficie por el pozo de 
Rotherhithe. Catorce años faltaban para dar la razón á Bru- 
nel y convertir aquello en algo de provecho. 

Mis visitas al British Museum fueron muy frecuentes, por- 
que tuve la honra de ser su vecino. De Bedford place á 
Great Russell street no hay más que un paso. 

Hartéme de antiguallas que había visto ya en el Louvre; 



4ii 

las verdaderas novedades fueron para mí las colecciones de 
autógrafos y la Sala Elgin. Claro que me encontraba muy á 
gusto entre esculturas de Fidias y restos del Partenon, sin 
necesidad de ir á Atenas; pero el diablo de la crítica hacía 
su camino y me iba sugiriendo tristes reflexiones. Para enri- 
quecer sus respectivas patrias, Soult saqueó los Museos es- 
pañoles y Elgin saqueó la Grecia. A propósito de Elgin, em- 
pezaba recordando aquel despreciativo dístico que le dedica 
Byron: 

II 

<Noseless himself, he brings home noseless blocks, 
To show at once the ravages of time and pox.> 

Aparte lo bárbaro del procedimiento del devastador fran- 
cés y del devastador inglés, ¿no hubiera sido cien veces me- 
jor, hasta como cuestión de arte, dejar cada cosa en su sitio? 
Si está bien San Pedro en Roma, bien estaba el Partenon 
donde lo levantaron. Mala idea la de esparcir sus huesos. 
Pues qué — preguntaba yo al cicerone, — ¿no se les ha movido 
el alma á esos señores arqueólogos para abrir fuertes suscri- 
ciones y emprenderla de firme con la restauración completa 
de los grandes monumentos antiguos allí donde los hizo bro- 
tar el ingenio y donde realizaron su misión histórica? 

Parecíale al Contino que esto era hablar en turco. Como 
antiguo espadón, el pobre era más entendido en cintarazos 
que en esta clase de músicas. Se reía, se reía de lo que él 11a- 
ímaba mis candideces de chicuelo. Sin embargo, cualquier 
machucho confirma hoy lo que pensaba entonces un muchacho. 

No ignoro que siguen á la orden del día las depredaciones 
artísticas y arqueológicas. En España, ora desaparece un 
cuadro de Murillo, ora un tapiz de Goya; y no faltan aficiona- 
dos, nacionales ó extranjeros, que de puro encariñados con la 
talla antigua, no saben separarse 'de la Catedral de Toledo 
sin llevarse algo entre las uñas. También sé que con los 
bélicos humos que dominan en las regiones donde se forja 
el rayo europeo, puede verse el Arte, de la noche á la ma- 
ñana, en peligro de nuevos saqueos. Pero al lado de esto, 
tengo algunas pruebas de que no iba yo tan descaminado en 
aquellos tiempos de mis ilusiones. De estas pruebas no citaré 



412 

más que una: San Marcos de Venecia. En sesenta años de 
dominación, pudo el Austria llevarse á Viena muchas precio- 
sidades de la insigne Basílica, y no lo hizo. Y ahora, cuan- 
do se ha tratado de emprender su restauración, después de 
la unidad italiana, ¿quiénes han sido los primeros en levan- 
tar la voz, al solo anuncio de que podían cometerse allí pro- 
fanaciones artísticas? Los ingleses, los compatriotas de El- 
gin. Méetings hubo en Londres — Buckingham street— en 
Oxford y en Manchester para conservar la pureza de aque- 
lla joya bizantina; hasta mediaron notas diplomáticas y me- 
nudearon las memorias y las exposiciones, una de ellas, 
por cierto, con las firmas de Gladstone y Disraeli. Tres in- 
gleses, Wallis, Ruskin y Morris, — un pintor, un anticuario 
y un poeta — habían levantado toda aquella polvareda. Justo 
desagravio ofrecido á Europa para borrar antiguos pecadillos 
del sam facón británico. 

A los visitantes de la Exposición de i85i, nos obsequiaron 
los londonenses con una gran novedad, en el Zoological Gat' 
den: el primer hipopótamo conocido en la Europa moderna, 
y ofrecido por el virey de Egipto al cónsul inglés en Alejan- 
dría. Acababan de cazar el animalito en la isla Obaisch del Nilo 
Blanco, y decían que para ello había sido menester poner en 
pie de guerra un cuerpo de tropas escogidas. Verdad ó mentí- 
ra, ello es que entonces la presencia de un hipopótamo era 
objeto de vivísimas curiosidades. No lo sería hoy, porque nin- 
gún mediano Jardín zoológico deja de poseer algún ejemplar 
de aquel singular anfibio. Como, desde la época romana, Eu* 
ropa tenía olvidados los hipopótamos, había que sostener en 
el Zoological Garden una batalla para acercarse á la verja que 
separaba el monstruo de la gente. Cuidaba de él un negro 
abisinio vestido de turco y, con una varita de acebuche, lo ma- 
nejaba como un borrego. 

Parecerá mentira, tratándose de marinos y de gente tan 
pulcra como los ingleses; pero encontré Greenwich en el 
más completo desaseo. En el traje y en el servicio, los glo- 
riosos inválidos de la flota británica parecían recién escapa- 
dos de las covachas del Strand. Excuso decir que, en el 
Museo naval, todo respiraba, como sigue respirando, Nelson. 




413 

^a espada de Nelson, el sombrero de Nelson, el uniforme 
¡nsangrentado de Trafalgar. Además, en las paredes, unos 
:uadritos al óleo con escenas de la juventud de Nelson. Por 
¡upuesto que el Almirantazgo ha tenido el buen sentido de 
runcar aquella escabrosa biografía. Ni por asomo figuraban 
illí las complicidades del insigne Almirante con la Corte de 
tfápoles, ni el sacrificio del pobre Caracciolo, ni los escánda- 
os con Emma Leona. 
Quintana ha dedicado á Nelson aquella frase bonita: 

f Inglés, te aborrecí: héroe, te admiro.» 

¿Héroe? ¡ quizás! Perhaps, como diría Hámlet. ¿Está bien 
lemostrado si el combate de Trafalgar se ganó por la pericia 
le Nelson ó por la impericia de Villeneuve? Tenemos la le- 
genda de Clarke, la leyenda de Churchill, la leyenda de Sou- 
hey, la leyenda de Pittigrew, la leyenda de Lamartine, 
fodas las leyendas decretan el heroísmo. Un proceso de ca- 
rnización en regla. Pero hay ya quien se atreve á raspar la 
;statua de Trafalgar square, y jura y perjura que, bajo la 
igera capa artística de la soberbia efigie, no se encuentra 
nás que barro. Barro en la vida privada y barro en la vida 
ráblica-, pues por mucho que pese al orgullo inglés, consta 
uie, aparte la habilidad en tirar cañonazos y en forzar líneas 
le combate, al bravo Horacio Nelson no tenía el diablo por 
londe cogerle. 

1 Mis soirées en aquel Londres de hace siete lustros, fueron 
osísimas. Comí un par de veces en casa de unos gentlemen, 
ufriendo la tiranía del porter, de una lady apamelada y de 
)tra sabionda que me hizo presentir el tipo de Miss Penélope, 
;n Sullivan. De teatros, poco. Una noche de Drury Lañe: 
ina sola noche, porque mis oídos continuaban hermética- 
mente cerrados al inglés corrido. Tuve la suerte de que, con 
;notivo de la Exposición, y ya pasada la season, siguiese abier- 
o Covent Garden. Oí los Puritanos, Elixir d'aniore y el Don 
■hian, de Mozart. Cantaban el Elixir, Mario y Lablache: los 
Puritanos, Mario, la Grisi y Tamburini. Juntadme ahora tres 
f, con Lablache, cuatro mocitos parecidos. 



4*4 

Otra dicha fué ver bailar el minué del Don Juan á la 
glioni. La señora Condesa se había retirado de la escena des 
el 48; pero aquella noch e quiso obsequiar al público de L~ 
dres con una elegante despedida, y según dijeron, por pi 
deferencia á un nobilísimo Lord y Par de Inglaterra. 



SECCIÓN QUINTA 



De Londres á Bruselas. — Desde el Bruselas de Estebanillo al Bruselas de Leo- 
poldo. — Campos de Waterloo. — De lo que, sin Waterloo, hubiera sidc 
Europa. — Carta urgente. — En Nimes. — Meditaciones arqueológicas. — ( 
vidados á una fiesta romana. — Aspecto del anfiteatro. — Mi pretexta. 
Lucrecias, ni Cornelias. — Salen los gladiadores. — Suerte del Reciario. 
Descripción del Spoliarium. — Las fieras del día siguiente. — Cacería mí 
na. — ¿Toretes ya? — Una escena del Poliuto. — Mitología en carne y hueso. 
— Regreso á Barcelona. — Nuevas páginas dolorosas. 



. sido 
mag- 



I 



De Falkstone áOstende y de Ostende á Bruselas. No me ! 
hacía la ilusión de encontrarme con aquel Bruselas que 
nuestro Estebanillo González contemplaba «por plaza de ar- 
»mas de la Europa, por escuela de la milicia, por freno de re 
»beldes, por espanto de enemigos, por esmalte de lealtad y 
»por pasmo de hermosura. » Ni vi allí «sus altivos muros, 
«puertas y torreones, que, siendo competidores de las pirá 
» mides egipcias, eran columnas sobre quienes el Atlante es 
» pañol fiaba el peso de su celeste máquina y monarquía.» Ni 
«veneré sus campos por Elíseos, sus salidas por jardines de 
» Venus, ni sus bosques por ser recreación de Diana.» 

Mas bajito era mi Bruselas de i85i. Un Bruselas de som 
brero de copa, paraguas grande y zapatones, pacíficamente 
gobernado por el inolvidable Leopoldo I de Coburgo, aque. 
modelo de reyes constitucionales. Alojéme en el Hotel de Saxe, 
Longue me Neuve, incitándome desde luego á meterme en la 



4i5 



cama el molimiento de huesos que llevaba, por lo accidenta- 
do de la travesía. Era domingo, y pensábamos aprovechar 
la tarde para recorrer las afueras; mas la suerte lo dispuso 
de otra manera, porque, habiéndome acostado á las diez de la 
mañana y en el preciso momento de llegar, no di cuenta de 
mi persona hasta las once de la noche, de modo que dormí 
de un tirón las trece horas cabales. Paséme la noche escri- 
biendo, y muy de mañanita, me eché á la calle á ver la pobla- 
ción; que si entonces se diferenciaba mucho de los tiempos del 
buen Estebanillo, no distaba menos de parecerse á lo que ha 
llegado á ser hoy; un París en miniatura. Ya estaban termi- 
nadas las Galerías Saint Hubert, que fueron mi punto de par- 
tida: de allí me empiné á la parte alta de la Ciudad, visitan- 
do el Parque y la calle Real con la columna del Congreso; y 
bajando ó subiendo, según los casos, vi también el Hotel de 
Ville, la plaza de los Mártires, Santa Gudula y el rarísimo 
capricho del Manneken-Pis. 

Por muy importantes que juzguen los belgas aquellas pre- 
ciosidades de su Capital, no podían satisfacerme á mí, recién 
llegado de París y Londres. Mi gran curiosidad era visitar el 
campo de Waterloo. Al lado del hotel Victoria, tomé un asien- 
to en el mail coach inglés que hacía diariamente los 32 kilóme- 
tros de ida y vuelta. El día era muy lluvioso, igual al de la 
batalla, según los guías nos contaron; treinta y seis años 
nos separaban de aquella carnicería. Nos situamos en la 
montañuela del León para no perder ni un detalle topográ- 
fico; el sitio que ocupaban los aliados-ingleses, hanoveria- 
nos, los de Brunswik, los de Nassau: — el punto donde se les 
juntaron las huestes prusianas; por donde el mariscal Ney, al 
frente de la Guardia, logró romper las líneas enemigas y 
luego avanzaron prusianos é ingleses penetrando en las po- 
siciones francesas y decidiendo el éxito de la batalla. Vimos 
la Haie Sainte y la granja de Hougomont tan vivamente 
disputada durante el combate; oímos relaciones de muertos 
y heridos — 25. 000 bajas de parte de los franceses, 28.000 de 
parte de los aliados — sufrimos historias de bravatas y leyendas 
de fanfarrones, de grandes perfidias y sublimes heroísmos; y, 
por no hacer mal papel, tuve que gastarme una docena de 



416 

francos en botones de uniforme y unas hombreras de esta 
bre, que me endosaron en concepto de reliquias, y luego 
dejé olvidadas en un rincón de la fonda. 

Waterloo no tiene más que tres versiones: — la france. 
«faltó Grouchy;» — la de los coligados, «Blücher entró á tie 
po;» — la de los fatalistas «la estrella de Napoleón se hab' 
eclipsado.» El último destello poético que ha iluminado la h 
rrorosa matanza ha sido el de Víctor Hugo. Para él y p- 
todo buen francés, la batalla no se debió perder. Pero la batalla se 
perdió. ¿Fué un bien, ó un mal? Primero sepamos para quién 
ó contra quién. Si me hacéis la pregunta para los pueblos, os 
digo resueltamente: caballeros, un millón de gracias: en el 
mismo estado se hubieran quedado con la victoria de Napoleón 
que se quedaron con su derrota. Con el éxito de la coalición 
en Waterloo, vinieron los triunfos de la Santa Alianza, el ré- 
gimen Metternich, el calvario de los patriotas italianos, los 
terroristas blancos de la Restauración francesa, las hazañas 
de nuestro Fernandico el Deseado y de sus parientes de Ná- 
poles. Con los laureles de Blücher y de Wellington, entró Eu- 
ropa en un período de despotismo ruso-austriaco que, con 
una victoria de Napoleón, hubiera sido período de neto despo- 
tismo francés. Dígalo el desenfado con que, hasta entonces, 
el Ogro había manejado pueblos, gobiernos y libertades; dí- 
ganlo las revelaciones de los que han conocido ó descrito el 
Napoleón interno; Segur, Melito, Mollién, Mme. de Rému- 
sat, Rcederer, Bourrienne y, más recientemente, Taine; dí- 
ganlo los tomos de la Correspondencia privada , del mismo Na- 
poleón, y algunas páginas del Memorial de Santa Helena. 

Ajeno á la ciencia militar, me interesaba poquísimo el la- 
do estratégico de aquel panorama. Mirábalo del lado político, 
y cobijándome bajo el paraguas mientras el guía gastaba su 
saliva en balde, me planteaba yo el siguiente problema: 
«Realmente, ¿han influido alguna vez los Waterloos en la 
marcha general del mundo?» En vez de representarme los: 
colorados de Picton, los dragones de Ponsomby y los corace- 
ros de la Moskowa, veía desfilar ante mis ojos esas liquida- 
ciones que han pretendido hacerse entre sí los Providencial^ 
echándose carne de saeta ó carne de cañón á las respectivas 



417 

barbas. ¿Queronea? no fundió la Grecia con la Macedonia 
¿Arbelas? no creó un Imperio definitivo de Alejandro. ¿Man- 
tinea? no aseguró la hegemonía tebana. ¿Maratón? no impidió, 
para más tarde, la Grecia capta. ¿Cannas? no dió el triunfo al 
elemento comercial en la vida antigua. Ni Farsalia ni Accio 
trajeron otra cosa que un cambio de domesticidad romana: el 
amo César en vez del amo Pompeyo: el cómitre Augusto en 
vez del cómitre Antonio. A pesar de los Campos cataláunicos, 
llovieron Atilas sobre Europa hasta las últimas incursiones 
normandas. Con ó sin Guadalete, estaba igualmente herida de 
muerte la civilización visigoda. Calatañazor, las Navas de To 
losa, ¿fueron la causa, ó más bien la simple expresión de la de- 
cadencia musulmana? ¡Bouvines! no es verdad que terminasen 
con esta batalla las insolencias del feudalismo francés. Y en 
la Guerra de Treinta años, ¿quién representa las verdaderas 
luchas de la Reforma? ¿las espadas ó las plumas? Si tuvieseis 
que conceder nuevas coronas por los triunfos entonces obte- 
nidos, ¿á quienes las adjudicaríais mejor? ¿á Wallenstein, los 
Piccolomini, Tilly, Gustavo Adolfo y Bernardo de Sajonia 
Weimar? ¿ó á Belarmino como católico, y, como protestan- 
tes, á Erasmo, Lutero, Melanchton, Zwinglio, Calvino y Teo- 
doro de Beza? 

¿Qué había sucedido en i85i, desde la época de Waterloo, 
y qué ha ido sucediendo después? Que Grecia y Bélgica sol- 
taron los frenos: que masones y carbonarios se burlaron de 
policías, calabozos y cadalsos: que la democracia ha hecho 
!su camino, primero como escuela, después como partido, 
primero con el constitucionalismo á la inglesa, después con 
más francos organismos: que, á pesar de los tornillos de 
Viena, Europa ha visto dos guerras en Oriente, dos y la 
unidad en Italia, cuatro cambios de decoración en Francia, 
¡frecuentes revoluciones en España, el desprestigio del patri- 
ado en Inglaterra, dos agarradas serias entre las familias 
germánicas, y otra, más seria todavía, entre germanos y la- 
inos. Sin perjuicio de lo que irá viniendo y no me parece 
flojo. Sostenedme ahora que Napoleón hubiera evitado todo 
isto, si llega á tener la suerte de coger á Wellington por las 
brejas. No seáis Cándidos. Ya lo intentó el sobrino eso de 

27 



418 

toser fuerte, con menos caudal de gloria, es verdad, que el 
primer Bonaparte; pero en más favorables circunstancias, 
porque pudo aprovechar un segundo cansancio y los segun- 
dos terrores de los expatrioteros. Y, sin embargo, se le tor- 
ció el carro, y al fin se le volcó; y ya veis hoy en qué ha ve- 
nido á parar el bonapartismo, dividido entre los que siguen 
á Flonflon y los que besan la correa al hijo, y obligado á 
transigir con los mestizos del Conde de París y con los legi- 
limistas de bandera blanca. 

Esto por lo que hace á la política general: nada os digo 
del movimiento económico. En i85i, cuando me enseñaban 
los campos de Waterloo, estábamos todavía en plena guerra 
arancelaria, tal como la habían dejado planteada los Trata- 
dos de Viena. El triunfo definitivo de la Coalición había sido 
la señal de una nueva lucha declaradamente abierta entre 
los mismos vencedores: todos contra la supremacía maríti- 
ma é industrial de Inglaterra. Si hubiese vencido Napoleón, 
acaso esta lucha hubiera sido más terrible: así nos lo había 
dado á entender con el bloqueo continental, y así se lo hizo 
escribir á Las Cases al dictarle sus últimas impresiones en 
el peñón de Santa Helena. Mas, por una rara coincidencia, 
ocho ó diez años después de aquella nuestra fecha del 5i, 
la política imperialista era la que inauguraba, en el continen- 
te europeo, el reinado del libre cambio. Como, dada la co- 
rriente de las cosas y de las ideas, la hubieran inaugurado 
de idéntica manera los Borbones de la primera rama, los de 
la segunda y los republicanos. Y, con Waterloo ó sin Water- 
loo, hubiera pasado Europa á ser librecambista, después de 
tantos alardes proteccionistas; como ahora con batallas ó sin 
batallas, el proteccionismo no volverá á ser política general^ 
sino mero expediente para transigir intereses de momento; 1 
y vengan ó no vengan á las manos franceses y alemanes, ru- I 
sos é ingleses, turcos y búlgaros, el mundo seguirá adelante I 
resolviendo su interminable serie de problemas, no sobre so- I 
berbias de Canciller, caprichos de dinastía ó rectificaciones I 
de mapa, sino sobre otros más arduos asuntos que se relie- j 
ren á la vida íntima de los pueblos y á sus luchas por la q 
existencia. 



419 



III 



Me había propuesto recorrer toda la Bélgica y asomar las 
narices á Holanda; pero vime precisado á variar de plan con 
motivo de una carta urgente que me anunciaba estar á pun- 
to de resolverse aquel asunto que me había sacado de Barce- 
lona para el Mediodía de Francia. Emprendí, pues, la vuel- 
ta de Nimes, donde tenía por seguro que me había de abu- 
rrir por la escasez de distracciones y la índole especial del 
negocio que llevaba. Tomé pronto mi partido, y fué pregun- 
tarme qué clase de planta podría cultivarse en aquella tierra 
para matar las horas libres; y resultando ser la arqueología, 
púseme desde el primer día á evocar recuerdos y á recorrer 
monumentos de la época romana que tanto abundan en la 
antigua ciudad de la Narbonense. 

Omitiré referir lo mucho que encontré de curioso en los 
restos de murallas romanas y en los del Foro, en la Maisón 
:Carrée, en la Tour Magne, en el templo de Diana, en las 
ruinas de los Baños y en la puerta de Augusto. Vagamente 
me habían hablado en Barcelona de algo que se relacionaba 
en Nimes con los juegos y otros espectáculos públicos de la 
antigüedad; y me había figurado que sería algún circo roma- 
no, por el estilo del hipódromo griego, con sus carceres ó di- 
visiones para colocar los carros de los luchadores, torrecillas 
í los lados, spina ó plataforma en el centro, las meta? ó tér- 
minos de carrera en las extremidades, y la gran puerta triun- 
fal por donde salían los vencedores entre los aplausos de la 
muchedumbre. Ya me estaba representando, en imaginación, 
as bigas y las quadrigas dando siete veces la vuelta al circo: 
os aurigas, con sus cortas túnicas, cuchillo al cinto y el casco 
le cuero: los hermosos caballos traídos de Sicilia, de Espa- 
la, del África ó de Capadocia: el afán con que los aficióna- 
los tomaban nota de las hípicas genealogías. Parecíame ver 
1 Presidente arrojando á la arena la mappa ó paño blanco en 



420 

señal de empezar la carrera, y entre una y otra de ellas oía 
á los músicos, deleitándome en los oppida con sus instru- 
mentos. Admiraba la precisión con que cuatro y á veces seis 
carros de frente daban la vuelta á las metas, y la suma ha- 
bilidad de los que guardaban la izquierda; y más me admi- 
raban todavía las factiones ó partidos tumultuosos que se for- 
maban con ocasión de las carreras. 

Mas toda aquella fábrica de mi fantasía desapareció cuan- 
do vi que lo que había quedado en Nimes no era un circo, 
sinoun anfiteatro, ó como dicen en lenguaje vulgar, las Arenas. 
Hoy el anfiteatro ha sido restaurado; en mi tiempo se redu- 
cía á una inmensa elipse con dos órdenes de arcadas sobre- 
puestas y coronadas por un ático, y además cuatro puertas 
que correspondían á los cuatro puntos cardinales. Contában- 
se en el interior 35 filas de gradas con cuatro escaleras de 
comunicación. ¿Cuánta gente cabría en el recinto? Aseguran 
que había sitio para 24.000 espectadores. 

Circo ó anfiteatro ¿qué más da? — dije yo. — Ya que no me 
es posible reconstruir unas carreras romanas, ensayémoslo 
con otro género de espectáculo de aquellos tiempos. Y dicho 
y hecho: un día de buen humor entré en el anfiteatro, tiré del 
cajón donde tenía guardados, en la memoria, algunos apun- 
tes sobre antigüedades romanas, y al momento las Arenas 
tomaron vida y color, y se poblaron de fantásticos seres. 
¿Queréis saber, amabilísimos lectores y lectoras, los cuentos 
que me forjé, sentado en aquellas gradas? Venid conmigo; 
figuraos que estamos en plena dominación romana. 



IV 



Pongámonos en el siglo III de nuestra Era. Nimes está de 
gran regocijo: se va á celebrar el triunfo de un Emperador. 
¿De cuál? No hace al caso; todos eran triumphatoresi Optimi 
Máximi. 

Las fiestas durarán dos días consecutivos; desde primera 



421 

hora de la mañana hasta la última de la tarde. Un día para 
el combate de gladiadores, otro para la lucha de fieras. Se- 
pan que se ha gastado un dineral; la cuenta se ha sacado ála 
griega: 30 talentos ó sea 37.000 duros de nuestra moneda; y 
como el dinero valía entonces siete veces más que ahora, los 
37.000 duros se convertirían actualmente en la decentísima 
suma de cinco millones de reales. Hermosa cifra; bonita ma- 
sa de barro á mano para hacer toda clase de locuras. 

El atrezzo es magnífico; piezas de plata, piezas de ámbar 
amarillo: otras con embutidos de ambas materias preciosas. 

Por todas partes veo grandes letreros de colores chillones: 
en las paredes de las casas, en los edificios públicos, en las 
puertas de la Ciudad, en los mausoleos colocados á entram- 
bos lados de las vías. 

Son los anuncios de la función copiados por los scriptore?. 
Leamos: «La familia gladiatovia (cuadrilla) del lanista N. com- 
batirá en Nimes el día de los Idus de Marzo. Habrá ade- 
más luchas de animales y se pondrán toldos para estar al 
abrigo del sol.» Otro anuncio: «Se regará bien el piso para 
evitar el polvo y el calor. » Al pie de los carteles veo muy re- 
petida esta palabra: instantissitne. Quiere decir que la cosa 
se despachará en el acto, que la función no se dejará para otro 
día. Estamos á cien leguas del Teatro Real de Madrid. Por 
si no hemos entendido bien, nos van repartiendo copias del 
anuncio; los libelli, que unos esclavos venden por las calles. 

Despachemos, que ya es hora de empezar. Vengan corrien- 
do al anfiteatro. El anfiteatro romano es el complemento del 
hemiciclo griego. Son dos hemiciclos ajustados formando 
elipse: structum utrinque theatrum, como dice Ovidio. La elip- 
se de Nimes tenía 133 metros por 101 de eje, según la cuen- 
ta moderna. 

Nuestros ediles de Nimes saben hacer las cosas más á lo 
gran señor que los pobrecitos regidores del porvenir. Véanlo 
ustedes: todas las líneas arquitectónicas del anfiteatro están 
recubiertas de adornos artísticos para mayor esplendor del 
espectáculo. Sostenido por fuertes cuerdas atadas á la corni- 
sa, han colocado un velarium de abigarrados colores que ma- 
tizan con sorprendentes reflejos toda la cavea ó interior del 



422 

edificio. Varias fuentes repartidas por el redondel, lanzan á 
prodigiosas alturas caprichosos surtidores de límpidas y per- 
fumadas aguas para refrescar y embalsamar el ambiente. 
Así se neutralizará en gran parte el tufillo de la plebs, poco 
cuidadosa del aseo, á pesar de sus frecuentes baños; y el de 
la gente parásita hacinada allá en los altos. 

¿Qué les parece á VV. mi traje? Como mayor de quince 
años, ya sé que me correspondería la toga virilis; pero he teni- 
do el capricho de endosarme la prcetexta, creyendo ir con ella 
más autorizado á tan hermosa fiesta. Mi pretexta es muy 
holgada, de finísima lana blanca del Yemen con sus corres- 
pondientes tiras de púrpura en todo lo largo. Ahora me en- 
tra el escrúpulo de si soy ó no prcetexíatus, porque en rea. 
lidad esta clase de toga corresponde á los pollitos del patri- 
ciado; pero yo soy... digo, había de ser, diez y seis siglos 
más tarde, abogado español, y un abogado español vale por 
todos los patricios del mundo. 

Ya estoy sentado. Déjenme primero saborear el golpe de 
vista. En el podium ó basamento inmediato al redondel, como 
si dijéramos, en la contrabarrera, están los senadores, algu- 
nos con corona de laurel, los altos dignatarios, el Colegio de 
sacerdotes con sus sagrados ornamentos y las vestales. Es- 
tas damas y aquellos caballeros ocupan elegantes sillas cu- 
rules de blanquísimo marfil, y tendrán el envidiable privilegio 
de presenciar más de cerca la carnicería. Aquel magnífico 
palco descubierto en el centro, es el del Emperador con toda 
su corte; el Emperador de tanda, y digo de tanda, porque 
todavía no se lo han almorzado los pretorianos ó alguna 
legión en armas. El Pius, Félix, Augustos se ha dignado 
honrar la fiesta con motivo de una visita que está haciendo 
á su fidelísima provincia Narbonense. Aunque no estuviera 
en aquel sitio sería fácil reconocerle, porque es la única per- 
sona que se permite llevar toga entera de verdadera púrpura. 
Se la han traído, no sé si de Tiro ó de la Laconia; tiene dos 
baños de tinte y dicen que la lana así teñida, le ha costado á 
razón de 1.000 pesetas la libra, según la moneda futura. 
Amigo, los simples ciudadanos no nos atrevemos con estos 
lujos imperiales: yo que me las he querido echar de fantas 



423 

món, he hecho teñir mis bandas con púrpura imitada en 
violeta de amatista, y aun así he tenido que abonar á razón 
de 35o pesetas. 

Dos extraños personajes figuran, como convidados, en la 
tribuna imperial: un Príncipe oriental con gorro puntiagudo 
y ancha vestimenta cuajada de pedrería, y un Jefe germánico 
de estatura atlética con barba y cabellera tan rubias, tan 
rubias que por aquellas doradas guedejas se despepitarán, de 
fijo, las morenotas de las romanas. 

La inmensa gradería de mármol que se abre en forma de 
abanico encima de los senadores, la ocupan ciudadanos dis- 
tinguidos: patricii, optimates, equites, gens togata. Mucha toga 
blanca y muchas sienes ceñidas con coronas de oro, de mir- 
to, de olivo, de flores silvestres, de hojas de encina. Son las 
condecoraciones de la época. Abundan las clámides, las túni- 
cas palmatce, los colores vivos, los trajes estrafalarios de bár- 
baros y advenedizos que acuden al olor de la sangre. Hay 
cabezas viejas que ocultan su calvicie con el capillamentum; 
los muchachos de pretensiones lucen el peinado en escalina- 
ta, la coma in gradus formata, cuya moda se remonta á los 
tiempos del coquetón de Marco Antonio. Dos 6 tres necios 
ostentan el empolvado de oro. 

¿Por qué se colocarán arriba las mujeres? Allí campean las 
ricas matronas con sus hijas. Llevan el mammillare ó banda 
de flexible cuero, á estilo de corsé, la stola con volantes de ca- 
prichosos bordados, el velo de Cos, verde mar, con motitas 
de oro, y el manto ó palla, degeneración del peplum ateniense. 
A una dama se le ha soltado el broche que sujeta la stola. 
¿Será cosa de advertírselo? No se molesten ustedes. Hay des- 
cuidos cuidadísimos. En el siglo III ya estamos muy dis- 
tantes de las Lucrecias, Virginias y Cornelias. Aquellas da- 
mas de la galería descienden en línea recta de las que fueron 
descritas, en gallardos versos, por Juvenal, Catuloy Proper- 
cio. Las mismas que, en público, toman aire de vestales y lue- 
go tributan en secreto un culto fervoroso á Priapo. 

Lo que hay que ver es la variedad de peinados. Hoy, por 
ser día de gran función, las más coquetas han echado el res- 
to. Unas, con la mitra ó bonetillo en lo alto de la cabeza; 



424 

otras, con el reticulum ó redecilla de hilillo de oro.; trenzas 
formando corona, trenzas sueltas, ondas, rizos, tirabuzones 
crines in nodum vincti, crines ligati. Las más serias con el tutulus 
6 rodete con cerquillo de oro. ¡Calle! ¿Y aquellas de pelo rojo 
¡Desdichadas! Les he pescado el secreto. Una maldita escla- 
va me ha explicado de dónde sacan el mejunge: de la spuma 
cáustica ó spuma bátava, que les da la coloración de moda para 
gustar á los germanos. 

La mar de joyas. En el pelo, hilos de perlas y piedras pre 
ciosas engarzadas en diademas de oro; dos polluelas amiga 
mías han preferido un sencillo atavío de flores en grupo ó co 
roña sutilis, ó en guirnalda ó corona plectilis. En los hombros 
collares ó cadenas siempre con perlas y pedrería; en brazos 
muñecas y orejas, brazaletes, pulseras y pendientes de ines 
timable riqueza. Parece que una sola perla en cada oreja es 
en este tercer siglo, la suprema elegancia; un juego de ella 
he visto esta mañana, en casa de una vecina mía, que le ha 
brá costado al marido un ojo de la cara; aunque el precio n 
haya llegado, ni con mucho, á los seis millones de sextercios 
de la perla de César ó á los diez millones de la de Cleopatra 

Hay gallinero. Allá cerca de las nubes, se apiña en informe 
masa la turbamulta, famélica, sucia y desarrapada. Gritan 
como condenados. Darán que hacer si no corre en el redon- 
del mucha sangre. 



V 



Señores: no distraerse, que ya salen los gladiadores. Una 
gritería espantosa los acoge: plaudite cives. Cien hombres van 
á combatir; combatirán por parejas, no en masa ó catervatim. 
Hay gladiadores de todas castas; samnitas, galos y tracios, 
britanos tatuados, germanos rubios, moros atezados, negros 
del Niger, sármatas y bandidos de la Isauria. Van con ellos 
algunos enanos, y unas cuantas mujeres que también anda- 
rán á cuchilladas. 

La gran novedad son dos parejas de sajones. Todo el mun- 



425 

do se fija en ellos. No se sabe si proceden de la escuela Gá- 
llica ó de la Dácica; si de las de Preneste, Rávena ó Alejan- 
dría, ó del acreditado ludus de Capua. Asegúrase que son de 
mucha fibra, tanto que alguno de ellos se estuvo batiendo dos 
días seguidos en otras fiestas. ¡Qué olor tan rico á matanza! 

Venga el paseo. Avanzan á la vez todas las parejas, espada 
en mano y el escudo en el brazo izquierdo. Frente á la tribu- 
na imperial, los morihiri pronuncian el Ave César. Aquel mori- 
turi que ahora me crisparía los nervios como buen hijo del 
siglo XIX, no me los crispó en el tercero, por una sencilla 
razón: porque en el siglo III, los nervios no existían. 

Baja el donator para proceder al reconocimiento de las ar- 
mas. A ver esos filos y esas puntas: aquí no se muere de 
mentirijillas. Entre tanto, se distribuyen algunas parejas 
por la arena, y con espadas despuntadas, ejecutan varios pa- 
ses académicos. Es laprolusio, el saludo de combate. Mas no 
tarda en sonar una lúgubre trompeta, y á la voz de ponitejam 
gladios hebetes, toma cada gladiador sus correspondientes ar- 
mas de verdad y empieza el combate serio. 

Me estoy fijando en la pareja que tengo más cercana: son 
dos tracios. ¡Con qué furia se acometen! No veo más que 
dos espadas centelleantes: no oigo más que golpes secos sobre 
los escudos. Ni un ¡ay!, ni un sobrealiento, ni un suspiro. 
Silencio profundo en las graderías. Los cuerpos se aproximan, 
ise separan, se acechan, se retuercen, se enderezan. Uno de 
los combatientes tiene la cara ensangrentada; un ojo que se 
le ha salido de la órbita, anda como perdido rodando por la 
mejilla: el otro tracio ha recibido una herida de costado y la 
espada sale humeante de aquella boca de la muerte, por donde 
brota un caño de sangre. Tanta es la que cae, que los dos 
cuerpos parecen envueltos en una túnica roja. Siguen las es- 
tocadas: una de ellas penetra en el vientre del contrario y 
leja al descubierto los intestinos. Ya es cadáver: otros dos 
/acen tendidos más allá sobre la arena. Suenan palmadas, 
renéticas palmadas: no es entusiasmo, es delirio: de los cua- 
ro vencedores, uno de ellos, apoyado en el escudo, apenas 
mede tenerse sobre sus piernas. Morirá de seguro dentro de 
tnos minutos. 



426 

No bastando los aplausos, vienen otras recompensas de 
más sustancia. Veo que se acercan unos esclavos trayendc 
ricos presentes en grandes bandejas ó discos de oro y plat 
El vencedor de mi derecha recibe un puñado de monedas 
otro, unas armas maravillosamente cinceladas: para otro, 
casco con hermoso penacho. Hay regalos de vistosas plurm 
de pavo real ó sencillas de avestruz; repartiéndose, además 
vestidos de brillantes colores, costosísimas telas bordadas de 
oro, ramas de palmera, cadenas de honor, coronas adorna* 
con profusión de cintas. No para aquí la cosa. La histoi 
abrirá sus brazos á aquellos héroes de un día, llamándole 
á la inmortalidad, como á nuestros Frascuelos y Lagartijt 
Lástima que, en este pobre siglo III, no tengamos toda> 
prensa ni fotografía; pero nos sobran otros medios de fai 
liarizar á la posteridad con los nombres de estos preelí 
atletas. Desde mañana, los retratos de los gladiadores api 
cerán pintados en jarrones y otros géneros de vasos decon 
vos; se dibujarán en las lámparas, se grabarán en los anille 
se borronearán con carbón en las paredes de los monu 
mentos; y los más egregios vencedores serán representa 
dos en mosaico sobre las tumbas, en los palacios y en loi 
templos. 

¿Qué chilladiza es esa de mi izquierda? Unos ciudadanos d 
toga y corona han entablado un vivísimo altercado: sube e 
diapasón, y la cosa lleva trazas de parar en cachetina. N 
alarmarse: apuestas que se han cruzado entre los espectadc¡ 
res. Nadie quiere haber perdido. De un lado, el partido de le 
Myrmilones ó defensores de los broqueles grandes: del otr 
lado, el partido de los Tracios ó defensores de los broquele 
pequeños. 

Vamos: ya se ha apaciguado el tumulto: sigue la daní j 
en el redondel. Más gladiadores, más cuchilladas, más ai 
dá veres. ¿Qué hacen ahí esos montones de carne apesta:! 
do á muerto? Quitar de en medio esos pudrigorios. Al efect< 1 
vienen unos hombres con la máscara del Dios Momo, pr 
vistos de garfios sujetos á largas cuerdas. Prenden el garí I 
al cadáver y arrea: vaya toda esa basura camino del S/w/jÍ 
rium. Luego veremos el Spoliarium. Charcas y anchos regt i 



427 

os de sangre cubren el redondel: á ver, esos negritos; que 
emuevan la tierra con sus palas y traigan arena fresca. Em- 
ecemos de nuevo. 

VI 



Estamos, según parece, en el segundo acto, con la suerte 
el Reciario. Debe ser un lance curiosísimo: observemos. 
Ya está el reciario en la arena. Viene con la cabeza al 
iré, el cuerpo medio desnudo y sin armas defensivas: en la 
Mano izquierda una espesa red de malla y en la derecha la 
liscina ó tridente, su única arma de pelea. Es un númida de 
; íerte musculatura, como un toro, y agilísimo de remos, 
i>mo un corzo. Tiene que habérselas con un sármata no 
' ienos vigoroso, que es su secutor: este lleva casco de visera, 
i >cudo y ancha espada. La suerte consiste en arrojar la malla 
-obre el secutor, tratar de envolverle, y, una vez cogido, se- 
t .litarle el tridente en el estómago. Empieza el reciario em- 
t stiendo al sármata que le espera en cuclillas y se le escapa 
. )r la izquierda con una falsa huida; el sármata, aprovechan- 
r > la ocasión, quiere á su vez herir al reciario; pero éste tien 
: su red y obliga al adversario á tocar soleta. Corren ambos 
;>r la arena, se alcanzan, se distancian, tropiezan, caen, se 
yantan; salta el reciario como una pantera y el secutor se 
I adra como un león, haciendo el molinete con el acero. Ya 
Ma la red sobre la cabeza del uno, ya la espada parece acá 
-iar los ríñones del otro. La espectación es inmensa: crú- 
«nse las apuestas: el desenlace se acerca. Finge por fin el 
i:iario una carrera diagonal; y, volviendo de repente sobre 
Js pasos, tira al secutor la maldita malla; forcejea el secutor 
ra desembarazarse, y en este momento, descubriéndose 
advertidamente, recibe en pleno estómago las tres puntas 
< la fuscina. Hoc habet, grita la muchedumbre; que es como 
* dijera, ya tiene su ración el hombre. El gladiador heri- 
I levanta el dedo índice, en señal de que pide al público 
I* gracia de la vida. Instante supremo: larga pausa. Algunos 



428 

desalmados de arriba contestan apretando los puños ye 
dedo pulgar vuelto hacia abajo: póllice verso. Quieren la m 
te, la muerte sine remissione. Pero nosotros, con el pulgar 
arriba y las damas agitando pañizuelos, decidimos la cuestiór 
y salvamos la víctima. Demasiado se encargarán de rematar 
la las heridas que ha recibido. 



VII 



Es tarde. Ya están descorriendo el velario, porque pront 
el sol va á desaparecer del horizonte. La nueva luz que deí 
ciende de las alturas cubre de un tinte violáceo todas h 
aristas del anfiteatro y cuanto hay en él de liso, de bruñide 
de diáfano: calvas, hojas metálicas, bordes de brazalete, caí 
tos de corona, engarces de anillos, ángulos de los asientos c 
mármol, puntas de lanza y el polvillo de las aguas escupidí 
por las fuentes. Falta todavía el tercer acto. Hasta aho 
han trabajado los gladiadores de carrera, los provistos de d 
ploma ó tablilla de marfil, tessera gladiatoria; en una palabr 
la gente del oficio que arriesga su vida por unos sextercic 
Vienen ahora los gladiadores forzados; condenados á muert 
prisioneros de guerra, esclavos reincidentes. Siguen los p 
dorosos romanos llamando á esto combate de gladiadon 
aunque realmente no lo sea. Este último acto es la orgía 
la matanza, el lujo de la degollina, el desahogo final de 
jolgorio de carnicero entre piezas mutiladas y lagos 
sangre. 

Veinte son las víctimas. No traen ropa; llevan espadas vi 
jas, puñales embotados, fragmentos de escudo agujereados», 
rotos. Hay dos condenados que se empeñan en no batir; 
pronto se les hace entrar en razón á puntapiés y á latigaz . 
Al que se hace más de pencas le meten en la carne un hie ) 
candente. Tan movida es esta escena que el público pierde s 
estribos. Mis simpáticos vecinos, los patricitos, gritan co a 
energúmenos: — «¡A ese cobarde! ¡mátale! ¡otro latiga. i 



I 



429 

fuego á esos poltronazos! ¡el hierro, el hierro candente! 
otra estocada!» — No queda un forzado para un remedio: to- 
los han perecido. Vamos á verlos en el spoliarium. 



VIII 



Séneca y Lampridio lo han descrito; un notable artista 
ios lo ha pintado. Al entraren el de Nimes, percibo un olor 
tere, nauseabundo: me siento flotar entre vapores cerúleos, 
etidos, cálidos y pegajosos. A la derecha de la puerta llama- 
la de la Diosa de la Muerte, tropiezo en un objeto y se me 
;scurre un pie; son los intestinos arrancados á un cadáver 
jue tenía el vientre perforado. Un hombre, con la máscara de 
lemonio etrusco, va tentando los cuerpos con un hierro hecho 
nscua. Es un empleado encargado de averiguar si por ventu- 
*a hay alguno, entre los que yacen, que se tome la libertad 
le fingirse muerto. ¿Habrá quien tenga la osadía de no mo- 
irse del todo? Allá, en la primera rinconada, diviso un gla- 
liador tendido que me mira con ojos espantados. Tiene eríza- 
los los cabellos, me hace con el brazo un gesto amenazador 
f da muestras de querer escupirme la saliva en un acceso de 
abia. Llégome á él, ¡oh! bien muerto está; recibió una esto- 
jada seca en mitad del corazón; en aquella fiera actitud le 
íabía sorprendido la muerte. Se me enredan los pies en 
nontones de trapos chorreando sangre; los esclavos están 
íaciendo el apartado entre carcajadas. Han encontrado un 
>edazo de púrpura, se lo disputan y vienen á las manos. 

Pasemos lista: cadáveres con una sola herida, con dos, 
:on tres, cosidos á estocadas; cuajarones en forma de caras; 
'rejas, narices, dedos esparcidos por el suelo. Si oís algún 
uspiro ahogado, pasad de largo; son los rezagados déla 
nuerte que conservan algún chispazo de vida y los irá re- 
catando el cachetero. Cabalmente, por ahí viene: negro hu- 
nor gasta el maldito. Por haber estado á punto de tropezar 



430 

en un muerto, me lo encaja encima de un puntapié soberano 
poniéndome mi nivea toga hecha una desdicha. 

En el último rincón se ha formado corro alrededor de un 
moribundo. El corro es su gente, su familia, hermano, her 
mana, dos hijitas. Acércase el cachetero á largar la de gra 
cia. El hermano protesta, la hermana protesta, las hijita 
lloran. Replica el verdugo que le pagan para esto, y hac 
brillar el acero. Entonces se me vuelve á ocurrir que he d 
ser ciudadano de tiempos más benignos: detengo el brazo 
intervengo y salvo otra vida. Algo bueno había de hace 
aquel día. 

Señoras y caballeros: la primera de las dos fiestas ha con 
cluído. Buenas noches y hasta mañana. 



IX 



Ya se conoce que estamos hoy de grandes novedades 
Han cambiado casi toda la decoración de ayer, desaparecien- 
do las fuentes del centro. Como todavía hay poca gente, va- 
mos, si les parece, á visitar los subterráneos. 

Son los subterráneos unos inmensos sótanos, de forma 
laberíntica, con entradas y salidas independientes del local 
destinado al público. Por allí pueden introducirse ó retirarse 
hombres, alimañas y maquinaria. Me voy convenciendo de 
que los tramoyistas romanos son mozos de provecho. Con 
el ingenioso sistema que han inventado, pueden hacer brotar 
del suelo ó quitar instantáneamente de la vista todo el apa- 
rato escénico, obteniendo las más inesperadas mutaciones. 
Por medio de esas cabrias que empiezan á funcionar, harán 
subir ó bajar las decoraciones á discreción, desprenderán ó 
ajustarán las piezas, todo según el orden y manera en que la 
representación lo vaya reclamando. Repito, al ver tales prepa- 
rativos, que para este segundo día de función nos tienen re- 
servadas muy agradables sorpresas. Conque no perder el 



431 

tiempo y subamos á instalarnos en nuestros respectivos 
asientos. 

Me lo figuré. Antes de llegar á ellos, todavía tengo que ha- 
bérmelas con media docena de plomos que me detienen al paso 
y me impacientan; un senador que me pregunta si sé algo de 
la última sublevación de la Pannonia; un centurión á quien no 
he visto hace tiempo porque acaba de llegar de la Cilicia; un 
augur, dos augustales y hasta mi cellavius que me participa 
tener completa mi provisión del rico Falerno y haber colo- 
cado en ánforas las demás partidas de vinos que todos los 
años me mandan de Cecuba, Cales, Capua, Mesina y Ta- 
rento. 

Por fin me veo libre: ya puedo respirar, sentémonos. 

Hoy vamos á admirar las habilidades de un bestiario que 
pertenece á la ilustre nación de los Parthos, gente muy dies- 
tra en el disparo de la flecha. Pasa por una gran celebridad; 
viste simple túnica, lleva envuelto el brazo derecho en una 
especie de chai y adornadas las piernas con cintas multi- 
colores. Acompáñale una numerosa cuadrilla salida de la 
escuela imperial de Diocleciano. Nadie supera á estos lu- 
chadores en las diferentes artes de presentar animales, ca- 
zarlos, domarlos y combatirlos: venatores, sagittarii, tauyarii, 
succur sores. 

U n nomenclátor , destinado á mi servicio, me va indicando los 
nombres de los diferentes bichos que se presentan ante el res- 
petable público: búfalos, ciervos, liebres, jabalíes y osos de los 
Apeninos; panteras y avestruces de la Libia; leones de la Me- 
sopotamia; cocodrilos é hipopótamos del Nilo; un gran mono 
africano, un rinoceronte traído de las márgenes del Indo; lin- 
ces de las Galias, girafas egipcias, tigres de la Hircania, ona- 
gros de laNumidia, leopardos y elefantes del Ganges. Hay dos 
piezas soberbias en la colección: uno de los leones y uno de los 
elefantes: son los animalia regia. Noto que los romanos tienen 
grandes manías con los animales; los pintarrajean, los visten 
y los cargan de oropeles. Veo una girafa aparejada con chales 
de mil rayas, un oso cubierto de laminillas de oro, un toro 
pintado de blanco, varios carneros de púrpura y escarlata, un 
avestruz con toques de cinabrio y un magnífico león con la 



432 

melena dorada. A los animaiitos del género meloso les han 
puesto cinchas de cuero con grandes argollas para sujetarlos 
á tiempo. 



X 



Atención: empiezan los ejercicios. Salen, en clase de bati- 
dores, dos elefantes sosteniendo con la trompa unas antorchas, 
y hacen cortesías al público poniéndose de rodillas con las 
patas traseras. Otros vienen detrás, uno danzarín, al compás 
del címbalo tocado por el compañero. Ponen una mesa con 
diferentes manjares y cuatro elefantes se instalan alrededor, 
comiendo como graves personajes. Sacan por fin una litera; 
colocan en ella un elefante y otros cuatro le van paseando en 
andas entre los aplausos de la muchedumbre. 

Después de los elefantes, el toro. Un toro de formidable 
cornamenta, montado por un jovenzuelo que ejecuta pasos de 
agilidad sobre el morrillo: el toro se pone de patas, se man- 
tiene inmóvil, y luego lo pasan á un elegante carro tirado por 
una quadriga lanzada á todo escape. Varias panteras salen 
arando uncidas al yugo: seis grullas corren describiendo cír 
culos y armando la gran pelea: á un león domesticado le 
echan una liebre, la coge con los dientes, la suelta, vuelve á 
cogerla y la entrega al domador, como el más adiestrado 
perdiguero. Bien dice el poeta Manilio, que ciertos bestiarios 
nacieron en constelación favorable y bajo la protección de los 
dioses. 

Acto segundo: la cacería. Los perros acaban de llegar de 
la Caledonia: finos escoceses traídos en jaulas de hierro, por- 
que son tan agrestes como las mismas fieras que van á per- ¡ 
seguir. De cazadores, tenemos á dos moros y un partho pro- ¡ 
vistos de arco, flechas, lanzas y venablos. Con toda clase de j 
precauciones imitan las suertes de la respectiva caza: á una ! 
pantera la acribillan á saetazos, al búfalo lo cogen por los 
cuernos, al león le echan la capa. Un bruto de bestiario derri- 
ba al oso de un soberbio puñetazo en la cabeza. 



433 ' • 

Ahora viene la gran sorpresa. Asómbrense ustedes: me 
está diciendo el nomenclátor que vamos á tener un cachito de 
corrida de toros, como si ya hubieran nacido, para gloria del 
arte, nuestro cuarto Carlos y nuestro séptimo Fernando, in- 
signes protectores del toreo. «A cualquier cosa llamáis toros,» 
le digo al nomenclátor; pues ¿dónde están los picadores, los 
banderilleros y los espadas? Cachaza, queridos míos: primo- 
res son estos que llegarán á sü tiempo: que tal es la condi- 
ción de los grandes progresos de la humanidad, necesitar una 
gestación de muchos siglos. Por de pronto hagamos boca, y 
ya es bastante para un Nimes del siglo III. Díganme ¿no son 
aquellos unos chulillos y aquellos otros unos caballeros en 
plaza? Porque veo salir un toro de libras y buen trapío, á 
quien sortean los muchachos con una banderita roja; y unos 
jinetes le derriban, mientras que la gente de á pie procura 
sacarlo del redondel tirándole de los cuernos — «Ta, ta, ta: 
esto es la infancia del arte.» — Y pregunto yo: ¿acaso las 
infancias no pasan á virilidades? No me sean, por Dios, tan 
vivos de genio. Todo se andará: y bajo mi honrada palabra 
aseguro á ustedes, que estos niños de teta de la cesárea Ni- 
mes anuncian á las futuras edades las imperecederas glorias 
de nuestros diestros inmortales. 



XI 



j Cuidado si está impaciente el público! ¿Pues no lo ha de 
estar, si hemos llegado al más crítico momento de la fiesta, 
á la lucha de fieras? Primero fieras con fieras, después fieras 
contra hombres. Espantosa vocería mientras se está arre- 
glando la escena; los ojos centellean, los corazones palpitan. 

Aparecen doce bestiarios con coraza de bruñida plata, que 
es su traje de etiqueta. Traen aparejo de látigos, aguijones, 
chuzos y tizones para excitar á los animales; juntamente 
con esto, unas pelotas de paja envueltas en trapos de colores, 
que dispararán sobre las fieras para hacerlas más blandas al 

28 



434 

castigo. Luchan un oso con un búfalo, otro búfalo con una 
pantera, un elefante con un rinoceronte. Pronto concluyen 
las dos primeras suertes: destripado el oso, despanzurrada la 
pantera. Concéntrase el interés en la agarrada de los dos 
paquidermos. Aunque los luchadores* no son de la misma 
talla, vienen á ser de igual potencia: trompa y colmillos en. 
uno, cuerno afilado el otro, ambos de impenetrable coraza y 
el rinoceronte con conchas como un galápago. Empieza la 
brega: el elefante no sale de la defensiva: es su instinto: unas 
veces se resguarda con la trompa, otras la levanta en alto; 
ya se pone de espaldas, ya de proa en ademán imponente. - 
El rinoceronte ataca: quiere sepultar el cuerno en una pata ó 
en el pecho del adversario, pero todo lo que consigue es 
arañarle la piel, de la cual brotan algunas gotitas, casi im- 
perceptibles, de sangre. Por fin, el elefante, á fuerza de ma- 
niobrar, consigue cargar todo el peso de su cuerpo sobre el 
enemigo, derribándole al suelo y pateándole ferozmente. El 
público prorrumpe en alaridos de loco frenesí y el combate 
singular se da por terminado. 

Gran golpe de magia en seguida. Aquí de los tramoyistas 
Sale de debajo tierra y por arte de encantamiento una her- 
mosa nave que, partiéndose en dos pedazos, siembra el re 
dondel de osos, leones, panteras y avestruces disparados en 
todas direcciones y acosados por los domadores; y á conti 
nuación aparece un mágico bosque de árboles resplandecien 
tes de oro, con multitud de aves rarísimas y un grupo d 
surtidores de agua perfumada que causan admiración genera 
por la variedad y riqueza de sus juegos. Delicioso entremés 
para atacar el plato de resistencia que nos falta. 



XII 

Y estamos en el último acto: la lucha de la fiera con e 
hombre. ¿Va á ser lucha ó degollina? Pongámoslo en su 
punto: un matadero á la inversa: la cuchilla en manos de la 
fiera; garganta, la del sér humano. 



43^ 

Por de pronto, ya están preparando en la arena tres postes, 
para atar á ellos otros tantos condenados á muerte, que sa- 
len casi desnudos, sin más que lo preciso para salvar el po- 
quísimo decoro de estos romanos de la decadencia. Sueltan 
un león especialmente amaestrado para hacer oficio de ver- 
dugo. Se agacha, vacila, pasea alternativamente la vista de 
una á otra víctima. De un salto, se arroja sobre la de la dere- 
cha, y de un zarpazo le arranca la masa cerebral y parte de 
un hombro. Brota la sangre de las mutiladas sienes: el hueso, 
desprendido del codo, se balancea adherido por un extremo á 
la carne viva: todo el poste se cubre de manchas rojas. No 
acaba de decidirse la fiera: pasa, sin hacerle caso, por delante 
del condenado del centro, y la emprende con el de la izquier- 
da. Horrores allí: un brazo arrancado, la mano comida, pe- 
cho y espalda destrozados á dentelladas. Desde mi asiento, 
¡se oye distintamente la respiración agitada de la víctima: á 
Icada alarido suyo sale la sangre á borbotones. Debe ser cris- 
tiano: alza los ojos al Cielo. 

A todo esto, no veo al león satisfecho. Sin duda se ha re- 
servado para lo último la mejor tajada, y la mejor tajada es el 
■¡ajusticiado del centro. Arremete furioso contra él, y con él se 
¡sncariña. Pónesele de patas y le cubre todo con su cuerpo. 
No se ve lo que allí pasa; oigo algo desgarrador que me espe- 
luzna; un ruido como de dientes y masticación, gritos ahóga- 
los en medio de un sepulcral silencio. La escena se despeja 
il retirarse la fiera; queda el poste enrojecido, un resto de 
ronco humano, un muslo retorcido sobre la rodilla, un mazo 
le piltrafas en el sitio que ocupaba la cabeza. El lago de san- 
) ;re que se ha formado al pie de los tres maderos, sirve de 
i ;)ostre al león para coronar dignamente su espléndida cena. 
Tal es la querencia del animal, que cuesta un trabajo inmen- 
i ¡o retirarlo. Desaparecen por fin postes, restos humanos, 
í angre y león; y vamos á las últimas escenas: nuestro pos- 
tre, que también es justo que lo tengamos. 

Sale una docena de desdichados que van á perecer en 
. nontón, sueltos ó en grupos. La epopeya de la ferocidad. Un 
< lombre corre por la arena con una pantera en los talones: 
t s han dado— para defenderse (??) — un trozo de espada mo- 



436 

hosa. Como es agilísimo, ha conseguido á fuerza de quiebros 
y recortes ponerse á cincuenta pasos de la fiera. Aprovecha 
la ocasión para pedir gracia. — «Por los dioses inmortales, 
dejadme, dejadme vivir... vivir... siquiera hasta mañana 
¡Por los dioses inmortales! Tengo mujer... dejadme... tengo 
hijos.» — Un rugido general de cólera contesta á la súplica. Es 
el público que suscita la cuestión metálica. — «¿Una víctima 
menos? ¿por qué? ¿para qué? Tres denarios nos cuesta la fun- 
ción para verlo todo... todo... ¿entiendes? Muere canalla, mue- 
re miserable... asesino, muere, muere. ¡Sús la pantera!» — Y 
mientras la pantera hace su oficio, mis ojos se fijan en un 
grupo... 

Compónese de padre, madre y tres hijos, todos galileos, la 
nueva secta perseguida por Diocleciano, la secta venida de 
Judea. El padre, inmóvil, de pie: la madre, de rodillas, be- 
sando el suelo: uno de los hijos, en ademán de orar: los 
otros, derramando lágrimas silenciosas. Una luz ci 
matiza de oro pálido aquellos semblantes reposadc 
yección del último rayo del sol forma un nimbo va 
rededor de los semblantes. Dos leones se acercan, 
hembra: ya embisten, ya desgarran, ya despedaza 
grupo no se descompone: las víctimas se han ah aza ao, fl 
sus bocas y sus frentes se confunden en amorosos 
gados besos. Forman la cadena del martirio inacce 
garras. Y mientras la lengua de las fieras sorbe 
caliente de las abiertas venas, y mientras crujen le 
y caen las carnes, y estallan los nervios, y palpitan, sobre la 
arena, las entrañas; una oración melancólica, dulce, miste- 
riosa, suena en nuestros oídos: y diríase que de aquellos tris- 
tes despojos se van desprendiendo unas formas vagas, im- 
palpables, que ascienden, ascienden, ascienden hacia el Em- 
píreo envueltas en blanquísimos cendales y ornadas de pal- 
mas y coronas... 



1 



437 



XIII 



Mis vecinos de grada no se aperciben de estas cosas; 
porque no han de ser, como yo andando el tiempo, galileos. 
Siendo la mitología el fuerte de estos romanos, nos prepa- 
ran para fin de fiesta varias escenas mitológicas. Mitología 
de verdad, en que hará el principal papel la carne humana. 
A pocos pasos de mi asiento, colocan una rueda y atan á ella 
un criminal para romperle los huesos, imitando el suplicio 
de Ixion; tuestan vivo á otro, haciendo el papel de Hércules 
en el monjp (Eta: otro, con el traje de Mucio Escévola, su- 
fre el tormento de quemarle la mano en el brasero: á otro le 
crucifican: un Orfeo es despedazado por los osos: á otro po- 
bre le roen las entrañas como á Prometeo. Y como ya ha lle- 
gado la noche, y no es posible ver ni trabajar en las tinie- 
blas, aten en torno del redondel una fila de esclavos unta- 
dos con brea, y les prenden fuego para que sirvan de antor- 
chas; en tanto que veo correr, en todas direcciones, una por- 
ción de infelices aprisionados en ricas túnicas de púrpura y 
oro, de entre cuyos pliegues brotan abrasadoras llamas que 
consumen á las víctimas en medio de los más horribles pa- 
decimientos. 

A la luz de esta sangrienta y descomunal orgía, los espec- 
tadores vamos desocupando el local, precipitándonos por sus 
anchos vomitorios. Desde allí, la hez del pueblo irá á embria- 
garse en las ganeas, los ricos se trasladarán á sus palacios, 
donde les espera la cana; y allí les sorprenderá el alba recos- 
tados en los triclinios y coronada de pámpanos la frente, en- 
tre el espumoso licor de las pateras y los impúdicos ósculos 
de las meretrices. 



43» 



XIV 



Despachados, no sin algún contratiempo, los asuntos par- 
ticulares que me habían llevado á Nimes, estaba de vuelta 
en Barcelona al espirar el año 5i. Allí me tenía preparada 1 
suerte una segunda y profundísima estocada. Pocos días des 
pués de mi regreso, murió mi pobre Madre. Perdóneme 
lector: no he de hacer nuevas descripciones de estos terrible 
lances. Para el que los sufre, siempre tienen los grandes d 
lores alguna variedad en la amargura; para el gue los oy 
son de una monotonía insoportable. Lo sé, lo w; por est 
no quiero molestaros. Los mismos que hayáis tenido la i 
concebible paciencia de leerme sin dejar una línea, os volv 
riáis contra mí, si al cerrar esta primera parte de mi ti 
me despidiese de vosotros con lágrimas y pudiente? 
ritos diríais, no me lo neguéis. Sois público al ií i 
y los que hablan, ó escriben, ó pintan, ó hacen n. 
el público, tienen el derecho de instruirle, de rec v 
vez el de impresionarle: nunca el derecho de aflij 

Lo que sí quiero es recordaros una cosa que 
llorar por mucho que os llegue al alma. He de traer á ia i 
moría lo que son las adherencias á la vida, lo que se pierdi 
cuando se pierden, lo difícil, lo imposible que es reemplazarlas 
con otras del mismo linaje. Si sois ó habéis sido, como yo, 
idólatras de vuestros padres, comprenderéis en seguida todo 
el valor de ese nombre de adherencias, porque aquellas son 
las primeras y las que más cariñosamente os sujetan cuando, 
al perder de vista la gran nebulosa de la infancia y de la ado- 
lescencia, arriesgáis una tímida mirada hacia vuestra conste- 
lación posible en ese firmamento que llamaréis la vida. 

Y, á propósito de adherencias y cariños, os advierto que 
ni mejores, ni más puros, ni más desinteresados los halla- 
réis, fuera de aquellos que os'engendraron. No me habléis 
de excepciones, porque son rarísimas. Vacío el de aquellas 



439 

muertes que jamás llenaréis cumplidamente. Con la del Pa- 
dre sufrió mi existencia una modificación profunda; con la de 
la Madre una transformación absoluta. Parientes y amigos 
aparte, me encontré sólo. ¿Qué camino escoger? Problema 
difícil cuando se es dueño de su voluntad á los veintitrés años. 
Toméme algún descanso para pensarlo, y resolví por fin tras- 
ladarme á Madrid, no por ser patria común y tierra larga ó 
porque la codicia de Corte me tuviese puestas en los pies alas, 
como á tantos Guzmanes de Alfarache, sino por creerlo cen- 
tro más adecuado á mis particulares gustos é inclinaciones. 



ÍNDICE DE ESTE TOMO 



Mis Memorias. — Al lector 

i Mi familia. — Primeras impresiones. — Fuego, sangre y có- 
lera morbo. — Del vandalismo y sus especies. — Mi ins- 
trucción primaria. — Cincuenta años en fila. — Una ro- 
mántica de abecedario. — Destrezas de catequista. — 

Constitución ó muerte 

tines. — Un ciego con mucha vista. — El pro y el 
ra del latín. — Cómo aprendíamos la Retórica y Poé- 
— El fénix de los fámulos. — Distribución del día á los 
da- *ños. — Orgías espirituales.— Can Pabana. — Idilios, 
t*-^ ita Susana. — Nuestra Corniche. — La fiesta mayor 
olins de Rey. — Les habitués de la maison. — Vícti- 

jropiciatoria 

'> ón PRiMERA=En el Instituto. — Memorias del abate 
jT.Arruel, ó el tiro por la culata. — Los cartones de un es- 
tudiante. — A geps. — Un futuro Mestre en gay saber. — 
Precedentes de 1840. — El entierro de Mina.— Bullan- 
gas. — Dos Majestades. — El motín de las levitas. — ¡Pobre 

Balmasl — Políticos de botica 

Sección SEGUNDA.=rJornada del 15 de Noviembre de 1842. 
Un hospital de sangre. — Usted perdone. — El bombar- 
deo de Barcelona.— Espartero y Garibaldi. — Cómo se 
fué hacinando la leña. — El tribuno Serrano y el general 
González Brabo. — La palabra de un Ministro. — ¡Volun- 
tarios, la Patria peligral — 54 días de Jamancia. — Lo que 
me costó emigrar.— Recreaciones casuísticas. — ¡Oh, bar- 
bas adorablesl — El amigo Cólom 

1 Sección PRiMERA.=Por qué fui. — Manos regias. — Un De- 
recho muy torcido. — Lo que llegó á ser el espíritu uni- 
versitario. — ¿Para alumnos ó para cuartel? — Sopistas y 



442 

PÁGINAS 

boticarios.— Los figurones del cuadro. — Del uso de ar- 
mas prohibidas. — Vieni meco, sol di rose. — Figuras co- j 
rrectas. — Las eminencias: Martí de Eixalá, Permanyer, 
Figuerola 71 

Sección segunda. =Una vuelta por los bancos.-— Sí, creo 
que sí. — Sección americana. — Ojo al uniforme. — Fantas- 
t, mones y excéntricos. — La pléyade de los futuros. — Mon- 

casi: los hermanos Ríos. — Tsan-tsat-f su. ^—¡Apunten! — | 
La política del miedo. — Cursos complementarios. — En 
qué se ocupaba Horacio. — D. Antonio Bergnes de las 
Casas. — El inglés. — Cornología. — Ensayos de profesor. 
— ¿Qué entiende V. por cuerpos flotantes? — La mano 
del Clero. — Tres estrenos. — Quod erat demonstrandum . 89 
1846-1850 Sección primera. =Primeras lecturas serias. — Con maes- 
tro y sin maestro. — Cómo se fabrica un curso de His- 
toria. — A qué estaba reducido mi repertorio. — Las re- 
velaciones de Gibbon. — Un poquito de Edad Media. — 
Tipos: flujo y reflujo: el colorido. — Lo moderno en pa- 
norama universal. — ¿Hay historia contemporánea? — Qui- 
net leído por Pí. — Narradores é historiadores. — Gran ba- 
gaje. — Así se escribe la Historia. —Caprichos sobre la 
de España 107 

Sección segunda. ^Literatura sin pretensiones. — Genio y 
escribideras. — El literato de seso. — Ticknor y Schlegel. 
— Las ediciones de Tauchnitz. — Mi Tácito, el mío. — De 
Quintiliano uncías tres. — Roma cóté du cozur. — Problema 
de la prosa castellana. — Puristas en brecha. — De cómo 
se puede perder una rica lengua. — Nuestros clásicos: los 
historiadores; los místicos; los picarescos. — Gloria á 
Quevedo. — De maestro el gran Quitana. — Libros olvida- 
dos y libros inolvidables. — ¡Byron!. — Fruta prohibida. — 
A la defensiva 126 

Sección tercera. =Volvamos al mundo. — Las precaucio- 
nes deD. Ramón. — ¡Silencio en las filas! — De las balsas de 
aceite en general y de la educación política en particu- 
lar. — También me divierto yo. — Apertura del Gran Tea- 
tro del Liceo. — ¡Por un botón!. — ¿Habría panzas en Ro- 
ma?— Macbeth al piano. — Róvere, Roppa y los Ronco- 
ni. — Liceístas y principalistas. — Camita á las once. — El 
maestro Obiols. — Entre bastidores. — Matinées musicales. 



443 



PÁGINAP 



— Un público de duquesas. — ¡Aquel pisarl — Recuerdos 

de una amapola. — Las compañías de Santa Cruz 145 

Sección cuARTA.=Santificar las fiestas. — Cursilería domin- 
guera. — De cómo están á partir un piñón las teclas y las 
gargantas caseras. — Qué hacía la colonia castellana. — Mis 
tertulias de confianza. — Bailes de los Consulados. — Fer- 
nando de Lesseps. — Hablemos del Casino filarmónico. 
Vals, polka y habanera. — La figlia del deserto. — ¡Si se- 
rían tercos!. — Correspondencias del alma. — Tractatus de 
verá amicitiá. — Delicioso tresillo. — Je vous aimel — El es- 
pejo de Wiertz. — Quién no ha gobernado un poco. — La 
Marquesa de las Villas Unidas. — Políticos de comedia 

y comedia de políticos 163 

Sección quinta.— Nuestros Procónsules. — Las tradiciones 
de Mr. d'Espignac. — Aféitese V. esas barbas.— Una 
ispiración bajo Córdova. — De la Roca Tarpeya al 
pitolio. — Cocineros antes que frailes. — Manuel de la 
'ücha. — Cómo se gana de veras un prestigio. — Traje 
mañana. — Generales en ciernes. — De qué clase de 
iera se hacían los Gobernadores.— El personal de la 
diencia. — Chocheces de Curia vieja. — ¿Dónde pon- 
áis una llave? — Dos cabildos. — Venga un parrafito de 

iones. — Barcelona antigua y moderna 182 

[Ón SEXTA.=Monseñor Donnet. — El Príncipe A. De- 
ídoff. — Lola Montes. — ¿En Mataró ó enConstantinopla? 
■¡Abajo las dagas! — Farolines y farolones. — Los jóve- 
nes de la alta banca. — A pluma y á pelo, como Alcibia- 
des. — Quién introdujo el gabán recto. — Capítulo de 
mujeres.— Dónde estaban las tradiciones del buen tono. 
— Una escultura, una mano y varios volcanes. — D. Sal- 
vador. — Historia crítico-filosófica del abogado. — Los pa- 
santes ante el capitalista, el procurador ante el capital, 

y el notario en su capítulo. 200 

¡Sección séptima. =Los tiempos de la pesetica. — Á régimen 
debilitante. — Sanllehí entre celajes. — Revista de médi- 
cos. — Media fortuna. — De qué manera avisaban los car- 
listas al médico de cabecera. — Aventuras de un maniáti- 
co. — Casa de Orates. — Coronel y Mariscal de Francia. 
| — Madrid... titirití. — A propósito de frenopatía. — Del 
i abolengo mercantil y su reemplazo. — D. José Xifré.— 



444 



pagina: 

Fábricas y fabricantes. — Lógica algodonera. — Clases 
obreras: las actitudes del antiguo pinxo.— Flaneo por ca- 
lles y tiendas 2 

Sección octava. =Cuántos partidos se usaban entonces. — 
Fíate de Cabrera y no cerras.— P* ¿resistas en desbanda- 
da. — Los nervios del Sr. Fiscal. — Sotillo, Soto y Sotoma- 
yor. — Entre un cuadro al natural y una peluca á la 
valentona.— PapdBrusi. — Un periodista de punta. — Far- 
gas contra Verdi. — Abran el compás los señores críti- 
cos. — La simbólica del Arte divino. — Vittorio Emmanue- 
le Re d'Italia. — Del bombo y del incensario, según los 
métodos antiguos. —El suspiro de un cadáver. — Balmes, 
Balaguer, Milá.— Nuestro Monier. — Un brochazo crimi- 
nalista. — Clásicos y románticos 2 

Sección novena. =¡A Mahón! — ¡Oh Michelet! — Ver y es- 
cuchar. — El puerto de Mahón.— Doctores y Mossenes. — 
Cuatro compases de órgano. — Detallitos locales. — El La- 
zareto. — Dos maravedises sobre cinco millones. — La re- 
acción del contagionismo. — Menorca por España. — Ru- 
bias, pero salerosas. — ¡Hurrah! — Proa á Mallorca. — Entre 
sueños. — Querubines en hamaca. — Palma. — La momia 
de un Rey gigante. — Ensánchenme esas calles. — Pala- 
cios de las Nou Casas. — fa chuetería. — Bellver. — Pla- 
tón, Lacy y Jovellanos. — No bajéis á la Hoya. — Raxa. — 
Fantasías de un olivar. — Museo greco-romano 259 

Sección décima. =Soller. — Crónica con faldas. — Dicen y 
digo. — El rebocillo. — Magistratura por los suelos. — Don 
Gil Muñoz. — Entre la estatua y la hoguera. — La visión de 
Raimundo Lulio. — Soy del siglo XIII. — En Guillem de 
Sant Romá. — Donde se decidió la conquista de Mallorca. 
— Corts de Santa Agueda. — A la vela con el Rey Jaume. 
—Batalla de Portupí. — De profanáis. — Ricos ornes, mes- 
naderos, ballesteros y almogávares. — Un tren de sitio. — 
400 cabezas por los aires. — 60.000 libras por un redaño. 
El asalto. — S. Jordi, ¡firam.firaml — ¡Mallorca por don 
Jaime! — De la Almudaina á San Francisco. — ¡Picaro sa- 
cristán! — Me despido de las Baleares 278 

Sección undécima. =Señores viajeros, al tren. — Inaugura- 
ción del ferrocarril de Barcelona á Mataró. — Los caba- 
llos van dentro. — ¿Y en Betas} :Y en Bañeta} — Cursillo 



445 

PÁGINAS 

de mecánica. — D. Mariano Cubí i Soler. — Topografía 
de mi cráneo. — Lo bueno y lo malo de la Frenología. — 
Páginas dolorosas. — Tres enfermedades. — Fuerza: tu 
nombre es Madre. — La comunión en el dolor. — Fúne- 
bres veladas. — Un examen de conciencia. — Recuerdos 
de una agonía. — Desde las regiones etéreas 303 

l Sección primera. =Me mandan á la montaña. — ¡Ohé, ca- 
pitana! — No me hable V. de los hombres. — Natural y 
vecino de Esparraguera. — Collbató: de la sustancia del 
burro. — Cuál es el colmo de lo pintoresco. — Monse- 
rrat. — De la Merced á Loyola. — Salve, sancta Pa- 
rens. — Pensar, creer y sentir. — El tema de los manresa- 
nos. — Se os deberá, Villalobos. — Cuatro mil doscientos 
monosílabos. — Los Folch de Cardona. — Aprovechado 
Panteón. — Justicia feudal. — Viaje por lo más salado. ... 325 

\ Sección segunda. =Un compromiso oriental. — Dos fases 
mtalismo. — Con Wilkins, Jones y Bopp. — Cinco 
os de la poesía indostana. — Walmiki y Kalidasa: 
ntala. — Si esto matará aquello. — De los Vedas 
lal del torero. — Taurófilos y taurófobos. — El arte 
m v - -Otra vez de viaje. -^.¡Jifiú! — Perpiñán. — Música, 
Dnel. — Narbona. — ¿Cuánto valen los cuadros gran- 
vlontpeller y Aviñón. — La corte de Clemente VI. 
:d está español. — Mar de sangre 347 

y Se 'y tercera. =Cata París, la Ciudad. — Pasaje Sau- 
— Ojos bajos, y el derecho al tenor. — ;Saben ustedes 
v^mer?— Orientémonos. — Postrimerías de la República 
del 48. — Rey en puerta. — El Louvre, pintor de historia. 
—El sentido del Panteón.— En el Padre Lachaise. — A 
escoger, Messieurs les cadavres.-MnzxK.os con vivos ó vi- 
vos con muertos. — De la cremación y sus efectos. — Un 
Napoleón muy casero: los Inválidos. — Al Jardín de Plan- 
tas: flora y fauna. — Versalles: ¡vive la Gloirel — Noveda- 
des de treinta y seis años. — Revista de teatros. — Pintad- 
me la pasión. — Puntas y puntitas. — Todo me sabe á cou- 
plet. — Recuerdos de Chicard 368 

t Sección cuARTA.^Por el Paso de Calais.— El abate Gio- 
berti. — Londres: Bedford place, Russell square. — Cocina 
naturalista. — Arundel street: Mazzini. — II Contino y un 
cicerone histórico. — Orientación en cao. — Dos billetes 



446 



de provecho. — Su Gracia el Duque de Wéllington.— Va- 
mos al Palacio de Cristal. — ¡Qué turno ni qué ocho cuar- 
tos! — De la trastienda á la acera, y de la feria á la Expo- 
sición.— Visita al Cardenal Wisemán. — ¡Si habrá corrido 

la Lingüística! — Londres en 185 1 

Sección quinta.— De Londres á Bruselas. — Desde el Bru- 
selas de Estebanillo al Bruselas de Leopoldo. — Campos 
de VVaterloo. — De lo que, sin Waterloo, hubiera sido 
Europa. — Carta urgente. — En Nimes. — Meditaciones ar- 
queológicas. — Convidados á una fiesta romana. — Aspec- 
to del anfiteatro. — Mi pretexta.— Ni Lucrecias ni Corne- 
lias. — Salen los gladiadores. — Suerte delReciario. — Des- 
cripción del Spoliarium. — Las fieras del día siguiente. — 
Cacería magna. — ¿Toretes ya? — Una escena del Poliuto. 
— Mitología en carne y hueso. — Regreso á Barcelona. — 
Nuevas páginas dolorosas „ . 



MIS MEMORIAS 



JOAQUÍN MARÍA SANROMÁ 



MIS MEMORIAS 



TOMO II 



1852-1868 




MADRID 

TIPOGRAFÍA DE LOS HIJOS DE M. G. HERNÁNDEZ 
Libertad, ió duplicado. 

1894 



1852-1854 



SECCIÓN PRIMERA 



atalla por dentro. — Los sueños de California. — Dos estampas al alma. — Ca- 
mino de la Corte. — D. Claudio Moyano. — Aquello de Cervera. — Entremos 
en Madrid. — Un Corregidor en letras de bronce. — Apunta la morriña. — 
Los Jardinillos. — Grandes y burgraves. — El Real con Urries. — Erudición 
de cal y canto. — Las fresquerías. — Palo á los de pago. — Caprichos grama- 
ticales. — Las noches prometen. 



I 



i Cuántos problemas van encerrados en esta sencilla frase: 
lar dirección á la vida!» Careciendo ya de consejeros na- 
irales, tuve que acudir á mi propio consejo. Seis meses es- 
ive batallando antes de decidirme por Madrid: con la sin- 
ílaridad de que, pareciendo más lógico continuar en Bar- 
ílona, lugar de mi nacimiento, de mis primeras afecciones 
con la perspectiva de una regular fortuna, aquél fué cá- 
lmente el partido que no se me ocurrió tomar. 
Manía universal la de gobernar el destino. Mil veces me lo 
¡presentaba con el avío pagano: la venda en los ojos, la es- 
ella en la frente, el globo á los pies, la rueda en una mano 
en la otra la urna de la incógnita. ¡Si fuera de cristal la 
na dichosa! Aun así, no había yo de obedecer, por mucho 
ie me gritaran: «¡quieto ahí!» Tan irresistible comezón de 
)lar se había apoderado de mis nervios. 



6 



II 



Pensé primero en California . Al lado de los cuentos que 
nos venían de aquellas tierras, Hoffmann se quedaba tama- 
ñito. Era la aurora del oro que, por primera vez, después de 
tantos y tantísimos siglos, había de quebrantar el antiguo 
reinado de la plata en el mercado monetario. ¡Si soñaría- 
mos oro en Barcelona! Diez, doce, veinte millones en tres 
meses: cuestión de cruzar el charco . Nos reíamos del mun 
do antiguo con sus Pactólos, y del oro ó de la plata del rao» 
derno con sus Golcondas, Zacatecas, Potosíes y Huantaja- 
yas. Callarse la boca donde estaba el nuevo Reino amarillo 
con los valles del Sacramento y del San Joaquín, ó con los 
prodigios del American River. 

Cada escribientillo de á real la foja se creía un futuro 
príncipe. Los ganchos os asediaban y os tenían con la boca 
abierta, refiriendo la extraña manera como el oro iba cre- 
ciendo, en California, desde aquella inolvidable fecha del ic 
de Enero de 1848, en que Marshall, el operario de Sutter 
había sorprendido, entre dos azadonazos, un pedrusco rojizc 
que, á duras penas, pudo vender en diez pesos. Y ya er 
Mayo saltaba el oro por libras, y en Junio y Julio por valoi 
de 1.250.000 pesetas,y en Agosto y Septiembre de 3.000.000 
y desde Octubre millón y medio mensual; y á razón de siet< 
millones y medio también mensuales en 49, de 15 millone! 
en 50, de más de 20 en 51. 

Os ponían en caricatura si hablabais de vivir en prosa 
Pedimentear, escribetear... ¡valiente quimera! To be orno 
to be y hacer las cosas en regla. Con sólo asomaros á 1¡ 
boca de la mina podríais pelotear 10.000 realetes diarios, ; 
de no, venga un traje de faena y á descargar en los muelle 
con buena pitanza y una onza diaria; ó peón con 20 duros 
ó albañil con 30 ó 40. Citaban hasta marqueses con chap. 
y los cordeles. 



7 

¿La travesía? Como una seda. Á mano los steamers. Pun- 
tos de partida: Burdeos ó el Havre, Southampton ó Lon- 
dres, Bremen 6 Hamburgo. Darse prisa en tomar billete, 
porque, aun yendo en primera, pronto vendrían los aprietos. 
La masa de emigrantes crecía y crecía casi al mismo com- 
pás que el oro: en diez y ocho meses, desde 1.500 hasta 
100.000 individuos. Y, como además del contingente euro- 
peo, había que contar con los desahogos de Boston y Nueva 
York, con los puertos mejicanos, la China y las islas Sand- 
wich, os calculaban los peritos en 200 ó 300 el número de 
advenedizos que diariamente desembarcaban en tierras ca- 
lifornianas. 

Mucha gente ms parecía; pero aseguraban que era dilata- 
dísimo el campo. Ya, según iban refiriendo, San Francisco 
de California se había convertido en una población decentita, 
con buenas fondas y excelente mesa. Por una triste onza de 
oro molido, hacíais una comida regular en el restaurant 
Delmonico, ó en el de Sutter, ó en el de Irving, ó en el de 
Lafayette, ó en el de Franklin. En proporción los su- 
plementos. Cinco duros un pato asado, dos un par de 
huevos, cinco reales una patata cocida; y el ginebra por las 
nubes. 

Fué esto de los precios mi primera ducha fría. Ya estaba 
yo entonces bastante picardeado de economismo para com- 
prender la diferencia esencialísima entre el precio nominal 
y el precio real de las cosas. Suponiendo — y era mucho su- 
poner — que encontraseis, en California, un modesto acomodo 
— 50, 60, 100 duros diarios, — ¿que veníais á sacar en limpio 
<ie esa renta de magnate? Si cosechabais largo con la mano 
derecha, ¿no os saqueaban de firme por el lado izquierdo? La 
harina, el arroz y el azúcar á duro la libra; 50 duros un 
quintal de galleta; botellas de peleón á 8 duros; ¡á 5 las 
vacías! Setenta duros un sombrero de fieltro; 80 una manta 
i de cama. ¡Digo el alojamiento! Barracón había, en el centro 
<le la ciudad, que rentaba 15.000 pesos mensuales. Como 
que, por la venta de una parcela de cincuenta varas, y no 
en el mejor sitio, os pedían 200 dollars. Así las gastaba la 
naciente aldea de San Francisco, cuando todavía no soñaba 



8 



en ser la metrópoli del Oeste, la reina del Océano mayor 
arranque del ferrocarril del Pacífico . 

Aquí entraba otro linaje de consideraciones. ¿Quién iba 
California? Lo peorcito de cada casa. Y venía de perilla 
cuadro de Cervantes. Aquellas Indias, «refugio y amparo de 
los desamparados, iglesia de los alzados, salvoconducto de 
los homicidas, pala y cubierta de los jugadores, añagaza ge- 
neral de mujeres libres, engaño común de muchos y remedio 
particular de pocos.» 

¡Santo Dios! Una persona de educación correcta, ¿qué iba 
á hacer al lado del averiado chileno, del salvaje mejicano, 
del sórdido chino y en la culta sociedad de timadores, ratas, 
pickpockets y otros mocitos de la misma estofa? 

Decididamente no me llamaba Dios por el camino de las 
calaveradas. Esto tiene la condición de aventurero, que 
antes se arrebata que se hereda. No me sentía llamado, 
como tantos ambiciosos, al peligro de morir de hambre al 
atravesar las montañas Roquizas, de sed en los desiertos 
del Colorado, de calentura ó disentería bajo los picos de 
Golden Gate, ó de una buena puñalada en el garito de 
Parker House, ó en el de la Polka ó en Eldorado. No 
me sentía llamado á respirar aquella atmósfera pestilente, 
mano á mano con el incendiario, el ladrón ó el asesino; ¡por 
todo eje social el lingote de oro, y el cordélete de Lynch 
por toda humana justicia! 

Y como, por otra parte, no sentía dispertarse en mí nin- 
guno de aquellos misteriosos móviles que suelen empujarnos 
hacia apartadas tierras, ni me devoraba el afán de enrique- 
cerme, ni me solicitaba el ansia de las novedades, ni me 
afligía el torcedor de una conciencia intranquila, ni atrave" 
saba situaciones comprometidas, ni tenía que llorar contra- 
riedades de amores, parecióme prudentísimo consejo volver 
la espalda á las corrientes del oro, y renuncié, de golpe y 
para siempre, á mis sueños californianos. 



9 



III 



¡París! ¡establecerse en París! ¡vivir en París! ¡Qué tenta- 
ción, y á los veinte años! Ya había mordido la manzana en 
mi primer viaje á Francia. 

Queriendo, por aquellos días, regalar en Barcelona á un 
amigo la famosa Cruche cassée, de Greuze, encontré, en una 
tienda de la calle de Fernando VII, dos estampas al agua 
fuerte que venían de molde para dar la voz de alerta á los 
ambiciosos. Formaban las dos estampas pareja y mutuamen- 
te se completaban. La primera tenía por leyenda la palabra 
¡Avenir!, y representaba un alto desde el cual se dominaba 
todo París, y sentado allí un rapazuelo de simpática figura, 
descalzo de pie y pierna, en ademán meditabundo y atado á 
un grueso garrote el hatillo de la ropa. La mirada del chi- 
quillo parecía flotar entre la tierra y el firmamento: en el 
fondo, el vasto panorama de la capital, y arriba, entre cela- 
jes, varias escenas que traducían al exterior las ilusiones del 
mancebo: un joven coronel dando una brillante carga de 
caballería; un mariscal de Francia haciendo su entrada triun- 
fal entre vítores y palmas; un gallardo mozo y una gentil 
damisela, con corona de duquesa, recibiendo la bendición 
nupcial bajo las naves de un suntuoso templo. Todo sonreía, 
en aquel grabado, como en el sueño de Lisardo; todo lucía 
una gala y unos colores de fiesta que contrastaban con el 
ruin cuerpecillo del viajero, reducido, por el momento, casi 
á la camisa. 

La segunda estampa, que decía ¡Souvenir!, era el reverso 
de aquella medalla. El niño había llegado á viejo. Era un 
setentón, encorvado, la barba sobre el pecho, triste la mira- 
da, andrajoso el traje, sentado en una mísera y reducida es- 
tancia y atizando, con unas largas tenazas, la pobrecita 
lumbre que tenía. Tintas oscurísimas en todo el dibujo: de- 



10 




trás del anciano y medio indicadas en tercero ó cuarto tér- 
mino, otras escenas de igual relieve que en la otra estampa, 
pero de terrible significado; un duelo á pistola sorprendido 
por los gendarmes; un desesperado en ademán de suicidarse; 
una madre agonizando en el lecho del dolor, con su niño en 
brazos; pendencias, lances de juego y una familia entera 
pidiendo pan á la puerta de un convento. 

París es el centro que más se presta á las ambiciones 
lecas. Para el francés y para el extranjero; porque, como 
decía gráficamente Franklin, todo el mundo tiene dos pa- 
trias: París y la suya. Patria común, intereses comunes, 
análogas costumbres . Sin embargo, un trasplante absoluto á 
París me parecía empresa arriesgada. Lo caro de la vida, 
problema espinosísimo para quien se alimente sólo de espe- 
ranzas. La privación de carrera, á menos de resignarse á 
un cambio de nacionalidad siempre desagradable y embara- 
zoso. La necesidad de posesionarse del idioma hasta llegar 
á manejarlo con tanta facilidad como el propio. 

Acababan de complicar la cosa las novedades políticas de 
Francia. Dos caminos se abrían en París: los negocios y la 
pluma. ¡Los negocios! Con instintos de buitre los estaba 
acechando la República del Príncipe Presidente. Afilaban sus 
uñas los agiotistas. Entrábase en el período de los altos ba- 
rones de la Finance, con los Fould, los Pereire, con las 
proezas de Haussman. Mirés se estaba probando, entre 
bastidores, su bonito traje de bienhechor del pueblo. Aque- 
llo iba á ser otra California, sin las emociones de la trave- 
sía, ni los accidentes del terreno virgen, ni las rudas batallas 
del hombre de faena, ni la magia de las pepitas de oro cen- 
telleando, las malditas, en el hueco de la mano. ¡Lo que 
serían aquellos derrumbaderos de la plaza de la Bolsa! Frío 
me daba sólo el pensarlo. 

El recurso de las letras era un pobrísimo recurso. La lite- 
ratura seria iba emigrando y empezaba la cortesana. Queda- 
ba la literatura industrial, es decir, para un extranjero en 
París, el periodismo y las correspondencias. Mas aquí 
caíamos en el mayor de los tropiezos; porque, con la censura 
y el sistema represivo de la luna de miel bonapartista, los 



II 



espacios del pensamiento resultaban muy chicos para un 
joven de sentido liberal algo acentuado. 

California... París... dos desencantos á un tiempo. 

¡Viva España! y á Madrid por todo. 



IV 

Teníamos, en Barcelona, para venir á Madrid, dos líneas 
de diligencias y dos empresas. Por la línea de Zaragoza, 100 
leguas; por la de Valencia, 120. Empresas: las Diligencias 
de Oriente, en la fonda del mismo nombre, y las Postas ge- 
nerales, que salían de las Cuatro Naciones. Tomé la vía de 
Zaragoza por ser más corta, más cómoda y barata, y du 
rante todo el camino tuve de compañero á D. Claudio Mo- 
yano, que volvía, con su mujer, de un largo viaje al ex- 
tranjero. 

Empezaba entonces Moyano á hacer gran papel en el par- 
tido moderado; y aunque no es ésta ocasión de juzgarle 
como personaje político, diré, refiriéndome á aquel viaje, 
que en el trato íntimo de cuatro días de diligencia no me fal- 
taron ocasiones de admirar su entereza y aquella consecuen- 
cia de carácter que hicieron del último moderado una de las 
contadísimas respetabilidades de la política española. Ha- 
bíase señalado, pocos meses antes, por su ruda oposición al 
Gabinete Bravo Murillo,y más particularmente por la famo 
ma interpelación sobre las compensaciones á la casa de 
Bertrán de Lis. Tan hábil, tan franco y tan resuelto en el 
ataque el diputado castellano, que de un salto le colocó 
aquel incidente parlamentario á la altura de las notabilida- 
des de su partido; en competencia con Mon, con Pidal, con 
Sartorius y otros pocos que se habían mantenido fieles á 
Narváez. Y aunque hayan sido m uy distintos los rumbos po- 
líticos del prohombre moderado y los de su antiguo compa- 
ñero de viaje, recuerdo con gusto que el que hicimos juntos de 
Barcelona á Madrid creó, entre los dos, una amistad sincera, 



12 



cordialísima y jamás interrumpida después, en tantos años. 

No hablaré de los infinitos lances del camino—que esto, 
tratándose de la España de ayer, y aun de la de hoy, son plá- 
ticas excusadas, — ni hay para qué mencionar el trato que 
nos dieron en las numerosas ventas del trayecto. Comodato 
curioso, me limitaré á recordar los nombres de algunos de 
aquellos paradores, hoy olvidados ya con el barrido de los 
ferrocarriles. Entre Barcelona y Lérida, la venta del Gan- 
cho, la del Violín. la de la Panadella y la de Mollerusa; 
desde Lérida á Zaragoza, ventas de Fraga y Santa Lucía; 
camino de Calatayud, venta del Palomar, venta de la Rome- 
ra y venta de San Miguel; de Calatayud á la Corte, las del 
Tinte, Ledanca, San Juan, Meco y Espíritu Santo. 



V 



Concediéronme en Cervera treinta minutos para dar un 
vistazo á la Universidad. Once años antes habían trasladado 
sus estudios á Barcelona; quince años en realidad, porque 
desde 1837 iban quitándole los trastos al edificio. Al ver 
aquella mole de piedra y al recordar el famoso estribillo de 
los estudiantes catalanes: 

Tant 9 i es Vila com Ciutat 
alió que s'en díu Cervera, 

viniéronme á la memoria los mil sofismas que se habían in- 
ventado para justificar el capricho de poner Universidad en 
sitio tan desamparado. Decían que Felipe V había obede- 
cido en esto á un elevado pensamiento; porque eran muchas 
y muy pobres las Universidades esparcidas por el territorio 
catalán, y parecía mejor centralizarlas todas en un solo es- 
tablecimiento, pingüe y soberanamente dotado. Que para 
ello se había fijado en su fidelísima Cervera, la niña de los 
ojos del Rey, como la llamaba D. Luis Curiel, el consejero 



13 

de Castilla, y tan niña de sus ojos que, según reza una cró- 
nica, S. M. se enternecía cada vez que le hablaban de Cer- 
vera. 

Con efecto, en lo de muchas Universidades, la historia pa- 
recía dar razón á los abogados de Felipe. Así los antiguos 
reyes de Aragón como los más modernos de la casa de Aus- 
tria, habían sido pródigos en la fundación de Universidades 
catalanas. En 1300, la de Lérida; en 1416, lade Gerona; en 
1450, la de Barcelona, ampliación de otra más antigua, 
creada por el Concejo de Ciento; en 1572, la de Tarragona; 
en 1590, la de Solsona; en 1599, la de Vich; en 1645, la de 
Tortosa. ¡Hasta se había pensado en poner otra en Gra- 
nollers! 

Pero en lo de pobres flaqueaba el argumento. Otras lo 
serían, no ciertamente la Universitat del Studi general de la 
Ciutat de Barcelona, que, desde el siglo XVI, era ya riquísima 
en todo. Rica en dotación, porque contaba siempre con la 
inagotable munificencia del Concejo; rica en alumnos y rica 
en organización, con cancelario, vicecancelario, rector, vice- 
rector, conservador, claustro numeroso, un racional, notario 
y bedeles; rica en enseñanzas, porque abarcaba todos los es- 
tudios de la época, la gramática, la retórica, artes y filo- 
sofía, filosofía moral, teología, medicina, cánones y le- 
yes; y rica, riquísima en nombres, porque, dado el nivel de 
los tiempos, ni Salamanca, ni Bolonia, ni la Sorbona po- 
dían presentar un cuadro de maestros que superasen en mé- 
rito á los Vileta, á los Raimundo Pascual, á Benito Santa- 
maría, á Pedro Qacosta, á Calza, á Antichio Roca, á Ponce, 
á Herrera, á Cassador ó á Dorda. 

No me vengan con el cuento de que aquellos estudios de 
Barcelona se habían enquilosado dando el Euclides por toda 
matemática, Pomponio Mela por toda cosmografía, Aristóte- 
les para todo el contingente físico y metafísico, y por toda 
medicina, Hipócrates y Galeno. El atraso era monumental, 
lo confieso; pero en los tiempos del Studi general, ¿hubieran 
adelantado más los cerverinos? 

En aquella traslación no hubo más que vinagrillo. La re- 
sistencia de los barceloneses había sido tenaz — heroica la 



H 

llamaríamos si hubiesen triunfado. — No triunfaron, y los 
Berwick y los Tserclaer se encargaron de los últimos palme- 
tazos. La Junta de Berwick lo dijo bien claro, y más claro 
lo dijo después la misma Corte. Que, en atención al estado 
de Barcelona... que, á fin de proporcionar mayor quietud en 
ella... que el carácter licencioso de multitud de jóvenes, pe 
renne causa de nuevos alborotos... que se elegía Cervera por 
el amor, constancia y lealtad de la ciudad fidelísima, lo sano 
de su temperamento, proporcionada la población y no ser 
plaza de armas... 

Todavía se conservaba intacta en 1852 la espléndida 
creación del primero de nuestros Borbones: é ignoro qué 
clase de almacén, oficina, ó lo que sea, habrá profanado 
después aquella magnífica fachada cubierta de molduras y 
relieves, las torres angulares, los espaciosos patios, la sala 
del Claustro y el llamado teatro de la Universidad, con su 
atrevida arquitectura. Pero la losa sepulcral había caído 
sobre la Universidad de los desquites, y cuando entré en 
aquel solitario recinto sentí un frío tan intenso como si es* 
tuviéramos en Diciembre. Asomaba la hierba por el pavi- 
mento y por las paredes, y en aquellas desiertas aulas ni un 
eco quedaba ya de las lecciones del gran Finestres. Dou, el 
último Cancelario, estaba borrado de la lista de los vivien- 
tes, quedando sólo el recuerdo de Dorca, de Rialp, de 
Moxó, de Oms y de Miret, las últimas celebridades de 
Cervera. 

¿Eco dije? Rectifiquemos. Uno estupendo habían dejado 
los del gremio y claustro filipesco: aquello de la fatal manía 
de pensar que, á guisa de piropo absolutista, espetaron un 
día á las narices de Fernando VII. ¡Bah! No pasaba de ser 
un plagio. Una versión libre de la famosa pitada de Mon- 
taigne: La perte de Vhomme cest 1' opinión de sgavoir. 



15 



VI 



Llegamos á Madrid, sin fractura de hueso. Ganguita poco 
común en aquellas edades de bendición, cuando, en espera 
de los topetazos que nos ha traído el vapor, nos pasábamos 
el camino entre tumbos y emboscadas. Cinco días después 
de mi llegada, el propio coche de Barcelona fué atacado por 
una partida de ladrones á tres leguas de Madrid, en el puen- 
te de Viveros. Quedaron los viajeros en pelota y anduvo la 
benemérita á escopetazo limpio con los forajidos. 

A ningún provinciano aconsejaré que vaya á París antes 
de ver Madrid. Le sucederá lo que á mí, que al llegar á las 
tapias del Retiro, se me cayeron los palos del sombrajo. Y 
esto que los catalanes y aragoneses entrábamos por el lado 
bonito: la puerta monumental de Alcalá, la mancha verde 
del Retiro, las anchuras del Prado y de Recoletos, el alto 
de Buenavista y la enfilada de la calle de Alcalá, perdién- 
dose en el horizonte. 

Lo pobretón empezaba del lado de la derecha: cuartel de 
Ingenieros, el Pósito, la Inspección de Milicias, los paredo- 
nes del Ministerio de la Guerra, las dependencias de San 
José y las Calatravas, la casa de Torrecilla y el colegio de 
Masarnau. Hasta llegar al Museo de Historia Natural y á la 
Aduana, nada con sello artístico mas que la Cibeles: Santa. 
Cibeles la llamaba una de mis compañeras de viaje. 

¡Vaya un día de desilusiones! Mi primera fué en la fonda 
de las Peninsulares que, según había leído en las Guías del 
viajero, era sin disputa una de las mejores de la Corte. Y 
yo, pensando en París, la había creído, por lo menos, un 
Hotel Meurice. Vino luego la Puerta del Sol, donde no en- 
contré más novedad que las letras de bronce del asfalto de- 
dicadas al corregidor Vistahermosa. Y para muestra de ca- 
lles madrileñas, me tocó enfilar las angosturas de la de 
Preciados, tan tortuosa y tan estrecha entonces que con difi- 



i6 

cuitad cabrían en ella dos coches encontrados; con un p 
peligrosísimo junto á la esquina de Rompelanzas, y desde 
allí hasta el Postigo de San Martín, la larga tapia que ee 
rraba la huerta de las Descalzas. 

Tantos desencantos unidos á la entrada en un mundo nue- 
vo, con la brusca ruptura del pasado, sin ningún punto de 
relación con los cariños de la primera vida, produjeron en 
mí el natural efecto de una morriña de las más gallegas. 
Duró poco por fortuna, y para no dejarla tomar cuerpo, cogí 
bastón y sombrero, después de un ligero tente en pie, y lan« 
céme, en compañía de un experto amigo, á explorar á mis 
anchas la tan celebrada villa del oso. 

Lo más cerquita de mi casa era la plazuela de Santo Do- 
mingo. Poníanla entre las de última categoría, porque con- 
viene advertir que había entonces en Madrid tres clases de 
plazas: la de Oriente, con jardinillos; las de explanada, 
como la Plaza Mayor y la de la Armería; y otras varias con 
un raquítico arbolado entre ellas, además de la de Santo 
Domingo, las de las Cortes, Bilbao, Rey, Santa Ana y 
Progreso. 

Nada decían todavía á nuestros ediles los 75 squares de 
Londres, ni los muchos que ya se empezaban á construir en 
París y en otras capitales de Europa. ¿Cómo no se iba ge- 
neralizando el sistema adoptado para la plaza de Oriente? Y 
preguntada la razón, dábanme por respuesta que era impo- 
sible mantener fresca la vegetación con nuestros soles abra- 
sadores; imposible el riego, al cual no darían abasto, ni los 
cuatro viajes principales, ni los nueve de segundo orden, ni 
los más subalternos de aguas gordas; hacía falta caudal que 
no vendría hasta la traída de aguas del Lozoya. Toda esta 
plática escuchaba yo atentamente y á medias convencido; 
mas en lo que no estábamos tan de acuerdo era en suponer 
que los jardinillos no resistirían á los instintos de nuestra 
plebe vastatrix. Lo creía una calumnia, y caso de no serlo, 
con una buena policía se arreglaba todo; que así después 
hemos llegado á tener jardinillos, aunque haya sido á costa 
de alguna verja extraviada y de otros desafuerillos. 

Bajando la Cuesta, á la derecha me encontré con el pala- 



17 

ció, acabado de reedificar, de los duques de Granada. ¿Pala- 
cio? Según y conforme. En Barcelona me había formado 
una alta idea de los palacios madrileños. Creía en prodigios 
de arquitectura, en lujos de fachada, patios, jardines y es- 
tatuaria; en algo de estilo, de carácter, de relieve, como las 
villas de los Príncipes romanos, ó los palazzi de los Patricios 
genoveses. Desencanto número no sé cuántos. Fuera de muy 
contadas excepcicnes — ¿Liria? — no veía más que caserones 
en las moradas de nuestros Grandes. No eran suntuosas 
residencias alrededor del regio Alcázar; eran simples fincas, 
muy buenas fincas en la capital de España. Y aun en esto, 
los burgraves iban llevando la delantera á los linajudos: 
Riera, Remisa, Salamanca, Santamarca, Sevillano, Calde- 
rón, Gaviria, Rivas lucían ya ó estaban preparando sus ricas 
construcciones. La banca tomaba posesión de sus novísimos 
timbres al sol y á la descarada. 

Cogimos de espalda el Teatro Real , y fué como cogerlo 
de frente; que, en eso de perspectivas, por todos lados me 
resultaba bizco el tan cacareado edificio. Era entonces el 
Real un mocosillo criado á los pechos de un Sr. de Urríes, 
de la antigua Casa de Aragón. Un empresario de regia estir- 
pe cuadraba muy bien en nuestro país de viceversas, donde 
los curas se metían á cabecillas y un Milá de Aragón era jefe 
de la democracia. Ya los abonados se quejaban de la pobre- 
za del vestuario, de la escasez de buenas decoraciones y de 
graves faltas en el servicio escénico. Tempranico: los super- 
vivientes hemos conocido después que nos quejábamos de 
vicio. 

Chocóme, en un derribo de la calle del Arenal, el sistema 
madrileño de construcción por enjaulado. Ni una cerca, ni 
un tablado para preservarse de los ladrillazos. Derribos y 
¡construcciones, todo se hacía así, á la bendición de Dios y á 
la ventura. Con lo cual y con trescientas casas que se esta- 
ban edificando en el casco de Madrid, ni con ayuda de prác- 
tico podíais navegar por las calles. 

Empezaba de firme la subida de los alquileres. Cuarto 
que había rentado de 6 á 7.000 rs. el año anterior, se daba 
/a aires de 10 ó de 11.000. Urgía, pues, pensar en el en- 



i8 




sanche; pero el problema seguía descansando en los gabine- 
tes de los teóricos, entre los proyectos meticulosos de Me- 
sonero Romanos y los impetuosos vuelos de Fernández de 
los Ríos. En esto de la urbanización, ni el Gobierno ni el 
Municipio se daban mucha prisa. Algún lavadito de fachada, 
algún trasiego de oficina, alguna indicación de nueva calle. 
Gracia y Justicia se mudaba á la casa de la Sonora: pensaban 
llevar Gobernación á la calle de Torija: se daba una mano 
de revoque á la iglesia de San Martín: se entretenían dos 
mil operarios en los trabajos de la traída de aguas: se reno- 
vaba la calle de la Greda, empezando á dibujar la que des- 
pués ha sido calle de Jovellanos; y seguía con asombrosa 
lentitud la restauración de San Jerónimo, para la cual aca- 
baban de pedir á San Juan de los Reyes un gran número de 
vaciados. 

Mas para lentitudes, el empedrado. No había calle que no 
tuviera levantado el piso. La tela de Penélope. Ya pongo 
chinitas, ya las quito. Montones de material hacinado en 
todas las aceras, y una calma filosófica en los trabajadores, 
los cuales, sin soltar el cigarrillo, se entretenían picando á 
ratitos los adoquines viejos para irlos reinstalando en sus 
respectivos sitios. 

¿Quién dirigía aquella maquinaria? Un concejal... de la 
clase de literatos. Con cuya plausible ocasión empecé á ver 
claro en el tristísimo problema de la Administración espa- 
ñola. Aquí la pluma y el piquito se han decretado la sobera- 
nía; y lo que nos falta en ojo gubernamental lo suplen el tin- 
tero y la saliva. Aquel concejal era un prodigio en el arte de 
cautivar al auditorio; tan prodigio que cuando se echaba á 
perorar os tenía á todos embobados en el Ayuntamiento y 
fuera del Ayuntamiento. Por ejemplo, en historia pavimenta' 
ría, era una delicia ver cómo apuraba los archivos, desde el 
lapidibus stravisse, citado por San Isidoro, hasta las losas ro- 
manas de los tiempos de Adriano y Antonino, y desde e! 
adoquinado cordobés, invento de los árabes, hasta los toscos 
empedrados de nuestros augustos Felipes. 

¿Práctica? ¿aplicaciones? ¿ejecución? Eso no. Á pesar de 
tanta erudición, y tal vez á causa de ella, el empedrado de 



19 

Madrid no había pasado del período de los ensayos. Ensayo 
de macadam de menudo cascajo; ensayo de losas; ensayo 
de cuñas de pedernal; ensayo de adoquín de piedra berro- 
queña; ensayo de asfalto; ensayo de otros betunes, y joh 
prodigiosa precocidad! hasta un ensayo de entarugado, que 
por cierto con poquísimo éxito se había traído de Londres 
para la calle Angosta de Peligros. 

En punto á mercados, traía buenas impresiones de Barce- 
lona, porque al í teníamos ya nuestras petites halles con an- 
chas naves y pasajes desahogados, y algunas lucían pilas- 
tras, columnas de hierro, verjas en los intercolumnios y 
sólidos poyos de jaspe para la colocación de los cestos. Lo 
que aquí vi y hemos seguido viendo durante tantos años, era 
para creerse transportado á una de nuestras últimas aldeas. 
¡Q jé deliciosas instalaciones! Los sucios cajones á derecha 
é izquierda; la leche campeando en las banastas con las ver- 
duras y las frutas; las carnes colgadas al sol ó amontonadas 
sobre paños de dudosa limpieza. Pescado, con tres días de 
narcha desde el agua salada á la fresquería: frescura debían 
decir, que era la que necesitábamos los de puerto de mar 
Dará acostumbrarnos á aquella química. Me habían celébra- 
lo mucho la plaza de San Ildefonso como único mercado 
egular. Siquiera era mercado cubierto, lo cual, en tierra de 
:iegos, podía bastar para darle, como al duque de Beaufort, 
¡1 nombre de rey de los mercados. Otros, en cambio, esta- 
>an tan al descubierto que se creían honrados teniendo por 
lbergue la mitad del arroyo. Y, por supuesto, carencia ab- 
oluta de mercados especiales: ni de granos, ni de vinos, ni 
e aguardientes, ni de caza, ni verdaderas pescaderías. ¡Q jé 
iferencia con aquellos tiempos en que Barcelona, por ejem- 
lo, tenía su mercadito para cada cosa: la Plassa del Blat, 
ara los cereales; la Plassa de las Cois, para verduras y le- 
umbres; la Plassa del Vi, la Plassa del Olí, la de la Llana, 
i de las Ollas, la de la Vidriería! 



Por la tarde, mi paseíto al Prado. Infantería y caballería 
vivían allí en el más perfecto acuerdo. Los de á pie solían 
empezar su paseo al oscurecer, prolongándolo, con ayuda 
de las sillas, hasta las diez bien sonadas. Y allí recalaban 
á última hora los de carruaje, marchando al paso, pegaditos 
á la barrera, estudiados, comentados ó desollados por la 
gente sentada que se les ponía de cara á la luz de los faro- 
les. Aquel día el Prado estaba soso: ni la de Alba, ni Euge- 
nia Montij o, ni Sofía Paniega, ni la Montúfar, ni la de 
Vilches, ni la de Villagarcía, ni la de Campo Alange. E 
gran mundo continuaba en sus villeggiature. No había ñte 
forzada. Ni á los corregidores de Narváez ni á los de Bravc 
Murillo se les había ocurrido la idea de hacer pasear á h 
gente entre civiles. Esto vino después, mucho después 
cuando la libertad de andar se declaró incompatible co 
otras libertades: derecho de circular para el coche oficial 
gratuito: palo para los de pago. 

Aquella tarde no fui al Retiro, ni á Atocha, ni al Botáni 
co, ni á la Castellana . Distancias eran éstas muy respeta 
bles entonces. Llamaban extramuros á la Castellana, por 
que había que pasar por el portillo de Recoletos. Los ma 
humorados bajaban á la Casa de Campo ó torcían hacia i 
Príncipe Pío, donde tomaban las aguas de la Fuente dt 
Almendro. 1 

Era de rigor un recorrido á los cafés . 

El Suizo y la Iberia, más que cafés, eran dos institucic 
nes; aquél para la muchachería, éste para los políticos d 
peso. En la Iberia, Ríos Rosas presidía todas las noches ur 
mesa. En La Perla, de mi amigo Caviggioli, dominaban le 
de empuje: Pi Margall, Nicolás Rivero, Figueras, y algún; 
veces Pepe Güell, el marido de la Infanta. Allí teníais 
ventaja de oir á Miralles, el primer pianista de aquellf ^ 



21 

tiempos. Era una ejecución prodigiosa, afeada únicamente 
por la maldita costumbre de acompañarse con una especie 
de rugido nasal, vicio tomado de Gottschalk, según decían 
sus admiradores. 

Al salir del Suizo me llenaron de papeles los repartidores 
de anuncios. Los Uhagones recomendaban su deplorable 
, Tutelar; Collantes y Alfaro, su Diccionario de Agricultura; 
Quiroga, los polvos dentífricos; la Exposición extranjera sus 
perfumes; Carrión y D. a Polonia sus prodigios de Dulcama- 
ra; Clemente Cornelias, sus lecciones de francés; Galdo, los 
elementos de Historia natural; Duthu, sus camas de hierro. 
Nunca más en la vida se me ha ocurrido coleccionar recla- 
mos; aquel día los coleccioné, y no me pesa. Siempre conser- 
varan su valor como curiosidad histórica. 

Siento no haber hecho lo mismo con los rótulos de las 
tiendas. En este punto tuve una gran sorpresa. Como cata- 
lán, picábame el amor propio la justa censura de ciertas ins- 
cripciones barcelonesas. Ce cirve de chocolate, decían en al- 
gunos cafés, y se reían los castellanos. Naturalmente, me 
había figurado que de estos pecados gramaticales habían de 
/erse libres los ciudadanos de la Corte, donde se habla y se 
tierna en castellano y donde la Academia de la Lengua ha de 
íjercer una autoridad más inmediata. Y por todas partes me 
Encontraba con un Se bende ó Se arquila, ó con un anuncio de 
botellas batidas, ó con un Se vuzca acomodasión, ó con un Se 
ñrve con varatismo y elegancia. 

Pero nada podía compararse con la siguiente muestra 
colocada en uno de los sitios más visibles de la calle de 
Uocha: 

tPor ocho ríale 
si da de comel bien 
aseite agualú y un cualto indepue- 
dientes.» 

Pasé la velada en Paul presenciando una degollación del 
barbero. No había más teatro abierto, pero los carteles 
nunciaban una temporada fecundísima. Ya hablaremos 
e las del Real. En el Príncipe, Julián, Perico Delgado, 



22 



Pizarroso, Guzmán y Boldún, con la Matilde, la Palma y la 
Samanif go. En la Cruz, un Mr. Daiglemont con actores fran. 
ceses. En la Zarzuela, Salas, Allú, Calvet, Caltañazor con 
la Santamaría y la Soriano. En Variedades, la Teodora y la 
Rodríguez, con Arjona, Calvo y los Ossorios. Hasta el Ins- 
Ututo prometía: la Vargas y la Ruiz, nuestras grandes étoiles 
por lo flamenco. 

Y aquí dió fin mi primera jornada madrileña. Miles de 
ellas habré pasado después en los mismos sitios, más entre- 
tenido ó quizás más aburrido; pero las impresiones de la 
primera salida son de una naturaleza excepcional, como di- 
ríamos en jerga afrancesada. Aquel pliegue no lo quita nadie. 



1852-1854 



SECCIÓN SEGUNDA 



Aunque separados, juntos.— D. Francisco Pi y Margall. — Roberto Robert. — 
No acostumbro salir de casa. — En el entresuelo de la Sonora. — Alabern. — 
El taller de Gracia y Justicia. — Cómo me aficioné al Grabado. — Historia 
de la estampa. — Del grabado en madera al grabado en dulce. — Burilistas y 
aquafortistas. — Rembrandt for ever.-— Ribera y Goya. — Quién amenaza al 
buril. —En boga el realismo. — Apuntes sobre la caricatura.— Lo artístico 
industrial. 



I 



Veinte meses duró mi primera temporada de Madrid, en 
familia, con unos cuantos amigos. Más distintos en carácter, 
ó en ideas ó en tendencias políticas, imposible; más unidos 
en estrecho y fraternal cariño, dificilísimo. Algunos han al- 
canzado gran notoriedad; de todos conservo gratísimo re- 
cuerdo. 

Empecemos por Pi y Margall, jefe reconocido de aquella 
colonia. Dábanle la primacía su seriedad, su rectitud, su 
elevado talento, la riqueza y variedad de sus conocimientos, 
con los encantos de su palabra y de su pluma. De lo que 
ésta valía daban ya testimonio sus capítulos de los Recuerdos 



2 4 




y bellezas de España y su ruidosa HHstoria de la Pintura, libro 
muy superior á los Anales de Stirling, tan celebrados por 
Mérimée. Tachaban á Pi de alguna afectación en el lengua- 
je. Si el cargo era cierto, menester es confesar que ha sido 
radical la enmienda. 

Me río cada vez que oigo juzgar del carácter de Pi por 
sus ideas avanzadas. Una de tantas extravagancias del buen 
tono. Si, con la bandera del Trono y del Altar, Pi hubiese 
levantado partidas, sorprendido trenes, secuestrado fondos 
y emplumado ó fusilado una docena de alcaldes, todo se le 
perdonaría con un buen abrazo de Vergara. Pero es de la 
cáscara amarga, y le creen un ogro, siendo la criatura más 
bondadosa que come pan en esta bendita tierra. Díganme 
lo que es Pi, cuando recuerdo aquel período de intimidad 
en que vivíamos: trabajador infatigable, tan sencillo, tan 
paciente, tan desinteresado, y con tal severidad de costum- 
bres, tal arreglo en sus negocios y tan envidiables condicio- 
nes de familia que ya las quisieran para los días de fiesta mu- 
chos de esos infinitos, con fama de discretos, que cultivan 
el arte de gobernar á los demás y empiezan por no saber 
gobernar ni su hacienda, ni su casa, ni gobernarse á sí 
mismos. 

Cabalmente por aquellos días estaba dando Pi una nueva 
dirección á sus estudios. Enamoróse de Proudhon, de su 
acerba crítica y de aquella ley serial que desenvuelve con 
tan maravilloso orden en el Sistema de las contradicciones eco- 
nómicas. El entusiasmo de Pi por Proudhon rayaba en fana- 
tismo, creyendo á su ídolo tan superior en todo como otros 
le encontrábamos sistemático demoledor, y en arquitectura 
social más que deficiente. Sin embargo, el asiduo estudio 
de Proudhon no dejó de ser provechoso para su ilustre dis- 
cípulo, y provechoso en varios sentidos: primero, como es- 
critor, porque vigorizó su concepto y aceró su estilo, y lu 
go, como polemista, amaestrándole en el manejo de es 
dialéctica cerrada, en la cual nadie aventaja al actual jef 
del federalismo en España. 



25 



II 



La nota chispeante de aquella comunidad radicaba de de- 
recho en mi otro paisano Roberto Robert, tan conocido des- 
pués por sus crónicas parlamentarias de La Discusión y por 
la ingeniosa obrilla Los cachivaches de antaño. No era su es- 
tilo, siempre gallardo, lo que daba más relieve al joven Ro- 
bert; era la conversación salpicada de chistes de buena ley, 
que, en cualquier parte, le hubieran hecho pasar por un 
andaluz de los más salados. Pendientes nos tenía de su pa- 
labra por la prontitud y viveza del ingenio y por lo rápi- 
do y agudo de la respuesta. Era inimitable en el don de re- 
medar tipos originales. Ni el mejor de nuestros actores hu- 
biera podido competir con él cuando hacía el pinxo catalán ó 
el gitano de la tierra. De carácter independiente, y tan en- 
tero que conociendo, como conoció, las mayores estrecheces 
de la vida, jamás quiso darse á partido para sacrificar, en 
aras de una bonita posición, sus arraigadas convicciones. 
Rebosábale el gracejo aun en medio de las más duras con- 
trariedades. Un día, años después de aquellas fechas, fui 
á verle al Saladero, donde le tenían encerrado por no 
sé que artículo pimentoso contra dos elevados personajes. 
Habíanle ofrecido el indulto á condición de retractarse, y lo 
rechazó dignamente. Nuestra conversación givb sobre asun- 
tos indiferentes; ni una queja, ni una recriminación, ni una 
gota de bilis contra sus perseguidores. Y todavía, al mar- 
charme y darnos la mano, me dijo con la más placentera son- 
risa: «No deje usted de venir á menudo; ya sabe usted que 
ahora no acostumbro salir de casa. » 

También tenía buenas ocurrencias, con su poquito de sal, 
otro de nuestros comensales, el grabador Camilo Alabern, 
que estaba entonces dedicando su diestro buril á los traba- 
jos del gran mapa de Coello. Era Alabern un hombre todo 
inquietud y, aunque dotado de gran penetración, un talento 



26 

descosido; iban y venían atropelladamente las ideas por 
aquel cerebro; y no en forma de palabras, sino á manera 
de cohetes, las disparaba su bulliciosa lengua. Tenía singu- 
lar afición á las artes todas, no dándose tregua al hablar de 
ellas, y á veces con elevado criterio. Tan extremado en la 
música, que con sólo asistir á cualquier ensayo del Real, os 
repetía de oído cantábiles y acompañamientos con sus per- 
files más delicados. Pero su fuerte, su pasión, su culto, era 
el Grabado, sobre cuyo particular no admitía chanzas 
ni asomo de reticencias; ni quería que se dijese taller de 
Grabado, sino oficina de Grabado, en obsequio á la dignidad 
del arte. Lo cual daba á menudo lugar á lances curiosí>imos, 
como cuando le decía otro compañero nuestro, Oficial de Mi- 
nisterio: «Anda, Cami ito, vete pronto á tu oficina de gra- 
bado, que á mí me están esperando en el taller de Gracia y 
Justicia.» 

Este oficial de Gracia y Justicia era Juan Codina, sacer- 
dote hoy y Dignidad en el Cabildo de la Catedral de Barce- 
lona. A no ser por sus ideas un tanto inclinadas al arcaísmo, 
que le ponían en abierta pugna con Pí y con Robert, nadie 
hubiera podido sospechar entonces que Codina había de 
vestir la sotana. Incomparable amigo: nuestras mutuas sim- 
patías no han disminuido después, á pesar de haber tomado 
uno y otro tan distintos derroteros. Gastoso le acompañaba 
á veces á su secretaría, gobernada á la sazón por González 
Romero y, durante una temporadita, por Vahey: allí conocí 
la plana mayor y la menor de aquellos tiempos en lo de 
Gracia y en lo de Justicia: á Cervino, el poeta; al gallardo 
Sotomayor, el de las canas precoces; á Arteche, la gran es- 
pecialidad para el personal; á Joaquín Encina, á Ondovilla, 
á Cavanillas, á Luis Manso, á Felipe del Ñero... 



III 

Donde mejores ratos pasaba era en el entresuelo de la So- 
nora, con los empleados de la Comisión de Códigos. Allí 
armábamos cada gresca, ellos defendiendo, yo criticando 



27 

esa obra de romanos que se ha llamado codificación españo- 
la. Y todavía nos faltaban treinta y cinco años para con- 
cluirla, si es que ha concluí Jo de veras, á pesar de los bue- 
nos deseos de Alonso Martínez ó por las prisas que les metie- 
ron á los jurisconsjltos de última hora. 

Los Padres graves de la Comisión del 53 no podían con 
tanto hueso. Siquiera, para lo mercantil, nos hacían tirar con 
el Código de 1829 y con el Enjuiciamiento de 1830; y, para 
lo penal, con la componenda de 1822 y su variedad de re- 
miendos hasta 1850. Pero, en lo civil, se atascaban, y mien- 
tras seguíamos tonteando con la Novísima y con el fárrago 
de las legislaciones supletorias, se entretenían ellos discu 
tiendo muy seriamente sobre la conveniencia ó inconvenien- 
cia del sistema de codificaciones. No veían que Europa entera 
se había dejado de cuentos y contestaba codificando á la pre- 
gunta de si convenía codificar. Porque Baviera tenía su Có- 
digo civil desde 1756, Piusia el suyo desde 1794, Francia el 
de Napoleón, Austria el suyo desde 18 12. Esto por lo que 
atañs á las naciones de fachada: no lo era Suiza, y sin em- 
bargo, el cantón de Berna había terminado su Código civil 
en 1830; no lo eran Bélgica y el gran ducado de Badén, y 
se habían arreglado con el Código francés. Y, al otro lado 
de los mares, algunas Repúblicas sudamericanas se dispo- 
nían á aceptar nuestro Código de Goyena, dándole sanción 
legal con varias modificaciones. 

Aquellos estantes de la Sonora estaban atestados de pa 
peles. Habían empezado por los borradores de los tiem- 
pos de Ensenada y de Macanaz; pero el aluvión venía des- 
de el año 10. En 1853 llevábamos, para el Código civil, 
dos proposiciones parlamentarias, ocho Comisiones y tres 
proyectos oficiales, amén de otros dos debidos á particu- 
lares. 

¡Cuidado si habían desfilado talentos por aquellas Comi- 
siones! Desde el divino A'güelles al reposado Garelly; desde 
el habilidoso Cortina al coram vobis de García Gallardo, y 
desde el practicón Pérez Hernández al didáctico Ortiz de 
£úñiga y al maestrazo de Escriche. Y Cano Manuel, y Ta- 
pia, y Tarancón, y Barrio Ayuso, y Bravo Murillo, y Seijas 



28 



Lozano, y Luzuriaga, y Goyena, y Cirilo Alvarez, y Fran- 
cisco Cárdenas. 

¿Faltaba dinero? Tampoco. Años hubo, como desde 1843 
á 46, en que el presupuesto de la Comisión de Códigos daba 
anchísima margen. Sin embargo, los trabajos no resultaban, 
como tampoco han resultado después de la publicación del 
Código. La unificación... las escabrosidades del Derecho 
foral... Cataluña, las Baleares, Aragón, Navarra, Vizcaya 
con sus exigencias. Entonces llamábamos á esto la punta 
del particularismo ó la punta del separatismo. Hoy que he- 
mos ido perfeccionando el lenguaje, calculo que le daríamos 
un nombre más apropiado: la forma civil del federalismo. 

Había quien echaba pestes contra el sistema de comisio- 
nes. Recordaban aquella fecha en que se encargó todo á 
Cambronero. Si Cambronero no hubiese muerto con las 
manos en la masa, hace ya tiempo que tendríamos Código 
civil, decían los anticomisionistas. Otros lo dudaban, creyén- 
dolo sobrada carga para un solo jurisconsulto, por reputado 
que sea y por mucho que os corráis en los honorarios. 

¿Quién tendría razón? Mi edad y mi escasa experiencia 
me hacían de esto un punto difícil. Yo encontraba en el sis- 
tema unipersonal un vicio radicalísimo: la falta de discusio- 
nes previas. Pero una cosa es discutir para preparar y otra 
discutir proyecto en mano, con pensamiento concreto. Si 
antes de formular una idea empezáis con dimes y diretes, 
cada maestrico llevará su librico y os ahogaréis en turnos 
de palabra. ¡Digo, si los que han de discutir son abogados ó 
gente politicona! 



IV 



Con tanto oir á Alabern en casa y fuera de casa, y con 
tanto hablar de planchas y de estampas, empezó á interesar- 
me entonces aquel curioso arte del Grabado. El joven artista 
se empeñaba en meternos en la cabeza los sistemas y proce- 



29 

dimientos mecánicos usados por los grabadores: allí salían 
el grabado en madera y al claro oscuro, el grabado en metal 
con ayuda del buril, con el agua fuerte, la media mancha, el 
grabado al humo. Con su gráfico decir y su viveza de inge- 
nio, nos marcaba Alabern la diferencia esencial entre el gra- 
bado en madera que resulta por los relieves, y la plancha 
metálica que da el efecto por los socavados; nos describía 
minuciosamente el procedimiento italiano del nielo y de su 
inmediato derivado el grabado en dulce; mas al llegar á los 
sistemas de la media mancha y del humo, si bien reconocía 
que el vulgo se había aficionado á ellos, como cuestión de 
efectismo, por la suavidad de las tintas y la finura del mode- 
lado, los declaraba impropios de los artistas de talento, en 
quienes exigía ante todo la maestría, la destreza y una gran 
seguridad en el manejo de las puntas metálicas. 

A mí, si he de decir la verdad, me impresionaba menos 
que medianamente aquel aparato técnico: lo único que en el 
arte del Grabado me seducía era su doble aspecto histórico y 
estético. Para conocerlo bien, había que educar la vista con 
las estampas, y la inteligencia con ayuda de buenos libros. 
Colección de estampas no conocíamos aquí más que la de 
Carderera, y fué base de la muy nutrida que ostenta ahora 
nuestra Biblioteca nacional. ¡Qué no hubiera dado entonces 
por tenerla á mano, completando mis estudios con la Al- 
bertina de Viena y con los gabinetes de los grandes iconófi- 
los, el conde Durazzo, lord Spencer, el barón Edmundo de 
Rothschild! 

De libros sobre la filosofía é historia del Grabado andába- 
mos también muy escasitos. Conocíamos los brillantes estu- 
dios de Delaborde y otros trabajos que resultaban anticua- 
dos: los de John Evelyn y de Adán Bartsch; las biografías de 
grabadores españoles en el Diccionario de Ceán Bermúdez; 
los Materiali per serviré alV istoria delV incissione, por el abate 
Zani; la Inquiry into the origin and early history oj Engraving, 
por Young Ottley. Pero hasta años después no parecieron 
ó no llegaron á mi noticia otras publicaciones de más valer: 
la Historia del origen y progresos del Grabado en los Países 
Bajos y A lemania, por Renouvier; El pintor grabador, de 



30 

Passavant; el Discurso histórico, de Emerico David; la 
moria, del Sr. Caveda; la Noticia sobre la sala de estampas 
de la Biblioteca nacional, por D. Isidoro Rossell, y la mo- 
dernísima Historia del Grabado, por Djplessis, que es lo más 
completo y lo más importante que ha visto la luz en este 
ramo de las Billas Artes. 



V 



Toda discusión sobre la antigüedad del Grabado me pare- 
cía ociosa. Me encontraba aquí con dos puntos de vista ente- 
ramente distintos. Si el Grabado no es más que el arte de 
representar objetos sobre materias darás por medio de rayas 
y puntos, el Grabado es antiquísimo. Si, ademán de esto, es 
un factor histórico que significa algo elevado, algo trascen- 
dental en la tradición y en la vida del Arte, el Grabado es 
relativamente moderno. 

Rayar, perfilar y trazar imaginería ó simbólica sobre ma- 
terias duras, eso la historia me lo hacía ver á cada paso y en 
todos los pueblos. Mostrábame la China sus perfiles imperia- 
les grabados en hueco sobre la piedra; el Indostán, sus sepul- 
cros y las paredes de sus pagodas; Homero, las armas de 
Aquiles; los hebreos, el racional de Aarón; los egipcios, el 
obelisco con sus jeroglíficos; los griegos, sus discos y piedras 
finas donde esculpían leyes ó representaban ritos, trajes, cos- 
tumbres y batallas; los etruscos, sus vasos; sus sellos los ro- 
manos, todos sus medallas. La antigüedad entera estaba ahí 
con las maravillas de la glíptica. 

Nada de esto me daba el verdadero y propio sentido del 
Grabado. Tampoco me lo daban las telas impresas con ilus- 
traciones en talla de que hallaba testimonio en Herodoto, en 
el profeta Ezequiel y en San Clemente de Alejandría. Tam- 
poco las toscas figurillas ó imágenes piadosas talladas por 
mano de monjes y artesanos en los albores de la Edad 
Media. 



3 1 

El sentido del Grabado no puede ser más que uno: la vul- 
garización del Arte. Ampliando la idea, díjolo un día Pacheco 
en la Academia de San Fernando. <E1 Grabado es la expre- 
sión más sintética y reflexiva de las demás artes; pero no es 
arte primordial y espontáneo. Es arte derivado, auxiliar y 
secundario: limitado en medios y en fines, extensísimo en 
esfera y alcance.» 

¿Queréis la mejor prueba de que el Grabado es adjetivo y 
vulgarizador por excelencia? Ved cómo empareja, desde sus 
comienzos, con la imprenta y después vive con ella en per- 
petuo consorcio. ¿Qué importan aquí, ni la materialidad de 
las fechas de origen, ni las invocadas precedencias de unos 
pueblos ó de otros? Que la xilografía ó grabado en madera 
haya venido del Japón ó de la China á Europa por conducto 
de los venecianos; que la fabricación de los naipes diera de 
él la primera idea á los italianos en el siglo XIII, á los ale- 
manes en el XIV, á los franceses en el XV, todo este lujo 
de erudición es hasta ridículo ante la grandeza de la signifi- 
cación histórica del irte: de un lado la imprenta difundien- 
do las ideas, de otro la estampación avivándolas en el ojo 
con la figura, la orla, la letra floreada ó la viñeta. 

Seguid observando. Apenas unidos, imprenta y grabado 
buscarán la madera, como materia más laborable; y la tosca 
madera popularizará en Alemania la Crónica de Nuremberg 
y la Biblia de Koburger; ilustrará en Italia las Meditationes 
de Turrecremata, las Opuscula de Barberio, las Prediche de 
Savonarola, Lo Specchio de Passavanti, la Hypnerotonuchia 
de Francesco Colonna y el Quatriregio de Messer Federico 
Frezzi; como en España dará carácter al Flos Sanctorum del 
P. Vega y á los trabajos editoriales de Flandero y Spindo- 
ler, de Botel y de Brun, de Palmart y Mateo Vendrell, en 
las prensas de Zaragoza, Valencia, Barcelona, Lérida y 
Gerona. 

Aquella infancia del arte dura más de un siglo. Un siglo 
de tentativas, de indecisión, de vacilaciones. Los caracteres 
iconográficos de aquellas maderas denuncian á la simple vis- 
ta lo primitivo de sus tiempos. Los conceptos generales son 
buenos en la composición, en la expresión de las figuras, en 



32 

la riqueza y variedad de los accesorios; mala la ejecución, 
malo lo mecánico, torpe el dibujo, secos los lincamientos, 
aspereza en el rayado, las formas angulosas. Diríase que el 
maderista se siente todavía muy humilde, subalternizado y, 
más que artista, artesano. Raras veces se atreve á firmar sus 
obras, como si desconfiara del juicio de la posteridad, como 
si lo temiera. Poquísimos nombres suenan; y aun en algunos 
de ellos predomínala nota del dibujante, sean italianos ó 
sean alemanes: llámense Pleydenwurff ó Wolgemuth, Ma- 
teo Pasti ó Maccherino di Siena, Compagnola ó Domenico 
della Gracchi. 

Cambio de decoración en el inmediato siglo. Ya el made- 
rista sabe practicar el arte del rayado; el sombreado apare- 
ce en el contorno de las figuras y en los plegados; se mar 
can relieves y depresiones; hay perspectiva, hay efectos 
ópticos, hay movimiento, atmósfera, más animación, me- 
jor expresión en los semblantes. Desaparecen de la talla 
los estilos simbólicos, el bizantino, el romano, el gótico, 
abriéndose paso el sentido idealista de los italianos y el na 
turalista de los Formschreider alemanes. Esto es Durero, 
por más que Duplessis y otros eruditos le nieguen la calidad 
de maderista: esto es Durero en su Arco triunfal, en el Apo- 
calipsis, en la Vida de la Virgen, en la Pasión grande y en la 
chica; esto es la escuela de Basilea, con Hans Holbein, en 
las Danzas macabras, en los Simulacros y en el Alfabeto de la 
danza de los muertos; esto es Ugo da Carpi en sus claro- 
oscuros de la Degollación de los Inocentes y en la Pesca milagro- 
sa; esto es Juan Cousin,/^ tailleur d'ystoires, le peintre géomé- 
trien, el émulo de Miguel Angel en atrevimientos, en estu- 
dios anatómicos, en la ciencia de la perspectiva y en sus osa 
dísimos escorzos. Este es, en fin, aquel siglo XVI que con 
tanta razón llamará Enrique Houssaye el siglo del grabado 
en madera: siglo crítico de definición y de nuevas gestacio- 
nes; porque, al calor de sus escuelas, se iban preparando 
aquellos bojes de más vigoroso dibujo, más pulidos y castizos 
que habían de dar alguna nombradía á nuestros grabadores 
catalanes y valencianos del siglo XVII y primera mitad 
del XVIII. 



33 



V 



Mis excursiones por los dominios del grabado en madera 
no me hacían perder la pista del grabado en dulce. Compa- 
rando la marcha histórica de ambos sistemas de Grabado, 
encontraba en ella una lógica admirable. Si veía en la ma- 
dera la reproducción directa y, por decirlo así, mecánica del 
dibujo, encontraba en el metal la verdadera interpretación de 
las altas creaciones artísticas. La madera había producido la 
larga serie de grabadores que Félix Clément ha llamado Dan 
tes de Almanaque; con el metal entrábamos en la serie de los 
grandes maestros. Hasta el momento en que la mano del ar- 
tista empieza á abrir las planchas de metal, ni la Pintura 
ni la Escultura salen en realidad de sus respectivos santua- 
rios. Para popularizar sus maravillas, era menester el buril 
:on todos sus auxiliares. Y desde entonces, cada estampa 
:lásica es, por sí sola, una revelación, no la simple ilustra- 
ron de un texto. El grabador denuncia al pintor y al esta- 
:uario. Y así es como Rembrandt os explica el Descendí mien- 
to, Bolswet la Coronación de Van Dyck, Soutman otros cua- 
Iros de Rubens, Morghen la Cena de Leonardo, Bervic el 
Laocoonte, Toschi la Entrada de Enrique IV, Mercurj los Se- 
cadores de Leopoldo Robert; como Marco Antonio y Ede- 
inck os traducirán á Rafael, Fontana al Ticiano, Selma á 
víurillo, Carmona á Velázquez, Henriquel Dupont á Paul 
3elaroche. 

Quédese otra vez ahí la cuestión de origen. Si empezaron 
i grabar en dulce los alemanes con su estampa de la Flage 
ación ó fué Florencia con el porta-paz de Maso Finiguerra. 
)tra clase de erudición me parecía más provechosa é Ínfim- 
amente más práctica: estudiar, en sus diferentes métodos, 
1 desenvolvimiento de la plancha, desde el estaño hasta el 
cero; fijar los caracteres délas escuelas de Grabado, relacio- 
tándolas con las aptitudes nacionales y con la índole de los 

3 



34 

asuntos tratados por los grandes burilistas y aquafortistas. 

Me admiraba la rapidez con que habían marchado los 
procedimientos del grabado en metal; y no subiendo, según 
costumbre, de lo fácil á lo difícil, sino, al contrario, bajando 
de lo difícil á lo fácil, desde el severo y paciente buril, has- 
ta la libertad y franqueza del agua fuerte y de la media 
mancha. Apenas revelado el uso del agua fuerte por el da- 
masquinado de los armeros milaneses, ya lo practican en 
Italia el Parmesano, en España nuestro Pérez de Alesio y 
en Francia Callot: viene en seguida la combinación con 
buril entre los discípulos de Rubens y en la escuela de 
Abraham Bosse, y no tarda el alemán Siegen en inventar 
la media mancha, en cuyo sistema habían de llegar á tanta 
altura los grabadores ingleses. 

¿Escuelas de grabado en dulce? Las encontraba bien defi- 
nidas. Con las estampas en la mano, asistíamos á los tímidos 
ensayos de los primitivos burilistas Baldoni, Botticelli 
el ilustre Mantegna: planchas sin intención de imitar la pin- 
tura, sin atreverse á más que á reproducir el dibujo, sin mí 
sas de sombra ni degradaciones de tono. Entraba en segui- 
da la verdadera escuela italiana con Marco Antonio Rai- 
mondi, el gran intérprete de la luz, el sin par en el dibujo, 
es decir, en la probidad del arte, según la feliz expresiói 
de Ingres. Y tras de Marco Antonio, un séquito numeróse 
Buonasone di Bolonia, Agostino Veneziano, Marco di Ra- 
venna, la familia de los Mantuanos. Aquella escuela que, 
hasta principios del siglo XVII, había de dominar en el cen- 
tro y en el Sur de Europa: la escuela de la copia sobre 
boceto, de la línea correcta, del gusto clásico, del primoi 
de ejecución, del sentido rafaelesco. Aquella misma escuela 
que va adquiriendo después tanta conciencia de la sombra 
de la tonalidad en manos de Ugo da Carpi, il Parmesano, 
Agostino Caracci, Peruzzi da Trenta y Andriani: la mismí 
que, algo modificada en el siglo XVII y bajo la influencia d( 
Callot, por Stefano della Bella, Cantarini y Castiglione 
vuelve á resplandecer con nueva intensidad durante el XVII' 
en las planchas del habilísimo Morghen. 

Aquí empezaba mi pelea con los realistas. Negaban á h 



35 

:lásica plancha italiana hasta el carácter de Grabado; pre- 
ensión idéntica á la de los que hoy llaman música de orga- 
íillo á la de Bellini, comparándola con los estrépitos ale- 
nanes. 

Los realistas de 1853 eran tan exagerados que hasta la 
mprendían con Alberto Durero porque, aun siendo alemán, 
abía incurrido en el delito de clasicismo. Acusábanle de 
aber desviado el arte, sin negarle por esto destreza, vigor, 
rmeza y delicadeza en el dibujo, estudio de los accesorios 
algún sentido de las tonalidades. Para ellos, el verdadero 
arácter del Grabado se encontraba únicamente en las dos 
scuelas, flamenca y holandesa: contraste de sombras y luz, 
1 mancha sin asperezas, con la pastosidad, la pureza y la 
exibilidad de los contornos. Sostenían que Rubens y Lucas 
e Leyde no habían sido simples revolucionarios, sino nue- 
ds creadores del arte del Grabado: que tales podían llamar* 
; en oposición á la fría escuela de Marco Antonio. 
Silencio, y no barajemos géneros ni confundamos gus- 
>s. Por grande que sea vuestro empeño, no lograréis qui- 
r á los clásicos italianos el mérito de la limpieza, de 
. precisión, del talento en conseguir efectos, más por la 
^licación paciente del buril, que por los contrastes del 
anco con la mancha. Pero ¿es esto disminuir, ni en un 
)ice, el inmenso valer de las antiguas escuelas de los Países 
ajos? ¿de los grabadores discípulos de Rubens, como Sout- 
an, Witdseck, Stock, Van Sompel, Voet, Cristóbal Jeg- 
;r? ¿de Bolswert, tan fiel en traducir sobre la plancha los 
ectos pictóreos, de Pablo Poncio, el artista de los tonos 
illantes, de Vorsterman con sus variedades de rayado? 
tro tanto digo de los discípulos de Lucas de Leyde: de 
uel Cort, tan maestro en la disposición de las luces, de 
üller con su rayado largo, de Goltzio, tan enérgico en las 
Calidades. 

Sí: aquellos hombres fueron á un tiempo creadoresy revo- 
bionarios. Ellos inventaron en la plancha la intención del 
dorido: ellos, las masas de sombra: ellos, los efectos de 
uridad: ellos, con el buril, llegaron á la verdad en el ple- 
{ do de los paños y obtuvieron en las carnes aquella morbi- 



1 

36 

dezza tan difícil de conseguir con los mejores pinceles. Sí: fue 
ron realistas en toda la extensión de la palabra: con el viví 
sentimiento de los fenómenos lumínicos, con la debilitaciór 
sensible de las tintas en razón de las distancias, con la: 
transparencias ó con las intensidades en las sombras. Crea 
ron una gran maravilla: la ciencia entera del claro-oscuro 
Entera, no: porque faltaba Rembrandt. Aquí tomaban 1; 
ofensiva los clásicos, echando pestes contra el insigne ho 
landés y sus admiradores. Que sus tipos eran malos, su 
trajes estrafalarios, su buril tosco por sistema. Que si en 
grande en asuntos de género, incomparable en algunos re 
tratos y superior á Ruysdael en el paisaje, no así en lo 
asuntos religiosos, que trataba con un desenfado singular ; 
hasta con irreverencia. 

Ni á fuerza de milagros llegarán ciertas gentes á con 
prender el personalismo. Tal fué el de Rembrandt. que r 
como pintor, ni como grabador, consiguió tener discípulos 
Me citaréis, en Grabado, á Livens, á Bol, á Van Vliet; pe 
Livens, que era el mejor de todos, sobresalió principalmen 
en el dibujo, el buril de Bol tuvo mucho de grosero y Va 
Vliet exageró hasta la caricatura los tipos del Maestro. Ns 
die mejor que Carlos Blanc ha calificado á Rembrandt e 
menos palabras: «Supo sentir de una manera profunda 1 
que nos quería hacer sentir. » Tuvo, ante todas cosas, el sei 
tido de la forma. Instintiva, intuitivamente la encuentra si 
buscarla, sin prepararla., sin atender á las proporciones ni 
la ponderación de las líneas. Todo lo suple con la valent: 
de los rasgos, con lo picante de los efectos, con lo fácil 
atrevido de los toques, con sus creaciones de luz, con aquel 
punta rápida y desembarazada que corre tan sin rienda 
todo lo armoniza sin esfuerzo, colores, entonación, sombr; 
transparentes, mágicas claridades, melancolía en las medi; 
tintas, rayas sin marcha regular, combinadas y cruzadas < 
todos sentidos y en aparente desorden. 

Estoy oyendo á los adocenados de su